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La corona del pastor de Terry Pratchett: primer capítulo

La corona del pastor - Avance - Destacada

Fantascy publica la última (snif) novela del Mundodisco el 10 de marzo.

Como sabéis, el próximo jueves 10 de marzo llegará La corona del pastor de Terry Pratchett, cuadragésimo primera novela del Mundodisco y quinta de la subserie de Tiffany Dolorido, y por desgracia también la última que escribió el Hombre del Sombrero antes de morir en marzo del año pasado. En su última novela, la bruja Tiffany Dolorido tendrá que enfrentarse a un viejo enemigo mientras su propio mundo y el que viaja a lomos de Gran A’Tuin cambian a marchas forzadas.

Para celebrar la publicación de esta última entrega del Mundodisco, la editorial Fantascy nos ha pasado en primicia el primer capítulo de la novela, que os ofrecemos a continuación. ¡Esperamos que lo disfrutéis!

La corona del pastor - Portada

Capítulo 1
Donde diga el viento

Era uno de esos días que se atesoran en el recuerdo. En lo alto de las lomas, muy por encima de la granja de sus padres, Tiffany Dolorido casi creyó alcanzar a ver el final del mundo. El aire era claro como el cristal, y el viento fresco arremolinaba las hojas muertas del otoño en torno a los fresnos, que se sacudían las ramas para ir haciendo sitio a los brotes nuevos que llegarían en primavera.
          Tiffany siempre se había preguntado por qué crecían árboles en aquel lugar. La abuela Dolorido le había contado una vez que allí arriba había viejos senderos, hollados en tiempos en los que el valle de abajo era un pantano. La abuela decía que por eso antiguamente todo el mundo se construía las casas en alto, para estar lejos del pantano y de quienes quisieran saquear su ganado.
          Quizá los viejos círculos de piedras que encontraron allí les dieran alguna sensación de resguardo. O quizá fuesen ellos mismos quienes los levantaran. Su origen no estaba nada claro… pero aunque nadie se lo creyera a pies juntillas, todos sabían que eran cosas que tal vez conviniera dejar en paz. Por si acaso. Al fin y al cabo, aunque un círculo pudiera ocultar antiguos secretos o riquezas, bueno, ¿de qué servían a la hora de cuidar ovejas? Y aunque muchas de sus piedras habían caído, ¿y si quien estuviese enterrado debajo no quería que lo sacaran? Estar muerto no significaba que no se pudiera coger un buen cabreo. Pero ni de lejos.
          Sin embargo, la propia Tiffany había utilizado una vez un grupo particular de piedras para cruzar al País de las Hadas, un País de las Hadas muy distinto del que aparecía en El libro de cuentos de hadas del buen infante, y ella sabía que los peligros eran reales.
          Aquel día, por algún motivo, había sentido el impulso de subir hasta las piedras. Como toda bruja sensata, llevaba botas duras con las que podía atravesar cualquier terreno, botas buenas y sensatas como ella. Pero no le impedían sentir su tierra, sentir lo que le decía. Había empezado como un cosquilleo y se había convertido en un picor que le entraba por los pies y exigía su atención, que la apremiaba a dar zancadas en dirección a las lomas, a visitar el círculo, incluso mientras tenía la mano metida en el trasero de una oveja para intentar solucionar un cólico de los serios. Tiffany no sabía por qué tenía que ir a las piedras, pero ninguna bruja dejaba pasar lo que podía ser una convocatoria. Y los círculos estaban alzados como protección. Para proteger su tierra, defenderla de lo que pudiera cruzar…
          Había partido hacia allí sin perder tiempo, con el ceño un poco fruncido. Pero allí arriba, en la cima de la Caliza, todo estaba bien. No sabía por qué, pero siempre lo estaba. Incluso aquel día.
          ¿O quizá no? Para sorpresa de Tiffany, no era la única que había sentido la llamada del viejo círculo. Al volverse en el aire fresco y limpio, escuchando el viento y notando el baile de las hojas entre sus pies, captó un destello de pelo rojo, un atisbo de piel azul tatuada… y un murmullo que decía «pardiez» mientras una bocanada de hojas, más juguetona que las demás, se enredaba en las cuencas oculares de un casco de cráneo de conejo.
          —La mesmísima kelda enviome hasta aquí para ojear las piedriñas estas —dijo Rob Cualquiera desde su atalaya en unas rocas cercanas. Escudriñaba el paisaje como si buscara asaltantes, vinieran de donde viniesen. Sobre todo si salían de un círculo—. Comu a algún papaberzas de esos ocúrrasele volver para probar de nuevu —añadió, esperanzado—, buenu, seguro que podemos darles nuestra mejor bienvenida feegle.
          Irguió el cuerpo azul y nervudo hasta sus quince centímetros de altura y blandió su espadón hacia un enemigo invisible. El efecto, pensó Tiffany como muchas otras veces, quedaba muy impresionante.
          —Esos invasores de la antigüedad llevan mucho tiempo muertos —respondió antes de poder evitarlo, aunque sus Segundos Pensamientos estaban urgiéndola a escuchar como era debido. Si Jeannie, esposa de Rob y kelda del clan feegle, se olía problemas en ciernes, en fin, lo más seguro era que los problemas ya estuvieran de camino.
          —¿Muertu? Como nosotros, pues —dijo Rob. [1]
          —Por desgracia —dijo Tiffany con un suspiro—. En aquellos tiempos, los mortales morían y ya está. No regresaban, como por lo visto hacéis vosotros.
          —Haríanlo si tuvieran nuestra xantada.
          —¿Eso qué es? —preguntó Tiffany.
          —Bueeeno, es como unas gachas que llevan de todu, y si puédese tambén un chorriño de coñac o del linimento especial para ovejas de tu abuela, ya sabes.
          Tiffany rió, pero no se quitó de encima el desasosiego. Tengo que hablar con Jeannie, pensó. Tengo que saber por qué ella y mis botas están sintiendo lo mismo.

