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Neimhaim de Aranzazu Serrano: prólogo y primer capítulo

Neimhaim avance - Destacada

Fantascy publica el debut de Aranzazu Serrano el próximo 2 de julio.

El jueves 2 de julio la editorial Fantascy publicará Neimhaim: Los hijos de la nieve y la tormenta, una novela de fantasía épica con marcada atmósfera vikinga de Aranzazu Serrano. En una tierra apartada del mundo nacen un niño y una niña, Ailsa y Saghan, destinados a unir los pueblos de la Península Prohibida, pero un incidente que tiene lugar a sus tres años de edad pondrá en entredicho ese destino. Neimhaim: Los hijos de la nieve y la tormenta es una novela autoconclusiva, aunque enmarcada en un proyecto de cinco volúmenes.

A continuación tenéis su prólogo y su primer capítulo en primicia, cortesía de Fantascy. ¡Que los disfrutéis!

Neimhaim - Portada

Portada de la novela (ilustración: Vero Navarro).

Preludio

Las velas estaban rotas, los remos también, pero la tormenta no había minado las ansias de matar y saquear, y con ese ímpetu saltaron desde sus embarcaciones a aquella tierra desconocida, con las armas desenvainadas y dispuestos a sajar a cualquiera que les intentara arrebatar el mejor botín. Sólo eran la mitad de los que habían partido. La lluvia fina, rescoldos de la tempestad que los había arrastrado hasta el fin del mundo, resbalaba por sus delgados rostros barbudos, deshaciendo los mágicos ungüentos a base de pigmentos y heces de animales con los que se untaban la piel. Cuando sus barcos invadieron las oscuras aguas del fiordo, el aire se llenó con la certeza de una pronta masacre.
          Gurkan, su líder, oteó astutamente las elevadas laderas. Sus cicatrices recordaban a cualquiera que osara medirse con él que se había ganado su puesto con sangre, y su estómago estaba vacío tras largos días de ayuno en la mar, haciendo más acuciante su ansia depredadora. Un gruñido de satisfacción escapó de su garganta al ver un puñado de tejados ocultos en el denso bosque. Una sonrisa lobuna asomó a su rostro ajado. No era más que otra tierra de simples mortales, al fin y al cabo.
          Animado por la promesa de un pronto festín, vació sus pulmones en un alarido, anunciando su presencia a los que pronto caerían bajo el filo de su machete. Los suyos respondieron como una manada, cientos de gargantas que festejaban el momento de saciar sus apetitos. Gurkan se deleitó imaginándose a sus víctimas estremecidas ante aquel grandioso clamor. Le gustaba verlos temblar, arrastrándose a sus pies, rogándole piedad antes de que sus vísceras colgaran fuera de su cuerpo.
          Gritó la orden que desencadenaba el lado más salvaje de sus hombres y los esparció por el fiordo como a una jauría de perros de caza, jaleándoles cuando pasaban a su lado, excitando sus instintos más primitivos.
          Él mismo no tardó en unirse a ellos, animado por los familiares alaridos que comenzaban a escucharse ladera arriba. Pero su feroz sonrisa no duró mucho.
          A las puertas de la aldea, todo era sangre y exterminio. Las armas bailaban una danza macabra, el barro atrapaba los pies descalzos. Sin embargo, a diferencia de otras incursiones, los viles gemidos de miedo procedían de sus propios hombres. Una cabeza llegó rodando hasta sus pies. Reconoció la nariz mutilada de su hombre de confianza en aquel rostro que había captado toda la sorpresa antes de separarse del cuerpo. Gurkan contempló estupefacto al responsable de la decapitación. Era poco más que un niño, de once o doce años; estaba medio desnudo y sujetaba con ambas manos el machete ensangrentado que le había arrebatado a su agresor. En sus ojos había miedo, pero también una férrea entereza. Sabía defenderse, de eso no cabía duda. Los aldeanos no podían ser más que un puñado de vulgares pescadores, no obstante el más joven de ellos había sido capaz de dejar fuera de combate a uno de sus mejores saqueadores. No, no eran vulgares en absoluto. Llevaba demasiado tiempo en el mundo como para no reconocer una estirpe guerrera cuando la veía.
          En su sorpresa, no pudo reaccionar cuando una lluvia de flechas se precipitó sobre su cabeza. Bramó de ira cuando una saeta se hundió en su brazo izquierdo; otros, a su lado, cayeron fulminados al suelo.
          Con más dolor en su orgullo que en su miembro herido, gritó la orden de retirada. La dócil presa había resultado ser un letal enemigo, bien entrenado y armado con hierros ligeros.
