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La gracia de los reyes de Ken Liu: Capítulos 1 y 2

La gracia de los reyes - Avance - Destacada

Alianza pone a la venta el primer libro de «La Dinastía del Diente de León» el 9 de junio.

El próximo jueves 9 de junio, Alianza Editorial pondrá a la venta dentro de su colección Runas la primera novela de Ken Liu, La gracia de los reyes. Se trata del primer volumen de «La Dinastía del Diente de León», una trilogía inspirada en el ascenso de la dinastía Han en China. En un mundo fantástico que podría definirse como silkpunk («sedapunk») dos hombres muy distintos, un proscrito y el heredero de una gran casa noble en horas bajas, se enfrentarán a la tiranía del emperador.

Celebramos su publicación ofreciéndoos en primicia, cortesía de Alianza Editorial, sus dos primeros capítulos. Esperamos que los disfrutéis.

La gracia de los reyes - Portada

Capítulo Uno
Un asesino

ZUDI: SÉPTIMO MES DEL DÉCIMO CUARTO AÑO
DEL REINADO DE UN CIELO LUMINOSO

 
El pájaro blanco estaba inmóvil, suspendido en medio del cielo despejado de poniente, y agitaba sus alas de tanto en tanto.
          Quizá se tratara de un ave rapaz que había abandonado su nido en las elevadas cumbres de las montañas Er-Mé, a unas millas de distancia, en busca de una presa. Pero no era un buen día para cazar: los dominios habituales de la rapaz, esta zona de las llanuras Porin reseca por el sol, estaban ocupados por la multitud.
          Miles de espectadores se alineaban a ambos lados de la ancha carretera que partía de Zudi. Ninguno se había fijado todavía en el ave; estaban ahí para presenciar el Desfile Imperial.
          Contuvieron un grito de asombro cuando la flota de gigantescas aeronaves imperiales voló por encima de sus cabezas pasando grácilmente de una formación a otra. Miraron embobados, en medio de un respetuoso silencio, los pesados carros de batalla que pasaban rodando, cargados de gruesos fardos de tendones de buey utilizados para accionar las catapultas. Alabaron la previsión y generosidad del emperador cuando sus ingenieros, desde carretas de hielo, rociaron a la muchedumbre con agua perfumada para refrescarla del ardiente sol y el aire polvoriento del norte de Cocru. Aplaudieron y vitorearon a las mejores bailarinas de los seis estados conquistados de Tiro: quinientas doncellas de Faça que bailaban seductoramente la danza de los velos, una exhibición anteriormente reservada a la corte real de Boama; cuatrocientos malabaristas de Cocru hacían girar sus espadas creando brillantes crisantemos de luz fría que unían la gloria militar con la elegancia lírica; docenas de majestuosos y elegantes elefantes de la salvaje y poco poblada isla de Écofi desfilaban decorados con los colores de los Siete Estados: el macho más imponente envuelto en la bandera blanca de Xana, como era de esperar, y los otros con los colores del arcoíris de los territorios conquistados.
          Los elefantes tiraban de una plataforma móvil sobre la que se situaban doscientos de los mejores cantantes de las islas de Dara, un coro cuya existencia habría sido imposible antes de la Conquista. Entonaban una canción nueva, compuesta por el gran erudito imperial Lügo Crupo para celebrar la visita imperial a las islas:

Al norte, la fértil Faça, verde como los ojos del benévolo Rufizo,
con pastizales besados constantemente por la dulce lluvia y colinas escarpadas envueltas en la niebla.

 
          Los soldados que caminaban junto al estrado móvil arrojaban baratijas a la muchedumbre: nudos decorativos a la moda de Xana, confeccionados con hilos de vivos colores para simbolizar a los Siete Estados. Los nudos reproducían los ideogramas que representaban la «prosperidad» y la «suerte». Los espectadores se peleaban para conseguir un recuerdo de este emocionante día.

Al sur, la fortificada Cocru, campos de sorgo y arroz, claros y oscuros,
roja, por la gloria militar, blanca como la orgullosa Rapa, negra como la lúgubre Kana.

 
          La multitud prorrumpió en vítores todavía más altos al escuchar estos versos sobre su tierra natal.

Al oeste, la fascinante Amu, la joya de Tututika,
de luminosa elegancia, cuyas ciudades de filigrana rodean dos lagos azules.
Al este, la resplandeciente Gan, donde florecen el comercio y el juego de Tazu,
rica como la abundancia de sus mares, culta como las túnicas grises de los eruditos.

 
          Tras los cantantes marchaban otros soldados que sostenían altos y elaborados estandartes de seda con escenas complejas que representaban la belleza y las maravillas de los Siete Estados: destellos de luz de luna de la cumbre nevada del monte Kiji, bancos de peces refulgentes al amanecer en el lago Tututika, ballenas emergiendo junto a las costas de La Garra del Lobo, multitudes jubilosas alineadas en las amplias calles de Pan, la capital, graves eruditos discutiendo política frente al sabio omnisciente emperador…

Al noroeste, la eminente Haan, foro de filosofía, que rastrea los tortuosos senderos de los dioses en el caparazón amarillo de Lutho.
En el centro, la frondosa Rima, donde la luz del sol, tan penetrante como la espada negra de Fithowéo, atraviesa bosques milenarios hasta llegar al suelo.

 
          Entre una y otra estrofa, la multitud acompañaba a los cantantes vociferando el estribillo:

Nos postramos, nos postramos, nos postramos ante Xana, Zenith, Gobernadora del Aire.
¿Por qué resistirse? ¿Por qué persistir contra el Señor Kiji en una lucha que no podemos vencer?

 
          Si el servilismo de la letra molestaba a aquellos de entre la multitud que se habían levantado en armas contra los invasores hacía poco más de una docena de años, sus quejas quedaban ahogadas por los cánticos frenéticos a pleno pulmón de los hombres y mujeres que les rodeaban. El canto hipnótico potenciaba su propia fuerza, como si las palabras ganaran peso y veracidad por la simple repetición.

Pero la muchedumbre no estaba satisfecha por completo con el espectáculo. Todavía no habían visto lo más importante del desfile: el emperador.
          El pájaro blanco planeó para acercarse un poco más. Sus alas parecían tan anchas y largas como las aspas de los molinos de Zudi que extraían agua de los pozos profundos y la distribuían por las casas de los opulentos. Era demasiado grande para tratarse de un águila o un buitre común. Algunos espectadores levantaron la vista y comentaron despreocupados si no sería un gigantesco halcón mingén, traído por los cetreros del emperador desde su lejano hogar en la isla de Rui, a más de mil millas, para impresionar a la muchedumbre.
          Pero un explorador imperial oculto entre la multitud miró al ave y frunció el ceño. Luego se dio la vuelta y se abrió paso entre el gentío hasta alcanzar el estrado en el que se congregaban las autoridades locales para presenciar el desfile.
          La expectación entre los presentes aumentó con la llegada de la Guardia Imperial, que marchaba en columnas como si estuviera compuesta por autómatas: ojos al frente, piernas y brazos oscilando al unísono como marionetas guiadas por un único par de manos. Su disciplina y orden contrastaban marcadamente con las cimbreantes bailarinas que la habían precedido.
          Tras un instante de silencio, la multitud manifestó su aprobación a gritos. No importaba que ese mismo ejército hubiera masacrado a los soldados de Cocru y deshonrado a los antiguos nobles. Quienes observaban el desfile solo querían espectáculo y les encantaban las armaduras relucientes y el esplendor marcial.
          El ave descendió aún más.

