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Justicia auxiliar: Presentación de Miquel Barceló y primer capítulo

Justicia auxiliar - Avance - Destacada

Nova publica la primera entrega de la «Trilogía del Radch» el 27 de mayo.

El próximo 27 de mayo se pone a la venta en el sello Nova de Ediciones B Justicia auxiliar, la primera novela de la autora británica Ann Leckie. Justicia Auxiliar ha cosechado todos los premios posibles del género de la ciencia ficción y cuenta la historia de una inteligencia artificial masiva que se ve reducida a un solo cuerpo humano y clama venganza contra Anaander Mianaai, el divino señor del Radch.

Aquí tenéis en primicia la presentación que Miquel Barceló le dedica a la novela y su primer capítulo. ¡Que los disfrutéis!

Justicia auxiliar - Portada

Presentación de Miquel Barceló

En los años veinte del pasado siglo, el sociólogo estadounidense William Fielding Ogburn (1886-1959) ya expresó su clásica visión del llamado determinismo tecnológico. La idea central era que la tecnología venía a ser el principal motor del progreso humano y Ogburn estudió como la tecnociencia cambiaba nuestras vidas con gran facilidad y rapidez.
          Más tarde, en 1970, fue el ensayista, también estadounidense, Alvin Toffler quien popularizó el concepto en su famoso y popular libro El shock del futuro (Future Shock, 1970). La idea seguía siendo sencilla: por efecto de la ciencia y la tecnología, el futuro que nos aguarda ya no va a ser como ha sido el pasado y ni siquiera como es el presente. El cambio preside nuestras vidas de una manera incluso «chocante» por la sorpresa que nos puede causar vivir de manera distinta de como lo hemos hecho hasta un determinado momento.
          No me negarán que los ordenadores, los teléfonos móviles inteligentes y su intervención en las redes sociales son un buen ejemplo de todo ello. Como también lo son las ecografías, las resonancias magnéticas, los TAC como herramientas de diagnóstico médico o los nuevos sistemas de intervención quirúrgica no invasivos. Por poner solo algunos ejemplos.
          En este sentido, la ciencia ficción, que Isaac Asimov consideraba como «la literatura que trata de la respuesta humana a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología», parecía haber quedado sumamente afectada por esta consciencia, hoy general, de que la tecnociencia es capaz de cambiar con suma rapidez el mundo y, con él, nuestra manera de vivir.
          Pero, al mismo tiempo, esa potencia transformadora de la ciencia y la tecnología ha llevado (y me he quejado muchas veces de ello en los últimos años) a que la ciencia ficción reduzca en demasía su ámbito especulativo. Temiendo los cambios que pueden deparar la ciencia y la tecnología en nuestra manera de vivir en el futuro, muchos autores recientes de ciencia ficción, para no quedar en ridículo con el paso del tiempo, se han limitado a especulaciones en el llamado futuro cercano (near future), al no saber lo que nos puede deparar la tecnociencia en las próximas décadas. En este sentido, muchas de las novelas de ciencia ficción de los últimos años se confunden con el thriller tecnológico basado sobre todo en nuevos desarrollos (inventados o incluso sumamente predecibles) de las biotecnologías o las infotecnologías.
          Sin embargo, para mi satisfacción (y, tal vez, para llevarme un poco la contraria…) hay algunas sorpresas que también «chocan» con esas expectativas respecto de la ciencia ficción de nuestros días. Algunas novelas vuelven al sentido original de la mejor ciencia ficción de la historia y se atreven con especulaciones brillantes, no centradas en el futuro cercano. Y esa es una noticia a celebrar.
          En este caso se trata de una novela impresionante, Justicia auxiliar, de la debutante Ann Leckie, que, como era de esperar, ha batido todos los récords. Publicada en 2013, hasta el presente ya se ha hecho con todos los premios mayores de la ciencia ficción mundial en justo reconocimiento a su valía. Primero obtuvo el premio Nebula, después fue considerada por los lectores de la influyente revista Locus como la mejor primera novela del año. Con ese bagaje no es extraño que obtuviera también el premio Hugo y, por el momento, también el premio Arthur C. Clarke y el premio BSFA de la ciencia ficción británica. Y les aseguro que no serán los únicos. La novela es tan buena, y sugiere tantas cosas, que va a merecer muchos más. Hugo, Nebula, Locus, Arthur C. Clarke y BSFA componen un bagaje inicial impresionante. Y lo más importante: sumamente merecido.
          Y las primeras preguntas que vienen a la mente resultan evidentes: ¿quién es Ann Leckie? Y ¿qué tiene Justicia auxiliar para merecer todo este despliegue de premios?
          Vayamos por partes.

