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El bufón dorado de Robin Hobb: Prólogo y Capítulo 1

Avance El bufón dorado - Destacada

Fantascy publica la continuación de La misión del bufón el próximo 17 de noviembre.

El próximo jueves 17 de noviembre sale a la venta El bufón dorado de Robin Hobb, segundo volumen de su trilogía «El Profeta Blanco» que se inició con La misión del bufón (podéis leer aquí mismo su primer capítulo y nuestra reseña). En esta segunda entrega, un desconsolado Traspié se traslada a la capital para proteger al heredero de las maquinaciones políticas que lo rodean y solo hallará consuelo en su amistad con el bufón.

Para calentar motores de cara al lanzamiento, la editorial Fantascy nos ha cedido en primicia el prólogo y el primer capítulo de la novela, que os ofrecemos a continuación. Esperamos que lo disfrutéis.

La misión del bufón - Mapa

Prólogo
Pérdidas sufridas

La pérdida de una bestia a la que se está vinculado resulta difícil de explicar a aquellos que no portan la Maña. Quienes resuelven la muerte de un animal con comentarios como «Solo era un perro» nunca lo entenderán. Algunos, más comprensivos, lo ven como el fenecimiento de una mascota muy apreciada. Incluso los que intuyen que «Debe de ser como perder a un hijo o a una esposa» siguen sin concebir la verdadera magnitud de la tragedia. Perder a la criatura a la que se estaba vinculado deja un vacío mucho mayor que la desaparición de un compañero o la persona a quien amamos. Sentí como si de pronto me hubieran cercenado la mitad del cuerpo. La vista se me nubló y la insipidez de los alimentos me quitó el apetito. Dejé de oír con la agudeza de antes y
          El manuscrito, iniciado muchos años atrás, concluye con una maraña de manchurrones y furiosas estocadas de mi pluma. Recuerdo el momento en el que me di cuenta de que había dejado de escribir generalidades para centrarme en mi interpretación personal e íntima del dolor. Algunas partes del documento se encuentran arrugadas, recuerdo de los momentos en los que lo tiré al suelo para pisotearlo después. Lo que me extraña es el hecho de que me limitara a darle una patada en lugar de arrojarlo a las llamas. No sé quién se apiadaría del maldito texto y decidiría arrinconarlo en la estantería de los manuscritos. Tal vez Tordo, con su modo metódico e inconsciente de hacer sus tareas. En verdad, yo no encuentro nada que hubiera preferido conservar.
          Casi siempre que he empezado a escribir algo ha sucedido lo mismo. Con frecuencia, al intentar redactar la historia de los Seis Ducados he terminado perdiéndome en la mía propia. Si comenzaba a perfilar un tratado sobre herbolaria, mi pluma acababa divagando acerca de los distintos tratamientos para las dolencias de la Habilidad. Mis estudios sobre los Profetas Blancos profundizan en exceso en la relación que guardan con sus catalizadores. Ignoro si es la vanidad lo que siempre me lleva a centrarme en mi experiencia, o si mis textos no suponen más que un esfuerzo lamentable de explicarme mi vida a mí mismo. Los años han transcurrido con su plétora de encrucijadas y, una noche tras otra, sigo cogiendo la pluma y sentándome a escribir. Aún hoy sigo luchando por comprender quién soy. Aún hoy sigo haciéndome la misma promesa: «la próxima vez lo haré mejor», llevado por la arrogancia, tan humana, de dar por hecho que siempre se me brindará una «próxima vez».
          No fue eso lo que hice, empero, cuando perdí a Ojos de Noche. Nunca me prometí que algún día volvería a vincularme, y que haría mejor las cosas con el apoyo de mi nuevo compañero. Esa postura habría supuesto una traición. La muerte de Ojos de Noche me había destrozado el alma. Durante los días que siguieron anduve malherido, ignorante del verdadero alcance de la mutilación que acababa de sufrir. Actuaba como quien se queja del picor que sigue sintiendo en una pierna amputada. El hormigueo hace que dejes de darle vueltas a la insoportable certeza de que pasarás el resto de la vida cojeando. Así, el pesar que su muerte me produjo en un primer momento ocultaba el verdadero daño que se me había infligido. Estaba confuso y creía que el dolor y el sentimiento de pérdida que me embargaban se reducían a la misma cosa, cuando en realidad el uno no era sino un síntoma del otro.
          En cierto modo, inicié una nueva etapa de madurez. No se trataba de que me hubiera hecho adulto, sino de que poco a poco empezaba a tomar conciencia de mí mismo como individuo. Las circunstancias me habían lanzado de cabeza al mar de intrigas que azotaba la corte del castillo de Torre del Alce. Contaba con la amistad del bufón y Chade. Estaba a punto de comenzar una relación seria con Jinna la bruja Vulgar. Mi hijo, Percán, se había entregado con pasión tanto a su aprendizaje como al amor, y parecía debatirse desesperadamente entre el uno y el otro. El joven príncipe Dedicado, quien muy pronto celebraría sus desposorios con la narcheska marginada, me había tomado como mentor; no solo para que lo instruyera en la Habilidad y la Maña, sino para que lo guiase entre las procelosas aguas de la adolescencia y la madurez. No me faltaba quien se preocupara por mí, ni por quien sentir un profundo cariño. Y pese a todo, me encontraba más solo de lo que había estado nunca.
          Lo que más me extrañó fue lo mucho que tardé en entender que ese aislamiento lo había elegido yo.
          Ojos de Noche era imposible de sustituir; había operado un cambio en mí durante los años que habíamos compartido. El animal no aportaba mi otra mitad; juntos, conformábamos un todo. Incluso cuando Percán llegó a nuestra vida, los dos lo consideramos un menor del que debíamos responsabilizarnos. El lobo y yo constituíamos la unidad que tomaba las decisiones. La alianza se sustentaba tanto sobre él como sobre mí. Con su marcha, sentí que jamás volvería a establecer una relación igual con nadie, ni animal ni humano.
          Cuando era un muchacho y pasaba el tiempo en compañía de lady Paciencia y su compañera Cordonia, a menudo las oía hablar sin reparos sobre los hombres de la corte. Las dos daban por hecho que si una persona llegaba soltera a la treintena estaba destinada a permanecer así. «Es de costumbres fijas», declaraba Paciencia cada vez que cuchicheaban acerca de algún lord entrecano que de pronto empezaba a cortejar a una muchacha. «La primavera le ha alterado la sangre, pero ella no tardará en darse cuenta de que él ya no tiene sitio en su vida para una pareja. Lleva demasiado tiempo viviendo solo.
          Y así, muy poco a poco, empecé a verme a mí mismo. A menudo me sentía solo. Sabía que la Maña buscaba compañía. Pero ni ese sentimiento ni esa búsqueda eran más que un reflejo, la contracción nerviosa de una extremidad amputada. Nadie, persona o animal, podría jamás llenar el vacío que Ojos de Noche había dejado en mi vida.
          Así se lo hice saber al bufón durante una de las escasas conversaciones que mantuvimos de regreso a Torre del Alce. Fue una de las noches en las que acampamos junto al camino. Lo había dejado con el príncipe Dedicado y Laurel, la cazadora de la reina. Estaban acurrucados junto al fuego, protegiéndose como podían del frío de la noche y apurando la escasa comida. El príncipe se mostraba abstraído y malhumorado, apesadumbrado todavía por la pérdida de la gata. Para él mi proximidad equivalía a acercar una mano a una llama después de habérsela quemado, lo cual acentuaba el dolor que yo sentía. De modo que, con la excusa de que iba a por leña para la hoguera, me alejé del grupo.
          El invierno anunció su llegada con una noche opaca y gélida. El mundo penumbroso se había desprendido de todo rastro de color y, lejos del resplandor de la hoguera, comencé a andar a tientas, como un topo, en busca de leña. Al final desistí y me senté sobre una roca que había junto al arroyo para esperar a que mis ojos se adaptasen a la oscuridad. Pero allí sentado, a solas, mientras el frío hacía presa en mí, se me quitaron las ganas de buscar madera y, de hecho, de hacer cualquier otra cosa. Permanecí sentado, la vista extraviada, escuchando el borboteo del agua y dejando que la noche me imbuyera de su melancolía.
          El bufón se acercó a mí, caminando sigiloso a través de la negrura. Se sentó en la tierra, a mi lado, y durante unos instantes ninguno de los dos dijo nada. Al cabo alargó el brazo y me puso la mano en el hombro.
          —Ojalá pudiera ayudarte a superar tu duelo —deseó.
          Era una declaración hueca, y así pareció sentirlo él también, porque tras manifestar su intención guardó silencio. Acaso el fantasma de Ojos de Noche me reprochase que insistiera en mostrarme desabrido y callado con nuestro amigo, ya que pasados unos momentos busqué algunas palabras con las que salvar la oscuridad que nos distanciaba.
          —Es como el corte que tienes en la cabeza, bufón. El tiempo lo curará, pero por mucho que los demás quieran lo mejor para ti, la herida no sanará antes. Aunque existiera algún modo de aliviar el dolor, alguna hierba o bebida que lo mitigara, no tendría elección. Nada hará su muerte más soportable. Lo único que puedo esperar es acostumbrarme a estar solo.
          Pese a que hice cuanto pude por evitarlo, mi explicación no dejó de sonar a reproche. Aún peor, pareció que me compadecía de mí mismo. Debo reconocerle a mi amigo el que no se lo tomara como una ofensa. De hecho, se levantó con un movimiento grácil.
          —Te dejaré a solas, entonces. Creo que prefieres afrontar el duelo sin compañía, y si es ese el caso, respetaré tu decisión. No me parece la más sensata, pero la respetaré. —Hizo una pausa y exhaló un suspiro leve—. Intuyo que estoy comprendiendo algo sobre mí mismo; he venido porque quería que supieras que soy consciente de tu sufrimiento. No porque pueda librarte de él, sino porque quería hacerte saber que comparto tu dolor por medio de la relación que nos une. Sospecho que hay cierto egoísmo en ello; me refiero a mi deseo de que a ti también te conste. Cuando el peso de una carga se comparte es más fácil sobrellevarla; se puede establecer un vínculo entre quienes la aguantan. Así nadie tiene por qué soportarla en soledad.
          Sentí que sus palabras encerraban cierta sabiduría, algo acerca de lo que debería recapacitar, pero estaba demasiado cansado y afligido para considerarlo con detenimiento.
          —Enseguida regreso a la hoguera —me limité a decir, lo que bastó al bufón para saber que la conversación había terminado. Retiró la mano de mi hombro y se alejó.
          No fue hasta unos momentos después, al reflexionar sobre lo que me había dicho, cuando lo entendí. Estaba optando por apartarme; no se trataba de la consecuencia inevitable del perecimiento del lobo, ni de una decisión tomada después de sopesarla en profundidad. Me había decantado por entregarme a la soledad, por cortejar a mi dolor. No era la primera vez que escogía ese camino.
          Manejé el pensamiento con cautela, pues era lo bastante afilado para matarme. Fui yo quien eligió vivir aislado en la cabaña con Percán durante años. Nadie me obligó a exiliarme de esa manera. La ironía radicaba en que aquella fue la materialización del deseo que tantas veces había expresado. Me pasé toda mi juventud diciendo que lo que de verdad quería era vivir en un lugar donde pudiera tomar mis propias decisiones, ajeno a los «deberes» propios de mi cuna y mi posición. Hasta que el destino no satisfizo mi voluntad, no supe el precio que debía pagar. Podía zafarme de mis responsabilidades para con los demás y vivir como me placiese únicamente si además rompía los lazos que me unían a ellos. No podía tener las dos cosas. Formar parte de una familia, o de una comunidad, implica asumir deberes y responsabilidades, ceñirse a las reglas del grupo. Llevaba tiempo alejado de todo eso, pero ahora sabía que fue mi decisión. Fui yo quien decidió renunciar a mis responsabilidades con mi familia, y acepté pagarlo con el consiguiente aislamiento. En su día me repetía a mí mismo una y otra vez que eso era lo que el destino me había deparado. De igual modo, ahora estaba tomando otra decisión, aunque intentaba convencerme de que tan solo me limitaba a seguir la senda por la que el destino pretendía llevarme a la fuerza.
          Admitir que tú mismo eres la causa de tu soledad no sirve para acabar con ella. Pero ayuda a comprender que no es inevitable, y que la decisión se puede revocar.

