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El archivo de atrocidades de Charles Stross: primeras páginas

El Archivo de Atrocidades - Fragmento - Destacada

Insólita Editorial nos cede en exclusiva el comienzo de su primera publicación.

Como comentábamos hace unos meses, El archivo de atrocidades de Charles Stross sería la primera novela publicada de la recién creada Insólita Editorial, que ya anunciado que también publicará The Long Way to a Small, Angry Planet de Becky Chambers, Todos los pájaros del cielo de Charlie Jane Anders (ganadora del Nebula de este año) y Too Like the Lightning de Ada Palmer, ahí es nada.

El libro se pone a la venta el próximo 10 de julio y nos cuenta la historia de Bob Howard, un geek en toda regla al que reclutan para trabajar en la Lavandería, una agencia ultrasecreta del gobierno británico que protege a la humanidad de todo tipo de horrores innombrables. Sí, eso incluye criaturas lovecraftianas a las que se unen un humor desternillante y cientos de referencias a la cultura popular.

¿Hay ganas? Pues Insólita nos ha cedido en exclusiva el comienzo de la novela, traducida por Blanca Rodríguez. ¡A disfrutar!

1. Servicio activo

          Cielo verde al anochecer, el hacker siente placer.
          Estoy acechando entre los arbustos en la parte trasera de una nave industrial, armado con un portapapeles, un busca y unas bulbosas gafas de visión nocturna que tiñen el paisaje de un ominoso tono esmeralda. Las puñeteras me hacen parecer un aficionado a la observación de trenes fetichista de las máscaras antigás, y encima me dan dolor de cabeza. La noche es húmeda y chispea un poco; la humedad es de las que se filtran por los guantes y el impermeable y calan hasta los huesos. Llevo ya tres horas entre los matorrales, esperando a que el último adicto al trabajo apague las luces y se vaya a casa para poder entrar por alguna ventana de la parte de atrás. ¿Por qué coño le habré dicho que sí a Andy? El robo con escalamiento con la venia del Estado es mucho menos romántico de lo que suena, sobre todo si el único pago es en concepto de horas extras.
           (Serás cabronazo, Andy… «¿Te acuerdas de la solicitud para entrar en el servicio activo que presentaste el año pasado? Pues resulta que esta noche tenemos un trabajito y andamos cortos de personal. ¿Podrías echarnos una mano?»).
          Pateo el suelo y me echo el aliento en las manos. No hay señales de vida en el bloque achaparrado de hormigón y cristal que tengo delante. Son las once de la noche y todavía hay luces encendidas en la colmena de cubículos. ¿Es que esta gente no tiene una cama esperando en casa? Me subo las gafas y todo se queda a oscuras salvo por el resplandor de las puñeteras ventanas, como luciérnagas anidadas en las cuencas vacías de una calavera.
          De pronto me invade la sensación de que un enjambre de abejas me zumba junto a la vejiga. Mascullo un taco y me levanto el chubasquero para alcanzar el busca. No tiene luz en la pantalla, así que tengo que arriesgarme a iluminarlo un instante con la linterna para leerlo. JEFEFUERAEN5MIN, dice el mensaje. No pregunto cómo lo saben, me limito a alegrarme de que ya solo me queden cinco minutos de esperar allí plantado entre la espesura anegada, intentando no hacer demasiado ruido al patear el suelo y preguntándome qué haré si a la poli local le da por aparecer. Cinco minutos más escondido en la parte de atrás del Departamento de Control de Calidad de Memetix Ltd. (Reino Unido), subsidiaria de una multinacional con sede en Menlo Park (California); luego podré hacer mi trabajo y marcharme a casa. Cinco minutos más escondido entre los arbustos de un polígono industrial donde la tecnología al rojo vivo mantiene las luces encendidas hasta bien avanzada la noche, en un lugar donde no aparecen horrores innombrables que te sorban el cerebro y te lancen a las garras de Recursos Humanos… a menos que tengas déficit en el tercer trimestre o se te olvide ofrecer un sacrificio de sangre ante el altar de la Gestión de Calidad Total.
          En alguna parte de aquel edificio, el último de los ejecutivos que se quedan hasta las tantas bosteza y echa mano al mando a distancia de su BMW. Todo el personal de limpieza se ha ido a casa ya. Los grandes servidores acurrucados cerca del núcleo de servicios del bloque de oficinas ronronean dentro del útero con aire acondicionado. Lo único que tengo que hacer es evitar al guardia de seguridad y podré irme a casa.
