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La reina pescadora, un relato de Alyssa Wong

La reina pescadora - Destacada

Publicamos el relato finalista de los premios Nebula, Shirley Jackson y World Fantasy Award de 2015.

Alyssa Wong, la flamante ganadora del premio Nebula 2015 a mejor relato corto por Hungry Daughters of Starving Mothers, ha tenido la amabilidad de autorizarnos a traducir y publicar uno de sus cuentos que causaron sensación la temporada pasada, The Fisher Queen. El relato, publicado en The Magazine of Fantasy & Science Fiction y finalista de los premios Nebula, Shirley Jackson y World Fantasy Awards del año pasado, se lee mejor sin saber nada de él, de modo que os dejamos directamente con la traducción de David Tejera. Esperamos que lo disfrutéis.

F&SF Mayo 2014 - Portada
MI MADRE ERA UN PEZ. Por eso yo nado tan bien, o eso dice mi padre, que es un sencillo pescador con la sencilla lógica de un pescador pero con un talento asombroso para exagerar las cosas. Y aunque es verdad que me desplazo por el agua como un pececillo, o a la velocidad de una mano dejada caer sobre el borde de una lancha motora, pienso que es porque no hay quien haya crecido en la ribera del Mekong y no sea capaz de dos cosas: nadar y saber cómo evitar las sirenas.
          Las sirenas, igual que la versión inventada favorita de mi padre sobre mi madre, son peces. No son personas. Son igual de estúpidas que los peces, comen basura igual que ellos y también se venden en las lonjas. Hay que evitar que los niños entren en el agua, mantener bien cerrada la basura y, si se acercan mucho a tierra, no dejar de gritar ni de entrechocar cazos hasta que se asusten y se marchen. Son muy poco sofisticadas.
          Una vez, mis hermanas intentaron hablar con una sirena. Quedó atrapada en una red de pesca de papá, y la encontraron allí cuando fueron detrás de la casa a comprobar si habíamos capturado algo. Era una de agua dulce, un pez de fondo con el pelo largo y ralo de un color sobre el que mis hermanas todavía discuten a día de hoy. A Iris, la mayor, le dio lástima al verla e hizo que May echara algo de agua en sus branquias trémulas con un balde de plástico rojo. Preguntó a la sirena si se encontraba bien y cómo se llamaba, pero esta la miró fijamente con los estúpidos ojos que tenía a los lados de la cabeza y boqueó, mientras el barro resbalaba de sus bigotes. Luego papá llegó a casa y echó la bronca a Iris y May por sacar la red demasiado pronto y por tocar a la sirena, que podría tener piojos marinos y todo tipo de enfermedades.
          Por aquel entonces yo era una cría, pero mis hermanas no paran de contar esa historia. Iris quiere ser bióloga marina. Le queda poco para terminar el instituto pero no le llegan los sesos para ir a la universidad, y no deja de hablarnos sobre peces, como si no lleváramos toda la vida rodeadas de ellos. Duerme con el libro de biología que robé de la clase de niños mayores superdotados debajo de la almohada. A May no le importa una mierda su educación y es probable que termine por casarse con alguno de los chicos que viven en el muelle para no tener que volver a repetir el décimo curso. La sirena es uno de esos recuerdos de infancia que compartimos, una chispita de magia de la época en que aún creían que nuestra madre era un pez, y aquella sirena quizá fuese una prima nuestra o algo parecido.
          Pero ahora tengo quince años, soy marinera de cubierta en un arrastrero y ya no me dejo engañar por el cuento que se inventó mi padre para no tener que explicarnos por qué nuestra madre, muy humana, nos dejó a las tres abandonadas con él. Tampoco doy mucha importancia a la historia de unas niñas que tocaron un siluro venido a más. En realidad, me entristece pensar que mis hermanas creían de verdad que nuestra madre podía ser un animal tan estúpido como esa sirena.
          Mientras me ato los cordones de las botas y me preparo para salir hacia el barco, May se deja caer al suelo desde la litera de arriba y su pelo negro me azota la cara.
          —Toma. —Se quita el collar y aprieta contra mi mano la concha tallada con forma de Buda—. Ten mucho cuidado, ¿vale?
          Me pongo el colgante encerado al cuello. Fuera sigue oscuro; el sol no saldrá hasta dentro de unas horas.
          —Claro, tranquila. Vuelve a la cama.
          Se cubre con las sábanas, y los pliegues parecen olas rompiendo en el océano.
