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La Saga de Hrolf Kraki de Poul Anderson: Capítulos 1 y 2

Saga Hrolf Kraki - Primeros capítulos - Destacada

El sello Runas reeditará la épica nórdica de Poul Anderson el 30 de marzo.

Hace poco más de un mes os contábamos que el sello Runas de Alianza Editorial reeditará el próximo 30 de marzo La Saga de Hrolf Kraki, la obra de 1973 en la que Poul Anderson recrea y reimagina la casi perdida Skjöldungsaga o «Saga de los Skjöldungos», en rústica y con portada nueva. Por si aún no habéis leído la obra vikinga de Poul Anderson o por si queréis recordarla antes de final de mes, nos han cedido en primicia sus dos primeros capítulos, tan extensos que hasta hemos tenido que dividir el texto en dos entradas. Esperamos que los disfrutéis.

La saga de Hrolf Kraki - Portada


Capítulo 1
Acerca de la narración

Había un hombre llamado Eyvind el Rojo, que vivía en el Danelaw[1] de Inglaterra cuando era rey Aethelstan. Su padre era Svein Kolbeinsson, que había llegado allí procedente de Dinamarca y a menudo había vuelto en viajes comerciales. Cuando fue suficientemente mayor, Eyvind se marchó. Sin embargo, como era más inquieto y ambicionaba más que Svein hacerse un nombre, al final entró al servicio del rey. En unos pocos años fue ascendiendo, hasta que en Brunanburh luchó tan vigorosamente y condujo tan bien a sus partidarios que Aethelstan le otorgó su completa amistad y quiso que residiese para siempre en la corte. Eyvind no estaba seguro de que eso fuese lo que deseaba para el resto de su vida, por lo que le pidió permiso para ir a visitar su antiguo hogar.
          Encontró a Svein preparándose para otro viaje, y decidido a embarcar. En Dinamarca gozaron de la hospitalidad del caudillo Sigurd Haraldsson. Éste tenía una hija, Gunnvor, una bella doncella a la que Eyvind pronto empezó a cortejar. Los padres pensaron que sería un buen partido para ambas casas; y cuando Eyvind regresó a Inglaterra, se llevó a Gunnvor como su novia.
          Entonces tuvo que acompañar al rey, que estuvo viajando ese invierno. Gunnvor fue también. Ella se ganó el corazón de las damas de la corte, porque podía hablar largamente sobre tierras y caminos extranjeros. Aunque Aethelstan no estaba casado, le llegaron noticias de ello: especialmente de una larga saga de los viejos días que ella estaba relatando. La llamó a su pabellón, donde se sentaba con sus hombres.
          —Éstas son noches lóbregas —la reprendió riendo—. ¿Por qué das a las mujeres un placer que a mí me rehúsas?
          —Solamente contaba historias, señor —dijo ella.
          —Bastante buenas, según he oído —respondió el rey.
          Se la veía cohibida. Eyvind tomó la palabra en su nombre:
          —Señor, conozco estas historias, y puede que no sean adecuadas para vuestra compañía —su mirada cayó en el obispo que se sentaba cerca—. Es un cuento pagano —Eyvind mantenía en secreto que aún daba culto a los elfos.
          —Bien, ¿y qué importa? —preguntó Aethelstan—. Si yo contase entre mis amigos con un hombre como Egil Skallagrimsson…
          —No hay nada malo en oír hablar de los antepasados, mientras no olvidemos que estaban equivocados —dijo el obispo—. Más aún, nos puede ayudar a comprender a los paganos de nuestro tiempo, y así enseñarnos el mejor camino para conducirlos a la Fe —después de un instante, añadió pensativo—: Debo confesar que pasé mi juventud estudiando en el extranjero y conozco menos sobre vosotros los daneses que la mayoría de los ingleses. Os estaría agradecido si pudierais explicarme las cosas a vuestra manera, mi señora Gunnvor.
          Y así quedaron las cosas, de suerte que aquel invierno ella pasó muchas noches hablándoles de Hrolf Kraki.

