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Vienen cuando hace frío de Carlos Sisí. Capítulos 1 y 2

Vienen cuando hace frío - Avance - Destacada

En primicia, los primeros capítulos de Vienen cuando hace frío, la nueva novela de Carlos Sisí.

El próximo 2 de octubre, la editorial Insólita publica la nueva novela del autor madrileño Carlos Sisí: Vienen cuando hace frío. La novela está protagonizada por Joe Harper, que acaba de perder su empleo y decide mudarse a una cabaña que su abuelo le ha dejado en herencia en las montañas de Canadá, un lugar remoto y desolado. Pronto, Joe descubrirá que los lugareños abandonan la zona por completo cuando se acerca el invierno, aunque él está decidido a quedarse en su nueva casa.

El libro tendrá un precio de 19 €, 320 páginas y vendrá en rústica con sobrecubiertas. Y atención, que podéis realizar la compra anticipada de la novela en Lektu ya mismo y recibir unos regalos exclusivos y el libro cómodamente en casa sin gastos de envío. Insólita ha tenido la amabilidad de cedernos en exclusiva los dos primeros capítulos de la novela para que podáis empezar a leerla. ¡Cuidado con el frío!

Vienen cuando hace frío - Portada

Capítulo 1: Joe Harper

          Joe Harper recibió la llamada el dieciséis de junio, tan solo ocho días después de que perdiera su trabajo. Era, como habría dicho su padre, «un trabajito de mierda»: apenas un puesto como reponedor en un modesto supermercado de la cadena Double Save. Ingresos modestos, sí, pero aparecían en su banco el día cuatro de cada mes y eso era mucho. Ahora que sabía que dejarían de llegar, que cuando mirara su cuenta a primeros de mes la encontraría más deslucida que de costumbre, todo su pequeño mundo empezó a tambalearse. Pensaba en el alquiler. Pensaba en facturas. Dos días en el paro bastaron para que su nivel de inquietud le impidiera conciliar el sueño.
          Eran malos tiempos para perder un trabajo. Estados Unidos se enfrentaba a una crisis internacional que hacía caer a grandes bancos y corporaciones, y la intranquilidad se respiraba a pie de calle, como el vaho rancio que emana de una prenda de licra en un día de calor. Había escuchado cosas sobre el resto del mundo y, por lo que sabía, al otro lado del charco las cosas estaban peor aún; pero a Joe le importaba más su realidad que los entresijos de la economía internacional. Pagar el alquiler y las facturas, y contar con algo de dinero de bolsillo para darse un garbeo de tanto en cuando.
          Lo bueno de no necesitar mucho era que cualquier cosa le servía, y siempre había trabajos que nadie quería hacer. Siempre. Había trabajado de comercial en diferentes gremios, preparado decenas de miles de Big Mac en un McDonald’s de Baltimore, vendido Biblias («¡con exquisita encuadernación de piel, señora, ahora de oferta!») y hasta limpiado retretes. Jesús, había limpiado tantos retretes que hasta había perdido el olfato por el amoniaco y los desinfectantes. Sin embargo, cuando empezó a buscar trabajo y las chicas de Recursos Humanos le enseñaban las pilas de solicitudes de empleo que acumulaban polvo en las mesas, empezó a asustarse. Hasta había tipos con formación universitaria, buena presencia y varios idiomas haciendo cola para destrozarse la nariz con productos de limpieza.
          Estaba asustado de veras.
          Joe recurrió a un abogado; uno barato que parecía subsistir en una pequeña oficina de aspecto mugriento en el peor barrio de la ciudad. No inspiraba mucha confianza, pero era un abogado al fin y al cabo, y era lo mejor que podía pagar. Quería que revisara su caso, que estudiase la posibilidad de que hubiera alguna irregularidad en el proceso de despido. Si así fuera, Joe quería saber si existía alguna forma de recuperar el empleo, más que percibir una indemnización. El abogado, un tipo de panza prominente y una chaqueta un par de tallas demasiado pequeña, levantó una ceja de incredulidad, asintió con un gesto vago y le pidió un anticipo de doscientos treinta dólares. Era una cantidad considerable teniendo en cuenta que sus ahorros apenas llegaban a un par de miles, pero aceptó de todas maneras. Joe pagó en metálico, se dieron la mano brevemente y el abogado le dijo que esperara su llamada.
          La llamada llegó a las once y veinte de la mañana del octavo día, irrumpiendo de una forma bastante estridente en la quietud de su salón.
          —¿Señor Harper? —preguntó una voz. Joe, todavía con los ojos pegados por el sueño, no consiguió identificarla, así que tardó unos instantes en responder.
          —Sí… Soy Harper.
          —Soy Wickham, señor Harper. Su abogado.
          La panza del señor Wickham inundó de pronto su mente, y Joe, con una mueca de disgusto, cerró los ojos y se dejó caer en el sofá. Se había acostado tarde la noche anterior, demasiado tarde. Si mal no recordaba, el cielo ya clareaba cuando cerró los ojos, agotado. Pero últimamente todas las noches acababan igual.
          —Sí… Claro. Yo… Dígame —balbuceó Joe, carraspeando para aclarar la voz. Notaba la garganta horriblemente seca.
          —¿Puedo llamarlo Joe? Me gustaría que me llamara Mike, si no le importa. Después de todo, parece que tenemos caso.
          Joe pestañeó.
          —¿Quiere decir…?
          —Tutéeme, por favor. Sí, he estado mirando su caso y todas las notas que me pasó. Naturalmente, tenemos que sentarnos y repasar todo esto minuciosamente, pero si todo es tal como lo cuenta, creo que podemos optar por una reclamación de diez mil dólares.
          Joe pestañeó, incorporándose sin ser consciente de ello. La cabeza le daba vueltas y el corazón empezó a galopar en su pecho. «Diez mil dólares.» La cifra era tan preciosa como redonda, inabarcable en su cabeza acostumbrada a sueldos mínimos que se esfumaban rápidamente a medida que transcurría el mes.
          —Esa cantidad está asegurada, Joe. Sin embargo, creo que podemos sacarles bastante más. Podemos jugar un poco, ¿sabe? Aducir que, debido a la situación económica actual, usted ha caído en una depresión de caballo, o que rechazó una propuesta de trabajo porque le aseguraron que tenía perspectivas de futuro en ese puesto.
          —Pero…
          —No se preocupe. Usted no deberá decir nada, yo lo haré por usted. Le enviaré a un médico, un buen amigo mío. Cuando salga de la consulta, tendrá un documento firmado donde se certificará que su depresión va subida en un fórmula uno y circula por una carretera que desemboca en un maldito precipicio, si sabe lo que quiero decir.
          Joe escuchaba con atención, intentando asimilar todo lo que el abogado le estaba diciendo. El tipo hablaba deprisa, como si hubiera repetido todo aquel rollo varias miles de veces, y probablemente así era.
          —Eso ¿puede hacerse? —preguntó al fin.
          —Puede intentarse.
          —¿Cuánto podríamos pedir si tomamos ese camino?
          —Cincuenta, sesenta mil dólares, aproximadamente.