          —¡Dejen pasar! ¡Dejen pasar!
          Dos muchachos de catorce años se abrían paso a empujones entre la muchedumbre apretujada como lo harían un par de potros en un campo de caña de azúcar.
          El que iba en cabeza, Kuni Garu, llevaba su largo pelo, liso y negro, sujeto en un moño alto, a la moda de los estudiantes de las academias privadas. Era robusto y musculoso pero no gordo, con fuertes brazos y piernas. Sus ojos, alargados y estrechos como los
de la mayoría de los hombres de Cocru, poseían un brillo de inteligencia rayano en la astucia. No hacía ningún esfuerzo por ser educado, avanzaba a codazos echando a un lado a los hombres y las mujeres que se interponían en su camino y dejando atrás un rastro de costillas magulladas y maldiciones.
          El muchacho que iba detrás, Rin Coda, era larguirucho y nervioso. Seguía a su amigo a través de la multitud como una gaviota sigue la estela de un barco y murmuraba excusas a los hombres y mujeres furiosos que les rodeaban.
          —Kuni, creo que estaríamos igual de bien si nos quedásemos detrás —dijo Rin—. No pienso que esta sea una buena idea.
          —Entonces no pienses —dijo Kuni—. Tu problema es que piensas demasiado. Limítate a actuar.
          —El maestro Loing dice que los dioses quieren que pensemos siempre antes de actuar —Rin hizo un gesto de dolor y se escabulló cuando un hombre maldijo a la pareja e intentó golpearles.
          —Nadie sabe lo que quieren los dioses. —Kuni avanzaba con determinación sin mirar atrás—. Ni siquiera el maestro Loing.
          Finalmente, consiguieron atravesar la densa muchedumbre y se plantaron al borde de la carretera, junto a las líneas de tiza que indicaban hasta dónde podían situarse los espectadores.
          —Esto es lo que yo llamo una buena vista —dijo Kuni, aspirando una bocanada profunda y guardando todo el aire dentro. Dio un silbido de admiración cuando la última de las semidesnudas bailarinas de Faça pasó ante él—. Ahora entiendo las ventajas de ser emperador.
          —¡Deja de hablar así! ¿Quieres ir a la cárcel? —Rin miró nervioso a su alrededor para comprobar si alguien les prestaba atención. Kuni tenía el hábito de decir cosas extravagantes que fácilmente podían ser interpretadas como traición.
          —Entonces, ¿no se está aquí mucho mejor que sentado en clase practicando el grabado en cera de ideogramas y memorizando el Tratado de las relaciones morales de Kon Fiji? —Kuni pasó el brazo sobre los hombros de Rin—. Admítelo: te alegras de haber venido conmigo.
          El maestro Loing les había explicado que no iba a cerrar la escuela por el desfile porque pensaba que el emperador no desearía que los chicos interrumpieran sus estudios, pero Rin sospechaba en secreto que la auténtica razón era que el maestro Loing era contrario al emperador. Muchas personas de Zudi tenían oscuras opiniones sobre Mapidéré.
          —El maestro Loing no estaría en absoluto de acuerdo con esto —dijo Rin, aunque tampoco él podía despegar sus ojos de las bailarinas de los velos.
          Kuni se rio.
          —Si de todas formas nos va a golpear con su palmeta por saltarnos las clases tres días enteros, podemos hacer que el castigo valga la pena.
          —¡Ya, pero tú siempre encuentras argumentos para escapar del castigo y yo termino recibiendo el doble de golpes!

