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Mil millones de años hasta el fin del mundo, primer capítulo

Mil millones de años hasta el fin del mundo - Avance - Destacada

En primicia, el primer capítulo de la novela inédita de los hermanos Strugatski que se pone a la venta el 11 de septiembre.

El próximo 11 de septiembre, la editorial Sexto Piso publica una novela inédita de los hermanos Strugatski: Mil Millones de Años Hasta el Fin del Mundo. La novela está protagonizada por Dmitri Maliánov, un científico que está a punto de terminar un proyecto por el que espera conseguir un premio Nobel. Pero después de imponerse un retiro voluntario para terminar el proyecto con tranquilidad, verá cómo se le empiezan a complicar las cosas con todo tipo de interferencias que se convertirán en obstáculos en su carrera por su premio.

El libro tendrá un precio de 16,90 €, 172 páginas y vendrá en rústica con sobrecubiertas. La editorial ha tenido la amabilidad de cedernos en exclusiva el primer capítulo de la novela para que podáis empezar a leerla una semana antes. ¡A disfrutar!

Mil millones de años hasta el fin del mundo - Portada

Capítulo 1

Extracto 1. … el blanco calor de julio, el más sofocante en dos siglos, abrasaba la ciudad. La calima se extendía por encima de los tejados recalentados, todas las ventanas de la ciudad estaban abiertas de par en par, y, a la tenue sombra de los árboles exhaustos, sudaban y se derretían las ancianas, sentadas en los bancos junto a los portales.
          El sol cruzó el meridiano y se hincó en los fatigados lomos de los libros, golpeó en los cristales de la estantería, en las puertas bruñidas de los armarios, y las manchas de luz, ardientes y furiosas, empezaron a temblar en el papel pintado. Se avecinaba el calvario de la tarde: ya estaba próxima la hora en que el sol colérico, colgando inmóvil sobre los doce pisos del afilado edificio de la acera de enfrente, descargaría toda su artillería sobre el piso.
          Maliánov cerró la ventana –las dos hojas– y corrió las gruesas cortinas amarillas. Después se puso unos calzoncillos y se arrastró descalzo hasta la cocina, donde abrió la puerta del balcón.
          Eran poco más de las dos.
          En la mesita de la cocina, entre migas de pan, resplandecía una naturaleza muerta compuesta por una sartén con los restos resecos de unos huevos revueltos, un vaso de té a medias y un mendrugo mordisqueado con huellas de mantequilla derretida.
          –Nadie ha fregado y nada se ha fregado1 –dijo Maliánov en voz alta.
          La pila estaba hasta arriba de platos sucios. Hacía mucho que allí no se fregaba.
          Haciendo crujir una tabla del entarimado, salió de por ahí Kaliam, amodorrado por el calor; miró a Maliánov con sus ojos verdes, abrió la boca en silencio y volvió a cerrarla. Acto seguido, con la cola levantada, se metió por debajo de la cocina y alcanzó su plato. No había nada en ese plato, aparte de unas raspas peladas de pescado.
          –Quieres comer… –dijo Maliánov, fastidiado.
          Kaliam respondió de inmediato, dando a entender que sí, que no estaría mal de una vez.
          –Pero si esta mañana te han puesto de comer –dijo Maliánov, poniéndose en cuclillas delante de la nevera–. Ah, no, no te ha puesto nadie… Fui yo quien te puso ayer por la mañana…
          Sacó la cazuela de Kaliam y echó un vistazo: había algunas hebras de carne, un poco de gelatina y una aleta de pescado pegada al borde. Y en la nevera menos todavía, si se puede decir eso. Un envase vacío de queso fundido Yantar, una botella con restos de kéfir que daba miedo verla y, para beber, una botella de vino llena de té frío. En el cajón de las verduras, entre unas peladuras de cebolla, sobrevivía media cabeza arrugada de repollo del tamaño de un puño, y una solitaria patata con brotes languidecía en el olvido. Maliánov echó un vistazo al congelador: allí, entre montones de escarcha, se preparaba para la invernada un minúsculo pedazo de tocino en un platillo. Eso era todo.
          Kaliam ronroneó y se frotó los bigotes en la rodilla desnuda de Maliánov. Éste cerró de un portazo la nevera y se puso de pie.
          –No pasa nada –le dijo a Kaliam–. De todos modos, ahora está todo cerrado, es la hora de comer.