          —Lo digo en serio, Lily —murmura—. No quiero que vuelvas en forma de fantasma.
          La arropo metiéndole el borde de la manta bajo la tripa mientras Iris, que ronca en la litera de abajo, ni se inmuta.
          —Los fantasmas son tontos —digo a May, mientras agarro la mochila colgada al borde de la cama. Nuestra casita solo tiene dos habitaciones, un dormitorio y una cocina cubiertos con planchas de metal, y se sostiene por encima del río sobre unos pilotes. El saco de dormir de papá no está en la habitación, así que supongo que ya estará a bordo del Pakpao—. Nos vemos en unos días.
          Siempre reviso las redes de la parte trasera por si algún pez ha quedado atrapado durante la noche, atraído por el fétido aroma de la basura. Hoy están vacías. No hay tilapias ni ningún pacú, con esos dientes tan humanos que tienen. Tampoco hay sirenas de brazos larguiruchos. Devuelvo las redes al agua y cruzo al trote la pasarela que conecta el barrio de casas flotantes desvencijadas, haciendo crujir las tablas de madera bajo mis pies. El olor pesado y verdoso del río se cuela entre ellas y asciende hacia el cielo nocturno.
          Nuestro destartalado arrastrero, el Pakpao, aguarda junto a los muelles y sus marineros vagan por cubierta como una tripulación de espectros. El Pakpao parece el barco de juguete de un niño, pero construido con chatarra y a una escala veinte veces mayor. Sus banderines de colores aletean mecidos por la húmeda brisa y el óxido trepa por los laterales del casco. La silueta corpulenta y compacta de mi padre está agazapada en cubierta, recogiendo las redes.
          —¿Qué tal, Lily? —dice Ahbe mientras llego con paso rápido por el embarcadero. A sus diecinueve años, es el mozo de cubierta que más se acerca a mi edad—. ¿Preparada para pasar otros cuatro días en la mar?
          —Hay que ser muy optimista para creer que llenaremos la bodega y volveremos a casa en cuatro días —refunfuña Sunan, mientras pasa a nuestro lado con una caja de flotadores de plástico. Ha debido de dejarse la camisa en alguna parte—. Te busca el cocinero, Ahbe. Quiere saber qué ha pasado con el otro fardo de arroz.
          —Se supone que lo iba a llevar Gan —protesta Ahbe, pero se marcha escalera debajo de todos modos.
          Yo sigo a Sunan hacia las redes.
          Papá no levanta la mirada del trabajo y da unos golpes en la cubierta a su espalda para que Sunan deje allí la caja. Me siento a su lado con las piernas cruzadas y tiro de las redes hasta mi regazo. Cuando haya más luz, tendré que encargarme de colocar los flotadores y los plomos al cabo de la red, ensancharla para que abarque más superficie en el río y lastrar la relinga inferior para que se arrastre por el lodo del fondo.
          —He intentado levantarte, pero dormías como un tronco —dice papá, como disculpándose—. El capitán Tanawat quería que viniera antes para volver a comprobar el motor y la ruta. Este monzón complica mucho la pesca.
          Le lanzo una mirada. Los músculos de sus hombros se marcan cuando iza la última red. Es el pescador más fuerte y astuto que conozco. Me gustaría ser como él algún día.
          —¿También la de las especies de aguas profundas?
          —También. —Mi padre suspira, deja el montón de redes a sus pies y se arrodilla a mi lado. Con sus curtidas manos deshace los nudos de los cabos de nailon—. Es posible que no encontremos sirenas hasta dentro de una semana.
          —No me importa perder clases —digo—. Prefiero estar aquí contigo. —Esto es mucho mejor que la escuela: aprendo el álgebra de las redes y la geometría del Pakpao en el mar, que son lecciones mucho más valiosas para mí.
          Papá sonríe y me despeina.
          —Eres buena chica, Lily. —Se pone en pie, se desengancha la linterna de mano del cinturón y me la ofrece—. Tengo que comprobar que haya hielo suficiente en la bodega. Tú empieza con las redes.
          Mientras se dirige a la cabina, enciendo la linterna, la sostengo entre los dientes y uso el pequeño círculo de luz eléctrica para empezar a trabajar. Anudo los flotadores de plástico y los plomos hasta que el cielo se ilumina y Ahbe sale apresurado de la cocina.
          —¡Zarpamos! ¿Ya están listas las redes?
          —Les falta poco —respondo—. Lo estarán cuando las necesitemos.
          Me dedica una sonrisa mientras se repeina hacia detrás.