          A lo lejos, un motor cobra vida, se revoluciona y sale del aparcamiento ajardinado con un rechinar de neumáticos húmedos. Mientras se pierde en la noche, vuelve a vibrar el busca: AHORA. Avanzo.
          No se activa ningún detector de movimiento. No hay rottweilers ni guardias con cascos de acero: esta peli no es de esas, ni yo soy Arnold Schwarzenegger. (Andy me dijo: «Si alguien te pregunta qué haces ahí, sonríe, enderézate, enséñale la placa y llámame. Yo me encargaré. Si sacas al viejo de la cama para escapar de un apuro te caerá una marca negra en el expediente, pero mejor la marca negra que el cráneo roto. Tú intenta recordar que el polígono industrial de Croxley no es Nueva Zembla y que hacer que te pateen la cabeza no va a salvar al mundo de las fuerzas del mal»).
          Cruzo chapoteando el césped empapado en busca de la ventana indicada. Tal como decía el informe, está cerrada pero no bloqueada. Le doy un buen tirón y se abre hacia mí. Está incómodamente alta, a un buen metro veinte del bordillo de hormigón. Me encaramo al alféizar, paso al otro lado y provoco una miniavalancha de discos que se desparraman por el suelo. Toda la habitación es de un verde fantasmal a excepción de los puntos brillantes de los monitores en suspensión y los ventiladores que expulsan el aire caliente de las cajas de las CPU. Avanzo torpemente sobre una mesa cubierta de pilas de kippel y me pregunto cómo coño van a pasar desapercibidas las huellas enlodadas de mis botazas entre los documentos claramente confidenciales esparcidos junto a un teclado y una taza de café helado. Un instante después piso el suelo del Departamento de Control de Calidad y el reloj empieza a correr.
          El busca vibra otra vez. INFOSITU. Saco el móvil del bolsillo de la camisa, marco un número de tres cifras y lo vuelvo a guardar. Solo para que sepan que he llegado y todo va como la seda. Es un trabajo rutinario de la Lavandería; incluirán la factura del móvil en el registro de incidencias para dejar constancia de que llamé a la hora programada, y luego lo archivarán en algún lugar secreto. Atrás quedaron los tiempos de las operaciones encubiertas improvisadas…
          Las oficinas de Memetix Ltd. (Reino Unido) son el típico infierno de cubículos: anónimos paneles beige que dividen en celdillas la vida corporativa. La fotocopiadora se alza como un altar al pie de una pared cubierta de inscripciones místicas: el código de conducta de la empresa, listas de cursos autodidácticos de actualización obligatorios… cosas así. Miro a mi alrededor en busca del cubículo D14. En un lado de la celda hay pegada una mezcolanza de tiras de Dilbert, indicio de una mentalidad moderadamente rebelde. Sin duda, los mandos intermedios merodearán por aquel laberinto antes de la visita de un pez gordo y arrancarán cualquier imagen que pueda sugerir inconformismo. Siento que me invade un leve estremecimiento de empatía: pobre cabrón, ¿cómo será estar atrapado ahí, en el laberinto de celdillas del corazón de la nueva revolución industrial, sin saber nunca dónde va a caer el próximo rayo?
          Hay una mesa con tres monitores: dos grandes, pero por lo demás anodinos, y un aparatejo rarísimo que parece tener al menos una década y haber sido desenterrado de las profundidades de la revolución informática. Probablemente se trata de una antigua máquina Lisp de Symbolics, o algo por el estilo. Estimula mi vena de anticuario, pero no tengo tiempo para fisgonear: el guardia de seguridad hará la siguiente ronda dentro de solo dieciséis minutos. A cada lado hay libros amontonados en pilas descuidadas y azarosas: Knuth, Dijkstra, Alhazred y otros nombres conocidos. Me acerco la silla y me siento en ella arrugando la nariz. En uno de los cajones de la mesa, algo ha muerto y ha partido a reunirse con a su creador.
          Teclado: comprobado. Usuario root: saco la tarjeta inteligente S/KEY que la Lavandería le birló a uno de los proveedores de Memetix y escribo el código de respuesta a la petición del sistema. (Cuesta un huevo craquear las contraseñas de un solo uso; les doy las gracias una vez más a los duendecillos de la Lavandería). Un instante después he iniciado sesión y el sistema me considera fidedigno; ahora tengo que averiguar dónde coño he iniciado sesión.