          Encontró a algunos de los suyos en la orilla. Los más cobardes se habían internado en los bosques, huyendo como alimañas. Otros habían buscando refugio en las inútiles embarcaciones. Echó en falta una de ellas: había zarpado con el velamen rajado y se había alejado de aquella tierra maldita. El fuego que alimentaba su rabia estalló en un salvaje bramido. Los traidores tenían razones para temerle: si reunían el valor para regresar, los desollaría vivos con sus propias manos, uno por uno.
          En cuanto a los aldeanos, habían despertado a un peligroso enemigo. Gurkan se juró que recordarían aquel día por mil generaciones, encontraría la manera de hacerlo o moriría en el intento.
          Hizo llamar al hombre­sombra. Quiso sacarle el corazón por no haberle advertido contra aquel funesto día, pero cuando lo tuvo ante sí cambió de opinión. El familiar tintineo de sus huesos mágicos y sus abalorios anunció su mística presencia. Su mirada no transmitió temor alguno y esbozó una extraña sonrisa. Pronunció un consejo para Gurkan: la venganza llegaría. Si aguardaba lo suficiente, vería cumplido el más salvaje de los castigos. En los días siguientes reunió a sus hombres y tomó rumbo norte. Dejó atrás los fiordos con la promesa de un sangriento regreso. Sentía la humillación como una marca a fuego en plena cara y su brazo herido palpitaba. No había olvido posible. No habría piedad ninguna.
          Al quinto día de viaje, el estriado paisaje dejó paso a una llanura cubierta de brumas. La visión del mar de nieblas atemorizó a los más supersticiosos; parecía ocultar antiguas fuerzas. Gurkan no creía en más fuerza que la de su brazo al descargar su machete, de modo que empujó a sus hordas a patadas hasta la espectral planicie. Al internarse en las nieblas, descubrieron ricas tierras labradas y ganado abundante. Aún estaban débiles, así que robaron comida a escondidas hasta que sintieron recuperado el vigor. Dos o tres incursiones bastaron para comprender que los moradores de las nieblas nada tenían en común con los habitantes de las montañas. No portaban armas de ninguna clase y parecían pacíficos, de modo que volvió a ellos la sed de saqueo. Y esta vez no encontraron resistencia alguna.
          Arrasaron cada pueblo que encontraron a su paso y saciaron toda clase de apetitos: violaron, saquearon, bebieron la sangre de sus víctimas y comieron sus entrañas para hacerse invulnerables. Les embriagó la estúpida docilidad de aquellos hombres y mujeres que se entregaban sin lucha a sus filos. Aquella gente confiaba en la protección de sus brumas, y ciertamente era fácil extraviarse entre ellas, pero también era sencillo poner un cuchillo en el cuello de algún mocoso para que alguien los condujera a la aldea más próxima. No tardaron en hacerse fuertes de nuevo. Había llegado la hora de su venganza.
          Algunos de sus hombres se habían acomodado a la vida de saqueo y no sentían ningún ánimo de volver a los fiordos, así que Gurkan tuvo que jugar un poco con el filo de su machete para recordarles que obedecerían como podencos a sus órdenes.
          Esta vez no se enfrentarían a sus enemigos con el hierro: había otros modos de matar.
          Hasta el más duro de los guerreros necesita agua y alimento.
          Siguiendo el consejo del hombre­sombra, el fuego devoró las montañas durante más de veinte jornadas, oscureciendo el cielo y sumiendo al día en una perpetua noche. Con sus depravadas artes emponzoñó las aguas de ríos y lagos; miles de animales murieron y pronto la hambruna y la enfermedad se extendieron por doquier.
          Sólo cuando su enemigo estuvo convenientemente debilitado, Gurkan hizo que sus hordas terminaran el trabajo, exterminando al desgastado pueblo guerrero. El hedor de la carne muerta reinó en el fiordo donde yacían los esqueletos de sus barcos. Mataron hasta sentirse hastiados y regresaron a abastecerse a las llanuras.
          Más tarde descubrieron al norte nuevas montañas para quemar y envenenar, otros pueblos guerreros que aniquilar.
          Y Gurkan, guarecido en las llanuras neblinosas y con provisiones suficientes para el resto de sus días, rió salvajemente. Sus alaridos de victoria pudieron oírse muchas noches entre las brumas. Aquel sonido acompañaría a los que quedaron con vida durante toda su existencia.

