Este sitio utiliza cookies. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. Para más información vea la política de cookies.

Cerrar

Primer capítulo de Máquinas mortales

Máquinas mortales - Avance - Destacada

En primicia, el inicio del libro en que se basará la próxima peli de Peter Jackson.

El próximo 21 de septiembre, Alfaguara pone a la venta Máquinas mortales de Philip Reeve, el primer volumen de una tetralogía futurista pero con aire steampunk en la que las ciudades se han visto obligadas a hacerse móviles y devorarse entre ellas para poder sobrevivir. Londres, la primera ciudad-tracción y donde transcurre buena parte de la novela, ha regresado a una sociedad de estilo victoriano y en ella vive Tom, un trabajador del Museo de Londres a quien los acontecimientos llevarán a una épica aventura que Peter Jackson está trabajando en llevar a la gran pantalla.

La editorial Alfaguara ha tenido la amabilidad de cedernos en primicia el primer capítulo de la novela, que os ofrecemos a continuación. ¡Esperamos que lo disfrutéis!

Máquinas mortales - Portada

1
El territorio de caza

Era una tarde de primavera, oscura y desapacible, y la ciudad de Londres iba en persecución de una pequeña población minera cruzando el lecho seco del antiguo mar del Norte.
          En tiempos más felices, Londres nunca se hubiera molestado por una presa tan débil. La gran ciudad-tracción había empleado antaño sus días en la caza de ciudades mayores que esta, yendo hacia el norte hasta los bordes del Desierto de Hielo y hacia el sur hasta las orillas del Mediterráneo. Pero en los últimos tiempos, cualquier tipo de presa había empezado a escasear y algunas de las ciudades mayores comenzaban ya a mirar a Londres con ojos hambrientos. Hacía ya diez años que se ocultaba a la vista de aquellas, emboscándose en un montañoso y húmedo distrito occidental que el Gremio de Historiadores afirmaba que había sido antiguamente la isla de Gran Bretaña. Durante diez años, apenas había comido nada más que pequeñas ciudades del campo y establecimientos estáticos de aquellas húmedas colinas. Ahora, por fin, el alcalde había decidido que era una buena ocasión para volver a llevar a su ciudad por encima del puente terrestre hasta el gran Territorio de Caza.
          Habían recorrido poco menos que la mitad del trayecto cuando los centinelas de las altas torres de vigilancia avistaron la población minera, que mordisqueaba en las llanuras de sal a unos treinta kilómetros por delante. Para la gente de Londres, aquello parecía una señal de los dioses, e incluso el alcalde (que no creía en dioses ni en señales) pensó que era un buen comienzo del viaje hacia el este y dio la orden de darle caza.
          La población minera vio el peligro y les enseñó la popa, pero las enormes cadenas del tractor de oruga que movía Londres ya comenzaban a rodar más y más velozmente. Pronto la ciudad se afanaba en la feroz persecución, una montaña de metal en movimiento que se alzaba en siete alturas como los pisos de una tarta nupcial, los niveles inferiores envueltos en el humo de los motores, las villas de opulento y fulgurante blanco de los estratos superiores y, por encima de todo, la cruz de la cúpula de la catedral de San Pablo, con sus destellos de oro, a más de seiscientos metros sobre la arruinada tierra.

