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La Saga de Hrolf Kraki de Poul Anderson: Capítulos 1 y 2 (segunda parte)

Saga Hrolf Kraki - Primeros capítulos - Destacada

El sello Runas reeditará la épica nórdica de Poul Anderson el 30 de marzo.

Seguimos con los primeros capítulos de La Saga de Hrolf Kraki, que reeditará el próximo 30 de marzo el sello Runas de Alianza Editorial, al que agradecemos que nos los haya cedido en primicia. Obviamente, os recomendamos que leáis primero el principio del libro si aún no lo habéis hecho. Y esperamos que lo disfrutéis.

La saga de Hrolf Kraki - Portada

IV

 
Saevil y Signy residían cerca de Haven. Cada año, durante la pesca del arenque, aquella aldehuela se llenaba de pescadores que habían recorrido las aguas hasta el sur del Kattegat o hacia el Norte, fuera del Báltico; los mercaderes se les unían, con lo que se formaba un bullicioso tumulto en las barracas de la ribera. En otras estaciones, Haven se convertía en una base de barcos de guerra, que se apostaban vigilantes para evitar que los vikingos se infiltrasen y hostigasen las costas danesas. Por eso no era poca la responsabilidad que tenía Saevil, el cual no era hombre al que Frodhi ofendiese gravemente adrede. Quizá una de las razones del rey para casarse con la madre de Signy era tratar de establecer un lazo que lo uniese con el conde de la ribera.
          Cuando los ingleses llegaron a esta isla por primera vez, sus principales se dedicaron a construir mansiones como las de las tierras del Norte. No hicieron más. Permitidme, por tanto, que os hable sobre una de esas casas. Es un gran edificio de madera, con tejados de césped o de tierra batida, a menudo con una claraboya; las cabezas de las vigas están talladas en formas fantásticas. Si hay dos pisos, una galería corre alrededor de los muros. Las ventanas tienen las contraventanas echadas en el mal tiempo y, quizá, están cubiertas con pieles adelgazadas hasta hacerlas transparentes. En el interior, se entra por un vestíbulo, donde se limpia uno los pies y se dejan colgando las prendas exteriores. A no ser que el señor sea desconfiado y mande a sus invitados que dejen aquí también las armas, éstas se llevan a la habitación principal, en donde se cuelgan, para que el brillo del metal y del cuero pintado de los escudos ayude a iluminar su lobreguez.
          El piso del suelo de la casa es de tierra batida, espesamente cubierta de juncos, ramas de enebro, o de otras cosas semejantes, que se cambian a menudo. Hacia la mitad corren dos o tres zanjas, o a veces sólo una, donde ruge el fuego, que los sirvientes alimentan con madera que cogen de unos montones que hay en el extremo. En los flancos hay una doble fila de grandes pilares de madera, que sostienen el piso de arriba, o, si no lo hay, las vigas. También están grabados y coloreados, mostrando dioses, héroes, bestias y vides que se entrelazan. Contra los muros entablados, plataformas de tierra, de dos o tres pies de alto, levantan los bancos por encima del suelo. Hacia la mitad de uno de los muros, generalmente el del norte, se encuentra el sitial del amo de la casa y de su señora, sostenido por dos postes menores que son especialmente sagrados. En línea recta a través de la cámara hay un asiento un poco inferior para los invitados más honorables. Entre las armas colgadas detrás de los bancos hay otras esculturas, pieles, cuernos, antorchas y velas de sebo y junco brillando en sus soportes.
          A la hora de las comidas, las mujeres y los sirvientes ponen una especie de armazones enfrente de los bancos y ajustan tableros sobre ellos. En estos tableros sirven la comida y la bebida, que generalmente ha sido preparada en una cocina aparte por temor a los estragos del fuego. Después se retiran las mesas, y cuando los hombres han bebido lo suficiente, los de más alta posición se tienden en los bancos para dormir; su séquito lo hace en el suelo.
          Puede haber, en cualquiera de los extremos, camas cerradas para el dueño y la dueña de la casa y para los principales invitados; o bien pueden existir habitaciones superiores; o quizá un cenador al lado de la casa, un estrecho edificio de uno o dos pisos donde durante el día las mujeres hilan y tejen en una atmósfera bien iluminada, y donde, por la noche, los bien nacidos duermen libres de ronquidos y de escuchas furtivas.
          Alrededor de un patio se agrupan las dependencias. Más allá de éstas se pueden encontrar las casas, cobertizos para las vacas y talleres de las familias humildes; y una cerca puede rodearlo todo. De este modo, muchas mansiones con su servidumbre constituyen por entero una pequeña ciudad, llena de hombres y mujeres, niños y animales en permanente bullicio, y desbordante de vida por sus charlas, sus canciones, sus gritos, los trabajos del herrero, del panadero, del cervecero, los juegos, las bromas, los noviazgos, los llantos, y todo lo que hacen los seres vivos.
          Además de los moradores —el señor, la señora, los niños y los parientes; guerreros, labradores, artesanos, artífices, mercenarios, esclavos—, siempre hay visitantes. Algunos son hombres de la vecindad, que vienen a negociar algo, a charlar un poco o a tratar de materias más profundas. Otros son invitados que vienen de más lejos, como cuando hay una boda o es la fiesta del Yule.[1] Otros son viajeros de paso. Y otros son vagabundos que están pasando malos días si es que alguna vez los conocieron buenos, y a los que se da de comer y un poco de paja en el establo por el buen honor del señor y por cualquier tipo de historias que puedan contar de cualquier otra parte.
          Hacia una casa semejante se encaminaron Hroar y Helgi. Vifil les había dado comida para el camino, y no les faltaron arroyos donde beber. Sin embargo, fue un duro y peligroso viaje. Así mismo les había remendado un par de mantos con capucha, y despedido dándoles consejos perspicaces.
          Llamaron poco la atención cuando al fin entraron en el patio de Saevil y pidieron refugio. Aquel año había muchas personas vagando por los caminos, a quienes las huestes de Frodhi habían arrojado de sus tierras para apropiárselas a cuenta de su salario. Los dos muchachos se sentaron tranquilamente en la oscuridad, y al día siguiente echaron una mano para dar de comer a las vacas y limpiar los establos. «Esperad vuestra hora —les había dicho Vifil una y otra vez—. Creced primero, y luego vengaos.»
          Después de una semana, el capataz del ganado pensó que sería mejor que hablasen con el conde si querían permanecer más tiempo. Se le acercaron al anochecer, cuando ya se había bebido varios cuernos de cerveza antes de comer y se sentía jovial. Mantuvieron las capuchas en las cabezas y los mantos sobre los hombros. En la polvorienta y vacilante luz, ni Saevil ni su ocupada hermana Signy los reconocieron. De todos modos, la familia rara vez había estado junta después de que Regin se hiciera cargo de los muchachos. El conde se encogió de hombros y dijo:
          —Me parece que podéis ser de poca ayuda; pero no os negaré la comida por algún tiempo más.
          Helgi se sofocó y a punto estuvo de hablar más acaloradamente, si Hroar no le hubiese dado un apretón de advertencia. Musitaron las gracias, hicieron una reverencia y se fueron.
          Y durante tres inviernos permanecieron con Saevil.
          Apenas lo vieron a él y a su esposa, excepto en lo alto de su sitial o a caballo. La mayor parte del tiempo hacían las más humildes tareas de guardar los rebaños, cosechar y cuidar las aves del corral, más apropiadas para dormir en un montón de heno o en una pradera que en una casa. Siempre guardaban el secreto de quiénes eran. Hroar se llamaba a sí mismo Hrani, y Helgi era Ham, y explicaban en pocas palabras que eran hijos de un pequeño granjero muerto en combate, que habían sido expulsados de su tierra. Con el mismo propósito, siempre iban cubiertos cuando estaban a la vista de cualquiera.
          Algunos criados los fastidiaban diciéndoles que debían tener los cráneos deformados o pechos como mujeres. Ellos mantenían la boca cerrada y aguantaban. Cuando estaban solos, podían contarse sus sueños sobre lo que algún día sería suyo, o desahogar su furia en liebres y gallinas, o pasar hora tras hora magullándose en la práctica de las armas, usando palos en vez de espadas y escudos hechos de tablas robadas.
          Pero pasados los tres años, Helgi tenía trece y realmente estaba empezando a crecer. Hroar, que tenía quince, era más bajo, aunque enjuto y ligero; era el más sensato de los dos.
          El rey Frodhi había estado en paz todo aquel tiempo, y así sus temores se habían apaciguado bastante. Envió un mensaje para invitar a Saevil y Signy a una fiesta de invierno. Cuando lo oyó Helgi, golpeó el suelo helado y dijo:
          —Hroar, es nuestra ocasión.
          Y nada pudo hacer su hermano para quitarle aquella idea. Al contrario, fue el otro el que le contagió, hasta que ambos estuvieron impacientes por ejecutar su venganza.