          En última instancia, podía ir al Moskovski,2 donde sólo cerraban de una a dos, pero allí siempre había colas, y el camino se hacía demasiado largo, con aquel calor… Por lo demás, ¡vaya una chapuza de integral le había salido! Bueno, está bien… Pongamos que es cosa de la constante… de omega no depende. Está claro que no. De consideraciones más generales se sigue que no puede depender de eso. Maliánov se imaginó aquella esfera y la integración extendiéndose por toda la superficie. La fórmula se le había ocurrido a Zhukovski de buenas a primeras, como salida de la nada. Así, sin más. Maliánov se la quitó de la cabeza, pero la fórmula reapareció. «Habrá que probar con las representaciones conformes»,3 pensó.
          El teléfono repiqueteó una vez más, y en ese momento quedó claro que Maliánov estaba de vuelta en la habitación. Soltó un juramento, cayó de lado en el diván y extendió la mano hacia el teléfono.
          –¿Sí?
          –¿Vitia? –preguntó una enérgica voz de mujer.
          –¿Adónde llama usted?
          –¿No es Intourist?4
          –No, esto es una vivienda…
          Maliánov colgó y estuvo un rato sin moverse, tumbado en el diván, notando cómo se le pegaba la lanilla al costado desnudo y empezaba a chorrearle un desagradable sudor. Las cortinas relucían, y la habitación se iba llenando de una agobiante luz amarilla. El aire parecía gelatina. Tenía que trasladarse al cuarto de Bobka,5 eso es. Aquello era una sauna. Miró su escritorio, cubierto de papeles y libros. Sólo de Vladímir Ivánovich Smirnov6 eran ya seis tomos… Y luego todos esos papeles repartidos por el suelo. Daba miedo pensar en trasladarse. «Un momento, antes de la interrupción se me había ocurrido algo… Maldita sea… Habrase visto la tonta esa, con su Intourist… A ver, yo estaba en la cocina, y al final he venido a parar aquí… ¡Ah! ¡Las representaciones conformes! Una idea disparatada. De todos modos, habrá que examinarla…».
          Se levantó gruñendo del diván, y en ese mismo instante el teléfono volvió a sonar.
          –Idiota –le dijo al aparato, y cogió el teléfono–. ¿Sí?
          –¿Es ahí la cochera? ¿Con quién hablo? ¿Es la cochera? Maliánov colgó y marcó el número de averías.
          –¿Averías? Le llamo del número 93-98-07… Verá, ayer ya les llamé una vez. Me es imposible trabajar, no paran de llamarme…
          –¿Cuál es su número? –le cortó una maliciosa voz femenina.
          –93-98-07… Lo mismo me llaman preguntando por Intourist, que por un garaje o por…
          –Cuelgue. Lo comprobaremos.
          –Por favor… –dijo Maliánov en tono implorante, hablándole ya al tono de línea ocupada.
          A continuación se arrastró hasta el escritorio, se sentó y cogió un bolígrafo. Veamos… ¿Dónde habré visto yo, después de todo, esa integral? Una integral tan elegante, simétrica por todas partes… ¿Dónde la habré visto? Y nada de una constante, ¡sencillamente cero! Bueno, está bien. Vamos a dejarla para el final. No es que me guste dejar nada para el final, es algo de lo más fastidioso, como una muela picada…
          Se dedicó a revisar las hojas con los cálculos de la víspera, y de repente se sintió en la gloria. Pero si estaba bien, claro que sí… ¡Bravo por Maliánov! ¡Qué tío! Parece que, por fin, algo te sale bien. Y hay que decir, hermano, que es algo bueno de verdad. No es una de esas «figuras de pernos en un gran instrumento de tránsito»;7 ¡es algo que nadie ha hecho antes que tú! Lagarto, lagarto, toquemos madera… A esa integral que la parta un rayo… ¡Venga! ¡Adelante!
          Se oyó un timbrazo. La puerta. Kaliam saltó del diván y, con la cola levantada, corrió al recibidor. Maliánov dejó cuidadosamente la pluma.
          –Están desatados, la verdad –comentó.
          Kaliam describía unos círculos impacientes en el recibidor y gruñía, incomodando al recién llegado.
          –¡Kaaaliaaam! –dijo Maliánov en un tono de amenaza contenida–. ¡Venga, Kaliam, largo!
          Abrió la puerta. Al otro lado había un tipo enclenque, sin afeitar y sudoroso; la chaqueta que llevaba, de un color indefinido, le quedaba corta. Inclinándose levemente hacia atrás con todo el cuerpo, sostenía una enorme caja de cartón. Fue derecho hacia Maliánov farfullando algo indescifrable.
          –Usted… eeeh… –musitó Maliánov, dejándole pasar.
          El alfeñique ya estaba en el recibidor; miró a la derecha, al cuarto, y torció resueltamente hacia la izquierda, en dirección a la cocina, dejando a su paso unas huellas blancas de polvo en el linóleo.
