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Detrás de sus ojos de Sarah Pinborough: primeros capítulos

Detrás de sus ojos - Avance - Destacada

En primicia, los primeros capítulos del nuevo thriller de Sarah Pinborough que se pone a la venta el 5 de octubre.

El próximo 5 de octubre, el sello Runas de Alianza pone a la venta Detrás de sus ojos de Sarah Pinborough, una novela con apariencia de thriller psicológico que esconde más de una sorpresa. David y Adele son una pareja ideal, pero todo se va complicando cuando Louise, la nueva secretaria de David, empieza a ahondar en los secretos de la pareja y descubre cosas que nunca hubiera imaginado.

Runas ha tenido la amabilidad de cedernos en primicia los primeros capítulos de la novela, que os ofrecemos a continuación. ¡A disfrutar!

Detrás de sus ojos - Portada

1
Entonces

          Pellizcarme y repetirme cada hora: «No es un sueño».
          Mirarme las manos. Contarme los dedos.
          Mirar un reloj, apartar la vista, volver a mirar.
          No perder la concentración ni la calma.
          Pensar en una puerta.

2
Después

          Ya era casi de día cuando por fin terminó. Una capa de gris entreverado sobre el lienzo del cielo. Hojas secas y lodo pegados en los vaqueros, y el cuerpo, tan débil, le dolía mientras el sudor se le enfriaba con el aire helado y húmedo. Lo que se había hecho no podía deshacerse. Un acto terrible, aunque necesario. Un final y un principio que en aquel momento se unían para siempre. Esperaba que los colores del mundo cambiaran para reflejarlo, pero la tierra y los cielos mantuvieron sus tonos apagados, y los árboles no temblaron de ira. El viento no lloró entre susurros. No se oyeron sirenas que gimieran a lo lejos. El bosque no era más que el bosque, y la tierra no era más que la tierra. Dejó escapar un largo suspiro y se sintió bien, para su sorpresa. Limpio. Un nuevo amanecer. Un nuevo día.
          Caminó en silencio hacia lo que quedaba de la casa, que esperaba a lo lejos. No miró atrás.