El bufón dorado - Portada

1
Los picazos

Los picazos siempre han asegurado que lo único que deseaban era poner fin a la persecución a la que los Mañosos de los Seis Ducados venían siendo sometidos desde hacía generaciones. Se podría decir que esta aseveración es mentira además de un artero engaño. Los picazos ansiaban el poder. Su intención era moldear a la totalidad de los Mañosos de los Seis Ducados con el fin de formar un colectivo unido que se alzase para tomar el control de la monarquía y situar a los suyos en el poder. Parte de su estratagema consistía en declarar que todos los reyes posteriores a la abdicación de Hidalgo fueron simples pretendientes, que se impidió de manera equivocada que Traspié Hidalgo Vatídico heredase el trono debido a su bastardía. Las leyendas sobre el Bastardo Leal, quien regresó de la tumba para servir al rey Veraz durante su búsqueda, se extendieron más allá de lo imaginable, atribuyendo a Traspié Hidalgo una serie de poderes que elevaban al Bastardo a la condición de semidiós. Así, también se conocía a los picazos por el nombre de Culto del Bastardo.
          En principio estas ridículas manifestaciones debían darle cierta legitimidad al empeño de los picazos por derrocar a los Vatídico y llevar al trono a uno de los suyos. Con este fin los picazos iniciaron una inteligente campaña, consistente en obligar a los Mañosos a aliarse con ellos si no querían correr el riesgo de que los delataran. Acaso esta táctica fuese concebida a partir de la figura de Kebal Ganapán, cabeza de los marginados durante la Guerra de las Velas Rojas, puesto que se dice que aquellos que lo seguían no lo hacían llevados por su carisma, sino por el miedo a lo que podría hacerles a sus casas y familias si se negaban a plegarse a sus planes.
          La técnica de los picazos era muy sencilla. O las familias mancilladas por la magia de la Maña se sumaban a su alianza o se les desenmascaraba por medio de acusaciones públicas que derivaban en su ejecución. Se comenta que a menudo los picazos iniciaban sus ataques insidiosos actuando contra aquellos que rodeaban a una determinada casa poderosa, de modo que primero delataban a algún sirviente o a algún primo menos adinerado, mientras dejaban claro que si el cabeza de la obstinada familia no accedía a satisfacer sus deseos, también él conocería el mismo fin.
          Esta táctica no es propia de un grupo que desea que se deje de perseguir a los suyos. Es propia de una facción inclemente decidida a ascender al poder, para lo cual primero debe sojuzgar a sus miembros.