Cuando llegaron al gran montículo herboso que albergaba la compleja madriguera de los Nac Mac Feegle, Tiffany y Rob se dirigieron a la mata de zarzas que escondía la entrada principal y encontraron a Jeannie sentada fuera, comiéndose un bocadillo.
          De carnero, pensó Tiffany con solo una pizca de fastidio. Conocía muy bien el acuerdo que tenían con los feegles, según el cual podían llevarse alguna oveja muy mayor de vez en cuando a cambio de pasarlo de maravilla espantando corviñus a espadazos para que non lleváranse los corderos jóvenes, que siempre ponían todo su empeño en lo que mejor sabían hacer: perderse y morir. Pero los corderos perdidos de la Caliza habían aprendido un truco nuevo, consistente en surcar las lomas como una exhalación, a veces de espaldas, de vuelta al rebaño con un feegle bajo cada patita.
          Las keldas tenían que tener buen apetito, ya que solo había una en cada clan de los Nac Mac Feegle. Tenían muchísimos hijos y de vez en cuando disparaban alguna hija. [2] Cada vez que Tiffany veía a Jeannie, la pequeña kelda estaba un poco más ancha y un poco más redonda. Aquellas caderas había que cuidarlas, y desde luego Jeannie estaba cuidándose de ampliarlas, echándose entre pecho y espalda lo que parecía media pierna de oveja entre dos pedacitos de pan. No era poca cosa para una feegle con solo quince centímetros de altura, y a medida que Jeannie siguiera convirtiéndose en una kelda anciana y sabia, la palabra «cinturón» ya no definiría una sujeción para su kilt, sino más bien una señal de su ecuador.
          Había feegles jóvenes pastoreando caracoles y luchando. Rebotaban unos contra otros, contra las paredes y a veces contra sus propias botas. Tiffany los tenía impresionados, ya que veían en ella una especie de kelda, y cuando se acercó dejaron de pelear para mirarla con nerviosismo.
          —En fila, rapaces, y ya estáis enseñandu a nuestra arpía lo mucho que trabajasteis —dijo su madre con orgullo en la voz, mientras se limpiaba grasa de carnero de los labios.
          Oh, no, pensó Tiffany. ¿Qué voy a ver? Ojalá no tenga nada que ver con caracoles…
          Pero Jeannie dijo:
          —Que vuestra arpía oiga el alfabetu. Va, empieza tú, Jock Un Poco Más Pequeño Que Jock Pequeño.
          El primer feegle de la fila se rascó, hurgó en su espog y sacó un escarabajo pequeño. El espog de un feegle siempre pica, pensó Tiffany, supongo que porque lo que llevan dentro podría seguir vivo. Jock Un Poco Más Pequeño Que Jock Pequeño tragó saliva.
          —A de… «arsenal» —vociferó—. Para rebanar testas y esas cosiñas, ya sabes —añadió con orgullo.
          —¡B de «bota»! —gritó el siguiente feegle, limpiándose lo que parecía baba de caracol de la parte delantera del kilt—. Comu para pisarte la testa.
          —Y C de «cachiporra»… ¡y c’rallu, correrete a patadas comu vuelvas a clavarme esa espada otra vez! —bramó el tercero, antes de volverse y abalanzarse sobre otro hermano.
          Un objeto amarillento y con forma de medialuna cayó al suelo mientras la reyerta se perdía entre las zarzas. Rob se apresuró a recogerlo e intentó esconderlo detrás de su espalda.
          Tiffany entornó los ojos. Aquello tenía un parecido muy sospechoso con… ¡sí, con un trozo de uña vieja del pie!
          —Bueeeno —dijo Rob, incómodo—, es que siempre córtasles cachiños de estos a los señores pellejos esos que visitas tantu. Salen volando por las vientanas y quédanse tirados por ahí, para que recójalos quien sea. Y son duros como uñas, ya sabes.
          —¡Claro, porque son uñas y…! —empezó a decir Tiffany, pero se detuvo. A fin de cuentas, quizá a alguien como el anciano señor Baladí le haría ilusión que alguna parte de su cuerpo aún buscara pelea, aunque él ya apenas pudiera levantarse de una butaca sin ayuda.
          La kelda se la llevó aparte y le dijo:
          —Bueeeno, rapaza, tu nombre está en la tierra. Háblate a ti, Tir­far­thóinn, Tierra Bajo Ola. ¿Háblasle tú a ella?
          —Sí —dijo Tiffany—. Pero solo a veces. Lo que sí hago es escuchar, Jeannie.
          —¿Non todos los días? —preguntó la kelda.
          —No, no todos los días. Siempre hay tanto que hacer…
          —Lo sé —dijo la kelda—. Ya sabes que guárdote. Obsérvote en mi testa, peru véote tambén sobre mi testa, zumbando de acá para allá. Tienes que recordar que la vida son cuatru días.
          Tiffany suspiró, molida hasta los huesos. La ronda por las casas, eso era lo que hacían las brujas compasivas, a lo que se dedicaban ella y todas las demás brujas para rellenar los huecos del mundo, haciendo lo que debía hacerse: entrar leña para una anciana, o aparecer con una cacerola de estofado a la hora de la cena, o llevar un remedio de hierbas para una pierna irritada o un dolor persistente, o regalar una cesta de huevos «que me sobran» o ropa de segunda mano para un bebé recién nacido en una casa sin mucho dinero, o escuchar, eso siempre, escuchar los problemas y las preocupaciones de la gente. Y las uñas de los pies… menudas uñas, siempre parecían duras como el pedernal, y a veces a algún anciano sin amigos ni familia se le habían acabado retorciendo dentro de las botas.