Los vítores de la multitud alcanzaron el clímax.
          En lo más alto de la Pagoda del Trono, Mapidéré iba recostado sobre blandos almohadones de seda con las piernas estiradas hacia delante en la posición de thakrido. Solo el emperador podía adoptar esa postura en público, pues todo el mundo era inferior a él.
          La Pagoda del Trono era una estructura de cinco pisos levantada sobre una plataforma formada por veinte gruesos postes de bambú, diez transversales y diez perpendiculares, que cargaban sobre los hombros un centenar de hombres, con el pecho y los brazos desnudos, ungidos con aceite para relucir al sol.
          Los cuatro pisos inferiores estaban llenos de modelos mecánicos, intrincados como filigranas, cuyos movimientos ilustraban los Cuatro Reinos del Universo: abajo el Mundo del Fuego, repleto de demonios que extraían oro y diamantes; a continuación el Mundo del Agua, lleno de peces, serpientes y medusas palpitantes; luego estaba el Mundo de la Tierra, en el que vivían los hombres en islas que flotaban sobre los cuatro mares; y por último, por encima de todos los demás, el Mundo del Aire, dominio de las aves y los espíritus.
          Envuelto en una túnica de reluciente seda, su corona era una espléndida obra de arte de oro y gemas refulgentes, con la silueta de una cruben, la ballena recubierta de escamas, señora de los Cuatro Mares Plácidos, cuyo único cuerno estaba confeccionado con el marfil más puro, procedente del núcleo del colmillo de un elefante joven y cuyos ojos eran un par de grandes diamantes negros —los mayores de toda Dara, arrebatados al tesoro de Cocru cuando esta sucumbió ante Xara quince años atrás—, el emperador Mapidéré se hacía sombra en los ojos con una mano y miraba de soslayo la forma del gran pájaro que se aproximaba.
          —¿Qué es eso? —se preguntó en voz alta.
          Al pie de la Pagoda del Trono, que se desplazaba lentamente, el explorador imperial informó al capitán de la guardia de que las autoridades de Zudi decían no haber visto nunca algo parecido al extraño pájaro. El capitán murmuró algunas órdenes y la Guardia Imperial, la tropa más selecta de toda Dara, cerró su formación en torno a los portadores de la Pagoda.
          El emperador continuó mirando fijamente a la gigantesca ave, que seguía acercándose a un ritmo pausado y constante. Batió sus alas una vez y el emperador, que se esforzaba por oír en medio del ruido de la muchedumbre que le aclamaba entusiasmada, creyó escucharla gritar de una manera alarmantemente humana.
          La visita imperial a las islas había comenzado hacía más de ocho meses. El emperador era consciente de la necesidad de recordar visiblemente a la población conquistada el poderío y la autoridad de Xana, pero estaba cansado. Deseaba regresar a Pan, la Ciudad Inmaculada, su nueva capital, donde podía disfrutar de su zoo y su acuario, llenos de animales de todos los rincones de Dara, incluidos algunos exóticos que le habían regalado como tributo los piratas que navegaban más allá del horizonte. Tenía ganas de degustar las comidas que le preparaba su cocinero favorito en lugar de los extraños platos que le ofrecían en cada sitio que visitaba. Tal vez fueran los manjares más exquisitos que la nobleza de cada ciudad podía presentarle, pero resultaba tedioso tener que esperar a que sus catadores los probaran, por la posibilidad de que estuvieran envenenados, y además, inevitablemente, resultaban demasiado grasos o picantes y terminaban por revolverle el estómago.
          Sobre todo, estaba aburrido. Los cientos de recepciones vespertinas ofrecidas por funcionarios y dignatarios locales se acumulaban sin apenas descanso. Independientemente del lugar en donde se encontrara, los juramentos de lealtad y las declaraciones de sumisión sonaban todos por igual. A menudo se sentía como si estuviera sentado solo en medio de un teatro en el que se representaba la misma función noche tras noche, con distintos actores declamando las mismas frases en diferentes escenarios.
          El emperador se inclinó hacia delante: esa extraña ave era lo más emocionante que le había ocurrido en días. Ahora que estaba más próxima podía percibir más detalles. Y… no era un ave.
          Era una gran cometa hecha de papel, seda y bambú, solo que ningún hilo la unía al suelo. Bajo la cometa —era posible—, colgaba la figura de un hombre.
          —Interesante —dijo el emperador.
          El capitán de la Guardia Imperial subió apresuradamente la delicada escalera de caracol del interior de la Pagoda, ascendiendo los peldaños de dos en dos o de tres en tres.
          —Rénga, deberíamos tomar precauciones.
          El emperador asintió con la cabeza.
          Los porteadores depositaron la Pagoda del Trono sobre el suelo y la Guardia Imperial detuvo su marcha. Los arqueros tomaron posiciones alrededor de la Pagoda y soldados con grandes escudos se juntaron alrededor de la estructura para crear un refugio cuyas paredes y techo no eran sino las enormes tarjas interconectadas, que formaban algo parecido al caparazón de una tortuga. El emperador se golpeó las piernas para recobrar la circulación en sus entumecidos músculos y poder levantarse.
          La multitud intuyó que todo eso no formaba parte de los eventos planificados del desfile. Los espectadores estiraron el cuello y siguieron la dirección hacia la que apuntaban las flechas de los arqueros.
          El extraño artilugio planeador se encontraba ahora a tan solo unos cientos de yardas de distancia.
          El hombre que colgaba de la cometa tiró de algunas cuerdas que colgaban a su lado. El ave-cometa plegó repentinamente las alas y se lanzó hacia la Pagoda del Trono, cubriendo la distancia que le separaba en unos instantes. El hombre aulló, un grito prolongado y penetrante que provocó un escalofrío en la multitud a pesar del calor reinante.
          —¡Muerte a Xana y a Mapidéré! ¡Larga vida a la Gran Haan!
          Antes de que cualquiera pudiera reaccionar, el aeronauta de la cometa lanzó una bola de fuego contra la Pagoda del Trono. El emperador clavó sus ojos en el proyectil que se aproximaba, demasiado pasmado como para moverse.
          —¡Rénga! —el capitán de la Guardia llegó hasta el emperador en un instante; con una mano, empujó al anciano y luego, dando un gruñido, levantó el trono —un pesado sillón de madera de argán cubierto de oro— con la otra mano, como si se tratara de un escudo gigante. El proyectil estalló contra él formando una inmensa bola de fuego y sus restos rebotaron y cayeron al suelo lanzando pegotes abrasadores de alquitrán que siseaban al caer en todas direcciones en explosiones secundarias y prendían fuego a todo lo que tocaban. Los desgraciados soldados y bailarinas chillaron al sentir el pegajoso líquido ardiente en sus cuerpos y caras, y pronto se vieron envueltos en lenguas abrasadoras.
          Aunque el pesado trono había protegido al capitán de la Guardia y al emperador de la explosión inicial, algunas lenguas de fuego aisladas chamuscaron buena parte del pelo del capitán y le quemaron el lado derecho de su rostro y el brazo derecho. Pero el emperador, aunque conmocionado, estaba indemne.
          El capitán dejó caer el trono y, con un gesto de dolor, se inclinó hacia un lado de la Pagoda y gritó a los estupefactos arqueros:
          —¡Fuego a discreción!
          Se maldijo a sí mismo por la absoluta disciplina que había inculcado a los guardias, de forma que estaban más atentos a obedecer órdenes que a reaccionar por su propia iniciativa. Pero hacía tanto tiempo que no se producía un atentado contra la vida del emperador que a todos les embargaba una falsa sensación de seguridad. Tendría que estudiar la manera de mejorar su entrenamiento, si llegaba a conservar su propia cabeza después de este fallo.
          Los arqueros lanzaron una volea de flechas. El asesino tiró de las riendas de la cometa, desplegó las alas y se dejó caer de lado en un arco cerrado para escapar. Las flechas disparadas caían del cielo como una lluvia negra.
          Miles de bailarinas y espectadores se fundieron en una turba caótica y aterrorizada que gritaba y huía a empellones.