ROWELL,
La conspiración de los picazos

Había llegado el relevo de la guardia. El tañido y el grito que el vigilante de la ciudad emitió llegaron amortiguados por la tormenta, pero aun así los oí. La noche acababa de terminar oficialmente; dentro de poco amanecería y yo aún estaba en la cabaña de Jinna esperando a que Percán regresase. Jinna y yo compartíamos el calor de su acogedora hoguera. Su sobrina, que ya había vuelto, se detuvo a charlar un rato con nosotros antes de acostarse. Jinna y yo estábamos matando el tiempo, echando un leño tras otro al fuego y hablando de trivialidades. La humilde morada de la bruja Vulgar era cálida y cómoda; su compañía me resultaba agradable y esperar al chico terminó por convertirse en una excusa para hacer lo que quería, lo cual no era otra cosa que permanecer sentado en silencio.
          La conversación fluía a saltos. Jinna me preguntó qué tal había ido el recado que debía atender. Le dije que se trataba de un asunto de mi amo y que yo solo me limité a acompañarlo. A fin de que la explicación no sonara demasiado brusca, añadí que lord Dorado había adquirido algunas plumas para su colección, tras lo que desvié la charla hacia el tema de Mibruna. Sabía que en realidad Jinna no sentía interés por mi cabalgadura, pero tuvo el gesto de escucharme. Las palabras llenaron apaciblemente la reducida distancia que nos separaba.
          En realidad el recado no consistió en una búsqueda de plumas, y tuvo que ver más conmigo que con lord Dorado. Juntos salvamos al príncipe Dedicado de los picazos, quienes entablaron amistad con él para después capturarlo. Lo llevamos de regreso a Torre del Alce sin que ningún noble sospechara nada. Esta noche la aristocracia de los Seis Ducados celebraba un festín y mañana formalizaría los desposorios del príncipe Dedicado con Elliania, la narcheska de las Islas del Margen. En apariencia, todo estaba como siempre.
          Pocos imaginaban el alto precio que el príncipe y yo pagamos para que las cosas siguieran su curso normal. La gata a la que el príncipe estaba vinculado por medio de la Maña tuvo que sacrificarse para salvarle la vida. Yo perdí a mi lobo. Porque durante casi una veintena de años, Ojos de Noche había sido mi otro yo, el contenedor de la mitad de mi alma. Ahora ya no estaba. Tuvo lugar un cambio muy profundo en mi vida, tanto como el que se produce cuando un farol se apaga en una estancia penumbrosa. Su ausencia parecía tangible, una carga que debía soportar junto a la de mi pena. Las noches se hacían más oscuras. Nadie me vigilaba las espaldas. Y aun así, sabía que seguiría viviendo. A veces esa certeza se convertía en la peor parte de mi pérdida.
          Me contuve antes de abandonarme por completo a la autocompasión. Yo no era el único que se había quedado sin su compañero. A pesar de que el príncipe llevaba menos tiempo vinculado a su gata, me constaba que su sufrimiento era inmenso. El vínculo mágico que la Maña establece entre una persona y un animal alcanza una gran complejidad. Cortarlo nunca resulta fácil. No obstante, el muchacho terminó por dominar su dolor y ahora seguía cumpliendo con sus deberes demostrando una gran ecuanimidad. Al menos yo no tenía que enfrentarme a mis desposorios mañana por la noche. En cuanto regresamos a Torre del Alce, ayer por la tarde, el príncipe hubo de asumir nuevamente su rutina. Anoche asistió a las ceremonias de bienvenida a su futura esposa. Esta noche debía sonreír y comer, hablar con unos y otros, aceptar buenos deseos, bailar y aparentar sentirse satisfecho con lo que el destino y su madre habían decretado para él. Pensé en las luces deslumbrantes, la música estridente, las carcajadas y las conversaciones a gritos. Meneé la cabeza compadecido de él.
          —¿Y qué es lo que te hace mover así la cabeza, Tom Mechatejón?
          La pregunta de Jinna me sacó de mi ensimismamiento, haciéndome comprender que el silencio se había alargado en exceso. Tomé todo el aire que pude y recurrí a una mentira fácil.
          —La tormenta no tiene pinta de amainar, ¿verdad? Me lamentaba por los que hayan tenido que salir esta noche. Doy gracias por no contarme entre ellos.
          —Sí, y a eso yo añadiré que doy gracias por la compañía —dijo ella con una sonrisa.
          —Lo mismo digo —aporté con algún embarazo.
          Pasar la noche con la amena compañía de una mujer tan agradable suponía una nueva experiencia para mí. El gato de Jinna ronroneaba acurrucado en mi regazo mientras ella tejía a mano labores de punto. La acogedora calidez del resplandor de la hoguera se reflejaba en las mechas cobrizas del cabello rizado de Jinna y el racimo de pecas que salpicaban su rostro y antebrazos. Tenía un rostro bien perfilado, no hermoso, pero sí apacible y amable. La conversación había serpenteado entre un tema y otro a lo largo de la velada, desde las hierbas con las que había hecho el té hasta el modo en que las hogueras que se encienden con madera de deriva forman a veces llamas de colores, hasta que terminamos hablando de nosotros mismos. Descubrí que la bruja Vulgar tenía unos seis años menos de los que yo contaba en realidad, y se mostró sorprendida cuando le dije que tenía cuarenta y dos. Siete años más de los que correspondían a mi verdadera edad; los años adicionales formaban parte de mi personaje, Tom Mechatejón. Me gustó que Jinna me confesase que daba por hecho que mi edad era más cercana a la suya. Aun así, ninguno de los dos le dio excesiva importancia a ese aspecto. Se percibía cierta tensión interesante entre ambos mientras charlábamos con apacibilidad sentados ante la hoguera. La curiosidad que flotaba entre nosotros semejaba una cuerda que no dejaba de vibrar apenas la pulsábamos.
          Antes de emprender la misión con lord Dorado, pasé una tarde con Jinna. Me besó. No complementamos el gesto con comentarios, declaraciones de amor ni cumplidos románticos. El beso surgió sin más, interrumpido cuando su sobrina regresó del mercado. Ahora ninguno de los dos sabía muy bien cómo volver al lugar donde aquel momento íntimo se hizo posible. Por mi parte, no estaba seguro de si deseaba aventurarme en esa dirección. Ni siquiera me sentía preparado para un segundo beso, mucho menos para lo que este pudiera acarrear. Mi corazón no había terminado de curarse. Sin embargo, quería estar aquí, sentado frente a la chimenea de Jinna. Parecía una contradicción, y tal vez lo fuese. No albergaba ningún deseo de enfrentarme a las inevitables complicaciones que una caricia originaría, pero el dolor que me provocaba el haber perdido a mi compañero de Maña me llevaba a ampararme en la compañía de esta mujer.
          A pesar de todo, Jinna no era el motivo por el que me encontraba aquí esta noche. Necesitaba ver a Percán, mi hijo adoptado. El chico acababa de llegar a la ciudad de Torre del Alce y se alojaba en casa de Jinna. Quería saber si el aprendizaje que había iniciado a cargo del carpintero Gindast estaba yendo bien. Asimismo, por mucho que me aterrase, debía darle la noticia de la muerte de Ojos de Noche. El lobo había participado en su educación tanto como yo. Pero aunque la mera idea de contárselo me dolía, esperaba que, tal como me había dicho el bufón, me sirviera para aliviar el peso de mi sufrimiento. Con Percán podría compartir mi pena, aunque acaso se tratara de un gesto egoísta. Llevaba conmigo desde hacía siete años. Habíamos compartido una vida, además de la compañía del lobo. Si yo aún guardaba alguna relación con alguien o algo, era con el chico. Necesitaba sentir que realmente era así.
          —¿Más té? —me ofreció Jinna.
          No me apetecía tomar ni un sorbo más. Ya habíamos terminado tres jarras y había tenido que salir dos veces a la parte de atrás de la casa. Aun así, me ofreció un poco más para hacerme saber que estaba invitado a quedarme, por muy tarde, o muy pronto, que fuese.
