Este sitio utiliza cookies. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. Para más información vea la política de cookies.

Cerrar

El muro de las tormentas de Ken Liu: Capítulo 1

El muro de las tormentas - Avance - Destacada

Alianza publica la continuación de La gracia de los reyes el 2 de marzo.

El próximo jueves 2 de marzo, Alianza Editorial pondrá a la venta dentro de su colección Runas la segunda novela de Ken Liu, El muro de las tormentas. Se trata del segundo volumen de «La Dinastía del Diente de León», una trilogía inspirada en el ascenso de la dinastía Han en China. Es un mundo fantástico que podría definirse como silkpunk («sedapunk»), en el que Kuni Garu, como emperador, se enfrenta a la tarea de hacer realidad sus ideales de justicia.

Al igual que hicimos con su primer volumen, La gracia de los reyes, celebramos su publicación ofreciéndoos en primicia, cortesía de Alianza Editorial, su primer capítulo. Esperamos que lo disfrutéis.

El muro de las tormentas - Portada

Capítulo Uno
Saltándose la clase

PAN: SEGUNDO MES DEL SEXTO AÑO
DEL REINADO DE LOS CUATRO MARES PLÁCIDOS

Señores y señoras, escuchad con atención.
          Dejad que mis palabras describan escenas de lealtad y valor.
          Duques, generales, ministros y doncellas desfilarán por este escenario etéreo.
          ¿Cómo es el amor de una princesa? ¿Cuáles los temores de
un rey?

Si con tragos aflojáis mi lengua y con monedas animáis mi
corazón, todo se os ha de mostrar cuando llegue la ocasión…

 
El cielo estaba cubierto y el viento frío transportaba copos de nieve dispersos. Por las anchas avenidas de Pan, la ciudad Armoniosa, carruajes y transeúntes con gruesos abrigos y sombreros forrados de piel se apresuraban en busca del calor del hogar.
          O del confort de una taberna acogedora como La Jarra de Tres Patas.
          —Kira, ¿no te toca a ti pagar en esta ocasión? Todo el mundo sabe que tu marido te entrega cada cobre que gana.
          —Mira quién habla. ¡El tuyo no se atreve a estornudar sin tu permiso! Pero creo que hoy debería ser el turno de Jizan, hermana. ¡Tengo entendido que anoche un rico comerciante de Gan le dio cinco piezas de plata de propina!
          —¿Y eso por qué?
          —¡Porque le llevó hasta la casa de su amante favorita a través de un laberinto de callejuelas y consiguió eludir a los espías de su mujer que lo perseguían!
          —¡Jizan! No sabía que tenías unas habilidades tan lucrativas…
          —¡No hagas caso de los embustes de Kira! ¿Tengo el aspecto de llevar cinco piezas de plata?
          —La verdad es que has llegado con una sonrisa bastante amplia. Apostaría a que has sido generosamente remunerada por facilitar un matrimonio de una sola noche…
          —¡Oh, cállate! Haces que parezca la anfitriona de una casa índigo…
          —¡Ja, ja! ¿Por qué conformarse con ser la anfitriona? ¡Yo creo que tienes capacidad para regentar una casa índigo o… una casa escarlata! La verdad es que se me cae la baba con algunos de esos chicos. ¿No podrías echar una manita a una hermana necesitada?…
          —… o algo más que una mano…
          —¿No podéis dejar de pensar siempre en lo mismo? Espera un momento… Phiphi, me pareció oír ruido de monedas en tu bolso cuando llegaste… ¿Tuviste suerte anoche en el juego de los gorriones?
          —No sé de qué estás hablando.
          —¡Ajá, lo sabía! Tu cara no sabe ocultar nada; es sorprendente que puedas engañar a alguien en el juego. Escucha, si quieres que Jizan y yo mantengamos la boca cerrada delante del tonto de tu marido sobre tu afición al juego…
          —¡Oye, faisán desplumado! ¡No te atrevas a contarle nada!
          —Nos resulta muy difícil guardar secretos cuando tenemos tanta sed. ¿qué tal si nos invitas a uno de esos «hidratantes de la memoria», como dicen en el teatro?
          —Mira que sois malas… Está bien, yo pago las bebidas.
          —Ahora sí te comportas como una verdadera hermana.
          —No es más que un pasatiempo inofensivo, pero no soporto el modo en que merodea por la casa con mala cara y da la lata cuando piensa que voy a jugármelo todo.
          —Admito que pareces contar con el favor del Señor Tazu. ¡Pero la buena suerte es aún mejor cuando se comparte!
          —Mis padres no debieron de quemar suficiente incienso en el templo de Tututika antes de que naciera, si he acabado teniendo dos «amigas» como vosotras…
          En el interior de La Jarra de Tres Patas, oculta en un apartado recodo de la ciudad, el vino templado de arroz, la cerveza fría y el licor de coco fluían tan libremente como la conversación. El fuego que chisporroteaba y danzaba en la estufa de leña del rincón mantenía la taberna calentita y bañaba todo en una luz cálida. El vaho se congelaba sobre los cristales de las ventanas creando formas complejas y refinadas que desdibujaban la imagen del exterior. Los clientes se sentaban en grupos de tres o de cuatro alrededor de mesitas bajas en posición de géüpa, en un ambiente relajado y amistoso, disfrutando de cuencos de cacahuetes tostados bañados en salsa de taro que acentuaban el sabor del alcohol.
          Por lo general, el animador del local no conseguía acallar el murmullo constante de las conversaciones. Pero, poco a poco, el zumbido las voces se fue apagando. Por ahora, al menos, no se distinguían los mozos de cuadra de los comerciantes de La Garra del Lobo, las sirvientas de los eruditos de Haan, los funcionarios de bajo rango que se habían escabullido de las oficinas durante la tarde, los jornaleros que descansaban tras el duro trabajo matutino, los tenderos que se tomaban un respiro mientras sus esposas vigilaban el almacén, las criadas y las señoras que habían salido a hacer recados y a encontrarse con las amigas… ahora todos ellos formaban parte de una audiencia cautivada por el narrador que estaba en el centro de la taberna.
          Dio un sorbo a una cerveza con mucha espuma, dejó la jarra, se sacudió varias veces las anchas y largas mangas con las manos y continuó:

