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Dial H: Dentro de ti, de Miéville, Santolouco y Burchielli

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Entre las muchas virtudes de China Miéville no figura, a juzgar por los seis primeros números de Dial H, su primera serie para DC (tras el flirteo con la división Vértigo del sello en 2008, cuando guionizó un número de Hellblazer), la de potente guionista de superhéroes. Ni siquiera de superhéroes bizarros, como es el caso del bueno de Nelson Jent, un tipo enorme, de un sobrepeso descomunal, que un (mal) día descubre una cabina de teléfonos capaz de convertirle en superhéroe. Y no en uno cualquiera, de hecho, ni siquiera en uno, sino en tantos como pueda imaginar su atribulada mente, pero tan absurdos (aunque de igual forma letales) como el llamado Caracol de Hierro (literalmente, un tipo con aspecto de veterano del Vietnam condenado a llevar encima un enorme caparazón de hierro, y un puro encendido en la boca).

Pero ¿cómo llega alguien como Nelson a toparse con una cabina mágica? Oh, el misterio no es gran cosa y he aquí el primer punto flaco del prometedor punto de partida de la historia. Después de todo, estamos hablando de un tipo deprimido, que no hace más que fumar y engordar desde que su chica le dejó y que tiene un buen amigo, llamado Darren, que carga con él cada vez que sufre un amago de ataque al corazón (algo que ocurre cada vez más a menudo). Es un buen punto de partida, teniendo en cuenta que la serie se presenta como una serie regular del Universo DC (y recordemos que las series regulares no suelen tener a perdedores del tamaño de Nelson como protagonistas, sino a tipos invencibles que jamás sufrirán un ataque al corazón, como Batman), pero la manera en que Nelson se topa con la cabina mágica ya hace sospechar que lo que nos espera no son más que un puñado de enfrentamientos sin sentido.

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Así pues, ¿cómo se topa con la cabina? Se topa con ella al salir corriendo tras su mejor amigo (el citado Darren) para pedirle perdón por haberse portado como un auténtico imbécil después de que este le salvara de morir de un ataque al corazón. Un puñado de tipos están dándole una paliza en un callejón y lo que Nelson ve al levantar la vista es una cabina y, raudo, entra, dispuesto a llamar a la policía, pero, por equivocación, marca el número 43763, que es el corresponde a HÉROE. Y así empieza todo. No hay picadura de araña radioactiva durante una excursión de la clase de ciencias. Ni siquiera un tipo gordo marcando de casualidad, o por nostalgia, un número cualquiera en la única cabina que debe quedar en la ciudad y descubriendo, de repente, que tiene poderes, y que su cabeza tiene el aspecto de una pantalla de ordenador (ése es otro de los superhéroes que pueden ocupar el cuerpo de Nelson). No, todo arranca en una escena de acción sin sentido a la que seguirán otras tantas, a una media de tres por número (un exceso, teniendo en cuenta que los números, editados en España en un formato volumen que incluye los primeros seis, no superan las 20 páginas).

A la acción desmesurada y pobremente argumentada (desde un primer momento se sabe que Darren tiene algún tipo de relación con un grupo de lo que a todas luces parecen supervillanos) se suma la cargante voz interior del protagonista, que apenas habla, pero entorpece la trama con pensamientos que resultan absolutamente prescindibles, por obvios. La construcción del personaje, en ese sentido, deja mucho que desear, pues no incide en absoluto en el hecho de que un perdedor, insistimos, del tamaño de Nelson, se haya convertido, por un ridículo desvío del Destino, en un puñado de también ridículos superhéroes. Ni siquiera se menciona ese hecho. Nelson no se lo pregunta. Simplemente sigue marcando el número en cuestión y metiéndose en líos contra la organización que comanda un tal (o una tal) X.N. No está solo. No tarda en aparecer una compañera, con cara de porcelana, que le irá guiando por ese otro mundo al que se ha visto abocado. Pero lo hará como si fuese un Bruce Wayne cualquiera, obviando su complicada movilidad (cuando no es un superhéroe, Nelson apenas puede correr) y su supuesta dependencia del tabaco (en las primeras viñetas le vemos fumándose dos cigarrillos a la vez).

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En resumen, una historia que promete, y que está excelentemente dibujada (por Mateus Santolouco y Riccardo Burchielli, responsables de Cover Girl y Northlanders, respectivamente), pero que renuncia a su potencial (renuncia a su personaje, lo que realmente la convierte en una historia diferente dentro del Universo DC) en favor de una trama que no es en absoluto diferente, sino que incide en el clásico hardcore superheroico: villanos que no dejan de aparecer, superhéroes que no dejan de luchar, el mundo siendo objeto de una amenaza sin fin (y sin demasiado sentido). Aunque la cosa remonta el vuelo en la quinta entrega, Sin conexión, con el bueno de Nelse convertido en Jefe Flecha Poderosa, un gigantesco indio que monta un poni con alas llamado Alitas, discutiendo con la antigua poseedora del Dial (el pedazo del teléfono en cuestión que permite la transformación), no tarda en volver a la carga con batallas que pierden incluso de vista a su potente protagonista (como la que ocurre en el número que cierra el volumen). El humor latente en el episodio de Flecha Poderosa y el bizarrismo (y el calado claramente lovecraftiano) de algunos de los superhéroes en los que se transforma Nelse, demuestran que el genio de Miéville está ahí, sólo que oculto bajo toneladas de instrucciones de las ineludibles tramas superheroicas.

Sinopsis

Dial H: Dentro de ti

Nelson Jent no lleva una vida sana. Tiene sobrepeso, fuma y sufrió un infarto antes de cumplir los 30. En otras palabras, nadie diría que está a punto de convertirse en superhéroe. Pero cuando el azar lo conduce a una cabina telefónica en que marca el número de la policía, se convierte en... ¡Chico Chimenea! ¡Y en Capitán Lacrimoso! ¡Y en cualquier personaje extraño que se le antoje al poderoso Dial H, el artefacto más extraño del mundo!

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One Response to “Dial H: Dentro de ti, de Miéville, Santolouco y Burchielli”

  1. luthor dice:

    Completamente de acuerdo.
    Este cómic me ha decepcionado mucho. Parece que China ha intentado algo al estilo la Patrulla Condenada de Grant Morrison y se ha quedado en la superficie es decir los personajes absurdos.
    Lo único que se salva son las portadas del siempre genial Brian Bolland.