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Prólogo de Lukundoo y otros relatos extraños y terroríficos

La colección de relatos llegará a las librerías a finales de enero de mano de la editorial Valdemar.

El terror no descansa ni en las fiestas más señaladas. El pasado 27 de diciembre, la editorial Valdemar anunciaba la publicación en castellano de Lukundoo y otros relatos extraños y terroríficos de Edward Lucas White. El volumen llegará a las librerías a finales de enero en cartoné y con la sobresaliente edición a la que nos tienen acostumbrados los editores de Valdemar: ilustración de Santiago Caruso, traducción de Marta Lila Murillo y prólogo de Jesús Palacios.

Las 288 páginas de Lukundoo y otros relatos extraños y terroríficos incluyen diez cuentos macabros del autor de Nueva Jersey, quien afirma haberlos soñados todos y haberlos escrito casi sin modificaciones con respecto a sus devaneos oníricos. Entre los relatos podremos encontrar Lukundoo, que nos habla de la venganza sobrenatural de un brujo nativo sobre un blanco que le ha desafiado, o Amina, ambientada en los desiertos de Oriente Medio y que nos cuenta la historia de una «femme fatal» cuya naturaleza bestial prefigura las criaturas de Clive Barker.

Valdemar ha tenido a bien cedernos el prólogo de Jesús Palacios, donde se pone en contexto la figura de Edward Lucas White, las influencias de las que partía y a las que dio lugar. Sin más, os dejamos con la cubierta de Santiago Caruso y el prólogo.

PESADILLAS Y MALDICIONES

LAS MACABRAS FANTASÍAS ONÍRICAS DE EDWARD LUCAS WHITE

I

           Personalmente, no me disgustan las pesadillas. Para mí, incluso cuando me despiertan en mitad de la noche empapado en sudor frío o al borde del grito, poseen el encanto de una realidad más allá de lo cotidiano, que por horrible u ominosa que pueda resultar, será siempre mucho más agradecida que la terrible banalidad de nuestra existencia diaria. Siempre he encontrado particularmente agradable el hecho de que, en italiano, el término para designar la palabra pesadilla no sea otro que incubo. Me resulta difícil no ver así en los malos sueños el bienvenido ataque vampírico de alguna entidad demoníaca –sea íncubo sea súcubo, ¿qué importa?– dispuesta a poseernos, sin darse cuenta quizás de que en esa posesión también está implícita una liberación de nuestras ataduras materiales, de nuestra aburrida vigilia con todas sus esclavitudes serviles, que supone sin duda un destino quizás peor que la muerte, pero siempre mejor que la vida. No es extraño, pues, que sean muchos los escritores de ficción fantástica y terrorífica quienes han encontrado inspiración para sus obras en el mundo de los sueños y, más específicamente, de las pesadillas. Así surgieron en buena parte, al menos según sus autores, el Frankenstein de Mary Shelley, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson y hasta el Drácula de Stoker. Igualmente, por confesión propia, sabemos que algunos de los relatos más impresionantes de Poe, Wells o Lovecraft tienen origen a su vez en pesadillas y ensoñaciones plasmadas después en tinta por sus creadores. Incluso best-sellers modernos del género, como Misery de Stephen King –siendo King, ¿cómo no tener tal pesadilla?– o la saga Crepúsculo de Stephenie Meyer proceden de sueños recurrentes, en el segundo caso también húmedos, por supuesto. Pero de entre todos estos soñadores expertos hay uno que reclama aquí nuestra atención por su singularidad, por la longeva popularidad de algunos de sus relatos –ya que no del propio autor– y por su capacidad peculiar para conservar en ellos la atmósfera onírica y la falta de lógica o solución que inevitablemente acompaña los genuinos sueños y pesadillas, poluciones de nuestro inconsciente, individual y colectivo, que nos obligan a llevar una doble vida independiente de toda ley, regla o norma impuesta por Dios, la naturaleza o el hombre. Hablamos de Edward Lucas White (1866-1934).

