Este sitio utiliza cookies. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. Para más información vea la política de cookies.

Cerrar

Los gigantes dormidos de Sylvain Neuvel: Primer capítulo

los-gigantes-dormidos-avance-destacada

Podéis empezar a leer una de las novedades de ciencia ficción más interesantes del último trimestre del año.

¿Qué ocurriría si una niña encontrara por casualidad una enorme mano metálica formada por paneles con intrincados bajorrelieves con extraños caracteres? ¿Y si diecisiete años después se encontrara una segunda pieza y se empezara a buscar activamente el resto del cuerpo del gigante metálico? Así es más o menos como comienza Los gigantes dormidos, la nueva novela de ciencia ficción que publica este mes la editorial Stella Maris.

La novela se pone a la venta el próximo 23 de noviembre y es la primera parte de una trilogía llamada «Los expedientes de Temis». Los gigantes dormidos comenzó su andadura como novela autopublicada en internet y consiguió hacerse un hueco en el mercado editorial gracias a las buenas reseñas que cosechó en la página web Kirkus Reviews o la que le dedicaron autores como Blake Crouch, responsable de Wayward Pines.

Sin más dilación, os dejamos por aquí el primer capítulo, cuya edición en castellano ha sido traducida por Juan Gabriel López Guix.

Los gigantes dormidos - Portada

Prólogo

Ese día cumplía once años. Mi padre me había regalado una bicicleta nueva: blanca y rosa, con borlas en el manillar. Tenía muchas ganas de estrenarla, pero mis padres no me dejaron salir estando todavía mis amigos en casa. Aunque no es que fueran realmente mis amigos. Nunca he sido buena haciendo amigos. Me gustaba leer; pasear por el bosque; estar sola. Siempre me sentía un poco rara con otros niños de mi edad. De modo que cuando se acercaba el día de mi cumpleaños, mis padres solían invitar a los hijos de los vecinos. Venían muchos, de algunos ni siquiera sabía el nombre. Todos eran muy amables, y todos me traían regalos. Así que me quedé en casa. Soplé las velas, abrí los regalos, sonreí mucho. No recuerdo la mayoría de los regalos porque sólo pensaba en salir y probar aquella bicicleta. Era casi la hora de la cena cuando por fin se fueron todos, y no podía esperar un minuto más. No tardaría en hacerse de noche; y, cuando cayera la noche, mi padre no me dejaría salir de casa hasta el día siguiente.
          Me escabullí por la puerta trasera y pedaleé con todas mis fuerzas hasta el bosque, al final de la calle. Debieron de pasar unos diez minutos antes de que aflojara el ritmo. A lo mejor se hacía ya de noche y empecé a pensar en volver. Puede que sólo estuviera cansada. Me detuve un momento y escuché el viento agitando las ramas a mi alrededor. Había llegado el otoño. El bosque se había convertido en un paisaje abigarrado y daba una nueva profundidad a las colinas. El aire se volvió de pronto frío y húmedo, como si fuera a llover. El sol se ponía, y tras los árboles el cielo era rosado como las borlas de mi bicicleta.
          Oí un crujido a mi espalda. Pudo ser una liebre. Me llamó la atención algo en dirección al pie de la colina. Dejé la bicicleta en el sendero y empecé a bajar apartando las ramas a mi paso. No era fácil ver porque los árboles aún no habían perdido las hojas, pero un misterioso resplandor turquesa se filtraba entre las ramas. No podía localizar su origen. No era el río, porque lo oía a lo lejos, y la luz estaba mucho más cerca. Parecía venir de todas partes.
          Llegué al pie de la colina. Entonces la tierra desapareció bajo mis pies.
          No recuerdo gran cosa de lo que ocurrió después. Estuve inconsciente unas cuantas horas; y, cuando recobré la conciencia, estaba amaneciendo. Vi a mi padre a unos quince metros por encima de mí. Sus labios se movían, pero yo no podía oír nada.
          El agujero en que me encontraba era un cuadrado perfecto, del tamaño aproximado de nuestra casa. Las paredes, oscuras y rectas, estaban iluminadas por una hermosa luz turquesa que surgía de intrincados bajorrelieves. La luz brotaba de casi todas partes. Tanteé a mi alrededor. Yacía sobre un lecho de tierra, piedras y ramas rotas. Bajo esos materiales, la superficie era ligeramente curva, suave al tacto, y fría, como algún tipo de metal.
          No los vi al principio, pero arriba había bomberos, unas chaquetas amarillas atareadas en torno al agujero. Una cuerda cayó hasta unos palmos de mi cabeza. No tardé en verme sujeta a una camilla e izada hacia la luz del día.
          Mi padre no quiso hablar después de lo que había sucedido. Cada vez que preguntaba dónde me había caído, siempre encontraba formas nuevas e ingeniosas de explicarme qué era aquel agujero. Al cabo de una semana más o menos, sonó un día el timbre de casa. Llamé a mi padre para que atendiese pero no obtuve ninguna respuesta, así que corrí escaleras abajo y abrí la puerta. Era uno de los bomberos que me habían sacado del agujero. Había tomado algunas fotos, y creyó que me gustaría verlas. Tenía razón. Allí estaba yo, esa cosita tumbada en el fondo del agujero sobre la palma de una gigantesca mano metálica.