          —Genial. ¡Le diré al capitán Tanawat que estamos preparados!
          Vuelve a salir corriendo, agitando sus extremidades delgadas y bronceadas. Me pregunto si May escogerá a Ahbe de entre todos los pescadores jóvenes para casarse con él. Creo que sería una buena elección.
          Los motores rugen y agitan el agua verduzca de debajo. Otros barcos llegan a puerto y empiezan a descargar sus capturas de pangas, percas y rayas con púas hacia las lonjas que se empiezan a montar en la orilla. No veo que haya sirenas a la venta, ni siquiera esas tan molestas que tenemos por la zona, parecidas a siluros. Quizá las hayan guardado para venderlas fuera del país.
          El Pakpao se abre camino a duras penas entre los frondosos árboles que se apiñan en los márgenes del río, con sus ramas impregnadas del aroma almizclero del agua. Me acuclillo y sigo con las redes. Cuando termino de anudar el último plomo y me acuerdo de levantar la mirada, nuestro pueblo con patas de cigüeña ya se ha perdido de vista.

LA LLUVIA DEL MONZÓN nos alcanza cuando llevamos una hora de travesía río abajo, por lo que no podemos soltar las redes hasta el día siguiente, cuando ya casi hemos llegado al delta que se abre al mar. Papá, Sunan, Ahbe y yo nos coordinamos para lanzar primero la relinga inferior con los plomos, luego la red central y por último las de superficie. El nailon me hace daño en los dedos cuando el agua intenta arrebatármelo, pero no pienso quejarme delante de papá y los otros. Prefiero atender a mis heridas en privado.
          No pasa mucho tiempo antes de que las redes empiecen a llenarse. Pacús, carpas y muchísimos siluros. Los guardamos en los enfriadores llenos de hielo en los que permanecerán hasta que volvamos a casa, y Ahbe y Sunan se encargan de transportarlos a la bodega. Todavía no hemos encontrado sirenas. Quizá la tormenta las haya espantado hacia aguas más profundas.
          —Me cago en la puta —refunfuña Sunan cuando volvemos a soltar las redes al agua—. Ni una sola comebarro. A este ritmo, se nos echará a perder todo lo que tenemos en la bodega antes de capturar algo decente.
          —Ten paciencia —murmura mi padre. La desembocadura del río comienza a ensancharse y cada vez se nota más la sal en el espeso y vívido olor del agua de debajo—. Habrá muchas en mar abierto.
          —Y de las mejores —añade Ahbe, y Sunan lo mira con resentimiento—. Peces tigre, peces león, atunes de aleta amarilla…
          —Ya sé cuáles salen más rentables —espeta Sunan. Yo bajo la cabeza y me concentro en las redes—. No necesito que me nombres todos los peces de la mar, chico.
          Mientras siguen riñendo, el río termina de verterse en el océano y los árboles y el follaje dejan paso al cielo abierto. Siempre me ha asustado lo insignificante que parece todo en el mar. Pero también es algo que me entusiasma y, cuando quiero darme cuenta, tengo las manos en la regala del Pakpao y el viento mece y desenreda las trenzas de mi pelo. Las olas rompen contra el arrastrero y, con cada una que atravesamos, el más puro alborozo me vacía de aire los pulmones.
          Cuando izamos las redes a la mañana siguiente, pesan tanto que tenemos que pedir ayuda al cocinero para subirlas al barco. Hay algunos atunes, lubinas y hasta un cazón, pero casi todo son sirenas que no dejan de retorcerse y aullar. Los plomos resuenan contra las planchas al depositar las redes en cubierta, y es entonces cuando me doy cuenta de que hemos capturado algo fuera de lo común.
          La mayoría de las sirenas que se retuercen en las redes son pálidas, de cola plateada y cuerpos cimbreantes. Pero hay una de color pardo, con la parte inferior gruesa, blanduzca, vulgar y terminada en una punta roma en lugar de una aleta. Todo su cuerpo brilla como si lo recubriera una baba, está lleno de pinchos y tiene apéndices con forma de helecho. Le cuelgan unas vainas redondas como de hueso alrededor de la cintura, del tamaño de bebés.
          Pero lo peor es que el rostro del pez tiene una apariencia increíblemente humana, con barbilla y cuello definidos. Todas las sirenas que había visto hasta ahora tienen los ojos muy separados a ambos lados de la cabeza, pero los de esta son enormes y blancos, como galletas de mar, y están en la parte frontal de su cara. Además, a diferencia de las otras sirenas, que no dejan de boquear, chillar y revolverse en cubierta (y hay pocas cosas peores que los gritos de una sirena), esta yace inmóvil y sus branquias palpitan despacio.