II

           Pese a sus obvias dotes de experimentado viajero onírico, lo que difícilmente podía llegar a sospechar ni en sueños E. L. White, apreciado literato estadounidense creador de novelas históricas mayormente ambientadas en la antigua Roma, poeta y autor también de cierto número de relatos de humor y tema contemporáneo, es que en el futuro sería recordado prácticamente solo y exclusivamente como escritor de cuentos macabros, en especial gracias a una de las obras maestras del género, “Lukundoo”, indispensable en cualquier antología sobre el tema que se precie. No es un destino extraño para muchos de los escritores del periodo tardo-victoriano y la era eduardiana: W. W. Jacobs, F. Marion Crawford, Robert W. Chambers, E. F. Benson e incluso Edith Wharton han sido más reconocidos por la posteridad como hábiles constructores de historias de fantasmas, fantasías oscuras y relatos macabros que gracias a las obras de humor, historia, romance o costumbrismo que en su día les hicieran populares y hasta ricos en algunos casos. Para su desgracia, aunque algunas de sus novelas fueron también acogidas con notable éxito por crítica y público, Lucas White jamás consiguió vivir solo de la literatura, y mucho menos rentabilizar sus muchos y excelentes cuentos fantásticos que a menudo tardó años en publicar y solamente tras su muerte alcanzarían el estatus de verdaderos clásicos del género.
           La vida de E. L. White resulta poco excitante y es más bien escaso lo que de ella sabemos, principalmente gracias al ya fallecido George T. Wetzel, polémico miembro del fandom de fantasía y ciencia ficción anglosajón desde la década de los 40, quien a lo largo de varios números del fanzine Fantasy Commentator publicó, a comienzos de los años 80 del pasado siglo, una serie de artículos bajo el título de Edward Lucas White: Notes for a Biography que, interrumpidos por su muerte en 1983, han servido a su vez para los datos biográficos que aporta el experto S. T. Joshi en su introducción al libro The Stuff of Dreams: The Weird Stories of Edward Lucas White (Dover, 2016). Datos que, por supuesto, siguen también en general estas breves líneas sobre el devenir terrenal de nuestro autor.
           White nació el 11 de mayo de 1866 en Bergen (New Jersey), en el seno de una familia de origen francés e irlandés, instalada poco después de su nacimiento en Brooklyn. Su padre, Thomas Hurley White, fue una de las víctimas del Viernes Negro de 1869 (tan distinto de los Black Friday de hoy en día…), viéndose el matrimonio obligado a separarse temporalmente por motivos económicos y laborales. Mientras el padre permanecía en la ciudad de Nueva York en busca de trabajo, E. L. White se trasladaba con su madre a la ciudad de Coxsackie, situada en las cercanías del río Hudson. Los intentos familiares por regentar una granja al oeste del Estado de Nueva York, en Ovid, fracasaron también, y en 1874 Thomas se vio obligado a mudarse a Baltimore, donde su esposa tardaría casi cinco años en reunirse con él. Pese a que Edward fue enviado en 1877 a la Pen Lucy School de Baltimore, gran parte de su educación fue esporádica y autodidacta, producto de sus visitas y lecturas constantes en la Biblioteca del Instituto Peabody, donde, al parecer, desarrolló su pasión por la Historia y, en particular, por la historia de la antigua Roma, que habría de dar sus frutos en el futuro.
           En 1884, Edward fue aceptado en la Johns Hopkins University, donde destacaría por su apasionada pertenencia al club de debate, llamando positivamente la atención ni más ni menos que del futuro presidente Woodrow Wilson. Sin embargo, la continuidad de sus estudios se vio constantemente acosada por dos fantasmas nada complacientes: la amenaza de la pobreza, que le acompañaría durante casi toda su vida, y las frecuentes migrañas que sufriría también intermitentemente a lo largo de su existencia, provocadas probablemente por el estrés y el exceso de trabajo. En junio de 1885 abandonaba la universidad para emprender, por consejo médico, un viaje a Río de Janeiro –cuya huella puede encontrarse en el relato “Alfandega 49 A”, incluido aquí– a bordo del navío Cordorus. White escribía poesía y narrativa al menos desde su adolescencia, y durante su viaje y estancia en Brasil completó una primera versión de su novela utópica Plus Ultra que, sin embargo, arrojó por la borda durante la travesía de regreso. Instalado de nuevo en Baltimore y de vuelta en la Universidad a finales de 1886, destruyó, presa de una crisis profunda, la práctica totalidad de todo lo que había escrito hasta entonces, alrededor de mil doscientas obras de diverso género y extensión. Pese a graduarse con honores en 1888 en Lenguas Románicas, de nuevo se vería obligado a abandonar la institución así como sus planes para emprender estudios de posgrado, cuando a su padre se le agotara el dinero con que le costeaba las clases, arruinando sus posibilidades de conseguir un puesto docente permanente en la Johns Hoskins. A partir de ese momento, White comenzaría una larga carrera como profesor, primero de latín en Dartmouth, en 1892, después en la Friends High School de Baltimore como maestro de instituto, querido y recordado por sus alumnos, y más tarde, en 1899, en la Boys Latin School, donde permanecería hasta 1915, tras haber contraído matrimonio en 1900 con la hermana de un compañero de colegio, Agnes Gerry, después del largo noviazgo de rigor característico de la época.

