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Capítulos 1 y 2 de Medio rey de Joe Abercrombie

Medio rey - Primeros capítulos - Destacada

Fantascy publica el primer volumen de la «Trilogía del mar Quebrado» el 7 de mayo.

El jueves 7 de mayo sale Medio rey, primer volumen de la «Trilogía del mar Quebrado» de Joe Abercrombie. La nueva serie del autor británico está ambientada en un mundo de aire nórdico y vikingo en el que impera la ley del más fuerte, y sigue las andanzas de Yarvi, príncipe del país de Gettlandia que nació con una mano deforme y al que las crueles circunstancias despojarán de sus pacíficos sueños.

A continuación tenéis sus dos primeros capítulos en primicia. ¡Que los disfrutéis!

Medio Rey - Portada

1. El bien mayor

Se desató un fiero vendaval la noche que Yarvi supo que era rey. O medio rey, por lo menos.
          En Gettlandia esa clase de viento recibía el nombre de «aire buscador» porque siempre encontraba hasta la última rendija y la cerradura más pequeña, para entrar ululando en todas las viviendas con la gelidez de la Madre Mar, por alto que ardiera el fuego del hogar y por mucho que se apiñaran sus habitantes.
          El viento azotó los postigos de las estrechas ventanas de los aposentos de la madre Gundring e hizo estremecer incluso la puerta, sujeta por bisagras de hierro. Hostigó las llamas de la chimenea, que escupieron y restallaron de rabia, convirtiendo en garras las sombras de las hierbas colgadas a secar y reflejándose en la raíz que sostenía la madre Gundring entre sus dedos huesudos.
          —¿Y esta?
          Tenía todo el aspecto de un terrón de barro, pero Yarvi había aprendido a reconocerla.
          —Raíz de lenguanegra.
          —¿Y para qué podría necesitarla un clérigo, mi príncipe?
          —Un clérigo espera no necesitarla nunca. Hervida en agua no se distingue a la vista ni cambia el sabor de esta, pero es un veneno letal.
          La madre Gundring dejó la raíz a un lado.
          —A veces los clérigos deben valerse de artes oscuras.
          —Los clérigos deben aspirar al mal menor —replicó Yarvi.
          —Y sopesar el bien mayor. Cinco de cinco. —Una simple inclinación de cabeza de la madre Gundring hizo que el pecho de Yarvi se hinchara de orgullo. El beneplácito de la clériga de Gettlandia no se lo ganaba cualquiera—. Y las preguntas de la prueba serán más fáciles que estas.
          —La prueba.
          Yarvi, inquieto, se frotó la palma contrahecha de su mano mala con el pulgar de la buena.
          —La superarás.
          —No puedes estar segura.
          —Un clérigo está obligado a dudar en todo momento…
          —… Pero fingir siempre certeza. — Yarvi terminó la frase.
          —¿Lo ves? Te conozco. —Era cierto. Nadie lo conocía mejor que ella, incluso en su propia familia. Especialmente en su propia familia—. Nunca he tenido un aprendiz más aventajado. Superarás la prueba al primer intento.
          —Y dejaré de ser el príncipe Yarvi. —La perspectiva le producía un gran alivio—. No tendré familia ni prerrogativa.
          —Serás el hermano Yarvi y tu familia será la Clerecía. —La luz del hogar resaltó las arrugas de la madre Gundring cuando sonrió—. Tu prerrogativa serán las plantas, los libros y las palabras suaves. Recordarás y aconsejarás, sanarás y dirás la verdad, conocerás los caminos secretos y allanarás el camino del Padre Paz en todas las lenguas, como he intentado hacer yo. No existe dedicación más noble, por muchas idioteces que farfullen esos necios sobresaturados de músculo en el cuadrado de entrenamiento.
          —Los necios sobresaturados de músculo son difíciles de pasar por alto si estás en el cuadrado con ellos.