…entonces el hegemón desenvainó Na-aroénna y el rey Mocri dio un paso atrás para admirar la gran espada: la que arrebata las almas, la que arranca cabezas, la que destruye las esperanzas. Hasta la luna parecía perder su brillo frente al resplandor puro de esta arma.
          —Es una hermosa espada —dijo el rey Mocri, campeón de Gan—. Mejor que cualquier otra, al igual que vuestra consorte Mira sobresale entre las demás mujeres.
          El hegemón contempló a Mocri despectivamente, mientras sus pupilas dobles destellaban.
          —¿Alabáis el arma porque consideráis que me otorga una ventaja injusta? Acercaos y cambiemos nuestras espadas, porque no dudo de que os venceré de todas formas.
          —No se trata de eso —respondió Mocri—. Alabo el arma porque creo que a un guerrero se le conoce por el arma que empuña. ¿Hay algo más honorable que enfrentarse a un adversario que esté realmente a nuestra altura?
          El hegemón suavizó la expresión del rostro.
          —Ojalá no os hubierais rebelado, Mocri…

          En un rincón apenas iluminado por el resplandor de la estufa, dos muchachos y una chica se apretaban alrededor de una mesa. vestidos con túnicas de cáñamo sencillas pero de buena confección, parecían ser hijos de granjeros o tal vez sirvientes de una familia acomodada de comerciantes. El mayor tendría unos doce años, era bien proporcionado y de piel clara. Sus ojos eran amables y llevaba el pelo oscuro y rizado recogido en un moño alborotado en lo alto de la cabeza. Frente a él, al otro lado de la mesa, estaba una chica aproximadamente un año menor, también de piel clara y pelo rizado, aunque ella lo llevaba suelto dejando que los mechones cayeran en cascada alrededor de su rostro bonito y redondo. Las comisuras de la boca se curvaban en una ligera sonrisa mientras recorría la habitación con unos ojos expresivos que recordaban la forma del elegante dyran, captando todo con vivo interés. Junto a ella había un muchacho de unos nueve años, de tez más oscura y cabello liso y negro. Los dos mayores estaban sentados a ambos lados de él, dejándolo encajado entre la mesa y la pared. La chispa traviesa de sus ojos inquietos y sus movimientos constantes daban una pista del motivo. El parecido de sus rasgos sugería que eran hermanos.
          —¿No es genial? —susurró el muchacho más joven—. Apuesto a que el maestro Ruthi cree que seguimos encerrados en nuestras habitaciones, cumpliendo el castigo.
          —Phyro —dijo el mayor con el ceño ligeramente fruncido—, sabes que esto no es más que un aplazamiento temporal. Aún tenemos que escribir esta noche tres redacciones sobre La moralidad de Kon Fiji y su relación con nuestro mal comportamiento, sobre cómo moderar la energía juvenil mediante la educación y sobre…
          —Chisss —susurró la muchacha—. Estoy intentando oír al narrador. No des sermones, Timu. Ya nos habíamos puesto de acuerdo en que no había diferencia entre divertirse primero y estudiar después, y estudiar primero y divertirse después. Se le llama «organización personal del tiempo».
          —Estoy empezando a pensar que esta idea tuya de la «organización personal del tiempo» debería llamarse «pérdida de tiempo» —dijo Timu, el hermano mayor—. Phyro y tú no teníais razón al hacer bromas sobre el maestro Kon Fiji… y yo debería haber sido más severo con vosotros. Deberíais aceptar vuestro castigo con dignidad.
          —Oh, espera hasta saber lo que Théra y yo… mmm.
          La chica tapó la boca del más pequeño con la mano.
          —No deberíamos preocupar a Timu contándole demasiado, ¿vale? —Phyro asintió con la cabeza y Théra le soltó.
          El niño se limpió la boca.
          —¡Tu mano está salada! ¡Puaj! —luego se dirigió a Timu, su hermano mayor—. Toto-tika, si tienes tantas ganas de escribir esas redacciones, estaré encantado de cederte mi parte para que puedas hacer seis en vez de tres. En todo caso, al maestro Ruthi le suelen gustar mucho más las tuyas.
          —¡Eso es ridículo! La única razón por la que acepté salir a hurtadillas contigo y con Théra es porque al ser el mayor tengo la responsabilidad de cuidaros y porque vosotros prometisteis cumplir el castigo más tarde…
          —¡Hermano mayor, estoy anonadado! —dijo Phyro adoptando un semblante serio, copia exacta del de su estricto tutor cuando estaba a punto de soltar una reprimenda—. ¿Acaso no está escrito en las Fábulas sobre devoción filial del sabio Kon Fiji que el hermano pequeño debe ofrecer los ejemplares más exquisitos de una cesta de ciruelas a su hermano mayor como muestra de respeto? ¿Acaso no está también escrito que el hermano mayor debe intentar pro teger al pequeño de las tareas difíciles que superen su capacidad, ya que el fuerte tiene el deber de defender al más débil? Para mí, las redacciones son como nueces irrompibles pero para ti son como ciruelas jugosas. Solo intento comportarme como un buen moralista. Pensaba que te gustaría.
          —Eso es… tú no puedes… —Timu no tenía tanta práctica en esta modalidad particular del arte del debate como su hermano más joven. Se le puso la cara roja y se quedó mirando a Phyro con enfado—. Si te limitaras a enfocar tu inteligencia en hacer los deberes de clase…
          —Deberías alegrarte de que Hudo-tika haya hecho la tarea de lectura por una vez —intervino Théra, que había intentado mantener la cara seria mientras los hermanos discutían—. Ahora callaos, por favor, los dos. quiero escuchar esto.

