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El largo viaje a un pequeño planeta iracundo de Becky Chambers: avance

El largo viaje a un pequeño planeta iracundo

Primeros capítulos de la novela de aventuras espaciales que se asemeja a Stark Trek y Firefly.

La Peregrina, la nave tuneladora en la que viaja la tripulación de El largo viaje a un pequeño planeta iracundo está a punto de aterrizar en las librerías españolas. Esta novela de ciencia ficción viene firmada por Becky Chambers y la publicará Insólita Editorial con traducción de Alexander Páez, como ya nos contaron en La Nave Invisible. Esta novela ha estado premiada al Arthur C. Clarke, el Hugo, el Bailey’s Women’s Prize for Fiction y a los British Fantasy Awards. Se trata de una novela autoconclusiva e independiente que figura dentro de una serie de obras que la autora está publicando ambientadas en el mismo universo titulada Wayfarers. Insólita Editorial ya ha abierto la preventa de la novela con un 5 % de descuento. La novela saldrá a la venta el 29 de enero. A continuación os dejamos la sinopsis y los primeros capítulos de la novela:

 

Cuando Rosemary Harper se une a la tripulación de la Peregrina, no espera demasiado. La Peregrina, una chapuza de nave que ha vivido mejores días, le ofrece todo lo que hubiera podido desear: un pequeño y silencioso lugar al que llamar hogar durante un tiempo, aventura en los confines más alejados de la galaxia y distancia de su tumultuoso pasado.

Pero Rosemary recibe más de lo que había negociado con la Peregrina. La tripulación es una mezcla de especies y personalidades, desde Sissix, la amistosa piloto reptiliana, a Kizzy y Jenks, los ingenieros en constante disputa para ver quién mantiene a la nave en marcha. La vida a bordo es caótica, pero más o menos pacífica: justo lo que necesita Rosemary.

Hasta que reciben el encargo ideal: la oportunidad de construir un túnel hiperespacial a un lejano planeta. Conseguirán el suficiente dinero como para vivir con comodidad durante años… si sobreviven al largo viaje a través de un espacio interestelar sacudido por la guerra sin poner en riesgo ninguna de las frágiles alianzas que mantienen la galaxia en paz.

Pero Rosemary no es la única persona a bordo con secretos que ocultar, y la tripulación pronto descubrirá que el espacio puede ser vasto, pero las naves espaciales son minúsculas.

 

ELVAUPI - Portada

Día 128, CG Estándar 306
TRÁFICO

          Al despertarse en la cápsula, recordó tres cosas. Primero: viajaba a través del espacio. Segundo: estaba a punto de comenzar un nuevo trabajo, uno en el que no podía cagarla. Tercero: había sobornado a un funcionario para que le consiguiera documentación nueva. No era nada que no supiera, pero no era agradable despertar y recordarlo.
          En teoría no debería haber despertado aún, por lo menos no hasta un día más tarde, pero son cosas que pasan al embarcar en un transporte barato. Transporte barato significa cápsulas baratas que vuelan con combustible barato y drogas baratas para mantener inconsciente al pasaje. Había recuperado brevemente el conocimiento varias veces desde el despegue; emergía sintiéndose confusa y volvía a dormirse apenas empezaba a poner las cosas en su sitio. La cápsula era oscura, y no había pantallas de navegación. No existía modo alguno de adivinar cuánto tiempo había pasado entre cada despertar, o cuánta distancia había recorrido, o incluso si había viajado algo en absoluto. Ese pensamiento la inquietaba y la hacía marearse.
          Se le aclaró la vista lo suficiente para poder concentrarse en la ventana. Los paneles estaban cerrados y bloqueaban cualquier hipotética fuente de luz. Sabía que no había ninguna. Estaba en el vacío. Nada de planetas bulliciosos, nada de líneas de transporte, nada de orbitadores centelleantes. Tan solo vacío, un horrible vacío, lleno de nada aparte de ella y algún asteroide esporádico.
          El motor chirrió al prepararse para otro salto subcapa. Las drogas volvieron a hacer efecto y la sumergieron en un sueño incómodo. Según perdía la consciencia, pensó de nuevo en el trabajo, en las mentiras, en la expresión engreída del funcionario mientras ella volcaba créditos en su cuenta.
          Se preguntó si había sido suficiente. Tenía que serlo. Debía serlo. Ya había pagado demasiado por errores que no eran culpa suya.
          Se le cerraron los ojos. Las drogas la dominaron. La cápsula, supuso, siguió su camino.