Cuando leí la novela no tenía la menor idea de quién era Ann Leckie. Pero eso también me ocurrió con el autor de El marciano, Andy Weir. Señal que los tiempos están cambiando y que todavía existe la posibilidad de maravillosas y gratas sorpresas en la ciencia ficción. Casi siempre de la mano de autores nuevos. El género sigue vivo pese a sus muchos enterradores…
          Ahora, tras intentar averiguar algo sobre Leckie, me he enterado de que ha escrito y publicado algunos relatos cortos y, sobre todo, que ha asistido al taller de trabajo literario Clarion West Writers Workshop. Y eso ya me sitúa un poco más.
          El Clarion es el curso más famoso y de mayor prestigio de entre los varios que enseñan a escribir ciencia ficción y/o ficción especulativa. Nació en 1968 en el Clarion College de la Universidad de Pensilvania, organizado por Robin Scott Wilson. Se repite anualmente y se le sigue llamando Clarion aunque a veces cambie de localización geográfica. El primer año, el curso fue una extensión de un ciclo de verano en el que se contó con la colaboración de famosos autores y estudiosos del género (como Damon Knight y Kate Wilhelm) para dirigir los talleres creativos de una semana de duración.
          El Clarion West es la versión que se hace en Seattle (Washington, Estados Unidos) desde 1971, cuando fue fundado por Vonda N. McIntyre. Hoy es un curso de verano de seis semanas de duración. Tal como se anuncia, el taller de trabajo Clarion West está «orientado a ayudar a los estudiantes a prepararse para una carrera profesional como escritores de ficción especulativa. Cada clase está limitada a 18 alumnos, y cada semana cuenta con un autor muy respetado o editor diferentes que ofrecen una perspectiva única sobre el campo. El taller de trabajo Clarion West es uno de los más respetados entre los talleres de ciencia ficción y fantasía en el mundo». Y lo cierto es que algunos de los mejores autores de la actualidad han asistido a alguno de estos cursos.
          En Estados Unidos, varios de los más famosos autores de ciencia ficción suelen intervenir en estos cursos y también en multitud de conferencias sobre el género, su temática y sus obras. El precedente data de 1956, cuando James Blish, Damon Knight y Judith Merril convocaron a una treintena de autores a la ya histórica Milford Conference, en Pensilvania, en el marco de la convención mundial que aquel año se convocó en la vecina Nueva York. De una reunión basada en los intercambios de opinión, se transformó, con el tiempo, en los «talleres de trabajo» que están en el origen de los muchos cursos actuales de «escritura creativa». En dichos cursos, como en la primitiva conferencia de Milford, generalmente cada asistente somete uno o varios manuscritos a la atención, crítica y discusión del resto.
          Por eso, Leckie, en los agradecimientos al final de esta novela, explicita que «no sería la escritora que soy sin los beneficios del Clarion West Writers Workshop y mis compañeros de curso».
          En mi lectura de los efectos de ese taller de trabajo, acude inmediatamente a mi mente la idea de un intento por aprender a narrar historias con una sobresaliente calidad literaria. De ahí que NPR Books haya definido Justicia auxiliar como una novela «segura, fascinante y con estilo». Ahí es nada para una debutante…
          Diré también que Leckie asistió al Clarion West Writers Worshop en 2005 y tuvo como tutora nada más y nada menos que a Octavia Butler (1947-2006), una de las mejores escritoras del género y, a su vez, asistente como estudiante al Clarion en 1971. Tras asistir al Clarion, Leckie retomó un viejo borrador y dedicó seis años a escribir Justicia auxiliar, cuyos derechos vendió en 2012 y se publicó, como ya he dicho, en 2013. Luego vinieron los premios…
          Y lo bueno en este caso es que Justicia auxiliar es solo el primer libro de una trilogía que va a ser completada por Ancillary Sword (2014) y Ancillary Mercy (2015) y que espero podamos ofrecerles en un futuro, esta vez sí, cercano. Si Justicia auxiliar puede verse, también (más abajo hablo de ello), como una peculiar space opera con sus batallas y la parafernalia habitual (aunque haya mucho más que eso en la novela…), la continuación, Ancillary Sword, pasa a un registro más íntimo y personal, siempre en torno al mismo personaje. Pero de todo ello ya tendremos tiempo para hacer el comentario pertinente, cuando vayamos publicando esos títulos, para mí ya imprescindibles en la ciencia ficción moderna.