          Joe se puso en pie. En realidad, saltó como si un muelle del sofá hubiera escapado de la estructura y lo hubiera catapultado de repente. Quiso decir algo, pero las palabras daban vueltas en su cabeza, imprecisas y esquivas.
          —¿Sigue usted ahí, Joe? —preguntó el abogado.
          —Sí… —contestó tras unos instantes.
          —No me lo diga: le ha dado un subidón, ¿eh?
          Joe soltó un bufido y asintió con la cabeza.
          —Es un buen montón de pasta —dijo llanamente el abogado, como si le hubiera visto mover la cabeza—. Pero no quiero que se cree falsas expectativas. Aunque el caso es factible, también depende del juez que lo lleve. Existe un riesgo, ¿sabe? Generalmente, los abogados de Double Save querrán llegar a un acuerdo antes de entrar en la sala cuando empiece todo el jaleo. Olerán que pueden perder, y no arriesgarán. Le ofrecerán una cantidad para olvidarse de todo, una… resolución amistosa.
          —Pero no tanto como cincuenta mil… —aventuró Joe.
          —Veo que lo va pillando. Naturalmente que no. La cifra que manejarán podría estar entre los veinte y los treinta mil, pero también es dinero, sin riesgos.
          Joe no dijo nada durante unos instantes. Al otro lado del aparato, el sonido inequívoco de un encendedor resonó en la quietud de la línea. No recordaba haber visto fumar a Wickham, pero recordaba vagamente que su oficina olía ligeramente a humo; humo de cigarro puro. Imaginaba a Wickham encendiendo uno cada vez que se topaba con un caso genuinamente bueno; no una de esas demandas baratas que podrían reportarle un par de cientos de dólares, sino una buena de verdad. Una como la suya. ¿A cuánto ascendían sus honorarios? Estaba seguro que en algún momento habló de ello, pero no podía recordarlo en ese instante. ¿Un diez por ciento del total, quizá? Eso podía significar tres de los grandes solo por redactar un par de documentos. Aunque dudaba que Wickham pudiera distinguir un habano de un puro de a dólar aunque un cubano se lo estuviera metiendo en el culo, creía que era eso lo que estaba fumando: uno de cincuenta u ochenta dólares.
          Sí, tres de los grandes podían justificar encender un buen puro.
          —¿Cuánto tardará todo? —preguntó al fin.
          —Eso depende. Podremos tener la primera vista en un mes. Si ganamos, ellos recurrirán, lo que llevará aún más tiempo, puede que uno o dos meses más. Esta vez sacarán artillería nueva. Es posible que usen un truquito o dos, ya sabe, similares a los nuestros. Podrían decir que fue amonestado varias veces, que se le advirtió que limpiara su jodida taquilla o que no meara fuera de la taza en el lavabo de empleados. Joder, hasta podrían decir que apagaba cigarros en las nalgas de su supervisora. Sin embargo… Sin embargo, para entonces habrán olido el peligro como un conejo huele al zorro trepando por la colina donde tiene su madriguera. Y será entonces cuando le ofrezcan el trato.
          —Pero eso nos pone en unos tres meses…
          —Más o menos.
          —No dispongo de tanto tiempo.
          Wickham se tomó un momento antes de responder.
          —¿Por qué no, Joe? ¿Necesita el dinero?
          —Sí. Lo necesito. Mi situación… no es demasiado buena.
          —Entiendo —dijo Wickham. Joe pudo imaginarlo soltando una vaharada de denso humo blanco en el pequeño despacho—. Lamento oír eso. Podemos perder una buena oportunidad por ese inconveniente.
          «Jesús —pensó Joe—. No es un inconveniente, jodido fumador de puros de ochenta dólares. Es una puta tragedia. Hablamos de perder mi casa. De comer en comedores sociales. De eso hablamos. No es un inconveniente, no es un tecnicismo. Es una mierda.»
          —Supongo que hay algo que podemos hacer. Podemos esperar ese mes y ofrecerles un trato nosotros. Hablaré con su abogado. Le diré que mi cliente está interesado en una resolución temprana. Aún podremos sacar unos quince mil, probablemente. Si juego bien mis cartas. ¿Qué tal le suena eso?
          —Me suena bien. Muy bien. Me ayudará a ir tirando.
          «Ir tirando» era, por supuesto, un eufemismo para lo que quince mil dólares representaban en esos momentos. Esa cantidad era el equivalente a un año de trabajo después de impuestos, y eso sonaba más que tranquilizador. Las letras aparecían flotando en su mente en mayúsculas. QUINCE MIL DÓLARES.
          —De acuerdo —contestó Wickham—. ¿Por qué no se pasa por mi oficina mañana? Quiero que me cuente algunas cosas. Prepararemos unos documentos.
          —Me parece bien —respondió Joe, y después de intercambiar una despedida cordial, colgó el teléfono.
          Se quedó de pie en mitad de la habitación, tan inmóvil y silencioso que parecía una escultura de sí mismo. Había estado teniendo ensoñaciones terribles. Ni siquiera eran pesadillas, sino imágenes que le sobrevenían en los momentos más inesperados. Por ejemplo, se lavaba los dientes en el cuarto de baño y, de pronto, imaginaba que una fuerza invisible arrancaba la pared donde estaba emplazado el espejo y la arrastraba a una vorágine turbulenta similar a un tornado. Y casi al mismo tiempo, unas raíces negras irrumpían desde debajo de las baldosas y se elevaban a su alrededor, arrancando de cuajo el techo y destruyendo el resto de las paredes. Y él caía hasta el nivel de la calle, donde se quedaba en medio de un torrente de gente que circulaba a su alrededor cargando bolsas de compra.
          Pero nadie lo veía.
          El señor Wickham, de «Wickham Tax & Law», resultó ser mucho más eficaz de lo que parecía al principio. El proceso duró un poco más de lo esperado, casi dos meses, pero justo cuando Joe pensaba que tendría que negociar con el casero una pequeña demora en el pago del alquiler, Wickham le llamó de nuevo anunciándole que Double Save había aceptado el acuerdo amistoso. Joe recibiría un pago de diecisiete mil doscientos cuarenta dólares, deducidos los honorarios del abogado.
          —Tuvimos mucha suerte —explicó Wickham—. El juez Papadoumian simpatiza bastante con los derechos de los trabajadores. Si nos hubiera tocado otro, quizá las cosas habrían salido de un modo diferente.
          —¿En serio se basa todo en eso?
          Al otro lado de la línea, Wickham soltó una sonora carcajada seguida de un pavoroso acceso de tos y colgó.
          Joe sabía que habían apañado las cosas. Bueno, un poco. Lo cierto era que el supervisor lo había despedido con motivos. Cometió errores, como no retirar productos caducados a tiempo, y Dios sabe cuántas veces le pidió que utilizara la zona destinada a desembalaje de mercancías en lugar del área de recepción de proveedores. A Joe le parecía una norma estúpida. Recibía la mercancía, la desembalaba allí mismo y la llevaba directamente al almacén o a los estantes, según correspondiese.
          —Puede que, en ocasiones, eso te venga bien —explicaba el supervisor con infinita paciencia—. Pero tú no tienes ni puñetera idea de cuándo vendrá otro camión, ¿verdad? ¿Y si vienen dos seguidos? Los chicos no podrán manejar los palés con las carretillas elevadoras porque tú estarás en medio. Estará todo lleno de material de embalaje y será un puto desastre. ¿Lo entiendes?