          Pero la recompensa de trabajar mucho aparentaba ser siempre mucho más trabajo. Si excavabas el hoyo más enorme de todos, se te entregaba una pala más grande.
          —Hoy, Jeannie —dijo, muy despacio—, hoy he escuchado la tierra. Me ha dicho que fuese al círculo…
          Había una pregunta flotando en el aire.
          La kelda suspiró.
          —Todavía non véolo claru, pero hay… algo que non marcha ben, Tiffan —dijo—. El velo entre nuestros mundos es tenue y puédese romper fácilmente, ya sabes. Las piedras álzanse aún, así que el portal non está abiertu. Y la Reina de los Elfos non tendrá muchas fuerzas después de que enviárasla de vuelta al País de las Hadas. Tampocu tendrá mucha prisa por volver a enfrentarse contigo, pero… sigo con el melindre. Agora puédolo sentir, como una nebliña que flota hacia aquí.
          Tiffany se mordió el labio. Si la kelda estaba preocupada, sabía que ella también debía estarlo.
          —Non empréñeste —dijo Jeannie con voz suave, observando a Tiffany con atención—. Cuandu necesites a los feegles, aquí tendrasnos. Y hasta entonces, guardarémoste. —Dio un último mordisco a su bocadillo y miró de forma distinta a Tiffany mientras cambiaba de tema—. Tienes un rapaz, Preston, creo que llámase. ¿Veslo mucho? —De pronto su mirada tenía el filo de un hacha.
          —Bueno —respondió Tiffany—, trabaja mucho, igual que yo. Él en el hospital y yo en la Caliza. —Se horrorizó al descubrir que estaba ruborizándose, con la clase de rubor que le empezaba en los dedos de los pies, subía hasta la cara y la dejaba roja como un tomate. ¡No podía ruborizarse! No como lo hacían las jóvenes del campo al hablar de sus pretendientes. ¡Ella era bruja!—. Nos escribimos —añadió con un hilo de voz.
          —¿Y son suficiente? ¿Las cartas?
          Tiffany tragó saliva. Tiempo atrás había creído, como todo el mundo, que Preston y ella tenían un Entendimiento. Como era un chico culto, se había ocupado de la nueva escuela que habían abierto en el granero de la granja Dolorido, hasta ahorrar lo suficiente para marcharse a la gran ciudad y estudiar para médico. Todo el mundo seguía creyendo que tenían un Entendimiento, incluidos Tiffany y Preston. Solo que… ¿de verdad tenía que hacer lo que se esperaba de ella?
          —Es muy majo, y cuenta unos chistes estupendos y se le dan muy bien las palabras —intentó explicar—, pero… a los dos nos gusta nuestro trabajo, en realidad podría decirse que somos nuestro trabajo. Preston está esforzándose mucho en el Hospital Gratuito Lady Sybil. Y yo no paro de pensar en la abuela Dolorido y lo mucho que le gustaba su vida, arriba en las lomas, sola con sus ovejas y sus dos perros, Trueno y Relámpago… —Dejó la frase sin terminar y Jeannie le apoyó una manita de color castaño claro en el brazo.
          —¿Acasu crees que esto es forma de vivir, rapaza mía?
          —Bueno, me gusta lo que hago y ayudo a la gente.
          —Pero ¿quién ayúdate a ti? A veces ojeo esa escoba tuya volando hacia todas partes y paréceme que estallará en llamas el día menos pensadu. Cuidas de todu el mundo, pero ¿quién cuídate a ti? Si Preston marchó, bueeeno, están tu amigo el barón y su nueva esposa, que seguru que preocúpanse de la gente. Al menos lo bastante para ayudar.
          —Sí que se preocupan —dijo Tiffany, recordando con un escalofrío que hubo un tiempo en que todos creían también que ella y Roland, ahora el barón, tenían un Entendimiento. ¿Por qué la gente se empeñaba tanto en buscarle marido? ¿Tan difíciles serían de encontrar, cuando quisiera uno?—. Roland es un hombre decente, aunque todavía no tanto como acabó siéndolo su padre. Y Leticia…
          Eso, Leticia, pensó. Las dos sabían que Leticia podía hacer magia, pero en aquel momento se limitaba a cumplir el papel de joven baronesa. Y se le daba bien, tanto que Tiffany llegaba a preguntarse si al final ser baronesa acabaría siendo mejor que ser bruja. Desde luego, un trabajo mucho más limpio sí era.
          —Ya ocúpaste de mucho más de lo que correspóndete —siguió diciendo Jeannie.
          —Bueno —respondió Tiffany—, es que siempre hay mucho que hacer y poca gente para hacerlo.
          La sonrisa que le dedicó la kelda fue extraña. La mujercilla preguntó:
          —¿Déjasles intentarlo? Non debes tener miedo de pedir ayuda. El orgullu está muy ben, rapaza, pero terminarate matando.
          Tiffany rió.
          —Jeannie, siempre tienes razón. Pero soy bruja y llevo el orgullo en los huesos.
          Decirlo le trajo a la mente a Yaya Ceravieja, la bruja que las demás consideraban la más sabia y experta de todas. Cuando Yaya Ceravieja hablaba, nunca sonaba orgullosa, ni falta que le hacía. El orgullo estaba ahí, imbuido en su esencia. De hecho, fuera lo que fuese que necesitaban tener las brujas en los huesos, Yaya Ceravieja lo tenía a carretadas. Tiffany esperaba llegar a ser algún día una bruja tan fuerte como ella.
          —Bueeeno, eso está muy ben —dijo la kelda—. Eres nuestra arpía de las colinas y necesitamos que nuestra arpía tenga su orgullu. Pero gustaríanos tambén que tuvieras una vida propia. —Su mirada solemne se había clavado en Tiffany—. Así que date el piriño y marcha donde diga el viento.

