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Armada de Ernest Cline: Primer capítulo

Avance Armada - Destacada

El nuevo libro del autor de Ready Player One sale el miércoles 30 de marzo.

Como os contábamos hace unos meses, el próximo 30 de marzo se pondrá a la venta en España Armada de Ernest Cline, la segunda novela del autor superventas que llegó al corazoncito de toda una generación de frikis con Ready Player One en 2011. Armada, su segunda novela, trata sobre un chico que ve cómo su videojuego preferido empieza a convertirse en realidad delante de sus narices, y el sello Nova de Ediciones B nos ha cedido en exclusiva su primer capítulo. ¡A disfrutarlo!

Armada - Nova - Portada

Capítulo 1

Estaba mirando ensoñado por la ventana del aula cuando vi el platillo volante.
          Parpadeé por si me engañaba la vista, pero seguía estando allí fuera. Era un disco de cromo brillante que zigzagueaba en el cielo. Forcé los ojos para intentar seguir al objeto a lo largo de una serie de giros cerrados imposibles a velocidad de vértigo, que habrían hecho papilla a un ser humano si lo hubiera a bordo. El disco avanzó a toda velocidad hacia el lejano horizonte y se detuvo en seco. Se quedó allí quieto, flotando durante unos segundos sobre una arboleda en la lejanía, como si estuviera analizando el terreno con un rayo invisible. Y luego se volvió a lanzar de improviso hacia el cielo, en una nueva sucesión de cambios de trayectoria y velocidad que desafiaban las leyes de la física.
          Intenté mantener la calma y tomármelo con escepticismo. Me recordé que era un hombre de ciencia, aunque no acostumbrara a sacar más de un 5 en la asignatura.
          Lo volví a mirar. Seguía sin poder distinguir lo que era, pero sí que sabía lo que no era. No era un meteorito. Ni un globo meteorológico, ni gases de los pantanos, ni un rayo globular. No, era evidente que ese objeto volador no identificado que estaba viendo con mis propios ojos no era de este mundo.
          Lo primero que pensé fue: «La puta hostia.»
          Seguido de un: «No me lo puedo creer. Por fin está ocurriendo.»
          Desde mi primer día en la guardería siempre había esperado con ansia un acontecimiento increíble y sobrecogedor que fuera capaz de cambiar el mundo y hacer añicos la interminable monotonía de la educación pública. Había pasado cientos de horas contemplando el paisaje tranquilo y provinciano que rodeaba mi escuela, anhelando en silencio que llegara un apocalipsis zombi, que un extraño accidente me otorgara superpoderes o la aparición repentina de un grupo de enanos cleptómanos capaces de viajar en el tiempo.
          Diría que aproximadamente un tercio de aquellas fantasías oscuras incluían la llegada inesperada de seres de otro mundo.
          En realidad, nunca esperé que algo así llegara a ocurrir. Aunque los visitantes alienígenas hubieran decidido pasarse por este pequeño y completamente insignificante planeta verdeazulado, ningún extraterrestre que tuviera algo de dignidad se plantearía mi ciudad natal de Beaverton en Oregón —también conocida como Villa Bostezos, Estados Unidos— como lugar para un primer contacto. No a menos que el plan fuera destruir nuestra civilización eliminando primero a los lugareños menos interesantes. En caso de que el universo tuviera un centro radiante, me encontraba en el planeta más alejado de él. Por favor, tía Beru, pásame la leche azul.
          Pero estaba ocurriendo un milagro allí mismo, ¡delante de mis narices! Había un puñetero platillo volante ahí fuera y yo lo estaba viendo con mis propios ojos.
          Y estaba muy seguro de que se acercaba.
          Eché una mirada furtiva por encima del hombro hacia mis dos mejores amigos, Cruz y Diehl, que se sentaban detrás de mí. Pero ellos seguían ensimismados discutiendo en susurros y sin mirar por las ventanas. Pensé en decírselo, pero me preocupaba que el objeto pudiera desvanecerse en cualquier momento y no quería perder la oportunidad de verlo.