          Joe lo entendía, pero en los largos años que estuvo trabajando en Double Save solo había visto llegar varios camiones juntos en… ¿diez, quince ocasiones quizá? Era un montón de tiempo desperdiciado. El área de desembalaje estaba a unos jodidos veinte metros en dirección opuesta al almacén, pero había que emplear carretillas y doblar una esquina que dificultaba todo el proceso. Quizá tardase solo unos minutos en hacer todo eso, pero vaya si le tocaba las narices.
          El caso era que Wickham negó todo aquello. Habló de excusas inventadas para deshacerse de empleados que empezaban a tener un más que interesante historial laboral. Explicó que Double Save empleaba la política habitual de reemplazar personal con antigüedad por trabajadores jóvenes, explotados con contratos basura. De alguna forma, Wickham había conseguido un historial de contratación en Double Save en el último año y medio que mostraba claramente que solo estaban interesados en contratos pequeños con salarios mínimos. Nada de indemnizaciones. Nada de antigüedad.
          La cosa funcionó. Para cuando la defensa quiso exponer las auténticas razones del despido, ya nadie prestaba atención. El jurado escuchaba con una ceja levantada. La auténtica razón de que los argumentos de Wickham hubieran funcionado era que la mayoría de ellos tenía hijos, hermanos o amigos en situaciones laborales precarias.
          Se pronunciaron a favor del pobre Joe Harper.
          Técnicamente, pensaba Joe, parte de aquel dinero no era suyo. No le correspondía. Que lo tuviera en su poder atendía a la habilidad de un abogado y de unas circunstancias favorables; pero, qué coño… Si un juez había determinado que podía quedárselo, a él le parecía tan bueno como si lo hubiera ganado talando árboles en Oregón.
          Con diecisiete mil doscientos cuarenta dólares en la cuenta, las cosas se veían diferentes. Sin embargo, Joe sabía que el dinero no duraría eternamente. Tenía que maximizar su rentabilidad; recoger velas y esperar a que la tormenta pasase para empezar a buscar un empleo. Tal como estaban las cosas, el año habría pasado mucho antes de que se diese cuenta, y él seguiría en paro.
          La carga más grave era el alquiler: unos seiscientos dólares al mes. Con la crisis, había excelentes oportunidades para negociar con los caseros, sobre todo si estaba dispuesto a pagar entre tres y seis meses por adelantado, pero el suyo se negaba a renegociar; decía que tenía un comprador interesado en la propiedad cuando se fuese, así que tenía la puerta abierta. Podría, sin embargo, buscar en barrios más modestos de la ciudad. Eso a menudo significaba que los supermercados y negocios del barrio podrían ser también más asequibles. Sabía que había bloques de apartamentos donde alquilaban habitaciones por unos cincuenta o sesenta pavos. Si controlaba el gasto, quizá no tuviera que volver a trabajar en cinco o seis años, lo que le sonaba como música celestial.
          Esa noche, sin embargo, Joe quería celebrarlo. Compró un buen filete de veinte dólares, unas cuantas latas de cerveza de calidad y un paquete de Marlboro. Luego pasó por un centro comercial y consiguió unas cuantas películas del cajón de las ofertas: apenas tres dólares por cinta. Hacía siglos que no disfrutaba de una buena película y terminó llevándose cuatro de ellas. Algunas no le sonaban en absoluto (¿Fargo?, ¿qué clase de título era ese para una película de asesinatos?) pero otras tenían buena pinta, incluyendo una de la trilogía de Jason Bourne. El filete resultó estar delicioso, y las cervezas… Bueno, al menos estaban frías, pero muy a su pesar descubrió que no tenía demasiado paladar para las marcas. Los cigarrillos, sin embargo, no lo decepcionaron; llevaba tanto tiempo sin echarse uno al pecho que los diez primeros tuvieron el efecto embriagador de un buen porro.
          Hacia las tres y media de la mañana le tocó el turno a Fargo. Al principio pensó que no iba a ser muy de su estilo… Los personajes eran raros, y el ritmo distaba mucho de ser el propio de una película de acción, pero sin embargo, al poco tiempo encontró en ella algo que lo mantuvo cautivado. Hasta olvidó por un momento el paquete de cigarros. En un momento dado, y pese a que una ligera modorra empezaba ya a invadirlo, sus ojos se abrieron de par en par.
          En la película, unos tipos se escondían en una pequeña cabaña. Una cabaña en la nieve.
          Joe se llevó una mano a la cabeza.
          ¡La propiedad del abuelo Cerón!
          La había olvidado por completo en todos aquellos años. Una robusta cabaña de madera de la época del Klondike, probablemente de alrededor de 1890, que su padre había heredado de su abuelo, y este del legendario abuelo Cerón Harper, un hombre de montaña que, por lo que contaban las leyendas familiares, cazaba osos desnudo armado únicamente con un cuchillo de un tamaño impresionante. Joe nunca había creído esa parte de la mitología familiar, pero la casa existía. Vaya si existía.
          Era una casa construida con sólidos troncos de madera. Nada de tablones; Cerón Harper había usado directamente gruesos troncos de roble para levantar una construcción que dejaba unos noventa metros habitables. La casa formaba parte de una pequeña comunidad de viviendas de similares características en Oak Creek, en Canadá, que quedaba bastante alejada de la población más cercana. Todas esas casas estaban emplazadas en el linde de una reserva natural, así que los intentos de su padre por venderla, o vender el suelo donde estaba construida, quedaron rápidamente frustrados.
          —Qué coño —dijo su padre—. Venderemos la madera. Cada uno de esos troncos puede valer quince o veinte mil dólares en el mercado. Incluso deduciendo el dinero del equipo que desmonte la casa y arrastre los troncos a un aserradero, todavía podemos obtener una cantidad suficiente para volvernos rematadamente locos.
          La perspectiva de dinero contante y sonante tuvo un efecto milagroso en su padre. En las dos semanas que estuvo haciendo cálculos y hablando con unos y con otros, iba por la casa con una gran sonrisa, hacía bromas e incluso regaló un hermoso ramo de flores a su mujer, cosa que no ocurría, probablemente, desde que Joe vino al mundo. Hasta pudo escuchar la Canción Más Vieja del Mundo a través de la pared del cuarto de sus padres, el éxito internacional que unos cantaban más y otros menos, pero que todos conocían: el Ñaca-Ñaca.
          Sin embargo, las cosas no acabaron demasiado bien. Informaron a su padre de que la propiedad estaba protegida por las leyes de patrimonio histórico de Yukón: podía venderse, y podía comprarse, pero no estaba permitido alterar su estructura exterior. Y mucho menos desmontarla como si fuera un juego de Lego. Su padre le gritó al teléfono durante horas, y le gritó a un montón de gente distinta, pero no consiguió nada. Las leyes eran muy estrictas y claras al respecto, y protegían a cualquier cosa que se hubiera construido utilizando madera antes de mil novecientos.
          —Ese viejo cabrón podía haber esperado a construir la jodida casa diez años. ¡Solo diez años, joder!