Primera Parte
Partes del cuerpo

Expediente nº 003
Entrevista con la Dra. Rose Franklin
Investigadora principal, Instituto Enrico Fermi
Lugar: Universidad de Chicago, Chicago (Illinois)

 
          —¿De qué tamaño era la mano?
          —Tenía 6,9 metros; aunque parecía mucho mayor para alguien de once años.
          —¿Qué hizo después del incidente?
          —Nada. No hablamos mucho sobre eso después. Seguí yendo todos los días a la escuela como una niña de mi edad. Nadie en mi familia había ido nunca a la universidad, así que insistieron en que siguiera estudiando. Me gradué en Física.
          »Sé lo que piensa. Me gustaría decirle que estudié eso a causa de la mano, pero lo cierto es que siempre fui buena en ciencias. Mis padres descubrieron muy pronto lo bien que se me daba. Creo que tendría unos cuatro años cuando me regalaron mi primer juego de ciencia por Navidad. Uno de esos con aparatos electrónicos. Fabricabas un telégrafo, o cosas así, enroscando alambres… Seguramente habría fabricado algo por el estilo de haber hecho caso a mi padre y haberme quedado en casa aquel día.
          »En cualquier caso, me gradué y seguí haciendo lo único que sabía hacer: estudiar. Tendría que haber visto a mi padre cuando supimos que me aceptaban en la Universidad de Chicago. No he visto sentirse tan orgulloso a nadie en toda mi vida. No habría sido más feliz ni después de ganar un millón de dólares. En Chicago me contrataron después de acabar el doctorado.
          —¿Cuándo volvió a encontrar la mano?
          —No la encontré. No me dediqué a buscarla. Pasaron diecisiete años, pero supongo que se podría decir que me encontró ella a mí.
          —¿Qué pasó?
          —¿Con la mano? El Ejército aisló el lugar donde fue descubierta.
          —¿Cuándo ocurrió?
          —Cuando me caí en el agujero. Los militares sólo tardaron ocho horas en llegar. Al mando del proyecto estaba el coronel Hudson (creo que se llamaba así). Era de la zona, así que conocía bastante a todo el mundo. No recuerdo haberlo conocido, pero quienes sí lo hicieron sólo tenían buenas palabras sobre él.
          »Leí lo poco que quedaba de sus notas, la mayoría redactadas por los militares. En los tres años que estuvo al mando, su principal interés fue siempre descubrir qué significaban aquellos bajorrelieves. La mano en sí, mencionada siempre como el «objeto», apenas aparece de pasada unas cuantas veces, como prueba de que quienquiera que construyera aquella cámara debió de poseer un sistema de creencias bastante complejo. Creo que el coronel tenía una idea muy clara sobre lo que deseaba que fuese eso.
          —¿Qué cree que era?
          —No tengo ni idea. Hudson era un militar de carrera. No era físico. Tampoco arqueólogo. Nunca estudió nada parecido a Antropología o Lingüística, nada que pudiera serle remotamente útil en esa situación. Seguramente todas sus ideas preconcebidas procedían de la cultura popular, de ver Indiana Jones o cosas por el estilo. Por suerte para él, tuvo a su alrededor personas competentes. Aunque debió de ser incómodo estar al mando y no tener ni idea de lo que pasaba la mayor parte del tiempo.
          »Lo fascinante es todo el esfuerzo que dedicaron a refutar sus propios hallazgos. Los primeros análisis indicaron que la cámara tenía unos tres mil años de antigüedad. Eso les pareció absurdo, así que intentaron datar mediante radiocarbono el material orgánico hallado en la mano. Las pruebas indicaron que era mucho más antigua, que tenía entre cinco y seis mil años.
          —¿Fue una sorpresa?
          —Es una forma de decirlo. Debe comprender que esto contradice todo lo que sabemos sobre civilizaciones americanas. La más antigua que conocemos se desarrolló en la región del Norte Chico, en Perú, y la mano parecía ser mil años más antigua. Incluso sin serlo, resulta bastante evidente que nadie se dedicaría a transportar una mano gigante desde Sudamérica hasta Dakota del Sur; además, en Norteamérica no hubo civilizaciones tan avanzadas hasta muchísimo más tarde.
