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Hambre de piedra, un relato de N. K. Jemisin

Hambre de piedra - Destacada

Publicamos el relato que sirvió como prueba de concepto para la «Trilogía de la Tierra Fragmentada» de N. K. Jemisin.

N. K. Jemisin, ganadora del premio Hugo a mejor novela dos veces consecutivas por La quinta estación y The Obelisk Gate, nos ha permitido publicar la traducción de uno de sus cuentos: Hambre de piedra (Stone Hunger). El relato apareció por primera vez en el número 94 de la Clarkesworld Magazine (en julio de 2014) y, como ha hecho la autora recientemente con el relato The City Born Great, es una prueba de concepto de lo que se terminaría convirtiendo luego en su multipremiada «Trilogía de la Tierra Fragmentada». Tiene lugar en el mismo universo que La quinta estación y es posible que hasta reconozcáis a alguno de los personajes. Esperamos que lo disfrutéis.

Hambre de piedra

          Había una vez una chica que vivía en un lugar muy bonito lleno de gente muy bonita que hacía cosas muy bonitas. Luego el mundo se quebró.
          Ahora la chica es mayor, más fría y tiene más hambre. Se refugia en un árbol muerto y ve cómo la ciudad (una próspera, grande, de murallas altas y puertas bien protegidas) dispone una cubierta para protegerse del sereno de la noche. Ella nunca ha visto nada parecido al recubrimiento de la ciudad. No ha dejado de observarlo durante días, fascinada por la caja torácica de vías de metal, bandas de tela y materiales lubricados que usan para cubrirla. Tienen que apagar gran parte de los fuegos del interior para llevarlo a cabo o se ahogarían con el humo, pero al cubrirla, la ciudad quizá conserve el calor suficiente para que las llamas no sean necesarias.
          Sería genial volver a sentir ese calor. La chica cambia el punto de apoyo, de una pierna envuelta en pieles a otra, el único indicio de que se prepara para algo.
          Se encuentra sobre las ramas esqueléticas de un árbol que crece en lo alto de un peñasco sobre la ciudad, uno de los pocos árboles que quedan. Al fin y al cabo, la ciudad necesita cosas para quemar, ya que el terreno no está aderezado con hulla, esas venas pegajosas de un amargor ahumado y concentrado que se extienden hacia el frío lecho de roca. Los habitantes de la urbe han usado hasta los tocones de los árboles que se encontraban entre los restos del bosque. No se desperdicia nada. No parecen haber tocado el resto, aunque la chica se ha dado cuenta de la ausencia sospechosa de trampas para animales y madera en la superficie del bosque que tiene debajo. Quizá hayan dejado esa arboleda como cortavientos o para que el peñasco se mantenga estable. Sea cuales sean los motivos, que los habitantes de la ciudad hayan sido tan precavidos juega en su favor. No serán capaces de ver cómo los observa, cómo espera la oportunidad, hasta que sea demasiado tarde.
          Y quizá, si tiene suerte…
          No. Nunca ha tenido suerte. La chica vuelve a cerrar los ojos para paladear la tierra y la ciudad. Es la urbe más particular que ha encontrado jamás. Una amalgama de dulzor, de carne, de amargor y… de acritud.
          Vaya.
          Quizá.
          La chica apoya la espalda contra el tronco del árbol, se envuelve mejor con la manta andrajosa que sale de su mochila y se duerme.

          El amanecer es poco más que un resplandor grisáceo en el cielo. Hace años que no sale el sol.
          La chica se despierta a causa del hambre: una punzada, el eco de una remota costumbre. De cuando desayunaba por las mañanas. Al no saciarla, aquella punzada pasa a convertirse en el dolor habitual y omnipresente.
          Pero el hambre es buena. El hambre ayuda.
          La chica se incorpora, siente un escozor que presagia la inminencia de la situación. Ya viene. Baja del árbol con facilidad. Los animales de la superficie han roído los asideros del tronco durante los años anteriores, antes de que aquellas especies desaparecieran. Luego, camina hacia el borde del peñasco. Estar en aquel lugar justo antes de un terremoto es peligroso, pero necesita encontrar el sitio ideal. Además, sabe que el terremoto no está cerca. Aún.
          Allí.
          Bajar por el valle es más peligroso de lo que esperaba. No hay senderos. Tiene que alternar entre escalar y dejarse caer por pequeños arroyos secos que recorren la pared de roca y están llenos de una ceniza del tamaño de gravilla. Tampoco es que se encuentre en su mejor momento después de estar ocho días sin comer. De vez en cuando pierde fuerza en las extremidades. Recuerda que en la ciudad habrá comida y empieza a moverse un poco más rápido.
          Llega hasta la parte más baja del valle y se oculta detrás de un montículo de rocas cerca de un río medio seco. Las puertas de la ciudad aún se encuentran a cientos de metros, pero en los muros ve unas marcas que le resultan familiares. Puestos de observación en los que quizás haya catalejos. Sabe por experiencia que las urbes cuentan con los recursos para fabricar buen vidrio. Y también buenas armas. Si se acerca un poco más, la verán, a menos que algo los distraiga.
          Había una vez una chica que esperaba. Pero luego, al fin, llega la distracción. El temblor.
          El epicentro no está cerca. Se encuentra mucho más al norte, una reverberación más del desgarro que ha destruido el mundo. No importa. La chica respira con dificultad y entierra los dedos en el lecho del río, siente como el poder fluye hacia ella. Saborea cómo aquella avanzadilla se desliza por su lengua, cómo deja cierto regusto a su paso, algo pegajoso y consistente que…
           (Lo que paladea no es real. Lo sabe. Su padre llegó a referirse a ello como el sonido de un coro o una cacofonía. Ha oído a otros quejarse de que tiene cierto parecido a olores nauseabundos o sensaciones dolorosas. Para ella, es comida. Algo más que apropiado.)
          … que hace que le resulte sencillo (¡y delicioso!) penetrar aún más. Visualizarse a sí misma abriendo la boca y lamiendo aquella fuente de energía natural. La extrañeza de ese placer hace que suspire y se relaje, que por una vez no tenga miedo, que baje la guardia sin miramientos y guíe la energía con el más mínimo roce de su voluntad. Con una caricia, no con un golpe. Con un lametón.
          Alrededor de la chica, los guijarros comienzan a repiquetear. Extiende el cuerpo en el suelo, como un insecto, araña la roca con las uñas y presiona la oreja con fuerza contra la fría y áspera piedra.
          Piedra. Piedra.