… golpeó con Na-aroénna y Mocri paró la arremetida con su escudo de argán reforzado con escamas de cruben. Era como si Fithowéo hubiera estrellado su lanza contra el monte Kiji, o como si Kana hubiera golpeado con su potente puño la superficie del mar. Mejor aún, dejadme que os cante el combate:

De este lado, el campeón de Gan, nacido y crecido en La Garra del Lobo;
          Al otro lado, el Hegemón de Dara, último vástago de los mariscales de Cocru.
          Uno es el orgullo de una isla de lanceros;
          El otro es Fithowéo, el dios de la guerra, reencarnado.
          ¿Podrá La que Acaba con las Dudas acabar con cualquier duda sobre quién es el Amo de Dara?
          ¿O se encontrará finalmente Goremaw con un festín sangriento que no podrá tragar?
          La espada se encuentra con la espada, la maza con el escudo,
          La tierra tiembla mientras los dos titanes saltan, aplastan, chocan y golpean.
          Durante nueve días y nueve noches pelearon en aquella colina desolada,
          Y los dioses de Dara se reunieron sobre la ruta de las ballenas para juzgar la fuerza de su voluntad…

 
          Mientras cantaba, el narrador iba golpeando una cáscara de coco con una gran cuchara de madera para simular el sonido de la espada chocando contra el escudo; daba brincos y sacudía sus largas mangas aquí y allá para evocar la danza marcial de los legendarios héroes a la luz parpadeante del fuego de la taberna. A medida que su voz se alzaba y se apagaba, de repente urgente y al instante lánguida, la audiencia era transportada a otro tiempo y otro lugar.

…Después de nueve días, tanto el hegemón como el rey Mocri estaban agotados. Tras bloquear otro ataque de La que Acaba con las Dudas, Mocri retrocedió un paso y tropezó con una roca. Cayó al suelo y su espada y su escudo quedaron a ambos lados de su cuerpo. Con solo dar un paso, el hegemón podría machacarle el cráneo o cortarle la cabeza.

          —¡No! —Phyro no pudo evitarlo. Timu y Théra, tan absortos como él en el relato, no le hicieron callar.
          El narrador asintió agradecido a los niños y prosiguió.

Pero el hegemón se mantuvo donde estaba y aguardó hasta que Mocri se incorporó y recuperó la espada y el escudo.
          —¿Por qué no habéis acabado esto de una vez? —preguntó Mocri respirando con dificultad.
          —Porque un gran hombre no merece que su vida termine por una casualidad —respondió el hegemón con la respiración igual de forzada—. Puede que el mundo no sea justo, pero debemos luchar para que lo sea.
          —Hegemón —dijo Mocri—, me alegra y a la vez me apena haberos encontrado.
          Y ambos volvieron a la carga con las piernas pesadas y los corazones llenos de orgullo…

