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A todo vapor de Terry Pratchett: Fragmento

A todo vapor - Avance - Destacada

Fantascy publica la cuadragésima novela del Mundodisco el 19 de noviembre.

Falta menos de un mes para que salga a la venta A todo vapor, la cuadragésima (y por desgracia penúltima) novela del Mundodisco de Terry Pratchett. Para ir abriendo boca antes del lanzamiento de la tercera novela protagonizada por el versátil Húmedo von Mustachen, que introduce el ferrocarril en el ajetreado Mundodisco, Fantascy nos ha ofrecido en primicia las primeras páginas del libro, que tenéis a continuación. ¡Que las disfrutéis!

A todo vapor - Mapa
Es difícil entender la nada, pero el multiverso está lleno de ella. La nada viaja a todas partes, siempre por delante del algo, y en la gran nube del desconocimiento la nada anhela convertirse en algo, liberarse, moverse, sentir, cambiar, danzar y experimentar; en pocas palabras, ser algo.
          Y entonces se le presentó una oportunidad mientras vagaba por el éter. La nada, por supuesto, sabía lo que era el algo, pero ese algo era diferente, muy diferente, y así la nada se coló con sigilo en el algo, descendió flotando y aspirando a todo y, por suerte, aterrizó en el lomo de una tortuga, una muy grande, y se apresuró a convertirse en algo más rápidamente si cabe. Era elemental y no podía haber nada mejor, ¡y de repente el elemental estaba preso! El señuelo había funcionado.

Cualquiera que haya visto deslizarse alguna vez el río Ankh sobre su lecho de porquería variada comprenderá por qué el abastecimiento de pescado de los habitantes de Ankh-Morpork depende hasta tal punto de las flotas pesqueras de Quirm. Para prevenir trastornos gástricos espantosos en la ciudadanía, los pescaderos de Ankh-Morpork deben asegurarse de que sus proveedores obtengan sus capturas lejos, muy lejos de la ciudad.
          Para Bowden Jeffries, vendedor de marisco selecto, los más de trescientos kilómetros que se extendían entre el puerto pesquero de Quirm y los clientes de Ankh-Morpork suponían una distancia lamentable en invierno, otoño y primavera y un auténtico calvario en verano, porque la carretera, por llamarla de alguna manera, se convertía en un horno lineal a lo largo de todo su recorrido hasta la Gran Ciudad. Quien compartía viaje alguna vez con una tonelada de pulpos recalentados no lo olvidaba jamás; el olor duraba días y seguía a la víctima a todas partes, casi hasta el dormitorio. Era imposible sacarlo de la ropa.
          La clientela era exigente, y la élite de Ankh-Morpork y, a decir verdad, todo el mundo, quería pescado, aunque fuese el punto más cálido de la temporada. Incluso habiendo construido una fresquera con sus propias manos y una segunda por encargo a medio camino del trayecto, le daban unas ganas tremendas de echarse a llorar.
          Y eso estaba diciendo a su primo, Alivio Jeffries, horticultor, que contempló su cerveza y respondió:
          —Siempre lo mismo. Nadie quiere ayudar al pequeño empresario. ¿Tú sabes lo poco que tardan las fresas en convertirse en bolitas pochas cuando hace calor? Yo te lo digo: nada. Te despistas un segundo y adiós, justo cuando todo el mundo quiere fresas. Y si no, pregúntales a los que tratan con berros si cuesta mucho traerlos hasta la ciudad antes de que los condenados se queden mustios perdidos. ¡Tendríamos que presentar una petición al gobierno!
          —No —replicó su primo—. Ya me he cansado de eso. ¡Escribamos a los periódicos! Así se consiguen las cosas. Todo el mundo se queja de la fruta, la verdura y el marisco. Hay que hacerle entender a Vetinari lo mal que lo pasamos los empresarios modestos. Si no, ¿para qué pagamos nuestros impuestos de vez en cuando?