          —Por favor —acepté por lo tanto, de modo que dejó sus labores a un lado para repetir el ritual de rellenar el hervidor con agua fresca del barril, colgarlo del gancho y dejarlo suspendido de nuevo sobre la lumbre. La tormenta, que había recobrado las fuerzas, hacía sacudirse las contraventanas. En ese momento se oyó, no un trueno, sino a Percán dando unos golpecitos en la puerta.
          —¿Jinna? —llamó con voz desigual—. ¿Estás despierta todavía?
          —Estoy despierta —respondió la bruja Vulgar. Se dio media vuelta cuando hubo preparado el hervidor—. Por suerte para ti, porque si no, esta noche dormirías en el cobertizo con el poni. Ya voy.
          Cuando Jinna retiró el pasador me levanté, dejando que el gato se bajara despacio de mi regazo.
          Imbécil. El gato estaba cómodo. Hinojo se quejó al terminar de deslizarse al suelo, pero el corpulento animal se encontraba demasiado adormecido por la calidez de su lecho como para seguir protestando. A continuación saltó a la silla de Jinna y se hizo un ovillo sin dignarse volver la mirada hacia mí.
          La tormenta quiso entrar en la cabaña con Percán cuando este abrió la puerta. Una ráfaga de viento introdujo la lluvia en la estancia.
          —Uf. Mete el pasador en el agujero, jovencito —lo apremió Jinna cuando Percán pasó tambaleándose al interior. Obediente, el chico cerró la puerta, deslizó el pasador y se quedó inmóvil en la entrada, chorreando agua.
          —Hace una noche de perros —dijo. Traía la sonrisa plácida de los borrachos, aunque sus ojos estaban avivados por algo más que el vino. Se apreciaba en ellos el brillo de un enamoramiento, tan inconfundible como el agua que goteaba de su pelo lacio y se escurría por su cara. Tardó unos instantes en advertir que yo estaba allí, observándolo. Entonces exclamó—: ¡Tom! ¡Tom! ¡Por fin has vuelto! —Extendió los brazos a los lados, desatando un ebrio entusiasmo por lo más normal. Me reí y di un paso hacia él para aceptar su acuoso abrazo.
          —¡Vas a llenar de charcos toda la cabaña! —lo regañé.
          —No, eso no estaría bien. De acuerdo. No mojaré nada —aseguró antes de quitarse el abrigo empapado. Lo colgó de una percha junto a la puerta y se quitó el gorro de lana, que también empezó a soltar agua. Intentó sacarse las botas sin buscar un apoyo antes, pero perdió el equilibrio. Se sentó en el suelo y se las quitó tirando con fuerza. Se estiró cuanto pudo para dejarlas junto a la puerta, bajo el abrigo mojado, y se levantó con una sonrisa de felicidad—. Tom. He conocido a una chica.
          —¿Una chica? A juzgar por cómo hueles, creía que habías conocido a una botella.
          —Ah, sí —admitió sin inmutarse—. Eso también. Pero teníamos que brindar por la salud del príncipe, ya sabes. Y por la de su prometida. Y porque sean un matrimonio feliz. Y porque tengan muchos hijos. Y porque nosotros seamos igual de dichosos. —Me dirigió una amplia sonrisa bobalicona—. Dice que me quiere. Le gustan mis ojos.
          —Vaya, eso está muy bien. —¿Cuántas veces la gente había hecho la señal para protegerse de los infortunios al cruzarse con él y fijarse en que tenía un ojo de color castaño y otro azul? Debía de ser un gran alivio para él el haber encontrado a una chica a la que le parecieran interesantes.
          Supe entonces que no era el momento de hacerle cargar con mi pesadumbre. Le hablé con un tono amable a la vez que firme.
          —Creo que deberías irte a la cama, hijo. Tu maestro esperará verte aparecer a primera hora.
          Se quedó como si lo hubiera abofeteado con un pez. La sonrisa se esfumó de su rostro.
          —Ah. Sí, sí, es verdad. Me estará esperando. El viejo Gindast espera que sus aprendices estén allí antes que los oficiales, y que estos estén ya en plena faena cuando él aparezca. —Se incorporó y se levantó despacio—. Tom, este aprendizaje no es en absoluto como me imaginaba. Me paso el día barriendo, cargando tablas y dándole vueltas a la madera puesta a secar. Afilo las herramientas, las limpio y las engraso. Después sigo barriendo. Les echo aceite a las piezas terminadas. Pero, en todo este tiempo, no he tenido ocasión de usar ninguna de las herramientas que han pasado por mis manos. No hacen más que decirme «Chico, fíjate en cómo se hace esto» o «Repite lo que te acabo de explicar», o «Esto no es lo que te he pedido. Devuélvelo a la pila de la madera y tráeme el listón de cerezo de grano fino. Y no te entretengas». Y, Tom, me insultan. Me llaman palurdo y zoquete.
          —Gindast insulta a todos sus aprendices, Percán. —La voz sosegada de Jinna sonó tranquilizadora y reconfortante, aunque seguía resultando extraño ver como una tercera persona se sumaba a nuestra conversación sin que se lo pidiéramos—. Todo el mundo lo sabe. Uno de sus alumnos incluso decidió conmemorar la ofensa cuando abrió su propio negocio. Ahora una mesa Simplona cuesta un dineral. —Jinna había regresado a la silla. Continuaba haciendo punto, pero permanecía de pie. El gato seguía en posesión del asiento.
          Procuré que no se notara lo mucho que las palabras de Percán me afligieron. Esperaba oír que le encantaba su puesto y que estaba agradecido por que se lo hubiera buscado. Creía que su aprendizaje era lo único que había salido bien.
          —Bueno, ya te advertí que tendrías que trabajar muy duro —le recordé.
          —Y estaba dispuesto a hacerlo, Tom, te lo aseguro. Estoy dispuesto a pasarme el día entero cortando madera, encajándola y moldeándola. Pero no imaginaba que me moriría de aburrimiento. No hago más que barrer, engrasar e ir a buscar cosas. Para lo que estoy aprendiendo aquí, más me valdría haberme quedado en casa.
          Pocas cosas tienen unos bordes tan afilados como los de las confesiones viscerales de un muchacho. El desdén que manifestó por la vida que llevábamos antes, expresado de un modo tan franco, me dejó estupefacto.
          Me miró a la cara con gesto acusador.
          —Por cierto, ¿dónde has estado? ¿Y por qué has tardado tanto en volver? ¿No sabías que te necesitaría? —Me escrutó entornando los ojos—. ¿Qué te ha pasado en el pelo?
          —Me lo he cortado —contesté. De un modo casi inconsciente, me pasé la mano por los mechones que me corté para despedirme del lobo. De pronto me vi incapaz de añadir nada más. Percán solo era un muchacho, y en un principio tendería a ver las cosas según el modo en que lo afectaran a él. Pero la misma brevedad de mi respuesta lo llevó a sospechar que me estaba callando muchas cosas.
          Mantuvo la mirada adherida a mi rostro.
          —¿Qué ha pasado? —inquirió.
          Tomé aire. No podía seguir callando.
          —Ojos de Noche ha muerto —respondí con un hilo de voz.
          —Pero… ¿por mi culpa? Salió corriendo, Tom, pero lo estuve buscando, te juro que lo busqué, Jinna puede decírtelo…
          —No es culpa tuya. Salió detrás de mí y me encontró. Estaba con él cuando murió. No es por nada que hayas hecho tú, Percán. Era muy viejo. Había llegado su hora, por eso se marchó. —Aunque me esforcé por impedirlo, se me hizo un nudo en la garganta.
          El alivio que relajó el rostro del chico por no tener la culpa me clavó otra flecha en el corazón. ¿Le importaba más no ser el responsable que la muerte del lobo?
          —No puedo creer que ya no esté —dijo a continuación, y entonces lo entendí de pronto. Esa era la verdad. Tardaría un día, quizá varios, en asimilar que el viejo lobo ya no regresaría. Ojos de Noche nunca volvería a tenderse junto a él frente al hogar, ni a empujarle la mano con el hocico para que lo acariciase entre las orejas, ni a acompañarlo a cazar conejos. Las lágrimas afloraron a mis ojos.
          —Conseguirás aceptarlo. Necesitas un poco de tiempo —le aseguré con la voz emocionada.
          —Ojalá sea así —respondió apesadumbrado.
          —Acuéstate. Todavía te queda una hora para dormir antes de levantarte.
