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Transcrepuscular de Emilio Bueso: Primer capítulo

Transcrepuscular - Avance - Destacada

Ya podéis empezar a leer el primer volumen de la trilogía «Los ojos bizcos del sol».

Este mismo mes de noviembre llega a las librerías lo nuevo de Emilio Bueso, Transcrepuscular, una novela de «Sword & Planet» con la que se inicia una trilogía titulada «Los ojos bizcos del sol» y que se ha descrito como una mezcla de Mad Max, Star Wars y Firefly. Para celebrar el lanzamiento, la editorial Gigamesh nos ha cedido en primicia el primer capítulo del libro, con el que os dejamos esperando que lo disfrutéis.

Emilio Bueso - Eurocon

Bueso firmando las galeradas de Transcrepuscular durante la Eurocon de Barcelona.


 

Uno
En la brevedad de la noche

Los caracoles del jardín dieron la voz de alerta. Elevaron las rádulas hacia las estrellas y bramaron al unísono. Y así empezó todo.
          Me desperté de un sobresalto. No dudé en ponerme el gabán, agarrar el venablo, colocarme la babosa al hombro y salir al patio principal, caminando como si me acabaran de apalear, con la vista desenfocada.
          La caseta en la que vivía entonces estaba junto a la garita de acceso a Palacio, aunque la verdad era que en mis tres años de experiencia como alguacil nunca había entendido el motivo. En nuestro municipio jamás pasaba nada, y menos en la brevedad de la noche.
          Pero yo sabía que los caracoles del Gobernador no bramarían así como así. Pesaban lo que diez hombres y se movían lo mismo que rocas durante las tormentas de nieve. Al bramar expulsaban unas vaharadas de humo fétido que podían desplazar un carro cargado hasta arriba.
          De modo que salí al patio con el arma en ristre, dispuesto a reducir a todo el que me encontrara al paso y no perteneciera al consistorio.
          Me recibieron la luz temblona de los faroles de luciérnagas que se desplegaban por todo el claustro, y gritos, en Palacio. La Regidora, a la voz de «al ladrón».
          Maldije mientras corría. Me pregunté qué cuernos querrían robarnos. Robarnos algo, a nosotros.
          Porque la nuestra era una región agraria y humilde, de pocas vías comerciales.
          Me embalé hacia la escalera principal y sorprendí al malhechor a la fuga.
          Nos habríamos cruzado de bruces de no haber girado él para encaminarse hacia el corral de las bestias. Mi brazo se aprestó a arrojar el venablo de puro instinto, pero lo que vieron mis ojos, atontado como estaba, me bloqueó por un segundo.
          El ladrón. Era apenas una silueta.
          Lo vi moverse en la penumbra del patio, deslizarse igual que una sombra y no como una persona. Yo solo veía un agujero hecho figura, ni que hubieran recortado al ladrón de la escena del robo.
          No me decidí a atacar, sí a darle un alto que casi sonó como un signo de interrogación.
          Ni se volvió a mirarme; se escabulló a toda velocidad por uno de los laterales que dejaban el patio.
          Por el pasillo que iba hacia los prados.
          Salí corriendo detrás, ya dispuesto a ensartarlo con el arma a la mínima oportunidad. Me dije que sobre la hierba de la braña le daría caza como a una cucaracha gigante. En el corral, a aquellas horas de la noche, solo habría líquenes, hongos, musgo, más caracoles pastando y el acceso al estanque de las libélulas.
          Torcí justo cuando alcanzaba su montura. ¿Había dejado a una bestia paciendo junto a las demás, igual que cualquier otra visita?
          Todo era pesadillesco, lo mismo que su cabalgadura, que no era ni una escolopendra ni una libélula como la mía. Era otra silueta. Otro contorno negro que no parecía reflejar la luz.
          Y eso que acababan de darla. Habían encendido los hongos del prado. Todos los luceros, del primero al último, en lo que claramente era una señal de alarma. La escena se inflamó en la fosforescencia azul de las setas hasta ofrecerme un atisbo de lo que llevaba el ladrón a modo de montura.
          Una serpiente. Con silla de montar.
          No era un gusano, era una serpiente.
          Una alimaña que lo alcanzó de un cabezazo para lanzarlo a la silla de montar y luego se puso a culebrear por el prado a una velocidad que engañaba al ojo. No veía colores, no veía formas; solo la sombra de una serpiente gigantesca. Una criatura que se llevó al ladrón en silencio y sin hacer pausas ni dudar un segundo. Se lo puso encima en un visto y no visto y de repente lo estaba sacando de las dependencias que yo custodiaba.
          La bestia zigzagueaba entre los hongos y los enormes caracoles, deslizándose sobre el musgo igual que un patinador. Puso enseguida una distancia entre nosotros que nunca podría salvar a tiro de venablo.
          Así que me llevé la mano al hombro e hice que la babosa cantara a montura.
          Miré hacia el estanque y enseguida vi a mi libélula lanzada como una saeta en mi dirección. Corrí a su encuentro y, también en un movimiento bien ensayado, me apresté a tomar las riendas de un salto y a salir en persecución del intruso. Ni de lejos iba a perder una oportunidad de lucirme cuando por fin se presentaba la ocasión.
          Mi animal y yo alzamos el vuelo, tomamos algo de altitud y el aire helado me despejó del todo. Alcancé a ver como la serpiente se aproximaba a la verja principal del prado. Después aceleramos y nos abalanzamos en picado hacia la horrible silueta que… Me pregunté cómo haría para salvar la valla.
          Era muy alta, casi una muralla de vigas, pértigas de acero y gigantescas agujas de cristales tóxicos y pedruscos de sal. Toda una empalizada, espesa y aparatosa. Se hizo en tiempos remotos, para bloquear el paso de los escarabajos de guerra.
          Pero la serpiente la salvó del mismo modo que quizá empleara para llegar a Palacio: se arqueó sobre el suelo, recordándome por un instante la mecánica de un muelle, o de una catapulta… y salió volando.