          Ese mismo día sintonizó su viejo programa habitual: No Me Toques Los Cojones, exhibiendo un ceño fruncido y un gruñido como toda respuesta a casi cualquier comentario.
          Pero a Joe se le había encendido una bombilla en la cabeza. Estaba dispuesto a vivir en el peor barrio de la ciudad para ahorrar dinero y aguantar el periodo de crisis (las crisis eran cíclicas, todo el mundo lo sabía), pero… ¿qué tal sonaba cambiar de aires?, ¿cambiar totalmente de aires?
          Estuvo dando vueltas por el salón hasta que amaneció, e incluso horas después seguía siendo incapaz de meterse en la cama. Su cabeza bullía de actividad. ¿En serio estaba hablando de mudarse a ese… esa especie de retiro de meditación? ¿De vivir en una casa de madera donde, probablemente, no había electricidad ni agua corriente? Seguramente podía arreglar eso. Al fin y al cabo había otras casas alrededor donde vivía gente, gente moderna que seguramente se conectaba a Internet y conducía todoterrenos para ir a Sulphur Creek a ver la última película de quien fuera el director de moda en ese momento. Pero ¿qué había de todo lo demás? Naturaleza, naturaleza y más naturaleza. No más cervezas en el tugurio de la esquina, no más paseos por el centro curioseando por las tiendas regentadas por chinos que te vendían cosas como semen de rana en tarros de veinte mililitros.
          ¿Y qué más debía considerar? Una casa tan vieja tenía que necesitar reformas, algún arreglo, cosas como reparar el techo, pintura, filtraciones… Y tratándose de madera con unos ciento veinte años de antigüedad, seguramente había que hablar de tratamiento de hongos, humedades y un largo etcétera. Todo eso necesitaría pasta, bastante pasta.
          Pasó el resto de aquel día dándole vueltas al tema. Estaba tan ensimismado que incluso olvidó ir a la compra, así que bajó a por unos perritos. Hacía calor, demasiado calor, y el rebufo del carrito de comida rápida le hizo sudar mientras esperaba. Joe pasó todo el tiempo pensando en la nieve, y cuando le tocó el turno, pidió un Klondike Especial.
          —¿Qué dice, amigo? —preguntó el vendedor.
          —Oh. Perdona, hombre. Quiero decir un Especial.
          —Un Klondike —rio el vendedor mientras sacaba una salchicha—. Tiene gracia, ¿no? Amigo, ¿en qué estaba pensando?
          —Bueno, cosas que tiene uno en la cabeza.
          —Klondike, como en la Fiebre del Oro, ¿no? He visto algunas películas. ¡Vaya locura! No crea que las cosas han cambiado tanto. Todos seguimos siendo buscadores de oro. Cada uno hace lo que tiene que hacer para conseguir su parte. ¿Qué cree que hace toda esta gente alrededor?
          Joe miró. Había gente que caminaba con paso presuroso hablando por el móvil, gente que transportaba maletines de ejecutivo mirando el reloj, gente, gente, gente, ocupada en accionar las palancas inmateriales del éxito profesional, de la infatigable consecución de pasta.
          —Buscan oro, amigo —añadió riendo—. Eso es lo que hacen. ¿Cree que hemos cambiado mucho desde aquellos lunáticos que arriesgaban sus vidas y su salud buscando oro? Nah. Ni mucho menos.
          Y mientras el vendedor ponía un buen montón de cebolla sobre la humeante salchicha, Joe pensó que aquel hombre tenía razón. Y eso, de alguna forma, lo ayudó a decidirse.

Capítulo 2: La cabaña Harper

          Joe llegó a Yukón el 29 de julio a las diez cuarenta y cinco de la mañana. Llevaba un par de maletas con ropa, equipaje de mano con cosas como documentos y algo de dinero en efectivo, y nada más. El resto lo había vendido todo.
          Allí le esperaba un Chevrolet, uno en propiedad, que había comprado desde Baltimore a un negocio de alquiler de coches. No tenía tan buena pinta como en la foto que le enseñaron, pero por mil doscientos dólares no podía pedir más. Al menos las ruedas eran nuevas, eso podía verlo, y el motor no tenía mal aspecto. También tenía tracción a las cuatro ruedas y un espacioso compartimento de carga, y cuando apretó el acelerador en la autopista, el Chevrolet se comportó estupendamente. Sin embargo, para cuando llegó a Sulphur Creek ya estaba anocheciendo, y todavía tardó un par de horas más en llegar a la vieja casa de su abuelo.
          El camino que llevaba hasta ella estaba echado a perder: los deshielos y las lluvias habían arrastrado piedras de gran tamaño, y los arbustos habían extendido sus ramas haciendo que el trazado del camino fuera difuso, particularmente en la oscuridad, a la luz de los focos. En un par de ocasiones notó cómo las ramas más gruesas producían arañazos en los laterales de la carrocería, pero se limitó a sonreír. Esas cosas eran importantes en la ciudad. En aquel sitio, no tanto.
          Por fin, después de un rato, los haces de luz de los focos iluminaron la casa. Dejó que el coche rodara lentamente hasta la puerta y apagó el motor, aunque dejó las luces encendidas para admirar el legado del abuelo Cerón.
          Tenía, a decir verdad, mejor aspecto de lo que había imaginado. Las ventanas estaban protegidas por batientes de madera, y la pintura hacía mucho tiempo que había desaparecido, castigada por el sol. Pero la madera tenía buena pinta todavía, y lo mismo podía decirse de los troncos de color oscuro que conformaban las paredes. La puerta principal tenía un porche con un techo de madera sustentado por delgadas columnas. Eran tan delgadas que Joe se descubrió pensando que tenían más de cien años, que habían resistido la nieve y el sol del verano. Por lo demás, los haces de luz no llegaban más allá. El techo podría estar derrumbado y la parte de atrás haber sido pasto de las llamas a consecuencia de algún rayo fortuito, así que apagó las luces y soltó un sonoro suspiro.
          Había… algo.
          Sacudió la cabeza y echó el asiento hacia atrás. No iba a entrar en esa casa a esas horas. Podía haber bichos dormitando dentro (¿habría zarigüeyas en Yukón? Quizá sí, o quizá no, pero podía imaginar una familia de coyotes que se hubiera colado por algún resquicio, con sus ojos brillando en la oscuridad). Así que se subió la cremallera del anorak y bostezó pesadamente.
          De pronto, a través de la ventanilla, vislumbró un trozo de cielo, y casi da un brinco cuando una miríada de pequeñas y centelleantes estrellas lo saludaron. Pegó la cabeza al cristal y miró hacia arriba, con la boca abierta. Jamás en su vida había visto un cielo como ese… Era como si alguien hubiera colgado un millón de guirnaldas navideñas cuajadas de pequeñas luces frías. Sin ninguna contaminación lumínica, el cielo nocturno se revelaba en todo su maravilloso esplendor. Después de un rato, hasta le parecía distinguir una suerte de neblina blancuzca que atravesaba el firmamento; comenzaba a poca altura sobre el horizonte oriental, luego se elevaba majestuosamente y culminaba recostándose sobre el oeste, desapareciendo por un rato para reaparecer de nuevo, como si fuera un aro de estrellas que giraba. Vio regiones de apariencia algo difusa, como nebulosas, y cúmulos estelares donde la profusión de astros era tan apabullante como hermosa.
