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El camino de los reyes de Brandon Sanderson: Prólogos y primer capítulo

El camino de los reyes - Avance - Destacada

Ya podéis empezar a leer la versión revisada del primer libro de «El archivo de las tormentas».

El próximo 1 de julio sale a la venta la edición revisada de El camino de los reyes, la primera parte de la saga «El archivo de las tormentas» de Brandon Sanderson. El sello Nova de Ediciones B nos ha dejado en exclusiva el preludio, el prólogo y el primer capítulo de la novela para que podáis empezar a disfrutarla unos días antes de su publicación. Si estáis al día con la saga de Sanderson en español, también tenéis aquí mismo el principio de la segunda novela, Palabras radiantes.

«El archivo de las tormentas», o «The Stormlight Archive», es una saga de fantasía que se compondrá de diez libros, organizados en dos pentalogías. Tiene lugar en un mundo perteneciente al Cosmere, el universo donde el autor estadounidense ambienta muchas de sus series de fantasía, y en ella se combinan un sistema de magia único, una estructura social de castas y un gran conflicto para componer un relato épico. Os dejamos con el principio de la saga, cortesía de Ediciones B.

El camino de los reyes - Portada

PRELUDIO A
EL ARCHIVO DE LAS TORMENTAS

 
Kalak rodeó un promontorio rocoso y se detuvo agotado ante el cuerpo de un tronador moribundo. La enorme bestia de piedra yacía de costado; las protuberancias de su pecho, parecidas a costillas, estaban rotas y agrietadas. La monstruosidad era de forma vagamente esquelética y sus miembros anormalmente largos brotaban de unos hombros de granito. Los ojos eran manchas de un rojo oscuro en la cara afilada, como creados por un fuego que ardiera en las profundidades de la piedra. Perdían su brillo por momentos.
          Incluso después de tantos siglos, ver de cerca un tronador hizo que Kalak se estremeciera. La mano de la bestia tenía casi su misma altura. Manos como esa lo habían matado antes, y no había sido agradable.
          Naturalmente, morir rara vez lo era.
          Rodeó a la criatura, escogiendo con cuidado su camino por el campo de batalla. La llanura estaba cubierta de piedras y rocas deformes, columnas naturales que se alzaban a su alrededor, cadáveres que regaban el terreno. Pocas plantas crecían allí.
          Los riscos y montículos rocosos presentaban numerosas cicatrices. Algunos eran secciones arrasadas donde habían combatido los potenciadores. Con menos frecuencia, pasó ante huecos resquebrajados de extraña forma donde los tronadores se habían soltado de la
roca para unirse a la batalla.
          Muchos de los cuerpos que yacían alrededor de él eran humanos; otros muchos, no. Sangres diversas. Roja, anaranjada, violeta. Aunque ninguno de los cadáveres se movía, una confusa neblina de sonidos flotaba en el aire. Gemidos de dolor, alaridos de pena. No parecían los sonidos de una victoria. El humo surgía de los pocos arbustos o de los montones de cadáveres ardientes. Incluso algunas secciones de roca humeaban. Los Portadores del Polvo habían hecho bien su trabajo.
          «Pero yo he sobrevivido, he logrado sobrevivir esta vez», pensó Kalak, con la mano en el pecho mientras se apresuraba hacia el lugar de encuentro.
          Eso era peligroso. Cuando moría, era enviado de vuelta, sin remisión. Cuando sobreviviera a la Desolación, se suponía que debía volver también. De vuelta al lugar que temía. De vuelta a aquel daño de dolor y fuego. ¿Y si decidía… no ir?
          Pensamientos comprometidos, quizá pensamientos traicioneros. Avivó el paso.
          El lugar de encuentro estaba a la sombra de una gran formación rocosa, una torre que se alzaba hacia el cielo. Como siempre, ellos diez lo habían decidido antes de la batalla. Los supervivientes llegarían hasta aquí. Extrañamente, solo uno de los demás lo estaba esperando. Jezrien. ¿Habían muerto los otros ocho? Era posible. La batalla había sido demasiado cruenta esta vez, una de las peores. El enemigo se volvía cada vez más tenaz.
          Pero no. Kalak frunció el ceño mientras se acercaba a la base de la torre. Allí había siete magníficas espadas, clavadas en el suelo de piedra. Cada una de ellas era una obra de arte, elegante en su diseño, grabada con glifos y patrones. Las reconoció todas. Si sus amos hubieran muerto, las espadas se habrían desvanecido.
          Estas espadas eran armas de poder superior incluso a las hojas esquirladas. Eran únicas. Preciosas. Jezrien permanecía apartado del círculo de espadas, mirando hacia el este.
          —¿Jezrien?
          La figura de blanco y azul se volvió a mirarlo. Incluso después de tantos siglos, Jezrien parecía joven, como si apenas estuviera en la treintena. Su barba negra estaba bien recortada, aunque su ropa, antaño elegante, estaba chamuscada y manchada de sangre. Cruzó las manos a su espalda mientras se volvía hacia Kalak.
          —¿Qué ocurre, Jezrien? —preguntó Kalak—. ¿Dónde están los demás?
          —Han partido —la voz de Jezrien era tranquila, grave, regia. Aunque hacía siglos que no llevaba corona, conservaba sus modales reales. Siempre parecía saber qué hacer—. Podríamos decir que fue un milagro. Solo uno de nosotros murió esta vez.
          —Talanel —dijo Kalak. La suya era la única espada que faltaba.
          —Sí. Murió defendiendo ese pasaje junto al río norte.
          Kalak asintió. Talanel tenía tendencia a elegir luchas desesperadas y ganarlas. También tenía tendencia a morir en el proceso. Ya estaría de vuelta en el lugar adonde iban entre Desolaciones. El lugar de las pesadillas.
          Kalak descubrió que estaba temblando. ¿Cuándo se había vuelto tan débil?
          —Jezrien, no puedo regresar esta vez —Kalak susurró las palabras, se acercó y agarró al otro hombre por el brazo—. No puedo.
          Kalak sintió que algo en su interior se quebraba con aquella admisión. ¿Cuánto tiempo había sido? Siglos, tal vez milenios de tortura. Era tan difícil seguir la cuenta… Aquellos fuegos, aquellos garfios clavándose en su carne cada nuevo día. Arrancándole la piel del brazo, quemando luego la grasa, buscando después el hueso. Podía olerlo. ¡Todopoderoso, podía olerlo!
          —Deja tu espada —dijo Jezrien.
          —¿Qué?
          Jezrien indicó con un gesto el círculo de armas.
          —Me eligieron para que te esperase. No estábamos seguros de que hubieras sobrevivido. Se ha… se ha tomado una decisión. Es hora de que el Juramento llegue a su fin.
          Kalak sintió una aguda punzada de terror.
          —¿De qué servirá eso?
          —Ishar cree que basta con que uno de nosotros siga unido al Juramento. Existe la posibilidad de que pongamos fin al ciclo de Desolaciones.
          Kalak miró al rey inmortal a los ojos. De un pequeño montículo a su izquierda brotaba una negra columna de humo. Los gemidos de los moribundos los acosaban desde atrás. En los ojos de Jezrien, Kalak vio angustia y pesar. Acaso incluso cobardía. Era un hombre que pendía de un hilo sobre un acantilado.
          «Todopoderoso —pensó Kalak—. Tú también has llegado al límite, ¿verdad?» Les había sucedido a todos.
          Kalak dio media vuelta y se dirigió a un pequeño risco que se alzaba sobre una parte del campo de batalla.
          Había muchísimos cadáveres, y entre ellos caminaban los vivos. Hombres con atuendos primitivos, con lanzas rematadas por puntas de bronce. Entre ellos, había otros con brillantes armaduras plateadas. Un grupo pasó de largo, cuatro hombres con pieles curtidas o cuero gastado que se unieron a una poderosa figura con una hermosa armadura plateada, sorprendentemente intrincada. Qué contraste.
          Jezrien se detuvo junto a él.
          —Nos ven como divinidades —susurró Kalak—. Confían en nosotros, Jezrien. Somos todo lo que tienen.
          —Tienen a los Radiantes. Eso será suficiente.
          Kalak negó con la cabeza.
          —Esto no detendrá al enemigo. Encontrará un modo de superarlo. Sabes que lo hará.
          —Tal vez —el rey de los Heraldos no ofreció ninguna otra explicación.
          —¿Y Taln? —preguntó Kalak. «La sangre ardiendo. Los fuegos. El dolor una y otra vez…»
          —Mejor que sufra un hombre y no diez —susurró Jezrien. Parecía tan frío. Como una sombra causada por el calor y la luz que cayeran sobre alguien honorable y sincero, y proyectara detrás esta negra imitación.
          Jezrien regresó al círculo de espadas. Su propia hoja se formó en sus manos, apareciendo de entre la bruma, húmeda de condensación.
          —Ha sido decidido, Kalak. Seguiremos nuestros caminos, y no nos buscaremos unos a otros. Nuestras hojas deben quedarse. El Juramento termina ahora.
          Alzó su espada y la clavó en la piedra junto con las otras siete.
          Jezrien vaciló, mirando la espada, y luego inclinó la cabeza y dio media vuelta. Como avergonzado.
          —Escogimos voluntariamente esta carga. Bueno, podemos decidir dejarla si queremos.
          —¿Qué le diremos a la gente, Jezrien? —preguntó Kalak—. ¿Qué dirán de este día?
          —Es sencillo —respondió Jezrien, alejándose—. Les diremos que finalmente han ganado. Es una mentira fácil. ¿Quién sabe? Quizás acabe convirtiéndose en verdad.
          Kalak vio que Jezrien se marchaba a través del paisaje calcinado. Finalmente, convocó a su propia hoja y la clavó en la piedra junto con las otras ocho. Dio media vuelta y echó a andar en la dirección opuesta a Jezrien.
          Y sin embargo, no pudo dejar de volverse a mirar de nuevo el círculo de espadas y el único hueco que quedaba. El lugar donde tendría que haber estado la décima espada.
          Aquel de ellos que se había perdido. Aquel al que habían abandonado.
          «Perdónanos», pensó Kalak, y luego se marchó.

El camino de los reyes - Prólogo

4.500 AÑOS MÁS TARDE

 

«El amor de los hombres es frío, un arroyo de
las montañas cercano al hielo. Somos suyos. Oh,
Padre Tormenta… somos suyos. Solo faltan mil
días y la Eterna Tormenta viene.»