          »Al final, el equipo de Hudson concluyó que la datación por radiocarbono era errónea porque la muestra estaba contaminada por materiales circundantes. Tras unos años de investigaciones esporádicas, se determinó que el lugar sólo tenía mil doscientos años de antigüedad y se clasificó como templo de alguna cultura emparentada con la civilización del Misisipí.
          »He revisado los expedientes decenas de veces. No hay absolutamente nada, ni una sola prueba que permita sostener esa teoría, salvo que parece tener más sentido que todo cuanto indican los datos. En mi opinión, aquello no tenía ningún inTerés militar para Hudson. Probablemente le irritaba ver que su carrera languidecía poco a poco en un laboratorio subterráneo y sólo deseaba llegar a una conclusión, por absurda que fuera, para salir de ahí.
          —¿Lo consiguió?
          —¿Salir? Sí. Tardó algo más de tres años, pero al final vio cumplido su deseo. Tuvo un derrame cerebral mientras paseaba al perro y entró en coma. Murió unas semanas después.
          —¿Y qué pasó con el proyecto después de su muerte?
          —Nada. No pasó nada. La mano y los paneles estuvieron acumulando polvo durante catorce años en un almacén hasta que se desmilitarizó el proyecto. Entonces la Universidad de Chicago se hizo cargo de la investigación con financiación de la NSA, y al final se me asignó a mí el estudio de la mano sobre la que caí de niña. La verdad es que no creo en el destino, pero lo de que «el mundo es un pañuelo» se queda corto en este caso.
          —¿Por qué querría la NSA involucrarse en un proyecto arqueológico?
          —También me hice esta pregunta. Financian todo tipo de investigaciones, pero esta parece bastante alejada de sus ámbitos habituales de interés. A lo mejor les interesaba la lengua para utilizarla en criptología; a lo mejor estaban interesados en el material del que está hecha la mano. En cualquier caso, nos ofrecieron un presupuesto bastante abultado, así que no hice muchas preguntas. Me proporcionaron un pequeño equipo para que se encargara de los aspectos científicos más especializados antes de que lo remitiéramos todo al Departamento de Antropología. El proyecto seguía clasificado como alto secreto; y, al igual que mi predecesor, fui trasladada a un laboratorio subterráneo. Creo que ha leído mi informe, así que conoce el resto.
          —Sí, lo he leído. Tardó sólo cuatro meses en enviarlo. Algunos podrían decir que fue un poco apresurado.
          —Se trató de un informe preliminar, pero tiene razón. No creo que fuera prematuro. Bueno, sí, a lo mejor un poco, pero había hecho descubrimientos importantes y pensé que no avanzaría mucho más con los datos disponibles, así que ¿por qué esperar? En esa sala subterránea hay material suficiente para que nos devanemos los sesos durante varias generaciones. No creo que nosotros tengamos el conocimiento necesario para extraer más conclusiones sin disponer de más datos.
          —¿Quién es «nosotros»?
          —Nosotros, yo, usted, la humanidad. Como quiera llamarlo. Hay cosas en ese laboratorio que están ahora mismo más allá de nuestro alcance.
          —De acuerdo. Entonces hablemos sobre lo que sí comprende. Hábleme de los paneles.
          —Está todo en mi informe. Hay dieciséis, de unos tres metros por diez y un par de centímetros de grosor. Los dieciséis se fabricaron en el mismo período, hace unos tres mil años. Hicimos…
          —Perdone, pero deduzco que no suscribe la teoría de la contaminación de las muestras, ¿verdad?
          —Por lo que a mí se refiere, no hay ninguna razón para no fiarme de la datación con radiocarbono. Y, para ser sincera, la antigüedad es el menor de nuestros problemas. ¿No he mencionado que los símbolos llevan brillando diecisiete años sin fuente de alimentación aparente?