          —Hemos pescado una de aguas profundas —murmura Sunan.
          Ahbe se agacha sobre la red, boquiabierto.
          —¡No la toques! —grita mi padre, y aparta de un tirón la mano extendida de Ahbe. Noto tenso a mi padre, y más cuando la sirena sonríe como si fuera una persona y sus mandíbulas revelan varias filas de dientes largos y afilados.
          No puedo dejar de mirarla. Tiene el torso raquítico, los brazos delgados y cortos y una leve curvatura donde estarían los pechos de una mujer humana, pero no tiene pezones. Eso me sorprende más de lo que debería, porque ¿para qué quiere pezones un pez? Me ruborizo. De repente me siento expuesta, a pesar de llevar ropa.
          —Vaya —exclama Ahbe. Sus ojos brillan como si nunca hubiera visto antes una sirena de aguas profundas. Quizá sea así. Es la primera vez que yo veo una—. Nos van a dar mucho dinero por esta, ¿verdad?
          —Eso si no pierdes una mano antes —replica mi padre. Las demás sirenas siguen gimoteando mientras las últimas gotas de agua de mar escapan de sus agallas en breves y bruscos respingos—. Llevémoslas abajo. Y procurad no dañarlas. Necesitamos que la carne esté lo mejor posible para atraer a los compradores.
          Avanzamos al interior de la red con cuerdas y garfios. Los ojos de la sirena parda parecen ventanas tapiadas, como los de un lófido, pero no deja de seguirme con la mirada mientras me muevo por la cubierta y amarro los delicados brazos de las sirenas a sus cuerpos, para que no se destrocen las muñecas haciendo aspavientos fruto del pánico. Una vez atadas, papá y Sunan las levantan del suelo y las bajan a la bodega, mientras Ahbe guarda el resto de peces en los enfriadores y yo me acerco a la sirena de aguas profundas con una soga en la mano.
          Abre la boca, y juro (lo juro por Dios, por los dioses o por lo que sea que esté allá arriba) que sisea una palabra: «L¯uk¯s¯aw».
          Suelto la soga y me tambaleo. Ahbe se me acerca al momento.
          —¡Mierda! Lily, ¿te ha hecho algo? —Me agarra las manos y les da la vuelta para examinarme bien los brazos—. ¿Te ha mordido?
          Las vainas de su cintura repiquetean y el aire silba entre sus dientes. No deja de reírse de mí mientras la atan y se la llevan a la bodega.
          —L¯uk¯s¯aw. L¯uk¯s¯aw. L¯uk¯s¯aw.
          «Hija.»
          Se me revuelve el estómago. No puedo parar de temblar.

CONGELAMOS LA MAYOR PARTE de lo que pescamos en el Pakpao, pero las sirenas tienen una carne particular y caprichosa. Hay que mantenerlas vivas para que no se eche a perder. De hecho, se deteriora tan rápido que en algunos lugares han creado exquisiteces que usan carne podrida de sirena porque es casi imposible que llegue fresca a los pueblos de interior. Los comerciantes japoneses que visitan nuestra aldea cargan enormes tanques de agua salada en sus barcos para llevarse las sirenas vivas, directamente de las bodegas de arrastreros como el nuestro. De allí las distribuyen a los restaurantes, que hacen todo lo posible para conservarlas. Aun así, no suelen durar más de dos semanas en cautividad, lo que significa que siempre hay mercado para pescadores como nosotros.
          Las sirenas son muy rentables. Iris, May y yo no podríamos haber ido a la escuela de no ser por las absurdas sumas que la gente está dispuesta a pagar para comer algunas partes concretas de un cierto tipo de sirenas, no las que se parecen a siluros y habitan en los ríos sino las que se capturan en mar abierto. Es el mismo tipo de gente que asegura que la carne esponjosa y grasienta de sirena de aguas profundas es el bocado más suculento y exclusivo que se puede llegar a probar, como el otoro pero mejor y más cremoso. También hay quien dice que es la emoción por probar algo prohibido lo que da tan buen sabor a las sirenas. Una vez tuve un compañero de clase que me dijo que comer sirena, sobre todo el torso, es lo más parecido a comer carne humana que se puede probar.