V

 
Saevil se alejaba a caballo con su señora y cuarenta hombres. Los traviesos Ham y Hrani le tiraron del brazo y le pidieron permiso para acompañarlo. Lanzó una carcajada y dijo:
          —Por supuesto que no.
          Poca nieve había caído hasta entonces. El aire estaba helado bajo un cielo bajo y pesado como una losa de pizarra. Los campos se extendían parduscos, los árboles sin hojas, las granjas como encogidas hacia dentro. Aquí y allá una bandada de grajos se mofaba: «¡Croac, croac!» En el camino resonaba el ruido de los cascos de los caballos y de las ruedas. Contra aquel deslucido paisaje, las tropas del conde aparecían refulgentes. Todos sus guerreros llevaban yelmos, y más de la mitad tenían lorigas, que destellaban; los tonos azules y verdes, amarillos y rojos de las capas aleteaban a su espalda; eran en su mayoría hombres jóvenes, cuyo alborozo brotaba en bocanadas de vaho. Sus peludos caballitos trotaban enérgicamente hacia adelante.
          Signy iba en un carro labrado y pintado, guarnecido de oro y plata, tirado por cuatro caballos de pura raza meridional. Con ella iba el conductor, dos criadas que la servían, y provisiones y regalos. Era una mujer de elevada estatura, cuyo rostro y cuyas ambarinas trenzas reflejaban la hermosura de los Skioldungos. Bajo un abrigo de piel vestía ropas de colores alegres y preciosos adornos. Pero en sus ojos no se reflejaba ninguna alegría.
          Traqueteando lentamente sobre los senderos, su carreta iba al final de la comitiva. De ahí que oyese el alboroto a sus espaldas antes que su marido o sus hombres lo percibiesen. Al volverse, vio que la alcanzaban dos sucios y harapientos encapuchados.
          Como a los animales aptos para cabalgar se los habían llevado de la mansión, Ham y Hrani habían atrapado en un corral un par de potros sin domar. Con bridas de soga y varas cortadas de espino, de alguna manera habían conseguido que aquellas monturas los llevasen sobre sus lomos. El efecto que producía contemplar los corcoveos, saltos y respingos de las bestias era de lo más extravagante. Ham iba detrás, vociferaba, agitaba los brazos, y se comportaba en todo como un loco. Hrani cabalgaba más sobriamente. Con todo, fue su caballo el que dio tal brinco que poco faltó para que se le cayese la capucha. Signy vio unos hermosos cabellos revolotear en torno de una cara en la que, a través de la suciedad, de la delgadez y del desaseado vello de la barba, reconoció los rasgos de su padre. Recordó…, y quizá, durante los tres años pasados, ¿no había empezado ya ella a sospechar?
          —¡Hroar! —dijo con voz entrecortada, como si él la hubiese apuñalado—. Entonces…, entonces tu compañero tiene que ser Helgi.
          Hroar luchó con su corcel hasta que logró dominarlo. Se cubrió de nuevo y buscó a su hermano, que se movía torpemente. Signy ocultó la cara entre las manos y lloró.
          A lo largo de la formación fue pasando la voz de que ella tenía algún problema. Saevil cabalgó hacia atrás. Era un hombre moreno, de barba partida, dado a mantener su propia opinión. Allí en el carro, bajo la asustada mirada de sus sirvientes, estaba sentada su esposa llorando. Se puso a su lado y le preguntó qué le pasaba. Lo que ella le contestó no necesita imaginárselo un narrador posterior. Se esperaba de los bien nacidos que pudiesen hacer un verso en cualquier ocasión, y cierto talento para el arte de los escaldos corría por sus venas.

Ha llegado el fin
de los príncipes Skioldungos.
El roble ha caído,
sólo quedan las ramas.
Mis queridos hermanos
cabalgan a pelo,
mientras la gente de Saevil
marcha a la fiesta.