Recogido el primer día de la semana Palah del
mes Shash del año 1171, treinta y un segundos antes
de la muerte. El sujeto era una mujer de ojos oscuros,
embarazada, de mediana edad. Su hijo no sobrevivió.

 
Szeth-hijo-hijo-Vallano, Sinverdad de Shinovar, vestía de blanco el día que iba a matar a un rey. Las ropas blancas eran una tradición parshendi, extraña para él. Pero hacía lo que sus amos exigían y no pedía explicaciones.
          Estaba sentado en un gran salón de piedra, caldeado por numerosas hogueras que proyectaban una luz brillante sobre los juerguistas, haciendo que en su piel se formaran perlas de sudor mientras bailaban y bebían y chillaban y cantaban y aplaudían. Algunos caían al suelo con la cara enrojecida; la fiesta era demasiado desenfrenada para ellos, los estómagos demostraban no estar a la altura de los odres de vino trasegados. Parecía como si estuvieran muertos, al menos hasta que sus amigos los sacaron del salón donde se celebraba la fiesta y los llevaron a las camas que los esperaban.
          Szeth no seguía el ritmo de los tambores, ni bebía el vino de color zafiro, ni se levantaba a bailar. Estaba sentado en un taburete al fondo, un criado silencioso vestido de blanco. Pocos en la celebración por la firma del tratado reparaban en él. Era solo un sirviente, y los shin eran fáciles de ignorar. La mayoría de la gente del este creía que la raza de Szeth era dócil e inofensiva. Generalmente tenía razón.
          Los tambores iniciaron un nuevo ritmo. El compás sacudió a Szeth como un cuarteto de corazones latientes, bombeando por toda la sala oleadas de sangre invisible. Los amos de Szeth, despreciados como salvajes en los reinos más civilizados, estaban sentados ante sus propias mesas. Eran hombres de piel negra moteada de rojo. Parshendi, se llamaban, primos de los pueblos de servidores más dóciles conocidos como parshmenios en la mayor parte del mundo. Una rareza. Ellos no se llamaban a sí mismos así: parshendi era el nombre que les daban los alezi. Significaba, más o menos, «parshmenios que saben pensar». Nadie parecía considerarlo un insulto.
          Los parshendi habían traído a los músicos. Al principio, los alezi de ojos claros se mostraron reticentes. Para ellos, los tambores eran instrumentos de la gente corriente de los ojos oscuros. Pero el vino fue el gran asesino tanto de la tradición como de la propiedad, y ahora la élite de los alezi bailaba con abandono.
          Szeth se levantó y empezó a abrirse paso por la sala. La fiesta había durado mucho: incluso el rey se había retirado hacía horas. Pero muchos seguían celebrando. Mientras caminaba, Szeth se vio obligado a evitar a Dalinar Kholin, el hermano del mismísimo rey, que se había desplomado borracho en una mesita. El hombre, mayor pero fornido, había rechazado a aquellos que trataron de convencerlo para que se fuera a la cama. ¿Dónde estaba Jasnah, la hija del rey? Elhokar, el hijo varón y heredero, estaba sentado ante la alta mesa, dirigiendo la fiesta en ausencia de su padre. Conversaba con dos hombres, un azish de piel oscura que tenía una extraña marca de piel clara en la mejilla, y un alezi más joven que no dejaba de mirar por encima del hombro.
          Los compañeros de farra del heredero no tenían importancia. Szeth se mantuvo alejado de él, quedándose en los lados de la sala, y pasó junto a los músicos que tocaban los tambores. Los musispren flotaban en el aire a su alrededor, los diminutos espíritus tomaban la forma de lazos transparentes que giraban. Los músicos repararon en Szeth cuando pasó por su lado. Se retirarían pronto, al igual que los demás parshendi.
          No parecían ofendidos. No parecían furiosos. Y sin embargo, en apenas unas horas iban a romper el tratado. No tenía ningún sentido. Pero Szeth no hacía preguntas.
          En el fondo de la sala, pasó ante hileras de luces azules que brotaban donde la pared se encontraba con el suelo. Contenían zafiros imbuidos de luz tormentosa. Profanos. ¿Cómo podían los hombres de esas tierras usar algo tan sagrado solo para iluminarse? Peor, se decía que los sabios alezi estaban a punto de crear nuevas hojas esquirladas. Szeth esperaba que solo fueran exageraciones. Porque si llegaba a ocurrir eso, el mundo cambiaría. Probablemente de un modo que acabaría con la gente de todos aquellos países, de la lejana Thaylenah a la alta Jah Keved, donde se hablaba alezi.
          Eran un gran pueblo, estos alezi. Incluso borrachos, tenían una nobleza natural. Altos y bien proporcionados, los hombres vestidos con atuendos de seda oscura que se abotonaban a los lados del pecho y tenían elaborados bordados de plata o de oro. Cada uno parecía un general en el campo de batalla.
          Las mujeres eran aún más espléndidas. Llevaban elegantes vestidos de seda muy ajustados, cuyos brillantes colores contrastaban con los tonos oscuros que preferían los hombres. La manga izquierda de cada vestido era más larga que la derecha y cubría la mano. Los alezi tenía un extraño sentido del decoro. Llevaban la negra cabellera recogida en lo alto de la cabeza, a veces en intrincados rodetes. A menudo los remataban con lazos o adornos dorados, junto con joyas que brillaban con la luz tormentosa. Precioso. Profano, pero precioso.
          Szeth dejó atrás el salón. Nada más salir, pasó ante la puerta tras la que se celebraba la Fiesta de los Mendigos. Era una tradición alezi, una sala donde se ofrecía a algunos de los hombres y mujeres más pobres de la ciudad un festín que aunaba al del rey y sus invitados. Había un hombre de larga barba canosa desplomado junto a la puerta, sonriendo como un necio, aunque Szeth no supo si era por el vino o porque era débil mental.
          —¿Me has visto? —preguntó el hombre con habla pastosa.
          Se echó a reír, y entonces empezó a hablar en un extraño galimatías, mientras echaba mano a un frasco de vino. Así que era la bebida, después de todo. Szeth pasó de largo, dejando atrás una fila de estatuas que mostraba a los Diez Heraldos de la antigua teología vorin. Jezerezeh, Ishi, Kelek, Talenelat… Fue contándolos uno a uno y advirtió que solo había nueve. Resultaba muy sospechoso. ¿Por qué habían quitado la estatua de Shalash? Se decía que el rey Gavilar era muy devoto del culto vorin. Demasiado devoto, para algunos.
          El pasillo giraba a la derecha, siguiendo el perímetro del palacio. Se hallaban en la planta del rey, en la segunda planta del edificio abovedado, rodeados de paredes de roca, techos y suelos. Eso era profano. No se podía hollar la piedra. ¿Pero qué podía hacer él? Era un Sinverdad. Hacía lo que sus amos exigían.
          Hoy, eso incluía vestir de blanco. Pantalones blancos anchos atados a la cintura con una cuerda, y sobre ellos una fina camisa de mangas largas, abierta por delante. Las ropas blancas para los asesinos eran una tradición entre los parshendi. Aunque Szeth no lo había preguntado, sus amos le habían explicado el porqué.
          Blanco para ser osado. Blanco para no mezclarse con la noche. Blanco para advertir.
          Pues si ibas a asesinar a un hombre, tenía derecho a verte venir.
          Szeth giró a la derecha, siguiendo el pasillo directamente hacia los aposentos del rey. Las antorchas ardían en las paredes, su luz insatisfactoria para él, un ligero guiso tras un largo ayuno. Diminutos llamaspren bailaban a su alrededor, semejantes a insectos hechos de luz solidifiada. Las antorchas eran inútiles para él. Echó mano a su bolsa y las esferas que contenía, pero vaciló al ver más luces azules por delante: un par de lámparas de luz tormentosa flotaban en la pared, con brillantes zafiros resplandeciendo en sus corazones. Szeth se acercó a una y tendió la mano para envolver la gema recubierta por el cristal.
          —¡Eh, tú! —exclamó una voz en alezi. Había dos guardias en la intersección. Guardias dobles, pues había salvajes en Kholinar esta noche. Cierto, se suponía que esos salvajes eran ahora aliados. Pero las alianzas podían ser endebles.
          Esta no duraría una hora.
          Szeth vio acercarse a los dos guardias. Llevaban lanzas: no eran ojos claros, y por tanto tenían prohibida la espada. Sin embargo, sus petos pintados de rojo eran ornamentados, igual que sus yelmos. Puede que fueran ojos oscuros, pero se trataba de ciudadanos de alto rango con puestos honorables en la guardia real.
          Tras detenerse a unos pocos pasos de distancia, el primer guardia hizo un gesto con la lanza.
          —Márchate. Este no es sitio para ti. —Tenía la piel bronceada y llevaba una perilla recortada.
          Szeth no se movió.
          —¿Bien? —dijo el guardia—. ¿A qué estás esperando?
          Szeth inspiró profundamente, atrayendo la luz tormentosa, que fluyó hacia su interior, absorbida por las lámparas de zafiro gemelas de las paredes, como si su aliento las hubiera convocado. La luz tormentosa rugió en su interior, y el pasillo de pronto se volvió más oscuro, sumiéndose en las sombras como la cima de una colina que pierde la luz del sol por el paso de una nube.
          Szeth pudo sentir el calor de la luz, su furia, como una tempestad que hubieran inyectado directamente en sus venas. Su poder era vigorizante pero peligroso. Lo impulsaba a actuar. A moverse. A golpear.
          Conteniendo la respiración, se aferró a la luz tormentosa. Podía sentirla brotando de él. Solo era posible contenerla unos pocos instantes como máximo. Se filtraba, pues el cuerpo humano constituía un contenedor demasiado poroso. Szeth había oído que los Portadores del Vacío podían contenerla perfectamente. Pero claro, ¿existían todavía? Su castigo declaraba que no. Su honor exigía que existieran.