La saga de Hrolf Kraki - Mapa

Capítulo 2
La historia de Frodhi

I

 
En aquellos días, Dinamarca era menos extensa que ahora. Abarcaba la gran isla de Selandia y las otras pequeñas a su alrededor. Excepto por los cretosos acantilados de Mön al Sur, es un país llano, en el que las colinas se ondulan tan suavemente como fluyen los ríos. Luego, hacia el Este, al otro lado del Sund, se encuentra Escania. La parte más angosta del estrecho, que puede recorrer a nado cualquier muchacho, se parece mucho a su hermana; y dicen que antaño la diosa Gefion arrancó Selandia de la península para poder tenerla para sí y para su amante, Skiold, el hijo de Odín. Pero hacia el Norte, donde se proyecta hacia el Kattegat, Escania se alza en cumbres rojizas, el término sur del Keel.
          Es una tierra de suelo fértil, en cuyas aguas pululan los peces, las focas y las ballenas, cuyos pantanos oscurecen y atruenan las alas de los ánades, cuyos árboles viajan lejos convertidos en el maderamen de excelentes barcos. Pero esos mismos árboles crecen en bosques poco menos que intransitables, guarida del ciervo y del alce, del uro y del bisonte, del lobo y del oso. En tiempos antiguos, las soledades abarcaban más y eran más espesas de lo que son ahora, aislando entre sí los asentamientos de los hombres, cobijando no sólo a los forajidos, sino también a elfos, trolls y otros seres maravillosos.
          Al norte de Escania está la tierra de los Götar, a quienes los ingleses llaman geatas. Entonces era un reino con su propia ley. Más al Norte se encuentra Svithjodh, donde moran los suecos; el suyo era el mayor y el más poderoso de los países nórdicos. Al Oeste, a través de las montañas, estaba Noruega, entonces dividida en muchos pequeños reinos y tribus sumidos en constantes altercados. Más allá de Noruega y de Svithjodh viven los finlandeses. Son, en su mayoría, cazadores errabundos y pastores de renos, y hablan una lengua que no se parece a ninguna de las nuestras. Pero son tan ricos en pieles que, a pesar de definirse muchos de ellos como expertos en brujería, son atacados de continuo o sometidos a tributo por daneses, suecos y noruegos.
          Volviendo de nuevo al Sur, al Oeste de Selandia encontramos el Gran Belt, y más allá de estas aguas la isla de Fyn. Luego viene el Pequeño Belt y después la península de Jutlandia. Jutlandia es una tierra más escarpada y agreste que el resto de lo que hoy es el reino danés. Desde las playas del Skagen, ampliamente surcadas por los silbidos del viento, hasta los pantanos del Sur, donde los hombres andan sobre zancos como si fuesen cigüeñas, cerca ya de la desembocadura del poderoso Elba, se encuentra la madre de todas esas gentes que han vagado extensamente a través del mundo: cimbros, teutones, vándalos, hérulos, anglos que dieron su nombre a Inglaterra, jutos, sajones, y tantos otros.
          No solamente para ganar fuerza, riqueza y fama, sino para detener las interminables guerras e invasiones, los reyes daneses de Selandia y Escania intentaron someter a los otros a su poder. Y a veces vencieron en la batalla y fueron reconocidos como señores supremos en diversas partes. Pero no pasaba mucho tiempo sin que se desenvainasen de nuevo las espadas, y en los tejados de los condes que habían establecido para que dirigiesen aquellas tierras no tardaba en cacarear el gallo rojo. La mitad de las veces esto sucedía porque reyes que eran hermanos luchaban entre sí.
          Decían descender de Skiold y Gefion. Se dice en Inglaterra —donde a Skiold le llaman Scyld— que fue conducido a la orilla en un barco sin remos. Estaba lleno de armas pero llevaba también una gavilla de grano donde descansaba la cabeza del niño. Los daneses lo tomaron por rey, y gran rey llegó a ser, que dio leyes y paz y estableció los cimientos del reino. Cuando al final murió, su apenado pueblo lo dejó a la deriva en un barco cargado de valiosos objetos, para que pudiese volver a ese hogar desconocido del que había venido. Creían que su padre había sido Odín. Y, a decir verdad, la sangre del Tuerto se mostró después de muchas maneras, de tal modo que algunos de los Skioldungos fueron sabios y pacientes patriarcas, otros salvajes y codiciosos, y aun otros dados a escudriñar cosas que mejor hubiese sido no tocar.
          Esto último fue lo que les sucedió más a menudo a los reyes de Svithjodh. Eran los Ynglingos, que procedían de Freyr, que no es un dios del cielo sino de la tierra, cuya fertilidad se evoca en extraños ritos, como así mismo sus sombras, y ese moho que lo devora todo. En su sede de Uppsala, no pocos de estos reyes adoraron a animales e hicieron hechicerías. Además, engendraron buenos y esforzados guerreros, y, cuando al final los expulsó Ivar Palmo Ancho —mucho después de la historia que voy a contaros—, uno de sus hombres fue el antecesor de aquel Harald el de la Hermosa Cabellera, que convirtió a Noruega en un único reino.
          Entre Skioldungos e Ynglingos hubo escaso amor y sí mucho derramamiento de sangre. Entre ellos estaba la tierra de los Götar. Siendo menores en número que cualquiera de sus vecinos, estos últimos buscaron la amistad de ambos, o por lo menos jugar un doble juego. Aun así no eran de ningún modo débiles. De entre ellos surgió ese hombre al que los ingleses llaman Beowulf.
          Así estaban los asuntos en los días en que Frodhi el Pacificador se convirtió en rey de Dinamarca. De él se dicen muchas cosas, y como ganó la supremacía por medio de la guerra y de la astucia, prosiguió luego promulgando tales leyes y guardando tanto la paz que una doncella podía llevar un saco lleno de oro de una punta a otra de su reino sin sufrir ningún daño. Sin embargo, había también en él esa voracidad que podía darse en los Skioldungos y que, anteriormente, había ocasionado que a su antepasado Hermodh lo expulsasen del trono real en la ciudad de Leidhra y lo condujesen a las soledades del yermo. Se oyen diferentes historias sobre el fin de Frodhi; pero la que oiréis ahora es la que prefieren los escaldos.
          Un barco de Noruega trajo para vender algunos cautivos de las tierras altas. De éstos, Frodhi escogió dos mujeres enormes y jóvenes, de cabello largo, enmarañado y oscuro, pómulos salientes, boca y nariz anchas, ojos rasgados, que iban vestidas con pieles malolientes. Ellas se llamaban, con voz atronadora, Fenja y Menja. Se contaba cuántas vidas, como anunciaron, había costado atraparlas y cómo ellas no eran en realidad humanas sino de la raza de los Jötun. Un sabio advirtió a Frodhi que jamás se las podría haber hecho cautivas de no haber intervenido en ello la voluntad de una Norna.[2] Pero el rey no prestó atención a aquellas palabras.
          Tenía él un molino de mano llamado Grotti. Nadie sabía de dónde procedía; quizá de uno de esos dólmenes que se levantan severos en las tierras danesas, desde hace tanto que los nombres de sus constructores ya se han olvidado. Una bruja había afirmado que el molino podía moler y fabricar, por tanto, todo lo que el rey quisiese; pero como nadie había tenido la fuerza suficiente para manejar el mango de roble que hacía girar la piedra superior, él pensó que aquellas mujeres sí podrían.
          Y bien que pudieron. Las puso en un lóbrego cobertizo donde se encontraba el molino. Un viejo canto cuenta la historia de lo que siguió.

   Ahora ellas vinieron    a la casa del rey,
   las dos divinidades,    Fenja y Menja.
   Vendidas a Frodhi,    el hijo de Fridhleif,
   fueron las dos doncellas,    poderosas en la esclavitud.
   
   Allí fueron las mujeres    puestas a trabajar,
   tenían que mover    la piedra pesada,
   y nunca Frodhi    les daba descanso.
   Les ordenaba cantar    sin cese en el molino.
   