          La verdad es que yo odio a las putas sirenas. No las soporto. A Iris y May nunca se lo confesaría, pero me dan miedo. Sus ojos huecos, sus cuerpos plagados de parásitos, sus casi-manos, sus casi-caras… Es el tipo de pez más asqueroso y terrorífico que he visto nunca. No hay nada que me guste de ellas.
          No puedo ni comerlas. Una vez, en un cumpleaños de May, papá trajo a casa una tajada fina y con escamas plateadas de cola de sirena de barramundi, para que la compartiéramos. Era la comida más cara que habíamos probado nunca, pero a mí me supo a yeso. Iris y May no dejaban de comentar lo deliciosa que estaba la carne blanca, pero yo mezclé mi parte con arroz e hice lo que pude para tragarla, porque sabía que papá se había gastado buena parte del dinero de su última pesca en aquel banquete especial de cumpleaños. Le gustaba mimarnos siempre que podía.

LAS SIRENAS DE LA BODEGA no dejan de dar gemidos. Los ruidos agudos, como de tetera, atraviesan las paredes del barco y llegan a la hamaca en la que estoy echada con las manos en los oídos, intentando dormir. Iris dice que solo hacen ese ruido cuando están nerviosas. Algo sobre el aire que silba al pasar por sus branquias y sobre las vibraciones internas de sus cuerpos, creo.
          Me importa una mierda saber por qué lo hacen. Solo quiero que pare.
          Dormir se me hace más difícil todavía porque no puedo dejar de pensar en esa sirena parda y espinosa. En esos ojos ciegos y brillantes, como los de un depredador. En su mandíbula abierta, en la estrechez de su cintura, en las leves curvas de su pecho. En en el olor de su piel, tan salado y ajeno.
          L¯uk¯s¯aw.
          Trago saliva.
          Sunan y Ahbe no están porque tienen turno de noche en cubierta. El cocinero y papá duermen en el otro extremo del sollado. La linterna eléctrica que se balancea sobre nuestras cabezas no ayuda en nada, así que la agarro, me bajo de la hamaca y salgo de la cabina en silencio.
          Cuando bajo la escalera hacia la bodega, el volumen de los lamentos crece hasta convertirse en un quejido febril que se instala en mi cabeza. Me imagino a la sirena parda riendo y flotando en el agua. Antes de lo que querría, llego al rellano del fondo de la escalera y poso la sudorosa palma de mi mano en el frío metal del pomo de la puerta. La abro.
          La bodega está llena de agua del mar y enfriadores llenos de peces congelados que se mecen arriba y abajo al ritmo de las olas del exterior. Las sirenas nadan en círculos, confusas, emitiendo angustiados arrullos. Están amarradas a grilletes de metal clavados en la pared y tienen gruesos cordeles en torno a sus delicadas muñecas de bebé, atados a ambos lados de sus bocas. Una sirena con el cuerpo musculoso, alargada y pesada como una arapaima, emerge con un garfio triple atravesándole las mejillas y luego vuelve a desaparecer bajo el agua sin alterar apenas la superficie.
          Sunan está arrodillado al lado de la pared, y el balanceo del Pakpao envía hacia él pequeñas olas falsas que le llegan al pecho. Al verlo creo que está herido, porque hay sangre en el agua a su alrededor y las sirenas nadan cada vez más cerca y gimen de dolor cuando los grilletes y los cordeles evitan que lo alcancen. Entonces me doy cuenta de que la medialuna de carne pálida que se hunde y aflora del agua es su culo. Sus pantalones están colgados en un gancho, con los bordes de las perneras empapados, y agarra algo con fuerza mientras se mece adelante y atrás, adelante y atrás. No es el balanceo del barco, es él. Una manita da un zarpazo por encima de su hombro, y Sunan suelta una palabrota resonante y golpea a lo que sea que tiene debajo. Una pesada cola plateada azota el agua.
          Una mano me agarra el hombro desde detrás y casi me hace dar un grito. Tira de mí y la puerta de la bodega se cierra con un chasquido.
          —No mires, Lily —dice papá con la voz grave que pone cuando quiere protegerme. Me hierve la sangre y en mi interior rugen el miedo, la ira y la adrenalina—. Vuelve arriba y olvídate de lo que has visto.
          —¡Son peces! —mascullo—. Pero ¿qué leches está haciendo Sunan? Eso está mal. Ni siquiera son personas. ¡Son peces, joder!
          —Estas cosas pasan a veces en los barcos —dice mi padre, y yo no puedo creer lo que estoy oyendo—. No deteriora la carne. —Me mira y, por primera vez en mi vida, sus ojos negros y serenos vez me resultan desconocidos—. No quería que lo supieras hasta que fueras mayor, pero supongo que tenías que acabar descubriéndolo tarde o temprano.