Tom se encontraba limpiando las piezas de la sección de Historia Natural del Museo de Londres cuando aquello empezó. Sintió el temblor delator en el suelo de metal y elevó la vista para ver las maquetas de ballenas y delfines, que colgaban del techo de la galería, balancearse en sus cables con suaves chirridos.
          No se sintió alarmado. Llevaba viviendo en Londres sus quince años y estaba acostumbrado a sus movimientos. Sabía que la ciudad estaba cambiando de rumbo y aumentando la velocidad. Un hormigueo de agitación le recorrió el cuerpo: la vieja emoción de la caza que todos los londinenses compartían. ¡Debía de haber alguna presa a la vista! Dejando sus cepillos y plumeros, tocó la pared con la mano y notó las vibraciones que llegaban en murmullos procedentes de las enormes salas de máquinas, abajo, en las Entrañas. Sí, allá estaba: el profundo bombeo de los motores auxiliares abriéndose camino, bum, bum, bum, como un gran tambor sonando en el interior de sus huesos.
          La puerta del lejano extremo de la galería se abrió de golpe y Chudleigh Pomeroy irrumpió como una fiera, con su tupé torcido y su cara redonda roja de indignación.
          —En el nombre de Quirke, ¿pero qué…? —profirió airado, mirando boquiabierto a las ballenas giratorias y a los pájaros disecados que se columpiaban y se agitaban en sus jaulas como si se estuvieran sacudiendo de encima su larga cautividad y se prepararan para emprender el vuelo de nuevo—. ¡Aprendiz Natsworthy! ¿Qué está sucediendo aquí?
          —Es una persecución, señor —respondió Tom, preguntándose cómo el vicepresidente del Gremio de Historiadores se las había arreglado para vivir a bordo de Londres durante tantos años y no reconocer aún el latido del corazón de la ciudad—. Debe de tratarse de algo bueno —explicó—. Han puesto todos los auxiliares en línea. Eso no sucede desde hace mucho tiempo. ¡Puede que haya cambiado la suerte de Londres!
          —¡Bah! —bufó Pomeroy, sobresaltándose enseguida al ver que el cristal de las vitrinas comenzaba a gemir y a estremecerse en sintonía con el batir de los motores. Por encima de su cabeza, la mayor de las maquetas (una cosa llamada ballena azul que se había extinguido hacía miles de años) daba sacudidas hacia delante y hacia atrás desde sus cables de sujeción como si fuera un columpio—. Eso será, Natsworthy —dijo—. Yo solo querría que el Gremio de Ingenieros colocara algunos amortiguadores decentes en este edificio. Algunos de estos ejemplares son muy delicados. No aguantarán. No aguantarán en absoluto —Sacó un pañuelo moteado de los pliegues de sus largos y negros ropajes y se dio unos toquecitos en el rostro con él.
          —Por favor, señor —preguntó Tom—, ¿me permite bajar a las plataformas de observación a contemplar la caza, solo media hora? Han pasado muchos años sin que haya habido una realmente buena…
          Pomeroy le miró sorprendido.
          —¡Pues claro que no, aprendiz! ¡Mira todo el polvo que esta detestable caza está levantando! Habrá que limpiar todas las piezas de nuevo y comprobar si han sufrido algún daño.
          —¡Oh, pero no es justo! —protestó Tom—. ¡Acabo de quitarle el polvo a toda la galería!
          Inmediatamente se dio cuenta de que había cometido un error. El viejo Chudleigh Pomeroy no era tan malo como los gremiales solían ser, pero no le gustaba que le replicase un mero aprendiz de tercera clase. Se irguió hasta alcanzar su estatura completa (que era solo ligeramente superior a su anchura completa) y frunció el entrecejo de forma tan seria que la marca del Gremio casi desapareció entre sus pobladas cejas.
          —La vida no es justa, Natsworthy —bramó—. ¡Un poco más de caradura por tu parte y estarás trabajando en las Entrañas tan pronto como esta cacería termine!
          De todas las faenas que un aprendiz de tercera clase tenía que desempeñar, la del trabajo en las Entrañas era la que Tom más odiaba. Se calló rápidamente, dirigiendo mansamente la mirada al suelo, hacia las bellas punteras de ante de las botas del Conservador Jefe.
          —A ti se te encomendó trabajar en este departamento hasta las siete, y trabajarás hasta las siete —siguió Pomeroy—. Mientras tanto, iré a consultar con los otros conservadores qué ocurre con esta horrible sacudida…