 
          El conde permaneció inmóvil en la silla de montar durante un instante, hasta que dijo, muy severamente, mirando al conductor y a las muchachas:
          —Grandes noticias, pero que no trasciendan.
          Picó espuelas hasta los muchachos. Éstos desmontaron para ofrecerle sus respetos y escucharle más atentamente.
          —¡Volveos a casa, críos desvergonzados! —rugió—. ¡Debería colgaros! ¡No está vuestro lugar en una tropa de hombres de verdad! —giró rápidamente su caballo y se volvió a medio galope.
          Helgi sintió un escalofrío.
          —Si se le ocurre… —comenzó a decir.
          Hroar lo atajó.
          —Si se te ocurre pensar, hermano, recordarás cómo movió la mano sin que su séquito lo viese. Nos hizo una advertencia, no una amenaza. Y mira, nuestra hermana está llorando. Debe de haberme reconocido y habérselo dicho. Y él no quiere que nadie más lo sepa.
          —Bien —dijo Helgi—, ¿qué haremos ahora?
          No tenían ningún plan establecido. Solamente esperaban observar cómo iban las cosas mientras los tomaban por imbéciles y, después, hacer lo que mejor les pareciese. Intentar acercarse lo suficiente al rey Frodhi para clavarle sus cuchillos, y luego, antes de que los hombres de la guardia los mataran, decir a gritos quiénes eran. Pero Hroar llamaba a esto soñar despierto.
          —Mejor no seguimos con estos rocines —decidió el hermano mayor—. Sería un abierto desafío a Saevil. Y si entonces no nos castigase, los demás se preguntarían por qué. De todos modos, están más preocupados de lo que se merecen. Dejémoslos en aquel corral y sigamos a pie.
          Y eso hicieron. Cuando empezó a anochecer, Saevil y Signy fueron hospedados por un labrador. Sus gentes desplegaron afuera los cálidos sacos de dormir. Hroar y Helgi tiritaban hambrientos en la espesura.
          No tuvieron que viajar muy lejos, sin embargo. Frodhi no estaba pasando el Yule en Leidhra, sino en una mansión más pequeña que tenía al norte de Haven. La mayoría de los reyes se pasaban parte del año viajando, ya fuera para reunir noticias, para atender reclamaciones o para pronunciar veredictos, o sea, para afianzar su poder. Además, la verdad sea dicha, había que limpiar, airear y acicalar de vez en cuando las residencias principales.
          Aquella extremidad de Selandia está continuamente azotada por el viento y es una tierra de páramos y colinas arenosas, escasamente poblada. La mansión y sus dependencias se elevaban solitarias, lindando al norte con una extensión ondulada de brezo que en invierno se ponía gris, y al sur con un misterioso bosque de árboles pelados que parecían esqueletos; apenas se divisaba una granja a lo largo de millas vacías. La mayoría de los meses nadie residía allí, excepto unos pocos vigilantes, que cuidaban, mataban, ahumaban y salaban las vacas y cerdos que luego se comerían los invitados. El edificio principal tenía una sola planta, y una sola puerta en la fachada principal; por la parte de atrás lindaba con un cobertizo.
          Frodhi el Pacificador había construido la mansión por dos razones. Primera, porque el sitio estaba prácticamente a mitad de camino entre la costa norte, donde vivían los pescadores, y la bahía oeste, donde los granjeros araban los brezales y los cazadores y carboneros recorrían los yermos. Segunda, porque allí había un grupo de robles más altos que en ningún otro sitio de la zona, donde siempre se habían celebrado sacrificios. Una mansión que estuviese cerca de aquel lugar ganaría en santidad, y cuando su propietario la habitase sería el sacrificador principal y el que se dirigiese a los dioses.
          Por aquel motivo, su nieto Frodhi había escogido pasar allí el Yule. Entre los paganos, los ritos del solsticio de invierno honran sobre todo a Thor, que se encuentra entre nuestra tierra y los gigantes del hielo y de la noche interminables. Se cree que, en la víspera, todo tipo de trolls y de espectros andan sueltos por la tierra; pero al día siguiente el sol vuelve de nuevo a casa y renace la esperanza.
          Pero aún había más, pues el rey quería conversar con diferentes caudillos, para sondearlos y ganar su amistad haciendo uso de una generosidad que interiormente le repugnaba. Por eso, durante unos días, las carretas no dejaban de rechinar yendo y viniendo, trayendo comida, cerveza, hidromiel y regalos —brazaletes dorados y demás joyas, armas, pieles, vestidos, arneses y cuernos para beber recubiertos de plata, copas de cristal y monedas acuñadas de los lejanos países del Sur—. En los corrales se apiñaban las vacas, ovejas y caballos que iban a ser sacrificados a los dioses y servidos a la gente. Los siervos ocupaban los lugares más humildes que podían encontrar. Entonces llegaron el Rey, la Reina y la Guardia Real.
          Como él había pedido a los principales nobles que fuesen a verle trayendo cada uno de ellos su séquito, las tropas de Frodhi eran menores en aquella ocasión de lo acostumbrado. Aparte de los sirvientes, sólo había llevado sus berserkir y una selección de los jóvenes hijos de terratenientes que más a menudo entraban al servicio del rey —escogidos sobre todo por su apariencia, por sus maneras y su garbo—. A los demás les dio permiso para que pasaran la estación sagrada con sus familiares. Como ya he dicho, Frodhi empezaba a sentir asegurada su soberanía.
          Pronto empezaron a llegar los invitados, hasta que el lugar se convirtió en un atronador remolino de voces. La mayoría de los habitantes del condado se quedaron en casa. No habría espacio dentro para ellos, y no les agradaba el pensamiento de acampar al aire libre la víspera del Yule. Cierto número de vagabundos se aventuró a ir, para disfrutar de comida y cerveza durante unos pocos días de sus famélicas existencias. Entre ellos se encontraba una bruja conocida como Heidh. Cuando Frodhi se enteró de su presencia, dijo que entrase en la mansión.

La Saga de Hrolf Kraki - Portada Anaya

La antigua edición de Anaya (ilustración: Pablo Torrecilla).


