Este sitio utiliza cookies. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. Para más información vea la política de cookies.

Cerrar

Trece monos de César Mallorquí: Fragmento de Fiat tenebrae

Trece monos - Avance - Destacada

En primicia, un fragmento de Fiat tenebrae, relato inédito incluido en la antología Trece monos.

El próximo jueves 10 de septiembre sale a la venta Trece monos, el regreso de César Mallorquí al relato fantástico y de ciencia ficción, esperadísimo desde la publicación en 1995 de El círculo de Jericó. Trece monos contiene obras ya publicadas como El decimoquinto movimiento (Gigamesh n.º 12, premio Ignotus 1999) o Naturaleza humana (mención especial UPC 2012), pero también relatos inéditos como Fiat tenebrae, del que la editorial Fantascy nos ha cedido un fragmento en primicia para que podáis mitigar el mono de Mallorquí (o empezar a experimentarlo) un par de días antes de su puesta a la venta.

Como os decíamos en nuestro repaso a las novedades de septiembre, también podéis leer ya el prólogo de Juanma Santiago y la introducción del propio Mallorquí en Megustaleer.

Trece monos - Portada
Mensaje de auxilio emitido por la nave Hikaru el 16 de julio de 2335

Me llamo César Olmos y soy el propietario y capitán del carguero estelar Hikaru SK999-WB-A34, actualmente en órbita en torno a Astarté, el cuarto planeta de la estrella Baal (Catálogo Estelar: NMR.3156). En este momento se encuentran a bordo los miembros de la tripulación (seis personas, incluyéndome a mí) y ocho pasajeros (había uno más, pero ha desaparecido). Lo más probable es que muramos en las próximas… espero que sean horas y no minutos, pues es importante que complete esta historia para advertirle a la humanidad de lo que ha ocurrido.
          Hay una rana en el suelo de mi camarote, a un metro de distancia, mirándome con esos ojos saltones suyos sin que parezca importarle nada de lo que está sucediendo. No es la única rana que hay en la nave; de hecho, hay muchísimas. Horas antes, una lluvia de meteoritos ardientes mezclados con fragmentos de hielo cometario se abatió contra el casco; aunque los escudos deflectores amortiguaron los impactos, la nave ha sufrido severos daños. Cómo puede arder un meteorito en el vacío es algo que aún estoy preguntándome.
          Hace un rato he intentado beber un vaso de agua, pero del grifo manaba sangre. ¡Sangre! Ha sido entonces cuando he decidido contar la historia de este desastre. Todo empezó…
          La verdad es que no estoy seguro de cuál fue el comienzo. Supongo que cuando, dos años atrás, me tocó la lotería. Dos millones y medio de soles; una pequeña fortuna que me habría permitido retirarme a algún tranquilo rincón de la galaxia para vivir de las rentas. Pero entonces intervino mi cuñado Alfredo, el marido de mi hermana, un alto directivo de la compañía de construcciones astronáuticas Kimura & Suzuki. Al enterarse de que había ganado el premio, me llamó y dijo:
          —¿Has pensado en invertir toda esa pasta? Porque tengo una oportunidad única para ti…
          Kimura & Suzuki acababa de sacar al mercado las cincuenta primeras unidades de su nueva generación de cargueros, la Clase Washi. Eran unas naves espléndidas, dotadas con motores Lebedev y sistema de navegación Aizawa; lo último de lo último, los cargueros más rápidos de la galaxia. De hecho, eran tan exclusivos que todas las unidades habían sido construidas bajo encargo previo. Pero, según me contó Alfredo, uno de los compradores, la compañía Storck Logistics Inc., había quebrado recientemente, así que su pedido pasaría al primer nombre de la lista de espera.
          —Y yo puedo conseguir que ese nombre sea el tuyo —concluyó mi cuñado.
          Por aquel entonces, yo trabajaba como capitán del carguero Frühling, propiedad de la empresa Köhler. Era un asalariado, un don nadie. Cierto es que con el dinero del premio podría retirarme, pero la idea de crear mi propia compañía tintineaba en mi mente como un saco de monedas de oro. Los escasos cargueros Washi en servicio tenían su agenda de pedidos completa durante los siguientes dos años y las tarifas de transporte eran elevadísimas. Se trataba de un negocio redondo.
          El único problema era que un carguero Washi costaba cinco millones de soles, el doble de mi capital. Pero para eso están los bancos, ¿verdad? Solicité un crédito poniendo como aval la propia nave; me lo concedieron, compré la Hikaru y fundé una compañía de transportes: Olmos Logistics, S. L. No es un nombre demasiado ilustre que digamos, pero es el mío.