Dick Simnel tenía diez años cuando, allá en la herrería familiar de Cerro de las Ovejas, su padre desapareció sin más en una nube de fragmentos de horno y metal volador, todo envuelto en un vapor rosado. No hallaron ni rastro de él en aquella espantosa neblina húmeda y abrasadora, pero aquel mismo día el pequeño Dick Simnel juró a lo que quedara de su padre en aquella nube hirviente que pondría el vapor a su servicio.
          Su madre tenía otros planes. Era comadrona y, como decía siempre a sus vecinos: «En todas partes nacen bebés. Nunca me quedaré sin clientes». Así, en contra de los deseos de su hijo, Elsie Simnel decidió alejarlo de lo que ella había pasado a considerar un lugar maldito. Recogió los bártulos y juntos regresaron al hogar de su familia, cerca de Sto Lat, donde la gente no desaparecía inexplicablemente en nubes calientes y rosadas.
          Al poco de llegar, a su hijo le sucedió algo importante. Un día, mientras esperaba a que su madre regresara de un parto difícil, Dick topó con un edificio de aspecto interesante, que resultó ser una biblioteca. Al principio le pareció que estaba llena de chorradas, que si reyes, que si poetas, que si amantes, que si batallas… pero en un libro crucial encontró algo llamado matemáticas y el mundo de los números.
          Y fue por eso que, un buen día, diez años más tarde, se armó con todo el valor de su ser y dijo:
          —Madre, ¿sabes el año pasado, cuando te dije que me iba de excursión a las montañas de Uberwald con mis amigos? Pues bueno, fue una especie de… así como… una especie de mentira, pero pequeña, cosa de nada. —Dick se ruborizó—. Verás, encontré las llaves del viejo cobertizo de papá y, en fin, volví a Cerro de las Ovejas para hacer unos experimentos y… —Miró a su madre con nerviosismo—. Creo que sé lo que hizo mal.
          Dick iba preparado para objeciones férreas, pero no contaba con las lágrimas y mucho menos con tantas, de modo que, mientras intentaba consolarla, añadió:
          —Madre, tú y el tío Flavius me disteis una educación, me habéis dado el saber de los números, incluida la aritmética y las cosas raras que inventaron los filósofos de Efebia, donde hasta los camellos saben hacer logaritmos con las pezuñas. Papá no sabía nada de todo eso. Tenía buenas ideas, pero le fallaba la… tec-no-logía.
          En ese momento, Dick permitió que hablara su madre, quien dijo:
          —Sé que a nuestro Dick no hay quien le pare; eres igualito de cabezón que tu padre. ¿Es eso lo que has estado haciendo en el granero? ¿«Tesnología»? —Lo miró con aire acusador y luego suspiró—. Ya veo que no puedo mandarte lo que tienes que hacer, pero dime tú: ¿cómo van a impedir tus «gorgoritmos» que acabes como tu pobre padre?
          La mujer arrancó de nuevo a llorar. Dick se sacó de la chaqueta algo que parecía una varita pequeña, como si estuviera diseñada para un mago en miniatura, y dijo:
          —¡Esto me mantendrá a salvo, madre! ¡Poseo el saber de la regla de cálculo! ¡Puedo dar órdenes al seno, y lo mismo al coseno, y averiguar la tangente de las cuaderáticas! Vamos, madre, deja de preocuparte y acompáñame al granero. ¡Tienes que verla!
          La señora Simnel, a regañadientes, dejó que su hijo la arrastrara hasta el granero abierto y grande que el joven había equipado como el viejo taller de Cerro de las Ovejas, con la esperanza infundada de que su hijo hubiera encontrado novia por accidente. Dentro del granero contempló resignada un gran círculo de metal que cubría la mayor parte del suelo. Sobre esa superficie, algo metálico giraba sin parar, con un zumbido como el de una ardilla enjaulada, a la vez que desprendía un olor muy parecido al del alcanfor.
