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Doctor Who: Twice Upon A Time, una vida más para el Doctor

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Cuatro años han pasado desde que vimos por primera vez las cejas airadas de Peter Capaldi en acción, en aquel especial para conmemorar los 50 años de Doctor Who. Y casi sin darnos cuenta ha llegado el momento de decirle adiós. Quizás debido a que las temporadas de Capaldi han estado más espaciadas entre sí que las anteriores, nos parece que ha sido en un abrir y cerrar de ojos. Nos ha dado tiempo a encariñarnos con un Doctor que ha sabido ser gruñón, protector y juguetón como siempre; a verle levantar la cabeza a pesar del dolor y encaminar sus pasos de forma decidida a la búsqueda de Gallifrey. Y hemos visto cómo se invertían las tornas al separarse de Clara, tal vez la companion a la que se le ha dado un peso mayor en toda la historia de la serie: por primera vez era el Doctor quien olvidaba, en un acto de misericordia, el tiempo pasado con ella.

Pero, sobre todo, hemos podido asistir desde fuera al agotamiento de Moffat como showrunner. La opinión generalizada con respecto a las temporadas de Capaldi es que han resultado bastante desaprovechadas, irregulares a pesar de momentos de traca como el regreso de The Master —la primera pista de que los Señores del Tiempo pueden regenerarse en cualquier género, abriendo otra importante puerta para la serie—, el de los antiguos cybermen o el de la propia Gallifrey. El interés suscitado por los «misterios de temporada», marca de la casa de Moffat desde que recogiera el testigo de Davies, resultaba cada vez menor conforme transcurrían los capítulos, y lo habitual era que terminásemos decepcionados con su resolución. Así que, dejando aparte filias y fobias, a ningún seguidor de la serie pudo sorprender demasiado el anuncio de que la despedida de Capaldi sería también la de Moffat. La regeneración se abre ahora ante Doctor Who por partida doble: con la primera mujer al frente del reparto, Jodie Whittaker, y un nuevo showrunner, Chris Chibnall.

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Siendo como es amigo de la espectacularidad y los triples mortales, era de esperar que Moffat decidiera marcharse por todo lo alto en su última temporada. La realidad ha sido bastante diferente, sin embargo. Los capítulos que pudimos ver en la primavera del pasado año apostaron por un tono más comedido, un retorno a la aventura y a los temas fundamentales de Doctor Who en pequeñas dosis, con giros y cliffhangers en mitad de temporada en lugar de concentrarse únicamente al final de la misma. Y en cuanto a la companion, el personaje de Bill Potts supuso un soplo de aire fresco frente a la excesiva solemnidad de personajes anteriores como Clara o Ashildr. Bill era, de nuevo, solo una muchacha como otra cualquiera de su edad, al estilo de Rose, a través de cuyos ojos el propio Doctor se atrevía a descubrir el mundo con la misma fascinación.

Este tono distendido y cercano, de despedida pausada y meditada, se traslada al capítulo de Navidad, Twice Upon A Time. Tras la última batalla con los cybermen, en la que el Doctor resulta herido mortalmente, le vemos tomar una determinación sorprendente: decide detener su regeneración. Siente que ya ha llegado la hora de descansar por completo, que no tiene sentido continuar con el ciclo. Es una nueva manera de encarar un momento que suele quedar cojo en cuanto a dramatismo desde nuestra perspectiva, ya que sabemos que la vida del Doctor nunca está realmente en riesgo. Pero ¿desde cuándo la regeneración tiene botón de apagado? Y más inquietante aún, ¿por qué considera la posibilidad de pulsarlo? El Doctor, optimista contra toda esperanza, incansable, irredento, ha llegado a su punto de no retorno.

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Quién mejor para convencerle de lo contrario que él mismo. De nuevo, Moffat solo nos explica a medias el macguffin: el Primer Doctor y el Duodécimo crean un, eh, time-wimey-stuff al intentar regenerarse a la vez y acaban confluyendo en el mismo punto temporal. Esto provoca una anomalía que detiene el tiempo momentáneamente y permite que salga a la luz el que parece que será el antagonista del capítulo, Testimonio. Unas criaturas de cristal que se muestran en el instante previo a la muerte de alguien, toman sus recuerdos y lo vuelven a dejar en el mismo lugar para que se cumpla su destino. Los Doctores deciden poner a salvo a un capitán inglés al que Testimonio persigue desde un campo de batalla de la Primera Guerra Mundial. Para intentar convencer a Doce de que lo deje en sus manos, las misteriosas criaturas le ofrecen a otra persona a cambio: nada menos que Bill, de quien tuvo que separarse tras el enfrentamiento con los cybermen. Pero nuestro Doctor no está tan seguro de que se trate de ella realmente…