          Malcolm, el propietario del puesto en el que estoy sentado y cuyo teclado profano, tiene montado todo un tingladillo: bajo la mesa hay ordenadores estropeados de los que ha ido saqueando componentes y, a un lado, un sospechoso servidor Frankenstein con todas las tripas a la vista que zumba como un grupo electrógeno. Durante un instante me invade el pánico y me pongo a buscar pentáculos plateados y runas incandescentes bajo la mesa, pero está todo limpio. Una vez iniciada la sesión me encuentro en un laberinto de retorcidos sistemas de archivos automatizados, todos muy parecidos entre sí. «Joder mierda me cago en la leche», recito entre dientes. En Hechizo letal no les pasaban estas cosas. Saco el móvil y marco.
          —Servicios Centrales de la Lavandería. ¿En qué puedo ayudarlo?
          —Deme un nombre de equipo y un directorio de destino; he entrado pero estoy perdido.
          —Un segundo… Pruebe «auto-share-fs-scooby-netapp-user-home-malcolm-R-catbert-world, carácter de subrayado, manifiesto-dominación».
          Tecleo tan deprisa que se me enredan los dedos. Se escuchan unos débiles clics cuando el servidor al lado de la mesa monta el enorme array de dispositivos denominado scooby y los cabezales de lectura/escritura chirrían mientras busca un archivo que probablemente tenga el nombre más ridículo de toda la intranet de la empresa.
          —Un momento… Sip, ya está. —Ya veo al cabroncete, y ahí está, escrito con todas las letras: Algunas notas relativas a la demostración de la completitud polinómica en redes hamiltonianas. Avanzo por el texto con rapidez, leyéndolo en diagonal; no tengo tiempo de dedicarle toda mi atención, pero parece auténtico—. Bingo. —Noto en la rabadilla una desagradable capa de sudor pegajoso—. Lo tengo. Hasta otra.
          —Adiós.
          Cuelgo el teléfono y me quedo mirando el informe. Durante un instante me invade la duda… Lo que he venido a hacer no está bien, ¿verdad? El diablillo perverso toma las riendas: aporreo en el teclado un comando rápido que envía el archivo incriminatorio a una cuenta personal no del todo inactiva. (Me digo que ya lo leeré luego). Ahora toca arrasar el servidor. Desmonto la unidad netapp y le pego fuego con la tormenta de bits de un reformateo de bajo nivel. Si Malcolm quiere recuperar su informe tendrá que reclutar al GCHQ, el Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno, y agenciarse un microscopio de efecto túnel para encontrarlo debajo de todo el 0xDEADBEEF que le he esparcido por el disco duro.
          El busca vuelve a vibrar. INFOSITU. Marco otros tres dígitos en el móvil. A continuación me escurro del cubículo, vuelvo a trepar por la mesa desordenada y salgo a la fresca noche primaveral, donde me quito los puñeteros guantes de látex y meneo los dedos a la luz de la luna.
          Estoy tan eufórico que ni siquiera me acuerdo de la pila de discos que mandé por los aires hasta que me estoy bajando del bus nocturno enfrente de casa. Y, para entonces, el diablillo perverso se está partiendo de risa.

          Estoy en la cama, dormido como un tronco, cuando suena el móvil.
          Lo tengo en el bolsillo de la cazadora, donde lo dejé anoche, y tengo que trastear un rato por el suelo mientras lo oigo trinar alegremente.
          —¿Hola?
          —¿Bob?
          Es Andy. Intento no gruñir.
          —¿Qué hora es?
          —Las nueve y media. ¿Dónde estás?
          —En la cama. ¿Qué…?
          —Creí que estarías en la reunión informativa. ¿Cuándo puedes venir?
          —No es que me encuentre de maravilla. Llegué a casa a eso de las dos y media. Déjame que piense… ¿Te va bien a las once?
          —Tendrá que valer. —Suena quemado. Bueno, Andy no era el que se estaba congelando el culo anoche a la intemperie, ¿verdad?—. Nos vemos allí.
          No hace falta que pronuncie el «más te vale» implícito. El servicio supersecreto de Su Majestad nunca ha entendido demasiado bien el concepto de las jornadas de trabajo razonables y el horario flexible.