          Era precioso, y lo tomó como un pequeño anticipo de las muchas cosas hermosas que vería en su nueva vida.
          Se quedó dormido con una pequeña sonrisa impresa en el rostro, mirando las estrellas.
          
          Al día siguiente, Joe se despertó con los primeros rayos del sol. No había esperado dormir sin interrupciones en un sitio tan incómodo, pero supuso que el viaje lo había agotado mucho más de lo que pensaba.
          Salió del Chevrolet, que estaba completamente recubierto por una fina capa de humedad, y se enfrentó a la casa por primera vez a la luz del día. Lo primero que le llamó la atención fue el tupido bosque que se levantaba en el margen occidental; este le había pasado desapercibido en la oscuridad. Estaba tan cerca que era una suerte que ninguno de aquellos troncos hubiera caído sobre el tejado en mitad de algún vendaval. Luego se fijó en la casa. A la luz de la mañana, parecía un poco más pequeña de lo que había imaginado, y el color de la madera se veía algo más deslucido. El musgo se había encaramado en cada una de las rendijas, y algunos troncos presentaban surcos donde las arañas habían tejido complicados diseños con sus redes. Además, algunos tablones del porche se habían levantado y mostraban una curvatura preocupante. Joe no sabía mucho de madera ni de construcción, pero sabía que si quería que el porche volviese a su ser, tendría que reemplazar esos tablones.
          A continuación empezó a rodear la casa para observar el exterior. En la parte de atrás encontró (gracias a Dios por los pequeños favores) un pozo de piedra que alguien había cubierto con tablones y rocas pesadas, y también una desvencijada mesa de trabajo que el tiempo había arruinado completamente. También encontró los restos de un cobertizo, o acaso una caseta de herramientas, que se había venido abajo en algún momento. Joe no necesitaba un cobertizo; pensó que toda aquella madera ardería bien en el invierno.
          Después se enfrentó a la puerta principal. Tenía un juego de tres llaves que los años habían vuelto quebradizas y herrumbrosas, y allí había un candado que parecía sacado de una máquina del tiempo. Era grande, grueso y oxidado, pero para su sorpresa, el mecanismo interior reaccionó inmediatamente cuando introdujo la llave. Mientras retiraba la cadena del asa se dijo que ninguno de los candados modernos que había tenido había aguantado más de un par de años; ¡bravo por la tecnología de engranajes y muellecitos de finales de 1800!
          La puerta fue otra cosa. La humedad había hinchado la madera, y aunque la segunda llave se ocupó de la cerradura también sin problemas, tuvo que golpearla fuertemente con el hombro, hasta cuatro veces, para que la hoja girara sobre las crujientes bisagras. En cuanto se abrió, un olor penetrante a humedad, a sótano oscuro y a polvo le atizó en la nariz como una bofetada.
          Tosió dos y tres veces y se pasó la mano por la nariz como haría un gato que intenta asearse. Esta protestó con un picor hormigueante. Demasiado polvo, sin duda, y demasiada humedad. Tendría que ventilar la casa y mantenerla abierta varios días seguidos. Seguramente no podría dormir en ella en todo ese tiempo, pero tampoco le importaba: el interior del coche había demostrado ser suficientemente cómodo y estaban en la temporada cálida. El frío y la nieve no llegarían hasta después del verano.
          El interior, como descubrió a continuación, no estaba demasiado mal, aunque olía como una tumba. Después de abrir todas las ventanas se encontró admirando una casa práctica, sin apenas elementos decorativos a excepción de algunas cornamentas de aspecto macilento y viejos cuchillos colgando de ganchos en las paredes. Después de retirar las viejas y raídas sábanas que los cubrían, descubrió que no había un solo mueble que no tuviera una finalidad, aunque fuera la de descansar el trasero cerca de la chimenea. Eran muebles antiguos y parecían construidos por el propio abuelo Cerón. Casi podía imaginarlo tallándolos cuidadosamente, extrayendo sus delicadas formas de la madera bruta. El único mueble que debía haber traído de alguna parte era una especie de sofá de aspecto cochambroso lleno de manchas oscuras.
          Pasó la mañana curioseando por la casa, entretenido con las cosas que encontraba. Había lámparas de aceite, una plancha de carbón, una cocina de leña, cazos y cacerolas de hierro y platos de latón, y unos armarios con bastante ropa. Ropa extraña de 1800, que le resultaba más divertida que práctica.
          Cuando terminó de curiosear se dio cuenta de que en la casa faltaba una habitación que no había echado de menos hasta que tuvo necesidad de ella: el cuarto de baño.
          —Oh, vamos. No me jodas —soltó.
          La idea de salir en mitad de la noche cuando llegara el frío intenso no le hizo mucha gracia. Supuso que la gente de 1800 debía tener culos especiales, porque estaba seguro que el suyo se congelaría tan pronto lo colocara a escasos centímetros de la nieve.
          «También puedes usar uno de esos cazos y sacarlo fuera por la mañana, imbécil.»
          —Vaya puta mierda —masculló.
          Sin embargo, a pesar de aquellos detalles, se sentía extrañamente animado. Se había dicho a sí mismo que si las cosas estaban muy mal volvería a Baltimore. Simplemente. Cuando cogió el avión no sabía si se encontraría con un montón de madera medio enterrada por un alud o cuatro paredes medio derruidas sin ningún techo sobre ellas, y si fuera el caso volvería a la ciudad con aeropuerto más cercana y saltaría al primer avión disponible que volase de vuelta a casa. Habría perdido unos trescientos cincuenta dólares, sí, pero no era una cifra demasiado elevada, y en cuanto al coche… Bueno, siempre podía volver a venderlo. Ahora, en cambio, pese a que sabía que tendría que trabajar como un mulo para poder llegar al momento de sentarse en su salón a disfrutar de un libro sin gran cosa que hacer, la nueva situación le parecía excitante.
          «Vamos a por ello, tío. Al viejo estilo de 1800. La Fiebre del Oro, el Viejo Oeste, el Klondike y todo lo demás. ¡Yeah!»
          Se puso a andar por la casa, pero esta vez haciendo una lista de cosas. Cosas que necesitaba.
          Joe gastó doscientos cuarenta y tres dólares con cincuenta centavos en su primera compra en Sulphur Creek. Cuando miró el maletero del coche, se quedó admirado de que esa cantidad hubiera dado para tanto. Estaba seguro de que en Baltimore habría invertido al menos el doble de esa cifra para hacerse con todo aquel material. Había de todo: enormes latas de barniz para madera, utensilios de cocina, pastillas para encender fuego, un rascador, un martillo, un serrucho, un par de hachas de diferentes tamaños, toneladas de clavos y recargas de aceite para las lámparas. También compró productos de limpieza variados, linternas, baterías, una pequeña radio, unas cuantas revistas y un libro de Philip K. Dick cuya portada le había parecido bonita.
