Monstruos rotos de Lauren Beukes: Primeros capítulos | Fantífica

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Monstruos rotos de Lauren Beukes: Primeros capítulos

Monstruos rotos - Avance - Destacada

En enero llega a España la cuarta novela de la autora sudafricana Lauren Beukes.

El aficionado medio a la ciencia ficción quizá ya conozca a Lauren Beukes, a quien entrevistamos por aquí hace ya un par de años. En 2013 se publicó de mano de RBA y con traducción de Pilar Ramírez Tello Las luminosas, tercera novela de la autora sudafricana, que narraba la búsqueda de un asesino en serie capaz de viajar en el tiempo. Monstruos rotos, su cuarta novela (publicada en inglés en 2014) llegará a España próximo 20 de enero con traducción de Rubén Martín Giráldez, y la editorial Siruela ha tenido la amabilidad de dejarnos en primicia sus dos primeros capítulos para que podáis ir leyéndolos ya.

En Monstruos rotos seguimos a una inspectora de policía a la caza de un asesino en serie con unas inquietudes artísticas un tanto peculiares que pondrá en jaque al departamento de policía de Detroit. Un escenario decadente, la obsesión adolescente por internet, el terror y la fragilidad de la mente y el cuerpo humanos son solo algunos de los elementos que convierten Monstruos rotos en una ficción imprescindible que traspasa la frontera de cualquier género. Y también hay elementos fantásticos, claro, o no estaríamos hablando de ella aquí. Sin más, os dejamos con su principio.

Monstruos Rotos - Portada
Soñé con un chico que en lugar de pies tenía
muelles para saltar muy alto. Tan alto que no había manera
de atraparlo. Aunque al final lo logré. Pero luego
no se volvió a levantar.
Me dejé la piel. Le conseguí unos pies nuevos.
Hice un trabajo de primera,
ni os lo podéis imaginar.
Pero no se levantó. Y la puerta
no se abrió.

Domingo 9 de noviembre.