          —Así es como se comporta un verdadero héroe —susurró Phyro con un tono lleno de admiración y nostalgia—. Eh, Timu y Théra, vosotros llegasteis a conocer al hegemón, ¿no es verdad?
          —Sí… pero eso fue hace mucho tiempo —contestó Timu susurrando a su vez—. En realidad no me acuerdo de mucho, excepto de que era realmente alto y que sus extraños ojos tenían una mirada terriblemente feroz. Recuerdo que pensaba lo fuerte que debía de ser para poder empuñar aquella enorme espada que llevaba a la espalda.
          —Parece que fue un gran hombre —dijo Phyro—. Alguien que actuaba con honor y trataba con gallardía a sus oponentes. Qué lástima que papá y él no…
          —¡Chisss! —interrumpió Théra—. ¡No tan alto, Hudo-tika! ¿quieres que todos sepan quiénes somos?
          Phyro podía comportarse como un pillo con su hermano mayor, pero respetaba la autoridad de su hermana. Bajó la voz.
          —Lo siento. Es que parece un hombre tan valiente… Y Mocri también. Tendré que contarle a Ada-tika todo lo que sé sobre este héroe nacido en la misma isla que ella. ¿cómo es que el maestro Ruthi nunca nos ha enseñado nada sobre Mocri?
          —Esto es solo una historia —dijo Théra—. Luchar sin descanso durante nueve días y nueve noches… ¿cómo puedes creer que eso ocurriera realmente? Piénsalo: si el narrador no estaba allí, ¿cómo puede saber lo que dijeron el hegemón y Mocri? —pero al ver la cara de desilusión de su hermanito, suavizó el tono—. Si quieres escuchar historias verdaderas de los héroes, más tarde te contaré la de aquella vez en que la tía Soto evitó que el hegemón nos hiciera daño a mamá y a nosotros. Entonces yo no tenía más que tres años, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer.
          Los ojos de Phyro brillaron y estaba a punto de pedir que continuara cuando una voz áspera le interrumpió.
          —¡Ya he oído lo suficiente de esta historia ridícula, farsante insolente!
          El narrador se detuvo a mitad de la frase, atónito por la intromisión. Los clientes de la taberna se giraron para ver quién hablaba. De pie junto a la estufa había un hombre alto, de pecho fuerte y enorme y tan musculoso como un estibador. Era con diferencia la persona más alta en la taberna. Una cicatriz dentada que iba desde su ceja izquierda hasta su mejilla derecha daba un aspecto temible a su rostro, acentuado por el collar de dientes de lobo que pendía sobre el espeso vello del pecho, que sobresalía de las solapas sueltas de su túnica corta como si fuera retazo de pelo animal. Por si fuera poco, el diente amarillo que mostraba entre los labios burlones le daba el aspecto de un lobo hambriento al acecho.
          —¿Cómo te atreves a fabricar esas historias sobre el criminal Mata Zyndu, que intentó impedir el justo acceso del emperador Ragin al trono y provocó tanto sufrimiento y desolación innecesarios? Al enaltecer al despreciable tirano Zyndu estás denigrando la victoria de nuestro sabio emperador y calumniando el símbolo del Trono del Diente de León. Tus palabras solo pueden interpretarse como una traición.
          —¿Traición? ¿Por contar unas cuantas historias? —el narrador estaba tan furioso que comenzó a reír—. ¿vas a decir ahora que todas las compañías de ópera popular son rebeldes por representar la ascensión y caída de las antiguas dinastías Tiro? ¿O que el sabio emperador Ragin tiene celos de las obras de marionetas de sombras sobre el emperador Mapidéré? ¡qué tonto eres!
          Los propietarios de La Jarra de Tres Patas, un hombre rechoncho de corta estatura y su igualmente rechoncha esposa, se apresuraron a colocarse entre los dos para hacer de mediadores.
          —¡Señores! ¡Recordad que este es un local humilde al que se viene a divertirse y a relajarse! ¡Nada de política, por favor! Estamos aquí para compartir unos tragos y pasar un buen rato tras la dura jornada de trabajo.
          El marido se giró hacia el hombre de la cara marcada y le hizo una profunda reverencia.
          —Señor, veo que sois un hombre de fuertes pasiones y estricta moral. Si la fábula os ha ofendido, os pido disculpas en primer lugar. conozco bien a este Tino. Permitidme aseguraros que no tiene ninguna intención de ofender al emperador. ¿Sabéis por qué? Porque antes de convertirse en narrador combatió con el emperador Ragin en la guerra del crisantemo y el Diente de León en Haan, cuando el emperador solo era rey de Dasu.
          La esposa sonrió zalamera.
          —¿Qué tal si la casa invita a una botella de licor de ciruela? Si vos y Tino bebéis juntos, estoy seguro de que pronto olvidaréis este pequeño malentendido.
          —¿Qué te hace pensar que quiero beber con él? —preguntó Tino el narrador, sacudiendo sus mangas con desdén frente a Caracortada.
          El resto de los parroquianos gritó apoyando al narrador.
          —¡Siéntate, zoquete ignorante!
          —¡Vete de aquí si no te gusta la historia! ¡Nadie te obliga a sentarte y seguir escuchando!
          —¡Yo mismo te echaré si sigues con esto!