3
Ahora

Adele

          
          Todavía tengo barro bajo las uñas cuando David por fin regresa a casa. Noto el picor que me produce contra la piel en carne viva de debajo de las lúnulas. El estómago se me revuelve y escupe más nervios al exterior cuando se cierra la puerta principal y, por un momento, nos limitamos a observarnos desde extremos opuestos del largo pasillo de nuestra nueva casa victoriana, un tramo de madera pulida a la perfección entre nosotros, antes de que él se vuelva, algo tambaleante, y se dirija a la sala de estar. Respiro hondo y me uno a él, aunque doy un respingo con cada duro golpeteo de mis tacones contra la tarima. No debo tener miedo. Tengo que arreglarlo. Tenemos que arreglarlo.
          —He preparado la cena —le digo, intentando no sonar demasiado desesperada—. Solo una ternera Strogonoff. Puedo guardarla para mañana, si ya has comido.
          Está de espaldas a mí, mirando nuestras estanterías; los de la mudanza ya han colocado los libros. Intento no pensar en el tiempo que ha pasado fuera. He limpiado los cristales rotos, he barrido y fregado el suelo, y me he encargado del jardín. Todo rastro del momento de ira ha desaparecido. Me enjuagué la boca tras la última copa de vino que tomé durante su ausencia para que no me lo huela en el aliento. No le gusta que beba. Solo una copa de vez en cuando, siempre en compañía. Nunca a solas. Sin embargo, esta noche no he podido evitarlo.
          Aunque no haya conseguido limpiarme por completo la tierra de debajo de las uñas, me he duchado, me he puesto un vestido azul celeste con tacones a juego y me he maquillado. Nada queda de las lágrimas y la pelea. Nuestro nuevo comienzo. Tiene que serlo.
          —No tengo hambre.
          Entonces se vuelve para mirarme; veo el odio tranquilo patente en sus ojos y reprimo el súbito impulso de llorar. Ese vacío es peor que la rabia. Todo lo que tanto he trabajado por construir se desmorona de verdad. No me importa que esté otra vez borracho, solo quiero que me ame como antes. Ni siquiera se fija en el esfuerzo que he realizado desde que salió de casa, hecho una furia. En lo ocupada que he estado. En mi aspecto. En lo mucho que lo intento.
          —Me voy a la cama —dice.
          No me mira a los ojos, y sé que se refiere al dormitorio de invitados. Aunque no han pasado más que dos días desde nuestro nuevo comienzo, no dormirá conmigo. Siento que las grietas que se abren entre nosotros vuelven a ensancharse. Pronto seremos incapaces de alcanzarnos por encima de ellas. Me rodea con cuidado, y yo deseo tocarle el brazo, pero temo su reacción. Parece que le doy asco. O quizá sea que siente tanto asco por sí mismo que irradia de él y llega hasta mí.
          —Te quiero —le digo en voz baja.
          Me odio por decirlo y él no responde, sino que sube con paso inestable las escaleras, como si yo no estuviera allí. Lo oigo cada vez más lejos hasta que se cierra una puerta.
          Tras quedarme mirando el espacio en el que ya no está mientras escucho el sonido de mi remendado corazón al romperse, regreso a la cocina y apago el horno. No lo guardaré para mañana. Sabría amargo por culpa del recuerdo de este día. La cena se ha ido al traste. Nosotros nos hemos ido al traste. A veces me pregunto si querrá matarme y acabar con todo, librarse de la rémora que lo ahoga. Puede que una parte de mí también desee matarlo.
          Resisto la tentación de servirme otra copa del vino prohibido. Estoy al borde de las lágrimas y no soy capaz de enfrentarme a otra pelea. Quizá por la mañana volvamos a encontrarnos bien. Sustituiré la botella y nunca sabrá que he estado bebiendo.
          Miro hacia el jardín hasta que me decido a apagar las luces de fuera y contemplo mi reflejo en la ventana. Soy una mujer preciosa; me cuido. ¿Por qué no puede seguir amándome? ¿Por qué no puede ser nuestra vida como yo esperaba que fuera, como yo habría querido, después de todo lo que he hecho por él? Tenemos dinero de sobra. Ha conseguido labrarse la carrera con la que soñaba. Lo único que he hecho yo es intentar ser la esposa perfecta y darle una vida perfecta. ¿Por qué no es capaz de dejar atrás el pasado?
          Me permito unos minutos más de autocompasión mientras limpio y abrillanto las superficies de granito, y después respiro hondo y me recompongo. Necesito dormir. Dormir de verdad. Me tomaré una pastilla que me deje KO. Mañana será distinto. Tiene que serlo. Lo perdonaré. Siempre lo hago.
          Amo a mi marido. Lo he amado desde la primera vez que lo vi y jamás dejaré de amarlo. No renunciaré a eso. No puedo.