          Piedra parecida a una grasa gomosa, a siropes templados y resbaladizos que recuerda resbalando entre los dedos, a piedra que fluye, que empuja y que se enrosca, lenta e inexorable como el caramelo. En ese momento, aquella energía inminente, esa ondulación que se propaga por la piedra, se detiene al alcanzar el gran lecho de roca que conforma el valle y las montañas circundantes. La ondulación intenta rodearlo, que la energía se transmita hacia cualquier otro lugar, pero la chica la succiona y se opone a esa resistencia. Le lleva un tiempo. En el suelo, se retuerce, chasquea los labios y emite un sonido: «Mmmmua»
          Luego la…
          Vaya, la presión…
          Había una vez una chica que hizo rechinar sus dientes a causa de la prrrrrrresssión…
          un estallido, la inercia se quiebra y las ondulaciones de energía se propagan por el valle. Es como si la tierra inhalara, se elevara y gimiera a sus pies. Es ella, ella misma, la que la controla. La chica ríe, no puede evitarlo. Es tan placentero sentirse plena, sea de la manera que sea.
          Una grieta aserrada que suelta una humareda a causa de la fricción se abre desde el lugar en el que se encuentra la chica, en la base del peñasco en el que ha pasado la noche. La cara del acantilado en su totalidad de despedaza y desintegra, acumula impulso y energía a medida que forma una avalancha que se dirige hacia el muro meridional de la ciudad. La chica incrementa la energía, como si de un aderezo se tratara, con mucho cuidado. Si se afana demasiado, convertirá en gravilla el valle entero, ciudad incluida, y todo quedará inservible. La chica no destruye, se limita a hacer daño. Solo lo justo y…
          El temblor se detiene.
          Al mismo tiempo, la chica siente la interferencia. Aquel fluido dulce se solidifica, algo echa a perder el sabor de una manera que la hace retroceder. Hay algo amargo e intenso…
          … y avinagrado. Al fin, lo tiene claro, esa vez no se lo está imaginando. Es vinagre…
          … entonces, esa energía maravillosa de la que ha hecho acopio se disipa. No hay fuerza compensatoria, nada que la use. Desaparece sin más. Como si alguien se le hubiera adelantado y se hubiera comido los mejores platos de un banquete. Pero a la chica ya no le importa que su plan haya fallado.
          —Te he encontrado. —Se incorpora en el lecho seco del río y de su pelo se desprenden motas de ceniza. Tiembla, y ahora no es solo por el hambre. Tiene la mirada fija en el muro de la ciudad, que ha quedado intacto—. Te he encontrado.
          El impulso acumulado del temblor no ha dejado de rodar, se escapa del alcance de la chica. Aunque el suelo ha dejado de moverse, el desprendimiento del peñasco es imparable: rocas y árboles, incluido aquel en el que se refugiara la noche anterior, se desprenden y caen hasta golpear el muro de protección de la ciudad. Es posible que lo hayan resquebrajado. Pero ni de lejos lo hacen con la fuerza que esperaba conseguir la chica. ¿Cómo va a entrar? Tiene que entrar. Ya.
          Bien, las puertas de la ciudad se doblan hasta abrirse. Una entrada. Aunque es posible que los ciudadanos se hayan enfurecido. Puede que lleguen a matarla. O algo peor.
          Se levanta, corre. Los días sin comida la han dejado sin fuerzas y lo hace muy despacio, pero el miedo también sirve de combustible. No obstante, la roca se vuelve en su contra, se tambalea y se resbala con las piedras. Sabe que no merece la pena perder el tiempo mirando hacia detrás.
          Escucha el repicar de los cascos en el suelo, miles de pequeños temblores que se niegan a acatar su voluntad.
          
          Había una vez una chica que se despertó en una celda.
          Está oscuro, pero es capaz de ver la rejilla de metal de una puerta a no mucha distancia. La cama es la más cómoda en la que ha dormido en meses, y el aire está caliente. O es ella la que está caliente. Analiza la fiebre que arde bajo su piel y llega a la conclusión de que es demasiado alta, peligrosa. Tampoco tiene hambre, aunque sí el estómago vacío, como siempre. Mala señal.
          Quizás aquello tenga alguna relación con el dolor que siente en la pierna, uno similar a un grito grave y monótono. Dos gritos. Le duele la parte superior del muslo, pero en la rodilla siente como si miles de esquirlas de hielo se le hubieran clavado en la articulación. Le gustaría intentar flexionarla para comprobar que puede moverla lo suficiente como para soportar su peso, pero ya le duele tanto que le da miedo.
          Se queda quieta, escuchando, antes de abrir los ojos; una costumbre que le ha salvado la vida antes. Oye el sonido distante de unas voces que resuenan por pasillos que hieden a óxido y a mortero mohoso. Ninguna respiración ni movimiento cercanos. La chica se incorpora con cuidado y toca la tela que la cubre. Es rasposa y está llena de remiendos. Es más cálida que la suya, dondequiera que esté ahora. Si puede, robará esta. Cuando escape.
          En ese momento se queda paralizada, sorprendida, porque hay alguien más con ella en la estancia. Un hombre.
          Pero el hombre no se mueve, ni siquiera respira. Se limita a estar ahí. Y en ese momento la chica se da cuenta de que lo pensaba que era piel en realidad es mármol. Una estatua. ¿Una estatua?
          La fiebre y el dolor le impiden pensar con claridad, incluso la brisa retumba en sus oídos, pero aun así llega a la conclusión de los habitantes de la ciudad tienen un gusto peculiar para el arte.
          Le duele todo. Está cansada. Se duerme.
          
          —Has intentado matarnos —dice la voz de una mujer.
          La chica parpadea y se despierta de nuevo, desorientada por unos instantes. Sobre ella, algo arde y humea dentro de un farol que hay en un candelabro. La fiebre ha desaparecido. Aún tiene sed, pero no tanto como antes. En ese momento, recuerda la presencia de más personas en la habitación, personas que le atendían las heridas y le daban caldos con un deje amargo. Es un recuerdo distante y extraño. Cuando ocurrió aquello debía de estar medio delirando. Aún tiene hambre (siempre está hambrienta), pero también esa necesidad no es tan acuciante como antes. Incluso el fuego y el hielo que sentía en la pierna han remitido.
          La chica se gira para mirar al visitante. La mujer está sentada a horcajadas en una vieja silla de madera, con los brazos apoyados en el respaldo. La chica no tiene la experiencia suficiente relacionándose con gente como para averiguar su edad. Es mayor que ella, pero no una anciana. También es grande, de amplios hombros que parecen aún más amplios a causa de las capas de tela y las pieles de animales, con botas grandes y negras. Su pelo es una tupida melena, gris y encrespada como hierba cubierta de ceniza. Luce más espesa aún debido a las trenzas y los nudos, que puede que sean decorativos o un intento de mantener la mata de pelo apartada de los ojos. Tiene la cara amplia y angulosa, la piel de un tono marrón cetrino, como la de la chica.