Día 129, CG Estándar 306
UNA QUEJA

          Vivir en el espacio era de todo menos silencioso. Era algo que nunca se esperaban los que venían de un planeta. Cualquiera que se hubiera criado en una superficie planetaria necesitaba algún tiempo para acostumbrarse a los clics y a los zumbidos de una nave, el omnipresente ruido de fondo asociado a vivir dentro de un pedazo de maquinaria. Pero para Ashby, esos sonidos eran tan normales como el de su propio pulso. Podía saber cuándo era hora de levantarse por el susurro del filtro de aire sobre su cama. Cuando las rocas golpeaban contra el casco exterior con su familiar repiqueteo, sabía cuáles eran bastante pequeñas para poder ignorarlas y cuáles significaban problemas. Podía adivinar por la cantidad de estática que chisporroteaba por el ansible a cuánta distancia estaba de la persona al otro extremo. Aquellos eran los sonidos de la vida del habitante del espacio, que enfatizaban la vulnerabilidad y el distanciamiento. Eran un recordatorio de lo frágil que era estar vivo. Pero esos sonidos también significaban seguridad. Una ausencia de sonido quería decir que ya no fluía el aire, que los motores estaban apagados, que las redes artigravitatorias ya no mantenían los pies pegados al suelo. El silencio pertenecía al vacío del exterior. El silencio era muerte.
          También se oían otros sonidos; sonidos que no producía la propia nave, sino la gente que vivía en ella. Incluso en los pasillos infinitos de las naves nodriza se podía oír el eco de conversaciones cercanas, pasos sobre suelos metálicos, el golpeteo sordo de un pequeño robot al trepar por las paredes de camino a reparar algún circuito oculto. La nave de Ashby, la Peregrina, tenía espacio suficiente, pero era minúscula comparada con la nave nodriza en la que se había criado. Al principio, cuando compró la Peregrina y la llenó con tripulación, incluso él había tenido que acostumbrarse a la estrechez de los habitáculos. Pero el ruido constante de la gente trabajando, riendo y discutiendo a su alrededor se había vuelto algo reconfortante. El exterior era un lugar vacío, y había momentos en los que incluso el explorador espacial más veterano contemplaría el vacío salpicado de estrellas con humildad y reverencia.
          Ashby dio la bienvenida al ruido. Era tranquilizador saber que nunca estaba solo ahí fuera, sobre todo teniendo en cuenta a qué se dedicaba. Construir agujeros de gusano no era una profesión glamurosa. Los pasadizos interespaciales que recorrían la Confederación Galáctica eran tan comunes que se daban por sentados. Ashby dudaba que la gente común pensara en la tunelación mucho más de lo que cualquiera pensaría en un par de calzoncillos o en un plato de comida caliente. Pero su trabajo requería que pensara en túneles, y que pensara en ellos a conciencia. Si uno se sentaba y pensaba en ellos demasiado tiempo, imaginaba su nave flotando dentro y fuera del espacio como una aguja cosiendo… Bueno, ese era el tipo de pensamiento que hacía que una persona diera gracias por tener compañía ruidosa.
          Ashby estaba en su oficina, leyendo las noticias mientras tomaba una taza de mek, cuando un sonido concreto lo hizo encogerse. Pasos. Los pasos de Corbin. Los pasos de un Corbin furioso que se dirigía directamente hacia su puerta. Ashby suspiró, se tragó la irritación y se convirtió en el capitán. Mantuvo el rostro sereno y los oídos atentos. Hablar con Corbin siempre requería un instante de preparación y un buen puñado de impasibilidad.
          Artis Corbin era dos cosas: un algólogo con talento y un completo imbécil. El primer rasgo era esencial en una nave de largo recorrido como la Peregrina. Un lote de combustible amarronándose podría marcar la diferencia entre llegar a puerto o quedar a la deriva. La mitad de uno de los muelles inferiores de la Peregrina estaba ocupada exclusivamente por tinas de algas, las cuales necesitaban a alguien que ajustase de forma obsesiva el contenido de nutrientes y la salinidad. Esta era un área en la que la falta de habilidades sociales de Corbin era, de hecho, una ventaja. Aquel tipo prefería estar enjaulado en el muelle de las algas todo el día, murmurando sobre las lecturas, trabajando en la búsqueda de lo que llamaba «condiciones óptimas». Condiciones que a Ashby siempre le parecían lo suficientemente óptimas, pero no pensaba meterse en los asuntos de Corbin referentes a las algas. Los gastos de combustible de Ashby habían descendido un diez por ciento desde que subió a Corbin a bordo, y había muy pocos algólogos dispuestos a aceptar un puesto en una nave tuneladora, para empezar. Las algas ya podían ser bastante delicadas en un viaje corto, pero mantener el lote en buenas condiciones durante una travesía larga requería meticulosidad, y también aguante. Corbin odiaba a la gente, pero amaba su trabajo y se le daba de maravilla. Eso, a ojos de Ashby, lo convertía en alguien valiosísimo. Un dolor de cabeza valiosísimo.
          La puerta se abrió de golpe y Corbin se precipitó al interior. Tenía la frente perlada de sudor, como de costumbre, y el pelo canoso de las sienes parecía grasiento. La Peregrina debía mantenerse cálida por el bien del piloto, pero Corbin había expresado su disgusto por la temperatura estándar de la nave desde el primer día. A pesar de que llevaba años a bordo de la nave, su cuerpo había rechazado aclimatarse, al parecer por puro rencor.
          Las mejillas de Corbin también estaban enrojecidas, aunque no había forma de adivinar si se debía a su estado de ánimo o a subir las escaleras. Ashby nunca llegó a acostumbrarse a ver unas mejillas tan rojas. En la actualidad, la mayoría de los humanos eran descendientes de la Flota Éxodo, la cual había navegado mucho más allá de la zona de influencia de su sol ancestral. Muchos, como el propio Ashby, habían nacido dentro de las mismísimas naves nodrizas que habían pertenecido a los refugiados terrícolas originales. Sus espesos rizos negros y su piel ambarina eran el resultado de generaciones de cruces y mezclas a bordo de naves gigantescas. La mayoría de los humanos, ya hubieran nacido en el espacio o en colonias, compartía esa mezcla exodana desligada de cualquier nación.
          Corbin, en cambio, era inequívocamente material del sistema Sol, a pesar de que la gente de los planetas había comenzado a parecerse a los exodanos en generaciones más recientes. Con la mezcolanza que suponía la genética humana, de vez en cuando aparecían tonos más claros aquí y allá, incluso en la Armada. Pero es que Corbin era prácticamente de color rosa. Sus ascendientes habían sido científicos, exploradores pioneros que construyeron los primeros satélites de investigación alrededor de Encélado. Habían estado ahí siglos, vigilando las bacterias que prosperaban en los mares helados. El Sol era apenas una tenue marca en los cielos de Saturno, por lo que los investigadores perdieron más y más pigmento con el paso de las décadas. El resultado final fue Corbin, un hombre de color rosa criado para el tedioso trabajo de laboratorio y el cielo sin sol.
          Corbin arrojó su escrib sobre el escritorio de Ashby. El fino y rectangular aparato atravesó la pantalla de píxeles nebulosos y se detuvo con un repiqueteo ante Ashby quien, con un gesto, ordenó dispersarse a los píxeles. Los titulares que flotaban en el aire se disolvieron en volutas coloridas. Los píxeles se escabulleron como enjambres de diminutos insectos hacia las cajas de proyección a cada lado de la mesa. Ashby observó el escrib y miró a Corbin alzando las cejas.
          —Esto —dijo Corbin, señalando el escrib con un dedo huesudo— tiene que tratarse de una broma.
          —Déjame adivinar —dijo Ashby—. ¿Jenks ha vuelto a meter la mano en tus notas?
Corbin frunció el ceño y negó con la cabeza. Ashby se concentró en el escrib, intentando contener la risa al recordar la última vez que Jenks había hackeado el aparato de Corbin; había reemplazado las cuidadosas notas del algólogo por trescientas sesenta y dos variaciones fotográficas del propio Jenks, desnudo como el día en que nació. Ashby había pensado que una en la que aparecía Jenks portando una bandera de la Confederación Galáctica era especialmente buena. Lo cierto es que tenía cierta dignidad dramática.
          Ashby cogió el escrib y le dio la vuelta para colocar la pantalla hacia arriba.

          Para: Capitán Ashby Santoso (Peregrina, licencia tuneladora CG n.º 387-97456)
          Asunto: Currículum de Rosemary Harper (certificado administrativo CG n.º 65-78-2)