          –Permítame… eeeh… –balbuceó Maliánov, pisándole los talones.
          El hombre ya había depositado la caja en un taburete y se había sacado un fajo de facturas del bolsillo del pecho.
          –¿Es usted de la ZEK8 o qué? –Por alguna razón, a Maliánov se le ocurrió que finalmente se había presentado un fontanero para arreglarle el grifo del cuarto de baño.
          –De la tienda de alimentación –dijo el hombre con voz ronca, y le alargó dos facturas unidas con un imperdible–. Firme aquí.
          –¿Qué es esto? –preguntó Maliánov, y vio enseguida que se trataba de unos formularios de la sección de pedidos. Dos botellas de coñac, vodka…–. Espere –dijo–, a mí me parece que no hemos…
          Vio la cuenta. Se quedó helado. No había tanto dinero en el apartamento. Y, en cualquier caso, ¿a santo de qué? Su aterrada imaginación elaboró en un instante una secuencia penosa con todas las posibles complicaciones, como la necesidad de explicarse, rechazar la entrega, indignarse, apelar al sentido común… llamar, seguramente, adonde hubiera que llamar; puede que hasta tener que desplazarse… Pero en ese momento, en una esquina del recibo, descubrió un sello violeta: «PAGADO», y a continuación el nombre de quien había hecho el pedido: Maliánova, I. Y. ¡Irka…!9 No había quien entendiera nada.
          –Aquí, firme aquí… –farfulló el alfeñique, señalando con una uña luctuosa–. Donde está la marca…
          Maliánov tomó el lápiz y firmó.
          –Gracias… –dijo, devolviéndole el lápiz–. Muchas gracias… –repitió anonadado, atravesando a duras penas el angosto recibidor, al lado del alfeñique. Debería darle algo, pero no tenía suelto…–. Le estoy muy agradecido, ¡adiós…! –gritó a la espalda de la chaqueta corta, apartando sin contemplaciones con el pie a Kaliam, que intentaba salir a lamer el suelo de cemento del rellano de la escalera.
          Acto seguido Maliánov cerró la puerta y se quedó un rato parado en la penumbra. Algo bullía confusamente en su cabeza.
          –Qué raro… –dijo en voz alta, y se volvió a la cocina.
          Kaliam ya se estaba frotando contra la caja. Maliánov levantó la tapa y vio cuellos de botellas, paquetes, envoltorios, latas de conservas. En la mesa había quedado la copia de la factura. Vaya. El papel de carbón, como de costumbre, era una birria, pero la letra se podía entender. Calle de los Héroes… hum… Aparentemente, todo era correcto. Cliente: Maliánova, I. Y. No está nada mal, ¡salud! Miró el total. ¡Costaba creerlo! Le dio la vuelta a la factura. No había nada interesante en el envés. Un mosquito espachurrado y tieso. ¿Qué le pasaba a Irka? ¿Se había vuelto loca o qué? Debemos quinientos rublos… Espera… ¿No diría algo antes de marcharse? Hizo memoria del día de su partida: las maletas abiertas, las montañas de ropa desparramadas por toda la casa, Irka a medio vestir y ocupada con la plancha… No te olvides de dar de comer a Kaliam, tráele un poco de hierba… ya sabes, de esa puntiaguda… tampoco te olvides de pagar el alquiler… si llama el jefe, dale mi dirección. Aparentemente, eso era todo. Dijo algo más, pero en ese momento entró corriendo Bobka con su metralleta… ¡Ah, sí! Tenía que echar a lavar la ropa de cama… No entiendo una palabra.
          Maliánov sacó de la caja, con mucho cuidado, una botella. Coñac. ¡Como unos quince rublos, vaya que sí! Ni que fuera mi cumpleaños. ¿Cuándo se había marchado Irka? Jueves, miércoles, martes… Fue contando con los dedos. Hacía diez días que se había ido. De modo que el pedido había tenido que hacerlo antes. Habría vuelto a pedirle dinero prestado a alguien y había hecho el pedido. Una sorpresa. Hay que ver, quinientos rublos de deuda, y va ella y… ¡una sorpresa…! Lo único que estaba claro era que ya no tenía que ir a la tienda. Todo lo demás le resultaba confuso. ¿Su cumpleaños? No. ¿El aniversario de bodas? Seguro que tampoco. ¿El cumpleaños de Barbós?10 Es en invierno.
          Contó las botellas. Eran diez, ni una más ni una menos. ¿En quién estaría pensando? Yo no me bebo todo eso en un año. Vecherovski tampoco bebe casi nada, y Valka11 Weingarten no le cae nada bien… ¿No será que van a celebrar un banquete en su sección? Pero ¿para qué iba a encargar todo con diez días de antelación? Además, cómo van a celebrar un banquete si ahora cada uno ha tirado por su lado…
          Kaliam gruñó terriblemente. Intuía que había algo en la caja…