          —Sí —convino—. Supongo que será lo mejor. —Dio un paso hacia mí—. Tom. Lo siento mucho —dijo mientras me daba un abrazo indeciso que mitigó buena parte del daño que me había hecho. Por último, me miró a los ojos y me preguntó muy serio—: Vendrás mañana por la noche, ¿verdad? Necesito hablar contigo. Es muy importante.
          —Vendré esta noche. Si a Jinna no le importa. —Dirigí la vista sobre el hombro de Percán para mirarla mientras lo soltaba.
          —Jinna estará encantada —me aseguró la bruja Vulgar, aunque confié en que solo yo hubiera apreciado el cálido matiz de su voz.
          —Bien. Nos veremos esta noche. Cuando estés sobrio. Ahora a la cama, muchacho. —Le revolví el cabello mojado y él masculló un «buenas noches». Salió de la estancia para dirigirse a su cuarto, dejándonos de pronto a solas a Jinna y a mí. Uno de los leños de la lumbre se soltó y por un instante solo se oyó el débil ruido que hizo al detenerse—. En fin. Debo irme. Gracias por dejarme esperar a Percán aquí.
          Jinna volvió a dejar a un lado sus labores.
          —De nada, Tom Mechatejón.
          Había dejado el abrigo colgado de una percha, junto a la puerta. Lo cogí y me lo eché sobre los hombros. De pronto ella se acercó para abrochármelo. Me tapó mi desgreñada cabeza con la capucha y sonrió al tirar de los bordes de esta para acercar mi cara a la suya.
          —Buenas noches —dijo con la respiración entrecortada. Levantó la barbilla. La tomé por los hombros y la besé. Deseaba hacerlo, pero aun así me pregunté por qué me lo habría permitido. ¿Qué podía traernos este intercambio de besos, aparte de problemas y complicaciones?
          ¿Sería Jinna consciente de mis dudas? Al separar mi boca de la suya, meneó levemente la cabeza. Me cogió de la mano.
          —Te preocupas demasiado, Tom Mechatejón. —Llevó mi mano hasta sus labios y me dio un cálido beso en la palma—. Algunas cosas son mucho menos complicadas de lo que crees.
          —Si eso fuera cierto —acerté a decir pese a lo violenta que encontraba la situación—, me sentiría dichoso.
          —Sabes ser muy cortés. —Sus palabras me reconfortaron hasta que añadió—: Pero la cortesía no impedirá que Percán se pierda. Tienes que hacer entrar en vereda a ese jovencito lo antes posible. Necesita saber dónde están los límites, de lo contrario la ciudad de Torre del Alce terminará tragándoselo. No sería el primer buen chico de campo que se da a la mala vida de la ciudad.
          —Creo que conozco a mi hijo —dije con cierta irritación.
          —Puede que conozcas al muchacho. Quien me preocupa es el hombre en que se convertirá. —Tras atreverse a reírse de mi ceño fruncido, añadió—: Guárdate esa mirada para Percán. Buenas noches, Tom. Nos veremos mañana.
          —Buenas noches, Jinna.
          Me dejó salir y se quedó en la entrada para verme marchar. Al darme media vuelta para mirarla vi a una mujer que me observaba enmarcada por un rectángulo de cálida luz amarilla. El viento agitaba su cabello rizado, revolviéndolo en torno a su rostro redondo. Me dijo adiós con la mano y yo le devolví el gesto antes de que cerrase la puerta. Suspiré y me ceñí el abrigo al cuerpo. Las cortinas más recias de la lluvia habían pasado, dejando la tormenta reducida a una serie de ráfagas arremolinadas que parecían acechar tras las esquinas de las calles. El vendaval se había divertido en las fiestas celebradas a las afueras. Las envalentonadas ráfagas habían arrastrado por las calles las guirnaldas caídas y hecho jirones los castigados estandartes. De las fachadas de las tabernas solían colgar candelabros con antorchas que les indicaban el camino a casa a los clientes, aunque a esta hora las que no se habían extinguido estarían tiradas en el suelo. Las tabernas y las posadas ya no abrirían más las puertas hasta que amaneciera. La gente honrada se había acostado hacía tiempo, y la mayor parte de los tunantes también. Caminé aprisa por las calles frías y penumbrosas, guiado más por el sentido de la orientación que por la vista. La oscuridad se tornaría aún más opaca cuando saliera de los barrios de los acantilados e iniciara el sinuoso ascenso por el bosque en dirección al castillo de Torre del Alce, aunque me conocía el camino de memoria desde que era un niño. Mis pies me llevarían solos a casa.
          Me di cuenta de que me seguían en cuanto dejé atrás las últimas casas dispersas de la ciudad de Torre del Alce. Sabía que me acechaban, que no se trataba tan solo de un grupo de hombres que seguía el mismo camino que yo, porque cuando ralenticé el paso, ellos hicieron lo mismo. Era obvio que no pretendían alcanzarme hasta que la ciudad quedase bien atrás, lo cual decía mucho de sus intenciones. Había salido de la torre sin portar ningún arma, puesto que durante los años que viví en el campo terminé por perder la costumbre. Llevaba en el cinturón el clásico cuchillo con el que resolver las pequeñas tareas cotidianas, pero no contaba con nada más grande. La fea espada que utilizaba siempre estaba colgada de la pared de mi pequeño cuarto, guardada en su estropeada funda. Supuse que no serían más que unos vulgares salteadores que buscaban una presa fácil. Sin duda daban por hecho que estaba borracho y que no me había percatado de su presencia, de modo que en cuanto les plantase cara, saldrían corriendo.
          Mis suposiciones no me consolaron demasiado. No tenía el menor deseo de luchar. Estaba harto de peleas, cansado de andar siempre en guardia. Dudaba que a ellos les importara. Por tanto, me detuve en seco y me giré en medio del oscuro camino para enfrentarme a quienes venían detrás de mí. Saqué el cuchillo del cinturón, separé los pies para equilibrar el peso del cuerpo y los esperé.
          A mis espaldas el silencio era absoluto, salvo por el viento que siseaba entre los árboles susurrantes que se arqueaban sobre el camino. Me fijé también en el estruendo de las olas que rompían contra las lejanas paredes de los acantilados. Agucé el oído para percibir los movimientos del grupo entre la maleza, o sus pasos arrastrados, pero no oí nada. Me impacienté.
          —¡Vamos! —le rugí a la noche—. No llevo nada que podáis robarme, salvo el cuchillo, pero no agarraréis la empuñadura antes que yo. ¡Terminemos con esto de una vez!
          El silencio se impuso a continuación, ridiculizando el reto que le había gritado a la negrura. Cuando empecé a sospechar que lo había imaginado todo, algo pasó sobre mi pie. Un animal pequeño, ágil y veloz, una rata o una comadreja, o tal vez incluso una ardilla. Pero no era una criatura silvestre, ya que intentó morderme la pierna al pasar. Desconcertado, salté hacia atrás. Oí una risa ahogada a la derecha. Cuando me giré, intentando distinguir algo en la penumbra del bosque, alguien me habló desde la izquierda, más cerca que el que se había reído.
          —¿Dónde está tu lobo, Tom Mechatejón?
          En la pregunta se adivinaba un tono de sorna y desafío. A mis espaldas oí unas garras deslizarse entre la grava, un animal más grande, acaso un perro, pero cuando me di media vuelta se había fundido con la noche. Me giré otra vez al oír más risas amortiguadas. Al menos tres hombres, calculé, y dos bestias vinculadas por la Maña. Me concentré en la logística de la lucha inminente y me olvidé de todo lo demás. Ya reflexionaría después sobre las consecuencias reales del encuentro. Respiré hondo y despacio varias veces, esperándolos. Abrí mis sentidos para percibir la noche en su plenitud, prefiriendo olvidar no solo lo mucho que de pronto echaba de menos la sensibilidad de Ojos de Noche, mucho más desarrollada, sino también la seguridad que me proporcionaba el saber que mi lobo me vigilaba las espaldas. Esta vez oí acercarse correteando al animal más pequeño. Le asesté un puntapié, con más violencia de la que pretendía, aunque tan solo conseguí un impacto oblicuo. Desapareció de nuevo.
          —¡Lo mataré! —le advertí a la noche agazapada, aunque solo una risa burlona respondió a mi amenaza. Avergonzado, grité con rabia—: ¡¿Qué queréis de mí?! ¡Dejadme en paz!