          Ardiendo de energía sagrada, Szeth se volvió hacia los guardias. Estos pudieron ver que filtraba luz tormentosa, y que arabescos de luz brotaban de su piel como humo luminiscente. El primer guardia entornó los ojos, frunciendo el ceño. Szeth estaba seguro de que el hombre nunca había visto antes nada así. Por lo que recordaba, Szeth había matado a todos los caminopiedras que habían llegado a ver lo que podía hacer.
          —¿Qué… qué eres? —la voz del guardia había perdido su seguridad—. ¿Espíritu u hombre?
          —¿Qué soy? —susurró Szeth, y un poco de luz manó de sus labios mientras miraba más allá del hombre al fondo del largo pasillo—. Yo… lo siento.
          Szeth parpadeó, lanzándose a aquel lejano punto del pasillo. La luz tormentosa surgió de su ser con un destello, helando su piel, y el suelo dejó inmediatamente de tirar de él hacia abajo. En cambio, fue empujado hacia aquel lejano punto: como si, para él, esa dirección se hubiera convertido de repente en su abajo.
          Era un lanzamiento básico, el primero de sus tres tipos de lanzamientos. Le proporcionaba la habilidad de manipular cualquier fuerza, spren o dios que sujetara a los hombres al suelo. Con la sacudida de este lanzamiento, podía sujetar a las personas o los objetos a distintas superficies o enviarlas en distintas direcciones.
          Desde la perspectiva de Szeth, el pasillo era ahora un pozo profundo por el que caía, y los dos guardias estaban de pie en uno de los lados. Se sorprendieron cuando los pies de Szeth los golpearon en la cara, derribándolos. Szeth cambió su punto de vista y se arrojó al suelo. La luz brotó de él. El suelo del pasillo se convirtió de nuevo en su abajo, y aterrizó entre los dos guardias, con las ropas crujiendo y dejando caer copos de escarcha. Se levantó, y comenzó el proceso de invocar a su hoja esquirlada.
          Uno de los guardias trató de echar mano a su lanza. Szeth tocó al soldado en el hombro y alzó la cabeza. Se concentró en un punto sobre él mientras dejaba la luz salir de su cuerpo y entrar en el guardia, lanzando al pobre hombre hacia el techo.
          El guardia soltó un grito de sorpresa cuando el arriba se convirtió en el abajo para él. Sacudiéndose con la luz, chocó contra el techo y soltó la lanza, que no había sido sacudida directamente y que cayó al suelo cerca de Szeth.
          Matar. Era el mayor de los pecados. Y sin embargo, allí estaba Szeth, Sinverdad, caminando profanamente sobre piedras usadas para construir. Y no terminaría. Como Sinverdad, solo había una vida que tenía prohibido tomar.
          Y era la suya propia.
          Al décimo latido de su corazón, su hoja esquirlada cayó en su mano, que permanecía a la espera. Se formó como si se condensara a partir de la bruma, el agua perlada a lo largo de la hoja. Era una espada larga y fina, de doble filo, más pequeña que la mayoría de las espadas. Szeth la blandió, trazó una línea en el suelo de piedra y atravesó el cuello del segundo guardia.
          Como siempre, la hoja esquirlada mataba de manera extraña: aunque cortaba con facilidad la piedra, el acero o todo lo que fuera inanimado, se difuminaba nada más tocar piel viva. Viajó a través del cuello del guardia sin dejar una marca, pero una vez terminado su trayecto, los ojos del hombre humearon y ardieron. Se volvieron negros, marchitándose en su cabeza, y el hombre se desplomó, muerto. Una hoja esquirlada no cortaba la carne viva: cortaba el alma.
          Arriba, el primer guardia jadeó. Había conseguido ponerse en pie, aunque estos estuvieran plantados en el techo del pasillo.
          —¡Un portador de esquirlada! —gritó—. ¡Un portador de esquirlada ataca el salón del rey! ¡A las armas!
          «Por fin», pensó Szeth. Los guardias desconocían su uso de la luz tormentosa, pero conocían una hoja esquirlada en cuanto veían una.
          Szeth se arrodilló y recogió la lanza que había caído de arriba. Al hacerlo, liberó el aliento que había estado conteniendo desde que atrajo la luz tormentosa. Lo retenía mientras la empuñaba, pero aquellas dos linternas no contenían mucha cantidad, de modo que pronto necesitaría respirar. En cuanto dejó de contener el aliento, la luz empezó a vaciarse cada vez más rápido.
          Szeth apoyó la culata de la lanza en el suelo de piedra, y luego miró hacia arriba. El guardia dejó de gritar, abriendo mucho los ojos cuando los faldones de su camisa empezaron a resbalar hacia abajo, y la tierra empezaba a recuperar su dominio. La luz que brotaba de su cuerpo menguó.
          Miró a Szeth. Observó la punta de la lanza que señalaba directamente a su corazón. Miedospren violetas brotaron del techo de piedra en torno a él.
          La luz se apagó. El guardia cayó.
          Gritó cuando alcanzó la lanza que le atravesó el pecho. Szeth dejó caer el arma, que golpeó el suelo con un golpe sordo a causa del cuerpo que se retorcía en su extremo. Con la hoja esquirlada en la mano, se volvió hacia un pasillo lateral, siguiendo el plano que había memorizado. Dobló una esquina y se pegó a la pared justo cuando un pelotón de guardias llegaba al lugar donde yacían los soldados muertos. Los recién llegados empezaron a gritar de inmediato, en señal de alarma.
          Las instrucciones de Szeth eran claras. Debía matar al rey, pero tenían que verlo haciéndolo. Que los alezi supiesen lo que era capaz de hacer. ¿Por qué? ¿Por qué habían accedido los parshendi a este tratado, si habían enviado a un asesino la misma noche de su firma?
          Más gemas brillaban en las paredes del pasillo. Al rey Gavilar le gustaba la ostentación, y no podía decirse que dejaba fuentes de poder para que Szeth las usara en sus lanzamientos. Las cosas que Szeth hacía no se veían desde hacía milenios. Las historias de aquellos tiempos casi se habían extinguido, y las leyendas eran horriblemente inadecuadas.
          Szeth se asomó al pasillo. Uno de los guardias de la intersección lo vio y, señalándolo, soltó un grito. Szeth se aseguró de que lo vieran bien, luego se escabulló. Inspiró profundamente mientras corría, atrayendo luz tormentosa de las linternas. Su cuerpo se llenó de vida con ella, y su velocidad aumentó, los músculos rebosantes de energía. Dentro de él, la luz se convirtió en una tormenta; la sangre le tronó en
los oídos. Era algo terrible y maravilloso al mismo tiempo.
          Dos pasillos por delante, uno a cada lado. Abrió la puerta de una habitación de almacenaje, entonces vaciló un momento (lo suficiente para que un guardia doblara una esquina y lo viera) antes de meterse en la estancia. Preparándose para un lanzamiento completo, levantó el brazo y ordenó a la luz tormentosa que se acumulara allí, haciendo que la piel resplandeciera. Entonces hizo un gesto con la mano hacia el marco de la puerta, esparciendo luminiscencia blanca como si fuera pintura. Cerró la puerta de golpe justo cuando llegaban los guardias.
          La luz tormentosa sostuvo la puerta en el marco con la fuerza de cien brazos. Un lanzamiento completo unía las cosas, sujetándolas hasta que la luz se agotaba. Tardaba más tiempo en crearse que un lanzamiento básico, y apuraba la luz tormentosa con más rapidez. El picaporte de la puerta se estremeció, y la madera empezó a quebrarse cuando los guardias arrojaron su peso contra ella. Un hombre pidió un hacha a gritos.
          Szeth cruzó la habitación con rápidas zancadas, entre los muebles cubiertos por sábanas que había almacenados dentro. Eran de paño rojo y maderas oscuras y exquisitas. Llegó a la pared del fondo y, preparándose para otra blasfemia más, alzó su hoja esquirlada y descargó un golpe en horizontal contra la piedra gris oscuro. La roca se abrió con facilidad: una hoja esquirlada podía cortar cualquier objeto inanimado. Continuó con dos tajos en vertical, luego otro horizontal al pie, hasta obtener un gran bloque de forma cúbica. Presionó con la mano, introduciendo la luz tormentosa en la piedra.
          Tras él, la puerta de la habitación empezó a quebrarse. Miró por encima del hombro y se concentró en la temblorosa puerta, lanzando el bloque en esa dirección. La escarcha se cristalizó en sus ropas: arrojar algo tan grande requería también gran cantidad de luz tormentosa. La tempestad en su interior se apaciguó, como una tempestad que queda reducida a una llovizna.
          Se hizo a un lado. El gran bloque de piedra tronó, deslizándose hacia la habitación. Normalmente, mover el bloque habría sido imposible. Su propio peso lo habría arrastrado hacia las piedras de abajo. Pero ahora ese mismo peso lo liberó, pues para el bloque la dirección de la puerta de la habitación era su abajo. Con un sonido profundo y rechinante, el bloque se soltó de la pared y recorrió el aire dando tumbos, aplastando los muebles.
          Los soldados finalmente irrumpieron a través de la puerta, y entraron en la habitación en el instante en que el enorme bloque chocaba contra ellos.
          Szeth volvió la espalda al terrible sonido de los gritos, la madera al quebrarse y los huesos al romperse. Se agachó y pasó por su nuevo agujero, accediendo al pasillo exterior.
          Caminó despacio, atrayendo la luz tormentosa de las lámparas por delante de las que pasaba, absorbiéndola y almacenando de nuevo la tempestad dentro de sí. A medida que las lámparas menguaban, el pasillo se oscureció. Al fondo había una gruesa puerta de madera, y cuando él se acercaba, pequeños miedospren, con forma de goterones de baba púrpura, empezaron a sacudirse en el artesonado, señalando hacia la puerta. Los atraía el terror que sentían al otro lado.
          Szeth abrió la puerta, y entró en el último pasillo que conducía a los aposentos del rey. Altos jarrones de cerámica roja adornaban el pasillo, intercalados con nerviosos soldados. Flanqueaban una alfombra larga, estrecha y roja, que semejaba un río de sangre.