          Volví a centrar la vista en el exterior, justo a tiempo para ver otro fogonazo plateado cuando la nave salió disparada en horizontal por el cielo. Luego se detuvo y flotó un momento sobre los terrenos contiguos antes de volver a alejarse. Flotar, moverse. Flotar, moverse.
          Era innegable que se estaba acercando. Ya alcanzaba a distinguir su forma con más detalle. El platillo se ladeó para virar y durante unos segundos pude echar un vistazo a su sección horizontal por primera vez. Fue entonces cuando reparé en que no tenía nada que ver con un platillo. El casco de la nave era simétrico, parecido a la hoja de un hacha de guerra de doble filo pero con un prisma octogonal negro plantado en el centro, entre sus dos alas largas y aserradas, que centelleaba a la luz del sol matutino como una joya oscura.
          Sentí un cortocircuito en el cerebro, porque no había lugar a dudas sobre el característico diseño de la nave. No en vano llevaba viéndolo cada noche durante los últimos años a través de un punto de mira. Lo que observaba era un Guja de los sobrukai, uno de los cazas pilotados por los alienígenas malos de Armada, mi videojuego favorito.
          Lo cual era imposible, claro. Era como ver un caza TIE o un Pájaro de Guerra klingon surcando los cielos. Los sobrukai y sus cazas Guja eran creaciones ficticias de un videojuego. No existían en el mundo real. Era imposible. En nuestro mundo, los videojuegos no cobraban vida y las naves inventadas no pasaban zumbando sobre tu ciudad natal. Esas burradas absurdas solo tenían lugar en películas cursis de los años ochenta, como Tron, Juegos de guerra o Starfighter, la aventura comienza. El tipo de películas que flipaban a mi difunto padre.
          La nave brillante volvió a escorarse hacia un lado, y en esa ocasión pude verla mejor. Ahora sí que era irrebatible. Estaba viendo un Guja: las características ranuras en forma de garra a lo largo del fuselaje y los dos cañones de plasma que sobresalían por la parte delantera como sendos colmillos no dejaban lugar a dudas.
          Solo se me ocurría una explicación lógica para todo aquello: tenía que ser una alucinación. Y sabía quiénes eran los únicos que podían sufrir alucinaciones a plena luz del día sin estar bajo los efectos del alcohol o de las drogas. Aquellos a los que les faltan un par de tornillos. La gente a la que se le va la olla.
          Leer los viejos diarios de mi padre me había hecho preguntarme si él habría sido una de esas personas. Las cosas que había visto en uno de ellos me habían llevado a pensar que quizás hubiera empezado a delirar cuando se acercaba el fin de sus días. Que quizás había perdido la capacidad de diferenciar entre los videojuegos y la realidad, exactamente lo mismo que parecía estar pasándome a mí. Tal vez estuviera materializándose lo que siempre había temido en secreto: de tal palo, tal astilla. Y con un palo como este…
          ¿Estaba drogado? No, imposible. Lo único que llevaba en el cuerpo eran unas Pop-Tart de Kellogg’s que había devorado en el coche de camino al instituto. Y echarle la culpa a unas galletas glaseadas que había tomado para desayunar era peor que alucinar con una nave espacial ficticia salida de un videojuego. Sobre todo, teniendo en cuenta que mi propio ADN era un sospechoso bastante más probable.
          Me di cuenta de que la culpa era mía. Podría haber tomado precauciones, pero hice justo lo contrario. Me había pasado toda la vida abusando sin control del escapismo y permitiendo que la fantasía se convirtiera en mi realidad. Y ahora, igual que mi padre antes que yo, estaba pagando el precio por mi falta de previsión. Era como si estuviera descarrilando en un tren enloquecido. Casi podía escuchar a Ozzy gritando «todos a bordo», como al principio de su canción Crazy Train.
          «No lo hagas —me imploré—. No te vengas abajo ahora. ¡Solo quedan dos meses para la graduación! ¡Es la recta final, Lightman! ¡Mantén la calma!»