Bambi

          El cuerpo. El-cuerpo-el-cuerpo-el-cuerpo, piensa. Las palabras pierden el sentido cuando las repites. Lo mismo les sucede a los cuerpos, aun con todas sus variantes. Un muerto es un muerto. Los cómos y los porqués son lo único que cambia. Repasemos. Por congelación. Disparo. Puñaladas. Apaleamiento con un objeto romo, con un objeto afilado, sin objeto alguno cuando los puños bastan. Pim pam y arreando. ¡No sabes lo que te va tocar! Pero hasta para la violencia hay límites creativos.
          Gabriella querría que alguien se lo hubiese dicho al cabrón degenerado que ha hecho esto. Porque esto es una cosa dis-tin-ta. Que es como se llamaba, casualmente, la trabajadora sexual a la que soltó con un aviso la semana pasada. Eso es casi lo único que hace el Departamento de Policía de Detroit últimamente, repartir avisos inútiles en La. Ciudad. Más. Violenta. De. Estados. Unidos. Tararán. Le parece oír la voz de su hija, el tono teatral de película de miedo que emplearía Layla para enfatizar esas palabras. Todos los apelativos con los que carga Detroit, arrastrando su tremendo simbolismo tras de sí como las latas que cuelgan de un coche con la inscripción de «Recién casados». ¿Hay alguien que siga haciendo eso, latas y espuma de afeitar?, se pregunta. ¿Lo ha hecho alguien alguna vez? ¿O es algo que se han inventado, como lo de que un diamante es para siempre, el Santa Claus vestido de rojo Coca-Cola o que las madres estrechan lazos con sus hijas frente a un par de yogures helados desnatados? Ella ha descubierto que las mejores conversaciones que mantiene con Layla son las que se desarrollan en su cabeza.
          —¿Inspectora? ¿Está usted…? —pregunta el agente de uniforme. Porque está ahí plantada en la penumbra del túnel, mirando fijamente al chico con las manos enterradas en los bolsillos de la chaqueta. Se ha dejado los puñeteros guantes en el coche y tiene los dedos entumecidos por el viento helado que se cuela desde del río. El invierno enseña los dientes, aunque justo acaba de empezar noviembre.
          —Sí, perfectamente —lo interrumpe mientras lee el nombre de la placa—. Estoy pensando en el adhesivo, agente Jones.
          Porque solo con superglue no habría manera. Mantener unidas las partes mientras movían el cuerpo. Aquí no es donde murió el chico. No hay bastante sangre en el escenario. Y ni rastro de la mitad que falta.
          Negro. No es ninguna sorpresa en esta ciudad. Diez años, diría. Tal vez más si tenemos en cuenta una posible malnutrición o problemas de desarrollo. Pongamos entre diez y dieciséis. Desnudo. Desnudo hasta donde le es posible estarlo. Es más que probable que el resto del cuerpo lleve pantalones, la cartera en el bolsillo de atrás y un móvil sin saldo que aun así haría que llamar a su madre fuese muchísimo más fácil.
          Dondequiera que esté el resto.
          Está tumbado de lado, las piernas encogidas, los ojos cerrados, aspecto sereno. La posición de recuperación. Solo que él no se va a recuperar nunca y que esas no son sus piernas. Delgado como un fideo. La piel bonita, a pesar de que se ha vuelto amarillenta por la pérdida de sangre. Preadolescente, determina. Sin marcas de acné. Sin arañazos ni heridas, ni señal alguna de que opusiera resistencia ni de que nada malo le haya pasado. Por encima de la cintura.
          Por debajo de la cintura es otra historia. Madre mía. Eso es otro cantar. Tiene un tajo oscuro justo encima del sitio en el que deberían empezar las caderas, y por ahí de alguna manera… lo han ensamblado a los cuartos traseros de un ciervo, pezuñas incluidas. La veta blanca de la cola asoma tiesa como una alegre banderita. El pelaje marrón está encrespado a causa de la sangre seca. Las carnes parecen fundirse en la juntura.
          El agente Jones se ha quedado un poco más atrás. El olor es horroroso. Gabriella deduce que los intestinos han sido seccionados, en ambos cuerpos, y están soltando mierda y sangre en las cavidades unidas. A esto hay que añadir el fuerte hedor proveniente de las glándulas odoríferas del ciervo. Se compadece del forense que tenga que abrir este desastre. Mejor eso que el papeleo, de todas formas. O que tratar con los puñeteros periodistas o, peor aún, con la alcaldía.
          —Tenga. —Se saca del bolsillo un botecito de brillo de labios. Lo compró en un arrebato con la intención de aplacar a Layla. Un cosmético con sabor a caramelo: eso fijo que salva la brecha que hay entre ellas—. No es mentol, pero algo es algo.
          —Gracias —responde él agradecido, cosa que lo señala como un PN. Puto Novato. Moja el dedo en el botecito y se extiende la untuosa crema bajo la nariz; un moco con sabor a cereza. Y con brillantina, descubre ahora Gabi, pero no se lo dice. Pequeños placeres.
          —No manche la escena del crimen —le advierte.
          —No, no, de ninguna manera.
          —Y no se le ocurra hacer fotos con el móvil para enseñárselas a sus colegas. —Mira a su alrededor, el túnel cubierto de grafitis que crecen como sarro en los muros desnudos de esta ciudad, el peso de la oscuridad minutos antes del amanecer, el tráfico escaso—. Vamos a mantener este asunto bajo control.
          No lo controlan ni por asomo.