4

Louise

          
          «Nada de nombres, ¿vale? Ni de trabajo. Ni de nuestras aburridas vidas. Prefiero hablar de cosas de verdad».
          —¿Eso dijiste? ¿En serio?
          —Sí. Bueno, no. Lo dijo él.
          Me arde la cara. A las cuatro y media de la tarde, hace dos días, con el primer Negroni ilícito de la tarde, me había resultado muy romántico, pero ahora era como algo sacado de una mala comedia romántica: mujer de treinta y cuatro años entra en un bar y el hombre de sus sueños se la camela, pero al final resulta ser su nuevo jefe. Dios mío, es tan horrible que me quiero morir. Menudo lío.
          —Claro que sí —responde Sophie entre risas y, de inmediato, intenta controlarse—. «Ni de nuestras aburridas vidas», en plan, en fin, no sé, el pequeño detalle de que estoy casado. —Me ve la cara—. Lo siento, sé que, en teoría, no tiene gracia, pero el caso es que sí. Y sé que has perdido la práctica con esto de los hombres, pero después de que te soltara eso, ¿cómo no te diste cuenta de que estaba casado? Lo de que sea tu nuevo jefe no te lo echaré en cara. Eso es mala suerte, pura y dura.
          —No tiene ninguna gracia —le digo, aunque sonrío—. En cualquier caso, los hombres casados son tu especialidad, no la mía.
          —Cierto.
          Sabía que Sophie me haría sentir mejor. Juntas somos graciosas. Nos reímos. Ella es actriz de profesión (aunque nunca hablamos de por qué hace años que no consigue ningún papel, salvo dos cadáveres en la tele) y, a pesar de sus aventuras, lleva toda la vida casada con un ejecutivo de la industria musical. Nos conocimos en las clases de preparación para el parto de la NCT y, aunque nuestras vidas son muy distintas, nos hicimos íntimas amigas. Ya han pasado siete años y seguimos bebiendo vino.
          —Pero ahora eres como yo —dice, y guiña un ojo con malicia—. Te has acostado con un hombre casado. Ya no me siento tan mal conmigo misma.
          —No me he acostado con él. Y no sabía que estaba casado.
          La última parte no es del todo cierta. Al final de la noche estaba bastante segura de ello. La forma en que apretaba su cuerpo contra el mío, con urgencia, mientras nos besábamos, mareados de ginebra. Cómo se despegó de mí, de repente. Su cara de culpa. Que pidiera perdón: «No puedo hacerlo». Todas las pistas estaban presentes.
          —Vale, Blancanieves. Es que me emociona que hayas estado a punto de echar un polvo. ¿Cuánto tiempo hace?
          —No quiero pensar en eso, en serio. Deprimirme más no me va a ayudar en este lance —respondo antes de beber otro trago de vino.
          Necesito otro cigarrillo. Adam está metido en la cama, profundamente dormido, y no se meneará hasta el desayuno y el colegio. Puedo relajarme. Él no tiene pesadillas. Él no es sonámbulo. Gracias a Dios por los pequeños favores.
          —Además, es todo por culpa de Michaela —continúo—. Si hubiera cancelado la cita antes de que yo llegara, nada de esto habría sucedido.
          Sin embargo, Sophie tiene parte de razón: hace mucho tiempo que no ligo con un hombre, y más aún que no me emborracho y me beso con uno. La vida de mi amiga es distinta, siempre está rodeada de gente nueva e interesante, de personas creativas que viven más libres, beben hasta tarde y se comportan como adolescentes. Ser una madre soltera en Londres que subsiste a duras penas con un trabajo de secretaria a tiempo parcial para un psiquiatra no me ofrece lo que se dice muchas oportunidades de olvidarme de la precaución y salir todas las noches con la esperanza de conocer a alguien (y mucho menos a mi media naranja), y no soy capaz de enfrentarme a Tinder, Match o cualquiera de esos sitios web. Me he acostumbrado a estar sola, a dejar todo eso aparcado durante un tiempo. Un tiempo que empieza a convertirse en el estilo de vida que he elegido sin darme cuenta.