          Al otro lado de la ventana, el caza Guja volvió a dar otro vuelo rasante. Vi cómo hacía crujir las ramas al pasar zumbando por encima de una arboleda. Luego atravesó un banco de nubes, tan rápido que creó un agujero circular perfecto justo en el centro, arrastrando unas largas volutas de vapor al salir por el otro lado.
          Un segundo después, la nave se detuvo en el aire una última vez antes de lanzarse hacia arriba como una mancha borrosa y plateada, que se desvaneció tan rápido como había aparecido.
          Me quedé allí sentado un momento, sin poder hacer otra cosa que mirar al lugar vacío del cielo en el que la nave había estado un segundo antes. Luego eché un vistazo a los alumnos que tenía alrededor. Ninguno de ellos estaba mirando en dirección a las ventanas. En el caso de que ese caza Guja hubiera estado de verdad ahí fuera, nadie más lo había visto.
          Volví a mirar con detenimiento el cielo vacío, mientras rezaba para que la extraña nave plateada volviera a aparecer. Pero ya se había ido, y yo me había quedado allí, sin más opciones que enfrentarme a las consecuencias.
          El hecho de haber visto ese caza Guja, o al menos de haberlo imaginado, había desencadenado en mi mente un pequeño alud que se estaba empezando a convertir en una avalancha de emociones enfrentadas y recuerdos inconexos, todos ellos relacionados con mi padre y con aquel viejo diario que había encontrado entre sus cosas.
          La verdad es que ni siquiera estaba seguro de que fuera un diario. Nunca me lo había leído entero, ya que me perturbaban sus contenidos y lo que parecían implicar sobre el estado mental del autor. Lo que hice fue devolverlo al lugar donde lo había encontrado e intentar olvidar su existencia. Y había tenido éxito… hasta hacía tan solo unos segundos.
          Pero ya no podía pensar en otra cosa.
          Sentí el deseo repentino de salir corriendo del instituto, conducir hasta casa y volver a cogerlo. No me llevaría mucho tiempo; vivía a pocos minutos de allí.
          Eché una mirada a la salida y al hombre que la estaba vigilando, el señor Sayles, nuestro anciano profesor de matemáticas. Llevaba el pelo canoso rapado, unas gafas de pasta gruesas y la misma vestimenta monótona de siempre: mocasines negros, pantalones negros, una camisa blanca de vestir de manga corta y una corbata de clip negra. Llevaba dando clases en mi instituto desde hacía cuarenta años, y las viejas fotos de los anuarios escolares que se podían encontrar en la biblioteca demostraban que siempre había lucido el mismo conjunto retro. El señor S. por fin se jubilaba aquel año, y menos mal, ya que todo se la sudaba tanto que tenían que habérsele secado las glándulas en algún momento del siglo pasado. Ese mismo día se había pasado los primeros cinco minutos de la clase poniéndonos deberes, y luego nos había dado el resto del tiempo para hacerlos, había apagado su audífono y se había puesto a hacer crucigramas. Pero seguro que se daría cuenta si intentaba escabullirme.
          Alcé la mirada por encima de la pizarra desfasada, donde había un viejo reloj incrustado en los ladrillos color lima de la pared. Con su falta de compasión habitual, me informó de que quedaban todavía treinta y dos minutos para que sonara la campana.
          No podía seguir aguantando aquello durante treinta y dos minutos ni de broma. Después de lo que acababa de ver, sería un milagro contenerme treinta y dos segundos siquiera.
          A mi izquierda, Douglas Knotcher ya estaba enfrascado en su humillación diaria de Casey Cox, el chico tímido y con acné que había tenido la desgracia de sentarse delante de él. Knotcher solía limitarse a blandir insultos verbales contra el pobre chico, pero ese día había decidido ponerse clásico y lanzarle pelotitas de papel empapadas de saliva. Knotcher tenía una pila de proyectiles húmedos acumulada en su pupitre, como si fueran balas de cañón, y las estaba disparando a la nuca de Casey una detrás de otra. El pelo del pobre chico estaba inundado con los lapos de los ataques anteriores. Algunos amigos de Knotcher estaban viéndolo todo desde el fondo del aula y se reían con disimulo cada vez que estampaba otro proyectil a Casey, lo que lo alentaba a continuar.