          »Cada pared está compuesta de cuatro paneles y tiene una docena de filas con entre dieciocho y veinte símbolos tallados. Las filas se dividen en secuencias de seis o siete símbolos. En total, hemos contado quince símbolos diferentes. La mayoría se usan varias veces, algunos sólo una vez. Siete son curvos, con un punto en el centro; siete están hechos con líneas rectas; y uno es un simple punto. El diseño es sencillo pero muy elegante.
          —¿Pudo el equipo anterior descifrar alguna de las marcas?
          —En realidad, el análisis lingüístico fue una de las pocas secciones que los militares dejaron intactas en el informe de Hudson. Su equipo comparó los símbolos con todos los sistemas de escritura conocidos, pasados o presentes, sin encontrar ninguna correlación interesante. Dieron por supuesto que cada secuencia de símbolos representaba una proposición, algo así como una frase, pero sin marco de referencia no podían siquiera especular una posible interpretación. Su trabajo fue bastante minucioso y documentaron todos los pasos. No vi ninguna razón para repetirlo otra vez y decliné la oferta de añadir un lingüista al equipo. Sin nada que sirviera de comparación, no había modo lógico de llegar a ningún significado.
          »Quizá era parcial por el hecho de haber caído sobre ella, pero me sentía atraída hacia la mano. No puedo explicarlo, pero cada fibra de mi ser me decía que lo importante era la mano.
          —Todo un contraste con respecto a su predecesor. ¿Qué me puede decir de ella?
          —Bueno, es sensacional, pero supongo que la estética no le interesa. Mide 6,9 metros desde la muñeca a la punta del dedo corazón. Parece maciza, del mismo material metálico que los paneles de las paredes, pero al menos tiene dos mil años más de antigüedad. Es de color gris oscuro, con tonalidades broncíneas y tenues propiedades iridiscentes.
          »Está abierta, con los dedos juntos, ligeramente flexionados, como si sostuviera algo muy precioso, o un puñado de arena, e intentara que no se le cayera. Hay surcos donde la mano humana tiene pliegues, otros parecen puramente decorativos. En todos reluce el mismo resplandor turquesa brillante que irradia el metal iridiscente. La mano parece fuerte, pero también… la palabra que me viene a la mente es refinada. Creo que es una mano de mujer.
          —En este momento me interesan más los datos objetivos. ¿De qué está hecha esa mano fuerte pero refinada?
          —Fue casi imposible cortarla o alterarla por medios convencionales. Necesitamos varios intentos para extraer una mínima muestra de uno de los paneles. La espectrometría de masas mostró que estaba compuesta por una aleación de diversos metales pesados, iridio en su mayor parte, con un diez por ciento de hierro y pequeñas concentraciones de osmio, rutenio y otros metales del grupo del platino.
          —Entonces valdrá su peso en oro, ¿no?
          —Es curioso que use esa expresión. No pesa todo lo que debería pesar, así que más bien diría que vale mucho más que su peso, en cualquier material.
          —¿Y cuánto pesa?
          —Treinta y dos toneladas. Ya sé, se trata de un peso considerable, pero es inexplicablemente ligera dada su composición. El iridio es uno de los elementos más densos, seguramente el más denso de todos, e incluso con algún contenido de hierro debería pesar diez veces más.
          —¿Y cuál fue su explicación?
          —Ninguna. Sigo sin poder explicarlo. Ni siquiera concibo qué tipo de procedimiento habría que utilizar para conseguir algo así. De hecho, no me preocupaba tanto el peso como la enorme cantidad de iridio encontrada. El iridio no sólo es uno de los materiales más densos del mundo, sino también uno de los más escasos.