III

           A la par que se dedicaba profesionalmente a la enseñanza, Edward volvió a probar suerte con la literatura, escribiendo numerosos poemas y relatos a partir de la década de los 90, aunque muchos de ellos no serían publicados hasta muchos años después. Admirador entregado de Edgar Allan Poe, y lector de contemporáneos como Rudyard Kipling, H. G. Wells o George Sterling, con quienes llegó a mantener correspondencia, muchos de sus cuentos y poesías tienen por objeto historias macabras, personajes fantásticos o ficciones extraordinarias y, de hecho, la mayor parte de las más conocidas, incluyendo aquellas que componen esta antología, fueron escritas entre 1905 y 1909, apareciendo irregularmente en revistas que iban de pequeñas publicaciones locales de Baltimore, como Dixie, a otras de mayor tirada y distribución nacional, como Smith’s Magazine, Young’s Magazine, Bellman, Sunset Magazine, Atlantic Monthly e incluso el New York Herald. Pese a ello, eran muchos más los relatos rechazados, tanto de tema fantástico como de otros estilos, que los publicados y cobrados, por lo que de vez en cuando se vio obligado a autoeditarse, sin demasiado éxito, hasta que finalmente decidiera probar suerte como novelista. Fue así como, en 1916, vio la luz la que habría de convertirse en su obra más popular y alabada, al menos durante su vida: El Supremo: A Romance of the Great Dictator of Paraguay, novela histórica sobre el revolucionario Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, principal ideólogo y dirigente del proceso de independencia del Paraguay, país que gobernó de 1813 a 1840. El éxito inesperado de la misma, que conocería más de diez ediciones entre su publicación y 1943, volcó a su autor en el género, aunque ahora volviendo los ojos hacia su escenario favorito, la Roma Antigua.
           The Unwilling Vestal: A Tale of Rome Under the Caesars (1918), Andivius Hedulio: Adventures of a Roman Nobleman in the Days of the Empire (1921), considerada por Lovecraft, amante convicto y confeso de las glorias romanas, su novela preferida dentro de este género, fueron continuadas por otras obras de menor éxito como Helen (1925), acerca de Helena de Troya, o el ensayo histórico Why Roma Fell (1927), que seguía los pasos del clásico de Gibbon acerca del auge y declive del Imperio Romano. Pese al éxito inicial de sus primeras novelas históricas, tampoco estas le produjeron suficientes ingresos como para que pudiera dedicarse exclusivamente a la literatura, y seguía viendo cómo muchos de sus cuentos y poesías eran rechazados sistemáticamente, mientras pergeñaba laboriosamente una nueva versión de su mastodóntica obra utópica, Plus Ultra, cuyo primer manuscrito entregara implacable a las aguas del océano años antes. Entre 1918 y 1919 había escrito una suerte de revisión breve de la misma titulada From Behind the Stars, que tampoco consiguió vender y más tarde incorporó como primera parte de una nueva redacción del libro, cuya composición inició un año después de la muerte de su esposa, en 1928. La obra llegó a sobrepasar las quinientas mil palabras, lo que no ayudó precisamente a que encontrara algún editor dispuesto a publicarla, permaneciendo inédita tras su muerte junto a otros relatos y poemas sepultados entre sus efectos personales, para ser redescubierta por el químico y fan pionero de la ciencia ficción A. Langley Searles, quien le dedicaría un detallado análisis en varios números del citado fanzine Fantasy Commentator.
           Pese a su irregular carrera literaria, los escasos emolumentos que esta le procurara vinieron a redondear aquellos fijos que su continuada labor en la enseñanza le proporcionaba puntualmente, y así Edward Lucas White pudo esquivar los espectros de la pobreza que le habían acompañado durante su infancia y buena parte de su juventud, viviendo sus últimos años en relativa prosperidad y retirándose de su puesto en la University School for Boys de Baltimore en 1930, para fallecer tan solo cuatro años después, el 30 de marzo de 1934, habiendo publicado poco antes su único libro autobiográfico, Matrimony (1932), dedicado a la memoria de su muy amada esposa. Probablemente se llevó con él a la tumba la frustración (y la maldición) de que muchos de sus mejores relatos macabros no obtuvieran el éxito que merecían, así como la seguridad de que sería recordado por las generaciones posteriores como un gran novelista histórico, autor de clásicos del género como El Supremo o Anduvius Hedulio. No podía estar más equivocado.