          Caracortada sonrió, metió una mano en la solapa de su túnica, por debajo del collar de dientes de lobo, y sacó un pequeño lingote de metal. Lo agitó ante los clientes y luego se lo colocó a la propietaria del local bajo la nariz.
          —¿Reconoces esto?
          La mujer entornó los ojos para ver mejor. El lingote medía unos dos palmos y tenía grabados en relieve dos grandes ideogramas: uno el correspondiente a la vista —un ojo estilizado del que surgía un rayo— y el otro el utilizado para expresar lejano —compuesto por el ideograma numérico de «mil» modificado por un camino serpenteante a su alrededor. Atónita, la mujer empezó a tartamudear:
          —Vos… vos estáis con el… el, mmm… el…
          Caracortada retiró el lingote. Su boca adoptó una sonrisa fría y triste que se fue ensanchando mientras recorría la habitación con la mirada, desafiando a que alguien se la mantuviera.
          —Correcto. Presto servicio al duque Rin coda, secretario imperial de clarividencia.
          El griterío de los clientes se apagó y hasta Tino perdió su mirada confiada. Aunque Caracortada parecía más un asaltante de caminos que un funcionario del gobierno, era sabido que el duque coda, encargado de los espías del emperador, dirigía su departamento en colaboración con los elementos más sórdidos de la sociedad Dara. No sería extraño que confiara en alguien como Caracortada. Ninguno de los que estaban en la taberna había oído jamás que un narrador se hubiera metido en problemas por embellecer una historia sobre el hegemón, pero lo cierto es que entre las labores de coda sí que estaba dar con los traidores y los antiguos nobles descontentos que conspiraban contra el emperador. Nadie quería arriesgarse a desafiar a los ojos de confianza del propio emperador.
          —Espera… —Phyro se disponía a hablar cuando Théra le agarró la mano, se la apretó bajo la mesa y sacudió la cabeza lentamente mientras le miraba.
          Al ver las tímidas reacciones de todos los presentes, Caracortada asintió satisfecho. Empujó a un lado a los propietarios de la taberna y se acercó a Tino.
          —Los artistas taimados y desleales como tú sois los peores. Que lucharas por el emperador no te da derecho a decir lo que quieras. Ahora, normalmente tendría que llevarte a la policía para un interrogatorio completo —Tino retrocedió aterrorizado—, pero hoy me siento generoso. Si pagas una multa de veinticinco piezas de plata y pides perdón por tus errores, puede que te deje ir solo con una advertencia.
          Tino echó un vistazo a las escasas monedas del cuenco de las propinas que estaba sobre la mesa y se giró hacia Caracortada. Se inclinó ante él repetidas veces, como una gallina picoteando en el suelo.
          —¡Por favor, maestre clarividente! Eso equivale a dos semanas de ganancias cuando las cosas van bien. Tengo a mi anciana madre enferma en casa…
          —Claro que sí —interrumpió Caracortada—. Te echará muchísimo de menos si te retiene la policía, ¿verdad? Un interrogatorio puede llevar días, incluso semanas, ¿comprendes?
          El rostro de Tino fue pasando de la ira a la humillación hasta la absoluta derrota mientras buscaba su monedero en la solapa de la túnica. Los clientes desviaron la mirada con prudencia, sin atreverse a emitir sonido alguno.
          —No penséis que todos los demás podréis zafaros tan fácilmente —dijo Caracortada—. He oído cómo le animabais cuando disimulaba sus críticas al emperador con esa historia llena de mentiras. cada uno de vosotros tendrá que pagar de multa una pieza de plata como cómplices del delito.
          Los hombres y mujeres de la taberna adoptaron una expresión de disgusto pero algunos suspiraron y comenzaron a buscar también en sus bolsos.
          —Ya basta.
          Caracortada miró alrededor buscando el origen de esa voz, nítida, cortante y sin rastro de miedo. En un rincón oscuro de la taberna, una figura se incorporó y avanzó hacia la luz del fuego procedente de la estufa; caminaba con una ligera cojera enfatizada por el sonido que hacía un bastón al apoyarse en el suelo.
          Aunque vestía la túnica larga y suelta festoneada de seda azul de los eruditos, quien había hablado era una mujer. Tendría alrededor de dieciocho años, piel clara y unos ojos grises que brillaban con una firmeza poco acorde con su juventud. Las arrugas que se extendían a partir de una cicatriz rosada apenas visible le cubrían la mejilla izquierda y el tallo de esa flor descendía a lo largo del cuello como la línea lateral de un pez, dando una extraña vivacidad a su semblante, por lo demás demacrado. Lle vaba el cabello, castaño claro, sujeto en lo alto de la cabeza en un moño de tres rodetes. De la faja que ceñía su cintura colgaban borlas y cordones con nudos, al estilo de las remotas islas noroccidentales de la antigua Xana. Apoyada en un bastón de madera que le llegaba hasta la altura de las cejas, colocó su mano derecha sobre la espada que llevaba sujeta a la cintura, cuya vaina y empuñadura parecían desgastadas y viejas.