          Echó a volar. Sin más. Sin batir alas. Primero saltó y después comenzó a moverse como si estuviera en el agua y, perforando el medio hacia arriba, se enroscó y tomó altitud.
          Luego, velocidad.
          Mi libélula granate era una de las monturas más rápidas de la provincia, y no supe decir si podría alcanzar la celeridad que cogía la sombra de la serpiente con algunos coletazos.
          Parecían tan fuertes como para mandarla a las estrellas. Se diría que le daba latigazos al mundo y que con ellos salía despedida.
          Y en parte así era.
          Porque el aire mismo chasqueaba y se dolía como si lo cortaran a cuchillo. Era un espectáculo grandioso.
          El mundo no vuelve a ser igual cuando has visto alzar el vuelo a una serpiente más larga que cuatro diligencias. Una visión así hace que te replantees la mecánica de la realidad, la densidad del aire, el peso de las cosas. Nunca había visto nada igual y estaba muy descolocado. Me pregunté si soñaba, qué clase de brujería era aquella.
          Pero no me arredré e insistí en seguir a la zaga de aquella cosa, fuera lo que fuera. Siempre he sido decidido y no temo las pesadillas; me parecía inaceptable abandonar sin más.
          De modo que iniciamos la caza del fugitivo, esa vez a pleno vuelo, ya sin obstáculos, perforando el biruji. Mi animal apretó la marcha hasta el límite de sus posibles, y la serpiente pareció hacer otro tanto.
          Digo pareció porque recuerdo que me dio la impresión de que apenas se molestaba en mantener la distancia, y poco más. Me invadió la sensación de que la bestia no ganaba la velocidad porque… ¿Para qué?
          El ladrón parecía galopar relajado, no espoleaba la serpiente ni se inclinaba en la grupa. Yo en cambio me agarraba a la mía como en un huracán al tiempo que me deshacía en azotes y gritos, lo mismo que mi babosa, que dejó escapar un festival de vibraciones, fogonazos bioluminiscentes y gañidos. De pronto y a toda velocidad, a nuestros pies se sucedieron las plantaciones de hongos, los mares de lodo, las charcas de los triops, los bosques de helechos gigantes, los fangales de enormes cianobacterias y las colinas cubiertas de verdín. Rebasamos las vías del tren que surcaban el exterior del Círculo Crepuscular y, tras mucho tiempo a todo zumbar, y para cuando mi libélula ya empezaba a dar muestras de cansancio y a mí me dolía el alma de tanto aleteo, el sol salió a lo lejos y se escondió enseguida.
          Nos íbamos hondo muy deprisa. El fotoperiodo se estrechaba a medida que cambiábamos de meridiano. La luz iba menguando. Lo breve ya no era la noche, sino el día.
          Fue una cacería de las que agotan a una partida, con las luces trémulas. Nos amaneció y anocheció varias veces fugaces, conmigo a la zaga de aquella sombra. Cruzábamos el límite de lo habitable. A cada alborada, el sol asomaba menos entre las montañas, reducía su apogeo ciclo a ciclo.
          Yo estaba acostumbrado a una vida ordenada durante la estación seca, dormir una siesta cada seis puestas de sol y parar para comer cada cuatro. Hacía años que no perseguía una captura tantas amanecidas. Y la presa no daba muestras de cansancio. La serpiente seguía y seguía volando.
          Hacia el Norte, rumbo al límite exterior del Círculo Crepuscular.
          Se iba a salir de los mapas. Iba directa al Agujero del Mundo.
          Más al norte no había nada, solo sombra permanente. La oscuridad eterna. Páramos donde jamás se ha hecho de día.
          Pronto atravesaríamos la última frontera porque las corrientes de viento helado arreciaban. Se me estaban formando carámbanos en el cabello y en las pilosidades de la libélula. O aminorábamos o las tormentas que señalaban el fin del mundo nos derribarían; o me troncharían la montura de un plumazo, en cualquier embate.
          Además, la oscuridad negra y voraz iba en aumento. Se espesaba como un veneno.
          Nuestra carrera enterró el sol bajo el horizonte una última vez, tras un tímido y breve amanecer. Así fue, de un quebranto, que anocheció como solo anochece cuando te adentras en el Agujero del Mundo: vi pasar el último monolito, y cruzamos otra fase implacable del terminador, una de las líneas divisorias que definen los límites de las luces que conoce la humanidad. Sentí de golpe y porrazo que nos zambullíamos en un estanque congelado. La libélula apenas conseguía aletear, y a mí me dolía al respirar. Los bandazos de la tormenta de granizo y escarcha nos barrían a un lado y otro de la trayectoria que, en balde, tratábamos de mantener. A oscuras.
          Pero el ladrón no parecía afectado por la furia del Agujero.
          Se limitó a dar las luces.
          De pronto dos algos en la cabeza de la serpiente, ¿los ojos?, ¿los ocelos?, se encendieron como candiles, y la bestia horadó el terreno que teníamos debajo con un resplandor azulado.
          Un páramo helado de rocas blancas y hielo siete, sin líquenes ni hongos ni moho ni enjambres. Ni rastro de actividad humana o animal. Solo el Agujero. El Polo. Pero ¿cómo podía aquel chorizo aguantar el tipo allí?
          Yo esperaba que su intento de caerse del mundo pretendiera ponerme a prueba, no que se adentrara en la muerte como el que vuelve a casa. Pero eso fue lo que hizo. Se volvió por un instante a mirarme y se despidió agitando la mano. La oscuridad lo envolvió antes de que terminara el gesto.
          Mi babosa, casi congelada, se encendió para pedir clemencia, justo antes de encogerse y replegarse en la concha. Hizo lo mismo que había hecho el sol: se escondió y se apagó.
          Debíamos dar la vuelta de inmediato o no nos quedarían fuerzas ni forma de volver; la congelación nos haría pedazos. O los vientos huracanados y cargados de pedrisco. No podíamos seguir profundizando hacia el norte lo mismo que no habríamos podido coger altitud hasta escapar del cielo respirable. Apurábamos demasiado. El Agujero nos tragaría.
          Pero la sierpe parecía recorrerlo sin padecer en el proceso.
          No vi otra que aminorar la marcha, ya con vistas a abandonar la persecución.