          —Aquí la tienes, madre. ¿Verdad que es la pera? —dijo Dick con voz alegre—. ¡Yo la llamo Traviesa de Hierro!
          —Pero ¿qué es, hijo?
          Dick sonrió de oreja a oreja y respondió:
          —Es lo que llaman pro-to-ti-po, madre. Para ser ingeniero hace falta tener un pro-to-ti-po.
          Su madre sonrió con desgana, pero Dick era imparable. De su boca manaba un torrente de palabras.
          —La cuestión, madre, es que antes de intentar nada hay que tener una mínima idea de lo que quiere hacerse. En la biblioteca encontré un libro que iba de cómo hacerse arquitecto. Y en ese libro, el hombre que lo escribió decía que, antes de construir su siguiente casa grande, siempre montaba unas maquetas diminutas para hacerse una idea de cómo funcionaría todo. Decía que suena complicado y tal, pero que ir poco a poco y ser concienzudo es la única manera de avanzar. Por eso la estoy probando poco a poco, para ver lo que funciona y lo que no. Y la verdad es que estoy bastante orgulloso. Al principio fabriqué los raíles de madera, pero calculé que la máquina que buscaba sería muy pesada, o sea que hice leña del circuito original y volví a la forja.
          La señora Simnel observó el pequeño mecanismo que daba vueltas y más vueltas sobre el suelo del granero y dijo, con la voz de quien hace un esfuerzo sincero por comprender:
          —Ya, hijo, pero… ¿qué es lo que hace?
          —Bueno, me acordé de la historia de papá sobre aquella vez que, mirando cómo hervía la tetera, se fijó en que la tapa subía y bajaba con la presión, y me dijo que algún día alguien construiría una tetera más grande y que levantaría algo más que una tapa. Y creo que he descubierto cómo construir una tetera como debe ser, madre.
          —¿Y eso para qué sirve, hijo mío? —insistió su madre.
          —Para todo, madre. Para todo —respondió el joven con los ojos brillantes.
          Aún sumida en una neblina de leve incomprensión, la señora Simnel observó cómo Dick desenrollaba un papel bastante mugriento.
          —Se llama diseño, madre. Hay que tener un diseño. Enseña cómo encajan todas las piezas.
          —¿Esto forma parte del pro-to-ti-po?
          El chico miró a la cara de su amante madre y comprendió que sería menester explicarse un poco más. La cogió de la mano y le dijo:
          —Madre, ya sé que a ti solo te parecen líneas y círculos, pero, para quien tiene el saber de los círculos, las líneas y demás, esto representa una máquina.
          La señora Simnel le apretó la mano.
          —¿Qué crees que vas a hacer con ella, Dick?
          El joven Simnel sonrió y respondió con alegría:
          —Cambiar lo que necesite cambiarse, madre.
          La señora Simnel dedicó a su hijo una curiosa mirada durante unos instantes, hasta que pareció alcanzar a regañadientes una conclusión y le dijo:
          —Pues acompáñame, muchacho.
          Lo llevó a la parte de atrás de la casa, donde subieron por la escalera que conducía al desván. Allí señaló a su hijo un recio cofre de marinero cubierto de polvo.
          —Tu abuelo me dio esto para que te lo diese yo a ti cuando me pareciera que lo necesitabas. Toma la llave.
          La satisfizo ver que su hijo no agarraba la llave sin más, sino que, al contrario, observaba el cofre con detenimiento antes de abrirlo. Cuando por fin alzó la tapa, de repente el aire se tiñó de un resplandor dorado.
          —Tu abuelo era un pelín pirata, aunque luego descubrió la religión y le entró un poco de canguelo, y las últimas palabras que me dijo en su lecho de muerte fueron: «Ese jovencito llegará lejos algún día, ya lo verás, querida Elsie, pero que me aspen si sé adónde».