          —¿Qué quieres? —preguntó Caracortada. Pero su tono ya no era tan arrogante como antes. El triple rodete de la mujer y su atrevimiento al llevar abiertamente espada en Pan indicaban que era una estudiante que había alcanzado el grado de cashima, término del anu clásico que significa «practicante»: alguien que había superado el segundo nivel de los exámenes imperiales.
          El emperador Ragin había restaurado y ampliado el sistema de exámenes para funcionarios instaurado por los reyes Tiro y el imperio de Xana, convirtiéndolo en la única manera de ascender de quienes tenían ambiciones políticas, a la vez que había suprimido otros métodos consagrados por el tiempo para conseguir puestos administrativos valiosos, tales como el patrocinio, la compra, la herencia o la recomendación por parte de nobles de confianza. En los exámenes se producía una competencia feroz y el emperador, que había subido al trono gracias a la ayuda de mujeres que ocupaban puestos poderosos, había abierto dichas pruebas también a las mujeres. Aunque no abundaban las toko-dawiji —rango al que accedían quienes aprobaban los exámenes de la ciudad, que constituían el primer nivel de pruebas—, y mucho menos las mujeres cashima, estas tenían derecho a todos los privilegios que dicho estatus otorgaba a sus homólogos masculinos. Por ejemplo, todos los toko-dawiji estaban exentos de participar en la corvea y los cashima tenían además el derecho de ser llevados directamente ante un magistrado imperial cuando se les acusaba de algún delito, sin tener que ser interrogados previamente por la policía.
          —Deja de molestar a esta gente —dijo con calma—. Y ten la certeza de que no vas a conseguir ni un solo cobre de mi parte.
          Caracortada no esperaba encontrar a una persona de su categoría en un antro como La Jarra de Tres Patas.
          —Por supuesto que no tendréis que pagar la multa, señora. Estoy seguro de que no sois una tunante desleal como el resto de esta escoria.
          —Creo que ni siquiera trabajas para el duque coda —dijo ella sacudiendo la cabeza.
          Caracortada entrecerró los ojos.
          —¿Cuestionáis el símbolo de los clarividentes?
          La mujer sonrió.
          —Lo retiraste tan rápidamente que no pude verlo bien. ¿Por qué no me permites examinarlo?
          Caracortada se rio entre dientes con nerviosismo.
          —Seguro que una estudiosa de vuestra erudición reconoce los ideogramas de un solo vistazo.
          —Es sencillo falsificar algo así con un bloque de cera y una capa de pintura plateada, pero mucho más difícil falsificar una orden verosímil del secretario de clarividencia coda.
          —¿Qué?… ¿De qué estáis hablando? En estos días se celebra el Gran Examen y la flor y nata de los estudiosos de Dara se reúnen en la capital. quienes se dedican a crear problemas pueden aprovechar la oportunidad de hacer daño a los hombres… ejem, y a las mujeres de talento, que están aquí para servir al emperador. Es normal que el emperador ordene al duque coda que intensifique las medidas de seguridad.
          La mujer sacudió la cabeza y continuó en un tono plácido:
          —El emperador Ragin se enorgullece de ser un señor tolerante abierto a los consejos sinceros. Incluso honró a Zato Ruthi, que en tiempos luchó contra él, con el puesto de tutor imperial movido por el respeto que profesaba a su erudición. Acusar a un narrador de traición por tomarse algunas licencias literarias espantaría a los hombres y mujeres que intenta reclutar. El duque coda, que conoce al emperador mejor que nadie, nunca daría una orden para autorizarte a hacer lo que pretendes.
          Caracortada enrojeció de ira y su gruesa cicatriz se retorció como una serpiente que se arrastrara sobre su cara. Pero permaneció clavado en su sitio y no hizo ningún movimiento hacia ella.
          La mujer se echó a reír.
          —De hecho, creo que yo misma enviaré a alguien a buscar a la policía. Hacerse pasar por oficial imperial es un delito.
          —Oh, no —susurró Théra en el rincón.
          —¿Qué? —preguntaron Timu y Phyro en voz baja.
          —Nunca hay que acorralar a un perro rabioso —gimió Théra.
          Caracortada entrecerró los ojos a la vez que el miedo a la cashima se transformaba en determinación desesperada. Bramó y se lanzó contra ella. Sorprendida, la mujer apenas pudo esquivarle torpemente en el último momento, arrastrando su débil pierna izquierda. El pesado atacante chocó contra una mesa obligando a saltar hacia atrás entre gritos y maldiciones a las personas que la ocupaban. Enseguida se puso de nuevo en pie, con un aspecto aún más rabioso, maldijo a gritos y volvió al ataque.
          —Espero que se le dé tan bien pelear como hablar —dijo Phyro mientras daba palmas y echaba a reír—. ¡Nunca nos habíamos divertido tanto faltando a clase!
          —Quedaos detrás de mí —dijo Timu abriendo los brazos y colocándose para proteger a sus hermanos de la confusión reinante en el centro de la taberna.
          La mujer desenvainó la espada con la mano derecha. Se apoyó en el bastón, agarró el arma de una manera insegura y dirigió su punta vacilante hacia el hombre. Pero Caracortada parecía haberse vuelto loco. Se lanzó hacia ella sin contenerse y estiró el brazo hasta agarrar el filo con las manos desnudas.