          Me ponía de los nervios ver cómo Knotcher abusaba de Casey de aquella manera, y sospecho que esa era una de las razones por las que Knotcher se divertía tanto haciéndolo. Sabía que yo no podía hacer absolutamente nada al respecto.
          Miré al señor Sayles, pero el profesor seguía ensimismado con su crucigrama y no se estaba enterando de nada, como siempre. Algo de lo que Knotcher se aprovechaba a diario. Y, a diario también, yo tenía que resistir el impulso de hacer que se tragara sus dientes.
          Doug Knotcher y yo habíamos conseguido evitarnos el uno al otro con bastante éxito desde el «Incidente» que tuvo lugar a principios de secundaria. Hasta que el cruel destino nos había juntado en clase de matemáticas. Y sentados en asientos contiguos, para colmo. Era como si el universo quisiera que mi último semestre en el instituto fuera lo más infernal posible.
          Eso también explicaría que Ellen Adams, mi exnovia, estuviera también en la misma clase. Tres asientos hacia la derecha y dos por detrás, justo en el límite de mi visión periférica.
          Ellen era mi primer amor, y habíamos perdido la virginidad juntos. Habían pasado ya dos años desde que me dejó por uno del equipo de lucha libre de un instituto cercano, pero cada vez que veía esas pecas en el caballete de su nariz o que la pillaba quitándose de la cara los rizos pelirrojos, se me volvía a partir el corazón. Solía pasarme la jornada lectiva entera intentando olvidar que estaba en el aula.
          Verme forzado a sentarme entre mi mayor enemigo y mi exnovia todas las tardes había hecho que las clases de matemáticas de ese curso se convirtieran en mi propio Kobayashi Maru, una situación hipotética brutal e imposible de superar, diseñada para poner a prueba mi resistencia emocional.
          Por suerte, el destino había equilibrado un poco la ecuación de pesadilla al poner en la clase a mis dos mejores amigos. Si Cruz y Diehl no estuvieran también, seguro que me habría vuelto majara y empezado a desvariar a tope a mitad de la primera semana.
          Eché de nuevo la vista atrás hacia ellos. Diehl, que era alto y delgado, y Cruz, que era bajo y fornido, compartían el mismo nombre de pila: Michael. Llevaba desde primaria llamándolos por sus apellidos para evitar confusiones. Los dos Mikes seguían enfrascados en la misma conversación susurrada de antes de que me subiera a las nubes y empezara a ver cosas: un debate sobre cuál era la mejor arma cuerpo a cuerpo de la historia del cine. Intenté volver a concentrarme en sus voces.
          —Dardo en realidad no era una espada —estaba diciendo Diehl—. Era más como un cuchillo de mantequilla para hobbits que brillaba en la oscuridad y que se usaba para untar mermelada en los bollos, el pan de lembas y cosas así.
          Cruz puso los ojos en blanco.
          —«Tu pasión por la hierba de los medianos sin duda ha enturbiado tu mente» —citó—. ¡Dardo es una daga élfica forjada en Gondolin durante la Primera Edad! ¡Podría cortar cualquier cosa! Y su hoja solo brilla cuando detecta la presencia de orcos o trasgos en las inmediaciones. ¿Qué puede detectar Mjolnir? ¿Acentos de mentira y melenas con mechas?
          Tenía muchas ganas de contarles lo que acababa de ver, pero aunque fueran mis mejores amigos no había forma humana de que me creyeran. Seguro que lo habrían considerado otro síntoma de la inestabilidad psicológica de su colega Zack.
          Y quizá tuvieran razón.
          —¡Thor no necesita detectar a sus enemigos para poder ir corriendo a esconderse en su pequeño agujero hobbit! —susurró Diehl—. Mjolnir tiene poder suficiente como para destruir montañas, y también puede lanzar descargas de energía, crear campos de fuerza e invocar al relámpago. Además, el martillo regresa siempre a la mano de Thor después de lanzarlo, aunque tenga que destrozar un planeta entero para hacerlo. ¡Y Thor es el único que puede levantarlo! —concluyó mientras se reclinaba en su asiento.