La corona del pastor - Ejemplares
Abajo, en las Comarcas, el viento soplaba furioso, merodeaba inquieto por todas partes y aullaba en las chimeneas de la mansión de lord Sablazo, que estaba rodeada de hectáreas de bosque y a la que solo podía accederse por un largo camino, lo que descartaba las visitas de quien no tuviera al menos un caballo decente.
          Aquello dejaba fuera a la inmensa mayoría de la gente normal de los alrededores, que eran granjeros en su mayoría y de todos modos estaban demasiado ocupados para que les atrajera la idea. Si poseían algún caballo, por lo general era grande, tenía las patas peludas y solía verse enganchado a un carro. Las monturas flacas y medio enloquecidas que hacían cabriolas por el camino o tiraban de carruajes en él solían pertenecer a una clase de hombre muy distinta: la clase que siempre tenía tierras y dinero, pero en general muy poco mentón. Y cuya esposa en ocasiones se parecía a su caballo.
          El padre de lord Sablazo había heredado fortuna y título de su propio padre, un gran maestro constructor, pero había sido un borracho y se lo había gastado casi todo. [3] Sin embargo, el joven Harold Sablazo había medrado y trepado, y sí, también sableado y defraudado hasta restaurar la fortuna de la familia e incluso añadir dos alas a la mansión, que llenó de objetos horribles y caros.
          Tenía tres hijos y estaba muy satisfecho de que su esposa hubiera producido otro además de los tradicionales «heredero y recambio». A lord Sablazo le gustaba llevar un punto de ventaja a todos los demás, aunque el punto tuviese solo la forma de un hijo que no le interesaba demasiado.
          Harry, el mayor de los tres, no había recibido mucha educación porque se ocupaba de los terrenos, ayudaba a su padre y aprendía con quién valía la pena hablar y con quién no.
          El número dos se llamaba Hugh, y había sugerido a lord Sablazo la idea de tomar el hábito. Su padre había respondido: «Pero solo si es en la Iglesia de Om, no en ninguna otra. ¡Ningún hijo mío tonteará con actos sectarios!». [4] Om mantenía un silencio conveniente, que permitía a los sacerdotes interpretar sus deseos como mejor les conviniese. Por extraño que pudiera parecer, la voluntad de Om rara vez se traducía en instrucciones como «alimenta a los pobres» o «ayuda a los ancianos», sino más bien en cosas como «necesitas una residencia opulenta» o «¿por qué no cenar siete platos?». En consecuencia, lord Sablazo había pensado que podía resultar útil tener un clérigo en la familia.
          Su tercer hijo era Geoffrey. Y nadie sabía muy bien qué pensar de Geoffrey, entre ellos él mismo.
          El tutor contratado por lord Sablazo para sus hijos se llamaba señor Maneas, aunque los hermanos mayores de Geoffrey lo llamaban «el Meneos», a veces incluso a la cara. Pero para Geoffrey, el señor Maneas había sido un regalo caído del cielo. El maestro había llegado con un enorme arcón lleno de libros, sabiendo que muchas grandes casas apenas contenían ni uno solo, a menos que tratasen de batallas históricas en las que algún miembro de la familia había cometido alguna heroicidad espectacular y estúpida. El señor Maneas y sus maravillosos libros transmitieron a Geoffrey las enseñanzas de los grandes filósofos Ly Tin Wheedle, Orínjcrates, Xenón e Ídem, y de los famosos inventores Ojosdorados Manodeplata Dáctilos y Leonardo de Quirm, y gracias a ellas Geoffrey empezó a descubrir lo que podía hacer con su vida.
          Cuando no estaban leyendo o estudiando, el señor Maneas se llevaba a Geoffrey a hacer excavaciones para desenterrar huesos viejos y descubrir lugares antiguos por todas las Comarcas, y le hablaba del universo, en el que él nunca había pensado antes. Cuanto más aprendía, más sed de conocimiento le entraba, mayor anhelo por saberlo todo sobre la gran tortuga A’Tuin y las tierras que se extendían más allá de las Comarcas.
          —Disculpe, señor —dijo un día Geoffrey a su maestro—. ¿Cómo llegó a hacerse profesor?
          El señor Maneas respondió, entre risas:
          —Porque alguien me enseñó a mí, que es como funciona este asunto. Y también me dio un libro, y después de ese quise leer todos los libros que pudiera encontrar. Igual que le ocurre a usted, joven señor. Se pasa el día entero leyendo, no solo en clase.
          Geoffrey sabía que su padre desdeñaba al maestro, pero su madre había intervenido diciendo que Geoffrey tenía un muy buen futuro entre manos.
          Su padre había dado un bufido.
          —Lo único que tiene este entre manos es fango y muertos. ¿A quién le importa dónde está Cuatroequis? ¡Si allí no va nadie! [5]
          Su madre parecía cansada, pero se había puesto del lado de Geoffrey.
          —Se le da muy bien leer y el señor Maneas le ha enseñado tres idiomas. ¡Si hasta habla un poquito de offleriano!
          Su padre había puesto otra mueca de desprecio.
          —¡Solo le valdrá si quiere hacerse dentista! Ja, ¿para qué perder el tiempo aprendiendo idiomas? Total, hoy en día todo el mundo habla morporkiano.
          Pero su madre había dicho a Geoffrey:
          —Tú lee, hijo mío. Leer es el camino hacia arriba. El conocimiento es la clave de todo.
          Poco después, lord Sablazo había despedido al tutor con el siguiente argumento:
          —Por aquí ya hay demasiada tontería. Tampoco es que el chaval vaya a llegar a nada, al contrario que sus hermanos.
          Las palabras resonaban mucho en las paredes de la mansión, por lo que Geoffrey lo oyó y pensó: Bueno, sea lo que sea que decida hacer, ¡no pienso parecerme a mi padre!
          Ya sin profesor, Geoffrey se había dedicado a vagar por la propiedad y aprender cosas nuevas, a menudo acompañado por McTavish, el mozo de cuadra, que era más viejo que las colinas pero al que por algún motivo seguían llamando «mozo». Conocía el canto de todos los pájaros del mundo y también sabía imitarlos.
          McTavish estaba presente cuando Geoffrey encontró a Mefistófeles. Una cabra vieja había parido y, además de dos cabritos sanos, había tenido un tercero que se había quedado escondido entre la paja, rechazado por su madre.
          —Voy a intentar salvar a este cabritillo —declaró Geoffrey, y se pasó la noche trabajando para mantener con vida al recién nacido, ordeñando leche de su madre y dejando que el pequeño la lamiera de su dedo hasta quedarse dormido a su lado, en una bala de heno abierta que los arropó a los dos.
          Qué poquita cosa es, pensó Geoffrey mirando las rendijas que eran los ojos del cabrito. Tengo que darle una oportunidad.
          Y el retoño respondió y creció hasta convertirse en un joven macho cabrío que daba unas coces tremendas. Seguía a Geoffrey a todas partes, bajando la cabeza y preparándose para embestir siempre que creía que alguien amenazaba a su joven amo. Como la definición solía incluir a cualquiera que hubiese cerca, más de un criado y visitante tuvo que apartarse con presteza cuando veía venir los cuernos agachados del animal.
          —¿Por qué has llamado Mefistófeles a ese cabrón del demonio? —le preguntó un día McTavish.
          —Lo leí en un libro. [6] Se nota que es buen nombre para un macho cabrío —respondió él.
          Geoffrey fue creciendo, pasando de niño pequeño a hombre joven y luego a grandullón, cuidándose mucho de no cruzar demasiado la mirada con su padre.
          Un día McTavish ensilló un caballo para él y cabalgaron por los campos hasta el límite de los terrenos de lord Sablazo. Una vez allí, se acercaron sin hacer ruido a una zorrera que había en el bosque y, como habían hecho muchas veces, vieron a la zorra jugar con sus cachorros.
          —Da gusto verlos asina —susurró McTavish—. La raposa tiene que comer y proveer para los cachorros, pero para mí que les gustan demasiado los pollos. Matan cosas que nos importan, asina que nosotros los matamos a ellos. Asina es como funciona el mundo.
          —No debería —sentenció Geoffrey, compadecido de la madre zorra.
          —Pero necesitamos las gallinas y habrá que protegerlas, digo yo. Para eso cazamos zorros —indicó McTavish—. Te he traído hoy aquí, Geoffrey, porque cualquier día de estos tu padre querrá que te apuntes a la cacería. De esta zorra tuya, a lo mejor.
          —Lo entiendo —dijo Geoffrey. Sabía lo que eran las cacerías, claro, porque lo habían obligado a verlas partir cada año desde que era un bebé—. Tenemos que proteger nuestras gallinas y el mundo puede ser cruel y despiadado. Pero convertirlo en un juego no está bien. ¡Es terrible! Es una ejecución, nada más. ¿Es que tenemos que matarlo todo? ¿Matar a una madre que alimenta a sus cachorros? Tomamos mucho y no devolvemos nada. —Se levantó y fue hacia su caballo—. No quiero cazar, McTavish. De verdad que no me gusta odiar, y ni siquiera odio a mi padre, pero me gustaría que las cacerías acabaran en un lugar bien oscuro.
          McTavish puso cara de preocupación.
          —Me da a mí que deberías andarte con cuidado, joven Geoffrey. Ya sabes cómo es tu padre. Puede ponerse un poco primitivo.
          —¿Un poco primitivo? Pero ¡si solo le falta el garrote! —respondió Geoffrey con amargura.
          —Bueno, pues a lo mejor si pruebas a hablar con él, o con tu madre, igual entiende que no estás preparado para salir de cacería.
          —No serviría de nada —dijo Geoffrey—. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no hay forma de sacarlo de ahí. A veces oigo llorar a mi madre. No le gusta que la vean con lágrimas, pero yo sé que llora.
          Y fue entonces, al mirar a un halcón que planeaba, cuando pensó: Existe la libertad, y eso es lo que quiero.
          —Me gustaría volar, McTavish —dijo, y añadió—: como las aves. Como Langas. [7]
          Y casi al instante Geoffrey vio pasar volando a una bruja en escoba, siguiendo al halcón, y la señaló con el dedo.
          —Quiero una de esas. Quiero ser bruja.
          Pero el anciano replicó:
          —Eso no es para ti, chico. Todo el mundo sabe que los hombres no pueden ser brujas.
          —¿Por qué no? —preguntó Geoffrey.
          El anciano se encogió de hombros.
          —Nadie lo sabe.
          Y Geoffrey respondió:
          —Yo quiero saberlo.