          «Vaya, amigo. Con este nivel de gastos te puede salir el tiro por la culata», se dijo cuando se sentó en el asiento del conductor. Y aún le faltaba hacer una segunda compra, esta vez de alimentos. Sin embargo, estaba satisfecho y hasta ilusionado. Era dinero bien invertido. Si estuviera aún en la ciudad, una simple avería en el frigorífico le habría costado entre trescientos y cuatrocientos dólares, y allí podía hacer todas esas cosas él mismo. A tomar por culo el frigorífico. Esas herramientas serían sus nuevos juguetes en las próximas semanas, y después… Después solo tendría que preocuparse de ir a por suministros una vez por semana, o cada quince días; entonces los gastos se controlarían. Lo del frigorífico era una pena, sí, pero cuando cayera la nieve podría tener cerveza fría siempre que le apeteciese simplemente con dejarla en el porche. La sola idea le parecía fascinante.
          Los siguientes días fueron de trabajo intensivo. Era duro, pero cuanto más trabajaba, más a gusto se sentía. Pintó, claveteó, limpió y reparó en la medida de sus posibilidades. Para no estropear y mancharse la ropa (lo cual podía ser un problema, habida cuenta de que tenía que lavar a mano) utilizaba la vieja ropa del abuelo Cerón. No había ni un solo espejo en toda la casa, pero intuyó que debía tener una pinta extraordinariamente divertida con aquellos pantalones negros llenos de remiendos. Se caló un sombrero de color oscuro y, durante un rato, estuvo dando brincos por la casa cantando trozos de todas las canciones country que pudo recordar.
          Pero esos momentos no hacían justicia al duro trabajo al que se entregaba. Para cuando el atardecer se apoderaba de la casa, bañándolo todo de esa tonalidad crepuscular, Joe estaba tan exhausto que se metía en el coche y dormía profundamente.
          Sudaba mucho, y por lo tanto bebía mucho también. Acarrear el agua desde Sulphur Creek no solo era trabajoso, era caro en gasolina. La comida duraba más. Aún no se había atrevido a trastear con la cocina, así que consumía latas de conservas, embutidos, bocadillos y cosas preparadas, pero el asunto del agua estaba convirtiéndose en un infierno. En un momento dado, sin embargo, recordó el viejo pozo de la parte trasera.
          Retirar las pesadas piedras requirió un gran esfuerzo. Apenas alcanzaba a empujarlas hacia el borde del pozo y dejar que cayeran pesadamente al suelo, así que no podía imaginar al abuelo Cerón arrastrándolas hasta allí desde Dios sabía dónde y levantándolas hasta la parte superior sin ayuda de algún ingenio mecánico.
          —Hombres de montaña, tío. Ya no los hacen.
          Cuando retiró el tablón, se enfrentó a un pozo oscuro y profundo cuyo fondo no alcanzaba a ver. Sin embargo, olfateó claramente el agua fresca. ¿Era eso posible? Aquel pozo tenía ciento veinte años por lo menos. No había esperado más que un fondo ligeramente barroso en el mejor de los casos, pero aquel olor evocaba los ríos que descienden de las montañas.
          Para comprobarlo, Joe cogió una piedra pequeña y la tiró al fondo. Tardó un rato, pero al final, el sonido inequívoco y refrescante de un chapoteo le llegó a los oídos.
          ¡Era agua! Joe se quedó allí unos instantes, intentando decidir si aquella agua sería potable o no. Igual podría hacer un apaño comprando pastillas potabilizadoras, si es que podía encontrarlas en un sitio como Sulphur Creek. Luego se descubrió pensando qué habría hecho el abuelo Cerón cuando llegara el frío y la nieve. A buen seguro, aquel pozo se congelaría completamente.
          «Fundiría la nieve —dijo su mente—. En invierno fundía la nieve en un cazo y la bebía.»
          Joe asintió lentamente, pensativo. Se daba cuenta de que después del verano, a medida que el frío llegara, las cosas serían aún más duras. Al menos estaba seguro de que tendría la casa habilitada para entonces. Casi seguro.
          Al finalizar el quinto día, la vivienda estaba ya lo suficientemente aireada para dormir en ella por primera vez, y eso hizo, abrigado con las viejas mantas del abuelo. Calentaban como si estuviera rodeado de ovejas en los días previos a la temporada de esquileo, y aunque al principio temió que pudieran tener chinches o algún otro parásito similar, lo cierto es que la casa había estado abandonada durante demasiado tiempo incluso para esos insectos, y durmió como un bendito, mecido por la quietud de la noche.
          Al día siguiente, mientras cortaba los tablones que habían quedado del cobertizo para hacer reparaciones en el porche, un ruido lejano le llamó la atención. Al principio no pudo identificarlo, pero cuando aguzó el oído se le reveló como un sonido conocido. Era el ruido de un motor, aunque algo traqueteante y grave. Cuando rodeó la casa para ver de qué se trataba, vio una vieja camioneta Ford que se acercaba por el camino. Era un modelo del ochenta y nueve, pero parecía aún más antigua de lo que ya era. Los bajos de la carrocería estaban castigados y herrumbrosos, y la chapa lucía un color desvaído con manchas claras producidas por el sol. Era igualmente difícil decir cómo el conductor podía ver algo con todo el polvo y la suciedad que cubría el cristal delantero.
          Joe esperó de pie a que el vehículo se detuviese. Cuando lo hizo, un hombre de unos sesenta años tocado con un gorro tejano y un peto vaquero descendió del vehículo. Parecía una especie de granjero, un hombre de campo.
          —¡Buenos días! —exclamó, levantando una mano.
          —Buenos días —respondió Joe, divertido por el acento arrastrado del visitante.
          —Aguarde un momento, ¿quiere?
          El hombre volvió a introducir el cuerpo en la furgoneta y estuvo enredando unos instantes, como si buscara algo. Joe se rascó la nuca, expectante. Por fin, el desconocido volvió a salir con un paquete en la mano. Un paquete envuelto en papel marrón atado con cuerdas blancas.
          Joe esperó a que se acercara. Cuando llegó a su lado, el hombre le tendió el paquete.
          —Mi mujer insistió en que no hay que descuidar las viejas costumbres —dijo—. Esto es para usted.
          —¿Para mí? —preguntó Joe.
          —Ande, cójalo. Son tres kilos de bizcocho casero; está duro como un tronco, pero si lo moja en leche se ablanda y llena la barriga.
          Joe sonrió. Había vivido toda la vida en Baltimore, generalmente en barrios donde la interacción con los vecinos se reducía a mirar sus manos de reojo al encontrarse accidentalmente en la escalera, por si llevaban un puñal o algo peor. Si llamabas a la puerta de alguien, se asumía que ese alguien iba a chillar a través de ella para que te largaras con viento fresco, y si por un casual la puerta se abría, podías encontrarte con ciento veinte kilos de carne negra clavándote unos ojos inquisitivos y furibundos. Pero aquello era… Bueno, era encantador. Era como las películas. Suponía que ese tipo de cosas ocurrían también en la ciudad, pero quizá en otro tipo de barrios, uno de esos barrios donde los servicios operativos todavía se molestan por mantener las calles limpias y cada uno tiene su plaza de garaje.
          —Vaya. Muchas gracias —consiguió decir al fin. Sostuvo el paquete en las manos y se quedó mirando al hombre sin saber qué más añadir.
          —Bueno, me llamo Pete Herron —dijo el hombre—, por si quiere saberlo. Soy su vecino más cercano, estoy al otro lado de la colina. Una casa vieja con más remiendos que ese pantalón que lleva usted, si me permite decirlo.