IV

           Como vimos antes, la mayor parte de los cuentos de Edward Lucas White fueron escritos en el breve periodo comprendido entre 1905 y 1909, pero aunque algunos encontraron su hueco en revistas de la época, fue el propio White quien compiló la mayoría de estos en dos volúmenes que conocieron también un éxito más bien regular. El primero, The Song of the Sirens (1919), contiene algunos ejemplos de tema sobrenatural, pero priman sobre todo en él las historias ambientadas en la Roma Antigua, mientras que el segundo –cuya edición en castellano tiene el lector entre sus manos–, Lukundoo and Other Stories (1927), comprende sus más famosos cuentos macabros y fantásticos, aquellos que según su confesión le fueran inspirados por sus propios sueños y le han convertido en verdadero clásico del género capaz de hacer las delicias de cualquier lector actual, demostrando que, frente a la fecha de caducidad que muchas veces ostentan inconscientemente obras «realistas» más populares que en su día fueron best-sellers, la literatura fantástica y de lo extraño posee un poder intrínseco, imperecedero y atemporal, que resiste el paso de modas y tendencias. El poder de sueños y pesadillas, cuyos disfraces cambian con el paso de los años y los siglos, pero cuya esencia sigue siendo la misma para aquellos valientes soñadores dispuestos a atenderlas y seguir sus tortuosos senderos hacia lo desconocido.
           Los relatos de White se inscriben en la mejor tradición eduardiana del fantástico, con un pie en el siglo XIX y otro en la modernidad galopante, combinando la sabiduría narrativa de sus autores más admirados, como Kipling o Wells, con un toque también de pulp fiction que los aproxima a otros escritores contemporáneos y populares como Robert W. Chambers o Henry S. Whitehead. Del conjunto de los que forman este notable volumen destacan, sin duda alguna, aquel que le da título, “Lukundoo”, escrito nada menos que en 1907 pero inédito hasta 1925, fecha en que fuera publicado por la siempre mítica Weird Tales en su ejemplar de noviembre, y “Amina”, que tendría la suerte de ser impreso en el número correspondiente al 1 de junio de 1907 de la revista Bellman, solo un año después de haber sido escrito. Ambos tienen en común su escenario exótico, y el componer no solo una suerte de mal sueño personal del autor, sino también una mirada oblicua al inconsciente colectivo del colonialismo imperialista de su tiempo, del que parecen representar su peor pesadilla posible. En el primero, como reconoce White, está presente el recuerdo del relato de Wells “Pollock y el hechicero Porroh”, pero “Lukundoo” lleva el leitmotiv de la venganza sobrenatural de un brujo nativo sobre el hombre blanco que le ha desafiado hasta extremos tan grotescos como sorprendentes, que tienen algo ya de genuino body horror, digno de Cronenberg o Clive Barker, propiciando una lectura sociopolítica evidente: el cuerpo del imperio conquistado por sus súbditos coloniales, que lo socavan y se abren paso en él como una infección, destruyéndolo en el proceso. Una bonita metáfora para estos días de emigrantes que arriban ininterrumpidamente a las costas europeas, infiltrándose imparables en el cuerpo en decadencia de la Vieja Europa. No es difícil encontrar la huella de este cuento, obra maestra de su autor y el más conocido de todos, en muestras modernas del género como el relato “Cómo se desangran los expoliadores” de Barker (Libros de Sangre II. Valdemar, 2017) o, de forma más tangencial y quizá inconsciente, en el desopilante “Hay un millón