          —Tío, Mjolnir es una navaja suiza mágica de mierda —dijo Cruz—. ¡Es hasta peor que el anillo de Linterna Verde! En cada número de los cómics dan un nuevo poder al martillo para que Thor pueda hacer un apaño estúpido y salir del embrollo en que lo han metido. Y que sepas que muchos otros lo han empuñado, ¡hasta Wonder Woman en un crossover! ¡Búscalo en Google! ¡Tu argumento es inválido, Diehl!
          Con toda probabilidad yo habría elegido Excalibur, tal y como aparece en la película del mismo nombre, pero no tenía fuerzas para unirme a la discusión. En vez de eso, pasé a observar a Knotcher, que estaba a punto de lanzar otra gigantesca pelota empapada de saliva a Casey. Le dio justo en la nuca mojada y luego cayó al suelo, donde se unió a la pila pastosa de proyectiles que había ido disparando.
          Casey se puso rígido, como esperando un segundo impacto, pero no se dio la vuelta. Lo único que hizo fue hundirse en la silla mientras su torturador preparaba otro bombardeo de saliva.
          Era obvio que había una conexión entre el comportamiento de Knotcher y el borracho abusador que tenía por padre, pero en mi opinión eso no justificaba su sádico comportamiento. Yo también había tenido problemas familiares y no iba por ahí arrancando las alas de las moscas.
          Por otra parte, sí que tenía ligeros problemas para controlar mi ira y un caso de violencia relacionado con ellos, ambas cosas documentadas y registradas en el sistema de educación pública.
          Ah, sí, y también estaba eso de alucinar con naves espaciales alienígenas salidas de mi videojuego favorito.
          Así que quizá no me encontraba en la mejor posición para juzgar la cordura de los demás.
          Miré al resto de compañeros de clase. Todos los que había a mi alrededor estaban mirando a Casey y preguntándose si aquel sería el día en que por fin plantase cara a Knotcher. Pero Casey no hacía otra cosa que mirar al señor Sayles, que seguía enfrascado en su crucigrama, ajeno al tremendo drama adolescente que estaba teniendo lugar justo delante de él.
          Knotcher lanzó otra pelotilla y Casey se hundió todavía más en su asiento, casi como si se quisiera fundir con él.
          Intenté hacer lo mismo que llevaba haciendo todo el semestre. Intenté controlar mi ira, centrar la atención en cualquier otra parte y no meterme en los asuntos de los demás. Pero no podía contenerme, y no lo hice.
          Ver cómo Knotcher atormentaba a Casey mientras los demás alumnos se quedaban sentados mirando no solo conseguía que me odiara a mí mismo, sino también al resto de la especie humana. Si existían otras civilizaciones ahí fuera, ¿qué razón podrían tener para querer contactar con la humanidad? Si nos tratábamos así entre nosotros, ¿qué amabilidad íbamos a poder mostrar a una raza de seres con ojos insectoides venida del espacio exterior?
          En mi mente volvió a aparecer la viva imagen de un caza Guja, lo que hizo que se me crisparan los nervios todavía más. Intenté volver a calmarme, en esa ocasión pensando en la ecuación de Drake y la paradoja de Fermi. Sabía que era muy probable que hubiera vida en algún otro lugar, pero debido a la edad y la inmensidad del universo, también sabía que era astronómicamente improbable que estableciéramos contacto con ella, y mucho menos en el intervalo de tiempo de mi corta vida. Lo más seguro era que todos nos quedáramos encerrados aquí, en la tercera roca más cercana a nuestro sol, hasta llegar audazmente a la extinción.
          Sentí un dolor agudo en la mandíbula y me di cuenta de que estaba apretando los dientes, con tanta fuerza como para romperme los molares traseros. Me esforcé en dejar de hacerlo y luego volví a mirar a Ellen para comprobar si también estaba viendo lo que ocurría. Mi exnovia miraba a Casey con una expresión de desamparo y los ojos llenos de pena.