           (La estatua de la esquina ha desaparecido. Había una vez una chica a la que la fiebre le causaba alucinaciones.)
          —Has estado a punto de destrozar el muro meridional —continúa la mujer—. Habrías destruido uno o más abastos. Con eso es más que suficiente para destruir una ciudad hoy en día. Es el tipo de desastres que atrae a los carroñeros.
          Es cierto. Pero no había sido su intención, desde luego. Intenta ser un parásito exitoso, no matar a su anfitrión, hacer el daño justo para entrar sin que la detecten. Y mientras la ciudad estuviera preocupada por reparar el problema y enfrentarse a los enemigos que hubiera atraído, la chica podría haber sobrevivido entre los muros sin llamar la atención durante un tiempo. Es algo que ha hecho antes en otros lugares. Habría rondado por los callejones, mordisqueado los cimientos del lugar, siempre en busca de ese sabor avinagrado. Está aquí, en alguna parte.
          Y si no consigue encontrarlo a tiempo, si le hace a esta ciudad lo mismo que a las demás… pues bueno. Ella nunca tomaría parte en la destrucción de una ciudad, pero sí que se aprovecharía de los restos antes de volver a ponerse en camino. No hacerlo sería un desperdicio.
          La mujer espera un momento, luego suspira como si no esperara respuesta.
          —Me llamo Ykka. Doy por hecho que tú no tienes nombre.
          —Claro que tengo nombre —espeta la chica.
          Ykka espera. Luego resopla.
          —¿Qué edad tienes? ¿Catorce? Estás desnutrida, así que vamos a decir que dieciocho. Eras una niña cuando tuvo lugar el Desgarro, pero no eres una feral (no mucho, al menos), por lo que alguien debe haberte criado durante un tiempo después de que ocurriera. ¿Quién?
          La chica mira hacia otro lado como si hubiera perdido el interés.
          —¿Vas a matarme?
          —¿Qué harías si respondiera que sí?
          La chica aprieta los dientes. Las paredes de la celda son planchas de acero atornilladas entre ellos, y el suelo lo conforman listones de madera colocados sobre la tierra. Es poca madera. El metal es muy fino. Se imagina metiendo la lengua a presión entre los listones del suelo, lamiendo las capas de inmundicia de debajo (ha comido cosas peores) y tocando al fin los cimientos. Hormigón. A través de él puede tocar el lecho del valle. La piedra no tendrá sabor y estará fría, tan fría como para que se le pegue la lengua, porque no hay nada que la caliente: ni un terremoto ni una réplica. Además, el valle no está cerca de una falla ni de un punto caliente, así que tampoco hay estallos ni burbujas. Pero hay otras maneras de calentar la piedra. Se puede usar el calor y el movimiento de otras cosas.
          Con el calor y el movimiento del aire que la rodea, por ejemplo. O el calor y el movimiento de un cuerpo vivo. Si se lo roba a Ykka, no conseguirá demasiado. No lo suficiente para un terremoto de verdad, para ello necesitaría a más personas. Quizá sea capaz de hacer vibrar el suelo de la celda, de deformar la puerta de metal lo suficiente para hacer que salte la cerradura. Ykka moriría, pero hay cosas que no se pueden evitar.
          La chica extiende la mano hacia Ykka. No puede evitar que se le haga la boca agua…
          Un sabor repentino la interrumpe. Una especia, parecida a la canela. No sabe mal, pero la intensidad del sabor aumenta a medida que intenta hacerse con la energía, hasta que de improviso se transforma en fuego y arde y nota un sabor verde y crujiente que hace que le lloren los ojos y se le revuelvan las tripas…
          La chica jadea y abre los ojos de improviso. La mujer sonríe, y la chica siente un cosquilleo en la nuca, un descubrimiento inoportuno y perturbador.
          —Me vale como respuesta —afirma Ykka, con tranquilidad, aunque de su mirada emana una rabia distante—. Tendremos que pasarte a una celda mejor si tienes la sensibilidad suficiente para atravesar el acero y la madera. Hemos tenido suerte de que antes estuvieras demasiado débil como para intentarlo. —Hace una pausa—. Si ahora lo hubieras conseguido, ¿me habrías matado solo a mí o destruido toda la ciudad?
          Aún se encuentra aturdida por haber recuperado la consciencia y responde con sinceridad antes de que pueda incluso plantearse el no hacerlo.
          —Toda la ciudad no. No destruyo ciudades.
          —¿A qué viene eso? ¿Acaso tienes código moral? —Ykka suelta una carcajada.
          No tiene sentido responder una pregunta así.
          —Habría matado a todas las personas necesarias para desencadenarlo.
          —¿Y luego qué?
          La chica se encoge de hombros.
          —Habría buscado algo para comer. Un lugar caliente en el que refugiarme. —No añade que habría buscado al hombre del vinagre. De todas formas, aquello no tendría sentido para Ykka.
          —Comida, calor y cobijo. Qué necesidades tan simples. —La voz de Ykka suena burlona, algo que molesta a la chica—. Podrías pedir ropa limpia. Asearte bien. Quizás alguien con quien hablar, para así empezar a valorar al resto de personas.
          La chica frunce el ceño.
          —¿Qué quieres de mí?
          —Descubrir si eres útil. —Al ver que la chica ha torcido el gesto, Ykka la mira de arriba abajo, como si la examinara. No tiene el pelo parecido a un cepillo, como el de Ykka, el suyo es una mata desaliñada y marrón que se corta con una navaja cuando llega a un tamaño que puede llegar a molestar. Es pequeña, delgada y rápida, cuando no está herida. No tiene manera de saber la opinión de           Ykka sobre esos rasgos. Tampoco de saber por qué le importan. La chica solo espera no dar la impresión de ser débil.
          —¿Has hecho lo mismo en otras ciudades? —pregunta Ykka.
          La pregunta es de una evidencia tan estúpida que no tiene sentido responderla. Un instante después, Ykka asiente.
          —Me lo imaginaba. Da la impresión de que sabes lo que haces.
          —Aprendí a hacerlo desde muy pequeña.
          —¿Sí?
          La chica decide que ya ha dicho suficiente, pero antes de que su silencio sea pertinente, siente de nuevo cómo algo oscila en su percepción, seguido de lo que sin duda es una vibración dentro de la tierra. Unas partículas de argamasa caen por detrás de una plancha suelta de la pared de la celda. ¿Otro temblor? No, la tierra de las profundidades está fría. Aquella vibración ha sido débil y superficial, como si se le hubiera puesto la piel de gallina al mundo.
          —Puedes preguntar lo que ha sido eso si quieres —dice Ykka cuando la ve confundida—. Quizás hasta me digne a responder.