          Cuando llegó el momento de su primera cacería, Geoffrey salió al trote con los demás, pálido pero decidido, y pensó que aquel era el día en que trataría de plantar cara.
          Los aristócratas no tardaron en atravesar el campo al galope, algunos llevando la definición de «atravesar» al extremo de precipitarse a las zanjas, cruzar setos o volar por encima de las cercas, a menudo sin sus monturas. Geoffrey se esmeraba en mantenerse al final de la muchedumbre, desde donde podía escabullirse sin que nadie lo notara. Rodeó los bosques en sentido opuesto a la batida con el corazón apesadumbrado, sobre todo cuando los aullidos de los sabuesos se convertían en gozosos gemidos al abatir sus presas.
          Llegó el momento de regresar a la casa. Allí estaban todos en aquella etapa feliz de una cacería donde «mañana» era una palabra que aún tenía significado y sostenían tazas de bebidas calientes, bien aderezadas con algo no muy distinto al linimento especial para ovejas de la abuela de Tiffany. ¡La recompensa de los héroes! ¡Habían sobrevivido a la cacería, hurra! Todos daban sorbos y más sorbos que hacían caer la bebida por sus inexistentes mentones.
          Pero lord Sablazo miró el caballo de Geoffrey, la única montura que no tenía el pelaje sudado ni las patas salpicadas de barro, y su ira no conoció fin.
          Los hermanos de Geoffrey lo sujetaron mientras su madre miraba con ojos implorantes, pero fue en vano. La pobre tuvo que apartar la mirada mientras lord Sablazo manchaba la cara de Geoffrey con sangre de zorra.
          La furia del señor de la hacienda era casi incandescente.
          —¿Dónde te has metido? ¡Tendrías que haber estado en la matanza! —bramó—. Esto vas a hacerlo, jovencito, ¡y tiene que gustarte! Yo tuve que hacerlo de joven, como mi padre antes que yo. Y tú también lo harás. Es una tradición, ¿entendido? Todos los varones de nuestra familia se han manchado de sangre a tu edad. ¿Quién te crees que eres para decir que no está bien? ¡Vergüenza es lo que me das!
          Y llegó el ¡zas! de la fusta, cruzando la espalda de Geoffrey.
          Con la cara goteando sangre de la zorra, Geoffrey miró a su madre.
          —¡Era una preciosidad! ¿Por qué matarla de ese modo? ¿Por diversión?
          —Por favor, no hagas enfadar a tu padre —le rogó su madre.
          —Yo voy al bosque a verlos, y vosotros los cazáis sin más. ¿Podéis comerlos? No. Hacéis lo indecible, cazar y matar lo que no podéis comer, solo por su sangre. Para divertiros.
          Zas.
          Dolió. Pero de pronto Geoffrey se notó lleno de… ¿de qué? De repente, tuvo la maravillosa sensación de que las cosas podían arreglarse, y se dijo que podía arreglarlas él. Sabía que podía. Se irguió cuan alto era y se zafó de la presa de sus hermanos.
          —Debo darte las gracias, padre —dijo con un brío inesperado—. Hoy he aprendido una lección importante. Pero no permitiré que vuelvas a azotarme, nunca más, ni tampoco volverás a verme a menos que seas capaz de cambiar. ¿Entendido? —Había adoptado un sorprendente tono formal, como si la ocasión lo requiriera.
          Harry y Hugh miraron a Geoffrey con algo parecido al sobrecogimiento y esperaron la explosión, mientras los demás cazadores, que habían dejado espacio a lord Sablazo para que enmendara a su hijo, dejaron de fingir que no miraban. El mundo de la cacería se había torcido, y de algún modo hasta el aire gélido parecía contener también el aliento.
          En aquel denso silencio, Geoffrey dejó plantado allí a lord Sablazo como un árbol y fue a sacar su caballo de la cuadra.
          Dio al animal un poco de heno, cogió su silla y su brida y ya estaba cepillándolo cuando se le acercó McTavish y dijo:
          —Bien hecho, joven Geoffrey. —Y entonces, con una sinceridad inusitada, el mozo de cuadra añadió entre dientes—: Hoy has plantado cara, ya lo creo que sí. No dejes que ese cabronazo te machaque.
          —Como sigas hablando así, McTavish, mi padre acabará echándote —le advirtió Geoffrey—. Y te gusta vivir aquí, ¿verdad?
          —Bueno, chico, ahí has dado en el clavo. Estoy demasiado mayor ya para cambiar, me da a mí —respondió McTavish—. Pero has plantado cara mejor que cualquiera. Supongo que ahora te marcharás de aquí, ¿verdad, maese Geoffrey?
          —Por desgracia, sí —dijo Geoffrey—. Pero gracias, McTavish. Espero que mi padre no la pague contigo por estar hablándome.
          Y el mozo de cuadra más anciano del mundo dijo:
          —No va a hacerlo, nunca, al menos mientras aún sirva de algo por aquí. Además, a estas alturas ya lo tengo calado: es como un vulcán de esos, ya sabes. Explosiones de las buenas y peligrosas durante un rato, sin mirar a quién le caen encima los pedruscos al rojo vivo que escupe por ahí, pero al final se le pasa. Si tienes dos dedos de frente, te alejas hasta que se termine. Tú has sido amable conmigo y me has respetado, maese Geoffrey. Me da en la nariz que has salido a tu madre, una mujer encantadora que siempre se ha portado bien y nos ayudó mucho cuando mi Molly estaba moribunda. Eso lo recuerdo. Y también te recordaré a ti.
          —Gracias —dijo Geoffrey—. Y yo te recordaré a ti.
          McTavish se encendió una pipa gigantesca y soltó una nube de humo.
          —Digo yo que querrás llevarte ese condenado macho cabrío tuyo.
          —Sí —dijo Geoffrey—, pero no creo que dependa de mí. Mefistófeles decidirá lo que él quiera. Lo hace siempre.
          McTavish lo miró de soslayo.
          —¿Tienes comida, maese Geoffrey? ¿Tienes dinero? No creo que te convenga mucho entrar ahora en la casa. ¿Sabes qué? Te presto un poco de dinero hasta que sepas dónde vas a quedarte.
          —¡No! —exclamó Geoffrey—. ¡No podría aceptarlo!
          —Soy amigo tuyo, maese Geoffrey. Ya te he dicho que tu madre ha sido buena conmigo, y le debo mucho. Haz por volver alguna vez a visitarla. Y cuando lo hagas, no te olvides de pasarte a charlar con el viejo McTavish.
          Geoffrey fue a buscar a Mefistófeles y lo ató a la pequeña carreta que le había construido McTavish. Cargó cuatro cosas en la carreta, asió las riendas, chasqueó la lengua y salieron de la cuadra.
          Mientras las finas pezuñas del macho cabrío resonaban por el camino, McTavish se dijo:
          —¿Cómo lo consigue el chico? Ese cabrón del demonio cocea el culo a cualquiera que se acerque un poco. Pero no a Geoffrey.
          Si Geoffrey hubiera mirado atrás, habría visto la mirada suplicante y los sollozos de su madre, mientras su padre seguía plantado a su lado como una estatua, anonadado por tanta rebeldía. Sus hermanos hicieron ademán de seguirlo, pero se detuvieron al ver la ira en los ojos de su padre.
          Y así fue como Geoffrey y su macho cabrío partieron en pos de una vida nueva. Ahora, pensó mientras doblaban el primero de los muchos recodos del camino hacia su futuro, no tengo adónde ir.
          Pero el viento le susurró: «Lancre».