          Dejé que el eco de la infantil pregunta y la súplica se perdiera en el viento. El terrible silencio que se instaló a continuación trajo la sombra de mi vulnerabilidad.
          —¿Dónde está tu lobo, Tom Mechatejón? —gritó ahora una mujer, la voz coloreada por la risa—. ¿Lo echas de menos, renegado?
          El miedo que me corría por la sangre se transformó de súbito en una gélida rabia. Me quedaría aquí, los mataría a todos y dejaría sus entrañas vaporosas esparcidas por el camino. Aflojé entonces el puño, que mantenía apretado en torno al mango del cuchillo, y poco a poco relajé el cuerpo, preparado. En posición de lucha, esperé. Se abalanzarían corriendo desde todas direcciones, los animales atacarían por abajo y los hombres y la mujer por arriba, con armas. Yo solo contaba con el cuchillo. Tendría que esperar a que se acercasen. Si huía, sabía que me cogerían por detrás. Convenía más esperar y obligarlos a que se acercaran a mí. Entonces los mataría a todos, hasta el último de ellos.
          Ignoro cuánto tiempo permanecí allí de pie. En una tesitura así, el tiempo puede congelarse o escabullirse como el viento. Oí el canto de un pájaro madrugador, al que otro se apresuró a responder, mientras yo seguía esperando. Cuando comenzó a despuntar el alba, respiré más hondo. Miré con detenimiento a mi alrededor, fijándome bien en los árboles, pero no vi nada. El único movimiento del entorno lo aportaban los pequeños pájaros que revoloteaban entre las ramas y las estelas plateadas que las gotas de agua desprendidas dejaban tras de sí. Los acechadores se habían ido. La criaturilla que me tiró el mordisco no había dejado rastro alguno en las piedras mojadas del camino. Del animal grande que cruzó por detrás de mí solo quedaba una huella en el barro del margen del camino. Un perro pequeño. Y ahí terminó todo.
          Me giré y continué subiendo hacia el castillo de Torre del Alce. Según caminaba, empecé a tiritar, no a causa del miedo, sino de la tensión que comenzó a disiparse, y la rabia que la sustituyó.
          ¿Qué pretendía esa gente? Asustarme. Anunciarme su existencia, que supiera que sabían lo que era y dónde moraba. Bien, ya lo habían hecho, eso y más. Me obligué a poner mis ideas en orden y procuré evaluar fríamente el alcance de la amenaza que representaban. Pensé en aquellos que me rodeaban. ¿Sabrían de Jinna? ¿Me habrían seguido desde su casa? De ser así, ¿sabrían también de mi hijo?
          Me maldije por mi estupidez y mi despreocupación. ¿Cómo se me había ocurrido pensar que los picazos me dejarían en paz? Los picazos sabían que lord Dorado vivía en Torre del Alce y que su sirviente, Tom Mechatejón, portaba la Maña. Sabían que Tom Mechatejón le había cercenado el brazo a Laudovino y que les había arrebatado a su rehén, el príncipe. Los picazos querrían vengarse. Para ello les bastaba con colgar uno de sus cobardes manuscritos y denunciarme por practicar la Maña, la despreciable magia de las bestias. Me ahorcarían, me descuartizarían y me quemarían por ello. ¿Acaso pensaba que en la ciudad o el castillo de Torre del Alce estaría a salvo de esa gente?
          Debí suponer que ocurriría esto. Una vez que me introduje de nuevo en la corte de Torre del Alce, con sus conflictos políticos y sus intrigas, quedé expuesto a los tejemanejes y ardides que siempre se gestaban a la sombra del poder. Sabía que esto ocurriría, admití con amargura. De hecho, durante quince años esa certeza me había mantenido alejado de Torre del Alce. Solo Chade y su petición de que los ayudase a traer de vuelta al príncipe Dedicado me convencieron para que regresara. Ahora me había estampado contra la dura realidad. Solo dos caminos se abrían ante mí. O cortaba los lazos que me unían a unos y otros y huía, como hiciera tiempo atrás, o me zambullía hasta el fondo en la turbulenta urdimbre que siempre había sido la corte de los Vatídico en Torre del Alce. Si me quedaba, debía empezar a pensar de nuevo como un asesino, siempre atento a cuanto pudiera suponer un riesgo o una amenaza para mí, y a tener en cuenta el modo en que esos peligros afectaban a aquellos más próximos a mí.
          A continuación ajusté más mis pensamientos a la realidad. Tendría que volver a ser un asesino, no limitarme a pensar como tal. Tendría que estar listo para matar cuando me enfrentase a alguien que atentase contra mi príncipe o contra mí. Porque estaba muy claro lo que había ocurrido: quienes habían seguido a Tom Mechatejón para mofarse de él por su condición de Mañoso y la muerte de su lobo sabían que también el príncipe Dedicado portaba la vil magia de las bestias. Era el instrumento con el que pretendían controlar al príncipe, la palanca que emplearían no solo para poner fin a la persecución de los Mañosos, sino también para ascender al poder. No me aportó ningún consuelo el hecho de que en parte los entendiera. A lo largo de mi vida yo también había sufrido mucho por la mácula de la Maña. No albergaba el menor deseo de que otros padecieran las mismas penas. Si no supusieran una amenaza tan grande para mi príncipe, tal vez me habría aliado con ellos.
          Mis furiosas zancadas me llevaron hasta los centinelas que vigilaban la entrada a Torre del Alce. Allí había un cuartel, dentro del cual se oían voces entremezcladas con el ruido que hacían con los cubiertos los soldados sentados a la mesa. Uno de ellos, un muchacho de unos veinte años, andaba ganduleando junto a la puerta, con un poco de pan y queso en una mano y una jarra de cerveza mañanera en la otra. Me miró por encima y, con la boca llena, inclinó la cabeza para indicarme que pasara. Me detuve, la rabia encendiéndome la sangre como un veneno.
          —¿Sabes quién soy? —inquirí.
          El muchacho se sobresaltó y me miró con más atención. Sin duda temía haber ofendido a algún noble de condición inferior, pero al fijarse en mi atuendo, se reafirmó.
          —Eres un sirviente de la torre. ¿No?
          —¿Sirviente de quién? —le pregunté. No era prudente por mi parte llamar así la atención, pero ya no podía contenerme. Si otros habían llegado antes que yo la pasada noche, ¿se encontrarían dentro de la torre en estos momentos? ¿Tal vez algún centinela descuidado le había permitido el paso a alguien que pretendía asesinar al príncipe? Todo parecía demasiado posible.
          —De… ¡No lo sé! —balbució el joven. Se puso derecho, pero aun así tuvo que levantar la barbilla para lancearme con los ojos—. ¿Cómo pretendes que lo sepa? ¿Por qué debería importarme?
          —Porque, condenado necio, tu deber es vigilar la entrada principal al castillo de Torre del Alce. La integridad de la reina y el príncipe depende de que estés alerta e impidas que sus enemigos accedan a la fortaleza. Para eso estás aquí. ¿O no?
          —Pues… Er… —El muchacho sacudió la cabeza, airado de pura frustración, antes de girarse de repente hacia la entrada del cuartel—. ¡Kespin! ¿Puedes salir?
          Kespin era otro centinela, más alto y mayor. Se movía como una espada, coronada su barba entrecana por unos ojos de mirada cortante. Me escrutó para ver si suponía un peligro y me ignoró.
          —¿Hay algún problema? —nos preguntó a los dos. No empleó la voz a modo de advertencia, sino para dejarnos claro que podía hacer con nosotros lo que estimara apropiado.
          El centinela levantó la jarra de cerveza para señalarme.
          —Se ha enfadado porque no sé de quién es sirviente.
          —¿Qué?
          —Soy el sirviente de lord Dorado —les aclaré—. Y me preocupa que los centinelas de esta puerta no parezcan hacer otra cosa que ver entrar y salir a la gente de la torre. Ya hace más de dos semanas que vengo entrando y saliendo del castillo de Torre del Alce, y nunca se me ha puesto ningún impedimento. No me parece acertado. Hace muchos años, cuando estuve aquí de visita, los centinelas de guardia se tomaban su deber muy en serio. Antes…