          »A los metales de ese grupo, el platino es uno de ellos, les encanta unirse al hierro. Es lo que hizo la mayor parte del iridio que había en la Tierra hace millones de años, cuando la superficie no se había solidificado; y, al ser tan pesado, se hundió hasta el núcleo, a miles de kilómetros de profundidad. Lo poco que queda de él en la corteza terrestre suele encontrarse mezclado con otros metales y para separarlos hace falta un complicado proceso químico.
          —¿Cómo de escaso es en comparación con otros metales?
          —Es escaso, muy escaso. Cómo se lo explicaría… Si pudiera juntar todo el iridio puro producido en todo el planeta a lo largo de un año, apenas reuniría un par de toneladas. El tamaño de una maleta grande. Llevaría décadas, con la tecnología actual, conseguir la cantidad suficiente para construir algo así. Es un material muy escaso en la Tierra y tampoco existen por ahí tantas condritas.
          —No la sigo.
          —Lo siento. Tantos meteoritos; meteoritos pétreos. El iridio es tan escaso en las rocas de la Tierra que a menudo resulta indetectable. La mayor parte se extrae de meteoritos que no se han consumido del todo al entrar en la atmósfera. Para construir algo como esa cámara, y parece sensato suponer que no fue lo único que construyeran, habría que ir a buscarlo donde abunde mucho más que en la superficie de la Tierra.
          —¿Viaje al centro de la Tierra?
          —Sí, una opción sería Julio Verne. Para obtener esta clase de metal en grandes cantidades, habría que extraerlo a miles de kilómetros de profundidad o poder traerlo del espacio. Con todos los respetos por el señor Verne, estamos muy lejos de poder excavar tan hondo. Nuestras minas más profundas son un simple agujero en el asfalto de una carretera en comparación con lo que sería necesario. El espacio parece más factible. Hay en la actualidad compañías privadas que esperan traer agua y metales preciosos del espacio en un futuro cercano, aunque todos esos proyectos están todavía en una etapa inicial. De todos modos, si fuera posible explotar asteroides, se podría obtener mucho más iridio, muchísimo más.
          —¿Qué más me puede contar?
          —Más o menos esto es todo. Tras analizarla durante unos meses con todos los instrumentos conocidos, sentí que no llegaba a ninguna parte. Sabía que estábamos haciendo las preguntas equivocadas, pero no sabía cuáles eran las correctas. Así que presenté un informe preliminar y solicité una excedencia.
          —Refrésqueme la memoria. ¿Cuál fue la conclusión de ese informe?
          —Que eso no lo hemos construido nosotros.
          —Interesante. ¿Y cuál fue la reacción?
          —Solicitud concedida.
          —¿Eso fue todo?
          —Sí. Creo que desearon que no volviera. No usé en ningún momento la palabra extraterrestre, pero eso es probablemente lo único que extrajeron de mi informe.
          —¿Y no es lo que quería decir?
          —No exactamente. Puede haber una explicación más prosaica en la que no haya caído. Como científica, lo único que puedo decir es que los seres humanos actuales no tenemos los recursos, el conocimiento ni la tecnología necesarios para construir algo así. Es del todo posible que los conocimientos metalúrgicos de alguna civilización antigua fueran superiores a los nuestros; de todos modos, la cantidad de iridio disponible habría sido la misma, tanto si hablamos de hace cinco mil, diez mil o veinte mil años. Así que, para responder a su pregunta, no, no creo que los seres humanos construyeran estas cosas. Saque a partir de ahí la conclusión que quiera.
          »No soy tonta, sabía que con aquello seguramente estaba poniendo fin a mi carrera. Desde luego, perdí toda credibilidad ante la NSA, pero ¿qué tenía que hacer? ¿Mentir?
          —¿Qué hizo tras presentar el informe?
          —Volví a casa, donde había empezado todo. Hacía casi cuatro años que no volvía, desde la muerte de mi padre.