          La chica aprieta los dientes, e Ykka ríe mientras se pone en pie. Es aún más grande de lo que parecía mientras estaba sentada, un metro ochenta como mínimo. O más. Es sanzedina de pura sangre, la mitad de las razas del mundo tienen el pelo como ella, pero la altura es un rasgo definitorio. Los sanzedinos cruzan a los miembros más fuertes para protegerse cuando la vida se vuelve más difícil.
          —El peñasco del sur ha quedado inestable por tu culpa —afirma Ykka—. Necesitamos repararlo. —Luego hace una pausa, apoya una mano en la cadera, mientras la chica relaciona lo que acaba de decir. No tarda mucho. Aquella mujer es igual que ella. (Nota un sabor a pimiento salado que aún le arde en la boca. Es desagradable). Pero aquel temblor de hace un momento lo ha causado otra persona y, aunque la presencia es como el melón: tenue, sutil y de una empalagosidad insípida, también tiene cierto regusto a sangre.
          ¿Dos en la misma ciudad? Tenía a los suyos en mejor estima. Ya es bastante complicado para un lobo ocultarse entre las ovejas. Un momento… había dos más, justo cuando quebró el peñasco del sur. Uno de ellos tenía un sabor muy diferente, amargo, algo que no ha probado nunca y no sabe cómo definir. El otro es el hombre del vinagre.
          Cuatro en la misma ciudad. Y aquella mujer está muy interesada en descubrir cómo puede serle útil. Mira a Ykka. No es normal.
          Ykka niega con la cabeza, parece que aquello ya no le divierte.
          —Creo que eres una pérdida de tiempo y de comida —afirma—, pero la decisión no solo depende de mí. Si intentas volver a hacerle algo a la ciudad, lo notaremos, te detendremos y luego te mataremos. Pero si no causas problemas, al menos sabremos que se te puede llegar a entrenar. Y, por cierto, abstente de usar la pierna si quieres volver a caminar.
          Luego Ykka se acerca a la puerta con la rejilla y vocifera algo en otro idioma. Un hombre corre por el pasillo y la deja salir. Los dos miran a la chica durante un rato antes de volverse hacia la sala que tienen detrás y atravesar otra puerta.
          La chica se incorpora en aquel nuevo silencio que la rodea. Tiene que hacerlo despacio, aún está muy débil. Las sábanas conservan el hedor del sudor febril, aunque ya se han secado. Cuando se quita de encima la manta remendada, se da cuenta de que no lleva pantalones. Tiene una venda a media altura del muslo derecho: la infección de la herida que cubre emite punzadas de dolor, aunque empiezan a desaparecer. También tiene vendada la rodilla con unas vendas grandes de cuero que le han apretado fuerte. Intenta doblarla y siente cómo el dolor se le extiende por toda la pierna, como si fueran réplicas de su propio desgarro. ¿Qué ocurrió? Recuerda que escapó de unas personas que iban a caballo. Que cayó entre rocas, rocas afiladas como cuchillas.
          El hombre del vinagre no se quedará mucho tiempo en esta ciudad. Lo sabe porque lleva años siguiéndole el rastro. A veces quedan supervivientes en las ciudades que destruye, supervivientes que, si se les consigue hacer hablar, comentan sobre un vagabundo que acampaba en las afueras de la ciudad y que no se marchaba cuando se le negaba el acceso. Esperaba, quizás unos días, escondido si los habitantes lo espantaban. Más tarde se paseaba por el lugar, petulante e impertérrito, cuando se derribaban los muros. Tiene que encontrarlo pronto porque, si se encuentra allí, la ciudad está condenada, y no le gustaría estar cerca durante los últimos estertores del lugar.
          La chica continúa haciendo presión contra las vendas hasta que consigue doblar la rodilla unos veinte grados, y entonces algo que no debería haberse movido se desliza a un lado. Resuena un chasquido húmedo de algún lugar de la articulación. Tiene el estómago vacío, algo de lo que se alegra, ya que el dolor le ha provocado arcadas. Se le pasan las náuseas. No va a poder salir de allí ni tampoco perseguir al hombre del vinagre, al menos no por el momento.
          Pero cuando levanta la vista vuelve a haber alguien con ella en la estancia. La estatua que había visto en una alucinación.
          Su mente intenta convencerse de que es una estatua, aunque está claro de que no se trata de una alucinación. Analiza la figura contemplativa de aquel hombre: es alto, de esbelta simetría, tiene la cabeza ladeada y una expresión amable y sincera esculpida en el rostro. Un rostro marmóreo de gris y blanco, con incrustaciones de lo que supone que son ojos, parecidos al ónice y al alabastro. El artista que esculpiera algo así no se ha quedado parco en detalles y también ha tallado las pestañas y las pequeñas arrugas de los labios. La chica reconoce la belleza cuando la tiene delante.
          También cree que la estatua no se encontraba en ese lugar hace un momento. De hecho, es algo de lo que está segura.
          —¿Te gustaría salir de aquí? —pregunta la estatua, y la chica se arrastra hacia detrás todo lo que le permite la pierna herida, y la pared.
          Hay una pausa.
          —C-comepiedras —susurra la chica.
          —Niña. —Los labios no se le mueven al hablar. La voz proviene del algún lugar de su torso. Se dice que los cuerpos de los comepiedras no están hechos de piedra exactamente, pero también es un material muy diferente, y menos flexible, que la carne.
          También se dice que los comepiedras no existen, solo aparecen en cuentos sobre los comepiedras. La chica se humedece los labios.
          —¿Qué…? —Se le quiebra la voz. Se incorpora un poco más y se encoge de dolor porque se ha olvidado de la rodilla, que hace todo lo que puede para no pasar desapercibida. La chica piensa en otras cosas—. ¿Salir de aquí?
          La cabeza del comepiedras no se mueve, pero sus ojos se desplazan muy despacio. La siguen. De improviso siente la necesidad de ocultarse debajo de la manta para escapar de su mirada, pero ¿qué ocurriría si al asomar la cabeza tuviera la del comepiedras justo delante, devolviéndole la mirada?
          —Pronto te trasladarán a una celda más segura. —Tiene la apariencia de un hombre, pero la mente de la chica se niega a usar el pronombre masculino con algo que es muy obvio que no es humano—. Allí te costará más alcanzar la piedra. Yo te puedo llevar a un lugar donde estés en contacto directo.
          —¿Para qué?
          —Para que puedas destruir la ciudad, si aún quieres hacerlo. —Su voz, relajada, apacible. Es indestructible, cuentan las historias. No se puede detener a un comepiedras, solo apartarse de su camino.
          —Pero tendrás que enfrentarte a Ykka y a los demás —continúa—. Es su ciudad, al fin y al cabo.
          Aquello casi consigue hacer que la chica se olvide de la amenazadora extrañeza del comepiedras.