 

VI

 
Hroar y Helgi llegaron al lugar a media tarde, una hora o dos después de que lo hiciese la comitiva del conde Saevil. Se mezclaron sin dificultad con la muchedumbre que atestaba el patio. Se habían abierto barriles, y distribuido pan, queso y comida fría a todo el que le apeteciese; el olor a buey asado salía de la cocina, calentando la atmósfera inclemente. Los hombres reían y fanfarroneaban, las damas charlaban mientras escudriñaban los vestidos y adornos de las otras, los niños tropezaban jugando, los perros se quejaban.
          Entre su propia inexperiencia y la inspiración que una copa o dos de cerveza pueden dar a un vientre vacío, los hermanos cumplieron por completo su propósito de comportarse como unos simples. Corrieron por los alrededores, dieron vueltas de campana, contaron bromas disparatadas, se pusieron boca abajo, agitaron las piernas en el aire, y en todo se manifestaron como unos estúpidos que sólo sabían gritar. Así la gente solamente los miraba con desprecio, o se apartaba de ellos.
          El día llegó a su fin. En aquella época del año, era poco más que una trémula luz entre dos oscuridades que la aniquilaban. Los invitados pasaron al interior. Frodhi exigió que dejasen las armas en la habitación de la entrada. La excusa que dio fue que la víspera del Yule los hombres siempre bebían demasiado, por lo que era muy posible que estallase una disputa, y si un metal afilado se encontraba a mano, aquello podía perfectamente transformarse en una pelea sangrienta. Pero la verdad era que no se fiaba de ellos. Claro está que tuvo que dar la misma orden a sus propios guerreros; cualquier otra cosa hubiese sido un insulto imperdonable. Pero, estando armados únicamente con los cuchillos de comer, difícilmente atacarían a las tropas de la casa, que, sobrepasadas en número o no, estaban formadas por expertos luchadores.
          La habitación de la entrada, por lo tanto, pronto estuvo atestada e iluminada. A pesar de los grandes fuegos y de las muchas pequeñas hogueras, las cámaras posteriores seguían pareciendo lóbregas. Los respiraderos no funcionaban bien, por lo que se estaba formando una neblina azul que escocía en ojos y pulmones.
          Cuando se introdujeron entre la multitud, los muchachos se pusieron rígidos de repente. Reconocieron a un hombre sentado cerca del asiento del invitado de honor que Saevil y Signy debían compartir. Robusto, encanecido, toscamente vestido, debía de haber permanecido allí todo este tiempo.
          —¡Regin! —gritó Helgi con alegría—. ¡Antiguo padrino!
          Se dirigió hacia el sheriff. Hroar lo agarró por el manto.
          —Estate quieto, cabeza hueca —le susurró el hermano mayor—. ¿Es que quieres que nos maten?
          Helgi obedeció, pero no pudo evitar saltar y danzar a lo largo de la sala. Hroar tuvo que llamar al orden a su hermano. A través de la atmósfera en penumbra y maloliente y de la gente que parloteaba y se abría paso a codazos, echó un vistazo hacia el sitial. Allí estaban sentados su tío y su madre. El rey se inclinaba hacia delante, hablando con gran solemnidad con una vieja de aspecto miserable que llevaba un cayado. De tal manera que no se fijaba en lo que hicieran los demás. Al otro lado estaba Signy. Su marido todavía no se había reunido con ella. Los fuegos rugían, elevando por los aires llamaradas rojas, azules, amarillas, echando chispas y esparciendo un oleaje de calor. Entre vastas y corcovadas sombras brillaba el oro en los brazos de Signy, en su garganta, en los enrollados bucles que llevaba por debajo de su tocado. Estaba haciendo signos a sus hermanos.
          Hroar instó a Helgi a ir a su encuentro. Se plantaron ante ella, sus caras ocultas por las capuchas. La de ella estaba tensa y ojerosa. Les hizo señas para que se le acercasen y les susurró palabras poco amistosas, de modo que sólo ellos pudieron oírlas en todo aquel estrépito:
          —No os quedéis aquí en la sala. ¡Idos! Disponéis de pocas fuerzas.
          Helgi empezó a responder. Hroar lo empujó hacia delante. No sería apropiado que viesen a la dama del conde suplicando a dos simples. Se fueron al extremo de la sala y se sentaron en cuclillas entre perros y vagabundos a la espera de cualquier cosa que el rey ordenase que les diesen o que se dignasen arrojarles los nobles.
          Comenzó la fiesta. Buenas y abundantes fueron la comida y la bebida: los trincheros estaban repletos de jugosa carne; rebanadas y hogazas de pan se apilaban en las bandejas junto a recipientes de mantequilla y queso, los criados acudían incesantemente a mantener los cuernos llenos de cerveza o de hidromiel. Sin embargo, no había alegría. La conversación zumbaba aburrida y taciturna. Unos cuantos jóvenes invitaron a las doncellas a sentarse y a beber a su lado. Un escaldo se puso a cantar viejas trovas y otras recientes en loor del rey Frodhi, pero sus acentos parecían difuminarse entre el humo. Sólo se oía de verdad el rugido del fuego, alborotando y chisporroteando sobre los carbones candentes.
          Aquella falta de calor humano se debía al humor mismo del anfitrión. Estaba sentado encerrado en sí mismo y sin apenas hablar, despidiendo frío como un iceberg. La reina Sigridh parecía completamente afligida, retorciendo sus dedos sin cesar.
          Al final se retiraron las mesas. El rey se levantó e hizo el signo del Martillo[2] sobre una gran copa de plata que apuró acto seguido. A continuación le tocaba el turno al dios de la tierra, Freyr. En su honor, se debería haber transportado un verraco hecho de oro, para que quienes lo deseasen pusiesen las manos encima y ofrecieran votos.
          En lugar de aquello, Frodhi dijo, con voz átona y los labios apretados, mientras la melancolía se cernía sobre su cabeza:
          —Quiero que sepáis que la mala fe se encuentra entre nosotros esta noche, sí, y también la voluntad homicida. Si no acabamos con ello en seguida, seguramente los dioses se sentirán agraviados, y podemos esperar que el próximo año haya escasez o algo peor —guardó silencio durante un instante; se vio relucir el blanco de los ojos de los presentes al caer sobre él; algunos invitados no pudieron evitar una tos, por feo que pareciese—. Una bruja me ha dicho —prosiguió Frodhi— que huele el peligro cerca, procedente de mi propia sangre.
          »Bien, ya sabéis cómo he perseguido a los hijos de mi hermano y mi señora. Quiero curar la herida, restablecer la paz que debería haber entre parientes. Sin embargo, siempre se me han escapado. ¿Por qué sino con la esperanza de levantarse y matarme? ¿Y quién podría estar rondando por aquí, deseándome daño, sino esos dos?
          »Recompensaré generosamente, y perdonaré cualquier cosa que antes haya hecho o tramado contra mí, a quien me diga dónde se encuentran Hroar y Helgi Halfdansson.
          La reina Sigridh intentaba no llorar. El rey Frodhi miraba a su alrededor, sin poder distinguir bien en la oscuridad. Además, las caras de los hombres como el conde Saevil y Regin eran frías e impenetrables.
          —Ponte de pie, Heidh —ordenó el rey—, y dime lo que necesitas para que yo sepa lo que he de saber.
          La mujer se levantó del asiento cojeando. Las sombras se combinaban con sus harapos mientras el resplandor del fuego enrojecía sus despeinados cabellos grises. Se apoyó en su cayado y habló en voz baja.
          Helgi y Hroar seguían acuclillados en el suelo, entre los hediondos mendigos, sin soltar sus cuchillos. Un sabueso les olió el sudor y gruñó.
          Frodhi habló a sus asustados siervos. Trajeron una mesa de practicar brujerías. Como a menudo había tratado con hechiceros, tenía cosas semejantes en todas sus mansiones. Era un alto taburete de madera de haya cuyas tres patas eran de fresno, olmo y espino. Heidh lo colocó delante del rey y ella misma se encaramó como un cuervo sobre el taburete. Cerró los ojos, movió sus marchitas manos, y murmuró.
          No había ningún hogar encendido entre el sitial regio y el lugar de honor enfrente de él. Frodhi miró de soslayo a Signy y Saevil. El conde estaba sentado inmóvil —los tallados pilares parecían tener más movimiento en aquella luz intranquila—, pero su esposa respiraba fuerte y su mirada iba de un sitio a otro. Heidh se hundió en el silencio.
          —Bueno, ¿qué has visto? —chilló Frodhi—. Sé que se te han desvelado muchas cosas. Veo que has tenido suerte. ¡Contéstame, bruja!
          Ella abrió sus mandíbulas y jadeó. Un cascado graznido brotó de su boca:

Aquí hay dos
en quienes yo no confío,
esos que se sientan
al lado del fuego.

 
          El rey tembló. Su mano se crispó en la empuñadura de su puñal.
          —¿Te refieres a los muchachos —preguntó— o a quienes los ocultan?
          Dijo ella:

Esos que estaban
allí con Vifil
y que tenían
nombres de sabuesos,
Hopp y Ho.

 
          Al oír esto, Signy la interpeló:
          —¡Bien dicho, sabia mujer! Has hecho más de lo que podía esperarse de ti —quitándose su brazalete, tiró la pesada joya de oro a través de la habitación, hacia el regazo de Heidh.
          La bruja lo cogió al vuelo.
          —¿Quieres explicarme qué significado tiene? —dijo Frodhi con voz áspera.
          Heidh le miró y luego a Signy y luego otra vez a él.
          —Disculpadme, señor —dijo ella—. ¿Qué fue ese despropósito de que hablé? Todos mis hechizos han fallado su propósito durante todo el día.
          Estremeciéndose y tragando saliva, Signy se levantó para irse. Frodhi también se puso de pie, amenazó con el puño a la bruja y vociferó:
          —¡Si no sueltas lo que tienes que decir, te torturaré hasta que lo hagas! De momento no sé más que antes de lo que piensas sobre los que están en esta mansión. ¿Por qué se ha levantado Signy del asiento? Me pregunto si los lobos no estarán aquí en consejo con las zorras.
          —Yo… os suplico que me dejéis salir —balbuceó su sobrina—. Me he puesto enferma del humo.
          Frodhi la miró ferozmente. Saevil le dio un tirón para que volviera a sentarse a su lado.
          —Seguramente otro cuerno de hidromiel le hará sentirse mejor —dijo afablemente el conde. Hizo señas a una doncella, que se apresuró, castañeteándole los dientes, a servir a su esposa. Ella bebió largamente. Él se inclinó, rodeó su talle con el brazo como para sujetarla, y le susurró al oído:
          —Estate quieta. Permanece en tu sitio. Los muchachos todavía pueden salvarse, si es ése su destino. Hagas lo que hagas, no muestres lo que piensas. Tal y como están las cosas, no podemos hacer nada para salvarlos.
          Frodhi casi chilló:
          —¡Di la verdad, bruja, o te despedazaré y te echaré al fuego!
          Heidh se encogió ante él. Sin embargo, no soltó el brazalete, sino que se quedó boquiabierta, esforzándose por continuar con sus hechizos, hasta que profirió:

Veo sentados
a los hijos de Halfdan,
Hroar y Helgi,
los dos robustos.
Vienen a ejecutar
su venganza en Frodhi…

 
          «A no ser que alguien se apresure a impedirlo, pero decir esto sin duda sería poco sabio», añadió por lo bajo y, saltando del trípode, cacareó:

Con dureza los miran
a Ham y a Hrani.
Han crecido los niños
que son dignos de un reino.

