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Antisolar: pura aventura en el agujero del mundo.

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Las aventuras del Alguacil, el Trapo, la Regidora y el resto de la troupe siguen en este segundo volumen, menos sorprendente, pero más divertido.

Después de meses de espera, por fin tenemos aquí la segunda entrega de la trilogía Los ojos bizco del sol, del castellonense Emilio Bueso, que esperábamos con ansia. La primera entrega nos gustó bastante, y suponemos que si estáis leyendo esto es porque a vosotros también os gustó. Si sois de esa gente rara que lee la reseña de una segunda parte sin haber leído el primer libro, podéis leer el primer capítulo de Transcrepuscular aquí. Pero daos por avisados de que en esta reseña puede haber spoilers del primer libro.
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Una de las mejores características de Bueso como escritor es su capacidad para hacer siempre algo nuevo. Lo hemos dicho en más de una ocasión, y lo mantenemos. Pero claro, cuando haces el segundo libro de una trilogía -y una de verdad, no de las que, como el primero tuvo éxito, aprovechamos para sacar dos más y a ver cómo lo hacemos-, es difícil hacer algo diferente. Sin embargo, Bueso fue hábil con el final de la primera parte y la llegada al lado oscuro del planeta: aquel final que podía no gustar a algunos lectores le ha permitido tratar esta segunda parte de una manera bastante distinta. Ya no hay que dar a conocer el planeta -por lo menos, no desde cero-, y los eventos de las últimas páginas de Transcrepuscular dejaron al grupo bastante libres de obligaciones. Eso le ha dejado hacer de Antisolar una gran novela de aventuras con un agradable regusto decimonónico, en vez de un biopunk postmoderno -sin que deje de ser, justamente, un biopunk postmoderno-.
El caso es que el ritmo, el sentido de la maravilla, el continuo descubrir de un mundo maravilloso y terrible, recuerdan a las novelas de Haggard y a todo aquel subgénero de los “mundos perdidos”, a Allan Quatermain, pero también al profesor Challenger. En Antisolar podríamos encontrar de todo: dragones, krakens, libélulas que cagan napalm, cangrejos que apenas caben en el océano, magia que en realidad es ciencia, y magia de la de verdad…
Algunas de esas cosas las encontramos. Otras, no. Pero es un mundo en el que serían plausibles. Un mundo maravilloso.
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La prosa, eso sí, no es decimonónica. Sigue siendo más o menos la misma que en Transcrepuscular, aunque ahora es algo más gamberra y relajada. El narrador continúa siendo el protagonista, el Alguacil, pero lleva tiempo en compañía del Trapo y se ha sanchizado un poco. Su mundo se ha hecho mucho más amplio y complejo, y eso le ha cambiado. Y si él ha cambiado, su voz lo ha hecho también. Esto provoca, por un lado, que la prosa sea más ágil y el ritmo se acelere hasta tener al lector con el corazón en un puño, totalmente enganchado. Los capítulos brevísimos, de tres o cuatro páginas casi todos, acentúan esa sensación.
Por otro lado, ese cambio en el narrador hace que el libro sea más divertido, a menudo incluso humorístico. Ya no se trata sólo del exabrupto ocasional del Trapo, o de la frase que rompe y provoca una sonrisa, sino que he reído muy frecuentemente. Las traducciones de la babosa de Pico Ocho, los choques culturales que se van sucediendo, el comportamiento de algunos personajes… se diría que Bueso se siente aliviado ahora que sabe que el primero ha funcionado; se ha quitado la tensión, se ha relajado, y se ha atrevido a ahondar en aspectos que en el primer libro aún eran marginales, como el humorismo.
Aunque probablemente la cuestión del Trapo sea el mayor acierto de toda la novela. En Transcrepuscular era una válvula de escape para la voz de Bueso, una forma de relajarse como escritor ante la tensión de mantenerse en una voz que no era la que le salía de manera natural y espontánea. Que fuera justo ese personaje lo que muchas reseñas valoraran más habla -y no muy bien- del reseñista medio de este país. En Antisolar, Bueso le ha dado una inesperada vuelta de tuerca, un giro que, de repente, explica y justifica al personaje: el Trapo es un adolescente.
Trapo adolescente
A lo largo de las casi 250 páginas se va dando a entender aquí y allá, con sus cabreos que no vienen a qué, su refunfuñar, estando más salido que una mona, pegando portazos… y en un momento dado nos enteramos de que, para su especie, es apenas eso: un adolescente.
Igual que el Alguacil.
Pero, a pesar de todo lo que ha hecho, la mayor virtud de Bueso en Antisolar es que ha desaparecido. Ya no pensamos en si es su voz o no, o en si es ciencia ficción o fantasía, o en si el narrador es fiable o no: sólo es la historia, y no necesitamos nada más.

Antisolar

Sinopsis

Antisolar

Tras recorrer en la primera parte el círculo transcrepuscular, en este segundo volumen los protagonistas atraviesan la cara oscura y gélida del planeta. Si el frío no les mata, tal vez lo haga la Gran Colmena.

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