Neimhaim - Mapa

Carta de un amigo

Lo que ahora os contaré es tan cierto como que el fuego quema y el hielo, también.
          Sabed, amigos míos, que dos pueblos, dos grandes clanes, habitaban la Península Prohibida. Así era conocida Neimhaim entre los míos, los que ya sólo somos parte de una leyenda.
          Neimhaim. Su situación era un misterio y su existencia, una incertidumbre. Envuelta por un océano tempestuoso y afilados arrecifes, esta tierra permaneció preservada del resto del mundo por mucho tiempo. Pocos fueron los afortunados en acceder a este místico lugar, yo entre ellos, pues no soy como los de mi raza, por suerte mía y probable vergüenza de mis congéneres.
          Algunos me han llamado el Viajero, y también el Aventurero, adjetivos ambos que me hacen justicia, pues han sido pocos los lugares que mis pies no han hollado y Neimhaim no es una excepción.
          Como decía, en las fértiles tierras de la Península Prohibida dos clanes habitaban apartados desde que la historia se perdía en la memoria, y todo cuanto conocían el uno del otro era poco más que relatos supersticiosos; nadie osaba jamás acercarse al territorio de los que consideraban extraños. Se creían tan diferentes como la noche lo es del día, y en verdad, os lo aseguro, lo eran.
          Amante del coraje y de las armas era el clan Kranyal, guerreros de bravo corazón y maestría en el arte de la lucha. Habían convertido las pugnas familiares en un juego y, pese a que la sangre se vertía entre ellos, su sentimiento de grupo era fuerte y se protegían los unos a los otros con ardor. Gustaban de las zonas montañosas, los fiordos y las costas, donde era abundante la caza y la pesca, y desconfiaban de los lejanos habitantes de las llanuras brumosas, seres esquivos y silenciosos, a los que atribuían extrañas artes.
          Así eran considerados los nacidos en el clan Djendel: protectores de la vida y la serenidad. Veneraban las Planicies de Schenneval y el mar de nieblas que los protegía, y allí desarrollaban sus dones, habilidades que iban más allá de lo natural. Su potencial era tan grande como estricto su código para restringir su uso, de ahí su espíritu pacífico y también su recelo hacia los pobladores de las montañas, a quienes consideraban sacrílegos por usar el acero para verter la sangre de sus iguales.
          Sus historias discurrían por separado, y poco más os puedo decir de ellas, excepto que la distancia creó con el paso del tiempo un temor que sus leyes asentaron, al prohibir cualquier incursión en el territorio del otro. Nadie sintió el impulso ni la necesidad de traspasar estas fronteras. Hasta la llegada de los saqueadores.
          Ese día, la frágil armonía fue alterada y el entramado del destino cambió para siempre.
          Aquellos que lo vivieron hace tiempo que descansan en los Prados Eternos y los que conocen la tragedia no gustan de rememorarla. Pero entre mis mejores cualidades se encuentra la persuasión y, animadas con una buena jarra de aguamiel compartida, las bocas más reacias comienzan a hablar.
          Fácil hubiera sido para los guerreros del clan Kranyal acabar por completo con las hordas invasoras, pero se limitaron a proteger sus aldeas ante un enemigo inferior en destreza. Muchas vidas se hubieran salvado si los kranyal de los fiordos no hubieran subestimado a sus enemigos, pero también el devenir de esas tierras hubiera sido otro.
          Un manto ominoso cubrió el cielo, los bosques se convirtieron en cenizas y las aguas de ríos y lagos, en veneno. La tierra se regó con la sangre de familias masacradas, y la hambruna y la enfermedad se extendieron por doquier. Cientos de cadáveres se pudrieron al sol o fueron devorados por las alimañas; los supervivientes no tuvieron fuerzas para darles una digna sepultura.
          Desesperados, las gentes de uno y otro clan buscaron refugio en el lugar donde sus jefes impartían justicia: Kranyalarn y Djendelarn, sedes de sus respectivos clanes.
          Gursti Bäradlig, Señor de los Kranyal, y Adroon, Primero de los Djendel, no podían conciliar el sueño: la Dama de la Muerte no abandonaba a sus gentes y no encontraban la forma de librar a sus pueblos de una segura extinción. Día tras día, las plegarias llenaban el aire con la desesperación de quien ya no cree ser escuchado.
          Pero, más allá de las regiones celestiales, el Padre de Todos contemplaba desde su Alto Sitial estas tierras. Su santuario había sido profanado. Un valioso porvenir aguardaba a sus pobladores, un destino que no podía ser truncado. Pocas son las ocasiones en las que el Señor de Todas las Cosas se inmiscuye en los asuntos de los mortales, mas su mirada ve más allá de los confines del tiempo y, movido por los intrincados motivos que únicamente alcanzan a entender los inmortales, el Rey de los Dioses, que es también Señor de la Guerra y Padre de las Batallas, accedió a intervenir.
          En sus respectivos lechos, Gursti Bäradlig de los Kranyal y Adroon de los Djendel tuvieron un mismo sueño. Un cuervo bajaba de los cielos y les hablaba al oído:

Sigue el curso del gran río
hasta la media luna de agua.
Donde el cielo está en la tierra,
allí os llaman los Antiguos.