          Tras contratar una tripulación, comenzamos el trabajo; y todo fue de perlas durante año y medio. Teníamos más pedidos de los que podíamos atender y las tarifas no hacían más que subir; el dinero entraba a raudales, aunque la mayor parte, claro, estaba destinado a pagar el crédito. Sí, el negocio marchaba viento en popa, hasta que hace unos meses aceptamos transportar dos toneladas de bayas de gungají desde Durgá, el tercer planeta de la estrella Jánuman, a la Tierra. Y todo se fue al garete.
          Las bayas de gungají sólo se cultivan en Durgá y son una cotizadísima delicatessen. Además, son sumamente frágiles; una vez arrancadas de la mata, no aguantan más de veinte días, aun almacenadas en cámaras frigoríficas. Debería haber tenido en cuenta ese pequeño detalle, pero la avaricia me cegó.
          No aseguré el cargamento. El viaje de Durgá a la Tierra no nos llevaría más de cinco días y la Hikaru es una de las naves más seguras y fiables del universo. ¿Por qué, entonces, iba a malgastar dinero asegurando la carga? Así que no lo hice. Por exceso de confianza y porque soy idiota.
          Tras llegar a la zona de escape, dimos el primer hipersalto… y aparecimos en el quinto infierno, a más de 25.400 años luz de la Tierra. Había fallado el sistema de navegación. Gretel, la primera oficial, piloto y navegante, consiguió repararlo, pero estábamos muy lejos y el viaje de regreso llevó tiempo, mucho tiempo. Tardamos veintisiete días en llegar a la Tierra, y para entonces todo el cargamento se había echado a perder.
          Las bayas de gungají se cotizan en el mercado mayorista a ciento cincuenta soles el kilo, así que dos toneladas costaban 300.000 soles. Ésa era la cantidad que debía abonarles a los clientes por haber arruinado su mercancía. Recurrí al seguro de la nave; no cubría el cargamento, pero sí los desperfectos causados por un mal funcionamiento de los equipos. Sin embargo, los técnicos de la compañía no encontraron el menor problema en el sistema de navegación, así que rechazaron mi solicitud. Según su dictamen, había sido un fallo humano y, por tanto, no lo cubría el seguro.
          Un fallo humano, menuda estupidez. Gretel es la mejor navegante que conozco, e incluso si se hubiera equivocado no lo habría hecho con un error tan desmesurado como 25.400 años luz. Pero daba igual lo que yo pensase; tenía una deuda que no podía pagar. Solicité un nuevo crédito y me lo denegaron. Finalmente, un juez decretó el embargo provisional de la Hikaru como garantía del pago de la deuda.
          Y ahí estábamos, mi tripulación y yo, varados en la estación orbital Космический порт a la espera del desastre final. Con la nave embargada no podíamos trabajar, y si no trabajábamos nunca conseguiría el dinero necesario para pagar la deuda y el crédito. Al final, la Hikaru sería subastada, el banco y los clientes se repartirían el dinero y yo me quedaría en la más absoluta ruina. Eso es lo que iba a pasar si no ocurría un milagro.
          Y el milagro llegó en forma de abogado. Se llamaba Angelo D’Luca, socio del bufete D’Luca, Ferrazano & Meroni, con sede en Roma, y era un hombre de mediana edad, elegante y un poquito amanerado. Por entonces, yo aún no sabía que ese bufete sólo tenía un cliente, y por supuesto ignoraba quién era ese cliente. Si lo hubiese sabido… ¿A quién quiero engañar? Habría hecho exactamente lo mismo que hice.
          D’Luca nos llamó para solicitar una cita; intenté quitármelo de encima con la excusa de que teníamos completa la agenda de pedidos (no quería confesarle a un desconocido que estábamos en bancarrota), pero el hombre insistió aduciendo que se trataba de un asunto de mi máximo interés, así que no tuve más remedio que citarme con él en nuestra oficina, un pequeño cubículo que pronto tendríamos que abandonar por impago del alquiler.
          Acudí en compañía de Gretel. En realidad, ella no es mi empleada, sino mi socia. Habíamos navegado juntos desde que entré en la Köhler, y era la mejor piloto y navegante con la que había trabajado; por eso, cuando fundé mi propia empresa, fue a ella a quien primero me propuse contratar, y para tentarla le ofrecí una participación del diez por ciento.
          Gretel Herrderfliegen tenía cuarenta y tres años y había nacido en un pueblo cercano a Heidelberg. Era rubia, con el pelo corto, y muy alta, más de un metro ochenta. También era una adicta al ejercicio físico y la mujer más fuerte que he conocido; el perímetro de sus bíceps superaba con creces al de mis muslos. Pese a eso —o precisamente por ello—, se trataba de una mujer tranquila y serena, la clase de persona a quien querrías tener a tu lado en caso de dificultades.