          —Ya. —La clériga ahuecó la lengua y lanzó un escupitajo a las llamas—. Cuando hayas superado la prueba, solo tendrás que ir allí para tratar alguna cabeza abierta, y eso si se ponen demasiado burros con sus jueguecitos. Algún día mi báculo será tuyo. —Señaló con la cabeza el fino y tachonado bastón de metal élfico, que estaba apoyado contra la pared—. Algún día te sentarás al lado de la Silla Negra y serás el padre Yarvi.
          —Padre Yarvi. —Se removió inquieto en la banqueta al pensarlo—. Me falta la sabiduría.
          Se refería a que le faltaba el valor, pero no tenía el valor de reconocerlo.
          —La sabiduría puede aprenderse, mi príncipe.
          Yarvi levantó la mano izquierda, por llamarla de alguna manera.
          —¿Y las manos? ¿Las manos pueden aprenderse?
          —Quizá te falte una mano, pero los dioses te han concedido unos dones más valiosos.
          El joven resopló.
          —¿Te refieres a mi melodiosa voz?
          —¿Por qué no? Y a tu mente despierta, tu empatía y tu fuerza. Solo que es la clase de fuerza que tienen los grandes clérigos, no los grandes reyes. Eres un favorito del Padre Paz, Yarvi. Recuerda siempre esto: hombres con músculos hay muchos, pero los sabios escasean.
          —No me extraña que las mujeres sean mejores clérigas.
          —Y también hacen mejor las infusiones… normalmente. —Gundring dio un sorbo a la taza que Yarvi le llevaba cada tarde y volvió a asentir, satisfecha—. La preparación de infusiones es otro de tus puntos fuertes.
          —Una gesta heroica, sin duda. ¿Me halagarás menos cuando haya pasado de príncipe a clérigo?
          —Recibirás mi adulación cuando la merezcas, y mis patadas en el culo el resto del tiempo.
          Yarvi suspiró.
          —Algunas cosas nunca cambian.
          —Y ahora, historia.
          La madre Gundring sacó de la estantería un libro con el lomo dorado, donde competían el brillo verde y el rojo de las gemas que tenía engarzadas.
          —¿Ahora? Tengo que subir a la luz de la Madre Sol para dar de comer a tus palomas. Esperaba poder dormir un poco antes de…
          —Te dejaré descansar cuando hayas superado la prueba.
          —No me dejarás.
          —Es cierto, no te dejaré. —La anciana se humedeció un dedo y empezó a pasar las páginas del vetusto libro—. Dime, mi príncipe, ¿en cuántas astillas partieron a la Diosa los elfos?
          —En cuatrocientas nueve. Los cuatrocientos dioses menores, los seis altos dioses, el primer hombre, la primera mujer y la Muerte, que guarda la Última Puerta. Pero ¿esto no es materia de tejedores de plegarias más que de clérigos?
          La madre Gundring chasqueó la lengua.
          —Todo conocimiento es cosa de clérigos, pues solo lo que se conoce puede controlarse. Enumera los seis altos dioses.
          —Madre Mar y Padre Tierra, Madre Sol y Padre Luna, Madre Guerra y…
          La puerta se abrió de sopetón y el aire buscador se apoderó de la estancia. Las llamas del hogar saltaron al mismo tiempo que Yarvi, para bailar distorsionadas en los centenares de frascos y botellas que ocupaban los estantes. Una silueta terminó de subir los escalones con paso torpe y dejó las hierbas puestas a secar balanceándose como hombres ahorcados a su paso.
          Era Odem, el tío de Yarvi, que llegó jadeando y con el pelo empapado y pegado a la cara por la lluvia. Clavó su mirada perdida en el príncipe y abrió la boca sin dejar escapar sonido alguno. No hacía falta el don de la empatía para adivinar que traía funestas noticias.
          —¿Qué ocurre? —preguntó Yarvi con la voz rota y la garganta agarrotada de miedo.
          Su tío se dejó caer de rodillas y apoyó las manos en la paja grasienta del suelo. Agachó la cabeza y pronunció dos palabras, roncas y crudas.
          —Mi rey.
          Y Yarvi supo que su padre y su hermano habían muerto.

