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La carrera de Nina Allan: primeras páginas

La carrera - Avance - Destacada

Ya podéis empezar a leer la nueva novela de Nina Allan, La carrera.

Cuando está a punto de salir en castellano La carrera, la nueva novela de Nina Allan publicada por Ediciones Nevsky (que ya publicaron su Máquinas del tiempo), os traemos en primicia sus primeras páginas para que vayáis salivando y preparando vuestra cartera. Esta novela de ciencia ficción de carácter ecológico viene avalada por autores de la talla de Jeff Vandermeer, si es que una escritora de su nivel necesita algún tipo de aval. Además, Allan estuvo en el festival Celsius 2013, donde nos deslumbró a todos con su inteligencia y la profundidad de sus comentarios.

Sin más, os dejamos con el avance de su nueva novela, que sale el próximo lunes 10 de abril, cortesía de Ediciones Nevsky. Esperamos que lo disfrutéis.

La carrera - Portada

I. Jenna

Los Hoolman llevan siglos viviendo en Sapphire. Como ocurre con muchas de las viejas familias de la ciudad, estamos fragmentados y divididos; nuestros instintos son tan egoístas y nuestras mentes están tan endurecidas como la tierra enferma en la que vivimos. No olvidamos con facilidad, tanto para lo bueno como para lo malo. Queramos o no, no podemos librarnos los unos de los otros.
          Mi madre, Anne Allerton, abandonó la ciudad y a nuestra familia cuando yo tenía quince años. Desde entonces, mi hermano Del, al que apodamos Amarillo, se volvió un poquito loco. Lo más probable es que ya lo estuviera antes, pero el hecho de que mi madre se marchara agudizó su estado. Por aquel entonces yo le tenía miedo, no por nada que hiciera, sino por su visión del mundo. Notaba cómo sus pensamientos escarbaban cual gusanos venenosos bajo la superficie de su mente. Estoy convencida de que Del pensó alguna vez en asesinarme, no porque me quisiera muerta, sino porque deseaba saber lo que se sentía al matar.
          Creo que la única razón por la que no llegó a hacerlo fue porque en el fondo sabía que, si me mataba, no quedaría nadie en todo el planeta al que le importara una mierda.
          A pesar de todo, Del y yo seguimos muy unidos.
          Es fácil culpar a mamá de que mi hermano se volviera así, pero siempre es más fácil echarle la culpa a otro cuando las cosas se ponen difíciles. Para ser sincera, diría que Del se volvió conflictivo porque era un Hoolman, tan simple como eso. Cuenta la leyenda que los hools siempre han sido nómadas y que son inquietos por naturaleza. Cuando al principio buscaron refugio en Inglaterra, fueron perseguidos acusados de echar el mal de ojo; claro que eso fue hace muchos siglos. A veces se burlaban de mí en el colegio por mi apellido, pero la mayoría de los niños se aburría pronto y buscaba algo más interesante. Yo ni siquiera parecía una hool, no como Del, que tenía el pelo como una aulaga en llamas y las piernas flacas como un espárrago, pero nadie en la clase que quisiera seguir manteniendo juntos la cabeza y el cuerpo se atrevía a meterse con él.
          Sinceramente creo que, si no llega a ser por los perros, Del habría acabado en la cárcel. Se preocupaba más por su perro biónico, Limlasker, que por nadie, incluida su mujer Claudia, incluida yo.
          La única excepción era su hija, Luz Maree, a quien todo el mundo llamaba Lumey. El amor de Del por Lumey era como una fiebre que lo devoraba por dentro, y él no lo ocultaba.
          Cuando Lumey desapareció, Del enloqueció aún más. Juró que encontraría a su hija y que la traería de vuelta a casa, al precio que fuera.
          Creo que seguirá buscándola hasta el día de su muerte.