   Dieron las doncellas    una voz al molino;
   las piedras gimieron;    gruñó en la tierra.
   Todavía ordenó a las doncellas    moler y moler.
   
   Movieron y movieron    velozmente la piedra.
   Fue a dormir la mayor parte    de los esclavos de Frodhi.
   Entonces cantó Menja,    junto al mango del molino:
   
   «Te molemos bienestar,    Frodhi, y riquezas,
   y mucho ganado,    en el molino de la suerte.
   Te sentarás en la abundancia    y dormirás en plumones
   y despertarás cuando lo desees.    ¡Bien está molido!
   
   Aquí ya nadie    dañará a ningún otro,
   romperá la paz,    o asesinará a su prójimo,
   ni matará al que mató    a su propio hermano,
   aunque tenga al asesino    preso y sin ayuda.»
   
   Pero Frodhi para ellas    no tenía otras palabras que éstas:
   «Tanto tiempo podréis dormir    como el cuclillo guarda silencio,
   o lo que uno en decir tarda    un único verso.»
   
   «Insensato fuiste, Frodhi,    tú a quien ama tu pueblo,
   cuando nos compraste    para ser tus esclavas,
   viendo que parecíamos    buenas trabajadoras,
   pero no preguntaste    de qué tierra somos.
   
   Fuerte era el gigante    al que llamaban Hrungnir,
   pero todavía más fuerza    tenía Thjazi.
   Idhi y Aarnir    son de nuestra sangre:
   hermanas de los trolls de las montañas;    tal es nuestro linaje.»
   
   Nunca fuera Grotti    hecho de granito,
   ni de los acantilados    extraídas sus piedras.
   Ni ellas molieran    —las doncellas de las montañas—
   si no conocieran    lo que hacen girar.
   
   «Durante nueve inviernos enteros    creció nuestra fuerza
   mientras jugábamos    bajo la tierra.
   Entonces estuvo maduro    de las doncellas el poder.
   Levantábamos colinas    y las llevábamos en nuestras espaldas.
   
   Nosotras derribamos las piedras    en las mansiones de los Jötun
   y las arrojamos a los valles    con un ruido de muerte.
   Del mismo modo tiramos    las losas de los acantilados,
   con las que después los hombres    hicieron sus casas.
   
   Después viajamos    las hermanas adivinas
   a Svithjodh    en busca de guerra.
   Osos matamos    y escudos partimos,
   rompiendo las huestes    de cotas grisáceas.
   
   A un rey alzamos,    y hundimos a otro,
   dimos nuestra ayuda    al bueno de Guthorm,
   con muerte y con fuego,    hasta que cayó Knui.
   
   En todos esos años    estuvimos batallando,
   bien conocidas que éramos    como las doncellas guerreras.
   Nos labrábamos nuestro camino    con las afiladas lanzas,
   y la sangre oscurecía    la maldita espada.
   
   Ahora estamos    en la casa del rey.
   La mala fortuna nos ha convertido    en siervas del molino.
   Nuestros pies roen la grava,    tiritamos de frío,
   otra cosa no hacemos más que trabajar…    ¡Malhaya Frodhi!
   
   Que la piedra pare    y descansen las manos.
   Ya he molido bastante;    no moleré más.
   Pero nunca las manos    conocerán descanso
   hasta que la codicia de Frodhi    se dé por satisfecha.
   
   Ahora las manos empuñarán    las endurecidas lanzas
   y las enrojecidas armas.    ¡Despierta, Frodhi!
   Despierta, Frodhi,    si es que deseas
   oír nuestros cantos    y sagas de antaño.
   
   Veo que arde    fuego hacia el Este,
   signo que anuncia    la guerra que acecha.
   Una hueste extranjera    hacia aquí se apresura
   para quemar la fortaleza    construida por Frodhi.
   
   Serás arrojado    del trono de Leidhra,
   de los rojizos anillos    y del molino de las riquezas.
   Ase más fuerte, doncella,    el mango del molino,
   porque ahora molemos    sangre en la tierra.
   
   Fuertemente moliendo    la molienda del hado,
   vemos a cuántos    la muerte ha marcado.
   Ahora sacudimos    los fustes de hierro
   que sostienen el molino.    Duro lo menearemos.
 
   Duro lo menearemos.    Sólo el hijo de Yrsa
   puede redimir    lo que para ti está perdido:
   él que es al mismo tiempo    el hermano de Yrsa[3]
   y el hijo que ha criado,    como bien lo sabemos.»
   
   Las doncellas molían,    y grande era su fuerza;
   las conservó allí jóvenes    la ira de los Jötun.
   El molino se hundió    y yace en el polvo,
   las piedras crujieron    y se hicieron añicos.
 
   Cantaron entonces las doncellas    procedentes de las montañas:
   «Ya hemos trabajado    como tú nos dijiste, Frodhi,
   y molido tu destino.    ¡Ya hemos trabajado bastante!».[4]