          Arrastro los pies hasta el baño y mientras meo me quedo mirando a la fina costra de moho negro que crece alrededor de la ventana. Estoy solo en la casa; todos los demás se han ido (a trabajar) o se han ido (para siempre). (Es decir, se han ido a trabajar Pinky y Cerebro; y se ha IDO, a la puta mierda, Mhari). Recojo mi vetusto cepillo de dientes y ejecuto el ritual matutino habitual. Al menos está encendida la calefacción. Abajo, en la cocina, lleno una cafetera con café molido con cafeína nuclear y la pongo al fuego de gas. Supongo que puedo llegar a la Lavandería hacia las once aunque antes me tome un tiempo para despertarme. Tengo que estar bien alerta en esa reunión. ¿Lo de anoche salió bien o no? Ahora que no puedo hacer nada al respecto, me acuerdo de los discos.
          El terror innombrable está muy bien cuando estás apalancado delante de la tele viendo una peli de psicópatas asesinos, pero te vuelve las tripas del revés cuando te metes un cuarto de litro de café solo extrafuerte en cosa de quince minutos. Me revolotearon por la cabeza breves posibilidades de pesadilla por orden de gravedad: reprimendas por escrito, desempleo, proceso penal por participar en operaciones encubiertas cuya autorización se ha retirado retroactiva e indetectablemente y, lo peor de todo, volver a casa y encontrarme otra vez a Mhari hecha un ovillo en el sofá de la sala. Borro esta última visión; la breve tristeza da paso a una sensación más profunda de alivio, atenuada con una pizca de soledad. ¿La soledad del espía de fondo? Mierda, tengo que aclararme las ideas. No soy ningún James Bond al que una agente del KGB sexy y descarada intenta seducir en cada habitación de hotel. Eso es lo primero que te meten en la cabeza en los Servicios Centrales de la Lavandería («¡Lo dejamos todo impecable!»): la vida no es una película de espías, el trabajo no es romántico, no hay nada especialmente emocionante en este oficio. Sobre todo cuando se trata de helarte los cojones escondido en un jardín corporativo a las once de una noche lluviosa.
          A veces lamento no haber estudiado para contable cuando tuve la oportunidad. La vida podría haber sido mucho más divertida si hubiera asistido a la charla adecuada en las jornadas de orientación de la universidad. Pero necesito la pasta, y a lo mejor un día de estos me dejan hacer algo interesante. Mientras tanto, sigo trabajando en esto porque las alternativas son peores.
          Así que me voy a trabajar.

          El Metro de Londres es famoso porque, al parecer, sus responsables creen que los seres humanos van por la vida sin riñones ni colon. No hay muchos que sepan que existe un aseo público en la estación de Mornington Crescent. No hay ningún letrero que lo indique y, si preguntas por él a algún empleado, este te pondrá cara de no tener ni idea. Pero allí está en cualquier caso, porque nosotros lo pedimos.
          Pillo la línea Metropolitan hasta Euston Square (comparto un vagón de ganado miserable y traqueteante con un rebaño de viajeros aburridos) y luego cambio a la línea Northern. En la siguiente parada me bajo, subo la escalera arrastrando los pies, voy al servicio de caballeros y entro en el cubículo del fondo a la derecha. Subo la manilla de la cisterna en lugar de bajarla, y la pared del fondo se abre como una puerta grande y gruesa (con cañerías y todo) dándome paso al vestíbulo. Es todo un poco como un remake de serie B de un thriller de espías del Hollywood de los sesenta. Hace un par de meses le pregunté a Boris por qué nos tomábamos tantas molestias, pero se limitó a soltar una risita y decirme que le preguntase a Angleton, que fue como decirme: «Vete a cagar».
          La pared se cierra a mi espalda y un solenoide oculto le quita el seguro a la puerta del cubículo del baño; el monstruo del excusado ha vuelto a cobrarse una víctima. Pongo la mano en el escáner, recojo mi acreditación en la ranura que hay al lado y cruzo la línea roja del umbral. Empieza una nueva jornada laboral en los Servicios Centrales de la Lavandería, los discretos empleados de limpieza del gobierno.
          ¿Y quién está con el agua al cuello?
          Primera parada: mi oficina, si es que se la puede llamar así. Es una especie de nicho entre una fila de taquillas y un rebaño de archivadores antediluvianos en el que los duendecillos de Instalaciones han empotrado una mesa de contrachapado y una silla giratoria con la palanca de ajustar la altura estropeada. Dejo el abrigo y la chaqueta en la silla y mi terminal informático me silba: TIENES CORREO. No jodas, Sherlock, yo siempre tengo correo. Es un rollo existencial: si no tuviera correo significaría que en el mundo algo va muy mal o, tal vez, que me he muerto y he ido al infierno burocrático. (Soy hijo de la generación conectada, a diferencia de algunos de los trajeados que andan por aquí que les piden a sus asistentes que les impriman todo y dictan sus respuestas a un mecanógrafo para que las transcriba y envíe). En mi mesa hay también una taza de café frío, espumoso y con demasiada leche; Marcia se ha pasado de eficiente otra vez. Un post-it amarillento se curva con reproche sobre uno de mis teclados: REUNIÓN 9.30 AM SALA CONF B4. ¿Por qué no me he acordado, maldita sea?