          —¡Te dije que esto era una mala idea! —Rin miró frenético a su alrededor buscando un lugar donde esconderse. Dio un chillido y saltó hacia un lado para esquivar una de las flechas que caían. Junto a él, dos hombres yacían muertos con flechas clavadas en la espalda—. Nunca debí ayudarte a que mintieras a tus padres diciéndoles que cerraban el colegio. ¡Tus planes siempre terminan metiéndome en problemas! ¡Tenemos que correr!
          —Si echas a correr y tropiezas acabarás pisoteado por el gentío —respondió Kuni—. Además, ¿cómo vas a perderte esto?
          —¡Oh dioses, vamos a morir todos! —otra flecha se clavó en el suelo a un palmo de distancia. Unas cuantas personas más cayeron gritando con sus cuerpos atravesados.
          —Todavía no estamos muertos —Kuni se lanzó hacia la carretera y regresó con un escudo abandonado por alguno de los soldados.
          —¡Agáchate! —chilló, y tiró de Rin hacia abajo hasta quedar ambos en cuclillas, para luego levantar el escudo por encima de sus cabezas. En ese momento una flecha golpeó el escudo con un ruido sordo.
          —¡Señora Rapa y Señora Kana, protegedme! —balbuceó Rin con los ojos fuertemente apretados—. Si sobrevivo a esto, prometo escuchar a mi madre y no volver a saltarme ninguna clase, obedecer a los sabios ancianos y mantenerme alejado de los amigos locuaces que me desvían de lo correcto…
          Pero Kuni ya estaba mirando a hurtadillas alrededor del escudo.
          El hombre-pájaro se dobló por la cintura al máximo, lo que hizo batir las alas de la cometa unas cuantas veces en rápida sucesión. La cometa ascendió verticalmente, ganando cierta altura. El aeronauta tiró de las riendas, giró en un arco cerrado y volvió a lanzarse contra la Pagoda del Trono.
          El emperador se había recobrado del susto inicial y era escoltado escaleras abajo. Pero aún estaba a mitad de camino del suelo, entre los mundos de Fuego y de Tierra.
          —¡Rénga, perdonadme, por favor! —el capitán de la Guardia se agachó y levantó el cuerpo del emperador, lo empujó sobre el lateral de la Pagoda y lo dejó caer.
          Los soldados ya habían desplegado una larga y resistente pieza de tela junto a la estructura sobre la que aterrizó el emperador que, tras rebotar varias veces, salió ileso.
          Kuni entrevió al emperador por un breve instante antes de que fuera engullido por la concha protectora de escudos superpuestos. Años de medicación alquímica, tomada con la esperanza de prolongar su vida, habían causado estragos en su cuerpo. Aunque solo tenía cincuenta y cinco años, parecía tener treinta más. Pero lo que sorprendió especialmente a Kuni fueron los ojos hundidos del anciano, que observaban desde su cara arrugada y que por un momento habían mostrado sorpresa y miedo.
          El sonido de la cometa, lanzada en picado detrás de Kuni, era como el de una pieza de tela basta al ser rasgada.
          —¡Agáchate! —Tiró a Rin al suelo y se dejó caer encima de su amigo, colocando el escudo sobre sus cabezas—. Imagina que eres una tortuga.
          Rin intentó aplastarse contra el suelo por debajo de Kuni.
          —Ojalá se abriera la tierra y pudiera colarme dentro.
          De nuevo se produjeron explosiones de brea ardiente alrededor de la Pagoda del Trono. Algunas cayeron sobre el techo de escudos y los soldados de debajo gritaron de dolor cuando la brea se coló siseando entre las fisuras, pero mantuvieron las posiciones. A una orden de sus superiores, los soldados levantaron e inclinaron los escudos al unísono, para dejar caer la brea en llamas, como un cocodrilo que flexiona sus escamas para sacudirse el exceso de agua.
          —Creo que ya ha pasado el peligro —dijo Kuni retirando el escudo y levantándose de encima de Rin.
          Rin se sentó lentamente y observó a su amigo sin comprender nada. Kuni estaba rodando por el suelo como si jugueteara sobre la nieve. ¿Cómo podía pensar en juegos en un momento así?
          Entonces vio el humo que salía de sus ropas. Chilló y se lanzó encima de él para ayudarle a extinguir las llamas golpeando con sus largas mangas en la amplia túnica de Kuni.
          —Gracias, Rin —dijo Kuni. Se sentó en el suelo e intentó sonreír, pero solo consiguió desplegar una mueca de dolor.
          Rin le examinó: unas cuantas gotas de aceite hirviendo le habían caído sobre la espalda. A través de los agujeros humeantes de la ropa podía verse la piel en carne viva, chamuscada y sangrando.
          —¡Por los dioses! ¿Duele?
          —Solo un poco —contestó Kuni.
          —Si no hubieras estado encima de mí… —Rin tragó saliva—. Kuni Garu, eres un amigo de verdad.
          —Eh, no tiene importancia —contestó Kuni—. Como dijo el sabio Kon Fiji: uno siempre debe estar dispuesto —¡ay!— a clavarse un cuchillo entre las costillas si con ello ayuda a un amigo. —Intentaba fanfarronear un poco pero el dolor le hacía temblar la voz—. ¿Lo ves? Algo he aprendido del maestro Loing.
          —¿Esa es la parte de la que te acuerdas? Eso no lo dijo Kon Fiji. Lo dijo un bandido que estaba debatiendo con él.
          —¿Quién dijo que los bandidos no pueden tener virtudes?
          Les interrumpió el sonido de un batir de alas. Los muchachos miraron hacia arriba. Lentamente, con elegancia, como un albatros girando sobre el mar, la cometa movió sus alas, se elevó, describió un amplio círculo y se dirigió hacia la Pagoda del Trono para iniciar un nuevo bombardeo. Era evidente que el aeronauta estaba cansado y no pudo ganar tanta altura en esta ocasión. La cometa estaba muy cerca del suelo.
          Unos cuantos arqueros consiguieron agujerear las alas de la cometa, y algunas flechas incluso alcanzaron al aeronauta, aunque su gruesa armadura de cuero parecía estar reforzada de alguna manera y las flechas solo se hundieron ligeramente antes de desprenderse sin causar daño.
          Una vez más, plegó las alas de su aparato y aceleró el vuelo hacia la Pagoda del Trono, como un martín pescador en caída libre.
          Los arqueros continuaron disparando al asesino, que ignoró la lluvia de flechas y mantuvo su trayectoria. Los proyectiles en llamas explotaron contra los laterales de la Pagoda del Trono. En unos instantes, la construcción de seda y bambú se convirtió en una torre de fuego.
          Pero ahora el emperador ya se encontraba a salvo, resguardado bajo las tarjas de los guardias, y cada vez había más arqueros concentrados alrededor de su posición. El hombre-pájaro era consciente de que el trofeo ya estaba fuera de su alcance.
          En lugar de intentar otro bombardeo, giró la cometa rumbo al sur, alejándose de la comitiva, y trató con sus menguadas fuerzas de ganar cierta altura.
          —Se dirige hacia Zudi —dijo Rin—. ¿Crees que alguno de los que allí conocemos le habrá ayudado?
          Kuni sacudió la cabeza. La cometa pasó directamente por encima de ambos muchachos y bloqueó temporalmente el resplandor del sol. Kuni pudo observar que el aeronauta era un hombre joven que no llegaría a la treintena. Tenía la piel morena y los miembros largos comunes entre los hombres de Haan, al norte. Durante una fracción de segundo, el aeronauta, que miraba hacia abajo, cruzó su mirada con la de Kuni y el corazón de este se estremeció con la pasión ferviente y la resuelta intensidad de aquellos brillantes ojos verdes.
          —Ha asustado al emperador —dijo Kuni, como si hablara consigo mismo—. Después de todo, el emperador no es más que un hombre. —Una amplia sonrisa brotó en su cara.
          Antes de que Rin pudiera hacer callar de nuevo a su amigo, grandes nubes negras les cubrieron. Los chicos miraron hacia arriba y vieron que había más razones para la retirada del hombre-pájaro.
          Seis elegantes aeronaves, cada una de ellas de trescientos pies de longitud, el orgullo de la fuerza aérea imperial, surcaron el cielo por encima de sus cabezas. Las aeronaves habían ido al frente del desfile, tanto para actuar como exploradores como para impresionar al público. Necesitaron cierto tiempo para que los remeros pudieran darles la vuelta y acudir en ayuda del emperador.
          La cometa sin hilos se fue haciendo cada vez más pequeña. Las aeronaves se movían con pesadez en persecución del asesino, con sus enormes remos emplumados golpeando el aire como las alas de un ganso grueso que se esfuerza por despegar del suelo. El piloto ya estaba demasiado lejos para los arqueros y las cometas de combate de las aeronaves. No alcanzarían la ciudad de Zudi antes de que el veloz hombre-pájaro aterrizara y desapareciera en sus callejuelas.