Half a King - Subterranean - Portada

Ilustración de portada para la edición de Subterranean Press.

2. Deber

Casi no parecían muertos.
          Solo estaban muy blancos, tendidos en las losas heladas de aquella estancia helada, con la mortaja que les llegaba a las axilas y el brillo de sus espadas desenvainadas sobre el torso. Yarvi no dejaba de pensar que en cualquier momento su hermano frunciría los labios en sueños. Que su padre abriría los ojos y dirigiría hacia él su habitual mirada de desprecio. Pero no hicieron nada de eso. Nunca volverían a hacerlo.
          La Muerte les había abierto la Última Puerta y desde más allá de aquel umbral no regresaba nadie.
          —¿Cómo ocurrió? —oyó decir a su madre desde la entrada. Tenía la voz tan firme como siempre.
          —Traición, mi reina —murmuró su tío Odem.
          —Ahora ya no soy reina.
          —Por supuesto. Lo siento, Laithlin.
          Yarvi extendió un brazo y rozó el hombro de su padre. Qué frío estaba. Se preguntó cuándo lo había tocado por última vez. ¿Había una vez anterior, siquiera? Recordaba muy bien lo último que le dijo, meses atrás.
          «Un hombre blande la guadaña y el hacha —había dicho su padre—. Un hombre tira del remo y tensa el nudo. Sobre todo, un hombre sostiene el escudo. Un hombre resiste en su fila. Un hombre se mantiene firme junto a su compañero de hombro. ¿Qué clase de hombre es incapaz de hacer todo eso?»
          «Yo no pedí tener media mano», había respondido Yarvi atrapado en el mismo lugar de siempre, en la tierra yerma que se extendía entre la vergüenza y la rabia.
          «Y yo no pedí tener medio hijo.»
          Pero el rey Uthrik había muerto y su Círculo Real, ajustado a toda prisa, pesaba en la frente de Yarvi. Pesaba mucho más de lo que se esperaría de una fina diadema de oro.
          —Te he preguntado cómo murieron —estaba diciendo su madre.
          —Fueron a negociar la paz con Grom-gil-Gorm.
          —No puede haber paz con esos condenados vansterlandeses —intervino la voz gutural de Hurik, el Escudo Elegido de Laithlin.
          —Debe haber venganza —dijo la madre de Yarvi.
          Su tío intentó apaciguar la tormenta.
          —Habrá un tiempo de duelo antes que nada. El Alto Rey ha prohibido la guerra abierta hasta que…
          —¡Venganza! —La voz de Laithlin salió afilada como un cristal roto—. Rauda como el rayo, ardiente como el fuego.
          Los ojos de Yarvi pasaron al cadáver de su hermano. Él sí que era raudo y ardiente, o al menos lo había sido. Mandíbula marcada, cuello recio y los primeros despuntes de una barba oscura como la de su padre. Tan distinto de Yarvi como era posible serlo. Su hermano le había tenido aprecio, supuso Yarvi, aunque fuese de un modo hiriente y cada palmadita suya estuviera al borde del bofetón. El afecto que se profesa a algo que nunca dejará de ser inferior.
          —Venganza —gruñó Hurik—. Los vansterlandeses tienen que pagarlo caro.
          —Al cuerno con los vansterlandeses —dijo la madre de Yarvi—. Primero hay que doblegar a nuestro propio pueblo. Hay que dejarles claro que su nuevo rey tiene hierro en la sangre. Cuando se alegren de que les permitamos arrodillarse, podréis hacer que la Madre Mar crezca con vuestras lágrimas.
          El tío de Yarvi suspiró profundamente.
          —Venganza, pues. Pero ¿él está preparado, Laithlin? Nunca ha sido un guerrero…
          —¡Debe luchar, esté preparado o no! —replicó su madre. Todo el mundo hablaba siempre de Yarvi como si fuera sordo además de tullido. Por lo visto, su repentino ascenso al poder no había conseguido cambiar las viejas costumbres—. Haced los preparativos para una gran incursión.
          —¿Dónde atacaremos? —preguntó Hurik.
          —Lo único que importa es que lo haremos. Déjanos solos.
          Yarvi oyó la puerta cerrarse y luego los pasos de su madre, suaves contra el frío suelo.
          —Para de llorar —le dijo.
          Hasta ese momento Yarvi no se había dado cuenta de que tenía los ojos anegados. Avergonzado, se los frotó y se sorbió la nariz. Siempre sentía vergüenza.
          Su madre lo asió de los hombros.
          —La espalda derecha, Yarvi.
          —Lo siento —dijo él intentando sacar pecho como podría haber hecho su hermano. Siempre se disculpaba.
          —Ahora eres el rey. —Le colocó bien la hebilla de la capa, intentó arreglarle el pelo rubio claro, corto pero siempre revoltoso, y por último apoyó sus dedos fríos en la mejilla de Yarvi—. Nunca debes pedir perdón. Tendrás que empuñar la espada de tu padre y encabezar una incursión contra los vansterlandeses.