          Voy a la sala de reuniones B4.
          La luz roja está encendida, así que llamo y enseño mi acreditación antes de entrar, por si acaso los de Seguridad están mirando. Dentro, el aire es azul; parece que Andy lleva dos horas fumando como un carretero esos pestilentes pitillos gabachos suyos.
          —¡Hey! —digo—. ¿Ya estamos todos?
          Boris el Topo me fulmina con la mirada.
          —Llegas tarde.
          Harriet niega con la cabeza.
          —Da igual. —Alinea sus papeles dándoles golpecitos hasta que forman una pila perfecta—. Hemos dormido bien, ¿eh?
          Saco una silla y me dejo caer en ella.
          —Anoche me pasé seis horas comulgando con la maleza. Hubo chaparrones y una lluvia de ranas pequeñas y muy confusas.
          Andy apaga la colilla y se endereza en su asiento.
          —Bueno, ahora que estamos aquí… —Mira a Boris inquisitivamente. Boris asiente. Intento mantener una expresión seria: odio que la vieja guardia empiece a ponerse flemática.
          —Hiciste un pleno. —Andy me sonríe y casi me da un infarto ahí mismo—. Esta noche vienes al pub, Bob. Invito yo. Ha sido un sobresaliente en resultados, un aprobado alto en trabajo de campo y una media de notable en la ejecución.
          —Oh. Creía que la lié al entrar…
          —No. Si no hubiera sido una operación semiencubierta habrías tenido que quemar el calzado, pero aparte de eso… bien. Cero testigos, localizaste el objetivo, no has dejado nada y el doctor Denver está a punto de verse en la calle buscando trabajo en algún área menos delicada. —Niega con la cabeza—. No hay mucho más que decir, la verdad.
          —Pero el guardia de seguridad podría haber…
          —El guardia de seguridad sabía de sobra que iba a haber un robo, Bob. No iba a mover ni un dedo, y mucho menos ver nada que no debiera ver ni hacer sonar la alarma, no fuera a ser que saliesen monstruos de detrás de las paredes y lo encontrasen crujientito y sabroso con un poco de kétchup.
          —¿Estaba todo arreglado? —digo, incrédulo.
          Boris asiente.
          —Muy bien arreglado.
          —¿Valió la pena? —pregunto—. Quiero decir, me acabo de cargar los últimos seis meses de trabajo de un pobre desgraciado…
          Boris suelta un suspiro lastimero y me pasa un memorando oficial. Tiene el borde marcado con una línea de galones rojos y amarillos y la frase ALTÍSIMO SECRETO DESTRUIR ANTES DE LEER estampada en la cubierta. La abro y miro la página del título: Algunas notas relativas a la demostración de la completitud polinómica en redes hamiltonianas. Y un subtítulo: Informe de corrección formal. Uno de los oráculos demostradores de teoremas del departamento ha estado currando toda la noche.
          —¿Ha duplicado los resultados de Turing?
          —Por desgracia —responde Boris.
          Harriet asiente en silencio.
          —Quieres saber si lo de anoche valió la pena. La valió. Si no hubieras tenido éxito, podríamos haber tenido que tomar medidas más drásticas. Esa opción siempre está disponible, ya lo sabes, pero en general intentamos gestionar este tipo de asuntos al nivel más bajo posible.
          Hago un gesto de asentimiento, cierro la carpeta y la empujo sobre la mesa devolviéndosela a Boris.
          —Y ahora ¿qué?
          —Control horario —responde Harriet—. Me preocupa un poco que no estuvieras disponible en la reunión informativa programada para esta mañana. Tienes que mejorar un poco, de verdad —añade. (Andy, que me da la impresión de que entiende cómo funciono, no dice nada).
          La miro.
