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Bioko, de Marc Pastor: Escena eliminada

Bioko - Marc Pastor - Destacada

Marc Pastor nos regala una escena que se cayó en la mesa de montaje de Bioko.

El bueno de Marc Pastor nos ha hecho un regalo por nuestro aniversario: una escena eliminada de su novela Bioko, que os recomendamos mucho desde aquí. Para los que no la conozcáis, es una mezcla de novela colonial, viajes en el tiempo y novela de aventuras clásica, con toques de género negro. Y sobre todo, es una gozada.

La escena tiene lugar al principio del libro, poco antes de que los protagonistas lleguen a la isla de Fernando Poo, antigua Bioko. Está traducida por Sergi Viciana (tenéis el original en PDF al final del todo).

Bioko - Portada

Portada de la edición en castellano de Bioko


         La puerta de la cabina se abre poco a poco.
         Ningún soldado la vigila.
         Los negros se llevan las manos a los ojos. Entra poca luz, pero se habían acostumbrado a la oscuridad y ahora las siluetas que hay plantadas en el umbral son sombras irreconocibles.
         Al principio piensan que es el capitán con un par de oficiales. Están dispuestos a confesarlo todo, a acusar al Sietemares de haber instigado la paliza.
         Sea quien sea el que les observa desde la entrada de la cabina, no responde a sus palabras.
         Podría ser el Sietemares, que quiere silenciarlos. Podrían ser los soldados, que quieren venganza. Podría ser Morimón, el Espíritu del Mal, que encarnado en un demonio los quiere castigar.
         La muerte les llega rápido. Nunca sabrán quién o qué les degolló. Quién los destripó y se llevó los corazones. Esta noche dejarán un reguero de sangre hasta cubierta, donde los arrojarán por la borda. Nadie los verá, arrastrados como sacos. Ni oirá su salpicadura al caer al agua. Y si alguno de los braceros que duermen al raso ha abierto los ojos cuando pasaban por delante de él, los ha vuelto a cerrar, atemorizado, rezando para no ser el siguiente.
         A la mañana siguiente, el rastro de sangre que han dejado los cuerpos ya no se puede pasar por alto a plena luz del día.
         Los negros sacrifican tres gallinas y vierten la sangre en un cuenco metálico y abollado. Escenifican algún tipo de ritual para alejar a los malos espíritus. Entonan cánticos que hielan la sangre de los pasajeros europeos, que lo miran espantados.
         El capitán Jauréguizar va de un lado a otro del barco, subiéndose por las paredes. No tanto porque hayan asesinado a tres pasajeros durante la noche, que al fin y al cabo eran negros y criminales, como porque haya ocurrido en su barco. Nadie los echará de menos, a esos delincuentes. Se ha quitado un peso de encima, ya que no quería tener a nadie encerrado durante las tres jornadas de travesía que faltan. Llevar prisioneros negros solivianta mucho al resto del pasaje de Sierra Leona, y lo último que quiere es un motín. Y si hay alguien que puede perder los estribos y organizarle una buena, son esos analfabetos de la selva que no saben comportarse como seres civilizados. Ya le va bien, ya, tener un problema menos. Y el pánico tendrá a los demás calladitos hasta que lleguen a Santa Isabel. Pero ahora busca a Sietemares y no lo encuentra por ningún sitio.
         Un tropel de moscas vuela por la cabina en la que tenían retenidos a los agresores de Moisés, y salen al pasillo a recibir a los soldados. Los saludan efusivas, buscando los orificios de la nariz y las orejas, aterrizando en torno a la boca, frotándose la patas después del festín que se han dado.
         Lo más impactante es la peste como a sal ácida, un hedor que interfiere en todos los pensamientos, mucho más intenso que el sudor de las casernas al que los soldados ya tienen el olfato acostumbrado. Sólo Àdam Clua, que trabajó en un matadero de Cornellà antes de enrolarse en la marina, se siente cómodo.
         —Decidme que no habéis hecho nada. —La voz de Conrado Silva es la de quien acaba de abrir la puerta a unos policías que traen a sus hijos cogidos de las orejas.
         La sangre salpica todas las paredes, en grandes pinceladas orgánicas, grumos brillantes y huellas de manos por todas partes. El charco del suelo no ha coagulado, y los jergones de las literas todavía rezuman.
         Diego sonríe, socarrón.
         —Te dije que… —comienza Moisès, pero Diego no le deja terminar.
         —Si te vas a quedar más tranquilo, no hemos sido nosotros.
         —¿Cuánta gente ha entrado aquí? —pregunta el caporal Altamira.
         El doctor Costales hace un «buf» con la mano y se quita las gafas, empañadas por el bochorno.
         —Todos.
         —Será imposible distinguir ninguna huella, entonces. Mirad el suelo, completamente pisado.
         Osvald Urías está en la cabina de los soldados. Estaba él de guardia y se durmió. Y ahora siente que ha decepcionado al alférez. Es raro, porque en las guardias siempre está alerta y no se deja llevar nunca por el sueño, para evitar tentaciones de echar una siestecita. No le había pasado nunca antes. Solo recuerda que se despertó tumbado al lado de la puerta abierta, alarmado por los gritos de un marinero que había seguido el rastro de sangre al alba. Mierda, mierda, mierda, piensa. Les he fallado. Y rechina los dientes y se maldice a sí mismo y se golpea la cabeza.
         —Podría haber sido cualquiera —resume el alférez.
         —Esto no lo hace cualquiera —dice el caporal—. Hay que ser muy animal para hacer una matanza así.
         —Viajamos en un barco lleno de animales —interviene Àdam—. ¿Quién decía que eran mansos?
         —¿Negros que se matan entre ellos? —añade Diego—. No me extraña.
         Llega el capitán Jauréguizar, visiblemente nervioso. Por primera vez, visiblemente nervioso.
         —Alférez…
         —Susórdenes.
         —No encuentro al Sietemares por ningún sitio. Hagan una batida por el barco para localizarlo.
         A Moisès Corvo todavía le duele todo de la última vez que el capitán les dio una orden directa.
         —Ahora mismo —responde Silva.
         —Y Corvo, espero por su bien que usted no tenga ninguna relación. —Sabe que tiene que haber alguna, el problema es detectarla y demostrarla, y ahora está demasiado ocupado buscando a su oficial.
         —Respondo por él, capitán —intercede el alférez Silva, y el resto del pelotón le apoya.
         —Más les vale, o se ganarán un consejo de guerra.

© Marc Pastor, 2014

Bioko - Marc Pastor - PDF

La escena eliminada en catalán


¡Muchísimas gracias a Marc Pastor!

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One Response to “Bioko, de Marc Pastor: Escena eliminada”

  1. […] la editorial Les males herbes o autores como Marc Pastor (que nos cedió una escena inédita de Bioko hace un tiempo) o Carme Torres, por poner un par de ejemplos. No se trata, claro, de que sean […]