          —Eso es imposible —dice, con terquedad. El mundo odia su naturaleza, es algo que aprendió muy pronto. Los que son como ella se alimentan del poder de la tierra y los regurgitan como energía y destrucción. Cuando la tierra está tranquila, se alimentan de cualquier cosa que sean capaces de encontrar, desde el calor del aire al movimiento de los seres vivos, para conseguir el mismo resultado. No pueden vivir entre la gente corriente. Los descubrirían con el primer temblor, o con el primer asesinato.
          El comepiedras se mueve, lo que provoca que un sudor frío empiece a recorrer la piel de la chica. Es lento, rígido. Se escucha un sonido quedo similar al rechinar de la losa de piedra de una tumba. Ahora tiene a la criatura cara a cara, y su expresión ha pasado de una contemplativa a una irónica.
          —Hay veintitrés de los tuyos en esta ciudad —dice la cosa—. Y muchos más de los otros, claro.
          Gente normal, supone la chica por el tono desdeñoso de la criatura. No lo puede asegurar porque su mente se ha quedado atascada en la frase anterior. Veintitrés. Veintitrés.
          Luego se da cuenta de que el comepiedras aún espera que responda a la pregunta.
          —¿Cómo vas a sacarme de la celda? —pregunta.
          —Cargaré contigo.
          Deja que el comepiedras la toque. Intenta que no la vea temblar, pero los labios de la cosa se mueven de una forma muy sutil. Ahora la estatua tiene tallada una ligera sonrisa. Al monstruo le gusta que se le considere monstruoso.
          —Volveré luego —dice—. Cuando hayas recuperado las fuerzas.
          Luego su silueta centellea, no siente las mismas vibraciones que tienen el resto de personas, pero sí una presencia sólida y estática, como la de una montaña. Puede ver a través de ella. Se hunde en el suelo como si se hubiera abierto un agujero bajo sus pies, aunque los mugrientos listones de madera son perfectamente sólidos.
          La chica respira hondo varias veces y se reclina contra la pared. El frío del metal atraviesa la tela de la ropa.
          
          Trasladan a la chica a una celda con el suelo de metal cubierto de madera. Las paredes también son de madera y están acolchadas con cuero cosido sobre gruesas capas de algodón. En esta hay cadenas incrustadas en el suelo, pero por suerte no las han usado con ella.
          Le traen comida: un caldo con copos de levadura, tartas sosas y de mal aspecto con sabor a moho, brotes envueltos en hojas secas. Come y recupera fuerzas. Varios días después, días en los que el sistema digestivo de la chica ha empezado poco a poco a recuperarse, los guardias le dan unas muletas. La miran mientras las prueba y consigue habituarse a ellas para hacerse el menor daño posible. Luego la llevan a una habitación en la que personas desnudas se frotan alrededor de una piscina poco profunda por la que circula agua caliente. Cuando ha terminado de asearse, los guardias le cardan el pelo para quitarle los piojos (No tiene. Los piojos aparecen cuando se está en contacto con otras personas). Para terminar, le dan la vestimenta: ropa interior, unos pantalones holgados fabricados con algún tipo de fibra vegetal, otro par de pantalones más estrechos hechos de cuero, dos camisas, un sujetador que le queda muy grande y calzado forrado de piel. Se lo pone todo, con avaricia. Es muy agradable sentir el calor.
          La llevan de nuevo a la celda, y la chica se sube a la cama con cuidado. Se encuentra con más energía, pero aún se siente débil. Se cansa con facilidad. La rodilla aún no es capaz de soportar su peso. Las muletas son un desastre: no puede escabullirse a ningún sitio mientras tenga que seguir apoyándose y haciendo tanto ruido. La frustración la consume porque sabe que el hombre del vinagre está ahí fuera y teme que se pueda marchar, o atacar, antes de que esté recuperada. Pero la carne es la carne, y la suya ha sufrido mucho esos días. Reclama su deuda. La única opción que le queda es obedecer.
          Pero cuando ha descansado un tiempo, se da cuenta de que vuelve a haber en la estancia algo grande, familiar y estático como una montaña. Abre los ojos y ve al comepiedras inmóvil y silencioso delante de la puerta de la celda. En aquella ocasión tiene una mano levantada, con la palma abierta y preparada. Una invitación.
          La chica se incorpora.
          —¿Puedes ayudarme a encontrar a alguien?
          —¿A quién?
          —A un hombre. Un hombre… —No tiene ni idea de cómo expresarlo para que lo entienda el comepiedras. ¿Es capaz de distinguir siquiera entre dos seres humanos? No tiene ni idea de cómo funciona su mente.
          —¿Como tú? —se aventura el comepiedras al ver que se ha quedado callada.
          Se resiste a la necesidad de rechazar de inmediato aquella descripción.
          —Otro capaz de hacer lo mismo que yo, sí. —Uno de esos veintitrés. Un problema que nunca pensó que llegaría a tener.
          El comepiedras se queda en silencio por un instante.
          —Compártelo conmigo.
          La chica no lo entiende. Pero la mano de esa cosa sigue ahí, como un ofrecimiento, esperando, así que se pone en pie y cojea, con la ayuda de las muletas. Cuando extiende la mano hacia la de la criatura, siente por un instante un rechazo a la idea de tocar aquella piel extraña y marmórea. Ya bastante desagradable es estar tan cerca como para notar que no respira, ver que no parpadea y darse cuenta de que su intuición le advierte que no la pruebe con esa parte de ella capaz de paladear la piedra. Le da la impresión de que, si lo intenta, tendrá sabor a almendras amargas y azufre ardiente y la matará.
          Pero, aun así.
          A regañadientes piensa en ese bonito lugar que no se ha permitido a sí misma recordar desde hace años. Había una vez una chica que tenía comida todos los días y podía calentarse siempre, en un lugar en el que la gente le daba esas cosas sin que tuviera que pedirlas y del todo gratis. También le daban otras cosas, cosas que ahora no quiere, que ahora no necesita, como compañía, un nombre o sentimientos que no sean hambre y rabia. Aquel lugar ya no existe. Está destruido. Ella es la única que queda, la que tiene que vengarlo.
          Toma la mano del comepiedras. La piel es fría y cede un poco al tacto, a la chica se le pone la piel de gallina a lo largo de los brazos y siente un escalofrío por la palma de la mano. Espera que esa cosa no se haya dado cuenta.
          El comepiedras espera a que la chica se acuerde de lo que le ha pedido. Ella cierra los ojos y recuerda el sabor ácido y dulce al mismo tiempo del hombre del vinagre, con la esperanza de que la criatura sea capaz de sentirlo a través de la piel.
          —Vaya —dice el comepiedras—. Conozco a esa persona.
          La chica hace una mueca con los labios.
          —Voy a matarlo.
          —Vas a intentarlo. —La sonrisa parece fijada en su cara.
          —¿Por qué me ayudas?