He visto fotos de cuando Sapphire era un destino vacacional, antes de que drenaran las marismas, antes del fracking. Los colores, al contrario de lo que cabría esperar, parecen más vivos en aquellas instantáneas.
          En los viejos tiempos, Sapphire era una especie de isla separada de Londres y del resto del país por las marismas de Romney. Si miras los viejos mapas, verás que la mayor parte de la tierra situada entre Folkestone y Tonbridge estaba más o menos desierta, salvo por algunos pueblos salpicados aquí y allá entre las marismas, y la red de canales conocida como los Settles. La gente que vivía en los Settles solía desplazarse en barco: imponentes gabarras con cuerpo de acero llamadas trineos que, con suerte, se arrastraban con pesadez a una velocidad máxima de tres millas por hora. A bordo vivían familias enteras y los pesados barcos pasaban de generación en generación, del mismo modo que los marineros de agua dulce legan sus ladrillos y su mortero. Cuando se drenaron las marismas, el parlamento aprobó un plan de realojamiento para esas familias y básicamente se las obligó a abandonar sus gabarras y a instalarse en viviendas de protección oficial.
          Al principio se resistieron. Incluso se creó un parlamento alternativo con sede en Lydd, que siempre fue la capital oficiosa de los Settles. Se convocó una gran manifestación a la que acudió gente de todos los condados del sur para mostrar su solidaridad. Las protestas acabaron en revueltas callejeras y, en un momento dado, durante la noche, cientos de gabarras que se habían reunido para apoyar a los manifestantes fueron incendiadas desde el aire.
          Murieron más de quinientas personas, niños incluidos.
          Todavía hoy, si coges el tranvía hasta Londres, verás docenas de trineos varados en los pequeños arroyuelos completamente secos que una vez fueron los canales, con sus enormes cuerpos similares a estufas recubiertos de herrumbre; algunos incluso abiertos en canal como los esqueletos de las vacas de las marismas que una vez camparon libremente por allí y que ya hace tiempo que desaparecieron.
          La mayoría de los habitantes de los Settles acabó en Sapphire, aislados en barrios de protección oficial como Mallon Way y Hawthorne. Hay quien dice que aún vive gente a bordo de las gabarras abandonadas, los descendientes venidos a menos de aquellas familias originales que se negaron a marcharse y que ahora se buscan la vida como pueden en lo que queda de las marismas. A una parte de mí le gustaría creerlo, porque eso significaría que aquellos hombres y mujeres que lucharon con tanto ahínco en la manifestación de Lydd no murieron en vano, pero en realidad creo que no son más que leyendas, de esas que se cuentan por la noche para asustar a los niños. Y es que no veo cómo alguien podría sobrevivir allí. La mayor parte de esas tierras sigue siendo tóxica. Del dice que, en algunos sitios, incluso el aire es tóxico, que no es seguro respirar.
          Han pasado más de cien años desde que se drenaron las marismas, lo que significa que no queda nadie que recuerde los Settles tal y como eran antes. Me entristece pensarlo. He leído que, en los días anteriores al fracking, los chorlitos de la zona se posaban a millares en los canales. En primavera y a principios de otoño, teñían de blanco los carrizales como si hubiera caído una inesperada nevada.
          Ahora cuesta imaginar todo eso. Los únicos pájaros que logran sobrevivir en las marismas son los cuervos y las urracas. Las urracas comen casi de todo sin enfermar. Mamá solía decir que estaban malditas.

The Race - Portada
Cuando Sapphire se convirtió en una ciudad extractora de gas, se empezó a construir a diestro y siniestro: bloques altos de apartamentos al norte de la ciudad para los miles de mineros, elegantes hoteles y casinos frente al mar para los jefes y los inversores. Los días de gloria no duraron mucho, pero la gente siguió acudiendo incluso una vez finalizadas las perforaciones. Primero fueron los científicos del Gobierno, a quienes llamaron para solucionar el problema de la filtración de productos químicos; Del dice que les pagaron un cuantioso plus de peligrosidad por residir allí. Luego, cuando el Gobierno se dio cuenta de que las marismas estaban arruinadas y de que básicamente se habían convertido en una ciénaga tóxica, convirtieron Sapphire en un vertedero de inmigrantes ilegales.
          Más adelante, sin embargo, la gente empezó a venir a causa de los perros. Es un secreto a voces que toda la economía de Sapphire en la actualidad se basa en las carreras de perros biónicos.
          La práctica sigue siendo oficialmente ilegal, pero eso no ha impedido que se haya generalizado.