          D’Luca acudió puntual a la cita. Rondaba los cincuenta años, era delgado, con el pelo castaño y un milimétricamente recortado bigote cabalgando sobre unos labios finos como cicatrices. Vestía un tan discreto como carísimo traje de Ferrini, una indumentaria del todo incongruente para deambular por una cochambrosa estación espacial rusa. Tras los saludos y presentaciones iniciales, tomamos asiento; Gretel y yo a un lado del escritorio y el abogado enfrente.
          —Lamento que pierda su tiempo —dije—, pero, como le informé por teléfono, estamos tan saturados de trabajo que no podemos atender ningún otro encargo.
          D’Luca esbozó una amable sonrisa y respondió:
          —Disculpe si soy demasiado directo, pero el asunto que nos ocupa es extremadamente urgente. Mi cliente sabe que su nave ha sido embargada judicialmente como garantía por el impago de una deuda de trescientos mil soles. No obstante, está interesado en contratar sus servicios.
          Parpadeé, confundido, y abrí la boca para protestar, pero comprendí que no tenía sentido negar lo evidente, así que suspiré y respondí:
          —Pues si su cliente sabe eso, también sabrá que con la nave precintada no podemos prestarle ningún servicio.
          —Ya, pero permítame una pregunta. Supongamos que pudieran utilizar la nave. ¿Cuánto se tardaría en llegar a una estrella situada a novecientos cuarenta y seis años luz?
          Le dirigí una inquisitiva mirada a Gretel, que, tras unos segundos de reflexión, respondió con su profunda voz de contralto:
          —Depende de la situación de esa estrella con relación al Sol y la Tierra, pero unos seis días. Siete, a lo sumo.
          —Es una Clase Washi —apunté con un deje de melancolía—. Más del doble de rápida que el más rápido de los cargueros.
          D’Luca reflexionó durante unos segundos y preguntó:
          —¿Se comprometerían por escrito?
          —¿A qué?
          —A llegar a esa estrella en un plazo máximo de siete días.
          —Claro —asentí—. Si pudiéramos acceder a la nave.
          El abogado se acarició pensativo el mentón y dijo:
          —De acuerdo, les haré una propuesta. Mi cliente está dispuesto a abonar su deuda, así como los gastos del viaje y sus honorarios habituales. La única condición es llegar a ese lugar en menos de una semana. ¿Aceptan?
          Gretel y yo intercambiamos una mirada de sorpresa.
          —¿Es una broma? —dije.
          —Al contrario; es un asunto muy serio.
          Miré fijamente al abogado.
          —¿Quién es su cliente? —pregunté.
          —Eso, por el momento, no puedo decírselo.
          —¿Se trata de algo…? —vacilé—. ¿Legal?
          D’Luca sonrió.
          —Completamente legal; no se preocupe, capitán Olmos.
          En realidad no me preocupaba; podría haberme pedido que transportase opio siriano, o esclavos sexuales para los burdeles de Visnú 3, y no le habría puesto la menor pega. Así de desesperado estaba.
          —Aceptamos, por supuesto —respondí, conteniendo las ganas de ponerme a dar saltos de alegría.
          —Perfecto. —El abogado asintió, satisfecho, y añadió—: Sólo una cuestión más, aunque no es demasiado importante: ¿qué religión profesa, capitán?
          Arqueé las cejas, sorprendido. ¿A qué demonios venía esa pregunta?
          —Eh…, pues ninguna —respondí.
          —¿Y sus padres?
          —No eran religiosos.
          —¿Y usted, señora Herrderfliegen?
          Gretel se encogió de hombros.
          —Mi padre era cienciólogo y mi madre protestante, pero yo no practico ninguna religión.
          D’Luca asintió con un cabeceo.
          —Supongo que no conocerán la adscripción religiosa del resto de los tripulantes…
          —Pues no —respondí—; aunque no creo que ninguno de ellos sea especialmente devoto. Pero ¿qué importa eso?
          —En realidad, nada. —El abogado extrajo de su portafolio un fajo de documentos—. Si les parece, podemos proceder a la firma del contrato.
          Firmé todo lo que D’Luca me puso delante, incluyendo una adenda de confidencialidad por la que me comprometía a no revelar nada de lo que sucediese en ese viaje. Gretel también la firmó, y lo mismo debería hacer el resto de la tripulación. Sólo entonces el abogado nos reveló nuestro destino: el cuarto planeta de Baal. Ni Gretel ni yo habíamos oído hablar jamás de esa estrella, así que, nada más irse D’Luca, consultamos el Catálogo Estelar.
          Baal es una enana amarilla de magnitud 4.9 y clase espectral G2, con un diámetro de 1.480.000 km. A su alrededor orbitan once planetas; seis telúricos y cinco jovianos, pero sólo uno de ellos tiene algún interés: Astarté, el cuarto planeta contando desde su sol, porque en él habitaba una raza inteligente, los astartianos.