La corona del pastor - Capítulo 1
En Lancre, Yaya Ceravieja no había tenido un buen día.
          Un leñador joven que trabajaba más arriba en las Montañas del Carnero había estado a punto de amputarse un pie. Y para colmo, había elegido un día en que el Igor de la zona había salido y, por tanto, no podía solucionarlo. Cuando Yaya hizo aterrizar su escoba vieja y desvencijada en el campamento, reparó al instante en que el chaval estaba incluso en peor estado del que había supuesto. Intentaba poner buena cara delante de sus compañeros, que lo rodeaban y trataban de darle ánimos, pero Yaya le veía el dolor en los rasgos.
          Mientras estudiaba los daños, el chico llamó a su madre a gritos.
          —Tú, muchacho —dijo Yaya con brusquedad, fulminando con la mirada al compañero más próximo—. ¿Sabes dónde vive su familia? —Cuando el joven asintió, con el repentino temor que siempre parecía despertar en los jóvenes el sombrero puntiagudo de una bruja, Yaya continuó—: Pues andando. Corre. Dile a la señora que voy a llevarle a su hijo y que necesitará agua caliente y una cama limpia. Bien limpia, ojo. —Y mientras el joven partía a la carrera, Yaya puso una cara furibunda a los demás, que la miraban dóciles, y les soltó—: Venga, no os quedéis como pasmarotes. Haced una camilla con esa madera de ahí para que pueda mover a vuestro amigo.
          El chico tenía el pie casi colgando y la bota llena de sangre. Yaya apretó los dientes y puso en práctica todo su arsenal de conocimiento acumulado a lo largo de muchos años, en silencio, con suavidad, llevándose su dolor, conteniéndolo dentro de ella hasta que pudiera liberarlo.
          La cara del joven recobró la vida, le brillaron los ojos y empezó a charlar con la bruja como si fuese una vieja amiga. Ella limpió y cosió, sin dejar de explicar al chico lo que hacía con voz tranquila y animada, antes de darle lo que llamó «una infusioncita de nada». Los espectadores tuvieron la impresión de que el chico volvía a ser casi el mismo cuando llevaron a Yaya una camilla más bien improvisada y lo encontraron explicando ensoñado a la bruja cómo se llegaba a su casa.
          En las montañas, los leñadores se alojaban en lo que pocas veces era más que un cobertizo, y resultó que el joven, que se llamaba Jack Abbott, y su madre vivían en uno de ellos. Era apenas una choza endeble, sostenida más a base de tierra que otra cosa, y cuando Yaya Ceravieja llegó con la camilla amarrada bajo su escoba frunció el ceño, dudando si la herida del chico podría seguir limpia en aquel paraje. La madre salió corriendo hacia su hijo y revoloteó a su alrededor mientras el leñador que había corrido a darle la noticia ayudaba a Yaya a entrar la camilla y a dejar al chico en un camastro, sobre el que la madre había amontonado mantas para albergar al inválido.
          Yaya Ceravieja dijo en voz baja al joven herido:
          —Quédate aquí tumbado y no te levantes. —Y a su angustiada madre, que se frotaba las manos y farfullaba algo sobre pagar—: No tiene que pagarme nada, señora. Las brujas no funcionamos así. Vendré a verlo dentro de unos días, y si no puedo enviaré a la señora Ogg. Sé cómo son los chavales, y seguro que su hijo querrá levantarse nada más pueda, pero escúcheme, reposar en cama es lo que más le conviene ahora mismo.
          La madre del chico miró a Yaya.
          —Muchísimas gracias, señorita… esto… bueno, la verdad es que nunca había tenido que llamar a una bruja, y por aquí hay gente que dice que hacen cosas malas. Pero ahora podré decirles que yo no he visto nada de eso.
          —¿Ah, sí? —replicó Yaya, esforzándose por mantener la calma—. Pues me gustaría hacer alguna cosa mala al capataz que no tenía un ojo echado a estos chicos, y no deje que ese hombre haga levantarse a su hijo hasta que yo lo diga. Si se le ocurre intentarlo, dígale que Yaya Ceravieja lo perseguirá por poner a trabajar a estos críos, que no saben ni subir a los árboles. Da la casualidad de que soy una buena bruja, pero como encuentre a su hijo trabajando antes de que sane ese pie, habrá consecuencias.
          La madre se despidió de Yaya diciendo:
          —Rezaré a Om por usted, señorita Ceravieja.
          —Pues ya me contará qué le responde —dijo Yaya con aspereza—. Y es señora Ceravieja, si no le importa. Pero si tiene algo de ropa vieja que pueda llevarme cuando vuelva… bueno, eso sí que iría bien. Nos vemos en un par de días. Y que esa herida de su chico esté siempre bien limpia.