          —¿Dónde está su casa?
          —Soy de un lugar llamado Deadwood, a una hora al noroeste de Rapid City.
          —No conozco esa zona del Medio Oeste.
          —Es un pueblo construido durante la fiebre del oro. Un lugar lleno de tipos pendencieros, como en las películas: los últimos burdeles se clausuraron cuando yo era niña. Si somos famosos por algo, aparte de por una serie de la HBO que sólo duró una temporada, es porque allí mataron a Wild Bill Hickok. Deadwood sobrevivió al final de la fiebre del oro y a unos cuantos incendios, aunque la población se acabó reduciendo a unos mil doscientos habitantes.
          »Desde luego, no es un sitio próspero, pero ahí sigue. Y el paisaje es impresionante. Se encuentra justo en el límite del Parque Nacional de Black Hills, con sus extrañas formaciones rocosas, sus hermosos bosques de pinos, sus rocas peladas, sus cañones y desfiladeros. No creo que haya nada más hermoso sobre la Tierra. Entiendo que alguien quisiera construir algo allí.
          —¿Todavía lo considera su hogar?
          —Sí, es parte de lo que soy, aunque es probable que mi madre discrepe. Parecía vacilante cuando me abrió la puerta. Ya casi no hablábamos. Sentí que no me había perdonado que no hubiera vuelto nunca, ni siquiera para el funeral de mi padre, que la dejara sola soportando la pérdida. Todos tenemos alguna forma de sobrellevar el dolor, y supongo que en el fondo mi madre comprendía que esa era la mía, pero había rabia en su voz, como si los reproches que nunca se había atrevido a hacerme hubieran estropeado nuestra relación para siempre. Yo lo aceptaba. Ella había sufrido mucho, así que tenía derecho a estar resentida. Apenas hablamos durante los primeros días, pero luego enseguida establecimos una especie de rutina.
          »Dormir en mi antigua habitación me trajo recuerdos. De niña a menudo me levantaba por la noche y me sentaba junto a la ventana para ver a mi padre partir a la mina. Me visitaba todas las noches antes de su turno y me hacía elegir un juguete que guardaba en la fiambrera. Decía que de ese modo pensaría en mí cuando la abriera y acudiría a pasar la pausa de su almuerzo conmigo en mis sueños. No hablaba mucho, ni conmigo ni con mi madre, pero sabía lo importantes que son las pequeñas cosas para un niño y siempre encontraba tiempo para entrar en mi habitación y arroparme antes de irse. ¡Cuánto deseé que mi padre estuviera allí para poder hablar con él! No era un científico, pero tenía una visión clara de las cosas. Con mi madre no podía hablar del asunto.
          »Llevábamos ya varios días de conversaciones breves pero agradables, lo cual suponía un grato cambio con respecto a los intercambios de cortesías a propósito de la comida que habíamos mantenido desde mi llegada. Sin embargo, mi trabajo era secreto y me esforzaba por mantener nuestros diálogos alejados de lo que tenía en la cabeza. Resultó más fácil conforme pasaron las semanas, pues me encontré dedicando más tiempo a recordar anécdotas infantiles que a pensar en la mano.
          »Pasó casi un mes antes de que me decidiera a dar un paseo hasta el lugar donde la había visto por primera vez. El agujero estaba ya cubierto desde hacía tiempo. De la tierra y entre las piedras crecían pequeños árboles. No había nada que ver. Mi caminata se prolongó hasta la caída de la noche. ¿Por qué había encontrado la mano? Tenía que haber sin duda otras estructuras semejantes. ¿Por qué nadie las encontraba? ¿Por qué había sucedido aquel día? La mano llevaba durmiendo milenios. ¿Por qué había ocurrido entonces? ¿Cuál fue el desencadenante? ¿Qué elemento estuvo presente veinte años atrás que no lo estuviera durante miles de años?
          »Entonces lo comprendí. La pregunta correcta era esa. Tenía que averiguar qué la había activado.

Inicia sesión y deja un comentario