          —Esto te animará —afirma Sophie mientras saca un porro del bolsillo de arriba de su chaqueta de pana roja—. Te garantizo que todo te parecerá más divertido cuando estemos fumadas. —Se da cuenta de mi reticencia y sonríe—. Venga, Lou, es una ocasión especial. Te has superado: te has enrollado con tu nuevo jefe, que además está casado. Es una genialidad. Debería buscar a alguien para escribir la peli. Yo haría de ti.
          —Vale. Voy a necesitar la pasta cuando me despidan.
          Ni puedo ni quiero luchar contra Sophie, así que no tardamos en encontrarnos sentadas en el balconcito de mi diminuto piso con vino, patatas fritas y cigarrillos a los pies, mientras nos pasamos la yerba y nos reímos como tontas.
          A diferencia de Sophie, que, no sé cómo, sigue siendo medio adolescente, colocarme no forma parte de mi rutina habitual (cuando estás sola, no tienes ni tiempo ni dinero para eso), pero reírse siempre es mejor que llorar, así que me lleno los pulmones del dulce humo prohibido.
          —Solo podía pasarte a ti —dice—. ¿Te escondiste?
          Asiento mientras sonrío al recordar la anécdota imaginada a través de los ojos de otra persona.
          —No se me ocurrió nada mejor. Salí pitando hacia el baño y me quedé allí dentro. Cuando salí, ya se había ido. No empieza hasta mañana. El doctor Sykes lo llevaba en la visita de rigor.
          —A él y a su mujer.
          —Sí, y a su mujer.
          Recuerdo lo bien que se les veía juntos en aquel breve, aunque horroroso, momento de comprensión antes de huir.
          —¿Cuánto tiempo pasaste en el baño?
          —Veinte minutos.
          —Ay, Lou.
          Tras una pausa, a las dos vuelve a entrarnos la risa tonta, con el zumbido del vino y la yerba en la cabeza, y durante unos minutos no conseguimos parar.
          —Ojalá te hubiera visto la cara —dice Sophie.
          —Sí, bueno, yo no tengo demasiadas ganas de verle la cara a él cuando vea la mía.
          Sophie se encoge de hombros.
          —Él es el que está casado, así que la vergüenza es suya. No puede decirte nada.
          Me absuelve de mi culpa, aunque todavía la noto pegada a mí, junto con la conmoción, con el puñetazo en el estómago al atisbar junto a él a su mujer antes de esconderme a toda prisa. A su preciosa mujer. Elegante. De pelo oscuro y piel aceitunada en plan Angelina Jolie. Con el mismo aire de misterio que la actriz. De una delgadez excepcional. Lo contrario que yo. Llevo esa imagen grabada en el cerebro. A ella no me la imagino presa del pánico y escondiéndose de alguien en el baño, y eso me escuece de un modo que no debería, no después de una escondiéndose tarde de borrachera, y no solo porque mi confianza haya tocado fondo.
          El problema es que él me gustaba, me gustaba de verdad. Eso no se lo puedo contar a Sophie. Que no había hablado así con nadie desde hacía mucho tiempo. La felicidad de ligar con una persona que, a su vez, ligaba conmigo, y recordar lo fantástica que es la emoción de empezar algo nuevo, lleno de posibilidades. Por lo general, mi vida es un manchurrón de interminable rutina. Levanto a Adam y lo llevo al colegio. Si estoy trabajando y quiero empezar temprano, lo llevo a la matinal. Si no estoy trabajando, quizá me pase una hora buscando trajes de diseño de segunda mano en las tiendas benéficas, porque hay que encajar en la imagen de la clínica: cara, pero sutil. Después, es todo cocinar, limpiar y comprar hasta que Adam regresa a casa, y luego toca deberes, cena, baño, cuento, cama para él, y vino y dormir mal para mí. Cuando se va a pasar el fin de semana a casa de su padre, estoy demasiado cansada para hacer algo que no sea tumbarme y ver telebasura. La idea