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Literatura fantástica y trascendencia: la vía lenta

La vía lenta - Mariano Villarreal - Destacada

El antólogo Mariano Villarreal reflexiona sobre la vorágine editorial en fantasía y ciencia ficción.

Cuando escribo estas líneas aún resuenan en los medios los ecos de la ceremonia de entrega del último premio Planeta. En un incisivo artículo de opinión titulado «Mucho espectáculo y poca literatura», la periodista Anna María Iglesia arremete contra la frivolidad en la que vive inmerso el mundo de la cultura y refleja un panorama desolador, representativo de muchos premios literarios. En la última frase se pregunta dónde queda la literatura, enterrada bajo el afán de notoriedad y comercialidad, vencida por el espectáculo mediático.

Por suerte o por desgracia, en España la literatura fantástica y de ciencia ficción vive alejada de esos oropeles. En ella importa y mucho la calidad literaria, aunque también otros aspectos, digamos, «innatos» o «consustanciales» a dichos géneros, como el grado de especulación, la originalidad e innovación de planteamientos y tramas, las ideas a debate, el sentido de la maravilla…

Ganadores Premio Planeta 2015

Alicia Giménez y Daniel Sánchez, ganadora y finalista del Premio Planeta 2015.


Si hacemos un breve repaso a los galardones de género más longevos, como el Minotauro (dotado actualmente con nada menos que 6.000 €, aunque en tiempos fueron 18.000 €), el Alberto Magno de ciencia ficción, el Domingo Santos de relato, el Manuel de Pedrolo para obras en catalán, el extinto Pablo Rido o el UPC de novela corta de ciencia ficción (desgraciadamente, ahora sin cuantía económica), los títulos mejor valorados por crítica y lectores se publicaron hace ya tiempo, en particular entre la década de los noventa y los primeros años del nuevo milenio. Si ampliamos el espectro a galardones más modernos, como el Tristana de novela fantástica, el Ciudad de Utrera o el Villa de Maracena de terror, se constata que su influencia sobre el canon fantástico ha sido prácticamente nula.

En general, falta talento y brillantez en las obras ganadoras de los últimos años, no digamos ya en las finalistas y en aquellas otras que ni siquiera han logrado serlo. Antes los premios servían para incentivar a los escritores y descubrir nuevas voces, ahora no interesan a las mejores firmas, pese al evidente aliciente económico que suponen. Explicar el porqué de este desafortunado divorcio excede el ámbito de esta reflexión, pero baste apuntar algunas posibles causas: hastío, pereza, irrelevancia, agotamiento de la fórmula, decepción en quien participa sin ganar, decepción en quien haber ganado no le sirvió para mejorar sus perspectivas… Polémicas aparte, estoy convencido de que en estos premios los jurados actúan con limpieza y valoran siempre la mejor candidata de entre las finalistas —otro asunto es la ardua tarea de separar el grano de la paja, para alcanzar así la «gran final»—, y las editoriales bastante tienen con seguir aportando los fondos necesarios un año más y/o publicar la obra ganadora, que no siempre es fácilmente defendible.

Premio Minotauro - Photocall

Entrega del Premio Minotauro 2014, en el Festival de Sitges.


Pese a todo, lo peor del caso es que esta falta de relevancia en los premios de género es solo la punta del iceberg de una pandemia general. Porque ¿cuánto hace que han publicado sus mejores obras la gran mayoría de los autores consagrados del género y aquellos que incursionan esporádicamente en él? ¿No se peca de un cierto afán de notoriedad, de querer publicar al menos una novela cada año, cuando hace apenas un par de décadas la escasez de sellos que aceptaban este tipo de material obligaba a una selección natural, una criba por la que solo llegaban a meta los competidores más válidos y perseverantes, aquellos que además revisaban obsesivamente su texto antes de darlo a imprenta?