          Los lanceros no esperaron a que se acercase. Echaron a correr, alzando sus cortas azagayas. Szeth dirigió la mano hacia un lado, introduciendo luz tormentosa en el marco de la puerta, usando el tercero y último tipo de lanzamiento, el inverso. Este actuaba de manera distinta a los otros dos. No hizo que el marco de la puerta emitiera luz tormentosa; de hecho, pareció atraer hacia ella la luz cercana, dándole una extraña penumbra.
          Los lanceros arrojaron sus armas, y Szeth permaneció quieto, con la mano en el marco. Un lanzamiento inverso requería su contacto constante pero relativamente poca luz tormentosa. Durante ese tipo de lanzamiento, todo lo que se acercara a él (en especial los objetos más ligeros) era, en cambio, dirigido y devuelto hacia el origen mismo de aquel.
          Las lanzas giraron en el aire, rodeándolo y clavándose en el marco de madera. Mientras las sentía golpear y hundirse, Szeth brincó y se lanzó hacia la pared de piedra de la derecha, contra la que dio con los pies.
          De inmediato reorientó su perspectiva. Para sus ojos, no estaba de pie en la pared: lo estaban los soldados, y la alfombra rojo sangre se extendía entre ellos como un largo tapiz. Szeth echó a correr por el pasillo, golpeando con su hoja esquirlada, abriéndose paso entre los cuellos de los hombres que le habían arrojado sus lanzas. Se desplomaron uno a uno, después de que les ardieran los ojos.
          Los otros guardias del pasillo fueron presa del pánico. Algunos intentaron atacarlo, otros gritaron pidiendo ayuda, los hubo que se apartaron de él. Los atacantes tenían problemas: se sentían desorientados por intentar golpear a alguien que estaba colgado de la pared. Szeth abatió a unos cuantos, luego dio una voltereta en el aire, rodó y se arrojó de nuevo al suelo.
          Aterrizó en mitad de los soldados. Completamente rodeado, pero empuñando su hoja esquirlada.
          Según la leyenda, las hojas esquirladas fueron usadas por primera vez por los Caballeros Radiantes muchos siglos atrás. Regalo de su dios, les permitían combatir contra horrores de roca y llama de docenas de metros de altura, enemigos cuyos ojos ardían de puro odio. Los Portadores del Vacío. Cuando tu enemigo tenía una piel tan dura como la roca, el acero resultaba inútil. Se requería algo de origen divino.
          Szeth se incorporó, con la mandíbula apretada y las ropas blancas ondeando a los lados del cuerpo. Atacó; el arma resplandecía, refljando la luz de las antorchas. Lanzó golpes elegantes, amplios. Tres, uno tras otro. No pudo ni cerrar los oídos a los gritos que siguieron ni evitar ver la caída de los hombres. Se desplomaron a su alrededor como juguetes derribados por la patada descuidada de un niño. Si la hoja tocaba la columna vertebral de un hombre, este moría con los ojos ardiendo. Si atravesaba el núcleo de un miembro, mataba a ese miembro. Un soldado se apartó tambaleándose, con un brazo inutilizado. Nunca podría sentirlo ni usarlo de nuevo.
          Szeth bajó su hoja esquirlada, alzándose entre los cadáveres de ojos cenicientos. Aquí, en Alezkar, los hombres hablaban a menudo de las leyendas, de la dura victoria de la humanidad contra los Portadores del Vacío. Pero cuando las armas creadas para combatir pesadillas se volvían contra soldados corrientes, las vidas de los hombres no tenían valor ninguno.
          Szeth dio media vuelta y continuó su camino sobre la suave y resbaladiza alfombra roja. La hoja esquirlada, como siempre, brillaba limpia y clara. Cuando se mataba con ella, no había sangre. Eso parecía una señal. La hoja esquirlada solo era una herramienta: no podía culpársela de las muertes.
          La puerta que había al fondo del pasillo se abrió de golpe. Szeth se detuvo cuando un pequeño grupo de soldados salió corriendo por ella, rodeando a un hombre de regias vestiduras que mantenía la cabeza gacha como para protegerse. Los soldados vestían de azul oscuro, el color de la Guardia Real, y ni por un instante se detuvieron a mirar los cadáveres. Estaban preparados para lo que podía hacer un portador de una hoja esquirlada. Abrieron una puerta lateral y mientras unos conducían por ella a su protegido, otros apuntaban a Szeth con sus lanzas sin dejar de retroceder.
          Otra figura salió de los aposentos del rey: llevaba una brillante armadura azul hecha de placas entrelazadas. Sin embargo, al contrario de las armaduras normales, esta no tenía cuero ni malla visible en las juntas: solo placas más pequeñas, unidas con intrincada precisión. La armadura era preciosa; el azul entretejido presentaba bandas doradas en los bordes de cada placa, y el yelmo estaba adornado con tres hileras de pequeñas alas en forma de cuerno.
          Era una armadura esquirlada, el complemento habitual de una espada del mismo tipo. El recién llegado empuñaba una enorme hoja esquirlada de dos metros de largo con un diseño en forma de llamas grabado en la hoja. Se trataba de un arma de metal plateado, tan brillante que parecía resplandecer, diseñada para matar a dioses oscuros, una versión más grande de la que Szeth portaba.
          Szeth vaciló. No reconoció la armadura; no le habían advertido que tendría que encargarse de esa tarea, y no había tenido tiempo de memorizar las diversas clases de cotas y espadas que portaban los alezi. Pero habría de encargarse de un portador de esquirlada antes de perseguir al rey: no podía desentenderse de un enemigo semejante.
          Además, existía la posibilidad de que un portador de esquirlada lo derrotase y pusiese fin a su miserable vida. Sus lanzamientos no funcionarían directamente con alguien ataviado con una armadura esquirlada, y esta haría aún más fuerte a su portador. El honor de Szeth no le permitía traicionar el objeto de su misión ni buscar la muerte. Pero si la muerte llegaba, se sentiría agradecido.
          El portador de esquirlada atacó, y Szeth se lanzó a un lado del pasillo, brincando y haciendo un quiebro para aterrizar en la pared. Retrocedió, con la espada preparada. El portador de esquirlada adoptó una postura agresiva, realizando uno de los movimientos de esgrima habituales en el este. Se movía con más agilidad de lo que cabría esperar de un hombre ataviado con una armadura tan pesada. La esquirlada era especial, tan antigua y mágica como las espadas tradicionales.
          El portador de esquirlada atacó. Szeth se hizo a un lado y se arrojó al techo mientras la hoja de su atacante se hundía en la pared. Sintiendo un escalofrío, Szeth saltó hacia delante y lanzó un golpe hacia abajo, tratando de alcanzar el yelmo del portador. Este se agachó, hincando una rodilla en el suelo, y la hoja de Szeth arañó el aire.
          Szeth retrocedió de un salto cuando el portador soltó un mandoble hacia arriba, hendiendo el techo. Szeth no poseía una armadura, ni le importaba. Sus lanzamientos interferían con las gemas que daban poder a la armadura esquirlada, y tenía que elegir una cosa u otra.
          Mientras el portador se volvía, Szeth avanzó por el techo. Como esperaba, el portador soltó un nuevo golpe, y él se arrojó a un lado, rodando. Se irguió y saltó de nuevo al suelo. Se volvió para aterrizar tras el portador de esquirlada, cuya espalda golpeó con la hoja de su arma.
          Por desgracia, la armadura ofrecía una ventaja importante: podía contrarrestar una hoja esquirlada. El arma de Szeth golpeó con fuerza, haciendo que una telaraña de brillantes líneas se extendiera por la espalda de la armadura, y la luz tormentosa empezó a brotar de ellas. La armadura esquirlada no se deformaba ni mellaba como el metal corriente. Szeth tendría que golpear al portador en el mismo sitio al menos una vez más para abrirse paso.
          Szeth se puso de un salto fuera del alcance del portador cuando este lanzó un mandoble furioso, tratando de alcanzarle las rodillas. La tempestad desatada dentro de Szeth le proporcionaba muchas ventajas, incluyendo la capacidad para recuperarse rápidamente de las heridas pequeñas. Pero no restauraba los miembros cercenados por una hoja esquirlada.
          Rodeó al portador, y luego tomó impulso y avanzó con ímpetu. El portador volvió a golpear, pero Szeth saltó por un instante al techo, eludiendo el arco trazado por la espada, y luego de nuevo al suelo. Lanzó un golpe mientras aterrizaba, pero el portador se recuperó rápidamente y ejecutó un perfecto golpe de continuación que por medio palmo no alcanzó a Szeth.
          El portador era peligrosamente hábil con aquella hoja. Muchos de sus iguales dependían demasiado del poder de su espada y su armadura. Este era diferente.
          Szeth saltó a la pared y lanzó al portador rápidas estocadas. El portador lo mantuvo a raya con unos amplios mandobles de su larga hoja.
          «¡Esto está durando demasiado!», pensó Szeth. Si el rey lograba escabullirse y encontrar refugio, Szeth fracasaría en su misión, no importaba a cuánta gente matara. Se preparó para atacar de nuevo, pero el portador de esquirlada lo obligó a retroceder. Cada segundo que durase la pelea era otro segundo con que el rey contaba para escapar.
          Había llegado el momento de ser intrépido. Szeth se impulsó de un salto hacia el extremo opuesto del pasillo. El portador no vaciló en lanzar un golpe, pero Szeth se agachó justo a tiempo y la hoja esquirlada cortó el aire por encima de él.
          Aterrizó agazapado, usó su impulso para arrojarse hacia delante y golpeó al portador en el costado, agrietando la armadura. Descargó un potente golpe. La pieza de la armadura se quebró y trozos de metal fundido saltaron por el aire. El portador de esquirlada gruñó, cayó sobre una rodilla y se llevó una mano al costado. Szeth alzó un pie y arrojó al hombre hacia atrás con una patada cuya fuerza la luz tormentosa incrementaba.