          —¿Lo sabías? —susurro—. ¿Lo saben todos los del barco?
          Mi padre suspira.
          —Vuelve arriba y no le des más vueltas.
          Tengo una espantosa revelación. Hace mucho tiempo, papá también tuvo su propio barco. Las sirenas son bastante abundantes, y hasta las grandes pueden caber en una bañera. Podría haberlas mantenido vivas, alimentarlas, follárselas… ¿Será de verdad un cuento esa historia que nos contaba sobre mamá? ¿O en realidad se quedó con uno de esos peces para hacerle daño (y violarlo) hasta que le dio tres hijas? ¿Quizá fue más de un pez? Recuerdo las estúpidas sirenas siluro que a veces deambulan con la boca llena de barro por detrás de casa y se me revuelve el estómago.
          —¿Tú también te las follas? —Las palabras se me escapan sin poder hacer nada para evitarlo.
          —Lily, vuelve arriba. —Su voz se ha vuelto fría y amenazante.
          —Esto es asqueroso, papa —consigo decir.
          —No te lo pienso repetir —dice, mientras me mira con una cara que preferiría no haber visto.
          Me marcho.

MI MADRE NO ERA UN PEZ. Mi madre era una mujer humana y de piel cálida. Estoy segura, aunque no me acuerde de ella.
          Una vez escuché una historia sobre un hombre al que un siluro le había arrancado la polla de un mordisco. Estaba meando en el agua y el pez remontó la corriente de orina hasta llegar a su miembro y destrozárselo de una dentellada.
          De pequeñas, esa era nuestra segunda historia favorita, después de la de nuestra madre. Ahora que Iris es casi bióloga, le gusta ir de lista y decirnos que el amoniaco del orín es lo que atrae a los peces, porque siguen el rastro de amoniaco que sus presas sueltan por las branquias, o algo así. No sé si será cierto. Pero sí conozco la fuerza que tiene un siluro cuando te tiene entre sus mandíbulas, he sentido esas placas huesudas en mis brazos cuando he tenido que arrastrarlos a la bodega. Los siluros del Mekong son enormes, más grandes que yo. Y sigo aprendiendo, a medida que me hago adulta, que existen muchas cosas más grandes que yo.
          En su segundo año de instituto, Iris se bloqueó. Dejó de ir a clase y se quedaba acurrucada en la cama todo el día, y por la noche no dejaba de llorar en sueños. Nunca nos contó qué había ocurrido, pero me enteré gracias a May, que conocía a los amigos de Iris, de que un chico de su escuela la había seguido hasta el cuarto de la limpieza después de recoger juntos el aula. Era un buen amigo, grande, fornido, con el pelo corto y gafas, pero Iris se encogía siempre que alguien pronunciaba su nombre.
          Tumbada en la hamaca, no dejo de pensar en siluros. En bocas que destrozan y presas que atenazan. Mientras, el olor y la voz de la sirena parda resuenan en mi sangre, la agitan, tiran de ella y la encienden en llamas.
          Dejo caer las piernas por un lado de la hamaca y me escabullo de la cabina con la linterna.
          Cuando bajo por la escalera, veo a Ahbe subiendo y me detiene cruzando una mano contra la pared mientras se ríe.
          —¿Qué haces despierta tan tarde, Lily?
          Lo miro y el fuego me hiela el pecho. Tiene los botones de la camisa abrochados con prisa y las rodillas empapadas de agua salada.
          —Voy a echar un vistazo a la pesca —respondo, con palabras que caen planas en el aire húmedo y asfixiante.
          —Es lo que acabo de hacer —dice Ahbe—. Está todo bien. No hay nada podrido, así que seguro que mañana podemos llevarlo todo a las lonjas.
          —No. Quiero ver a las sirenas —insisto con toda la intención, y veo cómo le cambia la cara.
          —No sabía que estuvieras al tanto —responde—. Eres demasiado joven para bajar a la bodega tú sola.
          —Tengo quince años —digo. Recuerdo la manera de hablar de mi padre, el tono intenso y convincente de su voz, e intento imitarlo cuando añado: —Tengo edad para decidir lo que quiero. Y quiero una sirena.
          Ahbe me mira a la luz de la linterna, y observo cómo duda.
          —Supongo que tienes razón —murmura al final—. Yo también tenía quince años la primera vez que me tiré a una. Pero ten cuidado, que dan bocados. —Se muerde los carrillos—. Aunque no te tenía por una thøøm.