          Los parroquianos miraron hacia otro lado o se encogieron de dolor, esperando ver manar la sangre de los dedos cerrados sobre la espada.
          Crack. La hoja se partió por la mitad limpiamente y la mujer cayó al suelo, aturdida por el impacto del hombre corpulento contra su cuerpo. Todavía seguía sujetando la mitad de la espada y no se veía ni una sola gota de sangre.
          Caracortada se echó a reír y lanzó la otra mitad al fuego, donde la espada de madera, pintada para que pareciera real, al instante prendió en llamas.
          —¿Quién es aquí el verdadero estafador? —gritó con desprecio Caracortada—. Cree el ladrón que todos son de su condición. Y lo vas a pagar —como un lobo abalanzándose sobre su presa, se acercó resueltamente a la mujer, todavía conmocionada. Ahora que su túnica se había levantado, observó que su pierna izquierda estaba recubierta por una especie de arnés, similar al que llevan muchos veteranos de guerra que han perdido sus miembros.
          —Así que también eres una inútil tullida —dijo, escupiéndola y levantando su pie derecho, enfundado en una enorme bota de cuero, con la intención de patearle la cabeza.
          —¡No te atrevas a tocarla! —gritó Phyro—. ¡O haré que te arrepientas de ello!
          Caracortada se paró en seco y se giró para contemplar a los tres niños del rincón.
          Timu y Théra observaban atónitos a Phyro.
          —El maestro Ruthi siempre dice que un caballero moralista debe alzarse a favor de los necesitados —afirmó Phyro en tono defensivo.
          —¿Y has decidido que este es el momento en que vas a empezar a hacerle caso? —protestó Théra—. ¿Crees que estamos en palacio, rodeados de guardias que pueden detenerle?
          —¡Lo siento, pero ella estaba defendiendo el honor de papá! —susurró Phyro con vehemencia, sin echarse atrás.
          —¡Corred los dos! —gritó Timu—. Yo lo contendré —agitó sus flacuchos brazos sin tener claro cómo iba a desarrollar su plan.
          Cuando comprobó quiénes eran los tres «héroes», Caracortada se echó a reír.
          —Ya me encargaré de vosotros, mocosos, cuando haya terminado con ella —se dio la vuelta y se agachó para agarrar el bolso de viaje sujeto al cinturón de la cashima.
          Los ojos de Théra recorrieron el local: algunos de los parroquianos se apiñaban junto a las paredes para mantenerse tan lejos de la pelea como fuera posible; otros iban desplazándose pasito a pasito hacia la puerta, buscando la fuga. Nadie pensaba hacer nada para evitar el robo, o algo peor, que se estaba produciendo. Agarró a Phyro por las orejas antes de que pudiera escaparse, le volvió hasta tenerle delante y le tocó la frente con la suya.
          —¡Ay! —se quejó Phyro—. ¿Tienes que hacer eso?
          —Timu es valiente, pero no sirve para una pelea —dijo ella.
          Phyro asintió.
          —A no ser que se trate de una competición para ver quién escribe los ideogramas más indescifrables.
          —Eso es. Así que depende de nosotros dos.
          Phyro sonrió.
          —Eres la mejor hermana mayor.
          Timu, todavía haciendo aspavientos vacilantes, trataba de empujarles.
          —¡vamos, marchaos!
          Junto a la estufa, Caracortada examinaba el contenido del bolso que había arrebatado a la mujer que yacía a sus pies, inerte. Tal vez todavía estuviera recobrándose del golpe.
          Phyro salió a toda prisa y desapareció entre la muchedumbre de parroquianos.
          Pero en lugar de correr, Théra se subió a la mesa de un salto.
          —¡Eh!, ¡tía Phiphi, tía Kira, tía Jizan! —gritó mientras señalaba a las tres mujeres que se encontraban entre quienes se desplazaban poco a poco hacia la puerta. Estas se detuvieron para mirarla, sorprendidas de oír sus nombres en boca de esa extraña muchacha.
          —¿La conocéis? —susurró Phiphi.
          Jizan y Kira sacudieron las cabezas.
          —Estaba sentada junto a nuestra mesa —respondió Kira también en un susurro—. A lo mejor nos escuchaba cuando charlábamos.
          —¿No habéis dicho siempre que si quiero vivir en un hogar armonioso cuando me case no puedo permitir que los hombres me avasallen? —continuó Théra—. Ya que los hombres están huyendo con el rabo entre las piernas, ¿vais a ayudarme a dar una lección a este bruto?
          Caracortada miró a Théra y luego a las tres mujeres, sin saber muy bien qué estaba pasando. Pero Théra no le dio tiempo a pensárselo mucho.
          —¡Oh, el primo Ro! Prácticamente todo nuestro clan está aquí. ¿Por qué tenéis tanto miedo de este patán?
          —Yo no lo tengo —respondió una voz joven, casi de niña, entre la multitud. En ese momento un cuenco salió volando desde las sombras, cerca de la puerta y chocó contra Caracortada, empapándolo de perfumado té caliente—. ¡Diablos, si todos le escupimos podríamos ahogarlo! ¡Adelante tía Phiphi, tía Kira, tía Jizan!