Broken Monsters - Portada

Anoche me salvó la vida una DJ1

          Un codazo en la mandíbula saca de golpe a Jonno de las simas más profundas del sueño. Se despierta estremecido y desorientado y se sorprende en plena pelea con las sábanas. La chica de anoche —Jen Q— se da la vuelta con los brazos por encima de la cabeza, dejando a la vista un tatuaje de pájaros que va del pecho al hombro. No es consciente de que ha estado a punto de provocarle una conmoción cerebral. Le tiemblan los párpados en fase REM, atrapada en un sueño que la hace respirar entrecortadamente, de forma similar al jadeo de placer que le había arrancado él poco antes mientras lo cabalgaba, sujetándola por las caderas. Al correrse, echó la cabeza hacia atrás, sacudiendo la melena de trencitas con tan mala suerte para Jonno que una le dio en el ojo, lo que motivó la brusca interrupción del acto y lo dejó lagrimeando y parpadeando dolorido.
          —Tranquila… —le dice mientras le acaricia la espalda para que se le pase.
          Nota el halo oscuro de una resaca sobrevolando su cabeza, presta a abalanzarse sobre él. Pero no todavía. Sin ninguna lógica, el dolor del codazo en la mandíbula parece mantenerla a raya.
          —Mmmff —dice, no del todo despierta.
          Pero Jonno ha rasgado la envoltura de la pesadilla. Le pasa la palma de la mano por la curva de la cintura, bajo las sábanas. Su polla reacciona.
          Ya le ha hecho daño dos veces en una noche. Es muy posible que lo siguiente sea romperle el corazón. Lo había intuido por la forma en que justo después se puso a repetir «Ay, Dios mío, lo siento mucho» sin poder aguantarse la risa y se estrelló contra su pecho carcajeándose mientras a él le lagrimeaba el ojo. «Esto no es precisamente un gesto de solidaridad», se quejó en el momento, pero le resultó agradable el peso de su cuerpo sacudido por la risa.
          —¿Quieres volver a follar? —le susurra ahora al oído.
          —Mañana —murmura, sin embargo separa las piernas para que a él le quepa la mano—. Qué gusto. Sigue haciendo eso.
          Suspira y se da la vuelta para que él pueda colocarse a su espalda. Él le aprieta el miembro duro contra el culo mientras le masajea el clítoris con los dedos hasta que se da cuenta de que respira más profundamente porque se ha dormido. Genial.
          Se tumba bocarriba y echa un vistazo al cuarto, pero no se puede decir que haya demasiadas pistas. Ventiladores de madera en el techo: 1 unidad. Armarios modernos de estilo escandinavo: 1 unidad. Persianas de cañas en la ventana. La ropa de ambos esparcida por el suelo. Ni un libro, algo preocupante en el caso de que se plantee enamorarse de ella. ¿Le contó que era escritor?
          Se pregunta de qué será la Q. ¿Un apellido real o una coletilla de DJ? Jen X habría sido demasiado descarado, imagina. No es su estilo, según puede deducir por lo que sabe. Que es, para resumirlo en uno de los listículos de fácil asimilación que no se cansa de elaborar en lugar de ganarse la vida como una persona decente, lo siguiente:
          1) Las canciones que pinchó anoche en la fiesta supuestamente secreta en el Eastern Market, en el sótano de una tienda de camisetas, a la que acudió un centenar de personas. No recuerda la música que ponía, pero era ese momento de la noche en que todo se confunde en un bum bum bum.
          2) Su manera de bailar, con las trenzas retorcidas en lo alto de la cabeza para evitar precisamente la clase de golpe que le había dado a él. Fue lo primero en lo que se fijó. Se movía como si fuera feliz. Y cuando sus miradas se cruzaron le sonrió. Eso le gustó. No iba tan de sobrada como para no sonreírle.
          3) El modo impaciente con que se arrancaba el cigarrillo de la boca cuando estaban fuera, antes de conocerse, ligados únicamente por la camaradería del fumador, obligados a aguantar el frío con la vaga promesa de un enfisema en un futuro lejano. Hablaron sobre la Motown y el tecno. Sobre ese documental de Rodriguez. La quiebra. Todos los temas de conversación facilones de rigor. En un momento dado pensó que iba a dar una calada, y lo que hizo fue besarlo.
          4) Se enrollaron en el coche de ella. Su memoria retiene instantáneas, Instagrams en realidad, porque están borrosas en los bordes: siguiéndola por una callejuela cercada de setos que rodeaba una vivienda hasta una casita apartada, besándole el cuello mientras ella trasteaba con las llaves, el olor de su piel volviéndole loco, palabrotas, risas, su chisss repentino al abrirse la puerta y trastabillar hacia el interior.
          5) Los contornos de los muebles en la oscuridad mientras lo guiaba hasta el dormitorio. Borrachos los dos. O por lo menos él. Fue consciente por la manera en que el cuarto dio vueltas por unos instantes. Besos, tirones para sacarse la ropa. El tacto al penetrarla.
          Mierda. ¿Usaron condón? El estómago le da un vuelco al ocurrírsele, pero no por los motivos que se lo habrían provocado un año antes.
          La chica suelta un ronquidito de conejo y él esquiva otro golpe. Mal vamos. Por la lucidez de sus pensamientos es consciente de que no va a volver a dormirse. Se ha convertido en un experto en su propio insomnio. Normalmente, lo que lo despierta de golpe en plena noche con el corazón desbocado es el miedo. Se inclina en su lado de la cama intentando sacar su teléfono del bolsillo de la chaqueta. Las cuatro cuarenta y ocho. Es más tarde de lo habitual, que suelen ser las dos de la madrugada. Debería echar un polvo más a menudo. No me digas, Sherlock.