          Ashby reconoció el documento. Era el currículum de su nueva asistente, cuya llegada estaba prevista para un día después. Lo más probable es que ahora estuviera atada en una procápsula, sedada durante todo su largo y apretado viaje.
          —¿Por qué me enseñas esto? —preguntó Ashby.
          —Vaya, así que sí que lo has leído —respondió Corbin.
          —Por supuesto que lo he leído. Os dije a todos que leyerais este documento hace la tira de tiempo para que pudierais haceros una idea sobre ella antes de que llegara. —Ashby no tenía ni idea de a dónde quería ir a parar Corbin, pero este era el método operativo estándar del algólogo: quejarse primero, explicarse después.
          La respuesta de Corbin fue predecible incluso antes de que abriera la boca:
          —No tuve tiempo. —Corbin tenía la costumbre de ignorar las tareas que no tenían que ver con su laboratorio—. ¿En qué demonios estabas pensando al traer a bordo a esta cría?
          —Estaba pensando —dijo Ashby— en que necesitaba un asistente certificado.
          Ni siquiera Corbin pudo discutir ese punto. El papeleo de Ashby era un desastre, y aunque, estrictamente, una nave tuneladora no necesitaba un asistente para conservar su licencia, los jefazos de la Cámara de Transporte de la CG habían dejado bien claro que los informes siempre tardíos de Ashby no le estaban haciendo ningún bien.           Alimentar y pagar a un miembro extra no era un gasto despreciable, pero tras una cuidadosa reflexión y algo de presión por parte de Sissix, Ashby había solicitado a la Cámara que le enviaran a alguien certificado. Si no dejaba de intentar hacer dos trabajos a la vez, su negocio iba a sufrir.
          Corbin cruzó los brazos y resopló.
          —¿Has hablado con ella?
          —Tuvimos una charla sib hace diez días. Parece adecuada.
          —«Parece adecuada» —repitió Corbin—. Alentador.
          Ashby escogió sus siguientes palabras con más precaución. Se trataba de Corbin, al fin y al cabo. El rey de la semántica.
          —La Cámara le dio el visto bueno. Está completamente capacitada.
          —La Cámara fuma hierba. —Volvió a apuntar el dedo hacia el escrib—. No tiene experiencia en travesías largas. Por lo que sé, nunca ha salido de Marte. Acaba de salir de la universidad…
          Ashby empezó a repiquetear con los dedos. Dos podían jugar a ese juego.
          —Está certificada para manejar los formularios de la CG. Ha realizado unas prácticas en una empresa de transporte de superficie que requerían las mismas habilidades básicas que necesito que tenga. Se desenvuelve con fluidez en hanto, gestos inclusive, lo cual nos abriría algunas puertas. Viene con una carta de recomendación de su profesor de relaciones interespecies. Y lo más importante: por lo poco que he charlado con ella, parece ser alguien con quien puedo trabajar.
          —Nunca ha hecho esto antes. Estamos en medio del vacío, de camino a una perforación a ciegas, y vas a traer a una cría a bordo.
          —No es una cría, tan solo es joven. Y todos hemos tenido un primer empleo, Corbin. Incluso tú empezaste en algún sitio.
          —¿Sabes cuál fue mi primer trabajo? Fregar los contenedores de muestras del laboratorio de mi padre. Un animal amaestrado podría haberlo hecho. Así debe ser un primer trabajo, no… —Balbuceó—. ¿Puedo recordarte qué hacemos aquí? Volamos haciendo agujeros, agujeros literales, a través del espacio. No es un trabajo seguro. Kizzy y Jenks me aterrorizan con su despreocupación, pero por lo menos tienen experiencia. No puedo hacer mi trabajo si me estoy preocupando constantemente por que una novata incompetente pueda pulsar el botón equivocado.
          Esa era la señal de alerta, la bandera de «no puedo trabajar en estas condiciones» que indicaba que Corbin estaba a punto de desvariar. Era el momento de encarrilarlo.
          —Corbin, no va a pulsar ningún botón. No hará nada más complicado que redactar informes y rellenar formularios.
          —Y mantener contacto con guardias fronterizos, y patrullas planetarias, y clientes que se retrasan en los pagos. No toda la gente con la que tenemos que trabajar es amable. No todos son de fiar. Necesitamos a alguien que pueda mantenerse firme, que pueda pegarle un ladrido a un jefecillo advenedizo que cree que conoce el reglamento mejor que nosotros. Alguien que conozca la diferencia entre un auténtico sello de seguridad alimentaria y uno falsificado por un contrabandista. Alguien que de verdad sepa cómo funcionan las cosas aquí fuera, no una recién graduada inocente que se meará encima en cuanto un sicario quelin se nos cruce en el camino.
          Ashby dejó la taza.
          —Lo que necesito yo —dijo— es alguien que lleve mis registros con precisión. Necesito a alguien que gestione nuestras citas, que se asegure de que tenemos al corriente las vacunas y los escáneres necesarios antes de cruzar fronteras y que ponga en orden la contabilidad. Es un trabajo complicado, pero no es difícil; no si es tan organizada como su carta de recomendación indica.
          —Es una carta estandarizada bastante común. Me apuesto algo a que ese profesor ha enviado una carta exactamente igual en nombre de cada estudiante pusilánime que entró gimoteando por su puerta.
          Ashby arqueó una ceja.
          —Estudió en la Universidad Alexandria, como tú.
          —Yo estaba en el departamento de ciencias —dijo Corbin burlonamente—. No es lo mismo.
          Ashby soltó una breve carcajada.
          —Sissix tiene razón, Corbin: eres un esnob.
          —Sissix se puede ir al infierno.
          —Eso oí que le decías anoche. Se te oía desde el fondo del pasillo. —Corbin y Sissix se iban a matar cualquier día. Nunca se habían llevado bien, y ninguno tenía el menor interés en tratar de encontrar algo que tuvieran en común. Era un terreno donde Ashby debía pisar con muchísima cautela. Ashby y Sissix habían sido amigos desde antes de la Peregrina, pero cuando estaba en modo capitán, tenía que tratarlos con equidad tanto a ella como a Corbin, como miembros de su tripulación. Mediar en sus frecuentes peleas le exigía hilar fino. La mayoría de las veces trataba de quedarse fuera de la trifulca—. ¿Debería siquiera preguntar?
          A Corbin le temblaron los labios.
          —Usó mi último dentbot.
          Ashby parpadeó.
          —Sabes que tenemos cajas enormes con paquetes de dentbots abajo, en el compartimento de carga.
          —No de mis dentbots. Tú compras esas chapuzas de bots baratos que te irritan las encías.
          —Uso esos bots a diario y a mis encías no les ocurre nada.
          —Tengo encías sensibles. Puedes pedirle a Doctor Chef mi historial médico dental si no me crees. Tengo que comprarme mis propios bots.
Ashby esperó que su rostro no revelase lo baja que figuraba aquella aflicción en su lista de prioridades.
          —Comprendo que sea molesto, pero estamos hablando de un solo paquete de dentbots.
          Corbin estaba indignado.
          —¡No son baratos! Lo hizo solo para cabrearme, lo sé. Si esa lagarta egoísta no puede…
          —¡Eh! —Ashby se levantó—. Eso no está bien. No quiero volver a oír esa palabra saliendo de tu boca.
          De todos los insultos racistas que existían, «lagarta» no era ni de lejos el peor, pero era bastante malo.
          Corbin apretó los labios, como si quisiera evitar que se le escapasen más comentarios desagradables.
          —Lo siento.
          Ashby estaba enfadado, pero lo cierto es que aquel era un rumbo ideal para una conversación con Corbin. Alejarlo de la tripulación, dejar que se desfogara, esperar a que se pasara de la raya, y entonces hablarle con paternalismo mientras se arrepentía.
          —Hablaré con Sissix, pero tienes que ser más cortés con la gente. Y no me importa lo mucho que te enfades, ese tipo de lenguaje no tiene lugar en mi nave.
          —Perdí la compostura, nada más. —Corbin todavía estaba claramente enfadado, pero incluso él sabía que no debía morder la mano que le daba de comer. Sabía que era valioso, pero a la hora de la verdad, Ashby era el que le ingresaba créditos en su cuenta. «Valioso» no era sinónimo de «irremplazable ».
          —Perder la compostura es una cosa, pero formas parte de una tripulación multiespecie y tienes que ser consciente de ello. Especialmente con alguien nuevo a bordo. Respecto a eso, siento que tengas dudas sobre ella, pero siendo sinceros, ella no es asunto tuyo. Rosemary fue la sugerencia de la Cámara, pero aceptarla fue cosa mía. Si resulta que es un fracaso, conseguiremos a alguien nuevo. Pero hasta entonces, todos vamos a otorgarle el beneficio de la duda. Al margen de cómo te afecte su llegada, espero que hagas que se sienta bienvenida. De hecho… —Una leve sonrisa empezó a extenderse por el rostro de Ashby.
          —¿Qué? —dijo Corbin con recelo.
          Ashby se recostó en la silla y entrelazó los dedos.
          —Corbin, si no me falla la memoria, la nueva asistente llegará mañana sobre las diecisiete y media. Bien, tengo una sib programada con Yoshi a las diecisiete en punto, y ya sabes cómo le gusta hablar. Dudo que haya terminado cuando Rosemary atraque, y va a necesitar que alguien le enseñe todo esto.
          —Oh, no. —Una expresión acongojada cubrió el rostro de Corbin—. Pídeselo a Kizzy. A ella le encantan estas cosas.
          —Kizzy está ocupada; está reemplazando el filtro de aire del área médica, y dudo que acabe antes de mañana. Jenks estará ayudando a Kizzy, por lo que tampoco cuenta.
          —Entonces Sissix.
          —Mmm, Sissix tiene mucho trabajo con los preparativos de la perforación de mañana. Es muy probable que no tenga tiempo. —Ashby sonrió—. Estoy seguro de que le ofrecerás un tour estupendo.
          Corbin le dirigió a su jefe una mirada siniestra.
          —A veces eres un verdadero grano en el culo, Ashby.
          Ashby recogió su taza y se terminó el poso.
          —Sabía que podía contar contigo.