de maneras de hacer lo correcto”, de Matthew Revert, incluido en la antología de Hugo Camacho Bienvenidos al bizarro (Orciny Press, 2017). Por su parte, “Amina”, que tiene cierto precedente en un temprano poema de White, “The Ghoula”, escrito en 1897 y narrado desde el punto de vista de una criatura antropófaga, toma su título del personaje de una de las historias más siniestras de Las mil y una noches, y lleva al lector hasta los desiertos de Oriente Medio para enfrentarle a una suerte de femme fatal de naturaleza bestial, que más parece pertenecer a alguna de las razas de noche de Barker que a un orden sobrenatural, constituyendo uno de los más destacados ejemplos, si no el mejor, del empleo del personaje del ghoul en la literatura de horror.
           Aunque no todos los relatos del libro están, por supuesto, a la misma altura, la mayoría comparten buena parte de las mejores virtudes de su autor: la creación de una atmósfera en apariencia normal que velozmente se desliza hacia lo siniestro y amenazador, siguiendo la lógica ilógica de los sueños; el trazo rápido, eficaz y potente del carácter de sus personajes, perfilados en tan solo unas pocas definitorias líneas; y su capacidad para dar una vuelta de tuerca siempre original a tópicos como la mansión embrujada –“La casa de la pesadilla” (1905)–, la profecía autocumplida –“El mensaje en la pizarra” (1906), que incluye por otro lado una interesante descripción de los métodos y teorías espiritistas de la época–, la brujería –“El cinturón de piel de cerdo” (1907)– o las premoniciones inexplicables –“El rompecabezas” (1909), “Alfandega 49 A” (1913)–. Pero aquellos que destacan de manera singular son, precisamente, los más próximos al mundo onírico del que surgen, donde el poder de las imágenes invocadas y la extrañeza de las situaciones supera cualquier otro elemento narrativo, despertando en el lector una inquietud profunda, que responde menos a lo sobrenatural que a lo incomprensible, a lo irreductible a la lógica y lo soberanamente absurdo de un universo donde lo misterioso es inexplicable por defecto y por definición. En “El hocico” (1909), un grupo de ladrones penetra en la mansión de un excéntrico potentado a fin de despojarle de sus riquezas, para encontrarse con algo no solo inesperado sino tan grotesco y carente de sentido como vagamente reminiscente de imágenes arquetípicas y paganas, evocadoras de un erotismo inhumano y de blasfemas aberraciones contranatura. La descripción del peculiar interior de la mansión, de los extraños cuadros y objetos que la decoran, evoca los lienzos de René Magritte y Paul Delvaux o incluso los collages de Jan Švankmajer y las caricaturas de Topor, en un genuino tour de force surrealista, digno de Lynch, mientras que, en cierta medida, el desarrollo y punto de partida del argumento recuerdan la posterior pieza teatral de Lord Dunsany “Una noche en una taberna” (1916). Ya S. T. Joshi y otros han señalado el aire de familia que “La isla de la brujería” (1922) posee con la serie televisiva británica de culto El prisionero, pero mientras esta, al menos en principio, tenía la excusa del fanta-espionaje y la conspiración como punto de partida, aquí nos encontramos con un escenario aislado, paranoico y de atmósfera rarificada en extremo, que responde, por lo demás, tan solo al imperio de un individuo extravagante, excéntrico aristócrata amante de las aves, que reina sobre la isla del título literalmente y tal y como nos dice el protagonista del cuento como «un déspota oriental entre sus sultanas». Sofocante, decadente y cada vez más grotesco –en sentido literal: parte de la acción se refiere a una misteriosa gruta donde se oculta… ¡un ganso salvaje de instintos violentos!