           —Ya te lo he dicho. Los otros se enfrentarán a ti.
          Esto no tiene sentido.
          —¿Por qué no destruyes tú mismo la ciudad si tanto la odias?
          —No odio la ciudad. No me interesa destruirla. —Siente en la mano un apretón casi imperceptible, una pizca de presión que parece provenir de los lugares más profundos de la tierra—. ¿Quieres que te lleve junto a él?
          Es una advertencia y, al mismo tiempo, una promesa. La chica lo ha comprendido: tiene que aceptar la oferta en ese mismo momento o perderá la oportunidad. Al fin y al cabo, qué más dan las razones del comepiedras para ayudarla.
          —Llévame junto a él —responde.
          El comepiedras se acerca a ella, le pasa sobre los hombros el brazo que le queda libre con la implacabilidad lenta y rechinante de un glaciar. Ella se queda en pie y tiembla a causa de aquella inhumanidad tan maciza. Mira los ojos demasiado blancos y demasiado negros de la criatura y agarra con fuerza las muletas entre sus brazos. No ha dejado de sonreír. Se da cuenta, y desconoce por qué se ha dado cuenta, de que esa cosa sonríe con los labios cerrados.
          —No tengas miedo —dice la criatura sin abrir la boca, y el mundo se emborrona alrededor de la chica. Siente una presión y una reclusión sofocantes, un calor que parece provocado por la fricción, una oscuridad voluble y la sensación de que las profundidades de la tierra se mueven a su alrededor, tan cerca que no puede limitarse a paladearlas. También siente, respira y llega a formar parte de la criatura.
          Se encuentran de pie en un patio tranquilo de la ciudad. La chica mira a su alrededor, asustada por el súbito regreso de la luz y el aire frío y tanta espaciosidad. En aquella ocasión casi no se da cuenta de los movimientos del comepiedras, que la suelta y se aparta hacia detrás, muy despacio. Es de día. La cubierta de la ciudad está recogida y el cielo tiene esa melancolía plomiza habitual, llora nieve de ceniza. Desde el interior, la ciudad es más pequeña de lo que había imaginado. Los edificios son bajos pero están aglutinados, casi todos son achaparrados, redondos y con forma de cúpula. Es el mismo estilo arquitectónico que ha visto en otras ciudades: se usa para conservar mejor el calor y resistir los terremotos.
          No hay nadie alrededor. La chica se gira hacia el comepiedras, tensa.
          —Allí. —El brazo de la cosa ya está levantado y señala hacia un edificio al final de un camino estrecho. Es una cúpula más grande que el resto, con pequeñas ramificaciones secundarias que sobresalen por los lados—. Está en el segundo piso.
          La chica mira al comepiedras durante un rato y la criatura le devuelve la mirada, como si se tratara de una señal que le sonríe con amabilidad. Su venganza está por ahí. Se gira y camina en la dirección que señala el dedo.
          Nadie se percata de ella mientras se dirige hacia allí con las muletas, a pesar de que es una extranjera, lo que indica que la ciudad es tan grande que los habitantes no se conocen en su totalidad. La gente que pasa a su alrededor pertenece a muchas razas y es de edades muy variadas. Predominan los sanzedinos como Ykka, o quizá sean cebaki. Nunca ha aprendido a distinguirlos. Hay muchos regwo de labios negros y una mujer shearar con ojos grandes, redondos y muy blancos. La chica se pregunta si saben lo de los veintitrés. (Veinticuatro, se corrige). Tienen que saberlo. Los suyos no pueden vivir entre gente normal sin que los descubran tarde o temprano. Lo normal es que no puedan vivir entre gente normal de ningún modo. Pero en este lugar lo hacen, no sabe cómo.
          Mientras atraviesa las estrechas calles y los recovecos entre los edificios, se percata de otra cosa, algo mucho peor que explica en un abrir y cerrar de ojos por qué nadie está preocupado por las veinticuatro personas que podrían destruir la ciudad en un suspiro. En las aceras, entre las sombras, casi camuflados entre las paredes cenicientas hay siluetas que están de pie y demasiado inmóviles. Estatuas cuyos ojos se desplazan para seguirla. Muchas. Cuenta una docena antes de obligarse a detenerse.
          Había una vez una ciudad llena de monstruos, y la chica no era más que otro de ellos.
          Nadie la detiene de camino a la gran cúpula. Dentro hace más calor que en el edificio en el que la tenían presa. La gente entra y sale a voluntad, en grupos de dos o tres, hablan y llevan papeles o herramientas. Mientras la chica recorre los pasillos, examina los pequeños braseros de cerámica que hay en todas las habitaciones y que despiden un aroma fresco además del calor. Tienen pilas de flores marchitas hace mucho tiempo entre las brasas.
          Casi no sobrevive a las escaleras. Le lleva un tiempo descubrir un método de subir con las muletas sin tener que doblar la rodilla herida. Se detiene después del tercer tramo para apoyarse en una pared, tiembla y suda. Los días que ha comido bien la han ayudado, pero aún no está recuperada del todo y nunca ha sido una persona de mucha fuerza física. No serviría de nada encontrar al hombre del vinagre y desmayarse a sus pies.
          —¿Estás bien?
          La chica se aparta el pelo empapado que le cubre los ojos. Se encuentra en un pasillo amplio con braseros a ambos lados. También hay una alfombra grande y estampada en el suelo, un lujo de antes del desgarro. Hay un hombre en pie. Es igual de pequeño que ella, única razón por la que no se ha apartado con brusquedad al verlo tan cerca. Es casi tan pálido como un comepiedras, aunque sí tiene piel de verdad y también el pelo encrespado porque es probable que tenga sangre sanzedina. Su cara es alegre, aunque la mira con educada preocupación.
          La chica se encoge de dolor cuando, por instinto, paladea sus alrededores y reconoce aquel sabor intenso, a vinagre agrio, a encurtidos apestosos y a cosas viejas en conserva, a vino rancio. Es él, es él, reconoce su sabor.
          —Soy de Arquin —espeta la chica. La sonrisa se solidifica en la cara del hombre, lo que hace que ella vuelva a pensar en el comepiedras.
          Había una vez una ciudad llamada Arquin, lejos, hacia el sur. Había sido una ciudad de artistas y pensadores, un lugar bonito para personas bonitas, como los padres de la chica. Cuando el mundo quedó destruido —algo que ocurre a menudo, ya que el desgarro solo es el último ejemplo de muchos apocalipsis—, Arquin resistió el frío, cerró las puertas y se encogió para sobrevivir hasta que el mundo sanara y volviera a ser cálido. La ciudad estaba bien preparada. Los abastos estaban llenos, las defensas eran fuertes y variadas. Podría haber aguantado mucho tiempo. Pero fue entonces cuando un extraño llegó a la ciudad.