 
          Un revuelo de susurros se hizo entre los hombres de Saevil que recordaban los nombres.
          —¿Ham y Hrani? —dijo el rey—. ¿Quiénes? ¿Dónde?
          Pero la adivina, a su manera, había advertido a los hermanos. Se habían acercado cautelosamente, mezclándose con los mendigos, hasta la puerta del cobertizo. Cuando estalló el tumulto, se deslizaron fuera y huyeron hacia los bosques.
          —¡Alguien ha salido corriendo! —vociferó un mendigo.
          —¡A por ellos! —chilló el rey.
          Seguido de sus guerreros se precipitó hacia aquel extremo de la casa. Regin se levantó de su asiento. Dando traspiés, como si estuviese impaciente por prestar ayuda, pero bastante borracho, tiró al suelo unas cuantas antorchas de sus soportes. Los hombres de su séquito vieron lo que sucedía e hicieron otro tanto. La oscuridad y el tumulto llenaron el espacio más allá del fuego de la última zanja. Los hombres de Regin fueron detrás de los de Frodhi. Para cuando se puso orden en la confusión, no había ni rastro de los muchachos. Fuera no había nada salvo la niebla.
          Frodhi se mordía el bigote cuando regresó. Sigridh y Signy sollozaban abrazadas. Heidh se había escabullido por la puerta de la entrada llevándose su brazalete de oro. Pero poco le importó a Frodhi. Cuando las luces se encendieron de nuevo, permaneció de pie ante todas las miradas atónitas y dijo a los concurrentes con amargura:
          —Otra vez los he perdido. Aquí parece haber mucha gente en connivencia con ellos, a la que castigaré en su momento. Mientras tanto, los que parecéis tan contentos de que hayan escapado, podéis seguir bebiendo.
          —Señor —dijo Regin entre hipos—, vos nos malinterpretáis. Seguramente mañana habrá más fortuna que hoy. Esta noche, bebamos en verdad… como amigos… porque ¿quién sabe cuánto tiempo más dejarán las Nornas que sigamos al lado de aquellos a quienes amamos?
          Y pidió a gritos que le trajeran cerveza. Inquietos por lo que había sucedido, los hombres del rey y la mayoría de los presentes se sentían contentos ante la posibilidad de emborracharse tanto como sus gaznates se lo permitiesen. Regin —y, después de que Regin se lo hubiese susurrado, Saevil— pasó la contraseña entre su séquito.
          —Simulad que estáis tan borrachos como los demás, pero mantened despierta la cabeza. Están en juego los hados poderosos, y nosotros estamos lejos de casa.
          Pronto se alzaron las voces y las risas, chillonas, no verdaderamente de felicidad, pero que por lo menos conjuraban el silencio de la noche. Corrió la borrachera hasta que las tropas de la casa y muchos más cayeron dormidos, unos apoyados sobre otros. Para entonces, Frodhi y Sigridh se habían ido a la cama. Por eso Saevil y Regin no atrajeron la atención cuando condujeron a su gente a un establo que se había limpiado y cuyo piso se había cubierto de paja y de pieles debido al aluvión de invitados, aunque aquel alojamiento no estaba destinado para ellos. En la sala sólo resonaban ronquidos que parecían de cerdos y el chisporroteo de los mortecinos fuegos.