de que esta pueda ser mi vida hasta que Adam tenga más o menos quince años me aterra, así que no pienso en ello. Sin embargo, conocer al hombre del bar me recordó lo bueno que era sentir algo. Como mujer. Me sentí viva. Incluso había pensado en volver al bar y ver si aparecía para buscarme. Pero, por supuesto, la vida no es una comedia romántica. Y él está casado. Y yo he sido una idiota. No estoy amargada, solo triste. A Sophie no puedo contarle todas esas cosas porque le daría lástima, y no quiero eso, es mucho más fácil convertirlo en algo gracioso. Es gracioso. Y tampoco me paso todas las noches en casa lamentando mi soltería, como si para estar completa necesitara a un hombre. En general, soy bastante feliz. Soy adulta. Mi vida podría ser mucho peor. Esto no ha sido más que un error y tengo que asumirlo.
          Cojo un puñado de Doritos, y Sophie me imita.
          —Ahora se llevan las curvas —decimos al unísono antes de metérnoslos en la boca y estar a punto de ahogarnos de la risa.
          Pienso en cómo me escondí de él en el baño, muerta de miedo y de incredulidad. Sí que es gracioso. Todo es gracioso. Quizá lo sea menos mañana por la mañana, cuando tenga que enfrentarme a la realidad, pero, por ahora, puedo reírme. Si no eres capaz de reírte de tus propias cagadas, ¿de qué te vas a reír?
          —¿Por qué lo haces? —le pregunto después, cuando la botella de vino ya está vacía en el suelo y la noche toca a su fin—. Lo de las aventuras. ¿Es que no eres feliz con Jay?
          —Por supuesto que sí —responde Sophie—. Lo quiero. No es que lo esté haciendo todo el rato.
          Es probable que sea cierto. Es actriz, así que a veces exagera por el bien de la historia.
          —Pero ¿por qué hacerlo, aunque sea poco?
          Puede que parezca raro, pero nunca hemos hablado mucho del tema. Ella sabe que me resulta incómodo, no porque lo haga (eso es asunto suyo), sino porque conozco a Jay y me cae bien. Es una buena influencia para ella. Sin él, estaría jodida. Por así decirlo.
          —Tengo más apetito sexual que él —dice al fin—. Y, de todos modos, el matrimonio no es sexo, sino estar con tu mejor amigo. Jay es mi mejor amigo. El tema es que llevamos juntos quince años y el deseo no se mantiene. Es decir, seguimos haciéndolo de vez en cuando, pero no es lo que era. Y tener un hijo cambia las cosas. Te pasas muchos años viendo a tu pareja como a un padre, en vez de como a un amante, y cuesta recuperar esa pasión.
          Pienso en mi matrimonio, que fue más corto. Nuestro deseo no murió, pero eso no evitó que me dejara después de cuatro años para irse con otra cuando nuestro hijo apenas había cumplido los dos. Quizá Sophie tenga razón: creo que nunca consideré a mi ex, Ian, mi mejor amigo.
          —Es que me parece un poco triste —digo, y me lo parece.
          —Eso es porque tú crees en el verdadero amor y el felices para siempre de los cuentos de hadas. La vida no funciona así.
          —¿Crees que te ha engañado alguna vez?
          —Estoy segura de que ha tenido sus devaneos —responde—. Hubo una cantante con la que trabajó hace tiempo. Creo que tuvieron algo durante una temporada, pero, fuera lo que fuese, no nos afectó. No de verdad.
          Hace que todo suene muy razonable. En lo único que puedo pensar es en el daño que me hizo la traición de Ian cuando se fue. En cómo sus actos afectaron a la imagen que tenía de mí misma. Como si yo no valiera nada. Me sentí fea. La relación por la que me dejó tampoco duró mucho, pero eso no me hizo sentir mejor.
          —Creo que nunca lo comprenderé —digo.
          —Todo el mundo esconde secretos, Lou. Y todo el mundo tiene derecho a esconderlos. Es imposible conocer a una persona por completo. Te volverías loca intentándolo.
          