          La tensión se masca en el silencio después de la afirmación de la chica.
          El hombre es el primero en reaccionar. Se le dilatan las fosas nasales y se yergue, como si intentara hacer notar su malestar.
          —En aquella época todos hicimos lo que teníamos que hacer —responde—. Tú también lo habrías hecho en mi lugar.
          ¿Es una disculpa lo que nota en su tono de voz? ¿Una acusación? La chica enseña los dientes. No ha intentado enlazarse con la piedra de debajo de la ciudad desde que estuvo con Ykka. Lo hace en aquel momento, recorre los pilares de las paredes hacia los cimientos del edificio y luego continúa hacia abajo mientras de camino se topa y traga el lecho de roca de menta dulce y refrescante. No hay demasiada. Hoy no han tenido lugar temblores, pero por poca que sea, la energía que encuentra es como un bálsamo que alivia los días de miedo y desesperanza que acaba de pasar.
          El hombre del vinagre se apoya en la pared contraria del pasillo al ver que la chica ha llegado al lecho de roca, lo considera una afrenta. De improviso, toda la acidez que lo compone fluye hacia delante como un escupitajo con la intención de revolverle el estómago para que pare. La chica quiere hacerlo, el hombre está arruinando el sabor. Pero frunce el ceño y mordisquea la energía con más ímpetu, la hace suya, no quiere apartarse. Entrecierra los ojos.
          Alguien sale al pasillo de una de las habitaciones adyacentes. Un extraño que dice algo, en voz alta. La chica entiende que está llamando a Ykka. Casi no es capaz de oír las palabras. Tiene la boca llena de polvo de piedra. El sonido del rechinar de la roca de las profundidades en la cabeza. El hombre del vinagre vuelve a hacer presión para hacerse con el control de la chica, y ella lo odia por intentarlo. ¿Cuántos años lleva pasando hambre, frío y miedo por su culpa? No, no, no puede culparlo por algo así cuando ella ha hecho cosas igual de horribles. Tiene razón al decir que ella también lo haría, que lo ha hecho. Pero, en aquel momento, lo único que quiere es energía. ¿Es mucho pedir? Es lo único que le ha dejado aquel hombre.
          Y prefiere hacer picadillo el valle entero antes que dejar que le vuelva a arrebatar algo que es suyo.
          La madera sin pulir de las muletas se le clava en las manos al tiempo que muerde la piedra imaginaria para prepararse. La tierra está quieta; la energía, a demasiada profundidad y no es capaz de alcanzarla. En momentos así lo único que hay para alimentarse es una papilla aguada hecha de movimientos ínfimos, un calor tenue. El carbón de los braseros, que sabe a rosas. Las pequeñas sacudidas de las extremidades, los ojos y los torsos que se mueven al respirar. Además, también es capaz de sorber movimientos para los que no hay nombres: los bocados infinitesimales que flotan en el aire, la agitación de las partículas de los cuerpos sólidos. Las motas más pequeñas que revolotean en el aire y conforman esas partículas.
           (Cerca, en algún lugar fuera de la tierra, hay más personas. Otros sabores que empiezan a irritar sus sentidos: melón, estofado de carne caliente, pimientos que sí conoce. Tienen intención de detenerla. Tiene que terminar pronto.)
          —No te atreverás —dice el hombre del vinagre. El suelo tiembla, y el edificio al completo traquetea a causa de la energía que despide su rabia. Las vibraciones tamborilean en los pies de la chica—. No permitiré que…
          No le da tiempo a terminar la advertencia. La chica recuerda el sabor del vino agrio que encontró en un abasto destrozado de Arquin. Tenía tanta hambre que necesitaba algo, cualquier cosa, para seguir adelante. Le supo a malta con un cierto toque afrutado. La desesperación fue capaz de hacer que hasta el vinagre tuviera buen sabor.
          El aire de la habitación se enfría. Un círculo de hielo irradia alrededor de los pies de la chica, se forma escharcha en la alfombra estampada. El hombre del vinagre está dentro del círculo. (En el pasillo otros gritan y se retiran a medida que el círculo se hace más grande). El hombre grita mientras se le empieza a formar hielo en el pelo, en las cejas. Los labios se le ponen azules, se le agarrotan los dedos. No solo es frío: la chica devora el espacio entre las moléculas, el movimiento mismo de los átomos; la carne del hombre se transforma en algo diferente, se condensa, se endurece. En la tierra, donde se concentran los sabores, el hombre pelea: la garganta de la chica arde a causa del ácido y se le revuelven las tripas. Se le entumecen las orejas, y el frío hace que la rodilla le palpite y las lágrimas le asomen en los ojos.
          Pero ha superado cosas mucho peores que el dolor. Es la lección que le ha enseñado sin querer el hombre del vinagre cuando acabó con su futuro, cuando la convirtió en poco más que un parásito, como él. Es mayor, más cruel, tiene más experiencia y quizá sea más fuerte, pero la supervivencia nunca ha sido una aptitud exclusiva de los que mejor se adaptan. También la tienen los hambrientos.
          Ykka llega cuando el hombre del vinagre ya está muerto. Entra en el círculo helado sin miedo, y la chica siente un sabor fuerte y fresco cuando la encara. Da un paso atrás. No está en condiciones para otro enfrentamiento.
          —Felicidades —dice Ykka, arrastrando la palabra, al tiempo que la chica se desenlaza de la tierra y se sienta con torpeza, cansada. (El suelo está muy frío cuando apoya el trasero).— ¿Te has quedado a gusto?
          Está un poco aturdida, pero intenta procesar las palabras. Hay una pequeña multitud en el pasillo, fuera del círculo de hielo, que murmura y la mira. Una mujer de pelo negro, que tiene de pequeña y ligera lo mismo que Ykka de grande e inflexible, ha entrado con Ykka en el círculo y se acerca al hombre del vinagre con la esperanza de encontrar algo de valor. Pero no hay nada. La chica ha dejado de él lo mismo que él dejo de aquella vida pasada en aquel bonito lugar. Ni siquiera tiene apariencia de hombre, es poco más que un amasijo quebradizo de color marrón grisáceo de algo que antes era carne y que ha quedado medio aglutinado contra la pared del pasillo. De su cara quedan los ojos y los dientes descarnados. De su mano, una garra alzada.
          Detrás de Ykka y de la multitud, la chica ve algo que le hacer salir de improviso de su ensimismamiento: el comepiedras, al otro lado del pasillo. La mira y sonríe, inerte como una estatua.
          —Está muerto —dice la mujer de pelo negro mientras se gira hacia Ykka. Da la impresión de estar molesta, no enfadada.
          —Sí, me lo imaginaba —responde Ykka—. ¿A qué ha venido esto?