Extracto 2. … un poco de salmón en su jugo y una loncha de jamón con un pedazo rancio de pan. Después se puso a fregar lavajilla. Estaba clarísimo que con semejantes maravillas en la nevera la suciedad de la cocina resultaba particularmente indecorosa. En ese tiempo el teléfono sonó dos veces, pero Maliánov se limitó a echar la mandíbula hacia delante. No pienso cogerlo, y punto. Al diablo con sus garajes y sus cocheras. La sartén también habrá que lavarla, qué remedio. Ahora la sartén se necesita para metas más altas que unos tristes huevos revueltos… Porque aquí, ¿dónde está la cuestión? Si la integral efectivamente es cero, entonces lo único que queda en la parte derecha son la primera y segunda derivadas… No acabo de entender el sentido físico de esto, pero da igual: el caso es que salen unas burbujas perfectas. ¿Y bien? Así las voy a llamar: burbujas. No, puede que «cavidades» quede mejor. Cavidades de Maliánov. «Cavidades M». Hum…
          Colocó la vajilla limpia en las estanterías y echó un vistazo a la cazuela de Kaliam. Todavía estaba demasiado caliente, echaba humo. Pobre Kaliámushka. Va a tener que esperar. A Kaliámushka le va a tocar sufrir un poco más, hasta que se enfríe…
          Se estaba secando las manos cuando de pronto se le ocurrió una idea, igual que la víspera, e igual que la víspera al principio no le dio crédito.
          –Espera un poco, espera… –murmuró febrilmente, y las piernas ya estaban tirando de él por el pasillo, por el frío linóleo que se le pegaba a los talones, a través del espeso calor amarillo, hasta su escritorio, hasta el bolígrafo…
          Demonios, ¿dónde estará? No tiene tinta. Por aquí había un lápiz… Y, entretanto, como plan alternativo o, mejor dicho, como plan básico, fundamental: la función de Hartwig… y toda la parte derecha como si no existiera… las cavidades presentan simetría axial… Y ¡la integral ya no es cero! Es decir, hasta tal punto difiere de cero, esta integral mía, que la magnitud es significativamente positiva. Pero la imagen, ¡ay, vaya una imagen que presenta! ¿Cómo no me he dado cuenta desde el primer momento? No pasa nada, Maliánov; no pasa nada, hermano; tú no eres el único. Ya lo ves, ese académico tampoco se ha dado cuenta… En un espacio amarillo, ligeramente curvado, las cavidades con simetría axial giraban lentamente, como burbujas gigantescas; la materia las rodeaba en su fluir, tratando de infiltrarse a través de ellas, aunque sin conseguirlo; en el límite la materia se comprimía hasta alcanzar una densidad inconcebible, y las burbujas empezaban a iluminarse. Sólo Dios sabe lo que se estaba gestando allí… No pasa nada, eso ya lo aclararemos… Habrá que analizar la estructura de las fibras, eso lo primero. Y, en segundo lugar, lo de los arcos de Ragozin. Y después las nebulosas planetarias. ¿Qué se creían, queridos míos? ¿Que no eran más que cáscaras en expansión, desechadas? ¡Vaya unas cáscaras! ¡Todo lo contrario!
          Aquel maldito teléfono volvió a sonar. Maliánov bramó con odio, sin dejar de escribir. Qué demonios, había que desconectarlo ya mismo. Tiene ahí un interruptor… Se echó en el diván y cogió el aparato.
          –¿Sí?
          –¿Mitka?12
          –Sí… ¿Quién es?
          –¿No me reconoces, cacho perro? –Era Weingarten.
          –Ah, Valka. ¿Qué quieres?
          Weingarten titubeó.
          –¿Por qué no cogías el teléfono? –preguntó.
          –Estoy trabajando –respondió Maliánov, furioso. Se mostraba muy poco afable. Estaba deseando volver a su mesa de trabajo y acabar de ver la imagen con las burbujas.
          –Trabajando… –Weingarten resopló–. O sea, elaborando tu obra inmortal…
          –¿Qué hay? ¿Querías pasarte un rato por aquí?
          –¿Pasarme? No, no se trata de eso…
          Maliánov acabó de perder los estribos.
          –Entonces, ¿qué es lo que quieres?
          –E-e-escucha, padre… ¿Qué estás haciendo ahora?
          –¡Estoy trabajando! ¡Ya te lo he dicho!
          –No es eso… Lo que quería saber es en qué estás trabajando.
          Maliánov se quedó desconcertado. Conocía a Weingarten desde hacía veinticinco años, y jamás se había interesado por los trabajos de Maliánov; de siempre, lo único que le había interesado era el propio Weingarten, así como dos objetos enigmáticos: un dvugrívenny de 1934, y un «poltínnik13 consular» –así lo llamaban–, que en realidad no era un poltínnik, sino un sello postal especial… El muy desgraciado no tiene nada que hacer, supuso Maliánov. Es un bocazas… ¿O es que necesita un techo y no se decide a soltarlo? Y en ese momento se acordó de Avérchenko.14