Tal vez sea un nostálgico, pero en ocasiones añoro la época en la que los lectores recibíamos con verdadero alborozo la sorpresa de un nuevo relato/novela/antología de un/a determinado/a autor/a al que seguíamos con fidelidad, en vez de asistir al bombardeo informativo, con seis o doce meses de antelación, de la publicación de su enésima novedad. La diferencia puede parecer sutil, pero no lo es tanto para un lector encallecido por el paso del tiempo y el desgaste del papel. Tal vez la modernidad, ese habitar el futuro con el que tantas veces soñamos y tan diferente ha resultado ser, ha erosionado nuestro sentido del asombro, o quizá el exceso de oferta, de tanto producto manufacturado según las leyes del mercado y las estadísticas sobre gustos del consumidor, nos ha vuelto indiferentes, porque en muchos casos ya sabemos lo que nos vamos a encontrar: alimento rápido que engorda nuestras bibliotecas y apenas deja poso en lo que verdaderamente importa. Incluso Stephen King tuvo que inventarse un seudónimo con el que publicar sus obras de ciencia ficción para evitar inundar el mercado.

No hace mucho, un conocido escritor se lamentaba en una red social del hecho de no poder tomarse siquiera un año sabático (ni publicar más de un libro al año), de sentirse en cierta manera «ordeñado». Es el mercado quien impone la periodicidad y condena al ostracismo a aquellos menos prolíficos, que probablemente encontrarán dificultades a la hora de volver a publicar porque su nombre ha perdido fuerza paulatinamente. Así, el autor debe reinventarse y fijar sus nuevos límites en cada libro, y todo ello en el plazo de un año. No es fácil aguantar mucho tiempo a ese ritmo.

Bueso en el photocall de Fantífica en Celsius 232

Emilio Bueso en el festival Celsius 2013.


Esta exigencia comercial podría ser comprensible en escritores profesionales que han hecho de la escritura su principal medio de vida, aunque se corre el riesgo de matar a la gallina de los huevos de oro: los lectores podrían cansarse y dejar de apoyarles; en mi caso, procuro espaciar lecturas de algunos autores para intentar recuperar así las sensaciones que me ofrecieron en sus primeros libros. De todas maneras, lamentablemente en estos momentos sobran gallinas para reponer cualquier gallinero.

Pero en España se da la circunstancia de que la inmensa mayoría de los escritores de género fantástico y ciencia ficción obtienen la mayor parte de sus ingresos de fuentes ajenas a la escritura, por lo que publicar para ellos debiera reducirse a una mera cuestión de prestigio personal, afán de influencia o necesidad expresiva, principalmente. Por ello, no tendrían por qué sentirse constreñidos por las depredadoras exigencias del mercado y su perpetua necesidad de visibilidad. El modelo podría funcionar perfectamente a dos velocidades: la de aquel que prefiera subirse a la vorágine (con todo lo que ello implica) y la de quien desee escribir productos más perdurables, reflexivos, personales. Es lo que podríamos denominar una vía lenta, centrada más en la literatura y los aspectos citados con anterioridad, y menos en el objeto comercial, que permitiera dar lo máximo de cada autor. Estoy seguro de que las editoriales estarían encantadas de recibir menos manuscritos pero de mayor calidad. Algunos escritores ya lo están poniendo en práctica.

El Ateneo Grand Splendid

Librería El Ateneo Grand Splendid, en Buenos Aires.


Pero consideremos, finalmente, la cuestión que a muchos solo importa: con esta medida, ¿se incrementarían las ventas? Probablemente, no; o tal vez solo un poco debido a la reducción de la oferta. La masa de lectores seguirá apostando por los bestsellers, abonando sumas desorbitadas por productos derivados de mercadotecnia y apostando por formatos alternativos de lectura barata como el libro electrónico y, pronto, las tarifas planas que ofrecen ya diversas plataformas. La satisfacción de autor y lector por un producto más elaborado y, por qué no, mejor seguramente derivase en lectores más fieles y escritores más implicados; sin lugar a dudas, la literatura saldría ganando, el mercado puede que no.