Mi madre nació en Londres. Ahora me resulta extraño pensar que vivió aquí una vez, que cambió la encantadora casa de ladrillo visto de sus padres en Queen’s Park por una pila destartalada de bloques de hormigón y pizarra en el extremo oeste de Sapphire, una ciudad tan contaminada y exhausta que muchos londinenses no se atreven a visitar, ni siquiera para pasar el día. Mi madre vino por primera vez a Sapphire a pasar unos días cuando estaba en la universidad. Algunos de sus compañeros se habían aficionado a los perros; después a ella y a un par de colegas les salió un trabajillo temporal y se quedaron casi todo el verano. Mamá conoció a papá en el canódromo, ¿dónde si no? De joven era tremendamente atractivo.
          —Era muy diferente de los otros hombres que conocía entonces —decía mamá—. Estaba… rebosante de vida.
          Se trataba de un ligue de verano destinado a no perdurar, dado que no tenían nada en común, pero mi madre se quedó embarazada de Del y decidió quedarse.
          Fui a la casa de Londres en una ocasión a visitar a mis abuelos, en tranvía con Del y mamá. Tenía solo dos años, así que no me acuerdo de nada, ni siquiera del viaje. Del tenía cuatro. Dice que se acuerda de cada detalle, pero no le creo. Estoy convencida de que lo que él llama recuerdos no lo son en absoluto, sino cosas que le han contado. Los recuerdos de otros, en palabras de otros, historias que ha escuchado tantas veces que las siente como propias. O bien recuerdos que ha ido construyendo a partir de viejas fotografías.
          Hay fotos de mí en la casa de Londres, una niñita morena y fuertota en un porche de forja entre dos desconocidos. Los desconocidos son mis abuelos, Adam y Cynthia Allerton. Cynthia tiene la cara ligeramente vuelta y me mira como si temiese que me hiciera pis en sus zapatos o algo por el estilo. Adam mira muy serio al frente, como si la cámara fuera su peor enemigo.
          Mi madre no sale en ninguna de las fotos porque estaba detrás de la cámara, pero se la reconoce en Cynthia: la misma nariz aguileña, abultada en el centro, los mismos tobillos finos y el pecho plano; las mismas manos inquietas llenas de anillos.
          Nuestra visita a Londres duró dos semanas. Años después, mamá me confesó que el abuelo y ella se estuvieron peleando todo el tiempo, casi desde que llegamos. El abuelo insistía en que dejara a mi padre y se volviera a vivir a Londres con Del y conmigo.
          —Quiero que te vayas de ese basurero. No es lugar para criar a los niños.
          Pero mamá no le hizo ni caso. En ese momento aún trataba de convencerse a sí misma, y al mundo entero, de que era feliz.
          No penséis que éramos pobres, porque no lo éramos. Tampoco es que fuéramos ricos, pero nos iba bien. Mi abuelo —el abuelo Hoolman, no el de Londres— tenía un negocio de reciclaje de residuos y se dedicaba a transportar los vertidos resultantes del fracking de los pozos con fugas a recintos seguros. Mi padre empezó a trabajar con él al acabar el instituto y se hizo cargo de la empresa cuando el Viejo Hoolman murió.
          Se ganaba bastante dinero, por un buen motivo. El abuelo murió de un tipo de cáncer invasivo que no supieron determinar, y mi padre también. Papá apenas tenía cincuenta años cuando enfermó, pero ya por entonces parecía un viejo y se movía y hablaba como tal. El cáncer lo estaba carcomiendo, como el moho a un queso azul, pero fue el abandono de mi madre lo que lo remató. Simplemente, dejó de luchar. Como si alguien hubiera rebuscado en su interior y hubiera desenchufado su fuerza de voluntad.
          Papá y Del eran como veneno el uno para el otro, y una de las primeras broncas que tuvieron tras las marcha de mamá fue por el negocio.
          —Si crees que voy a seguirte en esto de recoger mierda, puedes esperar sentado —le espetó Del—. Si quisiera suicidarme, cogería una escopeta y me volaría la tapa de los sesos. Al menos sería más rápido.
          —Pues vuélatela. Para lo que te ha servido… O a mí, ya puestos.
          Estaba sentado muy quieto en su sillón, mirando a Del con su cara de «Te lo dije», como si Del tuviera la culpa de que se estuviera muriendo de cáncer, como si Del pudiera evitar que ocurriera con solo cambiar de idea y dejar de comportarse como un gilipollas. Del apretó y relajó los puños y salió hecho una furia de la habitación. Dejó tan cargado el ambiente que este parecía colmado de gas sulfúrico, a punto de explotar si se encendía una cerilla. Fui a buscarlo, pero se había ido de casa. Cuando volví a la sala de estar, vi que mi padre se había quedado dormido en el sillón. La piel de su cara estaba flácida y floja como una vieja bolsa de plástico.
          El verano que mamá se marchó, se respiraba un aire asfixiante en la ciudad, más abrasador que unos altos hornos. Papá se pasaba la mayor parte del tiempo en el trabajo, haciendo horas extras en la planta de reciclaje por el mero hecho de estar fuera de casa. Estoy segura de que no era solo por Del, sino también por mí. Le recordábamos constantemente la ausencia de mamá y no podía soportarlo. Del y yo subsistíamos a base de conservas: raviolis y judías de lata y esas asquerosas salchichitas Frankfurt que nadaban en salmuera. Aquellas salchichas apestaban a pescado. Era ver una lata en el supermercado y venírseme el olor: aquel hedor y aquella textura resbaladiza, agria, salada y antinatural tiraban para atrás. Aquellas salchichas parecían resumir mi vida por aquel entonces. No fueron buenos tiempos.
          Creo que lo peor era la sensación de impotencia. La aceptación pasiva de todo por parte de papá —de la marcha de mamá, de la crueldad de Del, de continuar con un trabajo que sabía que lo estaba matando— me hacía bullir de rabia y frustración. El carácter de Del era cada vez peor. El modo en que chillaba y maldecía a papá me daba ganas de gritar.
          Acabé resentida con los dos. Me moría por escapar de allí, aunque no sabía cómo.


© 2014, 2016 Nina Allan
© 2017 Nevsky Prospects, S.L.
© 2017 Carmen Torres y Laura Naranjo, por la traducción

La carrera sale a la venta el 10 de abril de 2017.

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One Response to “La carrera de Nina Allan: primeras páginas”

  1. […] (Podéis leer las primeras páginas de La carrera aquí mismo.) […]