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Los muertos me quieren (muerta), un relato de Sergio S. Morán

Los muertos me quieren muerta - Sergio S. Morán - Destacada

Un relato en cuatro partes que acompaña a El dios asesinado en el servicio de caballeros.

(Partes: I · II · III · IV)

 
El próximo 12 de mayo la editorial Fantascy publica El dios asesinado en el servicio de caballeros de Sergio S. Morán, novela protagonizada por la detective paranormal Verónica Guerra, alias Parabellum, que trabaja en Barcelona y un buen día descubre en el maletero de su coche nada menos que el cadáver de un dios griego. Tenéis ya disponibles sus primeras páginas en Megustaleer. Quienes la han leído (por aquí estamos en ello) la ponen como un cruce de fantasía urbana, humor y novela negra.

Para que podáis situarla vosotros mismos y a modo de presentación del mundo de la detective Parabellum, Morán ha escrito un relato en cuatro actos que acompaña a la novela y vamos a ir publicando aquí mismo en primicia a lo largo de esta semana y la que viene. Leedlo con atención, que al final habrá preguntas… y premios jugosos a sortear para quienes acierten a responderlas. Sin más, os dejamos disfrutar del relato.

El dios asesinado en el servicio de caballeros - Portada

I

Silbé los primeros acordes de la melodía, y las runas inscritas en el metal empezaron a brillar. Satisfecha por el resultado, activé el cronómetro en mi móvil y eché a correr escaleras arriba, no sin antes dispararle en la cabeza a un señor con bigote.

No sé en qué lugar me deja, pero no recuerdo la primera criatura que maté. Ni su nombre, ni su especie, ni siquiera la razón. Quizás ayude el hecho de que en mi trabajo la frontera entre la vida y la muerte no sea una línea clara, sino más bien miles de rayajos de colores, cada uno en una dirección, que serpentean y se mueven a tu alrededor, hasta que notas cómo uno de ellos te sube por la pierna.
          No. Ese señor con bigote al que acababa de disparar ya estaba muerto en el sentido estricto y médico de la palabra antes de mi intervención. Estaba convencida de que varias corrientes filosóficas habrían estado de acuerdo conmigo en que su vida como tal había finalizado hacía ya tiempo, y yo simplemente había evitado que su carcasa física siguiese caminando con la habilidad de alguien sin ligamentos. Sí, ese zombi, al igual que los otros quince que consumían mi munición como si fuese Lacasitos, ya estaban muertos antes de mi llegada a la casa.
          Sin embargo, no se podía negar que era yo la que había desparramado su cerebro contra la pared, la cual, todo sea dicho, tampoco había empeorado mucho tras la explosión de sesudo estucado.
          En cuanto me aseguré de que el cuerpo del señor con bigote había dejado de moverse por segunda y, esperaba que, última vez, continué subiendo por las escaleras que me sacaron del sótano de la casa.
          Llamarla mansión era tan presuntuoso como decir que el pueblo turolense abandonado donde se encontraba era la cuna de la civilización occidental. Pero tenía que admitir que la casa era jodidamente grande y tenía más recovecos capaces de ocultar un muerto viviente que yo balas.
          Avancé sigilosa y tensa por el oscuro pasillo, conteniendo la respiración y vigilando cada sombra que bailaba en honor a la luz de la luna que entraba por las ventanas. La casa estaba caliente y, a pesar de la agradable calefacción que indicaba que alguien vivía, más o menos, en ella, yo estaba helada. Continué despacio, consciente de que la falta de respiración y su infinita paciencia hacía a los muertos vivientes sorprendentemente sigilosos. En cualquier esquina, tras cualquiera de los viejos y abandonados muebles que habitaban la casa, tras alguna de las recias cortinas que se movían mecidas por la brisa… Los muertos podían esperarme escondidos tras cualquier rincón.
          Y luego estaba el que me miraba desde el sofá.
          El corazón intentó salírseme por la boca, y solo apretando los dientes y tragándolo de nuevo hasta su sitio pude mantener la calma. Ya estaba muerto del todo, inmóvil en su asiento, con un enorme agujero de bala haciendo las veces de globo ocular. Me lo había cargado hacía un rato, lo recordaba. Puede que no recordase a la primera criatura que había matado, pero por suerte sí era capaz de reconocer a la antepenúltima.
          Caminé con cuidado, pasando frente a él. El agujero de bala dejaba ver el sofá a través de su cráneo, pero eso no hacía más que añadir profundidad a su mirada. Tragué saliva y apreté el paso, y casi había alcanzado la puerta cuando el hijo de puta se levantó y me agarró el brazo.
          —¿Ya te vas? Te creía más valiente, Verónica —dijo con unas cuerdas vocales que no deberían haber podido hablar sin romperse, usando un aparato respiratorio que había dejado de funcionar meses atrás.
          Un codazo en el cráneo hizo crujir sus ya semidescompuestas vértebras, y el cuello se partió, dejando su cabeza colgando por un trozo de piel grisácea. Contuve una arcada. Me iba a pasar comiendo ensaladas una semana.
          Pero a pesar de la notable carencia de cabeza, el zombi no me soltó. No era un muerto reanimado, ahora mismo estaba siendo controlado directamente, como una marioneta de carne podrida. Un mes. Un mes a ensaladas.
          —¿Valiente? ¿Y tú qué? —grité al aire—. Deja de mandar putos zombis y muéstrate en persona, si tan valiente eres.
          El muerto pareció dudar, o al menos dejó de moverse durante un par de segundos, pero sin soltarme el brazo.
          —Tienes razón —respondió una voz que brotaba gorgoteando o bien de la cabeza que colgaba o del interior de la garganta descubierta. Un año a ensaladas. Vegana de por vida.
          La puerta que había intentado alcanzar segundos antes se abrió y de su interior salió un hombre vestido con un traje blanco y un sombrero panamá. Su piel morena contrastaba con su enorme y blanca sonrisa. Le apunté con la pistola, y aquella sonrisa, en lugar de desaparecer, se ensanchó lentamente.
          —¿De verdad crees que puedes amenazarme con una pistola? Ya estoy muerto, estúpida. ¡No puedes matar a alguien que ya está muerto!
          Apreté el gatillo y descargué mis tres últimas balas en su blanca sonrisa. ¿No se puede matar a alguien que ya está muerto? Pues llevaba toda la noche haciéndolo.