          Yarvi tragó saliva. La idea de participar en una incursión siempre lo había llenado de pavor. ¿Y ahora tenía que encabezar una?
          Odem debió de captar su miedo.
          —Yo seré vuestro compañero de hombro, mi rey, y estaré siempre a vuestro lado con el escudo presto. Os ayudaré en todo lo que pueda.
          —Te lo agradezco —musitó Yarvi.
          La única ayuda que ansiaba era la que le permitiera viajar a Casa Skeken para enfrentarse a la Prueba del Clérigo, para sentarse a la sombra en lugar de ser arrojado a la luz. Pero esa esperanza acababa de volverse polvo. Los deseos de Yarvi, como la argamasa mal mezclada, eran propensos a derrumbarse.
          —Debes hacer que Grom-gil-Gorm sufra por esto —dijo su madre—. Y después deberás casarte con tu prima.
          Yarvi no pudo hacer más que mirar los ojos duros como el hierro de su madre, con la cabeza inclinada un poco hacia atrás, ya que todavía era más bajo que ella.
          —¿Qué?
          La caricia se transformó en una zarpa que se cerró, irresistible, en torno a su barbilla.
          —Escúchame, Yarvi, y escucha con atención. Eres el rey. Tal vez no sea lo que deseábamos ninguno de los dos, pero es lo que hay. Ahora todas nuestras esperanzas descansan en tu mano, que está al borde del precipicio. No se te respeta. Tienes pocos aliados. Debes unir nuestra familia casándote con la hija de Odem, Isriun, como iba a hacer tu hermano. Ya lo hemos discutido y estamos de acuerdo.
          Su tío Odem se apresuró a compensar el hielo con calidez.
          —Nada me complacería más que convertirme en vuestro padre-por-casamiento, mi rey, y que nuestras familias fuesen una sola para siempre.
          Ni una mención a los sentimientos de Isriun, observó Yarvi. Exactamente las mismas que a los de él.
          —Pero…
          El ceño de su madre se endureció. Sus ojos se entrecerraron. Yarvi había visto a grandes héroes echarse a temblar bajo aquella mirada, y él no era ningún héroe.
          —Yo estuve prometida con tu tío Uthil, cuya destreza con la espada todavía ensalzan los guerreros. Tu tío Uthil, que debió reinar. —Le falló la voz, como si aquellas palabras le causaran daño—. Cuando la Madre Mar se lo tragó y levantaron su túmulo vacío junto a la orilla, me casé con tu padre en su lugar. Yo dejé de lado mis sentimientos y cumplí con mi deber. Tú tienes que hacer lo mismo.
          Yarvi posó de nuevo la mirada en el apuesto cadáver de su hermano, sorprendido por la calma con que su madre era capaz de urdir planes al lado de su marido y su hijo muertos.
          —¿No lloras por ellos?
          De pronto un espasmo crispó el rostro de Laithlin, ajó su esmerada belleza, le apretó los labios, le arrugó el entrecejo e hizo sobresalir los tendones de su cuello. Durante un momento horrible, Yarvi no supo si iba a pegarle o a echarse a llorar a lágrima viva, y tampoco sabía cuál de las opciones le daba más miedo. Entonces Laithlin tomó una temblorosa bocanada de aire, devolvió un mechón suelto de su cabello dorado a su sitio y recobró la compostura.
          —Por lo menos uno de nosotros debe ser un hombre.
          Y con ese regalo digno de reyes, dio media vuelta y salió de la cámara con la frente bien alta.
          Yarvi cerró los puños. O más bien cerró uno y apretó el pulgar izquierdo contra el muñón torcido de su único otro dedo.
          —Gracias por los ánimos, madre.
          Siempre se enfurecía. Pero nunca antes de que fuera demasiado tarde para aprovecharlo.
          Oyó los pasos de su tío al acercarse y su voz suave, como la que podría emplearse con un potrillo asustadizo.
          —Sabes que tu madre te quiere.
          —¿Ah, sí?
          —Pero tiene que ser fuerte. Por ti. Por el reino. Por tu padre.
          Yarvi miró el cadáver de su padre y luego el rostro de su tío. Tan parecidos y a la vez tan distintos.
          —Gracias a los dioses que estás aquí —dijo con un nudo en la garganta.
          Al menos había alguien de la familia que se preocupaba por él.
          —Lo siento, Yarvi. De verdad que lo siento. —Odem apoyó la mano en el hombro de su sobrino con un atisbo de lágrimas en los ojos—. Pero Laithlin tiene razón. Debemos hacer lo que sea mejor para Gettlandia. Debemos dejar de lado nuestros sentimientos.
          Yarvi suspiró como si expulsara el alma.
          —Lo sé.
          Sus sentimientos llevaban dejados de lado desde que tenía memoria.

© Joe Abercrombie, 2014
© Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2015
© de la traducción, Manu Viciano, 2015

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