Y llegamos (¡por fin!) a la novela que ahora nos ocupa: Justicia auxiliar. Como he dicho, se trata de una verdadera sorpresa que finaliza, además, con una explosión creativa y literaria muy sugerente de la que, evidentemente, no les puedo hablar aquí.
          Sin embargo, sí les hablaré de ese futuro inventado por Ann Leckie, ese imperio galáctico del Radch, en el que las inteligencias artificiales (IA) dominan y usan a los humanos como simples extensiones dotadas de movimiento pero pertenecientes a la IA de la que forman parte.
          Ese es un tema muy propio de la ciencia ficción y que preside las mejores novelas de un autor como Vernor Vinge en la que ha dado en llamarse la serie de la «Zona de Pensamiento» (Thought Zone), integrada por Un fuego sobre el abismo (A Fire Upon the Deep, 1992), Un abismo en el cielo (A Deepness in the Sky, 1999) y The Children of the Sky (2011).
          Pero la idea central ya la expresó el mismo Vernor Vinge en 1992 en una comunicación en un congreso patrocinado por la NASA. Allí, Vinge habló por primera vez de la llamada «singularidad tecnológica», lo que ocurriría cuando haya realmente inteligencias artificiales y el futuro sea construido no solo por humanos, sino por estos y aquellas. Al no saber cuáles serán los objetivos de esas IA, lo cierto es que ese momento se ha de ver como una singularidad (en sentido matemático: un punto en el tiempo, como el momento del big bang, del que no se puede decir nada…), ya que la incorporación de IA como agentes de la historia del futuro es totalmente imprevisible en lo que a sus consecuencias se refiere.
          De ese tema trata, en el fondo, Justicia auxiliar. El (o la) protagonista es el humano Breq, alias Esk Una, alias la nave Justicia de Toren. Leckie, brillante creadora de mundos imaginados, nos ofrece una compleja visión de un futuro lejano donde la presencia de IA ha alterado radicalmente el papel de los humanos en la historia futura. Una especulación inesperada, arriesgada y sumamente sugerente.
          Con un efecto añadido en el que, imagino, la mano de la tutora de Ann Leckie en Clarion, Octavia Butler, tal vez no sea del todo ajena. Y es el papel del género (masculino/femenino) en la novela. Como extensiones de las IA, los humanos en realidad vienen a ser seres neutros y por eso es imposible considerar que Breq es un «él» o una «ella». En el fondo sería un «lo».
          Estos «juegos» con el género son posibles en inglés con una relativa facilidad. Pero hay problemas al verterlos al castellano, una lengua que tiene género de manera mucho más explícita que el inglés original de la novela.
          Un problema parecido lo tuvimos, hace ya años, con la publicación en NOVA de Serpiente de Sueño (1978), de Vonda N. McIntyre. En esa novela, una sanadora que usa serpientes y su veneno como elemento curativo, recorre un planeta devastado buscando una serpiente de sueño capaz de reemplazar a la que se le ha muerto, dejándola sin la posibilidad de ejercer su labor.