          El fornido adversario chocó contra la puerta de los aposentos reales, haciéndola pedazos y cayendo dentro de la habitación. Szeth se metió en cambio por la puerta de la derecha, siguiendo el camino que había emprendido el rey. Aquí el pasillo tenía la misma alfombra roja, y las lámparas de luz tormentosa en las paredes le dieron a Szeth la oportunidad de volver a llenarse de tempestad.
          La energía ardió de nuevo dentro de él. Si conseguía llegar lo bastante lejos, podría encargarse del rey y dejar al portador para después. No sería fácil, de todos modos. Un lanzamiento pleno contra una puerta no bastaría para detener a un portador de esquirlada, y la armadura permitiría a este correr a una velocidad sobrenatural. Szeth miró por encima del hombro.
          El portador no lo seguía. Estaba sentado en el suelo, rodeado de trozos de madera, al parecer aturdido. Szeth apenas podía verlo. Tal vez lo había herido más de lo que creía.
          O tal vez…
          Se detuvo. Pensó en la cabeza agachada del hombre al que había neutralizado, en el rostro oscurecido. El portador no lo seguía. Era muy hábil. Se decía que pocos hombres podían rivalizar con la habilidad de Gavilar Kholin con la espada. ¿Podría ser…?
          Szeth dio media vuelta y echó a correr, confiando en sus instintos. En cuanto el portador lo vio, se puso rápidamente de pie. Szeth corrió más deprisa. ¿Dónde podía estar más seguro el rey? ¿Rodeado de unos guardias, huyendo? ¿O protegido por una armadura esquirlada, como si de un guardaespaldas se tratase?
          «Muy astuto», pensó Szeth mientras el portador, antes aturdido, adoptaba otra pose de lucha. Szeth atacó con renovado vigor, blandiendo su hoja en un torbellino de golpes. El portador de esquirlada, sí, el rey, respondió agresivamente con amplios mandobles. Szeth los esquivó, sintiendo el viento del arma muy cerca de él. Calculó su próximo movimiento, y luego se lanzó hacia delante, agachándose ante el siguiente contragolpe.
          El rey, esperando otro golpe en el costado, se volvió con el brazo alzado para cubrir el agujero abierto en su armadura. Eso dio a Szeth espacio para eludirlo y entrar en sus aposentos.
          El rey dio media vuelta para seguirlo, pero Szeth atravesó la sala lujosamente amueblada, tendiendo la mano y tocando los muebles a su paso. Los insufló de luz tormentosa, lanzándolos hacia un punto detrás del rey. Los muebles se volcaron como si la habitación hubiera caído de lado, divanes, sillas y mesas se precipitaron hacia el sorprendido rey. Gavilar cometió el error de golpearlos con su hoja esquirlada. El arma atravesó fácilmente un gran diván, pero las piezas chocaron contra él de todas formas, haciéndolo vacilar. Un banquito lo golpeó a continuación, derribándolo.
          Gavilar se apartó rodando de los muebles y cargó, la armadura filtrando chorros de luz por las secciones agrietadas. Szeth se detuvo a continuación hacia atrás y a la derecha cuando llegó el rey. Se apartó del golpe que le arrojaba este y luego se arrojó hacia delante con dos lanzamientos básicos seguidos. La luz tormentosa fluyó de su interior, helando la ropa, mientras se dirigía hacia el rey al doble de velocidad de una caída normal.
          El rey se mostró sorprendido al ver que Szeth volaba por el aire y luego se volvía hacia él, blandiendo la espada. Descargó su hoja contra el yelmo del monarca y de inmediato se lanzó hacia el techo. Se había vinculado en demasiadas direcciones demasiado rápidamente, y su cuerpo había perdido el sentido de la orientación, lo que le dificultó aterrizar con gracia. Se puso de pie tambaleándose.
          Abajo, el rey dio un paso atrás, intentando colocarse en posición para golpear a Szeth. Por las grietas del yelmo se filtraba luz tormentosa, e intentaba proteger el costado roto de la armadura. El rey descargó un golpe con una sola mano, hacia el techo. Szeth se lanzó hacia abajo, juzgando que el ataque le imposibilitaría contraatacar a tiempo.
          Szeth subestimó a su oponente. El rey aceptó el ataque de Szeth, alzando su yelmo para absorber el golpe. Justo cuando Szeth golpeaba el yelmo por segunda vez, rompiéndolo, Gavilar descargó su mano, enguantada de hierro, sobre la cara de Szeth.
          Una luz cegadora destelló en los ojos de este, que sintió un dolor terrible en el rostro. Todo se volvió borroso.
          Gritó de dolor, la luz tormentosa lo abandonó, y chocó contra algo duro. Las puertas del balcón. El dolor recorrió sus hombros, como si alguien lo hubiera apuñalado con un centenar de dagas, y cayó el suelo y rodó hasta detenerse, temblando. El golpe habría matado a un hombre corriente.
          «No hay tiempo para el dolor. No hay tiempo para el dolor. ¡No hay tiempo para el dolor!», se dijo. Parpadeó, sacudiendo la cabeza. Todo era tinieblas en torno a él. ¿Acaso había perdido la vista? No. Fuera estaba oscuro. Se encontraba en el balcón de madera: la fuerza del golpe lo había hecho atravesar las puertas. Algo resonaba. Fuertes pisadas. ¡El portador de la hoja esquirlada!
          Szeth se puso en pie con dificultad. La sangre manaba por un lado de su cara, y la luz tormentosa surgía de su piel, cegando su ojo izquierdo. La luz. Lo sanaría, si pudiera. Sentía la mandíbula desencajada. ¿Se la habría roto? Soltó la espada.
          Una pesada sombra se movió delante de él: la armadura del portador había filtrado tanta luz tormentosa que el rey tenía problemas para caminar. Pero se acercaba.
          Szeth gritó, arrodillado, insuflando luz tormentosa en el balcón de madera y lanzándolo hacia abajo. El aire se llenó de escarcha a su alrededor. La tempestad rugió, corriendo por sus brazos hasta la madera. La lanzó hacia abajo, luego volvió a hacerlo. Lanzó por cuarta vez cuando Gavilar salía al balcón, que se estremeció con el peso adicional, hasta resquebrajarse.
          El portador de esquirlada vaciló.
          Szeth lanzó el balcón hacia abajo por quinta vez. Los soportes se quebraron y toda la estructura se desprendió. Szeth gritó a pesar de tener la mandíbula rota y usó sus últimos restos de luz tormentosa para saltar a la pared del edificio. Pasó por delante del aturdido portador, luego golpeó la pared y rodó.
          El balcón se desgajó, el rey alzó aturdido la cabeza mientras perdía pie. La caída fue breve. A la luz de la luna, Szeth lo observó solemnemente, con la visión todavía turbia, cegado de un ojo, mientras la estructura caía hacia el suelo de piedra de abajo. La pared del palacio tembló, y el estrépito de la madera rota resonó en los edificios cercanos.
          Todavía de pie en la pared, Szeth se incorporó con un gemido. Se sentía débil. Había agotado su luz tormentosa con demasiada rapidez, forzando su cuerpo. Bajó por el lado del edificio y se acercó a los restos del balcón, apenas capaz de permanecer en pie.
          El rey aún se movía. La armadura esquirlada lo había protegido, pero solo en parte; un gran trozo de madera ensangrentada asomaba por el costado de su cuerpo. Szeth se arrodilló a inspeccionar el rostro dolorido del hombre. Rasgos fuertes, barbilla cuadrada, barba negra moteada de canas, ojos verdes sorprendentemente claros. Gavilar Kholin.
          —Yo… esperaba que… vinieras —dijo el rey entre jadeos.
          Szeth palpó bajo el peto de la armadura en busca de las correas. Las soltó y retiró la coraza, revelando las gemas de su interior. Dos se habían roto y estaban apagadas. Tres brillaban todavía. Aturdido, Szeth inspiró profundamente, absorbiendo la luz.
          La tormenta empezó a rugir de nuevo. Más luz surgió del lado de su cara, regenerando su piel y sus huesos lastimados. El dolor apenas si mermaba: la cura proporcionada por la luz tormentosa estaba lejos de ser instantánea. Pasarían horas antes de que se hubiera recuperado.
          El rey tosió.
          —Puedes decirle… a Thaidakar… que llega demasiado tarde.
          —No sé quién es ese —dijo Szeth, poniéndose en pie. Se llevó las manos a un costado, invocando su hoja esquirlada.
          El rey frunció el ceño.
          —¿Entonces quién…? ¿Restares? ¿Sadeas? Nunca pensé…
          —Mis amos son los parshendi —respondió Szeth. Pasaron diez segundos y la espada apareció en su mano.
          —¿Los parshendi? Eso no tiene sentido. —Gavilar volvió a toser y dirigió una mano temblorosa a un bolsillo de su pecho. Sacó una esfera pequeña y cristalina atada a una cadena—. Coge esto. No debe ser… suyo —añadió, aturdido—. Dile… a mi hermano… que tiene que encontrar las palabras más importantes que puede pronunciar un hombre… —Guardó silencio y se quedó inmóvil.
          Szeth vaciló, pero luego se arrodilló y cogió la esfera. Era extraña, diferente de cuanto hubiera visto antes. Aunque era completamente oscura, parecía desprender una especie de resplandor negro.
          «¿Los parshendi? Eso no tiene sentido», había dicho Gavilar.
          —Nada tiene sentido ya —susurró Szeth, guardando la extraña esfera—. Todo se desencadena. Lo siento, rey de los alezi. Pero dudo que te importe. —Se levantó—. Al menos no tendrás que ver el fin del mundo en compañía de nosotros.
          Junto al cuerpo del rey, su hoja esquirlada se materializó en la bruma y, ahora que había muerto, chocó contra las piedras del suelo. Valía una fortuna: reinos enteros habían caído en la lucha por poseer una sola hoja esquirlada.
          Del interior del palacio llegaron gritos de alarma. Szeth tenía que irse. Pero…
          «Dile a mi hermano…»
          Para el pueblo de Szeth, la petición de un moribundo era sagrada. Cogió la mano del rey, la hundió en la sangre del hombre, y la usó para garabatear en la madera: «Hermano, debes encontrar las palabras más importantes que puede pronunciar un hombre.»
          Con eso, Szeth escapó hacia la noche. Dejó la hoja esquirlada del rey: no tenía ninguna utilidad que darle. La hoja que Szeth portaba ya era suficiente maldición.