Testimonio es uno de esos seres que funcionan como una entidad colectiva, al estilo del Silencio, de los que ya hemos visto bastantes en la mitología de Moffat. Sus intenciones misteriosas son algo que Doce no puede pasar por alto. Para descubrir su verdadera identidad recurre a «la mayor base de datos del universo», que no es otra que la que comparten los daleks: vuelve a aparecer en escena «el buen dalek», Rusty, al que vimos en uno de los primeros capítulos de Capaldi. Con su ayuda, los Doctores descubren que Testimonio no aspira más que a recolectar el recuerdo de todas las vidas que hayan pasado por la Tierra, para dejar constancia de ellas por toda la eternidad. Y eso es todo, por una vez. No hay dobles intenciones aviesas, no hay intereses ocultos. «Nunca sé qué hacer cuando el plan no es malvado», se sorprende Doce. Y también nosotros, acostumbrados como estamos a esa dualidad constante entre el bien y el mal, a la lucha siempre al filo del desastre que caracteriza a la serie.

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Twice Upon A Time es una historia donde el conflicto se libra en el interior de los dos Doctores. No hay enemigo externo que derrotar, por una vez. La aceptación es el tema fundamental: tanto el duodécimo como el primer Doctor terminan por plegarse a la regeneración, aceptando su lugar en el universo, a través de los recuerdos que Doce ha recuperado y el futuro que su homólogo ha llegado a vislumbrar, con sus luces y sus sombras. Y aceptación del destino que le aguarda también por parte del capitán, que finalmente se nos revela como el padre del Brigadier, uno de los companion más recordados por los veteranos de la serie. Moffat se despide no solo con guiños a quienes llegaron a Doctor Who en su nueva etapa —escuchamos de fondo, a lo largo del capítulo, temas musicales tan emblemáticos como el Doomsday de la segunda temporada—, sino atreviéndose a recuperar al Primer Doctor y reinterpretándolo como el símbolo de los nuevos tiempos que están por llegar.

La relación entre ambos Doctores es el punto más débil del capítulo, no obstante. Desde el primer momento se plantea como un choque más cómico que otra cosa, con un Primero gruñón —¡más aún que Doce!— al que no le agradan los cambios que ve en la TARDIS, y que no comprende la mentalidad de su futura regeneración con respecto a ciertos temas. Como el trato de igual a igual que da a su companion, que no «asistente». Y por supuesto, le chirrían las menciones veladas a la homosexualidad de Bill. Los chistes en este sentido acaban siendo cargantes, como si Moffat quisiera esforzarse en señalarnos con luces de neón que el mundo whovian ha cambiado a mejor, cayendo a veces en dejar en un ridículo innecesario al Primer Doctor.

El final del capítulo, lo que todos esperábamos, es el momento de mayor brillo de Capaldi en sus tres temporadas. Un monólogo maravilloso en el que se aconseja a sí mismo, a su futuro yo, con sentencias que condensan la esencia de Doctor Who. «No seas nunca cruel ni cobarde. Y recuerda: el odio siempre es insensato, y el amor siempre es sabio». Un momento conciso y pleno, de resignación por su destino y de cariño intenso por ese universo que «lo hace siempre todo mal» si él no está ahí para salvarlo. Las últimas palabras de las encarnaciones del Doctor siempre suenan, en realidad, como la despedida del actor que las interpreta. En este caso, además, es la despedida de Moffat. «Doctor, te dejo marchar».

Y los últimos instantes del episodio nos muestran, por fin, a la primera Doctora de la serie, la esperadísma Jodie Whittaker. Como no podía ser de otro modo, e igual que en todas las ocasiones anteriores, la pobre TARDIS es quien sufre las consecuencias del momento de la regeneración: no solo Trece pierde el control, en una escena que ya nos resulta muy familiar, sino que esta vez la nave entera queda destrozada. Parece que Chibnall nos deja claro su primer mensaje como showrunner: más nos vale estar preparados para un Doctor Who totalmente renovado.

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