El emperador, acurrucado en la penumbra del refugio de escudos, se sentía furioso pero mantenía el semblante calmo. Este no era su primer intento de asesinato y tampoco sería el último, solo que en esta ocasión el autor del atentado había estado más cerca de tener éxito.
          Cuando dio las órdenes, su voz, carente de toda emoción, fue implacable.
          —Encontrad a ese hombre. Aunque tengáis que demoler cada casa de Zudi y prender fuego a todas las haciendas de los nobles de Haan, traedlo ante mí.

La gracia de los reyes - Galeradas

Capítulo Dos
Mata Zyndu

FARUN, EN LAS ISLAS TUNOA:
NOVENO MES DEL DÉCIMO CUARTO AÑO
DEL REINADO DE UN CIELO LUMINOSO

 
Pocos habrían pensado que el hombre que destacaba sobre la ruidosa multitud al extremo de la plaza de la ciudad de Farun no era más que un muchacho de catorce años. Los vecinos que se arremolinaban a empellones mantenían una distancia respetuosa de los siete pies y medio de estatura, repletos de músculos, de Mata Zyndu.
          —Te tienen miedo —dijo Phin Zyndu, tío del muchacho, con orgullo en su voz. Miró la cara de Mata y suspiró—. Ojalá tu padre y tu abuelo pudieran verte hoy.
          El chico asintió pero no dijo nada. Miraba sobre las cabezas oscilantes de la multitud como una grulla entre correlimos. A diferencia de los ojos más comunes en Cocru, color pardo, los suyos eran tan negros como el carbón, pero cada uno contenía dos pupilas, que brillaban con una leve luz, un singular rasgo que muchos consideraban mítico.
          Esos ojos con doble pupila le conferían una vista más aguda y le permitían ver más lejos que la mayor parte de las personas. Mientras oteaba el horizonte se detuvo en la esbelta y oscura torre de piedra situada al norte, a las afueras de la ciudad. Se alzaba próxima al mar como una daga clavada en la playa rocosa. Mata podía imaginarse las grandes ventanas abovedadas situadas en lo alto de la torre, cuyos marcos estaban profusamente decorados con grabados de los dos cuervos, blanco y negro, con sus picos unidos en el ápice de cada arco sujetando un crisantemo de piedra con mil pétalos.
          Esa era la torre principal del castillo solariego del clan Zyndu. Ahora pertenecía a Datun Zatoma, comandante de la guarnición de Xana que vigilaba Farun. Mata Zyndu odiaba pensar en ese plebeyo, que ni siquiera era un guerrero sino un mero escriba, actual ocupante de las antiguas y legendarias salas que pertenecían por derecho a su familia.
          Mata se obligó a retornar al presente. Se inclinó para susurrar a Phin:
          —Quiero acercarme más.
          El Desfile Imperial acababa de llegar a Tunoa por mar, procedente de la costa meridional de la isla Grande, donde se rumoreaba que el emperador había sobrevivido a un intento de asesinato cerca de Zudi. A medida que Mata y Phin avanzaban, la multitud se separaba sin ningún esfuerzo y en silencio, abriendo paso a Mata como las olas ante la proa de un barco.
          Se detuvieron poco antes de la primera fila y Mata se encorvó hasta la altura de su tío para evitar llamar la atención de los guardias del emperador.
          —¡Ahí están! —gritó el gentío cuando las aeronaves aparecieron de repente entre las nubes cerca del horizonte, y la cima de la Pagoda del Trono se hizo visible.
          Mientras los vecinos aclamaban a las hermosas bailarinas y aplaudían a los audaces soldados, Mata Zyndu solo tenía ojos para el emperador Mapidéré. Por fin podría ver la cara del enemigo.
          Los soldados habían formado un muro circular en la parte superior de la pagoda, con los arcos listos para disparar y las espadas desenvainadas. El emperador estaba sentado en medio y los espectadores apenas podían entrever momentáneamente su cara. Mata se había imaginado a un anciano gordo y blando por los excesos. Sin embargo, lo que vio a través del muro de soldados, como a través de un velo, fue una figura demacrada de mirada dura e inexpresiva.
          Qué solo está, en lo alto de su esplendor sin igual.
          Y qué asustado.
          Phin y Mata se miraron. Cada uno vio en los ojos del otro la misma mezcla de tristeza y odio latente. Phin no tuvo necesidad de expresarlo en voz alta. Mata había escuchado a su tío decir las mismas palabras todos los días de su vida:
          No olvides.

Tiempo atrás, cuando el emperador Mapidéré solo era el joven rey de Xana y cuando el ejército de Xana perseguía por tierra, mar y aire a los debilitados regimientos de los Seis Estados, un hombre se había interpuesto en su camino: Dazu Zyndu, duque de Tunoa y mariscal de Cocru.
          Los Zyndu provenían de un antiguo linaje de grandes generales de Cocru. Pero, en su juventud, Dazu era flacucho y enfermizo. Su padre y su abuelo decidieron enviarlo al norte, lejos del feudo de su familia en las islas Tunoa, para que le entrenara Médo, el legendario maestro de esgrima de las neblinosas islas Huevos de Gusano de Seda, al otro extremo de Dara.
          Tras echar un vistazo a Dazu, Médo habló:
          —Yo soy demasiado viejo y tú demasiado pequeño. Hace años que enseñé a mi último alumno. Déjame en paz.
          Pero Dazu no se marchó. Permaneció arrodillado ante la casa de Médo durante diez días y diez noches, negándose a comer y no bebiendo más que agua de lluvia. El undécimo día, Dazu se derrumbó y Médo quedó conmovido por su persistencia y le aceptó como alumno.
          Pero en lugar de enseñarle a luchar con la espada, Médo le utilizó como peón de campo para cuidar de su pequeño rebaño de ganado. Dazu no se quejó. Por las frías y agrestes montañas, el joven siguió al rebaño a todas partes, vigilando a los lobos que se escondían en la niebla y acurrucándose por la noche entre las mugientes vacas en busca de calor.
          En primavera nació un ternero y Médo pidió a Dazu que lo cargara cada día hasta la casa para pesarlo, de modo que el animal no se lastimara las patas con las piedras afiladas del terreno. Esto suponía caminar largas distancias. Al principio el viaje era sencillo, pero a medida que el ternero fue ganando peso, el traslado se hizo más complicado.
          —El ternero ya es capaz de caminar bastante bien —dijo Dazu en una ocasión—. Nunca tropieza.
          —Pero ya te dije que lo cargaras cada día —respondió el maestro—. Lo primero que debe aprender un soldado es a obedecer las órdenes.
          Cada día el ternero pesaba un poco más y, cada día, Dazu tenía que esforzarse un poco más. Cuando finalmente conseguía llegar hasta la hacienda, se dejaba caer agotado y el ternero daba un brinco soltándose de sus brazos, feliz de poder estirar los miembros
y caminar por su cuenta.
          Cuando el invierno volvió a presentarse, Médo le entregó una espada de madera y le pidió que golpeara con todas sus fuerzas al muñeco de prácticas. Dazu miró disgustado la tosca arma sin filo, pero la blandió obedientemente.
          El muñeco de madera cayó partido en dos, con un corte limpio. Dazu observó maravillado la espada en su mano.
          —No es la espada —dijo el maestro—. ¿Te has observado últimamente? —y colocó a Dazu frente a un escudo pulido hasta brillar.
          El joven apenas pudo reconocer el reflejo. Sus hombros ocupaban todo el marco del espejo. Los brazos y los muslos eran el doble de gruesos de lo que recordaba y el pecho formaba una protuberancia sobre su estrecha cintura.
          —Un gran guerrero no confía en sus armas sino en él mismo. Cuando posees auténtica fuerza, puedes propinar un golpe mortal incluso si lo único con lo que cuentas es una brizna de hierba. Ahora ya estás preparado para aprender. Pero antes, ve a agradecer al ternero que te haya hecho fuerte.