          En su periplo, y al menos por un par de veces, la autora hace que, al llegar a una población, la sanadora pueda hablar con quien ejerce la alcaldía, o quien lleva la gestión de la farmacia, etc. Solo al cabo de unas páginas, cuando todos (llevados por lo que suele ser habitual en nuestro mundo cotidiano) pensamos en la figura de un alcalde (masculino), un farmacéutico (también masculino…), etc., la autora incluye el «she» como característico de ese personaje, enseñándonos que nuestra suposición era un prejuicio. Lo más duro es cuando eso pasa por segunda vez en la lectura de la novela… Uno se da cuenta de sus propios prejuicios y eso resulta sumamente didáctico.
          Yo no sé si la voluntad de Ann Leckie en Justicia auxiliar es didáctica (que debe de serlo…), pero sí veo muy claro que en un futuro dominado por las IA y en el que los humanos son meras extensiones de las mismas, no parece que el género (como constructo social y no meramente como sexo, como decía Simone de Beauvoir) tenga excesivo sentido. No obstante, ello no elimina la dificultad de la traducción de una novela como esta. Seguro que la traductora ha hecho un buen trabajo.
          En cuanto a la trama de la novela, la idea es que una nave, Justicia de Toren, se ha convertido, tras millares de años, en una especie de mezcla entre humano y un borg (sí, recordemos aquí Star Trek) y está compuesta de diversas partes intercambiables.
          Años atrás, un soldado llamado Breq era una parte de esa nave espacial cuya inteligencia artificial (IA) coordina y dirige miles de soldados de cadáveres que sirven al imperio Radch. Ahora, un acto de traición ha dejado a Breq con un único y frágil cuerpo humano y un deseo insaciable de venganza contra la Lord del Radch, una inteligencia multicuerpo conocida como Anaander Mianaai.
          Ese Breq (que es también Esk Una y, en el fondo, la propia nave Justicia de Toren), justo en los confines del vasto imperio Radch, acaba violando la primera norma de esa peculiar cultura radchaai. Una regla que viene a decir que supuestamente los humanoides auxiliares no han de disparar a sus amos, no importa lo malos que estos sean.
          Y hasta aquí puedo llegar… El final es una verdadera traca literaria y temática que abre el camino a los otros libros de la trilogía y completa una espectacular primera novela que, al menos a mí, me ha reconciliado con la ciencia ficción moderna a la que, con ejemplos como el de Weir o Leckie (sin olvidar a los hoy ya clásicos Stephenson, Simmons, Willis, etc.), veo claramente capaz de emular a los viejos maestros.
          No les digo aquello habitual de «que ustedes la disfruten», porque sé de su inteligencia y de las bondades de esta novela. Es seguro que la disfrutarán.