Tú, la gata blanca de Yaya, estaba esperándola cuando volvió a su casita, junto con varias personas que querían pociones y cataplasmas. Había un par que buscaban consejo, pero lo normal era que la gente se guardara de preguntar a Yaya Ceravieja, que tenía cierta tendencia a repartir consejos se quisieran o no, como el de no dar soldaditos tallados a mano al pequeño Johnny hasta que fuese lo bastante mayor para saber que no tenía que metérselos en la nariz.
          Trabajó una hora más, repartiendo medicamentos a diestro y siniestro, y no fue hasta mucho más tarde cuando reparó en que, aunque había dado de comer a la gata, por supuesto ella misma no había comido ni bebido nada desde el amanecer. Se calentó un poco de potaje, que no era una gran comida pero la llenó.
          Entonces se tumbó un rato en la cama, aunque dormir de día era algo que solo hacían las mujeres muy mayores, de modo que Yaya Ceravieja no se permitía dar cuatro cabezadas sino solo media. A fin de cuentas, siempre había más gente a la que atender y más cosas que hacer.
          Luego se levantó y, aunque se le había hecho bastante tarde, salió a limpiar el excusado. Lo frotó a base de bien. Lo frotó tanto que vio su propia cara en él…
          Pero de algún modo, en el agua titilante, su cara también alcanzó a verla a ella, y entonces suspiró y dijo:
          —Vaya, con lo mucho mejor día que iba a ser mañana.