          Salió apresuradamente, aún mascullando. Tom le siguió con la mirada mientras se alejaba y luego volvió a recoger sus pertrechos y regresó entristecido a su trabajo. Normalmente, no le importaba limpiar, y menos aún en esta galería, con sus amables animales carcomidos por la polilla y la ballena azul exhibiendo su enorme sonrisa azul. Si llegaba a aburrirse, simplemente se refugiaba en la fantasía, en el ensueño, en donde era un héroe que rescataba preciosas muchachas de los piratas aéreos, salvaba Londres de la Liga Antitracción y vivía feliz desde entonces. ¿Pero cómo podía ponerse ahora a soñar despierto con el resto de la ciudad disfrutando de la primera persecución auténtica desde hacía muchos años?
          Esperó veinte minutos, pero Chudleigh Pomeroy no regresaba. No había nadie más por allí. Era miércoles, lo que significaba que el museo estaba cerrado al público y la mayoría de los gremiales y los aprendices de primera y segunda clase tenían el día libre. ¿Qué daño podía hacer si se deslizaba fuera diez minutos, lo justo para ver qué estaba sucediendo? Ocultó la bolsa que contenía sus útiles de limpieza detrás de un yak que estaba allí muy a mano y salió deprisa, colándose entre las sombras de los delfines danzarines, hacia la puerta.
          Fuera, ya en el pasillo, todas las lámparas de argón estaban también danzando, desparramando su luz sobre las paredes de metal. Dos gremiales embutidos en sus negros ropajes pasaron apresurados y Tom oyó la voz chillona del viejo doctor Arkengarth gimotear:
          —¡Vibraciones! ¡Vibraciones! Van a producir un verdadero infierno en mis cerámicas del siglo XXV
          Esperó hasta que hubieron desaparecido tras un recodo del pasillo y luego se deslizó rápidamente hacia fuera para bajar por la escalera más cercana. Atajó por la galería del siglo XXI, dejando atrás las grandes estatuas de plástico de Pluto y de Mickey, dioses con cabeza de animal de la desaparecida América. Atravesó corriendo el vestíbulo principal y bajó hasta las galerías llenas de objetos que, de alguna forma, habían sobrevivido todos aquellos milenios transcurridos desde que los Antiguos se autodestruyeron en aquella terrible conmoción de bombas atómicas órbita-tierra y de virus de diseño llamada la Guerra de los Sesenta Minutos. No tardó casi nada en salir por una puerta lateral al ruido y al bullicio de Tottenham Court Road.
          El Museo de Londres se encontraba en el mismísimo centro del Nivel Dos, en un ajetreado distrito llamado Bloomsbury, y la parte inferior de la Hilera Uno colgaba como un cielo oxidado a pocos metros por encima de los tejados. A Tom no le preocupaba el hecho de ser localizado mientras proseguía su camino por la oscura y abarrotada calle hacia la pantalla pública de las cercanías de la estación de elevadores de Tottenham Court Road. Uniéndose a la multitud que se hallaba frente a él, pudo echar un primer vistazo a la distante presa: una pálida mancha gris azulada captada por las cámaras situadas más abajo, en la Plataforma Seis.
          «La ciudad se llama Salthook —tronaba la voz del locutor—. Una plataforma minera de novecientos habitantes. Se mueve habitualmente a ciento treinta kilómetros por hora en dirección al este, pero el Gremio de Navegantes predice que Londres le dará alcance antes de la puesta del sol. Hay, seguramente, muchas más ciudades esperándonos al otro lado del puente terrestre, prueba clara de lo sabio que fue nuestro amado alcalde cuando decidió traer a Londres al este de nuevo…».
          «¡Ciento treinta kilómetros por hora!», pensó Tom con secreta admiración no exenta de cierto temor. Era una velocidad sorprendente, y ansiaba encontrarse abajo, en la cubierta de observación, sintiendo el viento en su rostro. Probablemente, ya se encontraba metido en un lío con el señor Pomeroy. ¿Qué diferencia habría si le escamoteaba unos cuantos minutos más?
          Echó a correr y pronto llegó a Bloomsbury Park, ya al aire libre, al borde de la grada. Había sido un parque auténtico en sus tiempos, con árboles y estanques de patos, pero a causa de la reciente escasez de capturas había sido relegado a la producción de alimentos y sus jardines y parterres nutrían plantaciones de coles y bateas de algas. Sin embargo, las tribunas de observación se encontraban aún allí; terrazas elevadas que sobresalían del borde de la plataforma donde los londinenses podían acudir a observar el paisaje que pasaba ante sus ojos. Tom se apresuró en dirección a la más próxima. Una multitud aún mayor se había congregado allí, incluyendo unas cuantas personas vestidas con el negro del Gremio de Historiadores, y Tom trató de parecer discreto mientras se abría paso hacia el frente y se asomaba a la barandilla. Salthook se hallaba a tan solo ocho kilómetros allí enfrente, huyendo por terreno liso, vomitando humo negro por sus tubos de escape.