          Aparto su brazo y se ríe.
          —Vete a la cama, Ahbe —le espeto—. Eres idiota. Yo cerraré la bodega cuando termine.
          Me tira las llaves, desaparece por la escalera y me quedo sola delante de la pesada puerta de metal que lleva a la bodega.
          Es imposible que sea hija de un pez. Casi tan imposible como creer que tu padre es un monstruo.
          Abro la puerta y entro. Al otro lado hay un tramo de escalera que desciende y se pierde bajo el agua después del tercer escalón. Parece que las sirenas están un poco más tranquilas, ya que no hay colas que agiten la superficie. Pero entre las ondulaciones, su presencia se hace patente gracias al lento movimiento de los cordeles que se extienden desde la pared.
          Apunto con la linterna despacio por toda la bodega, buscando la sirena parda. Ahí está. Entreveo sus ojos blanquecinos, que me miran apenas asomados a la superficie. Está atada con fuerza contra la pared, más que cualquiera de las otras. Para llegar hasta ella voy a tener que vadear por la bodega.
          Respiro hondo y me quito la ropa antes de bajar al agua. Está helada, y la impresión, sumada a la sensación de ingravidez, hace que se me dispare la adrenalina y me entre el pánico. Las sirenas se escabullen a toda prisa de mis piernas y noto el suave contacto de sus escamas contra la piel cuando me rozan. Empiezo a andar más rápido, resuelta. Recuerdo las aletas y los dientes que tienen algunas de las sirenas con forma de pez tigre que hemos capturado hoy. Quizá si me ven confiada, crean que soy un depredador y se alejen.
          Cuando llego hasta la sirena parda, tengo escalofríos y la piel de gallina por todo el cuerpo. La linterna me tiembla en la mano y proyecta un brillo anaranjado en las ondulaciones de la superficie.
          La sirena se asoma al exterior y deja la barbilla a la altura del agua. Las espinas, las vainas, los helechos y el resto de su suave y blando cuerpo flotan al ritmo del vaivén del barco.
          Sisea algo entre dientes y tardo un momento en comprender lo que ha dicho.
          —La niña-cría.
          —No soy una cría —respondo sin pensar, entre el castañeteo de mis dientes.
          Sonríe, y sus ojos ciegos brillan plateados en la oscuridad.
          —No, cría no. ¿Cómo te llamas, L¯uk¯s¯aw?
          En todas las leyendas europeas sobre las que he leído en la escuela, siempre se dice que no hay que revelar tu nombre a una criatura mágica. Pero en este caso no es más que un pez.
          —Lily —respondo. Ojalá tuviera bolsillos para meter las manos—. ¿Por qué me llamas L¯uk¯s¯aw? —Lo que quiero preguntarle en realidad es por qué puede hablar, pero las palabras se ahogan en mi garganta. Me da miedo lo que podría responder.
          Tiene los brazos muy delgados, terminados en unas manitas de bebé atadas por encima de la cabeza.
          —Libérame y lo sabrás.
          —La llevas clara —respondo—. No he bajado aquí para que se me coma un pez.
          Hace chasquear las mandíbulas.
          —Suele ser al revés, ¿no? Sois vosotros los que coméis peces.
          —Sí —digo—. Ese es el orden de las cosas.
          La sirena se ríe de mí.
          —¿Y tú estás de acuerdo con el orden de las cosas, L¯uk¯s¯aw? —Quizá haya olido la duda en mí, o haya oído mi mano apretando más la linterna, porque suaviza la voz hasta dejarla en un susurro grave—. No te voy a hacer daño. Libérame y te diré todo lo que quieres saber.
          Puede que sea por las inmensas ganas que tengo de creerla, o por el fuego iracundo que sigue chamuscándome, o por la imagen de Sunan en el agua encima de una sirena, pero sin saber muy bien por qué, mis dedos empiezan a desatar los nudos que la atan al grillete que tiene encima.
          Cuando deshago el último nudo, la sirena libera sus manos con una velocidad endiablada y me agarra por la barbilla. Los gruesos cordeles de cáñamo que siguen atados a sus muñecas me azotan el pecho desnudo. Se golpea la cabeza con la linterna al acercarse para lamerme la cara, con una lengua fría, ajena y gomosa. Veo sus dientes a pocos centímetros de mis ojos.
          —¿De verdad eres mi madre? —susurro.