La Saga de Hrolf Kraki - Portada francesa

VII

 
Durante aquellas horas, la brisa despejó los encapotados cielos. Acurrucados y tiritando en un soto al borde de los bosques, Hroar y Helgi veían parpadear los signos celestes: la Osa Mayor, la Osa Menor, en cuyo extremo está la Estrella Polar, el Huso de Freyja, y otros más hasta que la tierra se volvió gris y la mole de la mansión apareció oscura bajo la luz helada.
          —No hemos conseguido nada —dijo Hroar.
          —Al contrario, hemos hecho mucho —le replicó Helgi—, porque ahora la gente sabe que los hijos de Halfdan viven. ¡Mira! ¡Allá!
          Un hombre venía a caballo de los establos, atravesando el espacio abierto entre las viviendas y los bosques. Al principio era una mancha y un fragor rítmico de cascos. Cuando estuvo más cerca, lo reconocieron.
          —¡Regin! —gritó Helgi. Y corrió a su encuentro, con Hroar detrás—. ¡Oh, padrino, te hemos echado tanto de menos!
          El sheriff no los saludó. La oscura silueta de él y de su corcel dieron media vuelta y regresaron hacia la mansión. Dolidos, los muchachos le miraban boquiabiertos. El frío les mordía más profundamente los huesos.
          —¿Qué pasa? —susurró Hroar. La luz de las estrellas se reflejó en sus lágrimas—. ¿Reniega de nosotros? ¿Va a contárselo a Frodhi?
          —No, nunca lo creeré de él —dijo Helgi con expresión vacilante.
          Regin volvió grupas a su caballo. Por segunda vez se les acercó. Sacó la espada y, cuando estaba encima de ellos, vieron que fruncía el ceño. Hizo como si fuese a herirlos. Hroar se sofocó pero permaneció en su lugar. Helgi chasqueó los entumecidos dedos y dijo en voz baja:
          —¡Eh!, me parece que sé lo que quiere decir.
          Regin envainó la hoja, tiró bruscamente de las riendas, y de nuevo cabalgó hacia la mansión. Iba al paso. Helgi apremió a Hroar, y lo siguieron de cerca.
          —No comprendo —dijo este último, débilmente.
          Helgi le respondió con voz resonante:
          —Mi padrino se comporta así porque no quiere romper el juramento que hizo a Frodhi. Por eso no quiere hablarnos; pero de todas formas intenta ayudarnos.
          Se acercaron, rodeando el patio. Unos perros ladraron. Ningún hombre se levantó, ni había nadie vigilando. La sombra de unos árboles amenazantes se tragó a Regin. Los jóvenes lo oyeron hablar en voz alta:
          —Si tuviese que vengarme por algo grande del rey Frodhi, quemaría este bosque.
          Acto seguido espoleó al trote su caballo, rodeó el edificio principal y desapareció de su vista.
          Los muchachos se pararon.
          —¿Quemar el bosque sagrado? —se preguntó Hroar—. ¿Qué puede significar esto?
          Helgi aferró a su hermano por el brazo.
          —No los árboles. Dice que prendamos fuego a la mansión, lo más cerca posible de la puerta.
          —¿Cómo podemos hacer eso nosotros, dos simples muchachos, con todo ese poder que está en contra de nosotros?
          —Eso es inevitable —gruñó Helgi—. Alguna vez tenemos que atrevernos, si es que al fin queremos vengarnos del daño que nos han hecho.
          Después de un instante, y hablando lentamente, dijo Hroar:
          —Sí. De acuerdo. Aquí hay gente que sabrá que lo hemos hecho nosotros. Y si damos el primer paso, algunos de ellos nos seguirán, en consideración a nuestro padre y con la esperanza de que los tratemos mejor que Frodhi. Una oportunidad como ésta puede que no vuelva a presentársenos.
          —¡Vamos, entonces! —rió ruidosamente Helgi.
          Impacientes o no, se movieron haciendo uso de todo el sigilo y disimulo que habían aprendido cazando. Y, sin lugar a dudas, el corazón les martilleó con fuerza cuando volvieron a entrar en la mansión.
          Las armas amontonadas brillaban en la habitación de la entrada. La cámara posterior era una oscuridad atestada de humo amargo, calor, olor a humanidad y de los ronquidos de los borrachos. Los hogares del fuego relucían con un rojo apagado, pero apenas se distinguían los dioses de los pilares que sostenían las vigas.
          Con mano insegura, los herederos cogieron los equipos de combate. De nuevo afuera, se ayudaron el uno al otro a ponerse la camisa y la cofia de guata, el yelmo con el protector para la nariz, la loriga de cota de malla cuyo peso sólo sintieron por un breve instante, la espada a la cintura y el escudo en la mano. No les sentaban demasiado mal los que habían escogido, si pensamos que Hroar tenía quince años y Helgi trece, aunque crecido para su edad.
          —¡Armas de hombre! —dijo Helgi aturdido de la alegría—. Después de pasar tres años como esclavos, ¡por fin guerreros!
          —¡Silencio! —le amonestó Hroar, aunque la esperanza también había expulsado en él el invierno de su alma.
          Lo más sigilosamente posible se llevaron todo lo que pudieron de la habitación de la entrada y lo dejaron en el suelo. Luego se deslizaron a la habitación principal. Apoyándose en manos y rodillas, fueron a tientas entre los cuerpos tirados por el suelo. Cuando alguno se removía o rezongaba, se quedaban helados. Sin embargo, una marca de seguridad los impulsaba hacia delante. Ningún muchacho piensa realmente que puede morir.
          En uno de los hogares encontraron astillas no apagadas del todo, que cogieron para llevárselas afuera. La luz que emitían les servía para no dar un tropezón que pudiese despertar a nadie. Helgi llevaba una astilla más entre los dientes.
          Una vez bajo las estrellas, se irguieron. Avivaron los tizones hasta que de nuevo aletearon con vida. Empinándose lo más que podían, trataron de prender fuego a los aleros que caían hacia abajo.
          Al principio no prendieron. Helgi masculló una serie de juramentos. Hroar trabajaba pacientemente, intentando primero en un sitio y luego en otro.
          Por fin brotó una llama. Era diminuta, de color azul pálido, un pájaro de Surt[3] recién salido del cascarón, sumamente frágil. Temblando en la gélida brisa, se encogió entre dos estremecimientos y pió una débil cancioncilla como para mantener el ánimo. Pero durante todo el rato no dejó de alimentarse, y creció; ahora era el viento el que le insuflaba fortaleza; se irguió temerariamente, se pavoneó de sus brillantes plumas, miró alrededor y crepitó dando la bienvenida a las hermanas que habían aparecido.
          La madera de la mansión estaba vieja y gastada. El musgo que crecía en las rendijas se había secado con la caída de las hojas. La brea del tejado embebía el fuego como en otro tiempo en los pinos había embebido el sol del estío.
          Helgi se apostó a la puerta de la entrada.
          —Si se despiertan los de dentro antes de que este camino esté bloqueado —dijo—, tendremos que mantenerlos a raya hasta que estén bien cocidos —frunció el ceño—. ¡El cobertizo! Mejor será que vayas a prenderle también fuego.
          —¿Qué pasa con nuestra madre? —se inquietó Hroar. Con la emoción no se había acordado hasta entonces de la reina Sigridh.
          —Oh, los guerreros siempre permiten que salgan las mujeres, los niños, los siervos y gente por el estilo —dijo Helgi—. Pero… —calló repentinamente y se dio la vuelta. Del patio salía un grupo de hombres armados.
          A su cabeza iba Saevil. Se volvió a sus hombres y les habló:
          —Avivad el fuego y ayudad a estos muchachos. Vosotros no tenéis ninguna obligación hacia el rey Frodhi.
          Se apresuraron a obedecer. Muchos llevaban ya antorchas, los demás se alinearon con los príncipes. Helgi vitoreó. Hroar tartamudeó:
          —Se… señor Conde…
          Saevil se acarició la barba.
          —Me parece que de aquí en adelante tú serás mi señor…, Hrani —murmuró.
          —Hay una salida por el cobertizo…
          —Regin se ocupa de ello.
          El sheriff se les unió. El resplandor del fuego creció hasta que brincó sobre el metal y atrajo a los severos rostros fuera de la sombra. Sin embargo, todavía no había prosperado mucho el incendio. Ni el ruido ni el calor despertaron al rey Frodhi.
          Se removía en su cama cerrada. Una cama semejante es de escasas dimensiones, porque los que la utilizan duermen en ella sentados. El colchón crujía bajo él.
          —¡Uf, uf! —se sofocaba—. Se está tan apretado y oscuro aquí dentro como en una tumba —corrió la cortina. Un sangriento resplandor se arrastró hasta él desde los hogares del fuego.
          —¿Qué pasa? —preguntó a su lado la reina Sigridh.
          Suspiró hondamente antes de gritar:
          —¡Despierta! ¡Despertad, mis leales! He tenido un sueño que no presagia nada bueno.
          Por mucho que hubieran bebido, sus guerreros se habían acordado de permanecer a su lado. La llamada los sacó bruscamente de su sueño.
          —¿Qué sucede, mi señor? —preguntó un hombre. En el hedor de las tinieblas, parecía tener forma de troll.
          Frodhi resopló en busca de aire.
          —Te diré lo que sucede. Soñé que alguien nos gritaba: «Por fin has llegado a casa, rey, con tus hombres.» Y alguien preguntó, con un tono macabro: «¿Qué casa?» Entonces gritaron tan cerca de mí que hasta llegué a sentir la respiración del que gritaba: «¡La casa de Hel,[4] la casa de Hel!» Y me desperté.
          —¡Oooh! —gimió Sigridh.
          Los perros que había dentro de la casa no habían advertido nada, mientras dormían, por lo que valiese la pena ladrar. En aquel momento, también ellos se removieron, olfatearon la primera vaharada de muerte y armaron una tremenda barahúnda.
          Los de fuera lo escucharon. Era necesario tranquilizar los temores hasta que la trampa se hubiese cerrado de manera efectiva. Frodhi tenía dos herreros que eran buenos operarios, ambos llamados Var, que significa «Prudente». Regin exclamó:

Fuera está Regin       (que puede significar «lluvia»)
y los hijos del rey,
fieros enemigos;
se lo digo a Frodhi.
Un prudente forjó clavos,
un prudente las cabezas,
y para un prudente, un prudente
forjó clavos prudentes.