          —¡Natsworthy! —le llamó una voz áspera, y su corazón se paralizó. Miró a su alrededor y descubrió que se hallaba junto a Melliphant, un corpulento aprendiz de primera clase, que le sonreía con una mueca y le decía:— ¿No es estupendo? ¡Una regordeta plataforma minera dedicada a la sal con motores de tierra C2O! ¡Justo lo que Londres necesita!
          Herbert Melliphant era un bravucón de la peor clase, del tipo de los que no solo te empujaba y te daba un golpe en la cabeza allá abajo, en los lavabos, sino que ponía todo su empeño en averiguar hasta el último de tus secretos y las cosas que más te molestaban para después burlarse de ti con ello. Disfrutaba metiéndose con Tom, que era pequeño y tímido y no tenía amigos que le pudiesen defender. Y Tom no podía responderle, porque la familia de Melliphant había pagado para conseguir que fuera un aprendiz de primera clase, mientras que él, huérfano, era simplemente un tercera clase. Sabía que Melliphant se estaba molestando en hablar con él solo porque esperaba impresionar a una joven y bonita historiadora llamada Clytie Potts, que se encontraba justo detrás. Tom asintió con la cabeza y se volvió de espaldas, concentrándose en la persecución.
          —¡Mira! —gritó Clytie Potts.
          El espacio entre Londres y su presa se estaba estrechando rápidamente y una forma oscura se había elevado por encima de Salthook. Pronto hubo otra, y otra. ¡Naves! La multitud de las plataformas de observación de Londres aplaudió, y Melliphant dijo:
          —Ah, mercaderes del aire. Saben que la ciudad está perdida, ya ves, y se están asegurando la huida antes de que nos los comamos. ¡Si no lo hacen, podremos reclamar sus cargamentos y todo lo que lleven a bordo!
          Tom estaba encantado de ver que Clytie Potts tenía una expresión de total aburrimiento por culpa de Melliphant: ella le llevaba un año y ya debía de saber cómo era el asunto porque había aprobado sus exámenes del gremio y tenía tatuada la marca de los historiadores en la frente.
          —¡Mira! —exclamó ella de nuevo, captando la mirada de Tom y sonriendo—. ¡Oh, mira cómo van! ¿No son preciosos?
          Tom se apartó el revuelto cabello de los ojos y observó cómo se elevaban las naves y desaparecían en el cielo gris pizarra. Por un momento se encontró deseando ir con ellos hacia arriba, hasta alcanzar la luz del sol. ¡Si al menos sus pobres padres no le hubieran dejado al cuidado del Gremio para que fuera entrenado como historiador! Deseaba poder ser grumete a bordo de una nave rápida y ver todas las ciudades del mundo: Puerto Ángeles, abandonada allí, en el azul Pacífico; y Arkangel, deslizándose sobre roldanas de acero por los helados mares del norte; las grandes ciudades zigurat de los Nuevomayas y las inmóviles fortalezas de la Liga Antitracción…
          Pero eso no era más que una fantasía, un soñar despierto que era mejor guardarse para cualquier tarde aburrida en el museo. Un nuevo estallido de gritos de alegría le anunció que la caza se acercaba a su fin, y se olvidó de sus naves y volvió a centrar su atención en Salthook.
          La pequeña ciudad se hallaba tan cerca que podía ver las formas, como hormigas, de las personas que corrían por los niveles superiores. ¡Qué atemorizadas tenían que estar, con Londres cayendo sobre ellas y sin ningún lugar donde esconderse! Pero sabía que no debía compadecerlas; era natural que las grandes ciudades engullesen poblaciones más pequeñas y que estas se tragaran a los miserables núcleos estáticos. Eso era darwinismo municipal, y era la forma en que el mundo había funcionado durante mil años, desde que el gran ingeniero Nikolas Quirke había convertido a Londres en la primera ciudad-tracción.
          —¡Londres, Londres! —gritó, sumando su voz a los clamores y exclamaciones de ánimo de todos los que se encontraban en la plataforma y que, un momento después, se veían recompensados por la visión de una de las ruedas de Salthook desprendiéndose de la ciudad. La población se paralizó mientras las chimeneas se partían y se precipitaban sobre las calles llenas de pánico, y luego los niveles inferiores de Londres la ocultaron de la vista y Tom sintió las planchas del nivel temblar mientras las enormes mandíbulas hidráulicas de la ciudad se cerraban en medio de un gran estrépito.