          Fue eso lo que terminó por hacer que me lanzara.
          —Zack, ¿qué estás haciendo? —escuché preguntar a Diehl con un susurro temeroso—. ¡Siéntate!
          Lancé una mirada rápida hacia abajo. Sin darme cuenta, me había puesto de pie junto a mi pupitre. Y seguía teniendo los ojos fijos en Knotcher y Casey.
          —¡Eso, no te metas! —susurró Cruz por detrás del otro hombro—. Venga, tío.
          Pero llegados a ese punto, ya tenía la visión nublada por la ira.
          Cuando llegué hasta Knotcher, no le hice lo que quería, que era agarrarlo por el pelo y estamparle la cara contra su pupitre con todas mis fuerzas una y otra vez.
          En vez de eso, me agaché y recogí la pila pastosa de pelotitas de papel que estaba en el suelo detrás de la silla de Casey. Usé ambas manos para unirlas todas en una única bola húmeda y la aplasté directamente contra la coronilla de Knotcher, lo que hizo que sonara un «plaf» muy satisfactorio.
          Knotcher se levantó de un salto y se giró para encarar a su agresor, pero se quedó inmóvil cuando vio que era mi cara la que le devolvía la mirada. Abrió los ojos de par en par y dio la impresión de palidecer un poco.
          Un grito general de «¡oooooh!» surgió del resto de nuestros compañeros. Todos sabían lo que había pasado entre Knotcher y yo a principios de secundaria y estaban emocionados por la posibilidad de que hubiera una revancha. Las clases vespertinas de matemáticas se habían puesto la mar de interesantes en un momento.
          Knotcher levantó el brazo y se quitó la húmeda bola de pañuelos masticados de la cabeza. Luego la tiró con rabia hacia el otro extremo del aula y mojó sin querer a media docena de personas. Nuestros ojos se encontraron. Vi cómo un riachuelo de saliva se le deslizaba por el lado izquierdo de la cara. Se la limpió sin dejar de mirarme.
          —Así que por fin te has decidido a defender a tu novio, ¿eh, Lightman? —farfulló, intentando sin éxito ocultar el temblor de su voz.
          Le enseñé los dientes y di un paso decidido al frente mientras preparaba un puñetazo. El ademán tuvo el efecto deseado. Knotcher no solo se encogió, sino que se tambaleó hacia atrás, tropezó con su propia silla y estuvo a punto de caer al suelo. Pero consiguió enderezarse y volvió a encararme, no sin que sus mejillas se ruborizaran por la vergüenza.
          El silencio en la clase era sepulcral, a excepción de la aguja del viejo reloj de pared, que desgranaba los segundos.
          «Hazlo —pensé—. Dame una excusa. Pégame un puñetazo.»
          Pero en los ojos de Knotcher se veía crecer el miedo, que ahogó su ira. Quizás él distinguiera en los míos que estaba a punto de írseme la pinza.
          —Psicópata —balbuceó para sí mismo. Luego se dio la vuelta y volvió a sentarse, levantándome el dedo corazón por encima del hombro.
          Me di cuenta de que seguía teniendo el puño derecho alzado. Cuando lo bajé, fue como si la clase entera volviera a respirar al unísono. Miré a Casey, esperando que asintiera como agradecimiento, pero seguía encajado en su pupitre como un perro apaleado y ni siquiera me miró a los ojos.
          Eché otro vistazo disimulado hacia Ellen. Esta vez me estaba mirando fijamente, pero apartó los ojos de inmediato para no encontrarse con los míos. Miré a mi alrededor. Las únicas dos personas que me miraron a los ojos fueron Cruz y Diehl, y ambos ponían cara de preocupación.
          En ese momento, el señor Sayles levantó por fin la cabeza de su crucigrama y me vio prácticamente sobre Knotcher, como un asesino sádico blandiendo un hacha. Trasteó con su audífono y lo volvió a encender, para luego mirarme, mirar a Knotcher y mirarme a mí de nuevo.