          Cuando se ha ido y estoy limpiando los restos de nuestra noche, me pregunto si quizá fuera Jay el que engañó primero. Quizá sea ese el secreto que explica las citas de Sophie en las habitaciones de hotel. Quizá lo haga para sentirse mejor o para vengarse en silencio. ¿Quién sabe? Seguramente le estoy dando demasiadas vueltas. Es mi especialidad. Me recuerdo que sobre gustos no hay nada escrito: ella parece feliz y eso me basta.
          Solo son un poco más de las diez y media, pero estoy agotada, así que me asomo al dormitorio de Adam un minuto y disfruto de la paz que me envuelve al observar su pacífico sueño, acurrucado de lado bajo su edredón de Star Wars, con el oso Paddington bajo un brazo, y cierro la puerta para que siga durmiendo.
          
          Está oscuro cuando me despierto en el cuarto de baño, de pie frente al espejo, y, antes de darme cuenta de dónde estoy, siento un dolor palpitante en la espinilla, en el punto en el que me he golpeado contra la cesta de la ropa de la esquina. Se me acelera el corazón y el sudor me pega el pelo al cuero cabelludo. Conforme recupero la realidad, el terror nocturno se hace añicos y me deja tan solo algunos fragmentos dentro de la cabeza. De todos modos, sé lo que era. Siempre es el mismo sueño.
          Un edificio enorme, como un viejo hospital o un orfanato. Abandonado. Adam está atrapado en algún lugar del interior, y yo sé, lo sé, que si no llego hasta él va a morir. Me llama, asustado. Algo malo va a por él. Corro por los pasillos intentando alcanzarlo, y las sombras salen de las paredes y los techos, como si formaran parte de un mal terrible que vive en el edificio, y me envuelven, me atrapan. Lo único que oigo es el llanto de Adam mientras intento escapar de los pegajosos filamentos negros que están decididos a apartarme de él, a ahogarme y arrastrarme a la oscuridad infinita. Es un sueño horrible. Se me pega como hacen las sombras en la pesadilla. Puede que los detalles varíen un poco de una noche a otra, pero la narrativa siempre es la misma. Por muchas veces que lo sueñe, nunca me acostumbraré.
          Los terrores nocturnos no empezaron cuando nació Adam. En realidad, siempre los he sufrido, pero antes de él luchaba por mi propia supervivencia. Visto en retrospectiva, aquello era mejor, aunque entonces no lo supiera. Son la maldición de mi existencia. Acaban con mis posibilidades de disfrutar de un sueño reparador, como si ser madre soltera no me cansara lo suficiente.
          Esta vez he caminado más que en los últimos tiempos. Lo normal es que me despierte, confusa, de pie junto a mi cama o junto a la cama de Adam, a menudo en medio de una frase sin sentido, aterrada. Sucede con tanta frecuencia que ya ni siquiera molesta al crío si se despierta. Tiene el espíritu práctico de su padre. Por suerte, también ha heredado mi sentido del humor.
          Enciendo la luz, me miro en el espejo y gruño: unas bolsas oscuras tiran de la piel bajo mis ojos, y sé que la base de maquillaje no va a cubrirlas, no a plena luz del día. Genial. Me recuerdo que da igual lo que piense de mí el hombre del bar, alias «mierda, es mi nuevo jefe casado». Con suerte, se sentirá tan avergonzado que no me hará caso en todo el día. De todos modos, noto un nudo en el estómago y la cabeza me palpita por el exceso de vino y cigarrillos. «Sé una mujer —me digo—. Estará todo olvidado en un par de días, así que ve para allá y haz tu trabajo».
          Son solo las cuatro de la mañana, así que bebo un poco de agua, apago la luz y regreso a mi cama con la esperanza de, al menos, dormitar un poco antes de que suene el despertador a las seis. Me niego a pensar en sus labios sobre los míos, en lo bien que sentaba aquel arrebato de deseo, aunque durase solo un instante. Sentir esa conexión con otra persona. Me quedo mirando la pared y considero la posibilidad de contar ovejas, pero entonces me doy cuenta de que, además de los nervios, me emociona la idea de volver a verlo. Aprieto los dientes y me llamo idiota. No soy esa clase de mujer.