          La muchedumbre que había estado intentando escapar de la taberna dejó de avanzar. Las tres mujeres miraron boquiabiertas a Caracortada, que ahora parecía un pollo atrapado en medio de una tormenta. Se miraron entre sí y sonrieron.
          Al instante, tres jarras de cerveza volaron por el aire alcanzando al hombre, que rugió de rabia.
          —¡Y allá va una de mi parte! —Théra agarró la botella de vino de arroz de la mesa y la lanzó contra la cabeza de Caracortada. Falló el tiro, la botella se rompió contra la estufa y el vino demarrado siseó al contacto con el fuego.
          Las multitudes son algo delicado. A veces es suficiente un solo ejemplo para que un rebaño de ovejas se convierta en una turba de lobos.
          Como las mujeres habían tenido tanto éxito con sus primeros lanzamientos, los hombres se miraron entre sí y descubrieron de repente su valor. Incluso el narrador, Tino, tan obsequioso hasta ese momento, lanzó su jarra de cerveza medio vacía al ladrón. Cuencos, tazas, botellas y jarras volaron desde todas las direcciones hacia Caracortada, que se cubría la cabeza con los brazos y se tambaleaba para sobrevivir a la arremetida, aullando de dolor. La pareja que llevaba la taberna saltaba arriba y abajo, suplicando que no les destrozaran el local, pero era demasiado tarde.
          —¡Os pagaremos los daños! —gritó Timu por encima del estruendo, pero no quedó claro si los propietarios le oyeron.
          Buena parte de los proyectiles había alcanzado a Caracortada, que tenía magulladuras por todos lados. La sangre manaba de los cortes recibidos en la cara y estaba empapado de té, vino y cerveza. Al darse cuenta de que ya no podía intimidar a la exaltada muchedumbre, escupió lleno de odio a Théra. Pero tenía que salir de allí antes de que la gente se volviera aún más atrevida e intentara derribarlo.
          En un gesto final de resentimiento, arrojó el bolso contra las llamas de la estufa y se hizo camino a empujones entre los airados presentes, que de uno en uno todavía temían su tamaño y su fuerza y se iban haciendo a un lado. Se lanzó contra la puerta frontal de la taberna como un lobo separado de la manada por una jauría de perros, dejando tras de sí solo unos cuantos copos de nieve arremolinados junto a la entrada. Pronto, los copos también desaparecieron como si Caracortada nunca hubiera estado allí.
          Hombres y mujeres formaron corrillos en la taberna, dándose golpecitos en la espalda unos a otros y felicitándose por su valentía, mientras los propietarios se afanaban de un lado a otro con escoba y recogedor, cubo y trapos para retirar la cerámica y la porcelana rotas. Phyro se abrió paso entre la gente hasta llegar junto a Théra.
          —He sido el primero en atizarle en toda la cara con ese cuenco —alardeó Phyro.
          —Bien hecho, «primo Ro» —dijo Théra sonriendo.
          Tino el narrador y los propietarios de la taberna se acercaron a agradecer a los tres niños su intervención heroica y, en el caso de los dueños del local, también para asegurarse de que efectivamente pagarían por los daños. Théra y Phyro dejaron a Timu que se encargara de expresar con lenguaje florido y con la humildad necesaria el aprecio compartido, así como de escribir los pagarés, y fueron a ver si la joven cashima se encontraba bien.
          Estaba conmocionada por el golpe que le había propinado el hombre pero sin heridas importantes. La ayudaron a sentarse y le hicieron beber sorbos de vino de arroz templado.
          —¿Cómo te llamas?
          —Zomi Kidosu —respondió avergonzada con voz débil—, de Dasu.
          —¿Eres una cashima auténtica? —preguntó Phyro, señalando la espada de madera rota tirada a su lado.
          —¡Hudo-tika! —intervino Théra avergonzada por la pregunta irrespetuosa de su hermanito.
          —¿Qué pasa? Si la espada no es de verdad, tal vez tampoco lo sea su rango.
          Pero la joven no contestó. Miraba fijamente al fuego, donde la otra mitad de la espada se había convertido en cenizas.
          —Mi pase… mi pase…
          —¿Qué pase? —preguntó Phyro.
          Zomi continuó balbuceando como si no pudiera oírle.
          Théra observó el calzado gastado y la túnica con remiendos de la joven; su mirada se detuvo un momento en el intrincado arnés que le rodeaba la pierna izquierda, fabricado de una manera que nunca antes había visto, ni siquiera en los diseños de los médicos imperiales que trataban las heridas sufridas por los guardias más apreciados por su padre; observó los callos en las almohadillas del pulgar y de los dedos índice y medio de la mano derecha, así como en el envés del dedo anular; observó los restos de cera y las manchas de tinta bajo sus uñas.
          Está muy lejos de casa y ha estado practicando la escritura a conciencia.
          —Por supuesto que es una cashima auténtica —dijo Théra—. Ha venido a Pan para presentarse al Gran Examen. ¡Ese estúpido ha quemado su pase para la Sala de Exámenes!


© 2016 Ken Liu
© 2017 Francisco Muñoz de Bustillo por la traducción
© 2017 Alianza Editorial, S.A.

El muro de las tormentas a la venta el 2 de marzo de 2017.

Inicia sesión y deja un comentario