 
          Un hombre de la Guardia refunfuñó:
          —¿A cuento de qué vienen ahora unos versos? Que está lloviendo, o que los herreros del rey estén trabajando, poco importa…
          Frodhi respondió, ceñudo:
          —¿No te das cuenta de que son un aviso? Les encontraremos un significado diferente, estáte seguro de ello. Regin me juró fidelidad, y por eso me advierte del peligro. Pero ese sujeto es astuto y solapado.
          La mayoría de los que después discurrieron sobre ello pensaron que Regin mantuvo así su palabra diciendo que Hroar —un prudente— estaba realizando algo tortuoso que Helgi —otro prudente— ejecutó, mientras que Regin —un tercer prudente— avisaba de ello a un cuarto prudente que era el mismo Frodhi. El sheriff jamás le había prometido que no le daría las noticias en forma de acertijos tan retorcidos que no resultase fácil interpretarlos.
          No encontrando reposo, Frodhi se levantó poco después. Echó un manto sobre su cuerpo desnudo y fue a la habitación de la entrada. Allí descubrió que el tejado estaba ardiendo, que las armas habían desaparecido y que unos hombres armados esperaban fuera. Después de parpadear habló firmemente:
          —¿Quién controla el incendio?
          Helgi y Hroar dieron un paso hacia delante. En sus jóvenes rostros no había piedad.
          —Nosotros —dijo Hroar—, los hijos de tu hermano Halfdan, a quien asesinaste.
          —¿En qué términos queréis la paz? —preguntó Frodhi—. Resulta indecoroso entre parientes que uno busque la vida de otro.
          Helgi escupió.
          —Nadie puede confiar en ti —dijo—. ¿Estarías menos dispuesto a traicionarnos de lo que estuviste con nuestro padre? Esta noche lo pagarás.
          Un rescoldo cayó sobre Frodhi y le chamuscó el cabello. Retrocedió a la sala gritando que todo el mundo se aprestase a la batalla.
          Los hombres de la Guardia no tenían cotas ni escudos ni armas mejores que cuchillos de mesa. Echaron leña en los hogares para iluminarse y rompieron los muebles para hacerse con palos y arietes. Algunos de los invitados los ayudaron. Los demás estaban demasiado aturdidos, y no hacían más que tropezar farfullando en busca de la salida.
          De común acuerdo, juntos, al menos en la medida en que las estrechas puertas lo permitían, los hombres del rey atacaron. La mayoría cayeron, alanceados o cercenados o traspasados conforme salían. Un puñado, llevando un banco entre ellos, irrumpió violentamente entre el enemigo y ganó cierto espacio. Las gentes de Saevil los rodearon. Uno era un berserkr, un gigante peludo del que se había apoderado el frenesí. Aullaba, echaba espuma por la boca, hacía oscilar su maza que era uno de los soportes del sitial, y golpeaba con ella sin prestar atención a los cortes y estocadas que se clavaban en su desnudo cuerpo. La estrelló sobre un yelmo, que vibró y se desfondó; el hombre que lo llevaba quedó muerto.
          Helgi salió de la línea que estaba guardando la puerta, y se lanzó contra el berserkr.
          —¡Nooo! —vociferaron a un mismo tiempo Saevil y Regin, horrorizados.
          El príncipe no los escuchó. Se apostó con los pies separados, las piernas dobladas y tensas, el escudo cubriéndole el cuerpo desde debajo de los ojos, la espada inclinada sobre el hombro. Después de tres años ensayando con tablas y palos, era como si aquellos ejercicios bien hechos cobrasen vida. La maza cayó con rabia. Aflojó la rodilla derecha y así rápidamente lo esquivó. El golpe rozó meramente el borde del escudo. Fue suficiente para hacerlo tambalear y que la muñeca izquierda le doliese durante días. Pero su hoja ya estaba en movimiento. Silbaba por encima del escudo. Mordió profundamente en el cuello del berserkr. La sangre brotó a borbotones. Se derrumbó. Por unos instantes luchó por levantarse. Luego perdió la vida y quedó allí en medio de un charco creciente.
          —¡Tu primer hombre, tu primer hombre! —Saevil abrazó a Helgi. Regin se apresuró a acudir a la parte trasera de la casa.
          Frodhi no había estado en aquella carga desesperada. Cogió a su esposa por el brazo.
          —Ven —dijo—. Quizá nos quede todavía una salida.
          Corrieron al cobertizo. Apostados en la puerta estaban los hombres de Regin y el mismísimo sheriff.
          —Nosotros los Skioldungos no somos una raza de larga vida —dijo Frodhi, y se volvió.
          El último de los hombres del rey había muerto. Las llamas seguían creciendo, devorándolo todo a su paso sin limitarse al tejado. Se propagaron a los muros. Martilleaba el calor. La casa crepitaba llameante. Helgi gritó con su desigual voz de muchacho:
          —¡Que salgan las mujeres y los criados, y los hombres que sean amigos de los hijos de Halfdan! ¡Rápido, antes de que sea demasiado tarde!
          No eran muchos. La mayoría de los criados, siervos y mendigos habían dormido en otra parte y estaban reunidos aterrorizados, contemplando el fuego. Unos pocos se arrastraron fuera, y bastantes de los que salieron eran pequeños propietarios que habían sido invitados, aquellos que no habían trabajado de manera infame al servicio de Frodhi. Balbuceaban sobre la esperanza que siempre habían tenido de que llegase aquel maravilloso día.
          —Pero ¿dónde está mi madre? —preguntó Hroar.
          Sigridh fue a la puerta. Las llamas brotaban de los lados y de arriba.
          —¡Aprisa! —gritó Helgi. Ella se detuvo, con un manto que le ceñía el vestido, y miró a sus hijos.
          Finalmente dijo (apenas podían escucharla a través del rugid del fuego):
          —Bien os habéis vengado, Hroar y Helgi, os deseo toda clase de bienes para la vida que os aguarda. Pero respecto a mí, abandoné a un marido después de su muerte. Mal hablarían de vuestra madre, queridos míos, si ahora ella abandonase a su segundo marido mientras todavía estaba vivo —alzó una mano—. Mis bendiciones para vosotros.
          Y entró de nuevo en la casa.
          Los hermanos chillaron e intentaron seguirla. Los hombres, rápidamente, los contuvieron. La puerta se derrumbó con estrépito. El tejado comenzó a desplomarse. Las estrellas se borraron en la humareda. El ruido se hizo insoportable y ahogó el llanto de Hroar y de Helgi.


[1] Yule: El día del solsticio de invierno. (J. M. L.) (Volver.)
[2] El símbolo del dios Thor. (N. del T.) (Volver.)
[3] Surt es el señor de Muspel, el Mundo del Fuego. (N. del T.) (Volver.)
[4] Hel es el Infierno en la mitología germánico-nórdica. (N. del T.) (Volver.)


© Poul Anderson, 1973
© de la traducción, Lorenzo Martín del Burgo, 1993
© Grupo Anaya, S.A., 2016

A la venta el 30 de marzo.

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