Miquel Barceló - Sable láser

Miquel Barceló (foto: TeInteresa.es).


 

Capítulo 1

El cuerpo estaba desnudo y boca abajo. Su piel era de un color gris cadavérico y había salpicaduras de sangre a su alrededor, sobre la nieve. La temperatura era de quince grados bajo cero y se había producido una tormenta apenas unas horas antes. A la tenue luz del amanecer, la capa de nieve se extendía, uniforme, en todas las direcciones y solo unas pocas huellas conducían a un edificio de hielo cercano. Se trataba de una taberna; o lo que en aquella ciudad se consideraba una taberna.
          Había algo intrigante y familiar en aquel brazo extendido, en el contorno que iba del hombro hasta la cadera. Pero era casi imposible que conociera a aquella persona porque no conocía a nadie en aquel lugar. Estaba en el extremo helado de un planeta frío y aislado que estaba tan lejos del mundo civilizado, según la concepción radchaai, como se podía estar. Había viajado hasta allí, a aquel planeta, a aquella ciudad, solo porque tenía asuntos propios y urgentes que resolver. Los cuerpos tendidos en la calle no eran asunto mío.
          A veces, no sé por qué hago lo que hago. Incluso después de tanto tiempo, no saberlo, no tener órdenes que cumplir segundo a segundo todavía me parece algo nuevo, así que no puedo explicar por qué me detuve y con un pie levanté el hombro desnudo de aquella persona para verle la cara.
          A pesar de lo helada, amoratada y ensangrentada que estaba, la reconocí. Se llamaba Seivarden Vendaai y, mucho tiempo atrás, había sido una de mis oficiales, una teniente joven a quien, con el tiempo, ascendieron y le asignaron el mando de otra nave. Creía que hacía mil años que había muerto, pero, indudablemente, allí estaba. Me agaché y comprobé si tenía pulso, o el más leve de los alientos.
          Estaba viva.
          Seivarden Vendaai ya no era de mi incumbencia, no era responsabilidad mía. Además, nunca había sido una de mis oficiales favoritas. Yo había obedecido sus órdenes, por supuesto, y ella nunca había maltratado a ninguna auxiliar, nunca había dañado a ninguno de mis segmentos como hacía, ocasionalmente, alguna oficial. No tenía ninguna razón para pensar mal de ella, sino todo lo contrario, porque sus modales eran los de una persona bien educada y de una buena familia. Claro que ella nunca empleó sus buenos modales conmigo, desde luego, porque yo no era una persona, sino una pieza de un equipo, una parte de la nave. En cualquier caso, nunca me había preocupado por ella especialmente.
          Me levanté y entré en la taberna. El local era oscuro y el blanco de las paredes de hielo hacía tiempo que estaba cubierto de suciedad o cosas peores. El aire olía a alcohol y a vómito. Detrás de la barra había una camarera de pie. Se trataba de una nativa, baja y gorda, de piel pálida y expresión ingenua. Tres clientas estaban repantingadas en sillas alrededor de una mesa sucia. A pesar del frío, no llevaban más que pantalón y camisa acolchada. En aquel hemisferio de Nilt era primavera y disfrutaban de la cálida temporada. Fingieron no notar mi presencia, aunque sin duda ya me habían visto en la calle y sabían qué me había empujado a entrar. Probablemente, una o varias de ellas habían estado implicadas en lo sucedido, porque Seivarden no llevaba mucho tiempo allí fuera; si no, ya estaría muerta.
          —Quiero alquilar un trineo —anuncié—. Y comprar un equipo de hipotermia.
          Detrás de mí, una de las clientas se rio y exclamó en tono burlón:
          —¡Vaya, una niña dura!