          Joe se miró los pantalones como si no comprendiera, hasta que recordó que llevaba puestos los viejos harapos del abuelo Cerón. Estaban en tan mal estado que, comparado con el peto de Pete, este parecía un traje de etiqueta.
          —Ah, bueno… Es ropa de trabajo —explicó—. Estaba haciendo algunos arreglos por aquí. Yo me llamo Joe.
          —¡Joe! Me gusta. Un buen nombre. La gente ya no llama a sus hijos así. Es un nombre en desuso… ¡Bueno, como casi todo por esta parte!
          Joe sonrió de nuevo. Aquel hombre le estaba cayendo bien. Estaba mirando la casa por encima de su hombro, y puso los labios como si fuera a silbar antes de continuar.
          —Ya veo lo que dice de los arreglillos —dijo—. Parece que tendrá bastante trabajo por un tiempo, aunque la casa es tan sólida como se puede esperar. Ya no se hacen así; no, señor. Ahora todos son tablones más delgados que la tela de mis calzoncillos, y prefabricados. ¡Porquería! ¿Qué planes tiene, amigo? Para la casa, quiero decir.
          Joe se dio la vuelta para mirar la casa. Parte de la fachada estaba pintada, pero solo con una capa. Era un trabajo agotador, en parte porque se le cansaba el brazo, pero también porque se resistía a comprar herramientas costosas, así que en lugar de emplear una escalera para acceder a la parte más alta había arrastrado una de las viejas mesas para encaramarse encima. Los cubos estaban también allí mismo, a la intemperie, esperando que acabase el trabajo.
          —Planes… Bueno, no tengo ningún plan en especial. Hacer la casa habitable, supongo.
          —¡Vaya! —exclamó Pete, cauteloso—. Pues le espera un buen trabajo. Esa es la casa de uno de los pioneros de la zona. Lleva ahí desde mucho antes de que yo naciera, y seguirá ahí mucho después de que yo me haya ido.
          Joe sonrió, asintiendo.
          —Sí. Es de mi familia… Que yo sepa, la construyó mi abuelo con sus manos.
          El hombre le dedicó una mirada suspicaz.
          —¿Cómo se llamaba su abuelo?
          Cuando Joe pronunció el nombre, Pete se sacó el sombrero de la cabeza y se rascó la nuca, visiblemente sorprendido.
          —Caramba… No puedo creerlo. Un descendiente de Cerón Harper. ¡Esta sí que es buena!
          Joe inclinó la cabeza mientras varios pensamientos se agolpaban en su mente. Escuchar su apellido y el nombre de su abuelo en boca de alguien a quien no había visto en su vida, en un país diferente al suyo, le causó una sensación extraña.
          —¿Lo conocía? —preguntó al fin.
          Pete arrugó la cara y enseñó unos dientes gastados, decolorados por el paso del tiempo. Parecía un intento de risa, aunque no emitió sonido alguno.
          —¡Demonios, no! Soy viejo, pero no tanto. Sin embargo, Cerón Harper es una leyenda por aquí. Le aseguro que no hay nadie en la zona que no haya oído hablar de él. ¡Vaya! —continuó diciendo, sacudiendo la cabeza—. ¡Un descendiente de Cerón Harper! Se lo aseguro, hasta hemos mantenido su casa, esta casa, en un estado más o menos decente. Hace diez años, por ejemplo, tuvimos un vendaval de mil narices. Se llevó tejados y muchos de los árboles más jóvenes. También arrancó los batientes de las ventanas y estrelló rocas contra el tejado y la parte de atrás. Algunos de nosotros ayudamos a hacer esas reparaciones.
          Joe pestañeó. Ni en un millón de años habría podido imaginar que su abuelo hubiera dejado una impronta tan honda en aquel lugar.
          —¿En serio? —preguntó, tan asombrado como complacido.
          —No me lo diga, ya se lo digo yo. ¡Esta sí que es buena!
          —Se lo agradezco… —exclamó Joe—. La verdad es que la casa está en muy buen estado. Hasta llegué a pensar que era lógico… Debí figurarme que alguien había estado ocupándose de las cosas.
          —No me lo agradezca. Cerón Harper ayudó a construir la mayor parte de las casas que verá por la zona. Y no solo eso: cualquier familia que lleve aquí dos o tres generaciones debe su existencia a su abuelo. ¡Eso se lo dirá cualquiera! Cuando había problemas…, todos llamaban a Cerón Harper. Si un oso bajaba demasiado de las montañas, llamaban a Harper. Si había que construir una rueda de agua en el río y no estaban muy seguros de cómo funcionaba, llamaban a Cerón Harper.
          —Creo que sabe usted más de mi abuelo que yo mismo —admitió Joe, abrumado por las noticias que estaba recibiendo.
          —Mmm. Es posible. ¿Sabe? La gente olvida con facilidad, sobre todo los favores que le hacen los demás. Mucha gente se marchó y se olvidó de todo esto. Pero otros… Otros nos quedamos…
          De repente se calló, como si hubiera perdido el hilo de su propio monólogo. Estaba mirando la casa, pensativo, y arrugaba la nariz mientras en su cabeza bullían los recuerdos.
          —Arrea —soltó de pronto—. No me deje divagar demasiado. Se haría de noche y seguiríamos aquí como dos tontos.
          —Perdone… —se apresuró a decir Joe—. No puedo ofrecerle gran cosa. ¿Quiere…? No sé, a lo mejor le apetece echar un vistazo a la casa. Tengo agua. Me temo que no tengo ni frigorífico.
          —Vaya, amigo. Cualquiera diría que ha venido aquí a reunirse con el espíritu de su abuelo… ¡en cuerpo y alma! La vida moderna ofrece algunas comodidades, ¿sabe?, y no está mal aprovecharlas.
          —¿Cree que podría conseguir que pusieran electricidad aquí? —preguntó Joe, esperanzado—. La verdad es que me vendría bien.
          —No veo por qué no. La Compañía Eléctrica de Yukón empezó a suministrar electricidad a principios de siglo. Por aquel entonces usaban un motor de pistones que funcionaba con leña, pero las cosas fueron progresando. Hay un tendido que da suministro a la zona no demasiado lejos de aquí. —Se rascó la barbilla, pensativo—. ¿Sabe qué? Déjeme que hable con Williams. Se ocupa de esas cosas. Puede que le cueste un par de cientos, pero creo que puede hacerse.
          —Eso sería… —dijo Joe—. Sensacional. Se lo agradecería mucho.
          El señor Herron le dedicó una mirada apreciativa. Joe no lo sabía, pero cuando le daba vueltas a las cosas en la cabeza, siempre se frotaba los labios uno contra el otro, como estaba haciendo en ese momento.
          —¿Piensa quedarse mucho tiempo? —preguntó al fin.
          —Todo depende de cómo me vayan las cosas —contestó Joe, encogiéndose de hombros—. En principio pasaré aquí una buena temporada, sí.
          —¿El invierno también?
          —También.
          Herron agachó la cabeza y se miró los pies.
          —El invierno es duro —dijo despacio—. Muy duro.