          —Acababa de pasarme seis horas de pie entre arbustos mojados y de allanar unas instalaciones ajenas. Después de pasar un día entero preparando la misión. —Me inclino hacia delante, cada vez más alterado—. Por si lo ha olvidado, ayer entré a trabajar a las ocho de la mañana, y luego Andy me pidió que echase una mano con esto a las cuatro de la tarde. ¿Ha intentado alguna vez coger el bus nocturno desde Croxley hasta el East End a las dos de la mañana, calada hasta los huesos, mientras llueve a cántaros y los únicos pasajeros del bus aparte de usted son un atracador y un borracho que no para de preguntarle si puede dormir en su casa? A mí me salen veinte horas de trabajo duro en un solo día. ¿Quiere que presente una solicitud de abono de horas extras?
          —Bueno, al menos debería haber llamado para avisar —replica, mordaz.
          Está claro que no voy a ganar, pero no creo haber perdido por puntos. De todas formas, no vale la pena discutir con mi superior inmediata por tonterías. Vuelvo a sentarme y bostezo, intentando no ahogarme con el humo de los cigarrillos.
          —Siguiente punto de la agenda —dice Andy—: Qué hacemos con el doctor Malcolm Denver. Ahora que hemos visto su informe queda claro que hay que intervenir; no podemos dejar que circule. Es peligrosamente acertado. Si Denver lo publica y lo distribuye, podríamos encontrarnos ante una incursión en la realidad de Nivel Uno en cuestión de semanas. Pero tampoco podemos ejecutar el trabajo de limpieza habitual, los de Supervisión nos cortarían los cojones. Ejem. —Mira de reojo a Harriet, cuyos finos labios no dan señales de diversión—. Podrían tenernos meses chupando banquillo en un programa de concienciación sobre diversidad para personas con problemas de sensibilidad. —Se estremece levemente y veo el lazo rojo que lleva en la solapa; Andy es demasiado refinado para este trabajo, aunque, ahora que lo pienso, no es que este sea precisamente uno de los puestos más convencionales en el funcionariado—. ¿Alguna sugerencia? Sugerencias constructivas, Bob.
          Harriet menea desaprobadoramente la cabeza. Boris se limita a estar ahí sentado, haciendo de Boris. (Es uno de los siniestros recaderos de Angleton. Creo que en una encarnación anterior trabajó en la Ojrana liquidando a enemigos del estado, o quizá llevándole el café a Beria. Ahora se limita a ejecutar su imitación del Muro de Berlín durante las investigaciones internas). Andy tamborilea con los dedos en la mesa.
          —¿Por qué no le ofrecemos trabajo? —pregunto. Harriet aparta la mirada; sobre el papel es mi superior directa, y quiere dejar claro que esta sugerencia no cuenta con su aprobación—. A ver… —Me encojo de hombros e intento formular un argumento convincente—. Ha inferido el teorema de Turing-Lovecraft a partir de principios básicos. Eso no lo hace cualquiera, así que damos por descontado que es inteligente. Creo que sigue siendo un friki de la teoría pura y no se ha planteado las implicaciones de la posibilidad de especificar las relaciones geométricas correctas entre nodos de energía… Es posible que todavía se lo esté tomando todo como una broma. Salvo un par de obras arcanas menores en su estantería, no encontré ninguna referencia a Dee ni a los demás. Todo esto significa que no es un peligro directo y que podemos ofrecerle la oportunidad de aprender y desarrollar sus capacidades e intereses en un campo nuevo y estimulante… siempre que esté dispuesto a hacerlo desde dentro. Llegados a ese punto, quedaría cubierto por la Sección Tres.
          La Sección Tres de la Ley de Secretos Oficiales de 1916 es nuestra principal arma en la guerra interminable contra las filtraciones de seguridad. Se aprobó durante una ola de pánico al espionaje en tiempos de guerra (una época de paranoia rampante) y es incluso más extraña de lo que cree la mayoría. Hasta donde sabe el público, la Ley de Secretos Oficiales solo tiene dos secciones, precisamente porque la propia Sección Tres está clasificada como SECRETA conforme a los términos de las secciones que la preceden, y el mero hecho de conocer la existencia de la Sección Tres (sin haber firmado un descargo formal) es delito. En la Sección Tres hay todo tipo de disposiciones escondidas de lo más jugoso, diseñadas para hacernos la vida más fácil a los espías como nosotros: es un dispositivo de ocultación burocrático. Tras el sudario de la Sección Tres puede desaparecer cualquier cosa como si no hubiera ocurrido jamás. Como dicen los estadounidenses, es una «operación negra».
          —Si le aplicamos la sección, tenemos que inventarnos un puesto de trabajo y conseguir presupuesto —acusa Harriet.