El camino de los reyes - Mapa
El camino de los reyes - Capítulo 1

«Me habéis matado. ¡Hijos de puta, me habéis
matado! ¡Mientras el sol sigue calentando, yo muero!»

Recogido el quinto día de la semana Chach del
mes Betab del año 1171, diez segundos antes de la
muerte. El sujeto era un soldado ojos oscuros de
treinta y un años de edad. La muestra se considera
cuestionable.

 

CINCO AÑOS MÁS TARDE

          —Voy a morir, ¿verdad? —preguntó Cenn.
          El curtido veterano que Cenn tenía al lado se volvió a mirarlo de arriba abajo. Llevaba barba corta, y en los lados de la cara los pelos negros empezaban a ceder paso al color gris.
          «Voy a morir. Voy a morir. Oh, Padre Tormenta. Voy a morir…», pensó Cenn, aferrado a su lanza, cuya asta estaba resbaladiza por el sudor.
          —¿Qué edad tienes, hijo? —preguntó el veterano. Cenn no recordaba el nombre del hombre. Era difícil recordar nada mientras veía al otro ejército formar líneas al otro lado del rocoso campo de batalla. Aquel alineamiento parecía tan ordenado, tan limpio. Las lanzas cortas en las primeras filas, las lanzas largas y las jabalinas a continuación, los arqueros en los laterales. Los lanceros ojos oscuros iban equipados igual que Cenn: jubón de cuero y faldón hasta las rodillas con un sencillo bonete de acero y un peto a juego.
          Muchos de los ojos claros tenían armaduras completas. Iban a caballo, y las guardias de honor se congregaban a su alrededor con corazas que brillaban en color burdeos y verde bosque. ¿Había entre ellos portadores de esquirlada? El brillante señor Amaram no era un portador de esquirlada. ¿Lo eran algunos de sus hombres? ¿Y si Cenn tenía que combatir a alguno? Los hombres corrientes no mataban a portadores. Había sucedido tan pocas veces que cada caso era ahora legendario.
          «Está pasando de verdad», pensó con terror creciente. Esto no era una maniobra del campamento. No era un entrenamiento sobre el terreno, jugando con palos. Esto era real. Al aceptar el hecho, el corazón latiendo en su pecho como un animal asustado, las piernas temblorosas, Cenn advirtió de repente que era un cobarde. ¡No tendría que haber dejado los rebaños! Nunca tendría que…
          —¿Hijo? —dijo el veterano, la voz firme—. ¿Qué edad tienes?
          —Quince años, señor.
          —¿Y cómo te llamas?
          —Cenn, señor.
          El gigantesco hombre barbudo asintió.
          —Yo soy Dallet.
          —Dallet —repitió Cenn, todavía mirando al otro ejército. ¡Había tantos! Miles—. Voy a morir, ¿verdad?
          —No —Dallet tenía voz grave, pero de algún modo eso era reconfortante—. Todo va a salir bien. Mantén la mente despejada. Quédate con el pelotón.
          —¡Solo he recibido tres meses de instrucción! —A Cenn le parecía oír, como débiles tañidos, el sonido metálico de las armaduras y los escudos del enemigo—. ¡Apenas soy capaz de sujetar esta lanza! Padre Tormenta, estoy muerto. No puedo…
          —Hijo —lo interrumpió Dallet con voz suave pero firme. Alzó una mano y la apoyó sobre el hombro del muchacho. El borde del gran escudo circular que llevaba a la espalda reflejaba la luz—. Todo va a salir bien.
          —¿Cómo puedes saberlo? —Las palabras de Cenn sonaron a súplica.
          —Porque, muchacho, formas parte del pelotón de Kaladin Bendito por la Tormenta.
          Los otros soldados cercanos asintieron mostrando su acuerdo.
          Tras ellos, formaban oleadas y más oleadas de soldados: miles de ellos. Cenn se encontraba al frente, con el pelotón de Kaladin, compuesto por unos treinta hombres más. ¿Por qué habían trasladado a Cenn a un nuevo pelotón en el último momento? Tenía que ver con la política del campamento.
          ¿Por qué estaba este pelotón en el mismo frente, donde las bajas tendrían que ser mayores? Pequeños miedospren, como manchas de baba púrpura, empezaron a surgir del suelo y a congregarse alrededor de sus pies. En un momento de puro pánico, casi estuvo a punto de dejar caer la lanza y echar a correr. La mano de Dallet se tensó sobre su hombro. Al mirar los confiados ojos negros del veterano, Cenn vaciló.
          —¿Measte antes de que formáramos filas? —preguntó Dallet.
          —No tuve tiempo de…
          —Hazlo ahora.
          —¿Aquí?
          —Si no lo haces, acabarás meándote pierna abajo en la batalla, lo que te distraerá y tal vez acabe por matarte. Hazlo.
          Avergonzado, Cenn le tendió a Dallet su lanza y orinó sobre las piedras. Cuando terminó, miró a los que lo rodeaban. Ninguno de los soldados de Kaladin sonrió con burla. Permanecían preparados, las lanzas a los costados, los escudos en las espaldas.
          El ejército enemigo casi había terminado su maniobra. El campo entre las dos fuerzas era despejado, de piedra negra, notablemente regular y liso, roto solo por algún macizo rocoso ocasional. Habría sido un buen pasto. El cálido viento sopló en la cara de Cenn, cargado con los olores acuáticos de la alta tormenta de la noche pasada.
          —¡Dallet! —dijo una voz.
          Un hombre se acercó entre las filas, llevando una lanza corta que tenía dos fundas de cuero para cuchillos atadas al asta. El recién llegado era un hombre joven, quizás unos cuatro años mayor que Cenn, pero era más alto incluso que Dallet. Llevaba el uniforme de cuero corriente en los lanceros pero debajo usaba un par de pantalones oscuros. Esto se suponía que no estaba permitido.
          Su negro cabello alezi le llegaba hasta los hombros, y sus ojos eran marrón oscuro. Tenía también nudos de cordón blanco en los hombros de su pelliza, lo que lo convertía en líder de escuadrón.
          Los treinta hombres que acompañaban a Cenn se pusieron firmes, alzando sus lanzas en gesto de saludo. «¿Este es Kaladin Bendito por la Tormenta? ¿Este joven?», se preguntó Cenn, incrédulo.
          —Dallet, pronto tendremos un recluta nuevo —dijo Kaladin. Tenía una voz fuerte—. Necesito que… —Guardó silencio cuando advirtió a Cenn.
          —Llegó hace unos minutos, señor —dijo Dallet con una sonrisa—. Lo estaba preparando.
          —Bien hecho —replicó Kaladin—. Pagué buen dinero por apartar a ese muchacho de Gare. Ese hombre es tan incompetente que bien podría estar luchando en el otro bando.
          «¿Qué? —pensó Cenn—. ¿Por qué pagaría nadie por mí?»
          —¿Qué te parece el terreno? —preguntó Kaladin. Varios de los lanceros alzaron sus manos para protegerse del sol y escrutar las rocas.
          —¿Ese hueco junto a los dos macizos rocosos a la derecha del todo? —preguntó Dallet.
          Kaladin negó con la cabeza.
          —Demasiado áspero.
          —Sí. Tal vez. ¿Y la colina baja de allí? Lo bastante lejos para evitar la primera caída, lo bastante cerca para no adelantarse demasiado.
          Kaladin asintió, aunque Cenn no podía ver lo que estaban mirando.
          —Parece bien.
          —¿Lo oís, panda de patanes? —gritó Dallet.
          Los hombres alzaron sus lanzas.
          —Échale un ojo al chico nuevo, Dallet —dijo Kaladin—. No conocerá las señales.
          —Naturalmente —dijo Dallet, sonriendo. ¡Sonriendo! ¿Cómo podía sonreír? El ejército enemigo hacía sonar sus cuernos. ¿Signifiaba eso que estaban preparados? Aunque acababa de aliviarse, Cenn sintió un hilillo de orina correrle por la pierna.
          —Mantente firme —dijo Kaladin, y luego echó a correr por la línea para hablar con el siguiente jefe de pelotón. Tras Cenn y los demás, las docenas de filas seguían creciendo. Los arqueros de los laterales se prepararon para disparar.
          —No te preocupes, hijo —tranquilizó Dallet—. Nos irá bien. El jefe Kaladin tiene suerte.
          El soldado al otro lado de Cenn asintió. Era un veden larguirucho y pelirrojo, con una piel bronceada más oscura que los alezi. ¿Por qué combatía en el ejército alezi?
          —Así es. Kaladin está bendecido por la tormenta, vaya que sí. Solo perdimos… ¿cuánto… un hombre en la última batalla?
          —Pero alguien sí que murió —dijo Cenn.
          Dallet se encogió de hombros.
          —Siempre muere gente. Nuestro pelotón pierde menos que nadie. Ya lo verás.
          Kaladin terminó de consultar con el otro jefe de pelotón, y luego volvió corriendo con su equipo. Aunque llevaba una lanza corta, de las que se usan con una mano mientras la otra sujeta el escudo, la suya era un palmo más larga que las que utilizaban sus hombres.
          —¡Preparados! —exclamó Dallet. Al contrario que los otros jefes de pelotón. Kaladin no se unió a las filas, sino que se plantó delante de su pelotón.
          Los hombres alrededor de Cenn arrastraron los pies, excitados. Los sonidos se repitieron por todo el enorme ejército, la quietud dio paso a la ansiedad. Cientos de pies arrastrándose, los escudos chasqueando, los correajes resonando. Kaladin permaneció inmóvil, contemplando al otro ejército.
          —Preparados —dijo, sin volverse.
          Detrás, un oficial ojos claros pasó a caballo.
          —¡Preparaos para combatir! Quiero su sangre, hombres. ¡Luchad y matad!
          —Preparados —repitió Kaladin, después de que el hombre pasara.
          —Prepárate para echar a correr —le dijo Dallet a Cenn.
          —¿Correr? ¡Pero nos han entrenado para marchar en formación! ¡A permanecer en nuestra línea!
          —Claro —dijo Dallet—. Pero la mayoría de los hombres no tienen mucha más instrucción que tú. Los que saben luchar bien acaban siendo enviados a las Llanuras Quebradas para combatir a los parshendi. Kaladin está intentando ponernos en forma para llegar hasta allí y luchar por el rey. —Dallet señaló con la cabeza la línea—. La mayoría de los que están aquí romperá filas y atacará. Los ojos claros no son lo bastante buenos como comandantes para mantenerlos en formación. Así que quédate con nosotros y corre.
          —¿Debería sacar mi escudo?
          Alrededor del equipo de Kaladin, las otras filas aprestaban sus escudos. Pero el pelotón de Kaladin los dejó en sus espaldas.
          Antes de que Dallet pudiera responder, sonó un cuerno desde atrás.
          —¡Vamos! —dijo Dallet.
          Cenn no tuvo mucha opción. El ejército entero empezó a moverse con un clamor de botas al paso. Como había predicho Dallet, la marcha firme no duró mucho. Algunos hombres empezaron a chillar, y el rugido fue imitado por otros. Los ojos claros les ordenaron que avanzaran, corrieran, lucharan. La línea se desintegró.