Día 130, CG Estándar 306
LLEGADA

          Rosemary se frotó el puente de la nariz al tiempo que aceptaba una taza de agua del dispensador de la pared. La resaca de los sedantes le nublaba la cabeza, y hasta ahora, los estims que se suponía que debían contrarrestar los efectos no habían hecho nada más que provocarle taquicardia. El cuerpo le pedía estirarse, pero no podía librarse del arnés de seguridad mientras la cápsula estaba en movimiento; además, la cápsula no disponía de más espacio que para levantarse y salir andando. Recostó la cabeza con un gruñido. Habían pasado casi tres días desde que despegó. Días solares, se recordó. No días estándar. Tenía que acostumbrarse a hacer la distinción. Días más largos, años más largos. Pero tenía asuntos más acuciantes en los que concentrarse que las diferencias de calendario. Estaba grogui, hambrienta, acalambrada, y en sus veintitrés años (solares, no estándar) no podía recordar una necesidad de mear tan imperiosa. En la estación espacial, la brusca encargada aeluoniana le explicó que los sedantes suprimirían esa necesidad, pero nadie le había dicho nada sobre cómo se sentiría una vez se pasara el efecto.
          Rosemary imaginó la extensa carta de reclamación que su madre podría escribir tras un viaje así. Trató de imaginar las circunstancias que pudieran hacer que su madre viajase en procápsula. Ni siquiera era capaz de imaginársela poniendo un pie en un transporte espacial público. Rosemary se había sorprendido a sí misma al verse en un sitio así. La sórdida sala de espera, los parpadeantes posters de píxeles, los olores rancios a porquería de algas y a fluido limpiador. A pesar de los exoesqueletos y los tentáculos que revoloteaban a su alrededor, era ella la que se sentía alienígena allí.
          Aquello fue lo que le hizo comprender lo lejos que estaba de Sol: el zoo de sapientes que hacían cola con ella para conseguir un billete. Su planeta nativo era bastante cosmopolita, pero quitando algún diplomático ocasional o un representante corporativo, Marte no parecía ser parte de la ruta de viajeros no humanos; una roca terraformada habitada por una de las especies con menos influencia de la CG era difícilmente uno de sus destinos favoritos. El profesor Selim le advirtió que había una diferencia inmensa entre estudiar los conceptos de las relaciones interespecies y salir ahí fuera y hablar con otros sapiens, pero no entendió realmente ese consejo hasta que no se encontró rodeada de toscos biotrajes y pies que no necesitaban zapatos. Incluso se puso nerviosa al hablar con el harmagiano que estaba al otro lado del mostrador. Sabía que su hanto era excelente (para una humana, en cualquier caso), pero este ya no era el entorno seguro y controlado del laboratorio de idiomas de la universidad. Nadie corregiría con amabilidad sus errores o le perdonaría una transgresión social involuntaria. Ahora estaba sola, y para mantener créditos en su cuenta y una cama bajo su espalda debía cumplir el trabajo que había asegurado al capitán Santoso que podía llevar a cabo.
          Ninguna presión, vaya.
          No por primera vez, un puño helado apareció en lo más profundo de su estómago. Nunca en su vida se había preocupado por los créditos o por tener un hogar al que volver. Pero con sus últimos ahorros menguando y los puentes quemados tras ella, no había margen para el error. El precio de empezar de cero era no tener a nadie detrás si caía.
          «Por favor —pensó—. Por favor, no la cagues.»
          —Comenzamos la aproximación, Rosemary —gorjeó el ordenador de la procápsula—. ¿Necesitas algo antes de que dé comienzo el proceso de atraque?
          —Un lavabo y un sándwich —contestó Rosemary.
          —Lo siento, Rosemary, tengo dificultades para procesar eso. Por favor, ¿podrías repetir tu petición?
          —No necesito nada.
          —De acuerdo, Rosemary. Ahora abriré los paneles exteriores. Quizá quieras cerrar los ojos para ajustarte a cualquier fuente de luz externa.
          Rosemary, obediente, cerró los ojos mientras los paneles zumbaban al abrirse, pero sus párpados siguieron en la oscuridad. Abrió los ojos y descubrió que la única fuente de luz notable provenía de la cápsula. Como esperaba, no había nada más allá de la cápsula excepto espacio y estrellas diminutas. Fuera, en el vacío.
          Se preguntó cómo de grueso sería el casco.
          La cápsula se balanceó, y Rosemary se protegió los ojos de un repentino estallido de luz que salía de una de las ventanas de la nave más horrenda que había visto nunca. Era tosca y angular, a excepción de la abultada cúpula que sobresalía como una espina dorsal torcida. No era una nave diseñada para pasajeros comerciales quisquillosos. No había nada elegante ni inspirador en ella. Era mayor que una nave de transporte y más pequeña que una nave de carga. La falta de alas indicaba que había sido construida en el espacio, era una nave que nunca entraría en una atmósfera. Su panza sostenía una máquina gigantesca y compleja, metálica y puntiaguda, con hileras de crestas como dientes inclinadas hacia una aguja estrecha y alargada. Ella no sabía demasiado sobre naves, pero por los colores desparejos del casco exterior parecía que secciones enteras, quizá provenientes de otras naves, habían sido remachadas unas con otras. Una nave de retales. Lo único que inspiraba confianza era que parecía recia. Era una nave que podía encajar (y había encajado) unos cuantos impactos. Aunque las naves en las que ella estaba acostumbrada a viajar eran más agradables a la vista, saber que había un casco robusto y sólido entre ella y el vacío del espacio era reconfortante.
          —Peregrina, aquí la Procápsula 36-A, solicito permiso para atracar —dijo el ordenador.
          —Procápsula 36-A, aquí la Peregrina —respondió una voz de mujer con acento exodano. Rosemary se fijó en la suavidad de las vocales, en la pronunciación que era un pelín demasiado pulida. Una IA—. Por favor confirma la identidad de la pasajera.
          —Recibido, Peregrina. Transmitiendo los detalles de la pasajera.
          Hubo una pausa breve.
          —Confirmado, Procápsula 36-A. Permiso para atracar concedido.
          La procápsula avanzó a lo largo de la Peregrina como una especie de animal acuático que nada para mamar de su madre. La escotilla en la parte trasera de la cápsula se deslizó en el hueco del puerto de amarre de la Peregrina. Rosemary podía oír los sonidos mecánicos de los pestillos al conectar. Hubo un siseo de aire cuando el cierre se expandió.
          La escotilla se deslizó hacia arriba. Rosemary gimió al levantarse. Sentía como si se le fueran a astillar los músculos. Recogió su petate y su carterón del estante de equipaje y salió renqueando. Había una ligera discrepancia gravitacional entre la cápsula y la Peregrina, suficiente para que se le revolviera el estómago al cruzar la unión entre ambas. La sensación tan solo duró unos segundos, pero combinada con la cabeza embotada, el pulso agitado, y la vejiga dolorida, fue suficiente para que Rosemary cruzara la línea de «incómoda» a «ligeramente miserable». Esperaba que su nueva cama fuera mullida.