          La chica tarda en darse cuenta de que Ykka se dirige a ella. Está exhausta físicamente, pero también exultante de energía, entusiasmo y satisfacción. Se ha quedado aturdida y algo mareada, por lo que cuando abre la boca para hablar, en lugar de eso suelta una carcajada. Incluso a ella la risa le suena perturbadora e insegura.
          La mujer del pelo negro suelta un improperio en un idioma que la chica no conoce y saca un cuchillo, decidida a librar a la ciudad de la amenaza que supone una loca como ella.
          —Espera —advierte Ykka.
          La mujer no deja de mirarla.
          —Este pequeño monstruo acaba de matar a Thoroa…
          —Espera —repite Ykka, más seria; y en aquella ocasión se queda mirando con fijeza a la mujer del pelo negro hasta que flaquea la rabia que se notaba en la tensión de los hombros de la mujer. Luego Ykka vuelve a mirar a la chica. Su aliento se condensa en el aire frío cuando le pregunta:
          —¿Por qué?
          La chica solo niega con la cabeza.
          —Me lo debía.
          —¿Te debía qué? ¿Por qué?
          Vuelve a negar con la cabeza, con ganas de matarla y de que aquello pase.
          Ykka se le queda mirando un rato, con gesto firme e inexpresivo. Cuando vuelve a hablar, su voz es más suave.
          —Dijiste que habías aprendido desde muy pequeña.
          La mujer del pelo negro la mira con desprecio.
          —Todos hemos hecho lo que había que hacer, para sobrevivir.
          —Es cierto —afirma Ykka—. Y hay ocasiones en las que sufrimos las consecuencias de nuestros actos.
          —Ha matado a un habitante de la ciudad…
          —Se lo debía. ¿A cuántas personas les debes tú algo? ¿Pretendes hacer como si no tuviéramos muchas razones para merecer la muerte?
          La mujer del pelo negro no responde.
          —Una ciudad de gente como nosotros —dice la chica. Aún está mareada. Sería fácil hacer temblar la ciudad y descargar todo su desconcierto, pero eso los obligaría a matarla cuando por una muy extraña razón en aquel momento parecen dudar—. No funcionaría. Solían perseguirnos antes del desgarro y con motivo.
          Ykka sonríe porque sabe cuáles son los sentimientos de la chica.
          —Ahora también nos persiguen en muchos lugares, con motivo. Después de todo, solo uno de nosotros es capaz de hacer algo así. —Hace un gesto vago hacia el norte, donde una grieta enorme y aserrada que supura un líquido rojo a lo largo de todo el continente ha destruido el mundo—. Pero quizá no seríamos monstruos si no nos trataran como monstruos. Me gustaría que viviéramos como personas durante un tiempo, para ver cómo nos va.
          —Por ahora va muy bien —murmura la mujer del pelo negro sin dejar de mirar el cadáver petrificado de hombre del vinagre. Thoroa. Como sea.
          Ykka se encoge de hombros y entrecierra los ojos cuando mira a la chica.
          —Es posible que alguien también vaya a por ti. Algún día.
          La chica no aparta la mirada, es algo que siempre ha sabido. Hará lo que tenga que hacer, mientras pueda.
          Pero de improviso, se pone alerta porque el comepiedras está a su lado. Todos los del pasillo se sobresaltan, sorprendidos. Nadie lo ha visto moverse.
          —Gracias —dice la criatura.
          La chica se humedece los labios sin apartar la mirada. No es sensato darle la espalda a un depredador.
          —De nada. —No le pregunta por qué le ha dado las gracias.
          —Y luego estos —dice Ykka desde detrás de la criatura, con un suspiro que puede ser o no de resignación—. Es la razón que nos motiva a vivir juntos y en paz.
          La mayoría de los braseros del pasillo se han apagado, los ha extinguido la chica cuando se afanaba por conseguir energía. Solo emiten luz los que se encuentran al final del pasillo o a mucha distancia del círculo de hielo. La luz perfila el rostro del comepiedras, aunque la chica es capaz de imaginarse muy bien esa sonrisa tallada y marmórea.
          Sin decir nada, Ykka se acerca, con la mujer del pelo negro. Ayudan a la chica a ponerse en pie y las tres se quedan mirando al comepiedras con cautela. El comepiedras no se mueve, ni para interponerse en su camino ni para apartarse. Se queda ahí en medio hasta que se la llevan. El resto de personas de la estancia, los que se encontraban allí y decidieron quedarse al ver que había un enfrentamiento de monstruos, también se marchan. Con presteza. Parte de la culpa la tiene el frío que hace en el pasillo.
          —¿Me vais a expulsar de la ciudad? —pregunta la chica. La acaban de dejar a los pies de la escalera. Le cuesta coger las muletas porque no dejan de temblarle las manos, que han tardado en reaccionar al frío y a aquella experiencia tan cercana a la muerte. Si la expulsan ahora, herida, morirá poco a poco. Prefiere que la maten que enfrentarse a algo así.
          —Todavía no lo sé —responde Ykka—. ¿Quieres marcharte?
          A la chica le sorprende que se lo pregunten. Se le hace raro tener elección. En ese momento mira hacia arriba, un ruido la perturba: están empezando a mover la cubierta para proteger la ciudad por la noche. A medida que las bandas se colocan en su lugar, la ciudad se oscurece y los habitantes que caminaban por las calles empiezan a encender unos faroles verticales que no había visto antes. La cubierta emite un sonido quedo que retumba al cerrarse. En aquel momento, sin el frío del aire que sopla fuera, la ciudad es más cálida.
          —Quiero quedarme —se escuchar decir la chica.
          Ykka suspira. La mujer del pelo negro niega con la cabeza. Pero no llaman a los guardias y cuando oyen algo proveniente del piso de arriba, las tres caminan juntas, de tácito acuerdo. La chica no tiene ni idea de hacia dónde se dirigen. Tampoco cree que las otras mujeres lo sepan. Tan solo se han dado cuenta de que no deberían estar ahí.
          Lo sabe porque aún recuerda la imagen del pasillo justo cuando se marcharon, el momento antes de que la llevaran escaleras abajo. Miró hacia atrás y lo vio. El comepiedras se había vuelto a mover. Se encontraba junto al cadáver petrificado de Thoroa. La criatura le había puesto la mano en el hombro, con gesto afable. Y en esa ocasión, además de la sonrisa, brillaban en su gesto unos dientes pequeños, perfectos y diamantinos.
          La chica respira hondo para apartar de su mente aquella imagen.
          Luego, sin dejar de caminar, pregunta a Ykka:
          —¿Tienes algo de comer?


© 2014 N. K. Jemisin (texto original)
© 2017 David Tejera Expósito, por la traducción
© 2017 Alexander Páez, por la corrección
© 2017 Marina Vidal, por la ilustración

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