 
          Y así en su ira, Fenja y Menja conjuraron una hueste vikinga que cayó sobre la ciudad del rey y lo asesinó. Respecto a lo que sucedió a las gigantas, se cuentan diferentes historias; pero todas coinciden en que aquí el destino se desplomó sobre los Skioldungos.
          Frodhi dejó tres hijos, Halfdan, Hroar y Skati. Los tres se enzarzaron en lucha para ver quién sería el primero. Ésta ha sido la maldición de las tierras del Mar del Norte, que sus reyes engendrasen muchos hijos y que la pretensión del uno fuese tan buena como la del otro, tanto si hubiese nacido de una reina, de una amante, de una esclava o de un encuentro fortuito: en cualquier caso no podría hacer otra cosa que reclutar hombres que esperaban ganar si él vencía.
          Aquella vez la suerte recayó en Halfdan. Incluso murió en el lecho, aunque bastante joven. Dejó dos hijos. Al mayor lo llamaron Frodhi, como a su abuelo. Al menor, que nació después de que Halfdan hubiese muerto, le pusieron el nombre de éste.
          Antes hablé de condes. No me refería exactamente a los condes ingleses, aunque las palabras sean semejantes. Un conde, o sea, un jarl, es un jefe solamente subordinado al rey. En ocasiones, el rey lo instituirá sobre una parte del país; en otras, un conde se convertirá en una especie de rey, que lo es en todo menos en el nombre. Así sucedió que mientras estos niños, Frodhi y Halfdan, fueron pequeños, Einar, conde de las tierras de los alrededores del sitio real en Leidhra, tomó el reino a su cargo.
          Era un hombre sensible que no quería ver de nuevo a Dinamarca desgarrada por las discordias. Con este fin, consiguió que los pequeños terratenientes, cuando se reunían en las Asambleas, llamadas Things, reconociesen a ambos herederos como reyes. Pero fueron aclamados separadamente. Halfdan reinaría en Selandia y Frodhi en Escania.
          El conde Einar, además, concertó los matrimonios para cuando los muchachos hubiesen crecido. Halfdan se casó con Sigridh, hija de un rey sin importancia de la isla de Fyn. De ella tuvo tres hijos, que llegaron a mayores. La mayor era una niña, Signy, que a su debido tiempo se casó con el hijo y heredero de Einar, Saevil. Cinco años más pequeño que ella era el niño Hroar, y dos años más pequeño que éste su hermano Helgi.
          La costumbre establecía que los niños de alta cuna fuesen criados en casas de personas de rango inferior. Así aprendían las artes y las habilidades propias de un joven o de una doncella; y al mismo tiempo se forjaban lazos de amistad. Regin Erlingsson, sheriff[5] del condado en donde estaba Leidhra, se hizo cargo de Hroar y de Helgi Halfdansson. Les tomó tanto apego como si hubiesen sido sus propios hijos.
          El rey Halfdan era apacible y de fácil trato. El pueblo lo amaba por su liberalidad y por la justicia de sus juicios.
          Pero mientras tanto, el rey Frodhi de Escania se había convertido en un hombre violento y codicioso. Se casó con Borghild, hija de un rey de aquellos sajones que residían en el sur de Jutlandia, los sajones abodritas. De esta manera consiguió aliados que, con medios para cruzar el mar Báltico, imponían el suficiente temor a Svithjodh para que se mantuviese a distancia de su retaguardia. Cuando Borghild murió al dar a luz a su hijo Ingjald, Frodhi envió al niño para que lo educase su abuelo. Sin embargo, a cuenta de ello, forjó grandes sueños. Mientras tanto, cargado de años, murió Einar. Entonces las cosas se desarrollaron de la siguiente manera:
          En la ciudad de Leidhra, en Selandia, residían el rey Halfdan y la reina Sigridh. Él era muy querido, pero, como no anhelaba la guerra, no se preocupó de tener una guardia fuerte, ni ofreció a sus súbditos más turbulentos muchas posibilidades de ganar fama y botín en el extranjero. Su hija Signy era la esposa del conde Saevil Einarsson. Sus hijos Hroar y Helgi eran simples muchachos, que vivían con Regin a unas veinte millas de la ciudad real.
          Mientras tanto, en Escania, el rey Frodhi meditaba taciturno.
          Como conspiró con los descontentos de Dinamarca, así como con cabecillas suecos, geatas y jutos, le costó poco trabajo reclutar un gran ejército.
          Entonces cruzó en barco el Sund, izó su estandarte e hizo sonar el cuerno de bronce. Los guerreros acudieron a su llamada. Demasiado tarde pasó la flecha de granja en granja convocando a aquellos que debían luchar por el rey Halfdan. Saqueando y quemándolo todo, Frodhi cosechó una victoria tras otra por donde fue pasando. En un encuentro sucedido en lo más oscuro de la medianoche, cayó sobre el ejército de Halfdan, lo desbarató por completo y él mismo mató a su hermano.
          Después de aquello, convocó a los caudillos daneses a un Thing e hizo que le jurasen fidelidad. Entre aquellos que, para salvar la vida, pusieron las manos sobre los anillos dorados y juraron por Niord y Freyr y el poderoso Thor que nunca le abandonarían, se encontraba el conde Saevil, el marido de Signy, la hija de Halfdan.
          Acto seguido, Frodhi afianzó su posición casándose con la viuda de su hermano, Sigridh. A ella no le quedó otra elección, pero su rostro estaba pálido cuando fue al lecho con él. Entonces Frodhi envió a buscar a los hijos de ella. Anunció que quería comprobar que estaban bien cuidados. La mayoría supuso que el cuidado consistiría en cortarles el cuello lo más deprisa posible, para que no pudieran crecer y vengar a su padre.