Nunca me había pasado algo así, nunca me habían superado en una huida hacia las intemperies. Recuerdo haber perseguido a más de un desertor en mis tiempos de soldado, a fugitivos y prófugos que trataban de escapar hacia el Polo Sur y el Desierto del Mediodía. Aquello, bien adentro, donde pocos han ido, es un arenal calcinado por el mordisco de un sol que se mueve poco y despacio en lo alto del cielo. El astro rey lleva siglos fijo y batiendo ese suelo y ha convertido el páramo amarillo en un horno abrasador donde lo único que rompe el silencio y la quietud son los escorpiones que parecen nadar en las dunas, blancos como la nieve, grandes como montañas.
          Perseguir proscritos hacia el infierno del Sur nunca me había dado problemas: apenas temes a las tormentas de arena cuando cabalgas una libélula grande. Mis monturas siempre habían sido más rápidas que el ojo, bien capaces de alcanzar los confines del mundo de los hombres. Era uno de los privilegios que nunca me habían abandonado.
          Hasta aquella noche.
          Comprendí que la persecución era demasiado para mí cuando el ladrón cruzó el límite profundo, el que ya no está ni balizado, para perforar una negrura terrible. Que se podía cortar. Espeluznante.
          Terminal.
          Se adentraba en un sitio donde todo se paraba menos él.
          Los hombres no entrábamos ahí.
          El ladrón, sí.
          Detuve la montura y di la orden de suspender el vuelo en parado. Nos quedamos casi sin poder levitar, a la merced de vientos capaces de arrancar hongos gigantes; estábamos exangües, vencidos.
          Pero todavía saqué el catalejo. Un ojo de caracol que guardo en el gabán desde mis tiempos de cazador.
          Miré por él y vi a mi perseguidor cuando franqueó una barrera capaz de hacer estallar de frío el metal.
          Se volvió a mirarme por última vez y su figura comenzó a expulsar vapor, a humear.
          Pero no era que el frío la quemara. Fue como si se desprendiera de una capa de protección, del camuflaje que le hacía parecer una sombra.
          Una bocanada de vaho se desgajó de serpiente y jinete, y un abrazo negro más frío que el hielo se los tragó, como si tal cosa. Ni se inmutó el jinete ni flaqueó el galope de la montura.
          Aquellos dos volvían a su medio. A un sitio donde ni las libélulas ni los catalejos alcanzan a mirar. Al Agujero del Mundo.
          Que los arropó.
          Estaban en casa.


© 2016 Emilio Bueso
© 2016 Gigamesh, S.L.
Podéis descargar los capítulos 2 y 3 en Lektu con pago social.

A la venta en noviembre de 2016.

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One Response to “Transcrepuscular de Emilio Bueso: Primer capítulo”

  1. […] (quien sacará Transcrepuscular dentro de muy poquito y mientras podéis leer sus primeras páginas aquí). Si le añadimos Amatka, la novela de Karin Tidbeck que salió hace unos meses, es difícil […]