          –¿Que en qué estoy trabajando? –repitió la pregunta con alegría malsana–. Si lo deseas, te lo puedo contar con todo lujo de detalles. A ti, como biólogo, te va a parecer enormemente interesante. Ayer por la mañana, finalmente, salí del impasse en que me encontraba. Resulta que, de acuerdo con las premisas más generales respecto de las funciones potenciales, mis ecuaciones de movimiento incluyen una integral adicional, aparte de la integral de la energía y de las integrales de los momentos. Viene a ser una especie de generalización del problema de los tres cuerpos restringido. Si la ecuación de movimiento se expresa en forma vectorial, y se aplica la trasformación de Hartwig, se completa la integración para todo el volumen, y todo el aparato matemático se reduce a ecuaciones integro-diferenciales del tipo de Kolmogórov-Feller…
          Para su enorme sorpresa, Weingarten no le interrumpía. Por un momento Maliánov llegó a pensar que les habían cortado la comunicación.
          –¿Me estás escuchando? –preguntó.
          –Sí, sí, te estoy escuchando con suma atención.
          –Y ¿hasta puede que me entiendas?
          –Algo voy pillando –dijo Weingarten, animado, y Maliánov se dio cuenta por primera vez de lo rara que sonaba su voz.
          Hasta se asustó.
          –¿Ha pasado algo, Valka?
          –¿Dónde? –preguntó Weingarten, titubeando una vez más.
          –¿Cómo que dónde…? A ti, naturalmente. Te noto la voz un poco rara… ¿Es que no puedes hablar a gusto?
          –Nada de eso, padre. Todo eso son bobadas. Estoy bien. Sólo me fastidia el calor. ¿Conoces el chiste de los dos gallos?
          –No. ¿Cómo es?
          Weingarten contó el chiste de los dos gallos, un chiste de lo más estúpido, pero bastante gracioso. No parecía un chiste de Weingarten en absoluto. Maliánov, naturalmente, lo escuchó, y se rio a su debido tiempo, pero el chiste sólo consiguió agudizar la sensación de que algo no iba bien con Weingarten. Seguro que ha tenido otra bronca con Svetka, pensó sin excesiva convicción. Han vuelto a arruinarle el epitelio. En ese momento Weingarten preguntó:
          –Escucha, Mitka… ¿No te dice nada el apellido Snegovói?
          –¿Snegovói? ¿Arnold Pálych?15 Bueno, un vecino mío se llama así; vive justo enfrente, en la otra punta del rellano… ¿Por qué?
          Weingarten tardó un rato en responder. Incluso dejó de resoplar. Por el teléfono sólo se oía un suave tintineo: seguramente le había dado por juguetear con su colección de dvugrívennye. Después dijo:
          –Y ¿a qué se dedica tu Snegovói?
          –Me parece que es físico. Trabaja en no sé qué contenedor. Ultrasecreto. Y tú, ¿de qué lo conoces?
          –No, si yo no lo conozco –dijo Weingarten con un pesar incomprensible, y en ese momento sonó el timbre de la puerta.
          –¡Está claro que se han vuelto majaretas! –dijo Maliánov–. Espera, Valka, que me echan la puerta abajo…
          Weingarten dijo algo, puede que hasta gritase, pero Maliánov ya había arrojado el teléfono al diván y había salido disparado al recibidor. Kaliam, no hace falta decirlo, volvió a enredársele entre las piernas, y a punto estuvo Maliánov de irse al suelo.
          Nada más abrir la puerta, dio un paso atrás. En el umbral había una joven vestida con un minisarafán,16 muy bronceada, con el pelo corto quemado por el sol. Guapa. Desconocida. (Maliánov fue consciente desde el primer momento de que estaba en calzoncillos y de que tenía la tripa sudada). Había dejado una maleta a sus pies, y llevaba un guardapolvo echado al brazo.
          –¿Dmitri Alekséievich? –preguntó avergonzada.
          –S-sí… –acertó a decir Maliánov. ¿Una pariente? ¿Zina, la prima segunda de Omsk?
          –Perdóneme, Dmitri Alekséievich… Seguramente no llego en el mejor momento… Aquí tiene.
          Le alargó un sobre. Maliánov lo cogió sin decir nada y sacó una hoja de dentro. Unos sentimientos atroces contra todos los parientes del mundo, y en particular contra esta prima segunda, Zina…, ¿o era Zoia…?, bullían lúgubremente en su alma…
          Sin embargo, resultó que no era la prima Zina. Con letras grandes y evidentemente apresuradas, Irka le escribía unas líneas sin ton ni son:

¡Dimkin! Ésta es Lidka Ponomariova, mi mejor amiga del colegio. Ya te he hablado de ella. Trátala bien, no va a quedarse mucho tiempo. No seas grosero con ella. Todo va bien. Ya te contará ella misma. Un beso, I.

 
          Maliánov emitió un largo aullido inaudible para el mundo,17 cerró los ojos y los abrió de nuevo. No obstante, sus labios, automáticamente, ya habían compuesto una sonrisa hospitalaria.
          –Encantado… –declaró, en un tono amigablemente desenfadado–. Pase, Lida, se lo ruego… Disculpe mi aspecto. ¡Este calor!
          De todos modos, era evidente que había algo anómalo en su cordialidad, porque en el rostro de la bella Lida surgió de pronto una expresión de desconcierto, y por alguna razón se volvió a mirar el rellano vacío, inundado de sol, como preguntándose si había ido a parar al lugar adecuado.
          –Permítame su maleta… –se apresuró a decir Maliánov–. Pase, pase, no sea tímida… La chaqueta puede colgarla ahí… Ésta es la habitación más grande, yo trabajo aquí, y ésta es la de Bobka… Que será la suya… ¿A lo mejor quiere darse una ducha?
          En ese momento un graznido nasal le llegó desde el diván.
          –¡Perdón! –exclamó–. Póngase cómoda, póngase cómoda, que ahora mismo…
          Cogió el teléfono y oyó cómo Weingarten, monótonamente, con una voz que no parecía la suya, repetía:
          –Mitka… Mitka… Contesta, Mitka…
          –¡Aló! –dijo Maliánov–. Valka, escucha…
          –¡Mitka! –bramó Weingarten–. ¿Eres tú?
          Maliánov llegó a asustarse.
          –¿Por qué chillas? Acaba de llegar alguien, perdona… Ya te llamo más tarde.
          –¿Quién? ¿Quién ha llegado? –preguntó Weingarten con una voz horrible.
          Maliánov sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo. Valka se ha vuelto loco. Caray, qué día…
          –Valka –dijo muy tranquilo–. ¿Qué te pasa hoy? El caso es que ha venido una mujer… Una amiga de Irka…
          –¡Qué cabrón! –dijo Weingarten de pronto, y colgó el aparato…