          Joe asintió, sin saber qué decir. Aún tenía el paquete en la mano y comenzaba a pesarle de verdad. Estaba a punto de hacer un comentario al respecto cuando Herron continuó hablando:
          —Bien, debo marcharme.
          —Oh, de acuerdo. Le agradezco… la bienvenida, el pastel y todo lo demás. Ha sido muy amable, de veras.
          Herron sacudió la cabeza mientras se giraba para volver a su vehículo.
          —¡No tiene nada que agradecer! Espere a que le diga a mi mujer que aquí vive un descendiente de Cerón Harper. Va a alucinar pepinillos, se lo aseguro. Probablemente me haga volver otro día con un pastel aún mayor.
          Joe soltó una pequeña carcajada.
          —¡Intentaré acabarme este pronto, en ese caso! —exclamó—. En serio, vuelva siempre que quiera. Si sabe usted de reparaciones, puede sentarse en una silla y ayudarme con algo de teoría, si le parece bien. Agradeceré un consejo o dos.
          —¡Trato hecho! —dijo Herron, dejándose caer en el asiento del conductor. Lo hizo con un pequeño resoplido, como si su cuerpo empezara a tener tendencia a quedarse agarrotado en ciertas posturas—. Desde luego, hay un par de cosas que tendremos que hablar usted y yo si piensa pasar aquí el invierno.
          Joe asintió, algo intrigado por el comentario, pero salvo por un breve saludo con la mano, eso fue todo. El coche se alejó por el camino, circulando despacio pero esquivando los baches y los socavones con una pericia inimitable. Casi parecía que era el viejo Herron quien vivía allí.
          
          El pastel de la señora Herron resultó mucho más digerible de lo que el propio Pete Herron había auspiciado. De hecho, Joe lo encontró delicioso, con un regusto a ron añejo y mermelada de frambuesa. Lo comió solo y lo comió con un par de lonchas de jamón embutidas en su interior, pero sobre todo, lo comió día y noche durante dos días hasta acabarlo.
          Pero el señor Herron no se había equivocado en todo: al tercer día regresó con otro paquete, esta vez aún más pesado a juzgar por el esfuerzo con que lo sacó del coche. Era otro pastel, todavía más grande, con un delicioso mensaje escrito en su superficie que decía: AMAMOS A HARPER.
          —¿«Amamos a Harper»? —preguntó Joe, divertido.
          —Ya se lo dije —respondió Herron—. Mi mujer, Betsy, se volvió literalmente loca cuando le dije que aquí volvía a vivir un Harper. Llamó a sus amigas y la noticia se propaga ahora por el valle como un puñetero resfriado.
          Joe soltó una carcajada.
          —No puedo creerlo… ¿Le ha dicho que tengo muy poco que ver con aquel mítico superhéroe del Klondike?
          Pete Herron se encogió de hombros, arrugando el entrecejo.
          —Le juré por mis esculturales nalgas que tiene usted solo dos brazos y dos piernas, que no lanza bendiciones por los ojos ni caga dólares de plata, pero… ¡vaya! No me hizo caso.
          Joe rio con ganas otra vez, y rio tanto y durante tanto tiempo que cuando pudo por fin secarse las lágrimas que le humedecían las mejillas y volver a mantenerse más o menos erguido, se sintió inmediatamente a gusto con Pete. Si hubo algún momento que marcase el inicio de aquella amistad, fue sin duda aquel.
          Así fue cada vez que volvieron a reunirse durante aquel verano, casi todos los fines de semana al principio, y prácticamente a diario para cuando el mes de agosto avanzaba de prisa y comenzaba a dejar un poso de aire frío al atardecer, anunciando que el otoño estaba llamando a la puerta.
          Las reparaciones en la casa fueron, desde luego, el motivo principal de la mayor parte de las visitas de Herron. El hombre trabajaba despacio, pero emprendía cualquier tarea imprimiendo el máximo cuidado, amor y disciplina, como si en su sangre canadiense corriese un vestigio de las viejas enseñanzas japonesas. A menudo, Joe se sorprendía a sí mismo espiando por encima del hombro, embelesado sin ser realmente consciente mientras observaba cómo el viejo Herron aplicaba una simple capa de barniz a una pared. Metía la brocha en el bote, siempre hasta la misma línea, lo dejaba allí durante tres segundos exactos, lo aliviaba de exceso de pintura deslizándolo por los bordes (siempre con la misma cadencia y velocidad) y procedía a impregnar la madera con una suerte de parsimonia que resultaba tan revestida de elegancia como fascinante. Movimientos limpios y precisos, como los pasos de un baile.
          Resultaba relajante verlo trabajar de esa forma, como un virtuoso maestro de orquesta dirigiendo un grupo de músicos con una curiosa batuta.
          —Eso está quedando muy bien, Pete —dijo Joe, sintiendo la necesidad de comentar algo.
          —Gracias —respondió Pete—. ¿Sabes? He estado trabajando toda mi vida, y vaya si he trabajado duro. El trabajo me cansaba y me hastiaba, como a cualquier hijo de vecino, supongo, pero un día, ocurrió algo.
          —¿Qué ocurrió?
          —Entré en la cocina de mi mujer. La cocina es su feudo, y yo no entraba más que a arreglar un grifo o hacer cualquier otra cosa necesaria. Cocina muy bien, como sabes, pero no tiene nada que ver con sus recetas, es su manera de hacer las cosas. Cocina con amor. No se me ocurre otra forma de expresarlo. Cuando la vi cocinar aprendí mucho de su manera de hacer las cosas. Su pulcritud, su esmero. Dedicaba tiempo a cada cosa, ¿sabes? Incluso abrir un bote de eneldo se convertía en una tarea especial si era lo que tocaba hacer en ese momento.
          —Eso es… interesante.
          —Es una manera de ver las cosas. Yo aprendí mucho de mi mujer aquel día. Empecé a hacer lo mismo con mi trabajo. Desde entonces he trabajado feliz cada día de mi vida.
          Pete pensó que debía añadir algo a la conversación tras las palabras del viejo Herron, pero se limitó a asentir en silencio y continuar con su trabajo. A partir de ese momento, dedicó un poco más de tiempo a cada pequeña tarea. Cuando acabó la jornada, encontró que los clavos estaban mejor alineados, las tablas casaban mejor, estaba mucho menos cansado y se sentía bastante más satisfecho de sí mismo y de lo que había hecho.
          La pared se veía hermosa, como el barniz de Pete.
          —Creo que esta noche toca brindar por Betsy —opinó Joe.
          Así acababan, invariablemente, casi todas las jornadas en la vieja residencia Harper: con los dos personajes sentados en el porche, tomando café, té o cerveza caliente con canela. Esperaban, por supuesto, la llegada de las primeras auroras boreales, las célebres auroras del Yukón. Joe no había visto ninguna excepto en documentales televisivos o fotografías, y aunque esperaba con interés el día en que el cielo nocturno reflejara semejante espectáculo, disfrutaba cada noche de cualquier modo hablando de mil temas diferentes.
          Parecía que al fin venían los buenos tiempos, pero lo malo de los buenos tiempos es que uno no tenía manera de saber que lo eran hasta que acababan.

© Carlos Sisí, 2017
© de esta edición, Insólita Editorial, 2017

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