          Me volví para mirarla, para estudiar su cara. Era más alta que la mayoría de las nilteranas, pero gorda y pálida como todas ellas. Era más corpulenta que yo, pero yo era más alta y también considerablemente más fuerte de lo que parecía. No se dio cuenta de con qué estaba jugando. A juzgar por el contorno anguloso del acolchado de su camisa, debía de tratarse de un hombre, aunque no estaba completamente segura. Si estuviéramos en el espacio del Radch, eso no tendría importancia. Para las radchaais no es relevante ser hombre o mujer y el idioma que hablan, que es el mío, no indica, de ninguna forma, la distinción entre sexos. Sin embargo, el idioma que estaba hablando en aquel momento sí que hacía esa distinción y, si utilizaba el género equivocado, podía meterme en un lío. Tampoco ayudaba el hecho de que las pistas que identificaban el sexo cambiaran de un lugar a otro, a veces radicalmente; y casi nunca tenían mucho sentido para mí.
          Decidí no responder. Al cabo de un par de segundos, sin causa aparente, la clienta descubrió algo interesante en la superficie de la mesa. Podría haberla matado allí mismo sin mucho esfuerzo y la verdad es que la idea me pareció atractiva, pero, en aquel momento, Seivarden era mi prioridad. Me volví de nuevo hacia la camarera, quien relajó los hombros con actitud despreocupada y dijo, como si no nos hubieran interrumpido:
          —¿Qué tipo de lugar crees que es este?
          —El tipo de lugar donde me alquilarán un trineo y me venderán un equipo de hipotermia —contesté. De momento, me mantenía en un territorio lingüístico seguro, donde no necesitaba hablar en masculino o en femenino—. ¿Cuánto me va a costar?
          —Doscientos shenes. —La cifra debía de ser, como mínimo, el doble del precio habitual. De eso estaba segura—. Eso por el trineo. Está en la parte de atrás. Tendrás que ir a buscarlo tú misma. Y otros cien por el equipo.
          —Tiene que estar completo —advertí—. Y nuevo.
          De detrás de la barra extrajo uno cuyo sello parecía intacto y dijo:
          —Tu colega de ahí fuera tiene una cuenta pendiente.
          Quizá se tratara de una mentira. Quizá no. En cualquier caso, el importe sería pura ficción.
          —¿Cuánto?
          —Trescientos cincuenta.
          Podía encontrar la manera de seguir evitando referirme al sexo de la camarera. O podía intentar adivinarlo. En última instancia, se trataba de una posibilidad de error del cincuenta por ciento.
          —Eres muy confiado —afirmé suponiendo que era un hombre— al permitir que un indigente —sabía que Seivarden era un hombre, ese era fácil— acumule semejante deuda.
          La camarera no dijo nada.
          —¿Seiscientos cincuenta lo cubre todo?
          —Sí —contestó la camarera—. Casi todo.
          —No, absolutamente todo. Llegaremos a un acuerdo ahora mismo. Y si alguien va en mi busca más tarde y me reclama más dinero o intenta robarme, morirá.
          Silencio. Entonces oí que alguien, detrás de mí, escupía.
          —¡Escoria radchaai!
          —Yo no soy radchaai.
          Lo que era cierto, porque tienes que ser humana para ser radchaai.
          —Él sí que lo es —afirmó la camarera moviendo levemente un hombro en dirección a la puerta—. No tienes el acento, pero apestas a radchaai.
          —El olor es de la bazofia que sirves a tus clientes.
Las clientas que había detrás de mí se rieron. Metí la mano en un bolsillo, saqué un puñado de billetes y los eché sobre la barra.
          —Quédate con el cambio. —Me volví para marcharme.
          —Será mejor que tu dinero sea bueno.
          —Será mejor que tu trineo esté en la parte de atrás como me has dicho. —Y salí de la taberna.
          Primero el equipo de hipotermia. Volví cara arriba a Seivarden. Rompí el sello del equipo, desprendí el sensor interno de la tarjeta y lo introduje en la sangrienta y medio congelada boca de Seivarden. Cuando el indicador de la tarjeta se puso en verde, desplegué el delgado envoltorio, me aseguré de que la carga fuera la adecuada, envolví a Seivarden con él y lo encendí. Entonces me dirigí a la parte trasera de la taberna en busca del trineo.