Dazu Zyndu no tenía rival en el campo de batalla. Cuando los ejércitos de los restantes estados Tiro fueron aniquilados por las feroces hordas de Xana, los hombres de Cocru dirigidos por el duque Zyndu resistieron los ataques de Xana como la sólida presa resiste la embravecida riada.
          Como sus tropas eran muy inferiores en número, el duque Zyndu las situó en fuertes y ciudades fortificadas situadas estratégicamente por toda Cocru. Dondequiera que Xana dirigiera su invasión, él ordenaba a sus hombres que ignoraran las provocaciones de los comandantes enemigos y se mantuvieran tras las murallas como una tortuga se protege dentro de su caparazón.
          Pero cuando el ejército de Xana intentaba rodear estos fuertes y ciudades bien protegidos, sus defensores se abalanzaban fuera de las fortalezas como las morenas abandonan sus hendiduras secretas y atacaban ferozmente desde retaguardia para cercenar las líneas de abastecimiento del enemigo. A pesar de que Gotha Tonyeti, el gran general de Xana, disponía de muchos más hombres y mejor equipamiento que el duque Zyndu, siempre quedaba atrapado por las tácticas de este sin conseguir avanzar.
          Tonyeti insultaba a Zyndu llamándole «la Tortuga Barbada», pero a Dazu le hizo gracia la ocurrencia y lo adoptó como apodo en señal de orgullo.
          Incapaz de imponerse en el terreno, Tonyeti recurrió a la conspiración dedicándose a difundir rumores sobre la ambición del duque Zyndu en Çaruza, la capital de Cocru.
          —¿Por qué el duque Zyndu no ataca a las tropas de Xana y se limita a esconderse tras las murallas de piedra? —murmuraba la gente—. Es evidente que el ejército de Xana no es rival para el poderío de Cocru y, sin embargo, el duque titubea y permite que los invasores ocupen nuestros campos. Quizás Zyndu haya llegado a un acuerdo secreto con Gotha Tonyeti y este solo simule estar atacando. ¿No será que están conspirando para derrocar al rey y reemplazarlo por Zyndu?
          El rey de Cocru empezó a sospechar y ordenó al duque que abandonara sus posiciones defensivas y se enfrentara a Tonyeti en campo abierto. Eso sería un error, le explicó Zyndu, pero sus argumentos solo aumentaron las sospechas del rey.
          Finalmente, el duque no tuvo otra opción. Se colocó su armadura y dirigió la carga. Las fuerzas de Tonyeti parecieron rendirse ante los imponentes guerreros de Cocru. Las tropas de Xana cedieron terreno y continuaron la retirada hasta desmoronarse en un caos total.
          El duque persiguió al derrotado Tonyeti hasta un valle profundo, donde el general desapareció en la espesura del bosque. De repente, nuevas tropas de Xana, que superaban en cinco veces el número de los hombres que Zyndu llevaba con él, surgieron emboscadas a ambos lados del valle y cortaron la vía de retirada. Zyndu se dio cuenta entonces de que había sido engañado y no pudo hacer otra cosa que rendirse.
          El duque Zyndu negoció la seguridad de sus soldados como prisioneros de guerra y luego acabó con su propia vida, incapaz de vivir con la vergüenza de haber capitulado. Gotha Tonyeti renegó de su promesa y quemó vivos a todos los soldados que se habían rendido.
          Çaruza cayó tres días más tarde.
          Mapidéré decidió dar un escarmiento al clan Zyndu por haber resistido tanto tiempo. Todo varón Zyndu con hasta nueve grados de parentesco fue ejecutado y todas las mujeres vendidas a las casas índigo. El primogénito de Dazu Zyndu, Shiru, fue desollado vivo en Çaruza mientras los hombres de Tonyeti obligaban a los ciudadanos de la capital a presenciarlo y, posteriormente, a comer pedazos de su carne para confirmar su lealtad a Xana. La hija de Dazu, Soto, se atrincheró con sus sirvientes en su hacienda y le prendió fuego para escapar del destino aún peor que la aguardaba.
Las llamas se propagaron durante todo un día y una noche, como si la diosa Kana quisiera expresar su dolor, y el calor fue tan intenso que los huesos de Soto ni siquiera pudieron ser identificados posteriormente entre las ruinas.
          El hijo más joven de Dazu, Phin, de trece años, eludió su captura durante días, escondiéndose en el laberinto de almacenes y túneles oscuros de los sótanos del castillo familiar de los Zyndu. Pero finalmente los soldados de Tonyeti le capturaron, cuando intentaba llegar a hurtadillas hasta la cocina para beber agua, y le arrastraron hasta el gran general.
          Tonyeti se quedó mirando al muchacho que estaba arrodillado ante él, temblando y lloriqueando de miedo, y echó una carcajada.
          —Sería demasiado infamante matarte —declaró con su estridente voz—. Te escondes como un conejo en lugar de pelear como un lobo. ¿Cómo te enfrentarás a tu padre y a tu hermano en la ultratumba después de esto? No has mostrado ni una décima parte del valor de tu hermana. Te trataré igual que al bebé de tu hermano, ya que te has comportado de la misma manera.
          En contra de las órdenes de Mapidéré, Tonyeti había perdonado la vida al hijo recién nacido de Shiru.
          —Los nobles deben comportarse mejor que los campesinos —había dicho—, incluso en tiempos de guerra.
          Así que los soldados de Tonyeti soltaron a Phin y el muchacho, avergonzado, salió tambaleándose del castillo familiar con la sola compañía del hijo de su hermano muerto, Mata, en brazos. Despojado de su título, su hogar y su clan, con su vida de despreocupación y riqueza desvanecida como un sueño, ¿qué futuro le esperaba al muchacho?
          Junto a la puerta exterior del castillo, Phin recogió una bandera roja caída en el suelo; estaba chamuscada y sucia pero aún conservaba el bordado del crisantemo dorado, el emblema del clan Zyndu. Envolvió con ella a Mata, escasa protección contra el aire invernal, y descubrió la cara del bebé levantando una esquina del paño.
          El bebé Mata parpadeó y se quedó mirando con sus dos pupilas en cada ojo negro, que irradiaban una débil luz.
          Phin aspiró una bocanada de aire. Entre los antiguos anu existía la creencia de que aquellos que poseían doble pupila estaban favorecidos por los dioses. La mayor parte de los niños con esta condición eran ciegos de nacimiento. Al ser él mismo poco más que un niño, Phin nunca había prestado mucha atención al fardo llorón que era su sobrino recién nacido. Por primera vez fue consciente de la particularidad de Mata.
          Phin movió su mano ante el bebé para comprobar si era ciego. Al principio sus ojos no se movieron, pero luego se giró y fijó su mirada en Phin.
          Unos pocos de los que poseían doble pupila tenían vista de águila y de ellos se decía que estaban destinados a la gloria.
          Aliviado, Phin se acercó el bebé al pecho, apretándole contra su acelerado corazón y, tras un instante, una lágrima caliente como la sangre cayó del ojo de Phin a la cara de Mata. El bebé comenzó a llorar.
          Phin se agachó y juntó su frente con la del bebé. Este gesto calmó al niño. Phil entonces susurró:
          —Ahora solo nos tenemos el uno al otro. No permitas que lo que han hecho a nuestra familia caiga en el olvido. No olvides.
          El bebé pareció entender. Se esforzó por liberar sus bracitos de la bandera que le envolvía, los levantó hacia Phin y apretó los puños.
          Phin elevó su cara al cielo y empezó a reír bajo la nieve que caía. Luego, volvió a cubrir con cuidado la cara del bebé con la bandera y se alejó caminando del castillo.