Hrolf Kraki's Saga - Portada

II

 
El sheriff Regin no había estado en aquel Thing. Cuando las huestes de Halfdan se dispersaron, regresó a su casa tan rápido como pudo, en compañía de aquellos de sus partidarios que todavía estaban vivos. Sabía que tenía pocos días para protegerse de Frodhi, pocos días en verdad.
          —No podemos ofrecerle resistencia —dijo—. Y yo di mi palabra de que cuidaría de estos jovenzuelos.
          —¿Qué piensas hacer? —preguntó un guerrero.
          Regin se rio entre dientes.
          —Eres un compañero sobradamente fiel. Sin embargo, no necesitas conocerlo.
          Era un hombre grande, con el rostro enrojecido y los ojos blanqueados por la vida a la intemperie, cabello y barba gris acero, bastante barrigudo pero todavía fuerte y astuto para ser el sheriff del condado. Los hijos que su mujer Aasta le había dado llevaban casados bastante tiempo. Por ello, así como por el honor que suponía, los dos se habían sentido felices de proporcionar un hogar a Hroar y a Helgi.
          Se encontraba en el Isefjord, que es una ancha y bien abrigada bahía, donde la tierra se extiende verde hasta el mismo borde de las aguas, en las que siempre resuenan los chillidos de patos, gansos, cisnes, zarapitos, gaviotas y de todo tipo de aves. La mayoría de los árboles habían sido talados, pero la vegetación todavía crecía salvaje en la parte sur del lugar; más cerca, subsistían pequeños bosquecillos por los que trepaban las ardillas y los muchachos. A través de los campos se extendían, diseminadas, las casas de los pequeños propietarios, construidas con tablas, con tejados de hierba, de cuyas chimeneas salía en espiral el humo negro que el viento salado esparcía rápidamente. Era aquélla una buena tierra, en la que el centeno, la cebada, el trigo y el lino parecían sonreír bajo el sol y las nubes de verano aparecían vertiginosamente altas.
          Aunque la morada de Regin no era una mansión real, su fachada pintada de negro venía a formar uno de los lados de un patio empedrado. Las otras tres estaban dedicadas a cobertizo, establo, caballeriza, taller y otras dependencias menores. En los saledizos de las vigas se habían tallado cabezas de dragones para espantar a los trolls. Hacia el Este, la casa daba a un promontorio desde el que Regin presidía a la vecindad en las ofrendas a los dioses.
          Un sendero conducía en declive hasta un embarcadero. Había varias islas en la bahía. La más cercana, aunque pequeña, estaba espesamente cubierta de bosque. Allí moraba un anciano labrador llamado Vifil, al que solamente dos grandes sabuesos hacían compañía. La mayoría de la gente lo esquivaba, porque era un individuo extraño y de habla cortante, y además se decía que en ocasiones practicaba la hechicería. Pero Regin y él eran viejos amigos. «Si puede encerrar el viento en una bolsa, ¿por qué tendría yo que prescindir de su ayuda? —se dijo el sheriff riendo para sí—. Entonces, ¿es que pretendes remar en el tumultuoso viento?» Más aún, Vifil había sido siempre un partidario incondicional de Halfdan, cuando los jóvenes rezongaban que el rey era un haragán. A veces, Hroar y Helgi cogían una barca e iban a visitarlo.
          Ningún regocijo se levantó cuando Regin entró montado en el patio de su casa. Los muchachos salieron rápidamente al oír los cascos de su caballo. Gritos, preguntas, baladronadas salieron a raudales de sus labios. Entonces miraron a su padre adoptivo, y fue como si una espada segase sus voces. Aasta vino detrás de ellos, seguida de los criados de la casa, lo miró y no dijo nada. Por un momento, el silencio llenó la luz de la tarde.
          Al fin el sheriff desmontó, haciendo crujir el cuero y tintinear el hierro. Se quedó encorvado, las manos colgando vacías. Sin decir ni palabra, uno de sus hombres se llevó el caballo. Hroar apretó los puños contra los costados y gritó:
          —¡Nuestro padre ha muerto! Ha muerto, ¿no es verdad?
          —Sí —susurró Regin—. Vi caer al suelo su estandarte, cuando intentábamos reagruparnos a la luz de las antorchas, después de que Frodhi nos sorprendiese en nuestro campamento. Después me oculté…
          —Yo no me habría escondido si mi padre me necesitase —dijo Helgi, medio sofocado por las lágrimas que no podía contener.
          —No podíamos hacer nada —le contestó Regin—, y yo tenía que pensar en vosotros, sus hijos. Hacia el amanecer, los de Isefjord empezamos a reencontrarnos. Uno había sido herido y yacía sin que nadie le prestase atención hasta que al fin tuvo suficientes fuerzas para arrastrarse. Nos contó cómo Frodhi asesinó a Halfdan, que estaba atado —tras un instante, añadió—: Primero hablaron. Frodhi dijo que tenía que hacerlo porque sólo así podía reunificar el reino, como en los días de su homónimo el Pacificador. Halfdan le contestó resueltamente: «Ojalá que encuentres su mismo final.»
          Los dedos de Aasta retorcieron la toalla que llevaba.
          —¡Tan joven! —sollozó.
          Regin asintió gravemente. Una brisa agitó su sudorosa cabellera; una gaviota chilló.
          —No creo que Frodhi, habiendo matado al lince, deje ahora los cachorros en la madriguera —dijo.
          Su mirada cayó sobre ellos. Hroar tenía doce inviernos y Helgi diez; pero el hermano menor era el más alto y de hombros más anchos, mientras que el mayor era bajo y delgado. Los dos tenían largas cabelleras aclaradas por el sol, que les caían alrededor del cuello y de sus rostros morenos, que ya empezaban a mostrar los rasgos de los Skioldungos; entre todo ello, sus grandes ojos destellaban como rayos azules. Iban vestidos iguales, con jubones de cuero encima de camisas y calzones de algodón gris claro. Pero Hroar empuñaba un palo de madera donde había estado grabando runas, para ayudarse a aprender estos signos, mientras que Helgi llevaba en su cinturón una honda, una bolsa llena de piedras y un cuchillo de caza.
          —Ojalá… que… hubiese podido conocer mejor a mi padre —susurró Hroar.