          Entró en la pequeña cámara de descontaminación, vacía a excepción de un brillante panel amarillo fijado a la altura de la cadera. La IA habló a través de una vox en el muro.
          —¡Hola! Estoy bastante segura de saber quién eres, pero ¿puedes pasar el parche de la muñeca por el panel, para que pueda asegurarme?
          Rosemary se arremangó y expuso la muñequera, un brazalete de tela que protegía el pequeño parche dérmico incrustado en la piel del dorso de la muñeca derecha. Había mucha información almacenada en aquella pieza de tecnología del tamaño de un pulgar: su identificación, los detalles de su cuenta bancaria y una interfaz médica que se usaba para comunicarse con el casi medio millón de inmubots que patrullaban su flujo sanguíneo. Como todos los ciudadanos de la CG, Rosemary obtuvo su primer parche durante la infancia (para los humanos, la edad estándar eran los cinco años), pero su parche actual tenía solo diez días. La marca de piel que lo rodeaba todavía brillaba y estaba tierna. El nuevo parche le había costado casi la mitad de sus ahorros, lo cual parecía desorbitado, pero no estaba en posición de discutir.
          Mantuvo la muñeca alzada sobre el panel amarillo. Surgió un suave pulso de luz. Una punzada de adrenalina corrió pareja a los estims. ¿Y si algo había salido mal con el parche y habían sacado sus antiguos documentos? ¿Y si habían visto su nombre y habían sumado dos y dos? ¿Le importaría a esta gente? ¿Importaría que no hubiera hecho nada malo? ¿Le darían la espalda como hicieron sus amigos? ¿La volverían a meter en la cápsula y la enviarían arrastrándose a Marte, de vuelta al nombre que no quería y al lío que no había…?
          El pad parpadeó con un verde amistoso. Rosemary exhaló y se rio de sí misma por haberse puesto nerviosa. El nuevo parche había funcionado a la perfección desde que lo instalaron. No había tenido ningún problema al confirmar su identidad o al realizar pagos en ninguna parada durante el camino. Era poco probable que el escáner de esta tosca nave hubiera recogido alguna discrepancia que se les hubiera escapado a los carísimos escáneres de los puertos espaciales. Sin embargo, este era el último obstáculo que tenía que superar. Ahora, de todo lo que se tenía que preocupar era de si sería o no buena en su trabajo.
          —Bueno, ahí estás, Rosemary Harper —dijo la IA—. Mi nombre es Lovelace, y sirvo como la interfaz de comunicación de la nave. Supongo que en cierto modo tenemos trabajos parecidos, ¿no es así? Tú hablas en nombre de la tripulación. Yo hablo en nombre de la nave.
          —Supongo que sí —respondió Rosemary, algo insegura. No tenía demasiada experiencia con las IA sentientes. Las que había en casa eran insulsas y funcionales. La biblioteca de la universidad tenía una IA que se llamaba Oráculo, pero era de un tipo mucho más académico. Rosemary nunca había conversado con una IA tan agradable como Lovelace.
          —¿Puedo llamarte Rosemary? —preguntó Lovelace—. ¿O tienes algún apodo?
          —Rosemary está bien.
          —De acuerdo, Rosemary. Puedes llamarme Lovey si te apetece. Aquí todos lo hacen. Sienta bien salir de la cápsula, ¿verdad?
          —No sabes tú bien.
          —Cierto. Pero tú no sabes lo bien que sienta que recalibren tus bancos de memoria.
          Rosemary reflexionó sobre eso.
          —Tienes razón, no lo sé.
          —Rosemary, debo ser sincera contigo. El motivo por el que he mantenido esta charla contigo durante todo este rato es para que no te aburrieras mientras te escaneaba en busca de contaminantes. Uno de los tripulantes tiene necesidades médicas muy específicas, y debo realizar un escáner más exhaustivo que el requerido en otras naves. No tardaré mucho más.
          Rosemary no tenía la impresión de haber esperado mucho rato, pero no tenía ni idea de qué era una larga extensión de tiempo para una IA.
          —Tómate el tiempo que necesites.
          —¿Ese es todo tu equipaje?
          —Sí —respondió Rosemary. De hecho, cargaba con todas sus posesiones (es decir, todo lo que no había vendido). Todavía se maravillaba de haber podido meterlo todo en dos pequeños embalajes. Tras una vida en la enorme casa de sus padres, repleta de muebles, cachivaches y rarezas, saber que no necesitaba nada más de lo que podía cargar le proporcionaba un sentimiento de libertad extraordinario.
          —Si colocas el equipaje en el montacargas a tu derecha, puedo transportarlo hasta la cubierta superior de la tripulación. Puedes recogerlo cuando vayas a tu habitación.
          —Gracias —dijo Rosemary. Abrió la puerta metálica sujeta a la pared por goznes, dejó el petate y la cartera en el compartimento correspondiente, y cerró la puerta con el pestillo. Se oyó un ruido de ajetreo dentro de la pared.
          —De acuerdo, Rosemary, acabo de terminar mi escáner. Odio decir esto, pero tienes un par de bichos de la lista negra en tu sistema.
          —¿Qué tipo de bichos? —preguntó Rosemary. Pensó con pavor en los pasamanos sucios y en los asientos pegajosos de la estación espacial. Treinta días desde que se marchó de Marte y ya había pillado una plaga alienígena.
          —Oh, nada que te vaya a afectar, pero hay cosas que el piloto no soporta. En consecuencia, el doctor tendrá que actualizar tus inmubots antes de que vuelvas a abandonar la nave. Por ahora, voy a darte un fogonazo descontaminante. ¿Te parece bien?
          Lovey sonaba contrita, y por una buena razón. Lo único bueno de un fogonazo descontaminante era que se terminaba rápido.
          —De acuerdo —respondió Rosemary, rechinando los dientes.
          —Aguanta —dijo Lovey—. Fogonazo en tres… dos… uno.
          Una penetrante luz anaranjada inundó la habitación. Rosemary pudo sentir cómo le atravesaba el cuerpo. Un frío picotazo a través de los poros, de los dientes, de las raíces de las pestañas. Por un breve instante, supo dónde estaban todos sus capilares.
          —Oh, lo siento mucho —dijo Lovey cuando terminó el fogonazo—. Odio tener que hacer esto. Pareces mareada.
          Rosemary exhaló y trató de sacudirse los calambres que la aguijoneaban.
          —No es culpa tuya —dijo—. No me encontraba demasiado bien desde el principio.
          Se detuvo, y se dio cuenta de que trataba de hacer que una IA se sintiera mejor. Era un concepto muy tonto, pero algo sobre la conducta de Lovey provocaba que cualquier otra reacción pareciera grosera. ¿Podían ofenderse las IA? Rosemary no estaba segura.
          —Espero que pronto te sientas mejor. Sé que hay una cena preparada para ti, pero seguro que puedes descansar luego. Ya te he entretenido demasiado. Eres libre de seguir adelante. Y permíteme que sea la primera en decirte: Bienvenida a bordo.
          La vox se apagó. Rosemary puso la mano contra el panel de la puerta. La escotilla interior se abrió y apareció un hombre pálido de rostro avinagrado. Mudó la expresión cuando Rosemary avanzó. Fue la sonrisa más hipócrita que había visto nunca.