[1] Todos los feegles tenían la férrea creencia de que tenían que estar muertos, ya que el mundo en el que habían pasado a vivir era grandioso, repleto hasta los topes de oportunidades para robar, pelear y beber. Un paraíso digno de héroes fallecidos. (Volver.)
[2] A veces literalmente, ya que las keldas solían dar a luz a siete bebés a la vez. La propia Jeannie había tenido una hija en su primer parto. (Volver.)
[3] Al padre de lord Sablazo le parecía buena inversión, ya que lo había pasado de rechupete bebiéndose la fortuna familiar. Por lo menos, se lo pareció hasta el día en que bebió tanto que un mal tropezón lo llevó a conocer a un hombre con una carencia extrema de carne en los huesos y el definitivo añadido de una guadaña, bastantes años antes de lo que habría debido. (Volver.)
[4] Además, sabía que de vez en cuando los dioses hacían peticiones molestas. Tenía un socio que había elegido adorar a Offler, el dios cocodrilo, y resultó que tenía que construir una pajarera y llenarla de aves limpiamuelas para satisfacer en cualquier momento los caprichos odontológicos de su deidad. (Volver.)
[5] Era cierto, pero sí llegaba mucha gente de Cuatroequis, como suele pasar con cualquier Sitio­Del­Que­Nadie­Sabe­Nada. Lo que ocurría era que luego nunca se molestaban en regresar. (Volver.)
[6] Demostrando así que de los libros puede aprenderse mucho, aunque sea nombres que poner a cabras listas y diabólicas. (Volver.)
[7] Todo chico que hubiera recibido una buena educación conocía la leyenda de Pilotus y su hijo Langas, que se fabricaron unas alas cosiendo plumas y vilanos. El chico al menos voló un poco, pero su anciano y orondo padre se estrelló. La moraleja de la historia es: entiende lo que estás haciendo antes de hacerlo. (Volver.)

© Terry y Lyn Pratchett, 2015
© de las ilustraciones, Paul Kidby, 2015
© Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2016
© de la traducción, Manu Viciano, 2016

A la venta el 10 de marzo de 2016.

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2 Responses to “La corona del pastor de Terry Pratchett: primer capítulo”

  1. Alfon Alfon dice:

    Estaba convencido de que pasaba algo más en el primer capítulo…

  2. […] del Mundodisco: salieron A todo vapor y La corona del pastor de Terry Pratchett (fragmento, fragmento), publicados por Debolsillo. Las dos últimas novelas de Pratchett (la segunda, publicada […]