1. Se trata de una paráfrasis del verso final del epitafio –obra de la escritora Olga Fiódorovna Bergholz (1910-1975)– grabado en la estela conmemorativa del cementerio de Piskariovka, dedicada a las víctimas del bloqueo de Leningrado; el verso original dice: «Nadie ha sido olvidado y nada se ha olvidado». [Ésta y todas las que siguen son notas del traductor]. (Volver.)
2. El Moskovski Prospekt es una larga avenida (de unos 10 km de longitud) de San Petersburgo. (Volver.)
3. En matemáticas, una «representación conforme» (o «transformación conforme») es una función que preserva localmente los ángulos. (Volver.)
4. Agencia de viajes estatal soviética. (Volver.)
5. Diminutivo de Boba, forma hipocorística del nombre Borís. (Volver.)
6. Vladímir Ivánovich Smirnov (1887-1974), eminente matemático, miembro de la Academia de Ciencias; su Curso de matemáticas superiores (1924- 1947), en cinco tomos, tuvo una gran difusión entre los estudiantes rusos. (Volver.)
7. Los «instrumentos de tránsito» son instrumentos astronómicos empleados para observar el tránsito de un objeto astronómico a través del meridiano del observador. (Volver.)
8. La ZEK (siglas de la Zhilishchno-ekspluatatsiónnaia kontora, Oficina de Servicios a la Vivienda) era el departamento encargado del mantenimiento y gestión de las viviendas estatales en la URSS. (Volver.)
9. Diminutivo de Ira, forma hipocorística del nombre Irina. (Volver.)
10. Nombre para perros muy común en Rusia. (Volver.)
11. Forma hipocorística del nombre Valentín; también aparecen en la novela las variantes Valia y Val. (Volver.)
12. Forma hipocorística del nombre Dmitri; más adelante aparecen otras variantes, como Mitia, Dima, Dimka, Dimkin o Dímochka. (Volver.)
13. Un dvugrívenny era una moneda de veinte kopeks (es decir, de dos grivny); el poltínnik equivalía a medio rublo (o cincuenta kopeks). (Volver.)
14. Se alude aquí al relato «Día del hombre» (1911), del popular escritor satírico Arkadi Timoféievich Avérchenko (1881-1925), donde el protagonista se encuentra en una situación similar. (Volver.)
15. Pálych es la variante coloquial del patronímico Pávlovich, forma que también aparece en la novela. (Volver.)
16. El sarafán es una prenda de vestir femenina tradicional rusa. Por lo común, era un vestido largo y recto, sin mangas; actualmente se emplea como vestimenta veraniega, ligera. (Volver.)
17. La expresión «inaudible para el mundo» está inspirada en otra análoga que aparece en la novela Almas muertas (1842) de Nikolái Vasílievich Gógol (1809-1852). (Volver.)


© 1976, 1977 Arkadi y Borís Strugatski
© 2017 Editorial Sexto Piso
© 2017 Fernando Otero Macías, por la traducción

Mil millones de años hasta el fin del mundo sale a la venta el 11 de septiembre de 2017.

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