          —Me daré por satisfecho si lo vengo —Helgi tragó saliva. No parecía que aquellas palabras las hubiese dicho un niño.
          —Para eso tienes que seguir vivo —advirtió Regin—. No puedo teneros a mi lado. Si lo intentase, arderíamos en esta casa después de que los hombres de Frodhi nos hubiesen cercado. Es mejor para vosotros que vuestros amigos vivan, y así poder ayudaros en otra ocasión.
          —No pueden huir a los bosques como si…, ¡como si fuesen proscritos! —gritó Aasta.
          Helgi meneó la cabeza.
          —Podemos vivir perfectamente entre los lobos, madrina —dijo.
          —Quizá; pero los lobos nunca vencen a las espadas —dijo Regin—. Tengo un plan. Ya hablaremos de él más tarde —arrastró los pies hacia donde estaba su esposa—. Ahora dame comida y un trago de cerveza, y déjame dormir. ¡Oh, dioses, dejadme dormir!
          Fue una silenciosa fiesta de bienvenida.
          Regin se levantó antes del amanecer. Fue a la cama cerrada[6] que los hermanos compartían, descorrió las cortinas y los sacudió para que se despertasen, un dedo puesto en la boca. Sin decir palabra se vistieron y lo siguieron hasta la orilla. Era pleno verano y la noche luminosa derramaba sobre sus cabezas una palidez en la que sólo centelleaban unas cuantas estrellas, que hacía aparecer la bahía como un escudo bruñido. Lo más despacio y sigilosamente posible, para reducir al mínimo el chapoteo de las olas, los condujo remando hasta la isla de Vifil.
          Después de encallar la barca, el hombre y los muchachos desembarcaron en medio de espesas tinieblas. Ladrando amenazadoramente se aproximaron dos negras formas, los sabuesos a los que llamaban Hopp y Ho. Cuando reconocieron a los invitados que acababan de llegar, menearon las colas y les lamieron las manos.
          El granjero vivía en una cabaña al norte de la isla. Una vez levantado, Vifil reavivó el fuego del hogar en la única habitación, medio subterránea, que constituía su morada. El ambiente estaba cargado de humo y hedor. A través de la oscuridad uno podía atisbar sus pocas y pobres herramientas —un cuchillo, un hacha, una red de pescar, anzuelos de hueso, un plato de esteatita y otras cosas semejantes—, así como la olla, los bastones rúnicos y las cuerdas extrañamente anudadas mediante las cuales se decía que hacía magia. Era alto y flaco, con la barba blanca, sucio y maloliente en sus apolilladas ropas de lana y en su manto de piel de tejón. Con todo, bajo sus prominentes cejas, sus ojos no escudriñaban con enemistad a los príncipes.
          Regin le contó lo sucedido. Vifil asintió; ¿conocía las noticias de antemano?
          —Bien, espero que puedas esconder a estos chicos —concluyó el sheriff—, porque, si tú no puedes, entonces no conozco ninguna otra forma de salvarlos.
          Vifil se tiró de los pelos de la barba.
          —Es un mal asunto enfrentarse con ese Frodhi —masculló. Pero finalmente estuvo de acuerdo en que tenía la obligación de ayudarlos en la medida de lo posible.
          Regin los abrazó para despedirse.
          —Ojalá que la suerte no os abandone —dijo torpemente.
          —Me parece que las Nornas que les cantaban en la cuna no les anunciaron un destino ordinario —dijo Vifil.
          Regin se apresuró a llegar a la orilla antes de que hubiese amanecido. Pasó el resto del día moviéndose a sus anchas por el Isefjord, para asegurarse de que lo veían. De esta manera, cuando Hroar y Helgi no apareciesen en su casa, la gente adivinaría que se los habría llevado, pero no sabrían adónde.
          Vifil los proveyó de pan, queso y pescado seco antes de llevarlos a los bosques. Allá tenía un sitio en donde almacenaba en frío la carne y la leche que le daban los pocos animales que poseía. Era poco más que un hoyo con un techo de ramas y de hierba. Uno bajaba y salía de él por medio de un kraki, un tronco de abeto cuyos tocones, al haberlo podado de ramas, formaban una especie de escalera. Los tres se afanaron juntos, colocando de nuevo la maleza para enmascarar toda huella de trabajo humano.
          —Probablemente, los hombres del rey vengan a inspeccionar la isla —dijo Vifil—. Frodhi no es tonto, y sabrá que vuestro padre adoptivo y yo éramos antiguos amigos. Quizá no os encuentren si os agazapáis aquí. Mientras tanto, que nadie os vea desde la costa. Yo… haré todo lo que pueda.
          No permitió que le viesen hacer lo que hizo acto seguido, tanto en la cabaña como en un dolmen que se alzaba en medio de retorcidos árboles.
          Poco después, Helgi y Hroar estaban completamente acomodados. Ningún muchacho puede afligirse por mucho tiempo; y en cualquier caso, ellos nunca habían conocido de verdad a su padre. Si tenían que dormir en la tierra desnuda…, bueno, pues ya lo habían hecho antes a menudo cuando iban de caza. Que Vifil era un hombre de pocas palabras no tenía nada de malo; al contrario, les dejaba tiempo para charlar de sus sueños. Cuando el sol estaba en lo alto, debían permanecer dentro del bosque, que ellos recorrían con Hopp y Ho jugando o persiguiendo nidos de pájaros. En las noches luminosas, antes de descansar, podían nadar y hasta pescar. A veces, mirando a través de las aguas la casa de Regin, les parecía un sueño que se había marchitado, que había dejado de pertenecer a la realidad.
          Pero su paz fue de corta duración. Cuando una concienzuda inspección de la propiedad del sheriff no pudo descubrirlos, Frodhi ordenó a sus hombres que registrasen el reino entero. Cerca y lejos, al Norte, Sur, Este y Oeste, envió observadores; prometió rica recompensa a cualquiera que le diese noticias de sus sobrinos, y amenazó con torturar hasta la muerte a quien se atreviese a ocultarlos. Sin embargo, ni una sola palabra útil llegó a sus oídos; y en la expresión de la reina Sigridh empezó a aflorar una glacial alegría.
          Al final, Frodhi llegó al convencimiento de que detrás de ello debía esconderse alguna magia, y envió a buscar a aquellos que tuvieran conocimientos de lo oscuro.