          —¿Se puede saber qué está pasando, Lightman? —preguntó apuntándome con un dedo retorcido. Al ver que no respondía, frunció el ceño—. Vuelva a su asiento ahora mismo.
          Pero no pude hacerlo. Si me quedaba en aquel lugar un segundo más, mi cabeza implosionaría. Así que salí del aula pasando justo por delante del escritorio del señor Sayles al dirigirme a la puerta abierta. Me vio marchar y levantó las cejas, como si no se lo creyera.
          —¡Será mejor que vaya de camino al despacho del director, señorito! —lo escuché gritar detrás de mí.
          Pero yo ya estaba corriendo hacia la salida más cercana, molestando a todas las clases con los chirridos de mis zapatillas sobre el suelo encerado del pasillo.
          Después de lo que se me antojó una eternidad, por fin atravesé la salida principal del instituto. Mientras corría por el aparcamiento de estudiantes, barrí el cielo de un lado a otro con la mirada, recorriendo el horizonte. Cualquiera que me estuviera viendo desde el instituto habría pensado que estaba colgado, como si estuviera siguiendo un partido de tenis entre gigantes que solo yo pudiera ver. O como Don Quijote yendo con su caballo y su lanza hacia los molinos para darles una paliza imaginaria estilo La Mancha.
          Tenía el coche estacionado al fondo del aparcamiento. Era un Dodge Omni blanco de 1989 que había pertenecido a mi padre y estaba recubierto de marcas y abolladuras, tenía la pintura levantada y manchas enormes de óxido. Había permanecido abandonado debajo de una lona en nuestro garaje durante toda mi infancia, hasta que mi madre me había entregado las llaves en mi decimosexto cumpleaños. Había aceptado el regalo con sentimientos encontrados, y no solo porque fuese una monstruosidad oxidada que funcionaba a duras penas. También era el lugar en el que me habían engendrado, y casualmente mientras estaba aparcado justo donde yo lo había dejado por la mañana. Era un dato desafortunado que se le escapó a mi madre un día de San Valentín, después de mucho vino y uno de sus múltiples visionados de Un gran amor. Lo de In vino veritas era doblemente cierto en el caso de mi madre cuando había una película de Cameron Crowe de por medio.
          En cualquier caso, el Omni había pasado a ser de mi propiedad. La vida es cíclica, o eso dicen. Y un buga gratis es un buga gratis, sobre todo para un chico de instituto sin blanca. Lo único que tenía que hacer era no imaginarme a mis padres adolescentes montándoselo en el asiento de atrás mientras Peter Gabriel les canturreaba a través del reproductor de cintas.
          Sí, el coche tenía un reproductor de cintas que seguía funcionando. Me había comprado un cable adaptador para poder poner canciones desde el móvil, pero prefería seguir escuchando las viejas cintas de mezclas de mi padre. Sus grupos favoritos también se habían convertido en los míos: ZZ Top, AC/DC, Van Halen, Queen, etcétera. Encendí el grandioso motor de cuatro cilindros del Omni y la versión de Get It On (Bang a Gong) de The Power Station comenzó a retumbar por los altavoces cascados.
          Pisé a fondo para llegar a casa lo más rápido posible, serpenteando a través de las siniestras y laberínticas calles provincianas a una velocidad que no era muy recomendada, sobre todo porque me pasé la mayor parte del trayecto mirando hacia arriba en lugar de a la carretera que tenía delante. Seguía siendo media tarde, pero una luna casi llena podía divisarse ya en el cielo, y atraía mi mirada una y otra vez mientras seguía inspeccionando las alturas. Esto casi hizo que me saltara dos señales de stop y también que faltaran solo unos centímetros para que un todoterreno me embistiera desde un lado cuando me salté un semáforo en rojo.
          Después de eso, encendí las luces de emergencia y conduje los últimos kilómetros hasta casa a paso de tortuga, sin dejar de estirar el cuello por fuera de la ventanilla para mirar el cielo.


© Ernest Cline, 2015
© de la traducción, David Tejera Expósito, 2016
© Ediciones B, S.A., 2016

A la venta el 30 de marzo de 2016.

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