Así, pues, ¿merece la pena el riesgo, afrontar el desafío? Tal vez sea ésta la respuesta que andábamos buscando para competir, de una vez por todas, en un mercado global. Con productos exportables que pudieran romper la frontera del idioma, escritos con la frescura e irreverencia de antaño, y la madurez creativa del presente. Si no nos abrimos al mundo, seguiremos mirándonos el ombligo y quejándonos de la perenne falta de lectores. La respuesta está en el viento.

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One Response to “Literatura fantástica y trascendencia: la vía lenta”

  1. Tf dice:

    Un artículo ineresante, en el que se plantean muchas cosas. Voy a analizar una por una aquellas que me parecen más discutibles, con permiso, como modesta autora.

    Para empezar, se habla de los premios literarios. Personalmente, los considero una pérdida de tiempo. Suena crudo, pero no veo repercusión importante en la carrera profesional del autor por ganar un premio. Es más, ganar un premio literario por una obra excelente no te garantiza que sea apta para un mercado cada vez más explotado en una sola dirección que, como bien se comenta, no tiene (ni parece admitir) frescura alguna. Los únicos premios que dan frutos como el “Planeta” son para el género poco menos que inalcanzables y, en su caso, además hay que añadir las sospechas de poca objetividad al valorar las obras, por así decirlo.

    Por otro lado, yo no considero que la literatura fantástica actual esté vacía de contenido, cosa que asumo que se sugiere al decir que es “alimento rápido que engorda nuestras bibliotecas y apenas deja poso en lo que verdaderamente importa”. Me cuesta concebir la literatura como algo meramente ocioso y no didáctico, emocionante e introspectivo. Quizás es porque soy muy selecta en el tipo de literatura que consumo. Pero en cualquier caso, es literatura actual, porque no soy especialmente dada a los clásicos (aunque también leo algunos de tanto en tanto, por supuesto).

    Respecto al tempo de escritura, creo que es un tema interesante. Un escritor de fantasía español ahora mismo no vive de los ingresos de la literatura que crea, por norma general, como bien se comenta, pero no porque no quiera, sino, en muchos casos, porque no tiene otra opción. Bien es cierto que dedicando más tiempo a una obra, sin duda mejora el resultado, pero eso no significa que un año sea poco tiempo para dedicarle a una novela. De hecho, cada autor tiene sus tiempos. Sin embargo, no es lo mismo dedicar una año a una novela que dedicarlo a la novela y a tu trabajo.
    Así pues, los autores se ven, nos vemos, en la necesidad de escribir algo bueno en poco tiempo para que los lectores no se olviden de nuestros libros en la vorágine de ofertas, al menos hasta hacernos un nombre, pero al mismo tiempo no podemos dedicarnos exclusivamente a escribir.

    En mi caso, y estoy segura que en el de muchos otros escritores de género españoles, hacemos lo imposible por robar tiempo de otros sitios: Escribimos mientras comemos en el trabajo, mientras vamos en el transporte público, reducimos a 4 las horas de sueño… En definitiva, hacemos un esfuerzo titánico para lograr seguir ese ritmo.

    Esto no implica que las novelas escritas rápido, aún pudiendo sacarles una mejor técnica, estén vacías de contenido. Todos conocemos bestsellers de género que no son precisamente una maravilla en lo que a contenido se refiere, por muchos años que se le dediquen. Creo que hay que diferenciar aquí técnica de contenido.

    Escribir más a largo plazo es una opción válida, pero también peligrosa. Los lectores olvidan rápido ylas editoriales lo saben. Hay sagas que se dejan inconclusas y ya no es extraño que los lectores prefieran dejar pasar las ofertas ante sí que buscar la continuación de una saga o la nueva novela de un autor que les entusiasmó. Y las editoriales lo saben.

    Por tanto, creo que un esfuerzo titánico de los escritores, unido a un buen trabajo de las editoriales, pueden llegar a formar obras completas y muy válidas a pesar de los tiempos marcados. Creo que si hubiera más lectores dedicados a buscar calidad, las editoriales estarían más interesadas en publicarla, y con esas dos condiciones los autores tendríamos la oportunidad de dedicar a cada obra el tiempo necesario para alcanzar ese nivel de maxima calidad que cada cual es capaz de conseguir en cada una de sus creaciones.