–, dominado indirectamente por la presencia de una suerte de bruja con aspecto de matrona celta que no puede estar más lejos del arquetipo de Circe, aunque sospechamos puede convertir a quien quiera en animal o algo peor, este relato resulta tan inquietante como siniestramente divertido, con algunos sorprendentes elementos en común con el clásico eroguro El extraño caso de la Isla Panorama (Satori, 2016), de Edogawa Rampo, publicado cuatro años más tarde en Japón.
           La única excepción al ambiente onírico y pesadillesco de los relatos aquí reunidos, que tan bien sabe sugerir y cultivar White huyendo siempre de explicaciones tanto naturales como esotéricas, dejando abierta la puerta a lo imposible, más cerca en ese sentido del cuento de horror absurdo y modernista que de la historia clásica de fantasmas anglosajona, es “La espada de Floki” que, como reconoce su autor, es en realidad el desarrollo literario de la pesadilla de uno de sus amigos, concerniente a una espada mágica de carácter legendario, que el escritor convierte en relato de aventuras históricas en un estilo que puede evocar a Talbot Mundy, Edison Marshall o Robert E. Howard, muy disfrutable también, especialmente en lo que se refiere a su sorprendente aliento y alegato pagano, que haría las delicias de cualquier seguidor de Ásatrú que se precie y nos recuerda que las novelas romanas de White son poco complacientes con el cristianismo, a diferencia de lo que era habitual en la época de Quo Vadis?, Fabiola o Ben-Hur. Otro inesperado atractivo más que sumar a la lectura de este Lukundoo.
           Admirado por Lovecraft, quien le dedica sendos elogios en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura (Valdemar, 2010), incomprendido en su tiempo como autor de ficción fantástica pero paradójicamente admirado por sus novelas históricas, Edward Lucas White es hoy por hoy un nombre fundamental que sumar a la nómina de autores anglosajones de fantasía macabra y extraña de finales del siglo XIX y comienzos del XX , no tanto quizá a la de aquellos que ocupan su primera línea y cuya influencia posterior es más que evidente, como es el caso de Machen, Blackwood, M. R. James, Lord Dunsany o Bierce, pero sí de esos otros no menos afortunados, capaces de construir a su vez un estilo y universo propios, una obra narrativa coherente y original, perfectamente legible y disfrutable en la actualidad, como W. W. Jacobs, Oliver Onions, W. F. Harvey, Robert W. Chambers, F. Marion Crawford o Vernon Lee, salvando las distancias que se quieran entre todos ellos. Un escritor que ha influido oscuramente en maestros posteriores del género como Robert Bloch, Richard Matheson o Clive Barker, que nos ha legado uno de los cuentos clave del relato fantástico del siglo XX , ese “Lukundoo” a la altura de otros clásicos imprescindibles como “La pata de mono” o “La bestia de cinco dedos”, y, sobre todo, un autor que fue capaz de transformar la materia de la que estaban hechas sus pesadillas privadas en historias para no dormir capaces de conectar también con las nuestras, con las de su tiempo y con las de cualquier ser humano capaz de soñar con mundos cuya extrañeza y otredad, por siniestras y terribles que resulten, son siempre preferibles a la sórdida vigilia en que vivimos y languidecemos poco a poco la mayoría de nosotros.

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