          —Bienvenida a la Peregrina —dijo el hombre, tendiéndole la mano—. Artis Corbin. Algólogo.
          —Encantada de conocerte, señor Corbin. Me llamo Rosemary Harper. —Le estrechó la mano. El apretón era flácido; la piel, húmeda. Se alegró de soltarlo.
          —Corbin a secas vale. —Se aclaró la garganta—. Tienes que… Ah… —Señaló con la cabeza hacia la pared opuesta. En una puerta estaba pintado el símbolo humano para lavabo.
          Rosemary corrió hacia ella.
          Volvió al cabo de unos minutos, ya de mejor humor. Aún tenía el corazón agitado, la cabeza todavía se le estaba aclarando, y el persistente hormigueo del fogonazo hacía que le dolieran los dientes. Pero por lo menos podía tachar de la lista una de sus necesidades fisiológicas.
          —Las procápsulas son la peor forma de viajar —señaló Corbin—. Funcionan con combustible de reserva, ¿sabes? Un montón de accidentes esperando a suceder. De verdad que deberían regularlo mejor. —Rosemary trató de pensar en una respuesta, pero antes de que pudiera decir algo, Corbin continuó—: Por aquí.
          Lo siguió por un pasillo.
          La Peregrina no era más bonita por dentro de lo que era por fuera, pero los pasillos desparejos tenían un encanto humilde. Había pequeñas ventanas en las paredes, dispuestas en intervalos regulares. Los propios paneles de las paredes estaban sujetos con tornillos y pernos de formas variadas. Al igual que en el exterior, las paredes tenían diferentes colores: marrón cobrizo a un lado, latón mate en el otro, y de vez en cuando, alguna que otra lámina gris claro.
          —Un diseño interesante —comentó Rosemary.
          Corbin soltó una risita burlona.
          —Si con «interesante» quieres decir que parece el edredón de mi abuela, entonces sí. La Peregrina es una nave antigua. Casi todas las naves tuneladoras lo son. Hay incentivos para los capitanes que actualizan naves antiguas en vez de comprar nuevas. Ashby lo aprovechó a fondo. La nave original tiene unos treinta y cinco años estándar. Fue construida para durar, pero sin tener en mente la comodidad de la tripulación. Ashby añadió habitáculos más grandes, más espacio de almacenaje, duchas de agua y cosas así. Todo de desguace, por supuesto. No hay dinero para equiparla con piezas nuevas.
          A Rosemary le tranquilizó la mención de las condiciones de vida mejoradas. Se había estado mentalizando a encontrarse con camarotes diminutos y duchas sanipolvo.
          —Supongo que Lovey también fue una incorporación posterior.
          —Sí. Ashby la compró, pero es la mascota de Jenks. —Corbin no dio más explicaciones sobre aquello, y continuó. Señaló con la cabeza hacia la pared—: Hay voxes en cada habitación y en las intersecciones principales. No importa donde estés, Lovey puede oír tus peticiones y transmitir mensajes por ti. Emite a toda la nave, así que piensa bien lo que dices. Las voxes son una herramienta, no un juguete. También hay extintores por toda la nave. Kizzy puede pasarte un mapa de las localizaciones. Las taquillas de los exotrajes están en la escotilla de amarre, en la cubierta de la tripulación y en el muelle de carga. Hay cápsulas de escape disponibles en todas las cubiertas. También tenemos una lanzadera a la que se accede a través del muelle de carga. Si ves que esos paneles de emergencia se encienden, ve a por un traje, una cápsula o la lanzadera, lo que esté más cerca. —Por delante de ellos, el pasillo se bifurcaba. Corbin señaló a la izquierda—. El área médica está por ahí. No es nada moderna, pero basta para mantener a alguien con vida hasta llegar a puerto.
          —Ya veo —dijo Rosemary. Trató de no darle demasiada importancia al hecho de que todo lo que Corbin le había mostrado estaba relacionado con emergencias o heridas.
          Oyó voces joviales y sonoras que provenían de una intersección más adelante. El sonido metálico de algo que caía al suelo. Luego una breve discusión, seguida de risas. Corbin entrecerró los ojos como si tratara de evitar un dolor de cabeza.
          —Creo que estás a punto de conocer a los técnicos —anunció.
          Doblaron la esquina y se encontraron con un nido de cables y alambres esparcidos por el suelo sin orden ni concierto; al menos no lo había a ojos de Rosemary. Tubos de algas colgaban desparramados como tripas de un panel abierto en la pared. En esta trabajaban dos personas, un hombre y una mujer, ambos humanos… ¿O no? No había dudas sobre la mujer, que andaría en la cúspide entre la veintena y la treintena. Tenía el pelo negro atado en un moño torcido, sujeto con una cinta desteñida y deshilachada. Vestía un mono naranja salpicado de grasa y mugre, con coderas de tela brillante cosidas con grandes puntadas. Tenía notas garabatadas en las mangas, cosas como «REVISAR 32-B ¿CABLES VIEJOS?», «NO TE OLVIDES DE LOS FILTROS DE AIRE, TONTA» y «COME». Sobre la nariz chata llevaba ajustado un curioso juego de lentes ópticas. En vez de solo una lente por ojo, había no menos de media docena de accesorios soldados en soportes con bisagras. Algunos sobresalían y ampliaban, en otros parpadeaban diminutos paneles digitales. Parecía algo hecho a mano. En cuanto a la mujer, su piel de un tono oliváceo oscuro parecía que había pasado mucho tiempo tomando el sol, pero sus rasgos poco definidos eran sin duda alguna exodanos. Rosemary pensó que lo más probable es que hubiera crecido en una colonia extrasolar; «fuera del sol», como dirían en Marte.
          El hombre, por otro lado, no era tan fácil de catalogar, aunque parecía humano en la mayoría de los detalles. Los rasgos faciales mezclados, la estructura corporal, las extremidades y dedos, todo era familiar. Su color cobrizo era incluso parecido al de Rosemary, aunque varios tonos más oscuro. Pero mientras que su cabeza tenía el tamaño corriente, el resto era pequeño, tan pequeño como un niño. También era fornido, como si las extremidades se le hubieran rellenado al tiempo que se negaban a estirarse. Era tan pequeño que encajaba sobre los hombros de la mujer, que era justo donde estaba en aquel instante. Como si su físico no fuera ya bastante digno de mención, se había aplicado sobremanera a engalanarse. Se había afeitado los lados de la cabeza, y un mechón de rizos brotaba de la cima de su cuero cabelludo. Llevaba las orejas adornadas con constelaciones de pendientes, y los brazos, cubiertos de tatuajes coloridos. Rosemary hizo todo lo posible por no quedarse mirando embobada. Concluyó que era desde luego humano, pero tenía que ser un altergén. Era la única explicación que se le ocurría. Pero, por otro lado, ¿por qué alguien se molestaría tanto por hacerse pequeño?
          La mujer levantó la vista del trabajo.
          —¡Oh, hurra! —exclamó—. Jenks, bájate, tenemos que ser sociables.
          El hombrecillo, que había estado utilizando una ruidosa herramienta en la pared, giró la cabeza y se alzó las gafas de seguridad.
          —Ajá —dijo mientras bajaba—. Aquí llega la novata.