          La sirena me pasa la lengua por la frente, baja por la nariz y me cruza los labios antes de retraerse.
          —Ah —suspira—. No eres de mi banco. No, recordaría a una como tú. —Tiene una fuerza tremenda, a pesar de que su mano parece la de un niño—. Pero aun así eres de las nuestras. Sabes a océano, no a la tierra apestosa de la superficie. —Me suelta la barbilla, pero yo no me echo atrás. —Te concedería un don, L¯uk¯s¯aw, en lugar de tu madre. Pero debo tomar un mordisco de tu carne para que se haga realidad.
          Papá solía contarnos un cuento sobre un pez mágico que concedía deseos si lo pescabas y lo volvías a soltar en el mar. Esta otra parte de la historia que dice la sirena no me suena de nada.
          Sus dedos de bebé me hacen cosquillas en el hombro.
          —Justo aquí. No dolerá mucho.
          En mi interior empieza a bullir una risa histérica. Estoy desnuda en la bodega, rodeada de sirenas y hablando con un pez mágico. ¿De qué tengo miedo? He sufrido heridas peores. Un mordisco no es nada. Ya soy adulta.
          Abro la boca para pedirle el dinero suficiente para librarme de este hediondo barco, el oro suficiente para ahogar a un marinero, para ahogar a todos los marineros. La abro para preguntar por mi madre, si la conoce, si sabe dónde encontrarla o puede hacer que vuelva. Si está viva o muerta. Si sabe si era humana o de verdad era un pez.
          Pero luego pienso en mis hermanas: en Iris, debajo de las mantas, abrazada con fuerza al libro de biología como si fuera un amuleto mágico de buena suerte; y en May, que me ha dado el suyo para que me proteja en el mar. Recuerdo que hay cosas más importantes. Pienso en la gente que ha hecho daño a mis hermanas, en el chico del cuarto de la limpieza y en Sunan en la bodega. En mi padre en el rellano, con la mirada tan fría.
          Le digo a la sirena mi auténtico deseo.
          Me lo concede.

HAY MUCHAS VERSIONES de esta historia, y cada una tiene un final diferente.
          En una, me marcho a nado con la sirena parda. El sol es un disco de bordes aserrados que titila sobre nuestras cabezas con extraños centelleos. El agua está fría y hay mucha presión, tanta que aplasta mi figura ondulante y dúctil hasta darle una forma más lisa y estilizada. Nuestras manos pequeñas y delicadas se aferran y nos sumergimos hacia las profundidades del océano.
          En otra, una terrible tormenta sacude el Pakpao y los demás barcos pescadores de la zona, en el arrecife de Teluk Siam. Se abre una grieta en la bodega y las sirenas escapan. Todos sobreviven y los rescatan unos días después. No pasa mucho más aparte de eso, y lo que pasa es igual de poco creíble, una historia inventada por quienes prefieren los finales felices a la verdad.
          Pero esto es lo que ocurre en realidad. La sirena parda desaparece y el Pakpao llega a puerto sin problemas y con la bodega llena de sirenas vivas. Si la tripulación parece un poco mareada y desorientada, si actúa de forma un tanto extraña y todos caminan como si no estuvieran acostumbrados a tener dos piernas, seguro que se debe a una insolación. Si las sirenas de la bodega nadan en círculos frenéticos, si sus ojos ruedan sin control en sus cabezas y sus lamentos resuenan por toda la bodega, en fin, es lo que hacen los peces. A fin de cuentas, las sirenas son peces, no personas. Los comerciantes japoneses quedan satisfechos con la pesca y transportan las sirenas en tanques a restaurantes de todo Hokkaido. Sacamos unos beneficios enormes.
          Todos los miembros de la tripulación del Pakpao a excepción de una servidora se ahogan antes de que haya pasado una semana tras su regreso. Yo sobrevivo, pero mi familia no se libra de la tragedia: encuentran el cuerpo de mi padre flotando en las redes detrás de la casa. Se celebra un funeral conjunto. La viuda de Sunan cuenta entre sollozos que su difunto marido dejó de hablar al volver de su última pesca y pasó los últimos días previos a su muerte intentando entrar a pie en el río, la misma historia que cuentan las familias de todos los recién fallecidos.
          Mis hermanas lloran, pero tienen el futuro asegurado. Yo también lloro y lamo la sal de las lágrimas. Tengo una venda en el hombro, cubriendo un mordisco que no sanará jamás.


© 2014 Alyssa Wong (texto original)
© 2016 David Tejera Expósito, por la traducción

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