          —Sí, pero estoy seguro de que nos será útil. —Andy hace un gesto desganado con la mano—. Boris, ¿te importaría preguntar en tu sección a ver si a alguien le hace falta un matemático o un criptógrafo o algo? Redactaré una propuesta y se la presentaré a la Junta. Harriet, ¿puedes incluirlo en las actas? Bob, quiero hablar contigo un momento después de la reunión, es lo del control horario. —«Mierda», pienso—. ¿Algo más? ¿No? Pues se levanta la sesión, chicos.
          Cuando nos quedamos solos en la sala de reuniones, Andy hace un gesto de contrariedad.
          —No has estado muy fino al tocarle las pelotas así a Harriet.
          —Ya lo sé. —Me encojo de hombros—. Es que cuando la veo soy incapaz de contenerme, tengo que pincharla.
          —Sí, pero técnicamente tu superior directa es ella, no yo. Así que tendrías que avisarla a ella si vas a llegar tarde justo el día que tienes una reunión informativa si no quieres que te eche un montón de mierda encima. Y, además, como tendrá razón, no te valdrá de nada apelar a la gestión matricial ni a resolución de conflictos. Hará que tu evaluación anual de rendimiento parezca la Revolución Cultural justo cuando acabas de proclamarte Heinrich Himmler reencarnado. ¿Queda claro?
          Vuelvo a sentarme.
          —Burocráticamente clarísimo.
          Asiente.
          —De verdad que me pongo en tu lugar, Bob, pero Harriet está soportando mucha presión: está al cargo de muchos proyectos y lo último que necesita es tener que esperar dos horas porque anoche no te molestaste siquiera en dejarle un mensaje en el buzón de voz.
          Visto así, empiezo a sentirme como un mierda incluso a pesar de darme cuenta de que me está manipulando.
          —Vale, me esforzaré más a partir de ahora.
          Se le ilumina la cara.
          —Eso quería oír.
          —Ajá. Ahora tengo que resucitar un clúster Beowulf averiado antes de que se ejecute el lote de cagadas de PGP del viernes. Y luego tengo que calibrar un permutador de tarot, y después una auditoría de seguridad de otro de esos putos juegos de cartas coleccionables para evitar que una pandilla de artistas fumetas de Austin, Texas, logre crear un gran nodo por casualidad. ¿Algo más?
          —Probablemente no —murmura levantándose—. ¿Qué te ha parecido la oportunidad de salir un poco por ahí?
          —Me mojé. —Me levanto y me estiro—. Aparte de eso… Bueno, ha sido un cambio. Pero si empieza a convertirse en una costumbre igual me tomo en serio lo de reclamar las horas extras. Lo que dije de las ranas no era una broma.
          —Pues igual sí pasa e igual no. —Me da una palmada en el hombro—. Anoche lo hiciste muy bien, Bob. Y entiendo el problema que tienes con Harriet. Da la casualidad de que hay una plaza en un curso de formación la semana que viene; te la quitarías de encima y además creo que te gustaría.
          —Un curso de formación. —Me quedo mirándolo—. ¿De qué? ¿Administración de sistemas Windows NT?
          Niega con la cabeza.
          —Demonología computacional para principiantes.
          —Pero si yo ya…
          —No espero que tú aprendas nada, Bob. Lo que quiero es que controles a los otros asistentes.
          —¿A los otros?
          Sonríe sin alegría.
          —Tú pediste un puesto en el servicio activo…

          No estamos solos, la Verdad está Ahí Fuera, bla, bla, bla. Casi toda esa paranoia sacada de la cultura pop es una patraña, pero todo fruto de la imaginación lleva dentro un gusanito de verdad. Y, aunque no haya alienígenas en la nevera de la base aérea de Roswell, el mundo está lleno de espías dispuestos a colarse por tu ventana y arrasar tu disco duro si descubres un teorema matemático que no deberías haber descubierto. (O algo peor, pero ese es otro tipo de problema y de esos se encargan los de Operaciones de Campo).
          En su mayor parte, el universo funciona como cree que funciona la mayoría de la gente en cuyas tarjetas de visita pone la palabra «doctor». Las moléculas están hechas de átomos, que están compuestos de electrones, neutrones y protones; y estos dos últimos están hechos de quarks y los quarks están hechos de leptoquarks y así sucesivamente. Como la regresión infinita de tortugas que sustentan el mundo, vamos. Y no se pueden hallar los mayores factores primos comunes de un número de muchas cifras sin emplear toda vida del universo varias veces… o un ordenador cuántico (lo cual es hacer trampa). Y es totalmente cierto que en los archivos de cintas de Arecibo no se guarda ninguna señal enviada por seres dotados de consciencia, y de verdad que no hay platillos volantes escondidos en el Área 51 (salvo los proyectos de investigación supersecretos de las Fuerzas Aéreas estadounidenses, que no cuentan porque utilizan combustible de aviación).