          Antes de que Rosemary pudiera decir nada, la mujer se levantó, se quitó los guantes y la envolvió con un enorme abrazo.
          —Bienvenida a casa. —Se apartó mostrando una sonrisa contagiosa—. Me llamo Kizzy Shao. Técnica mecánica.
          —Rosemary Harper. —Trató de no parecer sorprendida—. Y gracias.
          La sonrisa de Kizzy se ensanchó.
          —Oooh, me encanta tu acento. Los marcianos siempre sonáis taaan suaves.
          —Soy el técnico de componentes —explicó el hombre, limpiándose la suciedad de las manos con un trapo—. Jenks.
          —¿Es tu nombre de pila o el de tu familia? —preguntó Rosemary.
          Jenks se encogió de hombros.
          —Cualquiera. —Le tendió la mano. A pesar de lo pequeñas que las tenía, su agarre era más firme que el de Corbin—. Encantado de conocerte.
          —Lo mismo digo, señor Jenks.
          —¡Señor Jenks! Me gusta. —Volvió la cabeza—. Eh, Lovey. Conéctame con todos, por favor. —Una vox cercana se encendió—. Atención todo el mundo —dijo con voz pomposa—. Siguiendo el precedente de nuestra asistente, a partir de ahora solo responderé a mi título completo de «Señor Jenks». Eso es todo.
Corbin se inclinó hacia Rosemary.
          —Las voxes no son para eso —gruñó en voz baja.
          —Bueno —dijo Kizzy—. ¿Fue bien el viaje?
          —Los he tenido mejores —respondió Rosemary—. Aunque he llegado de una pieza, así que supongo que no me puedo quejar.
          —Quéjate todo lo que quieras —dijo Jenks. Sacó una desgastada lata metálica del bolsillo—. Es una mierda viajar en procápsula. Y sé que son la única forma de traerte rápido, pero esas cosas son la hostia de peligrosas. ¿Los estims te dan temblores? —Rosemary asintió—. Uf, ya ves; confía en mí, te sentirás mejor cuando comas algo.
          —¿Ya has estado en tu habitación? —preguntó Kizzy—. Yo hice las cortinas, pero si no te gusta la tela, me lo dices y las arranco de inmediato.
          —Todavía no —respondió Rosemary—. Pero he estado admirando el resto de tu trabajo. No debe de haber sido fácil añadir la mayoría de esas cosas a un modelo antiguo.
          El rostro de Kizzy se encendió como una bulboluz.
          —No, pero ya ves, ¡por eso es tan divertido! Es como un puzle: tienes que adivinar qué tipo de circuitos encajarán con los antiguos, añadir nuevos detalles para hacerlo más acogedor, y sobre todo tener en cuenta los secretos de la antigua infraestructura para que no estallemos. —Dejó escapar un suspiro de satisfacción—. Es el mejor trabajo que existe. ¿Ya has visto la Pecera?
          —Perdona, ¿el qué?
          —La Pecera. —Kizzy pareció resplandecer—. Espera y verás. Es lo mejorcito.
          Los ojos atentos de Corbin se fijaron en el técnico de componentes.
          —Jenks, ¡estás de broma!
          La lata metálica de Jenks estaba llena de junco rojo. Había metido un generoso pellizco en una pipa pequeña y curvada, y la estaba encendiendo con un soldador.
          —¿Qué? —preguntó, su voz amortiguada por los dientes apretados.
          Aspiró aire por la pipa, provocando que las fibras troceadas chispearan y desprendieran humo. Un leve aroma a vainilla y ceniza quemada inundó la nariz de Rosemary. Pensó en su padre, que siempre estaba fumando aquello mientras trabajaba. Apartó el recuerdo indeseado de su familia.
          Corbin se cubrió la boca y la nariz con la mano.
          —Si quieres llenar tus pulmones con toxinas, estupendo, pero hazlo en tu camarote.
          —Tranquilo —contestó Jenks—. Es la cepa modificada que fabricaron los laru, benditos sean sus corazones de ocho válvulas. Toda la suavidad del junco rojo, libre de todas las toxinas. Cien por cien saludable. Bueno, por lo menos no dañino. Deberías probar un poco, le sentaría de maravilla a tu humor. —Exhaló una voluta de humo en dirección a Corbin.
          El rostro de este se puso rígido, pero pareció reacio a insistir. Rosemary tuvo la impresión de que por mucho que fanfarronease sobre las reglas, Corbin no tenía autoridad sobre los técnicos.
          —¿Ashby está informado sobre este desastre? —preguntó señalando el suelo.
          —Relájate, gruñón —dijo Kizzy—. Lo tendremos arreglado y listo para la cena.
          —La cena es en media hora —replicó Corbin.
          Kizzy se llevó las manos a la cabeza. Hizo una mueca teatral.
          —¡Oh, no! ¿En serio? Creía que la cena era a las dieciocho.
          —Son las diecisiete y media.
          —¡Joder! Hablamos luego, Rosemary —dijo Kizzy, sumergiéndose de nuevo en la pared—, tengo trabajo que hacer. Jenks, súbete a mis hombros, colega, ¡a toda leche!
          —¡Hop! —exclamó Jenks; sujetó la pipa entre los dientes y trepó.
          Corbin siguió por el pasillo sin decir ni una palabra.
          —Un placer conoceros —se despidió Rosemary, y fue tras Corbin.
          —¡Lo mismo digo! —respondió Kizzy—. ¡Ah, mierda, Jenks! ¡Me has tirado ceniza en la boca! —Se oyó un escupitajo, y un par de risas a coro.
          —Es un milagro que no estemos todos muertos —dijo Corbin, sin dirigirse a nadie en particular. No dijo nada más mientras seguían por el pasillo. Rosemary dedujo que la charla banal no era su fuerte. Aunque el silencio era muy incómodo, tuvo la impresión de que sería mejor no romperlo.
          El pasillo se curvaba hacia el interior y conectaba con el otro lado de la nave. En el ápice de la curva había una puerta.
          —Esta es la sala de control —explicó Corbin—. Control de navegación y tunelación. No tendrás mucho que hacer por aquí.
          —¿Te importa si la vemos de todos modos? Para orientarme.
          Corbin dudó.
          —Seguramente el piloto está trabajando. No deberíamos molestar…
          La puerta se abrió, y salió una aandrisk.
          —¡Me pareció oír una voz nueva! —exclamó. Tenía un acento áspero, pero era el más nítido que Rosemary había oído en los de aquella especie. No es que Rosemary tuviera mucha experiencia con aandrisk. Al ser una de las tres especies fundadoras de la Confederación Galáctica, era habitual encontrárselos por toda la galaxia. O eso le habían contado a Rosemary. La aandrisk que estaba ante ella era la primera con la que había hablado directamente. Su cerebro iba a toda prisa, tratando de recordar lo que sabía sobre la cultura aandrisk. «Estructuras familiares complicadas. Prácticamente no conocen el concepto del espacio personal. Físicamente afectuosos. Promiscuos.» Se abofeteó mentalmente por lo último. Era un estereotipo, uno que todos los humanos conocían quisieran o no, y apestaba a etnocentrismo. «No se emparejan como nosotros —se aleccionó—. No es lo mismo.» Desde algún lugar de su cabeza, el profesor Selim le dedicaba una mirada de reproche. «El propio hecho de que usemos el término “sangre fría” como sinónimo de “crueldad” te debería decir algo sobre el sesgo innato que los primates tienen hacia los reptiles —imaginó que le decía—. No juzgues a otras especies por tus propias normas sociales.»