 
          Uno y otro despertaron con el corazón preso de la inquietud. Era tiempo de nieves, pero reunieron a sus gentes y partieron en busca del místico lugar. Se dejaron conducir por el helado cauce del río Lebensáeth hasta que alcanzaron un magnífico abismo en forma de media luna. A lo largo de su borde, una catarata vertía las caudalosas aguas del gran río. Allí se encontraron los dos clanes, al pie de un largo y solitario puente que, desafiando al abismo y al rugiente río, había comunicado las dos orillas desde tiempos remotos. Más hermoso que un sueño, aquel puente sobre el Lebensáeth era el único vestigio de una era perdida, y gracias a él, los djendel y los kranyal salvaron sus recelos y unieron sus caminos por la fuerza de la necesidad.
          Un anciano bosque de fresnos les sirvió de refugio. Reunidos bajo sus copas, al amor del fuego, ocho días con sus noches permanecieron pactando sus jefes. Y con el amanecer del noveno día llegaron a un acuerdo que hizo de aquella jornada una fecha para la posteridad: el día en que nació Neimhaim.
          Con ese acuerdo, Adroon y Gursti ponían fin a su separación, en pro de un beneficio mutuo. Espíritu y fuerza, tal era el ímpetu que los guiaba. Dos nobles palabras tomadas de la Lengua Antigua que dieron lugar a Neimhaim.
          Blanco y azul serían los colores de su pendón, y bajo su estandarte común florecería un reino amparado en el Pacto de la Alianza. Era un acuerdo tomado para la posteridad, por el cual el clan Kranyal protegería al Djendel en esta guerra y de los peligros que en adelante se dieran, dejando su vida en su cometido, si fuera necesario. A cambio, los djendel compartirían agua y alimento con los kranyal y sanarían el daño infligido a sus bosques, ríos y lagos. Largo y quebradizo sería el camino de su unión. Para allanarlo, Gursti y Adroon juraron ceder su liderazgo a sus dos hijos primogénitos, quienes regirían Neimhaim como esposa y esposo al alcanzar la edad madura.
          Ni Adroon ni Gursti tenían descendencia. El Primero de los Djendel eligió a su pupila como consorte y le encomendó la elaboración de dos brebajes destinados a asegurar que uno de los vástagos engendrados fuera hembra y el otro, varón. Siete días fueron necesarios para preparar los bebedizos, en el transcurso de los cuales se dieron extraños acontecimientos. Al romper el alba, el aire se llenaba de copos de nieve bajo el cielo raso. Tras la séptima nevada, la pupila de Adroon y la esposa de Gursti bebieron los preparados. Aquella noche, que era solsticio de invierno, ambas mujeres fueron tomadas a la vista de todos, para que no hubiera duda sobre el linaje de sus hijos. Mientras, los guerreros, embriagados con el aguamiel, juraban venganza a sus muertos. Así fueron concebidos los Herederos.
          Una vez que los kranyal vieron restablecida la fuerza en sus brazos, empuñaron sus aceros, montaron sus caballos de batalla y partieron en busca de sus enemigos. No se detuvieron hasta que el último de los saqueadores fue perseguido y muerto. Cumplieron su palabra en una luna, y la cabeza de aquel que los comandaba colgó de la lanza del Señor de los Kranyal durante todo el viaje de regreso y fue depositada a los pies del Primero de los Djendel como prueba del fin del horror. Sólo entonces se otorgó el descanso a las almas caídas.
          Junto al bosque de fresnos se levantó el bastión del joven reino, la casa de sus regidores. Su nombre sería Vilaarn, el Lugar de la Unión.
          Así comenzó la historia de los Hijos de la Nieve y la Tormenta.
          Así se me contó un día, hace mucho tiempo.

ILLZAR DE CENDAILTAN, un dasarin

© 2015, Aranzazu Serrano Lorenzo
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U.

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6 Responses to “Neimhaim de Aranzazu Serrano: prólogo y primer capítulo”

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