El ceño de Mata recordaba a Phin el semblante serio de Dazu Zyndu cuando estaba sumido en sus pensamientos. La sonrisa de Mata era una réplica de la sonrisa de Soto, la hermana muerta de Phin, cuando de niña corría por el jardín. La cara de Mata al dormir mostraba la misma serenidad que la del hermano mayor de Phin, Shiru, que siempre le recordaba que tenía que ser más paciente.
          Cuando contemplaba a Mata, Phin entendía por qué había salvado la vida. El pequeño era la última y más brillante flor de crisantemo, situado en el extremo superior del noble árbol formado por las generaciones del clan Zyndu. Phin juró a Kana y Rapa, las diosas gemelas de Cocru, que haría todo lo que estuviera en su poder para criar y proteger a Mata.
          Y mantendría su corazón frío y su sangre caliente, como la glacial Rapa y la ardiente Kana. Por el bien de Mata, aprendería a hacerse duro y adusto, en lugar de consentido y blando. Para vengarse, incluso un conejo puede aprender a ser un lobo.
          Phin tuvo que depender durante un tiempo de las ayudas ocasionales de las familias fieles al clan Zyndu que comprendían sus apuros, hasta que mató a dos ladrones que dormían en el campo y se apropió de su botín, que invirtió en la compra de una pequeña granja cerca de Farun. Allí enseñó a Mata a cazar, a pescar y a luchar con la espada, después de aprender él mismo esas habilidades bajo la severa tutela del método de prueba y error. La primera vez que disparó a un ciervo, vomitó ante la visión de la sangre; la primera vez que manejó una espada, casi se corta un pie. Una y otra vez se maldijo por haber disfrutado su anterior vida de comodidades sin aprender nada útil.
          El peso de la responsabilidad que había asumido le encaneció el pelo antes de cumplir los veinticinco años. A menudo, se sentaba solo ante la choza una vez dormido su pequeño sobrino. Obsesionado por los recuerdos de su debilidad anterior, se preguntaba una y otra vez si estaba haciendo lo suficiente, si era siquiera capaz de hacer lo suficiente, para poner a Mata en el camino adecuado, para transmitirle el valor, la fuerza y, especialmente, el deseo de gloria que le correspondían por derecho de nacimiento.
          Dazu y Shiru no habían querido que el delicado Phin siguiera el camino de la guerra. Habían consentido su inclinación por la literatura y las artes, y mira dónde le había llevado eso. Cuando la familia le necesitó, Phin se mostró desvalido, se comportó como un cobarde y avergonzó el nombre de la familia.
          Así que enterró los recuerdos de las palabras amables de Shiru y de la gentileza de Dazu. Y, en su lugar, dio a Mata la infancia que pensaba que ellos habrían deseado para él. Cuando Mata se caía y se hacía daño, como todos los niños, Phin se forzaba para no ofrecerle ningún consuelo, hasta que el chico aprendió que llorar no servía de nada. Cuando se peleaba con otro chico de la ciudad, Phin insistía en que perseverara hasta salir victorioso. Nunca toleraba signos de debilidad en el niño y le enseñó a agradecer cualquier conflicto como una oportunidad para probarse a sí mismo.
          A lo largo de los años, el corazón de Phin, amable por naturaleza, quedó tan enmascarado y escondido en los papeles que voluntariamente se había asignado que ya no podía decir dónde terminaba la leyenda familiar y dónde empezaba su propia vida.
          Pero en una ocasión, cuando Mata tenía cinco años y cayó víctima de una enfermedad que amenazó con acabar con su vida, el niño entrevió una grieta en la dura coraza de su tío. Mata se había despertado de un sueño febril y vio a su tío llorando. Como nunca había presenciado una cosa así, pensó que seguía soñando. Phin abrazó fuertemente a Mata —otro gesto extraño para la criatura— y balbuceó su agradecimiento a Kana y a Rapa.
          —Eres un Zyndu —le dijo, como hacía a menudo—. Eres más fuerte que nadie. —Y luego añadió con una voz dulce y extraña—: Eres todo lo que tengo.
          Mata no guardaba ningún recuerdo de su verdadero padre y Phin era su padre, su héroe. De él aprendió que el nombre Zyndu era sagrado. La suya era una familia de sangre noble llena de gloria, sangre bendecida por los dioses, sangre derramada por el emperador, sangre que tenía que ser vengada.
          Phin y Mata vendían sus productos agrícolas y las pieles de los animales que cazaban en la ciudad. Allí, Phin buscó a los sabios, amigos y conocidos de la familia que habían sobrevivido. Algunos de ellos guardaban ocultos viejos libros escritos con los ideogramas antiguos de Cocru, que habían sido prohibidos por el emperador, y Phin los tomó prestados o los cambió por otros productos para enseñar a Mata a leer y a escribir.
          A partir de esos libros y de su propia memoria, Phin le contaba las historias y leyendas del pasado marcial de Cocru y de la historia gloriosa del clan Zyndu. Mata soñaba con emular a su abuelo, con continuar el legado de su bravura. Comía únicamente carne y se bañaba solo en agua fría. Al carecer de terneros vivos para transportar, cada día ofrecía sus servicios a los pescadores en el embarcadero y les ayudaba a descargar sus capturas (y de paso ganaba unas cuantas monedas). Llenaba saquetes con rocas y se los ataba a las muñecas y a los tobillos, de modo que cada paso requería un mayor esfuerzo. Si había dos senderos para llegar a algún sitio, escogía siempre el más largo y más arduo. Si había dos maneras de hacer cualquier cosa, escogía el método más duro y extenuante. Cuando cumplió los doce años, era capaz de levantar por encima de su cabeza el caldero gigante situado ante el templo de Farun.
          Pero no tenía mucho tiempo para jugar, por lo que no hizo amistades significativas. Valoraba el privilegio de poder aprender las enseñanzas nobles y antiguas, gracias al trabajo duro realizado por su tío. Pero Mata no encontraba mucha utilidad a la poesía. Prefería los libros de historia y estrategia militar. Con ellos aprendió el pasado glorioso ya desaparecido y se dio cuenta de que los pecados de Xana no se limitaban a lo ocurrido con su familia.