          En cuanto eso sucedió, el pelotón de Kaladin echó a correr a toda velocidad hacia delante. Cenn se esforzó por mantener el ritmo, se dejó llevar por el pánico y se aterrorizó. El terreno no era tan liso como había parecido, y casi resbaló con un rocabrote oculto, las enredaderas encogidas en su cascarón.
          Se irguió y continuó, sujetando la lanza con una mano, el escudo chocando contra su espalda. El lejano ejército estaba también en movimiento, los soldados cargaban. No había ninguna semejanza con una formación de batalla ni de línea cuidadosa. Esto no se parecía a nada de lo que habían enseñado en la instrucción.
          Cenn ni siquiera sabía quién era el enemigo. Un terrateniente pretendía apoderarse del territorio del brillante señor Amaram, cuya tierra, en última instancia, pertenecía al alto príncipe Sadeas. Era una escaramuza fronteriza, y Cenn pensaba que era con otro principado alezi. ¿Por qué combatían unos contra otros? Tal vez el rey podría ponerle fin, pero estaba en las Llanuras Quebradas, buscando venganza por el asesinato del rey Gavilar cinco años antes.
          El enemigo tenía un montón de arqueros. El pánico de Cenn aumentó cuando la primera oleada de flechas saltó al aire. Tropezó de nuevo, ansiando coger su escudo. Pero Dallet lo agarró por el brazo y tiró de él.
          Cientos de saetas hendieron el aire, oscureciendo el sol. Trazaron un arco y cayeron, como anguilas del cielo sobre su presa. Los soldados de Amaram alzaron sus escudos. Pero no el pelotón de Kaladin. No había escudos para ellos.
          Cenn gritó.
          Y las flechas cayeron en las filas centrales del ejército de Amaram, tras él. Cenn miró por encima del hombro, sin dejar de correr. La flechas caían detrás de él. Los soldados gritaban, las flechas se rompían contra los escudos. Solo unas pocas flechas dispersas aterrizaban cerca de las primeras filas.
          —¿Por qué? —le preguntó a gritos a Dallet—. ¿Cómo lo sabías?
          —Quieren que las flechas alcancen donde hay más gente congregada —replicó el hombretón—. Donde tendrán más posibilidades de encontrar un cuerpo.
          Varios otros grupos en vanguardia dejaron su escudos bajados, pero la mayoría corría torpemente con los escudos vueltos hacia el cielo, concentrados para que las flechas no los alcanzaran. Eso los retrasó, y se arriesgaron a ser atrapados por los hombres de detrás que sí estaban siendo alcanzados. Cenn ansiaba levantar su escudo de todas formas: le parecía un error correr sin él.
          La segunda andanada los alcanzó, y los hombres gritaron de dolor. El pelotón de Kaladin cargó hacia los soldados enemigos, algunos de los cuales morían por las flechas de los arqueros de Amaram. Cenn pudo oír a los soldados enemigos aullando sus gritos de guerra, y pudo distinguir sus rostros individuales. De repente, el pelotón de Kaladin se detuvo, formando un tenso grupo. Habían llegado a la pequeña inclinación que Kaladin y Dallet habían escogido antes.
          Dallet agarró a Cenn y lo empujó hasta el centro mismo de la formación. Los hombres de Kaladin bajaron sus lanzas y sacaron sus escudos mientras el enemigo se volvía hacia ellos. No atacaron en formación, no mantuvieron las filas de lanzas largas detrás y lanzas cortas delante. Tan solo corrieron hacia delante, chillando de puro frenesí.
          Cenn se debatió para soltar el escudo de su espalda. El estrépito de las lanzas resonó en el aire cuando los pelotones se enzarzaron en lucha. Un grupo de lanceros enemigos corrió hacia el pelotón de Kaladin, acaso buscando la superioridad del terreno. Las tres docenas de atacantes tenían cierta cohesión, aunque su formación no era tan tensa como el pelotón de Kaladin.
          El enemigo parecía decidido a compensarlo con pasión: gritaban y chillaban de furia, corriendo hacia la línea de Kaladin, que mantuvo la fila, defendiendo a Cenn como si fuera un ojos claros y ellos su guardia de honor. Las dos fuerzas se encontraron con un estruendo de metal sobre madera, los escudos entrechocaron unos con otros. Cenn se estremeció.
          Todo acabó en un par de parpadeos. El pelotón enemigo se retiró, dejando dos muertos. El grupo de Kaladin no había perdido a nadie. Mantenía una pujante formación en V, aunque un hombre se quedó atrás y sacó una venda para protegerse un muslo herido. El
resto de los hombres cerraron el hueco. El herido era fornido y de brazos gruesos; maldijo, pero la herida no parecía grave. Se puso en pie en un instante, pero no regresó al lugar donde estaba antes. En cambio, se dirigió a un extremo de la formación en V, un lugar más protegido.
          El campo de batalla era un caos. Los dos ejércitos se entremezclaban de forma indiferenciada. Sonido de golpes metálicos, crujidos y gritos flotaban en el aire. Muchos de los pelotones se separaron, y sus miembros corrieron de un encuentro a otro. Se movían como cazadores, grupos de tres o cuatro buscando individuos solos para cebarse luego brutalmente sobre ellos.
          El grupo de Kaladin mantuvo el terreno, enfrentándose solo a los pelotones enemigos que se acercaban demasiado. ¿Eran así realmente las batallas? Cenn había sido entrenado para largas filas de soldados, hombro con hombro. No esta frenética mezcla, este caos brutal. ¿Por qué no mantenían la formación?
          «Los soldados de verdad no están aquí —pensó Cenn—. Luchan en una batalla auténtica en las Llanuras Quebradas. No me extraña que Kaladin quiera llevar allí su pelotón.»
          Las lanzas destellaban por todas partes; era difícil distinguir amigo de enemigo a pesar de los emblemas en las corazas y los colores en los escudos. El campo de batalla se disolvió en cientos de pequeños grupos, como si un millar de guerras diferentes tuvieran lugar al mismo tiempo.
          Después de los primeros encontronazos, Dallet cogió a Cenn por el hombro y lo colocó en la fila en el mismo fondo de la formación en V. Cenn, sin embargo, carecía de ningún valor. Cuando el grupo de Kaladin se enzarzó con los pelotones enemigos, toda su instrucción desapareció. Hizo acopio de todas sus fuerzas para quedarse allí, empuñando la lanza y tratando de parecer amenazador.
          Durante casi una hora, el pelotón de Kaladin defendió su pequeña loma, luchando en equipo, hombro con hombro. Kaladin a menudo dejó su posición en el frente, corriendo aquí y allá, golpeando su escudo con su lanza en un extraño ritmo.
          «Son señales», comprendió Cenn, mientras el pelotón de Kaladin adoptaba una formación en anillo. Con los gritos de los moribundos y los miles de hombres que se gritaban unos a otros, era casi imposible oír una sola voz. Pero el brusco tañido de la lanza contra el metal del escudo de Kaladin sonaba con claridad. Cada vez que cambiaban de formación, Dallet agarraba a Cenn por el hombro y lo guiaba.
          El grupo de Kaladin no persiguió a los enemigos rezagados. Permanecieron a la defensiva. Y, aunque varios hombres del pelotón sufrieron heridas, ninguno cayó. Su pelotón era demasiado intimidatorio para los grupos más pequeños, y las unidades enemigas más grandes se retiraban después de unos cuantos intercambios, buscando enemigos más fáciles.
          Al cabo de un rato cambió algo. Kaladin dio media vuelta y observó la marea de la batalla con sus penetrantes ojos marrones. Alzó la lanza y golpeó su escudo con un rápido ritmo que no había utilizado antes. Dallet agarró a Cenn por el brazo y lo apartó de la pequeña loma. ¿Por qué abandonar ahora?
          Justo entonces, el cuerpo del ejército de Amaram se dispersó, y los hombres se separaron. Cenn no había advertido lo mal que había ido la batalla en esta zona para su bando. Mientras el equipo de Kaladin se retiraba, pasaron ante muchos muertos y heridos, y Cenn sintió náuseas. Había soldados abatidos, las entrañas al descubierto.
          No tenía tiempo para el horror: la retirada se convirtió rápidamente en una derrota. Dallet maldijo, y Kaladin volvió a golpear su escudo. El pelotón cambió de dirección, encaminándose hacia el este. Allí, Cenn vio que un grupo grande de soldados de Amaram resistía.
          Pero los enemigos habían visto las filas disgregarse, y eso los envalentonó. Corrieron en grupos, como sabuesos salvajes que cazaran cerdos perdidos. Antes de que el grupo de Kaladin cubriera la mitad del campo regado de muertos y moribundos, un gran contingente de soldados enemigos los interceptó. Kaladin golpeó reacio su escudo, y el pelotón redujo la marcha.
          Cenn sitió que su corazón empezaba a latir más y más rápido. Cerca, un pelotón de soldados de Amaram se vino abajo: los hombres tropezaban y caían, gritando, intentando escapar. Los enemigos usaban sus lanzas como trinchetes, ensartando a los hombres en el suelo como si fueran presas de caza.
          Los hombres de Kaladin recibieron al enemigo en una amalgama de lanzas y escudos. Los cuerpos empujaron por todas partes, y Cenn tropezó. En la mezcolanza de amigo y enemigo, morir y matar, Cenn se vio superado. ¡Tantos hombres corriendo en tantas direcciones!
          Sintió pánico y corrió hacia lugar seguro. Un grupo de hombres cercanos llevaba uniformes alezi. El pelotón de Kaladin. Cenn corrió hacia ellos, pero cuando algunos se volvieron hacia él, se aterrorizó al advertir que no los reconocía. Este no era el pelotón de Kaladin, sino un grupito de soldados desconocidos que trataba de mantener una línea irregular y rota. Heridos y aterrorizados, se dispersaron en cuanto un pelotón enemigo se acercó.
          Cenn se quedó inmóvil, sujetando la lanza con mano sudorosa. Los soldados enemigos cargaron hacia él. Sus instintos lo instaron a huir, pero había visto a demasiados hombres caer uno a uno. ¡Tenía que resistir! ¡Tenía que enfrentarse a ellos! No podía huir, no podía…
          Gritó, y atacó con la lanza al soldado que venía en cabeza. El hombre apartó sin problemas el arma con su escudo, y luego clavó su lanza corta en el muslo de Cenn. El dolor fue caliente, tan ardiente que la sangre que borboteó en su pierna izquierda pareció fría en comparación. Cenn jadeó.