          Se trataba de una civilización de tipo 0 subclase 0,2 en la escala de Kardashev; es decir, muy primitiva. Acababan de dominar la fundición de metales y sus únicas fuentes de energía eran la animal, el fuego, el viento y el agua. Ni siquiera habían inventado todavía la máquina de vapor. Eran, por así decirlo, unos paletos galácticos. ¿Qué interés podía tener alguien en ir allí?
          Martín, el segundo oficial, acaba de comunicarme que el puente de mando está invadido por mosquitos y tábanos. Ha añadido que la nave apesta. Le he dicho que no importa, que se retire a su camarote e intente descansar, porque ya no tenemos el menor control sobre la Hikaru. Ni sobre nuestras propias vidas, si vamos a eso. La rana que descansa en el suelo, frente a mí, ha asistido impasible a la conversación.
          Tan sólo seis horas después de la visita de D’Luca, el juez ordenó desprecintar la nave y nos devolvió la documentación. Un tiempo récord; no cabía duda de que nuestro cliente, fuera quien fuese, tenía influencias. Al poco, me llamó el abogado para informarme de que acababan de llegar a la estación espacial los dos módulos que debíamos acoplar a la Hikaru: uno de observación y un módulo-hospital. Añadió que los pasajeros procedentes de la Tierra abordarían la nave en tres horas y media.
          —¿Cuántos son? —pregunté.
          —Ocho. Y yo, que les acompañaré en el viaje.
          —De acuerdo. Les recibiré personalmente.
          —Muy amable, capitán; pero queremos partir en cuanto subamos a bordo, así que su presencia será necesaria en el puente de mando. La primera oficial puede ocuparse de acomodarnos. Y recuerde que la discreción es fundamental en este asunto.
          ¿A qué demonios venía tanto secretismo?, pensé. Pero en vez de preguntarlo, dije:
          —Necesitaré la lista de pasajeros para el papeleo…
          —Por supuesto; se la enviaré inmediatamente.
          La lista llegó un par de minutos después: Massimo Lorencetti, Gino Carduccio, Louis-Philippe Leblanc, Orville Renaud, Piotr Pettkus, Nolan Hacher, Gaston Petit y Pierre Gaudet. Dos italianos (tres, contando a D’Luca), cinco franceses y un polaco. No me sonaba ninguno de aquellos nombres.
          Convoqué en la nave al resto de la tripulación: Martín Toledo, el segundo oficial; Svetlana Ivanov, piloto newtoniana; Sean O’Keefe, mecánico, y Nahil Kdongo, técnico de soporte vital y comunicaciones. Los remolcadores de la estación tardaron poco más de una hora en ensamblar los módulos a la Hikaru. También trajeron las provisiones, muchísimas. Entonces caí en la cuenta de que D’Luca no me había dicho cuánto tiempo duraría la misión; pero iba a ir para largo, a juzgar por la gran cantidad de vituallas.
          Poco después, nos comunicaron que los pasajeros habían llegado, así que Gretel abandonó el puente para recibirles. Unos minutos más tarde, me confirmaron que el pasaje ya estaba a bordo, de modo que ordené cerrar las compuertas y, cuando la torre de control nos dio permiso, soltamos amarras e iniciamos el viaje a Baal. Gretel regresó al cabo de veinte minutos.
          —¿Y bien? —le pregunté.
          —Les he dejado en sus camarotes —respondió encogiéndose de hombros—. D’Luca ha dicho que hablarán con nosotros en cuanto se acomoden y descansen un poco.
          —¿Cómo son?
          Gretel volvió a encogerse de hombros.
          —Raritos —dijo—. Uno de los italianos, el tal Lorencetti, es un carcamal. Los demás le tratan con mucha deferencia, como si fuese su jefe o algo así.
          —¿Han dicho algo?
          —Buenos días y gracias. No hablan mucho.
          Durante las siguientes horas ninguno de ellos hizo acto de presencia. Martín me comentó que llevaban un buen rato encerrados en el camarote de Lorencetti. Me acerqué allí y pegué la oreja a la puerta; lo único que puede oír fue una apagada salmodia, un monótono murmullo. Era como si estuvieran… ¿rezando?
          El enigma no tardó en desvelarse. Cinco horas y media después de nuestra partida, D’Luca fue a buscarme y me informó de que sus clientes deseaban entrevistarse con nosotros, así que Gretel y yo nos dirigimos con él al camarote de Lorencetti. No estaban todos los pasajeros, sino sólo cuatro, todos vestidos de negro; entre ellos, como había comentado mi primera oficial, un viejo que aparentaba un millón de años.

© César Mallorquí, 2015
© Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2015
Trece monos a la venta el 10 de septiembre.

Inicia sesión y deja un comentario