          Nadie estaba esperándome, lo que fue una suerte, porque no quería dejar cadáveres a mi paso, todavía no. No había viajado hasta allí para causar problemas. Tiré del trineo hasta la parte delantera del edificio, monté en él a Seivarden y barajé la posibilidad de quitarme el abrigo exterior y cubrirla con él, pero al final decidí que eso no incrementaría significativamente el efecto del envoltorio de hipotermia. Puse en marcha el trineo y me largué.
          Alquilé una habitación en las afueras de la ciudad. Se trataba de uno de los doce cubículos del edificio; eran cubos mugrientos de plástico prefabricado, de un color gris verdoso y de dos metros de lado. No había cama y las mantas se pagaban aparte, igual que la calefacción. Pagué lo que me pidieron, al fi n y al cabo ya me había gastado una cantidad exorbitante para sacar a Seivarden de la nieve.
          Le limpié la sangre lo mejor que pude, comprobé el pulso, que todavía latía, y la temperatura, que iba en aumento. Antes, habría sabido cuál era la temperatura corporal sin siquiera detenerme a pensar en ello, y también el ritmo cardíaco, la concentración de oxígeno en la sangre y la de hormonas. Solo con desearlo, habría percibido todas sus heridas. Pero ahora era como si estuviera ciega. Era evidente que la habían golpeado; tenía la cara hinchada y el torso amoratado.
          El equipo de hipotermia tenía un correctivo muy básico, solo uno, y adecuado únicamente para primeros auxilios. Seivarden podía sufrir heridas internas y una conmoción cerebral grave, y yo solo podía curar cortes y esguinces. Con un poco de suerte, la hipotermia y las moraduras serían lo único a lo que me enfrentaba, porque no tenía muchos conocimientos médicos. Ya no. Cualquier diagnóstico que hiciera sería elemental.
          Le introduje otro sensor interno en la garganta y realicé otro chequeo. Tenía la piel tan fría como cabía esperar dadas las circunstancias y no estaba sudorosa. Su color, aún teniendo en cuenta los morados, recuperaba un tono moreno normal. Llevé a la habitación un recipiente con nieve para que se fundiera, lo dejé en una esquina, donde esperaba que ella no lo volcara si se levantaba, y me fui echando la llave al salir.
          El sol estaba más alto, pero la luz apenas era más intensa que antes. Había más huellas interrumpiendo la uniformidad de la capa de nieve formada por la tormenta de la noche anterior y por la calle caminaban un par de nilteranas. Llevé el trineo de vuelta a la taberna y lo aparqué en la parte de atrás. Nadie me importunó y no oí ningún ruido procedente de la oscura entrada del local. Me dirigí al centro de la ciudad.
          Las ciudadanas iban de un lado a otro, ocupadas en sus asuntos. Unas niñas gordas, pálidas y vestidas con pantalones y camisas acolchadas se lanzaban nieve unas a otras a patadas. Cuando me vieron, se detuvieron y me contemplaron con sorpresa y con los ojos muy abiertos. Las adultas me ignoraban, pero cuando se cruzaban conmigo, me miraban. Entré en una tienda y pasé de lo que en aquel planeta se consideraba luz diurna a la penumbra y a una temperatura que apenas era cinco grados superior a la del exterior.
          En el interior de la tienda, una docena de personas charlaban unas con otras, pero, cuando entré, de repente se hizo el silencio. Me di cuenta de que mi cara era inexpresiva y adapté los músculos faciales a una expresión agradable que no resultara comprometedora.
          —¿Qué quieres? —gruñó la tendera.
          —Me parece que ellos van delante de mí. —Mientras hablaba, deseé que se tratara de un grupo mixto, como indicaban mis palabras. Solo obtuve silencio como respuesta—. Quiero cuatro barras de pan y un pedazo de grasa. Y también dos equipos de hipotermia y dos correctivos de uso general, si es que tienen.
          —Tengo de diez, veinte y treinta.
          —De treinta, por favor.
          La tendera apiló mis compras en el mostrador.
          —Trescientos setenta y cinco.
          Detrás de mí, alguien tosió. Volvían a cobrarme más de la cuenta.