          El soldado liberó su arma. Cenn retrocedió tambaleándose, dejó caer su lanza y su escudo. Cayó al suelo rocoso, chapoteando en sangre ajena. Su enemigo alzó la lanza, una silueta acechante contra el cielo azul, dispuesto a clavársela a Cenn en el corazón.
          Y entonces apareció él.
          El líder del pelotón. Bendito por la Tormenta. La lanza de Kaladin salió de ninguna parte, desviando el golpe que habría matado a Cenn. Kaladin se plantó delante del muchacho, solo, enfrentándose a seis lanceros. No vaciló. Atacó.
          Sucedió con mucha rapidez. Kaladin derribó con una zancadilla al hombre que había lanceado a Cenn. Mientras ese hombre caía, Kaladin desenvainó un cuchillo de una de las fundas atadas alrededor de su lanza. Su mano chasqueó, el cuchillo destelló y alcanzó el muslo de un segundo enemigo. Ese hombre cayó sobre una rodilla, gritando.
          Un tercer hombre se detuvo, mirando a sus aliados caídos. Kaladin se abrió paso frente a un enemigo herido y clavó su lanza en la barriga del tercer hombre. Un cuarto soldado cayó con un cuchillo en el ojo. ¿Cuándo había sacado Kaladin ese cuchillo? Giró entre los dos últimos, la lanza un borrón, empuñándola como si fuera un bastón. Durante un instante, Cenn pudo ver algo que rodeaba al líder del pelotón. Una contorsión del aire, como el viento mismo hecho visible.
          «He perdido un montón de sangre. Brota tan rápidamente…»
          Kaladin giró, enfrentándose a los que lo atacaban por el flanco, y los dos últimos lanceros cayeron con borboteos que Cenn interpretó como de sorpresa. Eliminados todos los soldados enemigos, Kaladin dio media vuelta y se arrodilló junto a Cenn. El jefe del pelotón soltó su lanza y sacó de su bolsillo una blanca tira de tela que envolvió con eficacia en torno a la pierna del muchacho. Kaladin trabajaba con la habilidad de quien ha vendado heridas docenas de veces antes.
          —¡Kaladin, señor! —dijo Cenn, señalando a uno de los soldados que Kaladin había herido. El enemigo se sujetaba la pierna mientras se ponía en pie. Sin embargo, un segundo más tarde, el alto Dallet apareció allí, para empujar al enemigo con su escudo. Dallet no mató al hombre herido, sino que lo dejó marcharse a trompicones, desarmado.
          El resto del pelotón llegó y formó un anillo en torno a Kaladin, Dallet y Cenn. Kaladin se levantó y se cargó la lanza al hombro. Dallet le devolvió sus cuchillos, recuperados de los enemigos caídos.
          —Me preocupaste un momento, señor —dijo Dallet—. Al echar a correr así.
          —Sabía que me seguirías —respondió Kaladin—. Alza el estandarte rojo. Cyn, Korater, vais a volver con el muchacho. Dallet, quédate aquí. La línea de Amaram se desvía en esta dirección. Deberíamos estar a salvo pronto.
          —¿Y tú, señor? —preguntó Dallet.
          Kaladin contempló el campo de batalla. En las fuerzas enemigas se había abierto un hueco, y un hombre se acercaba montado en un caballo blanco, blandiendo una maza. Llevaba una armadura completa, pulida, de plata brillante.
          —Un portador de esquirlada —dijo Cenn.
          Dallet bufó.
          —No, gracias al Padre Tormenta. Solo un oficial ojos claros. Los portadores son demasiado valiosos para malgastarlos en una disputa fronteriza menor.
          Kaladin observó al ojos claros lleno de odio. Era el mismo odio con que el padre de Cenn hablaba de los ladrones de chulls, o el odio que la madre de Cenn mostraba cuando alguien mencionaba a Kusiri, que se había fugado con el hijo de un zapatero remendón.
          —¿Señor? —preguntó Dallet, vacilante.
          —Los subpelotones dos y tres, formación en pinza —dijo Kaladin, con voz agria—. Vamos a bajar de su trono a un brillante señor.
          —¿Seguro que eso es aconsejable, señor? Tenemos heridos.
          Kaladin se volvió hacia Dallet.
          —Es uno de los oficiales de Hallaw. Podría ser él.
          —Eso no lo sabes, señor.
          —Da igual: es el jefe de un batallón. Si matamos a un oficial de tan alto rango, tendremos garantizado estar en el próximo grupo que envíen a las Llanuras Quebradas. Vamos a por él. —Su mirada se volvió distante—. Imagínate, Dallet. Soldados de verdad. Un campamento de guerra con disciplina y ojos claros con integridad. Un lugar donde nuestra lucha significará algo.
          Dallet suspiró, pero asintió. Kaladin señaló a un grupo de soldados, luego cruzaron corriendo el campo. Un grupo más pequeño de soldados, incluyendo a Dallet, esperó atrás con los heridos. Uno de ellos, un hombre delgado con negro pelo alezi moteado con un puñado de pelos rubios, lo que indicaba cierta sangre extranjera, sacó un largo lazo rojo de su bolsillo y lo ató a su lanza. Alzó la lanza, dejando que el lazo ondeara al viento.
          —Es una llamada para que los mensajeros retiren a los heridos del campo —le dijo Dallet a Cenn—. Pronto te sacaremos de aquí. Fuiste valiente, al enfrentarse a esos seis.
          —Huir me pareció una estupidez —repuso Cenn, intentando distraer su mente de la herida de su pierna—. Con tantos heridos en el campo ¿cómo podemos pensar que van a venir a por nosotros?
          —El jefe Kaladin los soborna —dijo Dallet—. Normalmente solo se llevan a los ojos claros, pero hay más mensajeros que ojos claros heridos. El jefe dedica la mayor parte de su paga a los sobornos.
          —Este pelotón sí que es diferente —comentó Cenn, sintiéndose mareado.
          —Ya te lo dije.
          —No por la suerte. Por la instrucción.
          —Eso es una parte. La otra parte es porque sabemos que si nos hieren Kaladin nos sacará del campo de batalla. —Hizo una pausa y miró por encima del hombro. Como Kaladin había predicho, la línea de Amaram regresaba, recuperándose.
          El ojos claros a caballo de antes sacudía enérgicamente una maza. Un grupo de su guardia de honor se dirigió a un lado, enfrentándose con los pequeños pelotones de Kaladin. El ojos claros hizo volverse a su caballo. Llevaba un yelmo abierto por delante con los lados rectos y un gran penacho de plumas en lo alto. Cenn no podía distinguir el color de sus ojos, pero sabía que serían azules o verdes, tal vez amarillos o gris claro. Era un brillante señor, elegido al nacer por los Heraldos, marcado para gobernar.
          Impasible, observaba a aquellos que combatían cerca. Entonces uno de los cuchillos de Kaladin lo alcanzó en el ojo derecho.
          El brillante señor gritó, y cayó de la silla mientras Kaladin de algún modo se deslizaba entre las líneas y saltaba sobre él, la lanza en alto.
          —Sí, es en parte por la instrucción —dijo Dallet, sacudiendo la cabeza—. Pero sobre todo por él. Lucha como una tormenta, y piensa el doble de rápido que los demás hombres. La manera en que se mueve a veces…
          —Me vendó la pierna —dijo Cenn, advirtiendo que empezaba a decir tonterías debido a la pérdida de sangre. ¿Por qué recalcar lo de la pierna herida? Era algo sencillo.
          Dallet tan solo asintió.
          —Entiende mucho de heridas. Y sabe leer glifos también. Es un hombre extraño, nuestro jefe de pelotón, para ser un simple lancero ojos oscuros. —Se volvió hacia Cenn—. Pero deberías ahorrar fuerzas, hijo. Al jefe no le gustará que te perdamos, no después de lo que pagó por ti.
          —¿Por qué? —preguntó Cenn. El campo de batalla se volvía más tranquilo, como si muchos de los hombres moribundos hubieran gritado ya hasta quedarse roncos. Casi todo el mundo alrededor era aliado, pero Dallet seguía vigilando para asegurarse de que ningún soldado enemigo trataba de atacar a los heridos de Kaladin.
          —¿Por qué, Dallet? —repitió Cenn, con urgencia—. ¿Por qué traerme a este pelotón? ¿Por qué a mí?
          Dallet sacudió la cabeza.
          —Él es así. Odia la idea de que los chicos jóvenes como tú, apenas entrenados, vayan a la batalla. De vez en cuando, coge a uno y lo trae al pelotón. Más de media docena de nuestros hombres fueron una vez como tú. —Los ojos de Dallet adquirieron una expresión remota—. Creo que todos vosotros le recordáis a alguien.
          Cenn se miró la pierna. Dolorspren, como pequeñas manos anaranjadas con dedos extremadamente largos, reptaban a su alrededor, reaccionando a su agonía. Empezaron a volverse, perdiéndose en otras direcciones, buscando a otros heridos. El dolor de Cenn remitía, y sentía la pierna entumecida, al igual que el resto del cuerpo.
          Se echó atrás y contempló el cielo. Pudo oír un trueno lejano. Qué extraño. No había nubes en el cielo.
          Dallet maldijo.
          Cenn dio media vuelta, tratando de sacudirse el estupor. Galopando directamente hacia ellos venía un enorme caballo negro con un jinete de brillante armadura que parecía irradiar luz. La armadura no tenía costuras: no había cota de malla debajo, solo placas más pequeñas, notablemente intrincadas. La figura llevaba un casco ornamentado, y la coraza era dorada. Llevaba una enorme espada en una mano, al menos de la altura de un hombre. No era una simple espada recta, sino curva, y el lado que no tenía fio era ondulado. Toda la hoja estaba grabada.
          Era hermosa. Como un obra de arte. Cenn nunca había visto a un portador de esquirlada, pero supo inmediatamente que este hombre lo era. ¿Cómo podía haber confundido a un simple ojos claros acorazado con una de estas majestuosas criaturas?
          ¿No había dicho Dallet que no habría ningún portador en este campo de batalla? Dallet se puso en pie y llamó al pequeño pelotón para que formara. Cenn se quedó sentado donde estaba. No podría haberse levantado, no con la pierna herida.
          Se sentía mareado. ¿Cuánta sangre había perdido? Apenas podía pensar.
          Fuera como fuese, no podía luchar. No se lucha contra algo así. El sol brillaba contra aquella armadura. Y esa preciosa, intrincada, sinuosa espada. Era como… como si el Todopoderoso hubiera tomado forma para caminar por el campo de batalla.
          ¿Y por qué querría nadie combatir contra el Todopoderoso?
          Cenn cerró los ojos.

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© Ediciones B, S.A., 2012
Traducción: Rafael Marín Trechera

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