          —Antes era necesario —me interrumpió Kespin—. Durante la Guerra de las Velas Rojas. Pero ahora es tiempo de paz, amigo. Y tanto la torre como la ciudad están llenas de marginados y nobles del resto de los ducados con motivo de los desposorios del príncipe. No esperarás que los conozcamos a todos.
          Tragué saliva, deseando no haber iniciado esta discusión, aunque decidido a prolongarla hasta el final.
          —Basta un error para poner en riesgo la vida de nuestro príncipe.
          —Y también basta un error para insultar a un noble marginado. Mis órdenes provienen de la reina Kettricken, quien indicó que nos mostrásemos amables y hospitalarios, no desconfiados y groseros. Aunque estaría dispuesto a hacer una excepción contigo. —La sonrisa que me dirigió contradijo en parte sus palabras, aunque no cabía duda de que no le agradaba que yo cuestionase su parecer.
          Incliné la cabeza hacia él. Lo estaba enfocando todo de la manera equivocada. Debería poner a Chade sobre aviso y ver si él podía exigirles más a los guardias.
          —Entiendo —dije en tono conciliador—. En fin. Era simple curiosidad.
          —Bien, pues la próxima vez que salgas con esa enorme yegua bruna, recuerda que no hay por qué hablar demasiado para saber mucho. Y, por cierto, ¿cómo te llamas?
          —Tom Mechatejón. Sirviente de lord Dorado.
          —Ah, su sirviente. —Bosquejó una sonrisa astuta—. Y también su guardaespaldas, ¿verdad? Sí, he oído algo sobre eso. Pero además se cuentan más cosas sobre él. No esperaba que eligiera a alguien como tú para servirle. —Me miró de un modo extraño, como si esperase que le diera alguna respuesta, pero preferí callarme, puesto que no estaba seguro de lo que insinuaba. Al momento siguiente encogió los hombros—. En fin. Supongo que algunos forasteros creen que necesitan un guardia personal aun cuando se alojan en el castillo de Torre del Alce. Muy bien, adelante, Tom Mechatejón. Ya sabemos quién eres, espero que ahora puedas conciliar el sueño.
          Y así, me permitieron entrar en el castillo de Torre del Alce. Me alejé de ellos, sintiéndome estúpido e insatisfecho. Decidí que tenía que hablar con Kettricken y convencerla de que los picazos seguían representando una amenaza muy real para Dedicado. Sin embargo, dudaba que a mi reina le sobrara siquiera un momento para hablar conmigo durante los próximos días. Esta noche se celebraría la ceremonia de los desposorios. En su cabeza solo habría espacio para las negociaciones con las Islas del Margen.
          Las cocinas se encontraban en plena actividad. Las criadas y los pajes estaban preparando varias filas de teteras y vasijas de avena cocida. La mezcla de olores me despertó el apetito. Me paré a cargar una bandeja de desayuno para subírsela a lord Dorado. Llené una fuente de jamón ahumado, panecillos recién hechos, un tarro de mantequilla y confituras de fresa. Vi una cesta de peras recogidas en el huerto de la torre y elegí las más duras. Cuando salí de las cocinas, una de las cuidadoras del jardín, que llevaba una cesta de flores colgada del brazo, me saludó.
          —¿Eres el sirviente de lord Dorado? —me preguntó y, al verme asentir, me hizo detenerme para añadir un ramo de flores recién cortadas y un ramillete de dulces brotes blancos a mi bandeja—. Para su señoría —me dijo sin necesidad antes de apresurarse a seguir con sus tareas.
          Subí las escaleras que llevaban a los aposentos de lord Dorado, llamé a la puerta y entré. La puerta de su dormitorio estaba cerrada, pero antes de que terminase de colocar el desayuno, salió perfectamente vestido. Se había peinado hacia atrás su pelo reluciente, fijándolo en la nuca con una cinta de seda azul. Colgada del brazo llevaba una chaqueta también azul. Vestía una camisa de seda blanca, la pechera inflada de encaje, y unos leotardos de un azul un poco más oscuro que el de la chaqueta. Con el color dorado de su cabello y sus ojos ambarinos, producía el mismo efecto que un cielo de verano. Me recibió con una sonrisa cálida.
          —Me alegra que entiendas que tus deberes exigen que te levantes temprano, Tom Mechatejón. Ojalá tu gusto para el vestir despertara también de una vez.
          Me incliné ante él con semblante serio y saqué su silla. Hablé en voz baja, en tono informal, dirigiéndome a él como amigo en lugar de ceñirme a mi papel de sirviente.
          —En realidad no me he acostado. Percán no volvió a casa hasta que ya casi era de día. Y por el camino de vuelta me encontré con un grupo de picazos que me retrasó aún más.
          La sonrisa se evaporó de su rostro. En lugar de ocupar la silla, me tomó con frialdad de la muñeca.
          —¿Estás herido? —me preguntó con gesto grave.
          —No —le aseguré según le indicaba que se sentara a la mesa. Me hizo caso a regañadientes. Me coloqué junto a la mesa y destapé los distintos platos—. No era esa su intención. Solo querían dejarme claro que sabían mi nombre, dónde vivo y que soy Mañoso. Y que mi lobo está muerto.
          Necesité hacer acopio de todas mis fuerzas para expresar en voz alta este último hecho. Me sentía como si solo pudiera convivir con esa realidad mientras no hablase de ella. Tosí y me apresuré a coger las flores cortadas.
          —Estas las pondré junto a tu cama —murmuré al tenderle el ramillete.
          —Gracias —respondió lord Dorado con una voz tan apagada como la mía.
          En su dormitorio había un jarrón. Obviamente incluso la cuidadora del jardín conocía los gustos de lord Dorado mejor que yo. Lo llené con agua del cántaro del aseo y coloqué las flores en una mesita contigua a la cama. Cuando salí, se había puesto la chaqueta azul, en cuya pechera había clavado el ramillete blanco.
          —Necesito hablar con Chade lo antes posible —le dije mientras le servía el té—. Pero no puedo presentarme y aporrear su puerta sin más.
          Lord Dorado levantó la taza y tomó un sorbo.
          —¿Los pasadizos secretos no conducen a sus aposentos?
          Lo miré.
          —Ya conoces a ese viejo zorro. Sus secretos solo le pertenecen a él, y no se arriesgará a que nadie lo espíe en un momento de descuido. Debe de tener acceso a los pasillos, pero no sé cómo. ¿Anoche se quedó levantado hasta muy tarde?
Lord Dorado hizo una mueca.
          —Seguía bailando cuando decidí retirarme a mi dormitorio. Para ser un anciano, no parece agotarse nunca cuando tiene ganas de divertirse. Pero le mandaré un criado con un mensaje. Lo invitaré a salir a montar esta tarde. ¿Te parece lo bastante pronto? —Lord Dorado había percibido el tono impaciente de mi voz, pero no me hizo más preguntas. Se lo agradecí.
          —Sí —afirmé—. No creo que tenga la cabeza muy despejada hasta entonces. —Sacudí la cabeza como si así pudiera poner en orden mis ideas—. De repente hay muchas cosas en las que pensar, de las que preocuparse. Si este grupo de picazos me conoce, también estarán al tanto de lo del príncipe.
          —¿Reconociste a alguno de ellos? ¿Eran de la banda de Laudovino?
          —Estaba muy oscuro. Y se mantuvieron a distancia. Oí las voces de una mujer y de un hombre, pero estoy seguro de que había por lo menos tres de ellos. Uno estaba vinculado con un perro, y otro con un mamífero pequeño y veloz, una rata, o una comadreja, o una ardilla, no lo sé. —Tomé aire—. Quiero que se ponga sobre aviso a los guardias de las puertas de Torre del Alce. Y el príncipe debería tener a alguien que lo acompañe a todas partes. «Un tutor de los más musculosos», como sugiriera en cierta ocasión el propio Chade. También necesito ponerme de acuerdo con él, para saber cómo comunicarnos si me hace falta su ayuda o su consejo de inmediato. Y todos los días hay que hacer una búsqueda de ratas por toda la torre, sobre todo en los aposentos del príncipe.
          Lord Dorado cogió aire para decir algo pero después prefirió no hacer preguntas.
