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El viento se levanta. Dōmo arigatō, Miyazaki-san.

Jiro y un avión de papel

Hemos ido a ver la última de Miyazaki y nos hemos hinchado a llorar.

Llevaba años avisando: está mayor (ya pasa de los setenta años), la vista le falla, no tiene fuerzas. Cada película temíamos que fuera la última. Y esta lo es. Es su despedida, y se va regalándonos otra obra de arte. Le vamos a echar mucho de menos.

Me resulta difícil empezar a hablar de esta película. Supongo que lo más honesto es avisar de que es triste, muy triste. La melancolía se agazapa en cada escena, desde el principio. Y la sospecha de que Miyazaki no nos está hablando de Jiro Horikoshi, sino de sí mismo y, si somos afortunados, tal vez de nosotros. Porque aunque lo que vemos es la vida de Horikoshi (el diseñador de los zeros japoneses que pilotaron los kamikazes), en realidad se trata de un canto a los sueños y a la vida. En un sueño, el ingeniero italiano Caproni le pregunta si preferiría un mundo sin pirámides, porque él prefiere uno que las tenga. Jiro también lo prefiere: aunque sus aviones se usarán para la guerra, prefiere un mundo con aviones. Un pensamiento totalmente coherente con la cita de Paul Valery que abre la película: Le vent se lève… il faut tenter de vivre!

En el hangar

La ingeniería aeronáutica como arte.


Pero más allá del mensaje melancólico, romántico y moderadamente optimista del film, Miyazaki se ha despedido retomando casi todas sus grandes obsesiones. Empezando, evidentemente, con la aviación. Desde Porco Rosso hasta Nausicäa del Valle del Viento, los aviones han sido elementos centrales de su imaginería, así que es lógico que se despida tratando su diseño como él ha tratado sus películas. Los personajes principales de esta (pero también los secundarios de lujo, como Junker o Caproni) no hablan de eficiencia, sino de belleza. No construyen aviones, los crean. Les preocupa, en el fondo, el arte. Teniendo en cuenta que Miyazaki creó Studio Ghibli porque ninguna productora quería producir su Mi vecino Totoro, es fácil ver la relación con su propia vida.

Porco Rosso

Porco Rosso fue su primera obra dedicada a la aviación.


La presencia de la muerte, la enfermedad y el dolor, pero también la superación estoica de la pérdida es otro de sus grandes temas y también lo retoma aquí. La madre de May y Satzuki en Mi vecino Totoro, el padre de Nausicäa… la pérdida siempre ha estado ahí, y ahora no es una excepción. Al revés, cobra más fuerza que nunca.

Quizás la única excepción sea la infancia, uno de los elementos centrales de toda su filmografía, que aquí apenas aparece más allá de un puñado de escenas. Vemos a Jiro de niño, sí, y a su hermana y a su futura esposa, pero no es una historia de niños ni sobre la infancia.

He leído por ahí críticas a un supuesto relativismo, que afirman que la película glorifica a un fascista. Quizás hayan estrenado otra película con el mismo título y no me he enterado, porque no puede tratarse de la misma. Pero bueno, supongo que la tentación de atacar a uno de los grandes está ahí. Claro que también he leído que es una obra menor, lo cual es simplemente una gilipollez (y perdón por la palabra, pero es que lo es). No es Totoro, claro, pero sigue siendo una grandísima película. Estoy seguro de que, si no fuera Miyazaki, los que la han tildado de menor la estarían aplaudiendo hasta que les sangrasen las manos.

En cualquier caso, dejad ya de leerme y corred al cine a verla. Miyazaki se va, pero como dicen sus personajes: Ikineba. Debemos vivir.

 

Sinopsis

El viento se levanta

Desde niño, Jiro Horikoshi ha querido diseñar aviones, y nada se lo va a impedir. Visitará la Alemania nazi para aprender de Junker, será perseguido por la policía política en su país y verá cómo su obra se usa para la guerra, pero él diseñará aviones.

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