A todo vapor - Portada
Los vecinos del pueblo estaban más que acostumbrados al repiqueteo y el martilleo que surgían a diario de las diversas herrerías por las que era famosa la región. Daba la impresión de que, aunque también había montado una forja, el joven Simnel había decidido no meterse a herrero, posiblemente a causa de aquel desagradable incidente por el que el señor Simnel padre dejó el mundo de manera tan abrupta. Los herreros locales pronto se acostumbraron a fabricar los objetos misteriosos de los que el joven señor Simnel les llevaba meticulosos bocetos. No les reveló lo que estaba construyendo, pero, como les hacía ganar un montón de dinero, no les importaba.
          La noticia de su herencia acabó por saberse, claro está —el oro siempre acaba saliendo a relucir de alguna manera— y entre los vecinos se extendió una curiosidad ejemplificada por el más anciano de todos cuando, sentado en un banco delante de la taberna, dijo:
          —¡En fin, hay que joderse! ¡Al chico le cae del cielo una fortuna en oro y va y la convierte en una pila de hierro viejo!
          El anciano se reía, igual que todos los demás, pero aun así seguían observando cómo el joven Dick Simnel entraba y salía por el portillo de su viejo y casi ruinoso granero, que mantenía cerrado con dos candados en todo momento.
          Simnel había encontrado a un par de muchachos de fiar el pueblo que le ayudaban con la fabricación y a mover trastos. Con el tiempo, el granero se amplió por medio de una serie de cobertizos añadidos. Simnel contrató más mozos y los martillos empezaron a sonar todo el día y todos los días, a la vez que, poco a poco, un goteo de información se iba filtrando hasta lo que podría denominarse la consciencia local.
          Al parecer el joven había fabricado una bomba, una curiosa bomba que bombeaba el agua muy arriba. Después lo había tirado todo a la basura mientras decía cosas del estilo de: «Necesitamos más acero que hierro».
          Circulaban habladurías sobre grandes resmas de papel tendidas sobre varios escritorios, que el joven Simnel usaba para trabajar en su maravilloso «emprendimiento», como lo llamaba él. Cierto era que las explosiones habían provocado que prendiera alguna que otra cosa, y luego la gente oyó hablar de algo que los mozos llamaban «El Búnker», que se había demostrado útil para saltar dentro en las diversas ocasiones en las que se había producido un pequeño… incidente. Y después estaba aquel resoplido, aquel «chucuchú» rítmico, inaudito pero a la vez, por algún motivo, acogedor. En realidad era un ruido bastante agradable, casi hipnótico, lo cual resultaba extraño porque la criatura mecánica que lo emitía sonaba más viva de lo que cabría esperar.
          Los lugareños cayeron en la cuenta de que los dos colaboradores principales del señor Simnel, o «Hierro Loco» Simnel, como le llamaban algunos a esas alturas, parecían cambiados de alguna manera, más maduros y conscientes de sí mismos; los jóvenes acólitos del misterio que se ocultaba tras aquellas puertas. Y no había soborno tabernario, ya fuera mediante cerveza o mediante mujeres, capaz de hacerles desvelar los valiosos secretos del granero.* Habían pasado a comportarse como correspondía a unos maestros del horno llameante.
          También estaban, por supuesto, los días soleados en los que el joven Simnel y sus adláteres excavaban largos surcos en el campo contiguo al granero y los llenaban de metal, mientras el horno resplandecía día y noche y todo el mundo movía la cabeza y decía: «Locuras». Y aquello siguió, se diría que por siempre, hasta que terminó ese siempre y cesaron el martilleo, el repiqueteo y la fundición. Entonces los lugartenientes del señor Simnel retiraron las puertas dobles del enorme granero y llenaron el mundo de humo.
          En aquella parte de Sto Lat sucedían muy pocas cosas, y aquello bastó para atraer corriendo un gentío. La mayoría de ellos llegaron a tiempo para ver que algo salía y se dirigía hacia ellos, jadeando y echando vapor, con unas ruedas que giraban deprisa y unas varas oscilantes que aparecían y desaparecían fantasmagóricas entre el humo y la neblina; y por encima de todo aquello, como una especie de rey del humo y el fuego, estaba Dick Simnel con un rictus de esfuerzo y concentración en la cara. Resultaba reconfortante hasta cierto punto que aquel algo pareciera estar bajo el control de un ser humano, aunque los testigos más reflexivos podrían haber añadido «¿Y qué? Una cuchara también», mientras se aprestaban a huir corriendo de aquella máquina humeante, danzarina, giratoria y oscilante que, ya fuera del granero, empezó a avanzar por los raíles tendidos en el campo. Y los vecinos patitiesos, la mayoría de los cuales empezaban a ser patimóviles y en algunos casos paticorredores, se apartaban y se quejaban, con la excepción obvia de todos los niños de todas las edades, que seguían el artefacto con los ojos como platos, jurando en el acto que algún día ellos serían capitanes de la temible máquina tóxica, por estas que sí. ¡Príncipes del vapor! ¡Maestros de las chispas! ¡Cocheros de los Truenos!
          Y en el exterior, libre por fin, el humo empezó a ascender con decisión por encima del cobertizo, rumbo a la ciudad más grande del mundo. Al principio flotaba despacio, pero fue cobrando velocidad.
          Ese mismo día, más tarde y después de varias vueltas triunfales al breve circuito del campo, Simnel se sentó acompañado por sus ayudantes.
          —Wally, Dave, empiezo a estar desplumado, muchachos —dijo—. Que vuestras madres os preparen el equipaje, nos hagan unos bocadillos y saquen los caballos. Nos llevamos la Traviesa de Hierro a Ankh-Morpork. Dicen que ahí es donde se corta el bacalao.