          —La conquista de Mapidéré ha degradado las bases mismas del mundo —le contaba Phin una y otra vez.
          Los orígenes del antiguo sistema Tiro se perdían en la noche de los tiempos. Según la leyenda, las islas de Dara habían sido ocupadas hacía mucho tiempo por el pueblo autodenominado anu, refugiados de un continente hundido más allá de los mares hacia poniente. Una vez que vencieron a los bárbaros habitantes originales de las islas, algunos de los cuales se casaron con los nuevos ocupantes convirtiéndose en anu, comenzaron a pelear entre ellos. Sus descendientes se separaron en varios estados a lo largo de muchas generaciones y muchas guerras.
          Algunos eruditos afirmaban que Aruanu, el gran legislador anu, creó el sistema Tiro en respuesta al caos creado por las guerras entre estados. En anu clásico, la palabra tiro significa literalmente «compañero», y el principio más importante del sistema era que cada estado Tiro tenía la misma importancia que el resto; ninguno tenía autoridad sobre otro. Solo cuando un estado cometía una ofensa contra los dioses, podían los demás unirse contra él. El dirigente de esa alianza temporal recibía el título de princeps, el primer tiro entre iguales.
          Los Siete Estados habían coexistido durante más de mil años y, de no ser por la tiranía de Xana, habrían existido otros mil más. Los reyes de los estados Tiro eran las máximas autoridades seculares, las anclas que sujetaban las siete Grandes Cadenas del Ser paralelas. Distribuían los feudos entre los nobles, que mantenían la paz y administraban sus dominios como un estado Tiro en miniatura. Cada campesino entregaba sus tributos y su trabajo a un señor, cada señor a su señor y así sucesivamente cadena arriba.
          La sabiduría del sistema Tiro era evidente por cuanto reflejaba el mundo natural. En los antiguos bosques de Dara, cada gran árbol, como cada estado Tiro, se mantenía independiente de los demás. Ninguno dominaba al resto. Sin embargo, cada árbol estaba compuesto por ramas y cada rama por hojas, del mismo modo que cada rey extraía su fuerza de los nobles y cada noble de sus campesinos. Lo mismo ocurría con las distintas islas de Dara, cada una con sus islotes y lagunas, bahías y cuevas. Ese modelo de reinos independientes, cada uno compuesto por copias en miniatura, podía encontrarse en los arrecifes de coral, en los bancos de peces, en los bosques de algas que se mueven siguiendo la marea, en los cristales minerales y en la anatomía de los animales.
          Era el orden subyacente del universo, una red —como la urdimbre y la trama del paño basto tejido por los artesanos de Cocru— formada por líneas horizontales de respeto mutuo entre iguales y líneas verticales de obligaciones descendentes y fidelidad ascendente, en la que todo el mundo sabía cuál era su lugar.
          El emperador Mapidéré había suprimido todo eso, lo había aniquilado como a los ejércitos de los Seis Estados, como caen las hojas en otoño. Algunos de los viejos nobles que se rindieron al principio consiguieron conservar sus títulos vacíos y, a veces, hasta sus castillos y su dinero, pero eso era todo. Sus tierras ya no eran suyas, porque ahora toda la tierra pertenecía al Imperio de Xana, al propio emperador. En lugar de que cada señor dictara la ley en sus dominios, ahora no existía más que una única ley para gobernar todas las islas.
          En lugar de escribir con sus propios ideogramas y de disponer los signos zyndari a su manera, ligada a la tradición y la historia local, ahora todos los eruditos de los estados Tiro debían escribir a la manera de Xana. En lugar de que cada estado Tiro determinara su propio sistema de pesos y medidas, su propio modo de juzgar y ver el mundo, ahora todos tenían que construir sus carreteras con una anchura similar a la de las ruedas de una carreta de Ciudad Inmaculada, sus cajas del tamaño exacto para poder ser cargadas con precisión en los barcos procedentes de Kriphi, la antigua capital de Xana.
          Todas las fuentes de solidaridad, de vínculos locales, fueron reemplazadas por la lealtad al emperador. En lugar de las cadenas paralelas de lealtad forjadas por los nobles, el emperador había instaurado una pirámide de burócratas mezquinos —plebeyos que apenas podían escribir ideogramas que no estuvieran contenidos en sus propios nombres y que tenían que deletrear todo en letras zyndari. En lugar de gobernar con los mejores, el emperador había decidido ascender a los cobardes, los codiciosos, los estúpidos y los rastreros.
          En este nuevo mundo, la antigua y ordenada forma de vivir se había perdido. Nadie sabía su lugar. Los plebeyos vivían en castillos mientras los nobles se apiñaban en cabañas llenas de corrientes de aire. Los pecados del emperador Mapidéré eran contra la naturaleza, contra el modelo oculto del propio universo.

La multitud se fue dispersando gradualmente cuando el desfile desapareció en la distancia. Era preciso retornar a la lucha de la vida cotidiana: recolectar la cosecha, cuidar las ovejas y salir a pescar.
          Pero Mata y Phin se resistían a irse.
          —Aclaman al hombre que asesinó a sus padres y sus abuelos —dijo Phin en voz baja y luego escupió al suelo.
          Mata miraba a los hombres y mujeres que se iban marchando. Eran como la arena y el limo que el océano revuelve. Si recoges agua de mar en una taza, obtienes una mezcla turbia que oscurece la luz.
          Pero si tienes la paciencia de esperar, la porquería y los sedimentos vuelven al fondo, al lugar de donde proceden, y el agua clara permite el paso de la luz, lo noble y lo puro.
          Mata Zyndu creía que su destino era restaurar la claridad y el orden, seguro de que el peso de la historia recolocaba todo en su lugar correcto.


© 2015 Ken Liu
© 2016 Francisco Muñoz de Bustillo por la traducción
© 2016 Alianza Editorial, S.A.

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