          —Me temo que debo hablarte de otro asunto al que darle vueltas —señaló a continuación—. El príncipe Dedicado me pasó una nota anoche; quiere saber cuándo empezarás a instruirlo en la Habilidad.
          —¿Redactó él la nota?
          Cuando lord Dorado asintió a regañadientes, sentí un escalofrío. Sabía que el príncipe me extrañaba. Dado que estábamos vinculados por la Habilidad, yo debía tener en cuenta esas cosas. Había levantado los muros de la Habilidad para mantener mis pensamientos inaccesibles al joven, pero él no se manejaba tan bien. En varias ocasiones percibí sus torpes intentos de proyectarse hacia mí, pero siempre los ignoré, seguro de que no tardaría en presentarse una ocasión más propicia. Saltaba a la vista que mi príncipe no tenía tanta paciencia.
          —Oh, tiene que aprender a ser más precavido. Algunas cosas no deberían escribirse nunca en un papel, y las…
          De súbito se me atrancó la lengua. Debí de ponerme pálido porque lord Dorado se levantó aprisa y de nuevo se transformó en mi amigo el bufón para ofrecerme la silla.
          —¿Te encuentras bien, Traspié? ¿Vas a sufrir un ataque?
          Caí a plomo sobre el asiento. La cabeza empezó a darme vueltas cuando fui consciente de la magnitud de mi imprudencia. Apenas logré tomar aire para admitir mi estupidez.
          —Bufón. Todos los manuscritos, todos los textos. Salí tan aprisa para acudir a la llamada de Chade que los dejé en la cabaña. Le dije a Percán que cerrara bien la casa antes de que partiese hacia Torre del Alce, pero no creo que escondiera los documentos, debió de limitarse a cerrar la puerta del estudio. Si los picazos atan cabos y me relacionan con Percán…
          Dejé la idea inconclusa. No me hacía falta decirle nada más. Tenía los ojos abiertos como platos. El bufón había leído todo cuanto yo había registrado en papel de un modo tan inconsciente. No solo mi verdadera identidad constaba en ellos, sino también muchas cuestiones acerca de los Vatídico que más valdría que cayesen en el olvido. Asimismo, también había recogido en los condenados escritos muchos de mis puntos débiles. Molly, mi amor perdido. Ortiga, mi hija bastarda. ¿Cómo pude cometer la majadería de registrar todos aquellos hechos en papel? ¿Cómo pude dejar que el falso alivio de escribir sobre aquellos asuntos me llevara a dejarlos a la vista de cualquiera? Ningún secreto se encuentra a salvo a menos que permanezca guardado únicamente en la cabeza de quien desea protegerlo. Debí quemarlo todo, hacía mucho tiempo.
          —Por favor, bufón. Habla con Chade por mí. Tengo que volver a la cabaña. Hoy. Ahora.
          El bufón me puso la mano en el hombro con cautela.
          —Traspié. Si han desaparecido, ya es demasiado tarde. Si ahora Tom Mechatejón saliera de aquí al galope, no conseguirás más que despertar la curiosidad de todos y hacer que alguien te siga. Podrías conducir a los picazos derechos a los documentos. Estarán esperando a que salgas huyendo después de que te amenazaran. Estarán vigilando las puertas de Torre del Alce. Así que piénsalo con la cabeza fría. Quizá tus temores carezcan de fundamento alguno. No tienen ningún motivo para relacionar a Tom Mechatejón con Percán ni, menos aún, para saber de dónde viene el chico. No cometas ninguna imprudencia. Antes de hacer nada, habla con Chade y cuéntale lo que te preocupa. Y habla también con el príncipe Dedicado. Esta noche se celebran sus desposorios. El muchacho sabe mantener la compostura, aunque no deja de ser una fachada muy quebradiza. Ve a verlo, haz que recupere la confianza. —Hizo una pausa antes de sugerir—: Tal vez se podría enviar a alguien a…
          —No. —Lo interrumpí con firmeza—. Debo ir en persona. Conservaré algunos de los manuscritos, pero del resto me desharé. —Por un momento me acordé del alce embestidor que el bufón grabó en el tablero de la mesa. El emblema de Traspié Hidalgo Vatídico adornaba el mueble de Tom Mechatejón. Hasta en eso veía una posible amenaza ahora. Quémalo, decidí. Quema toda la cabaña hasta que no queden más que cenizas. No dejes ningún indicio de que has vivido allí. Hasta las hierbas del jardín contaban demasiado sobre mí. Jamás debí dejar en pie aquella choza para que cualquiera pudiera meter las narices; jamás debí permitirme poner mis huellas tan a la vista sobre nada.
          El bufón me dio una palmada en el hombro.
          —Come algo —me recomendó—. Después lávate la cara y cámbiate de ropa. No tomes decisiones precipitadas. Si continuamos como hasta ahora, sobreviviremos a esto, Traspié.
          —Mechatejón —le recordé antes de levantarme. Decidí que teníamos que ceñirnos al máximo a nuestros respectivos papeles—. Os ruego me perdonéis, mi señor. Por un momento he creído desfallecer, pero ya me encuentro mejor. Os pido disculpas por interrumpir vuestro desayuno.
          Por un instante, la compasión que el bufón sentía por mí destelló desnuda en sus ojos. Después, sin mediar palabra, se sentó de nuevo a la mesa. Volví a llenarle la taza de té y desayunó en silencio con aire meditabundo. Empecé a dar vueltas por la estancia, pensando cómo matar el tiempo, pero debido a su don innato para tenerlo todo siempre en orden, no me quedaban muchas maneras de actuar como su sirviente. Supuse entonces que su capacidad de organización era un modo de defender su privacidad. Había aprendido a no dejar ningún rastro tras de sí, salvo cuando quería que alguien lo encontrase. Se trataba de una costumbre que me convendría adoptar.
          —¿Mi señor me concedería su permiso un momento? —solicité.
          Posó la taza y lo pensó unos segundos.
          —Por supuesto —respondió al cabo—. Tengo planeado salir en breve, Mechatejón. Encárgate de retirar los platos del desayuno, renueva el agua de las vasijas, adecenta la chimenea y trae madera para la lumbre. Después, te sugiero que sigas perfeccionando tu manejo de la espada con los guardias. Espero que me acompañes esta tarde cuando salga a montar. Y, por favor, no olvides ponerte la ropa adecuada.
          —Sí, mi señor —le agradecí con voz contenida.
          Lo dejé desayunando y me retiré a mi penumbroso cuarto. No le di demasiadas vueltas. Decidí que no dejaría nada aquí, a excepción de los objetos que Tom Mechatejón pudiera necesitar. Me lavé la cara y me alisé el pelo encrespado. Me puse el atuendo azul de sirviente. Recogí toda la ropa vieja y la talega, el rollo de ganzúas e instrumentos que me entregó Chade y algunas otras pertenencias que me traje de la cabaña. Mientras lo ordenaba todo tan rápido como podía, encontré una cartera arrugada por el agua salada, en la cual observé un bulto. Las cintas de cuero se habían quedado rígidas y pegadas. Tuve que cortarlas para abrirla. Al sacudirla para extraer el contenido, el bulto resultó ser la extraña figurilla que el príncipe recogiera en la playa durante nuestra aciaga aventura Habilidosa. La guardé de nuevo en la machacada cartera para devolvérsela más tarde y la puse encima del fardo. Cerré la puerta exterior de mi dormitorio, activé el pulsador oculto de la pared y atravesé la negrura abisal del cuarto para apretar una zona distinta de la pared. Esta cedió silenciosamente a la presión. Los tímidos dedos de luz diurna que entraban por arriba señalaban la posición de las rendijas que recogían la luz necesaria para alumbrar los pasillos secretos de la torre. Cerré la puerta con firmeza e inicié el pronunciado ascenso hacia la torre de Chade.


© 2003 Robin Hobb
© 2016 Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
© 2016 Manuel de los Reyes García Campos y Raúl García Campos, por la traducción
© 2014, Nicolette Caven, por el mapa

A la venta el 17 de noviembre de 2016.

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One Response to “El bufón dorado de Robin Hobb: Prólogo y Capítulo 1”

  1. […] las aventuras de Traspié Hidalgo. Si aún no habéis podido haceros con él, en Fantífica tienen un pequeño adelanto del prólogo y el primer capítulo de esta […]