          Se produjeron frenéticos aplausos en las plataformas de observación de toda la ciudad. Los altavoces de las columnas de soporte de las plataformas comenzaron a tocar Orgullo de Londres y alguien a quien Tom no había visto en su vida lo abrazó con entusiasmo mientras le gritaba al oído: «¡Una captura! ¡Una captura!». Pero a él no le importó; en esos momentos amaba a todos los que se encontraban sobre la plataforma, incluso a Melliphant.
          —¡Una captura! —respondió también él, tratando de librarse de la opresión de la gente mientras sentía que las plataformas temblaban de nuevo. En algún lugar por debajo de él, los grandes dientes de acero de la ciudad estaban agarrando Salthook, elevándola y arrastrándola hasta las Entrañas.
          —… y quizá al aprendiz Natsworthy le gustaría venir también —estaba diciendo Clytie Potts. Tom no tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero al volverse, ella le tocó el brazo y le sonrió—. Habrá celebraciones en Kensington Gardens esta noche —le explicó—. ¡Baile y fuegos artificiales! ¿Quieres venir?
          La gente no invita generalmente a los aprendices de tercera clase a las fiestas —en especial a gente tan guapa y popular como Clytie—, y Tom se preguntó al principio si ella se estaría riendo de él. Pero Melliphant, obviamente, no lo creía así, porque se la llevó aparte y le dijo:
          —No necesitamos gente del tipo de Natsworthy allí.
          —¿Por qué no? —preguntó la muchacha.
          —Bueno, ya sabes —bufó Melliphant, con su cara cuadrada, poniéndose casi tan roja como la del señor Pomeroy—. No es más que un tercera clase. Un criado. Nunca conseguirá su marca del Gremio. Acabará únicamente como ayudante de conservador. ¿Verdad, Natsworthy? —preguntó, mirando de reojo a Tom—. Es una pena que tu papá no dejase dinero suficiente para un aprendizaje adecuado…
          —Eso a ti no te importa en absoluto —gritó Tom enfadado. Su alegría por la captura ya se había evaporado y empezaba a ponerse nervioso preguntándose qué castigos le esperarían a su regreso, cuando Pomeroy descubriera que se había escabullido del museo. No estaba de humor para las bromas sarcásticas de Melliphant.
          —No obstante, eso es lo que pasa por vivir en una barriada de los niveles inferiores, supongo —sonrió presuntuoso Melliphant, volviéndose a Clytie Potts—. La mamá y el papá de Natsworthy vivieron abajo, en el Cuatro, ya sabes, y entonces, cuando sucedió la Gran Arremetida, ambos quedaron tan aplastados como un par de tortitas de frambuesa: ¡chaps!
          Tom no pretendió pegarle; únicamente sucedió así. Antes de saber lo que estaba haciendo, su mano se había convertido en un puño cerrado y lo lanzó hacia delante.
          —¡Uy! —sollozó Melliphant, tan sorprendido que se cayó de espaldas. Alguien aplaudió y Clytie sofocó una risita. Tom se quedó mirando fijamente su puño tembloroso y se preguntó cómo había hecho aquello.
          Pero Melliphant era mucho más grande y bruto que Tom y ya estaba de nuevo en pie. Clytie trató de frenarlo, pero algunos otros historiadores lo estaban animando y un grupo de muchachos ataviados con las verdes túnicas de los aprendices de navegantes se congregaron alrededor coreando: «¡Lucha! ¡Lucha! ¡Lucha!».
          Tom sabía que no tenía más posibilidades contra Melliphant que las que había tenido Salthook contra Londres. Dio un paso atrás, pero la multitud le impedía retroceder. Entonces, el puño de Melliphant le golpeó en un lado de la cara, mientras recibía también un enorme rodillazo entre las piernas, lo que le hizo doblarse y salir de allí tambaleándose, con los ojos llenos de lágrimas. Algo tan grande suave y blando como un sofá se encontraba allí, en medio del paso, y cuando la cabeza de Tom chocó contra aquello, la mole dijo: «¡Ufff…!».
          Levantó la mirada hasta una cara roja, redonda, con pobladas cejas bajo una peluca poco convincente; un rostro que se puso aún más rojo cuando lo reconoció.
          —¡Natsworthy! —bramó Chudleigh Pomeroy—. ¿A qué te crees que estás jugando, en el nombre de Quirke?


© 2001 Philip Reeve
© 2017 Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U.
© Federico Eguiluz, por la traducción

Máquinas mortales sale a la venta el 21 de septiembre de 2017.

Inicia sesión y deja un comentario

One Response to “Primer capítulo de Máquinas mortales

  1. […] que llevará próximamente al cine Peter Jackson y de la que tenéis aquí mismo el primer capítulo en exclusiva. En el universo de Máquinas mortales, las ciudades viajan sobre ruedas después de […]