          Pagué y me fui. Las niñas seguían divirtiéndose en la calle y las personas adultas siguieron cruzándose conmigo como si no existiera. Realicé otra parada. Seivarden necesitaría ropa. Después regresé a la habitación.
          Seivarden seguía inconsciente, pero, por lo que vi, no mostraba signos de padecer un shock. Buena parte de la nieve del recipiente se había derretido, así que introduje en él media barra de aquel pan duro como una piedra para que se reblandeciera.
          Las alternativas que entrañaban mayor peligro consistían en que padeciera daños cerebrales o de algún otro órgano interno. Abrí el envoltorio de los dos correctivos que acababa de comprar, levanté la manta y le apliqué uno en el abdomen. Contemplé cómo se licuaba, se extendía y, luego, se endurecía y se convertía en una especie de caparazón transparente. Después apliqué el otro correctivo en el lado de la cara que tenía más amoratado. Cuando se endureció, me quité el abrigo exterior, me tumbé y me dormí.
          Algo más de siete horas y media más tarde, Seivarden se movió y yo me desperté.
          —¿Estás despierta? —le pregunté.
          El correctivo que le había aplicado en la cara le mantenía un ojo y la mitad de la boca cerrados, pero las moraduras y la hinchazón se habían reducido considerablemente. Reflexioné, durante un instante, sobre cuál sería la expresión facial adecuada y la adopté.
          —Te encontré en la nieve, delante de una taberna. Me pareció que necesitabas ayuda.
          Seivarden exhaló de una forma leve y ronca, pero no volvió la cara hacia mí.
          —¿Tienes hambre?           —No obtuve ninguna respuesta, solo una mirada vacía—. ¿Has recibido algún golpe en la cabeza?
          —No —contestó ella en voz baja, con las facciones relajadas y fláccidas.
          —¿Tienes hambre?
          —No.
          —¿Cuándo comiste por última vez?
          —No lo sé.
          Su voz sonó calmada y monocorde.
          La incorporé y la apoyé con cuidado contra la pared gris verdosa; no quería causarle más daños ni que se desplomara y se golpeara contra el suelo, pero ella se mantuvo erguida. Entonces le introduje, lentamente, un poco de pasta de pan y agua en la boca, más allá del extremo del correctivo.
          —Traga —le indiqué, y ella me obedeció.
          Le di, de esta manera, la mitad de lo que había en el recipiente. Luego me comí lo que quedaba y volví a llenar el recipiente de nieve.
          Ella me contempló mientras yo sumergía otra media barra de pan en la nieve, pero no dijo nada, y la expresión de su cara siguió siendo apacible.
          —¿Cómo te llamas? —le pregunté.
          Ninguna respuesta.
          Supuse que había tomado kef. Casi todo el mundo te dirá que el kef suprime las emociones y es cierto, pero ese no es su único efecto. Hubo un tiempo en el que podría haber explicado, exactamente, los efectos que provoca y cómo lo hace, pero ya no soy lo que era.
          Por lo que yo sabía, la gente tomaba kef para dejar de sentir algo. O porque creían que la supresión de las emociones los conduciría a una racionalidad superior, a una lógica absoluta y, en última instancia, a la verdadera iluminación. Pero no es así como funciona.
          Sacar a Seivarden de la nieve me había costado un tiempo y un dinero de los que no podía desprenderme así como así. ¿Y para qué? Si la abandonaba a su suerte, se tomaría otra dosis de kef, o tres, se dirigiría a un lugar parecido a aquella sucia taberna y acabaría muerta. Si era eso lo que quería, yo no tenía ningún derecho a impedírselo, pero, si quería morir, ¿por qué no lo había hecho limpiamente?, ¿por qué no había registrado su intención y había acudido a un médico como haría cualquiera? No lo comprendía.
          Había muchas cosas que no comprendía, y diecinueve años fingiendo ser humana no me habían enseñado tanto como esperaba.

© Ann Leckie, 2013
© Ediciones B, S. A., 2015
Traducción: Victoria Morera

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