          Jonno no abre la bandeja del correo, aunque un número encima del sobre insiste en que tiene mensajes nuevos. También tiene nuevos mensajes de voz, según el dígito dentro de la imagen del bocadillo. En el pasado, los únicos símbolos que inspiraban un pavor tan tremebundo eran los signos de la peste. Una X negra pintada en la puerta.
          En lugar de eso, abre el navegador y busca Jen Q. Solo aparecen un par de páginas de resultados de búsqueda que se reducen a la lista de algún festival o alguna agenda de conciertos. Un escueto perfil en alguna página de reseñas musicales. Pero en lo que se refiere a redes sociales está en todas las salsas. Todas las habituales e incluso una página de MySpace, lo que significa que probablemente es un poco más mayor de lo que pensaba. Clica entre sus selfies, sus citas edificantes, sus publicaciones de autobombo. «Flipándolo con pinchar en el Coal Club esta noxe. ¡5 $ x cabeza!». Todo milongas superficiales, de cara a la galería. Él sabe de qué va.
          La resaca va remitiendo. Va a necesitar algo para mantenerla a raya.
          Aparta la colcha y se sienta en el borde de la cama a la espera de que se le pasen las náuseas. Jen ni se inmuta. Tiene ojos de mapache por culpa del lápiz corrido. Cate no se hubiese metido en la cama sin quitarse antes el maquillaje. Hace un frío que pela. La arropa con la colcha hasta los pájaros del hombro, se echa una chaqueta por encima y se tambalea hacia donde espera que se encuentre el cuarto de baño en busca de algo para la migraña.
          Debería escribir algo. Lo que fuese. En Detroit, a cada cuatro pasos te tropiezas con una historia. Pero los nativos ya las han escrito todas. Que te den por culo a ti y a tu Pulitzer, Charlie LeDuff, piensa mientras tienta la pared para encender la luz.
          Da un respingo al encenderse la lámpara halógena y ver su reflejo en el espejo del botiquín: no es que sea despiadado, es directamente perverso. Se examina la cara. El abotargamiento desaparecerá en cuanto recupere algo de sueño. Las reglas de George Clooney: las patas de gallo en un hombre son sexis y los rodales blancos en la barba zarrapastrosa de seis días son el sello de la experiencia. Treinta y siete años y todavía metiéndote en la cama con una DJ.
          Tampoco está tan mal, se dice burlón. Hace caso omiso a su trol interior, que lo pincha: Sí, pero no es Cate, ¿verdad?
          ¿Quién sabe?, piensa. Igual lo es. Igual es muy lista, profunda y divertida. Podría seguirla de aquí para allá, cada noche una actuación en una ciudad distinta, escribir en habitaciones de hotel.
          Claro, porque hasta el momento ese sistema te está yendo de perlas.
          —¿Te has perdido? —pregunta Jen apoyada en la puerta vestida con un camisón azul de franela feísimo. También tiene la cara un poco abotargada (algo encantador, a su manera). Se frota distraídamente la clavícula y deja a la vista un atisbo de piel suave.
          —Ah, ey. Estaba buscando un ibuprofeno. O lo que sea.
          —¿Has mirado en el botiquín? —Divertida, se estira y lo abre con un dedo. Hay un revoltijo de productos cosméticos, frascos de medicamentos, un paquete de tampones que le obligan a apartar la mirada como si volviese a tener doce años y, cosa alarmante, un puñado de agujas en su envoltorio de plástico. Coge uno de los frascos y le caen un par de aspirinas en la mano—. Puedes usar el vaso que hay encima del lavabo. Está limpio. ¿Vas a volver a la cama?
          —Claro.
          Se traga las pastillas y la sigue de vuelta al dormitorio.
          Ella se deshace del horrible camisón dejándolo caer de sus hombros como un luchador y se mete en la cama.
          —He visto la cara que ponías. No tienes que preocuparte, tengo «azúcar», como lo llamaba mi abuela.
          —¿Cómo?
          —Las agujas. Soy diabética. Las tengo de reserva por si acaso me quedo sin plumas. ¿O qué, te pensabas que te habías liado con una yonqui?
          —Por una décima de segundo se me ha pasado por la cabeza.
          —¿No te has alegrado de que hayamos usado protección?
          —¿La hemos usado? —Ahuyenta el ramalazo de decepción—. Estoy un poco atontado. No es que importe, ya que no eres una, bueno, hmmm.
          Es consciente de la pinta de idiota que debe de tener con la cazadora abrochada hasta arriba y la polla colgando. Un tipo hábil.2
          —¿No te acuerdas? Eso me hiere en el amor propio.
          Pero está sonriendo arropada con la colcha hasta la barbilla.
          —Vas a tener que recordármelo.
          —Ven aquí —le dice levantando la colcha y señalando con un gesto de la cabeza el paquete de Durex que hay en la mesilla de noche. Él es de los que sabe pillar una indirecta.
          —¿Qué soñabas? —le susurra en el pabellón perfectamente ondulado de la oreja mientras la penetra.
          —¿Tiene eso alguna importancia?
          Se arquea a su vez para recibirlo y en ese preciso momento lo cierto es que no tiene importancia.
 