III

 
Durante cierto tiempo la gran mansión de Leidhra albergó a hechiceras y sabios en rápida sucesión. Frodhi les dijo que usasen su clarividencia para explorar Dinamarca de arriba abajo, tanto islas y arrecifes como la tierra firme. Pero no vieron nada.
          Después solicitó el favor de los brujos, no solamente de los expertos en ensalmos y en pronosticar sueños, sino también de los hombres que hervían pociones mágicas en calderas y de los que se decía que cabalgaban en el viento nocturno o levantaban a los muertos o convocaban a seres más temibles todavía. Eran, en su mayoría, vagabundos a los que rehuía la gente de bien. Los mercenarios y esclavos de la casa retrocedían ante ellos y hacían signos para protegerse de la maldición; los miembros más corpulentos de la guardia no podían reprimir del todo un escalofrío. Finalmente vinieron tres a los que Frodhi recibió bien, sentándolos frente a él al otro lado del fuego y mandando a la reina que les trajese personalmente de comer y de beber.
          —Han pasado los días en que yo servía a reyes y guerreros —dijo con tristeza la mujer alta de rubias trenzas—. Jamás seré la anfitriona de aquellos que tienen que descubrir a los hijos de mi cuerpo.
          Su nuevo marido le echó una fría mirada.
          —Sírvelos, Sigridh mía —respondió; y ella se rindió.
          Se cuchicheaba entre los sirvientes, que a veces oían casualmente lo que sucedía en las habitaciones reales interiores, que Frodhi la estaba amansando rápidamente, no con golpes que habrían despertado su rabia, sino con lujuria experta e inflexible voluntad. Era uno de los Skioldungos de baja estatura, rápido de pies, más rápido todavía con la espada, y velocísimo y mortal en su astucia. Lustrosos cabellos castaños y una tupida y recortada barba enmarcaban un rostro enjuto, de nariz ganchuda y mirada glacial. Vestía bien: aquella noche llevaba una diadema y un brazalete de oro, una túnica verde guarnecida de marta, calzones rojos y polainas de cabritilla blancas.
          Con Sigridh había hecho un acuerdo legal, pagándole el weregild[7] por haber asesinado a Halfdan y haciéndole un costoso regalo de duelo después que se casaron. Ella hablaba poco y nunca reía, pero sin duda esperaba influir lo suficiente en él para salvar algo del naufragio. Respecto al resto de los daneses, la mayoría le tenían aversión por los pesados tributos con que los cargaba y por los juicios que pronunciaba cruelmente en provecho propio. Pero como ningún otro Skioldungo estaba a la vista, la cólera de Odín caería sobre aquella tierra si no estuviera regida por un hombre de su propio linaje.
          Los brujos eran una desaseada cuadrilla de raídos mantos negros. Por sus venas corría sangre finlandesa. Después de que se hubieran recogido las mesas, se pusieron de pie, colocaron sus ollas en el fuego, echaron las runas y chillaron sus desiguales cánticos ante el sitial de Frodhi. En el poste de la derecha estaba tallada la figura de Odín, padre de la magia; en el de la izquierda la de Thor, pero era como si aquella noche la oscuridad envolviese al Portador del Martillo. En algún sitio un lobo aulló, y maulló un gato montés, sonidos que no se habían oído en las proximidades de Leidhra durante años. Los hombres se acurrucaron en los bancos. Frodhi estaba sentado inmóvil, esperando.
          Al final, el gris y arrugado portavoz de los tres brujos dijo:
          —Señor, sólo nos hemos enterado de que los muchachos no están en tierra firme; sin embargo, no están lejos de vos.
          El rey se acarició la barba y habló tranquilamente:
          —Los hemos buscado por todas partes. Me cuesta creer que puedan estar en las proximidades. No obstante, ahora recuerdo que hay islas en la costa donde se encuentra la casa de su padre adoptivo.
          —Entonces, buscad primero en la más cercana de todas, señor —dijo el brujo—. Nadie vivía en ella excepto un pobre granjero. Sin embargo, había tal niebla alrededor de la isla, que no hemos podido mirar en su vivienda. Pensamos que tiene que ser muy sabio y de ninguna manera lo que aparenta.
          —Bien, lo intentaremos —dijo el rey—. Es extraño que un miserable pescador pueda ocultar a esos individuos y atreverse a tenerlos a mis espaldas.
          En verdad, una espesa neblina se había levantado en Isefjord aquella noche. Por la mañana temprano, Vifil se despertó y dijo a sus protegidos:
          —Hay cosas extrañas volando, y poderosos fantasmas han llegado hasta nosotros. Los oí susurrar en la oscuridad, todavía los oigo en la penumbra. ¡Levantaos, Hroar y Helgi Halfdansson, y escondeos en mis bosques este día!
          De un salto, se apresuraron a cumplir su mandato.
          Antes del mediodía, un destacamento de la Guardia Real cabalgó hasta la costa y comunicó a Regin que debía suministrarles unas barcas. Para entonces, la niebla se había despejado y la luz del sol brillaba en yelmos y lanzas. Vifil los saludó tan hoscamente como pudo, en cuanto se dio cuenta de lo que estaban buscando. Después de varias horas enteras, no consiguieron encontrar nada. Por la noche, Regin tuvo que hospedarlos, cosa que hizo con poco esmero.
          Al día siguiente regresaron a Leidhra y comunicaron su fracaso al rey.
          —Habéis sido malos cazadores —atajó el rey—. Ese granjero es un maestro de la brujería. Volved de nuevo y ved si podéis cogerlo por sorpresa.
          Una vez más, los hombres del rey fueron a registrar el lugar. Aunque Vifil les enseñó todo lo que pidieron, no vieron ni rastro de sus presas. De nuevo tuvieron que volverse con el rabo entre las piernas.
          Mientras tanto, los brujos habían contado más cosas a Frodhi acerca del misterio que se agazapaba en aquella isla, y de la ceguera que ni ellos ni los que enviaban para espiar por cuenta suya podían penetrar. Cuando escuchó al Mariscal[8] de su Guardia, Frodhi enrojeció y palideció alternativamente. Golpeó el sitial y gritó:
          —¡Ya hemos tolerado bastante a ese patán! Mañana por la mañana yo mismo me encargaré de la búsqueda.
          Al amanecer, Vifil se despertó de un sueño pesado. Turbado, levantó a Hroar y Helgi y les dijo:
          —Ahora las cosas se ponen feas, porque vuestro pariente Frodhi está en camino, y buscará vuestras vidas con todo tipo de engaños y de malicias. No estoy seguro de poder salvaros —se tiró de la barba y meditó tristemente—. Si tratáis de permanecer todo el tiempo escondidos en el almacén como antes, con la búsqueda que va a emprender muy bien puede que os encuentre. Mejor os estáis revoloteando entre la maleza y los árboles. Por supuesto, ojearán los bosques buscándoos, por lo que necesitaréis esa guarida en el momento preciso… Bueno, permaneced a la escucha. Y, cuando me oigáis llamar a los sabuesos, Hopp y Ho, recordad que es a vosotros a quienes me refiero, y meteos bajo tierra.
          Hroar asintió sombrío, con el rostro sudoroso. Helgi sonrió; para él se trataba de un gran juego.
          El rey llegó, no a caballo sino en un barco que había salido de lo que hoy llamamos el fiordo de Roskilde. El casco soportaba muchos más hombres de los que las barcas de Regin hubiesen podido transportar. Encallaron en un banco de arena, echaron el ancla, y saltaron a tierra. Vifil permaneció apoyado en un bastón, bajo los árboles que estaban empezando a cambiar de color. Un frío y estridente viento se levantó, revoloteando en las capas. Las puntas de las lanzas oscilaban, las cotas de malla crujían.
          —¡Cogedlo! —gritó Frodhi.
          A empujones llevaron al granjero ante el rey.
          Frodhi lo miró ceñudo y dijo, recalcando bien las palabras:
          —Eres un loco y un taimado, ¿verdad que sí? Dime en seguida dónde están mis sobrinos…, ¡porque yo sé que tú lo sabes!
          Vifil se encogió de hombros.
          —¡Salud, rey! —respondió—. ¿Cómo puedo defenderme de una acusación semejante, cuando, si me retenéis aquí, ni siquiera puedo mantener al lobo alejado de mi pequeño rebaño? —los hombres de la guardia se estaban desplegando por el terreno, en dirección hacia los bosques. Vifil llenó los pulmones de aire y gritó—: ¡Hopp y Ho, alejad a las bestias!
          —¿A quién estás llamando? —preguntó Frodhi.
          —Son los nombres de mis perros —dijo el granjero con voz calmada—. Mirad todo lo que queráis. No creo que encontréis por aquí a los hijos de ningún rey. Y, verdaderamente, no entiendo lo que os hace pensar que yo estuviese ocultando nada de vosotros, un pobre viejo como yo.
          Frodhi gruñó, ordenó a un guerrero que vigilase al isleño, y él mismo tomó el mando de la caza. Aquel día descubrieron el almacén. Sin embargo, para entonces los hermanos lo habían abandonado —después de que los ojeadores hubiesen pasado— y estaban en las cimas de los árboles muy detrás de las tropas que avanzaban hacia adelante.
          Al anochecer, los hombres regresaron a la cabaña. Vifil esperó. Temblando de rabia, el rey le dijo:
          —En verdad que eres un tipo taimado, por lo que debería haberte matado.
          El anciano le devolvió la mirada y replicó:
          —Eso está al alcance de vuestro poder, si no de vuestro derecho. Así por lo menos habréis obtenido algo de vuestra excursión. De otro modo, regresaréis a casa sin botín, ¿eh?
          Frodhi apretó los puños y miró en torno al círculo de sus guerreros. Su asesinato de Halfdan, una vez que estuvo atado, no les había caído bien. Ordenar la muerte de un anciano indefenso contra el cual no podía alegarse nada habría supuesto que le motejaran de inhumano. No pocos le abandonarían en esa situación si un solo enemigo se alzase contra él.
          —No puedo hacer que te maten —dijo Frodhi entre dientes—; pero es insensato dejarte con vida.
          Se volvió y con paso majestuoso se dirigió al barco.
          La tripulación llegó remando hasta la morada de Regin, donde pasó la noche. Ya en ella, pidió al sheriff que le jurase fidelidad, como ya habían hecho los demás caudillos daneses.
          —Me dejáis poca elección —dijo Regin—. Además de mis propiedades, tengo mujer, hijos y nietos. Que así sea, entonces. Y respecto a la pregunta que me habéis formulado, os diré lo que ya dije antes a vuestros hombres: no sé dónde están Hroar y Helgi Halfdansson.
          —No —se mofó el rey—. No con un error de un pie o dos —sin embargo, no insistió más en el asunto. No podía permitirse provocar a aquella gente que veía en Regin a su jefe.
          Vifil vio adónde iba el barco, y adivinó o previó lo que sucedía. Llamó a los muchachos y les dijo:
          —Aquí no podéis permanecer por más tiempo. Estaremos estrechamente vigilados, cada vez más, conforme los hombres de la vecindad vayan perdiendo las esperanzas de destronar a Frodhi. Esta noche os llevaré a la otra orilla. Apartaos de los caminos principales hasta que hayáis salido del condado.
          —¿Adónde iremos? —preguntó Hroar.
          —Bueno —dijo Vifil—, como he oído que el conde Saevil es vuestro cuñado, pienso que debe tener una gran casa, donde dos recién llegados no llamarán demasiado la atención. Pero como ahora también es la mano derecha del rey, no os apresuréis a daros a conocer a él ni a nadie. Los cachorros del lince tienen que moverse cautelosamente.