          Decidida a hacer que su profesor estuviera orgulloso de ella, Rosemary se preparó para encajar el frote de mejillas aandrisk del que había oído hablar, o quizá para recibir otro abrazo inesperado. Cualquiera que fuese la manera en que aquella persona se dispusiera a saludarla, se dejaría llevar. Ahora formaba parte de una tripulación multiespecie e iba a sobrellevarlo con elegancia, maldita sea.
          Pero Rosemary se desilusionó cuando todo lo que hizo la mujer aandrisk fue extender una de sus garras para estrecharle la mano.
          —Debes de ser Rosemary —dijo con voz cálida—. Yo soy Sissix.
          Rosemary rodeó con los dedos la palma escamada de Sissix lo mejor que pudo. Sus manos no encajaban demasiado bien, pero lo hicieron lo mejor que pudieron. Sissix era demasiado alienígena para que Rosemary pudiera catalogarla como hermosa, pero era… impresionante. Sí, ese adjetivo era mejor. Le sacaba una cabeza de altura y tenía un cuerpo ágil y esbelto. Escamas de color verde musgo le cubrían el cuerpo desde la cabeza hasta la punta de la cola, disipándose en un tono más claro en el vientre. Tenía el rostro liso, sin nariz, ni labios, ni orejas visibles; tan solo agujeros para respirar, agujeros para oír y una pequeña hendidura como boca. Un mechón de plumas multicolor le cubría la cabeza como una crin corta y alegre. Tenía el pecho plano como el de un hombre humano, pero el contraste entre la fina cintura y los musculosos muslos saurios creaban la ilusión de unas caderas femeninas (aunque Rosemary sabía que esa impresión también provenía de un prejuicio cultural; los machos aandrisk tenían la misma fisionomía que las hembras, tan solo eran más pequeños). Las piernas estaban ligeramente combadas, como si estuvieran listas para saltar, y los dedos de las manos y de los pies terminaban en garras gruesas y romas. Cada garra estaba pintada con descuidados remolinos de oro, y parecían limadas. Vestía un par de pantalones sueltos y caídos, y una camisa que se sujetaba con un botón. Rosemary recordó al profesor Selim explicando que los aandrisk solo vestían ropas para hacer que otras especies se sintieran más cómodas. Entre la ropa, el acento y el apretón de manos, Rosemary tenía la impresión de que Sissix había estado con humanos desde hacía mucho tiempo.
          Sissix no fue lo único que salió de la sala de control. Una vaharada de aire cálido y seco la siguió afuera. Rosemary pudo sentir las oleadas de calor que emanaban desde el interior de la sala. Incluso en la puerta, era asfixiante.
          Corbin entrecerró los ojos.
          —Sabes que los paneles de la interfaz se deforman si se calientan demasiado.
          Sissix parpadeó y miró con sus ojos amarillos hacia el hombre pálido.
          —Gracias, Corbin. Solo he estado viviendo en naves durante toda mi vida adulta, por lo que no tengo ni idea de cómo ajustar la temperatura interna dentro del margen de seguridad.
          —Creo que la nave ya está bastante caliente de por sí.
          —Si alguien más hubiera estado trabajando conmigo ahí dentro, la habría bajado. Francamente, ¿cuál es el problema?
          —El problema, Sissix, es que…
          —Alto. —Sissix alzó la palma. Pasó la mirada de Corbin a Rosemary repetidas veces—. ¿Por qué le estás enseñando la nave tú?
          Corbin apretó la mandíbula.
          —Ashby me lo pidió. No me molesta.
          Sus palabras eran evasivas, pero Rosemary pudo discernir la misma insinceridad que había enmascarado su rostro cuando la recibió al salir del compartimento estanco. El puño helado reapareció en el estómago. Diez minutos en la nave y ya le caía mal a alguien. Fantástico.
          —Claro —dijo Sissix. Entornó los ojos como si tratara de comprender algo—. No me importaría relevarte como guía si tienes otras cosas que hacer.
          Corbin apretó los labios.
          —No quiero parecer maleducado, Rosemary, pero tengo que empezar más pronto que tarde unos análisis de salinidad.
          —¡Genial! —exclamó Sissix; puso una mano en el hombro de Rosemary—. ¡Pásatelo bien con tus algas!
          —Eh, un placer conocerte —dijo Rosemary mientras Sissix se la llevaba. Corbin ya desaparecía por el pasillo. Toda la conversación había sido desconcertante, pero se alegró de quedarse con lo que parecía una compañía más amigable. Hizo todo lo posible por no quedarse embobada ante el modo en que los pies descalzos de Sissix se flexionaban, el modo en que las plumas se balanceaban al caminar. Todo en la forma de moverse de la aandrisk era fascinante.
          —Rosemary, quisiera disculparme en nombre de la tripulación de la Peregrina —dijo Sissix—. Llegar a un nuevo hogar merece una bienvenida mejor que la que Artis Corbin puede dar. Estoy segura de que ya lo sabes todo sobre las cápsulas de escape y nada sobre quién somos o qué hacemos.
          Rosemary no pudo evitar reír.
          —¿Cómo lo sabes?
          —Porque tengo que vivir con ese hombre —respondió Sissix—. Como tú. Pero, por suerte, también vas a vivir con el resto de nosotros, y creo que somos bastante agradables. —Se detuvo junto a una escalera metálica que se perdía hacia arriba por el techo y hacia abajo por el suelo—. Ni siquiera habrás visto tu habitación todavía, ¿no?
          —No.
          Sissix puso los ojos en blanco.
          —Ven —dijo; subió por las escaleras haciendo todo lo posible por mantener la cola apartada de la cara de Rosemary—. Siempre me siento mejor en una nueva nave una vez que sé dónde está mi sitio.
          La aandrisk estaba en lo cierto. El aposento de Rosemary resultó ser una habitación encajada en una esquina de la cubierta superior. Los únicos muebles eran un armatoste cuadrado con cajones montado en la pared opuesta, un pequeño armario y un catre que cabía justo en un rincón. Pero la sobriedad de la habitación estaba suavizada con una manta acolchada y una montaña de cojines coloridos, que transformaban lo que podría haber sido un lugar espartano en un nidito acogedor. Las cortinas que Kizzy había mencionado estaban hechas de una tela con estampado de flores… No, no eran flores; eran medusas. El estampado era demasiado sobrecargado para el gusto de Rosemary, pero estaba segura de que se podría acostumbrar. En la pared adyacente había una maceta hidropónica de la que salían hojas en forma de lágrima. Al lado había un espejo, del cual colgaba una nota impresa: «¡BIENVENIDA A CASA!». Era el habitáculo más pequeño, más sencillo y más humilde que Rosemary había visto jamás (no contaban los sórdidos hoteles de los puertos espaciales). Y, aun así, a fin de cuentas, era perfecto. No podía imaginarse un lugar mejor para empezar de nuevo.

© Becky Chambers, 2014
© de la traducción, Alexander Páez García, 2018
© de esta edición, Insólita Editorial, 2018

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One Response to “El largo viaje a un pequeño planeta iracundo de Becky Chambers: avance”

  1. […] largo viaje a un pequeño planeta iracundo, de Becky Chambers, del que también tenéis un avance aquí y que ha sido nominada a prácticamente todos los premios importantes del género en inglés. La […]