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Frankenstein: al teatro con 200 años

Foto de David Ruano para el TNC

La adaptación de Frankenstein en el Teatre Nacional de Catalunya es una propuesta mejor de lo que muchos esperaban.

La semana pasada se estrenó en el Teatre Nacional de Catalunya la adaptación de Frankenstein, el clásico de Mary Shelley que cumple su segundo centenario este año. El texto ha sido escrito por Guillem Morales y lo ha llevado a escena Carme Portaceli, una de las directoras más solventes del teatro actual. De hecho, su nombre era lo que más esperanzas me daba. La pareja protagonista, en cambio, me daba bastante miedo.

Foto de David Ruano para el TNC

Àngel Llàcer y Joel Joan son Frankenstein y su criatura. Foto: David Ruano / TNC

Joel Joan es un buen actor que interpretó a un personaje icónico de una de las comedias de más éxito de la historia de TV3, Plats bruts; tan icónico, que es casi imposible para el público catalán verle en papeles no dramáticos y no ver a David, el personaje que interpretaba. No tenía claro si me iba a resultar creíble como criatura.
A Àngel Llàcer, más allá de su histrionismo en Operación Triunfo, Tú si que vales y demás programas de televisión, tuve la desgracia de verle en Molt soroll per no res (Mucho ruido y pocas nueces), versión musical del clásico de Shakespeare que dirigió e interpretó hace un par de años y que me hacía temerme lo peor ahora.
Como suele pasar con estas cosas, me llevé una sorpresa. Llàcer encarna un muy buen Víctor Frankenstein, sobrio y creíble. Está presente en la gran mayoría de escenas, y sostiene el peso de la obra con una solvencia excepcional. Tan sólo en dos o tres escenas perdió en parte el tono, y las compensó de sobras con las demás. Joel Joan, por su parte, consigue ser una criatura perfecta en las escenas más dramáticas: todas las contradicciones que el personaje debe tener están presentes. Es comprensivo, pero también cruel; miedoso, pero aterrador; no quiere hacer daño a nadie, pero lo hace. La escena antes del intermedio es, sencillamente, espectacular. Sin embargo, en las escenas en las que debemos desarrollar nuestra empatía hacia él, no consigue mantenerlo con la misma solvencia. A menudo surge la duda de si la escena que estamos viendo debería provocar la risa o no. Teniendo en cuenta que la segunda mitad de la obra es mucho más trágica, se entiende que su interpretación después del intermedio es mucho más destacable que en la primera mitad.

Foto de David Ruano para el TNC

Lluís Marco da lo mejor y lo peor en sus dos papeles. Foto: David Ruano / TNC

Algo análogo sucede con Lluís Marco, que interpreta tanto al ciego De Lacey como al padre de Víctor. Por algún extraño motivo que no alcanzo a comprender, como De Lacey está excepcional, pero como padre parece sacado de un culebrón de sobremesa. Da la sensación de que se crea un personaje, pero no al otro. En cambio, Magda Puig presenta a una Elisabeth que va creciendo conforme avanza la obra, hasta llegar al tercio final, en el que casi llega a comerse a sus compañeros de escena.
Por desgracia, su papel está reducido respecto a la novela. De hecho, esta adaptación hace una lectura interesantísima de la historia creada por Shelley, presentando a Víctor y a su criatura como dos caras de la misma moneda, dos seres ligados por su tragedia que no pueden separar sus destinos por más que se odien. Pero para desarrollar esa lectura renuncia a otras presentes en el texto original, muy especialmente la feminista. Quizás si la primera mitad de la obra hubiera sido una adaptación algo menos fiel, Morales hubiera podido mantener un poco más de esa crítica a la indefensión de la mujer que surge de las páginas de Frankenstein.
Lo que sí está en el texto de Morales, y se convierte de hecho en el centro de la obra, es la dualidad Víctor-criatura. ¿Quién es el monstruo? ¿Qué es, en realidad, ser un monstruo? La novela es la primera que da voz a la criatura -y quizás por eso la encontramos tan fresca en su bicentenario, porque ese es uno de los rasgos del fantástico actual-, y nos hace preguntarnos quién es peor: la criatura, que asesina por venganza y cuya maldad es producto de una trayectoria vital que mueve a compasión, o Víctor, que abandona a su creación al nacer y se desentiende de toda responsabilidad.

Foto de David Ruano para el TNC

Magda Puig crece por momentos. Foto: David Ruano / TNC

Esta versión entiende que la trayectoria de ambos está ligada, y por eso estructura la función a base de paralelismos. El uso de la cinta transportadora en primera línea del escenario es un recurso que funciona perfectamente para ello. Además, la primera y última escena dan un carácter circular que refuerza esa visión de Víctor y la criatura unidos: empieza con el “nacimiento”, y termina con la muerte.
En resumen, se trata de una buena lectura de la novela y de una más que aceptable obra teatral destinada al gran público -si lo que quieres es teatro experimental o metáforas visuales para una élite intelectual, esta no es tu obra y este no es tu teatro-. Un buen homenaje al bicentenario de Frankenstein que no tiene problemas en alejarse del texto original o incluso hacer cambios sustanciales en la segunda mitad, pero siempre mantiene la atmósfera.

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