 

[1] La zona de Inglaterra que había quedado asignada a los daneses en tiempos del rey Alfredo el Grande, por el siglo IX. (J. M. L.) (Volver.)
[2] Las Nornas, en número de tres, son divinidades del Destino. (N. del T.) (Volver.)
[3] Hrolf Kraki. (N. del T.) (Volver.)
[4] Este poema es «El Canto de Grotti», de la Edda Mayor. (N. del T.) (Volver.)
[5] Oficial del rey, del que derivaría el idéntico título hecho popular por los westerns en época posterior. (J. M. L.) (Volver.)
[6] Hasta el siglo XII, la gente de alcurnia dormía en las llamadas «camas cerradas», que eran camas metidas en una especie de nicho construido en la pared. Como era costumbre poner sobre ellas muchas almohadas, se dormía, prácticamente, sentado. (J. M. L.) (Volver.)
[7] Indemnización que el criminal pagaba a los familiares de la víctima. (J. M. L.) (Volver.)
[8] La palabra Marsk (Mariscal) evolucionó con el tiempo para convertirse en un importante grado del ejército, y, en los países anglosajones, en un cargo de oficial de justicia, el Marshall. (J. M. L.) (Volver.)


© Poul Anderson, 1973
© de la traducción, Lorenzo Martín del Burgo, 1993
© Grupo Anaya, S.A., 2016

A la venta el 30 de marzo.

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