Por supuesto, lord Vetinari, tirano de Ankh-Morpork, se encontraba de vez en cuando con lady Margolotta, gobernadora de Uberwald. ¿Por qué no iba a hacerlo? Al fin y al cabo, también se veía de vez en cuando con el Rey Diamante de los trolls, cerca del valle del Koom, y también con el Bajo Rey de los enanos, Rhys Hijoderhys, en sus cavernas de debajo de Uberwald. En eso consistía la política, como todo el mundo sabía.
          Sí, la política. El pegamento secreto que impedía que el mundo cayera en la guerra. En el pasado se habían librado muchísimas guerras, demasiadas, pero, como sabía todo colegial —o por lo menos lo sabían en los tiempos en que los colegiales leían algo más complicado que una bolsa de patatas fritas—, no hacía mucho que había estado a punto de estallar una guerra auténticamente espantosa, la última guerra del valle del Koom, y a partir de entonces los enanos y los trolls habían logrado conseguir no del todo la paz, pero sí un entendimiento sobre el que, con un poco de suerte, podría construirse la paz. Se habían producido apretones de manos, apretones fervorosos de manos importantes, de modo que había esperanzas, aunque fueran tan frágiles como un pensamiento.
          En verdad, pensó lord Vetinari mientras su diligencia traqueteaba rumbo a Uberwald, en la oleada de rosado optimismo que había seguido al famoso Acuerdo del Valle del Koom, hasta los trasgos habían sido reconocidos por fin como criaturas inteligentes, que debían ser tratados como metafóricos hermanos, aunque no necesariamente hermanos políticos. Lord Vetinari caviló que, desde lejos, cabía la posibilidad de que el mundo pareciese en paz, un estado de cosas que siempre termina en guerra, tarde o temprano.
          Hizo una mueca cuando su carruaje pilló otro bache de aúpa en la carretera. Había encargado que rellenasen los asientos con acolchado adicional, pero no había nada en el mundo que pudiese convertir el trayecto a Uberwald en algo que no fuera un calvario que, bache a bache, inducía una incomodidad fundamental. El avance había sido muy lento, aunque las paradas en las torres de clacs que jalonaban la ruta habían permitido que su secretario, Drumknott, recogiese el crucigrama diario sin el que lord Vetinari consideraba incompleta la jornada.
          Se oyó un golpe en el exterior.
          —¡Pero bueno! ¿Es necesario que nos metamos en todos los baches del camino, Drumknott?
          —Lo lamento, señor, pero parece que ni siquiera en los tiempos que corren la gobernadora puede controlar a los bandidos del paso de Wilinus. De vez en cuando hace purga, pero me temo que esta es la ruta menos peligrosa.
          Sonó un grito fuera, seguido de más golpes. Vetinari apagó de un soplido la lámpara que estaba usando para leer, momentos antes de que un individuo de aspecto feroz pegara la punta de un virote de ballesta al cristal del carruaje, que había quedado a oscuras, y dijera:
          —¡Salid con todos los objetos de valor o acabaréis mal, vale! ¡Y nada de trucos! ¡Somos asesinos!
          Lord Vetinari cerró con calma el libro que iba leyendo y se dirigió a su secretario:
          —Parece, Drumknott, que hemos sido asaltados por asesinos. Qué… bien.
          Drumknott lucía una sonrisilla.
          —Ah, sí, qué bien, señor. Siempre le ha gustado encontrarse con asesinos. No me interpondré, señor.
          Vetinari se envolvió con la capa mientras salía del carruaje y decía:
          —No hay motivos para la violencia, caballeros. Les daré todo lo que tengo…
          No habían pasado ni dos minutos cuando su señoría volvió a subir al carruaje e indicó al cochero que siguiera adelante como si nada.
          Al cabo de un rato, por pura curiosidad, Drumknott preguntó:
          —¿Qué ha pasado esta vez, milord? No he oído nada.
          A su lado, Vetinari respondió:
          —Ellos tampoco, Drumknott. Madre mía, menudo desperdicio. Uno se pregunta por qué no aprenden a leer. Así reconocerían el emblema de mi carruaje. ¡Eso les habría prevenido!
          Mientras el vehículo aceleraba hasta lo que podría considerarse una velocidad errática, y después de una breve reflexión, Drumknott dijo:
          —Pero su emblema, señor, es negro sobre un campo negro, y la noche es muy oscura.
          —Ah, sí, Drumknott —replicó lord Vetinari, con lo que pasaba por ser una sonrisa—. ¿Sabes? No había pensado en eso.

* Corrieron varios comentarios obscenos al respecto, pero al parecer, para desgracia de las chicas locales casaderas, Hierro Loco Simnel y sus hombres habían encontrado algo más interesante que las mujeres, y en apariencia estaba hecho de acero. (Volver.)

© Terry y Lyn Pratchett, 2013
© Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2015
© de la traducción, Gabriel Dols Gallardo, 2015

A la venta el 19 de noviembre de 2015.

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One Response to “A todo vapor de Terry Pratchett: Fragmento”

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