          —Venga, despierta. Tienes que marcharte.
          —¿Mmmmf? —logra mascullar Jonno mientras ella lo empuja fuera de la cama.
          Por un instante se siente confuso, luego recuerda dónde coño está. DJ buenorra. Le has metido la polla. Puedes estar contento, chavalote.
          —Pero si todavía es de noche —protesta entre la bruma del sueño mientras se pone, pese a todo, los calzoncillos. Planta el pie en uno de los condones usados. Nota la viscosidad a pesar de llevar puesto el calcetín.
          —Date prisa. Lo digo en serio.
          —¿Ha empezado ya el apocalipsis zombi?
          Se pone la camiseta y se da cuenta de que está al revés. Se la saca de un tirón y vuelve a empezar. Ella lo observa sentada desnuda en la cama con las piernas cruzadas y sonriendo.
          —Eres un tío peculiar, Tommy.
          —Jonno.
          Le duele más de lo que debería.
          Ella se lleva las manos a la boca:
          —Ay, Dios, perdón. Oh, esto es terrible, qué vergüenza. —Sofoca una risa de nuevo. Se inclina hacia delante y entierra la cabeza entre las piernas. No puede parar de reír—. Perdón.
          —Lo menos que puedes hacer es invitarme a desayunar —replica él fingiendo gran indignación. Se sube los tejanos y la cremallera. A ver si no la fastidia.
          —De acuerdo. Pero solo si sales de aquí ahora mismo.
          Él baja la voz.
          —¿Son zombis? Porque si es eso, creo que lo mejor es que vayamos improvisando armas.
          —Peor que eso, bobo. Es mi padre.
          —Espera.
          Su cerebro escarba como un perro con la vejiga a reventar esperando en la puerta. Vuelve a mirar a su alrededor. Desde luego no es el cuarto de una adolescente. Y lo que tiene delante es un cuerpo de mujer. La suavidad, la rotundidad y las arrugas de expresión en la piel. Ella advierte su expresión de pánico y se ríe todavía más fuerte apoyándose en él con una mano en su estómago. Él mete barriga automáticamente. Ya te ha visto desnudo, lumbreras.
          —Has pensado que…
          —Con los zombis puedo.
          —Tengo veintinueve, idiota.
          —Bueno, gracias a Dios. —Y no es verdad, piensa. El perfil que leyó anoche decía que tenía treinta y tres.
          —Vivo en casa. De momento.
          —¿Y tu padre se cree que no tienes relaciones sexuales?
          —No bajo su techo. Bueno, dentro de su propiedad.
          —Ah.
          —Eso es.
          —Entonces igual debería ir tirando.
          —Igual sí. —Sonríe desencajada sin poder evitarlo. Señala hacia la puerta con la cabeza—. Ya conoces el camino.
          —Pero me vas a invitar a desayunar, de todas formas.
          —Hoy no. Tengo lío familiar.
          —Entonces mañana.
          Recupera la compostura.
          —Hay una cafetería en Corktown. Te veo allí a las diez.
          —No es demasiado concreto.
          —La encontrarás.
          —Cogeré un taxi de vuelta, entonces. Y mañana nos vemos. —Intenta que no suene desesperado.
          —Muy bien.
          Está radiante.
          —De acuerdo. —Se queda todavía un momento allí parado.
          —Deberías marcharte.
          —Dejarte aquí me parece muy mala idea.
          —Pero vas a tener que hacerlo igualmente.
          —Muy bien. ¿Sabes qué? Es encantador que no digas palabrotas.
          —¡Vete! ¡Mecachis en la mar!
          Él se inclina y la hace doblarse en un apasionado beso.
          —Muy bien.
          Recorre con gran sigilo y cautela el pasillo sin mirar atrás, apestando a eau de coñito. En vano.
          —Mmmm —dice asomando la cabeza por la puerta del dormitorio. Ella está tumbada tapándose la cara con un brazo y una mano entre las piernas—. Siento mucho ¿interrumpir?
          La chica se incorpora en la cama sin el más mínimo atisbo de bochorno.
          —¿Quieres irte de una vez?
          —Pues sí. Lo que pasa es que… —Se encoge de hombros impotente—. No sé dónde estamos. Era de noche cuando llegamos. Si me puedes decir el barrio, al menos.

1 «Last Night a DJ Saved My Life», Indeep, 1982 (single). (N. del T.) (Volver.)
2 «Smooth Operator», Sade, Diamond Life, 1984. (Volver.)

© Lauren Beukes, 2014
© Ediciones Siruela S.A., 2016
© de la traducción, Rubén Martín Giráldez, 2016

A la venta el 20 de enero de 2016.

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