5

Adele

          
          Lo despido con un gesto de la mano y una sonrisa cuando se marcha a su primer día de trabajo propiamente dicho en la clínica, y la anciana de al lado nos aprueba con la mirada mientras saca a pasear a su perro, que es pequeño e igual de frágil que ella. Siempre parecemos la pareja perfecta, David y yo. Me gusta.
          Aun así, dejo escapar un suspiro de alivio cuando cierro la puerta y me quedo la casa para mí, por mucho que la exhalación sea como traicionarlo un poco. Me encanta tener aquí, conmigo, a David, pero todavía no hemos recuperado lo que sea que sustenta nuestra relación, así que el ambiente está repleto de todo lo que no nos hemos dicho. Por suerte, la casa nueva es lo bastante grande como para que pueda esconderse en su despacho y finjamos que todo va bien mientras nos esquivamos con suma precaución.
          No obstante, sí que me siento un poco mejor que cuando volvió borracho a casa. Por supuesto, no hablamos sobre el tema a la mañana siguiente; últimamente no hablamos mucho. Lo dejé con sus papeles y fui a apuntarnos a los dos al centro deportivo local, que es tan caro como debe, y después recorrí nuestro elegante barrio para empaparme de todo. Me gusta conocer mis alrededores. Ser capaz de verlos. Me hace sentir más cómoda. Me ayuda a relajarme.
          Caminé durante unas dos horas mientras iba tomando nota mental de tiendas, bares y restaurantes hasta tenerlos bien guardados en la cabeza, de modo que pueda recuperar sus imágenes a voluntad, y después compré pan en la panadería artesanal del barrio, y aceitunas, jamón en lonchas, humus y tomates secos en la charcutería (todo ello con un precio desmesurado que dejó tiritando mi presupuesto para compras domésticas), y preparé un pícnic de interior para comer los dos, aunque hacía calor de sobra para sentarnos fuera. Creo que David todavía no quiere salir al jardín.
          Ayer fuimos a la clínica, y yo cautivé con mi encanto al socio principal, el doctor Sykes, y a los otros médicos y enfermeras a los que conocimos. La gente responde bien a la belleza. Suena superficial, pero es cierto. David me contó una vez que era más probable que los miembros de un jurado creyeran a un acusado guapo que a uno de aspecto normal o feo. No es más que la piel que te toca en suerte, pero he aprendido que tiene su magia. Ni siquiera es necesario decir gran cosa, basta con escuchar y sonreír, y la gente se desvive por ti. He disfrutado de mi belleza. Decir lo contrario sería mentir. Me esfuerzo mucho por estar guapa para David. Todo lo que hago es por él.
          El nuevo despacho de David es el segundo más grande del edificio, por lo que vi, del estilo que cabría esperar si alguna vez se estableciera en Harley Street, la calle de los médicos por excelencia. La suave moqueta es de color crema, el escritorio es adecuadamente ostentoso y cuenta con una sala de espera muy lujosa. La atractiva (si ese es tu tipo) rubia que había detrás del escritorio de dicha sala se escabulló antes de que pudieran presentárnosla, lo que me molestó, pero el doctor Sykes apenas pareció darse cuenta mientras hablaba conmigo y yo me ruborizaba de la risa con sus lamentables intentos de bromear. Creo que lo hice bastante bien, teniendo en cuenta lo que me dolía el corazón. David también debía de estar contento, ya que se ablandó un poco después.
          Esta noche cenamos en casa del doctor Sykes a modo de bienvenida informal. Ya he elegido mi vestido y sé cómo me arreglaré el pelo. Estoy más que dispuesta a que David se sienta orgulloso de mí. Puedo ser la buena esposa. La mujer del socio nuevo. A pesar de mis preocupaciones. Desde que nos mudamos, no había estado tan tranquila.
          Miro el reloj, cuyo tictac atraviesa el vasto silencio de la casa. No son más que las ocho de la mañana. Es probable que acabe de llegar a la consulta. No hará la primera llamada a casa hasta las once y media. Tengo tiempo. Subo a nuestro dormitorio y me tumbo sobre la colcha. No voy a dormir. Pero cierro los ojos. Pienso en la clínica. En la consulta de David. En esa moqueta color crema. En la reluciente caoba del escritorio. En el diminuto arañazo de la esquina. En los dos esbeltos sofás. En los firmes asientos. En los detalles. Respiro hondo.


© 2017 Sarah Pinborough
© 2017 Alianza Editorial
© Pilar Ramírez Tello, por la traducción

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One Response to “Detrás de sus ojos de Sarah Pinborough: primeros capítulos”

  1. […] unas semanas, Runas nos dejaba en exclusiva los primeros capítulos de Detrás de sus ojos de Sarah Pinborough, un thriller psicológico que va mucho más allá y […]