          Pero esa verdad no es toda la verdad.
          Lo que sé me ha hecho sufrir mucho, así que no pienso dejar que os vayáis de rositas así, con una sola frase. Creo que merecéis una explicación detallada. Qué coño, creo que todo el mundo merece saber lo frágil que es la estructura de la realidad… Pero las reglas no las hago yo y es Muy Mala Idea infringir el reglamento de seguridad de la Lavandería, porque en Seguridad trabajan unas cosas que os juro que no interesa que se cabreen con uno. Es más, lo mejor es que ni sepan que uno existe.
          Pero a lo que íbamos: que he sufrido por lo que sé, y lo que sé es lo siguiente. Podría divagar sobre Aleister Crowley y John Dee y los místicos a lo largo de los siglos pero, en resumen, casi todos los que se autoproclaman magos no saben una mierda. Lo cierto es que la mayor parte de la magia tradicional no funciona. Es más, toda ella sería irrelevante de no ser por el teorema de Turing, bautizado en honor de Alan Turing, a quien conoceréis si sabéis algo de ordenadores.
          Ese tipo de magia sí que funciona. Por desgracia.
          Del teorema de Turing no habréis oído hablar, al menos con ese nombre, salvo que seáis de los nuestros. Turing no llegó a publicarlo. Es más, murió de forma muy repentina poco después de desvelar su existencia a un antiguo amigo de cuando la guerra en el que no debería haber confiado. Aquel fue al mismo tiempo el primer éxito y el mayor desastre de la Lavandería. A decir verdad, la reacción fue desproporcionada y vergonzosa, y no sirvió más que para privar a la agencia de uno de los mejores cerebros.
          Sea como fuere, desde entonces el teorema se ha ido redescubriendo periódicamente… y también se ha ido erradicando con eficacia, aunque de forma un poco menos violenta, porque nadie quiere que ande descontrolado por ahí para que un Joe Cypherpunk cualquiera lo publique por toda Internet.
          El teorema es un ataque a la teoría de números discreta que al mismo tiempo rebate la tesis de Church-Turing (saludad si habéis entendido eso) y, lo que es peor, permite convertir problemas de NP-completo en problemas de P-completo. Esto tiene varias consecuencias, empezando por mandar al carajo casi todos los algoritmos criptográficos (traducción: all your cuentas bancarias are belong to us) y terminando por la posibilidad de generar computacionalmente una curva geométrica Dho-Nha en tiempo real.
          Esto último es solo un poco menos peligroso que dejar que unos frikis armados con portátiles agiten una varita mágica y los conviertan en bombas de hidrógeno cuando les dé la gana. Porque, veréis, todo lo que sabéis del funcionamiento de este universo es correcto… salvo por el problemilla de que este no es el único universo del que tenemos que preocuparnos. La información puede filtrarse de un universo a otro y en un número reducidísimo de los demás universos existen cosas que escuchan y que responden. Que se lo pregunten a Alhazred, a Nietzsche, a Lovecraft, a Poe y demás. Los multiangulados, como los llaman, viven en el fondo del conjunto de Mandelbrot… excepto cuando un encantamiento adecuado (computerizado o no) en el ámbito platónico de las matemáticas los saca a la luz.
          ¡Ah! Y ¿os he comentado ya que los habitantes de esos otros universos no juegan con nuestras reglas?
          El mero hecho de resolver determinados teoremas causa alteraciones en el supraespacio platónico. Si se envía un montón de energía a través de una red cuidadosamente calibrada según los parámetros adecuados (que se derivan naturalmente de la curva geométrica que acabo de mencionar y que, a su vez, se deriva sin dificultad del teorema de Turing) es posible amplificar estas alteraciones hasta abrir unos agujeros aparatosos en el espacio-tiempo que permiten la fusión de segmentos congruentes de dos universos que normalmente no estarían en contacto. De verdad que no os gustaría estar cerca de la zona cero cuando eso ocurra.
          Y por eso existe la Lavandería.

© Charles Stross, 2004
© de la traducción, Blanca Rodríguez Rodríguez, 2017
© de esta edición, Insólita Editorial, 2017

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