Datos curiosos sobre los muertos vivientes: un cuerpo en descomposición no es un buen combatiente, como mi codazo ya había demostrado. El rigor mortis de la mano que me agarraba conseguía que fuese incapaz de quitármela de encima pero, de una buena patada, el brazo se separó de su dueño y pude librarme del bicho del sofá.
          El liche iba a ser más difícil. Gregorio Negro, ciento dos años, muerto hacía ya más de sesenta. El sonriente trajeado era mi objetivo de aquella noche, y por el precio que me habían pagado por eliminarlo tenía bastante claro que no iba a ser nada fácil. El cabrón era un muerto viviente que además usaba la hechicería y, concretamente, su hermana más repugnante, la necromancia, para hacerse con el control de ese pueblo abandonado.
          Y no era tan fácil como dispararle el equivalente a su peso en balas para acabar con él. Tenía que encontrar su filacteria, la joya que contenía todo su poder, y destruirla. Y aunque había acotado su localización a la casa donde estábamos, el hijo de puta había sabido ocultarla bien. Pero yo tenía mis recursos.
          El primero de ellos arrancó un gesto de sorpresa de su cara, y luego un trozo de la misma. Las balas benditas consiguieron que al menos Gregorio se llevase dolorido las manos al rostro el tiempo suficiente como para conseguir colarme y cruzar corriendo la puerta. No iba a meterme en un pueblo plagado de muertos vivientes con munición corriente.
          Crucé la entrada de la casa y atravesé, casi dando un salto, la puerta que llevaba al exterior. Estaba sudada, y un zombi me había arrancado la cazadora hacía ya una hora pero, aun así, agradecí la brisa fresca del exterior, y sobre todo la falta de olor a muerto recalentado que inundaba el caserón que acababa de abandonar.
          Era un soplo de aire fresco, pero no un respiro. Gregorio salió dando tumbos de la casa, derribando la puerta de un puñetazo. Su cuerpo no era el de un simple zombi, estaba bien cargado de hechizos, y yo habría durado tres segundos en un combate mano a mano contra él. Cinco, si hubiera contado con un hacha de plata o una granada de mano.
          Mi única opción era destruir la filacteria, y esta se encontraba en la casa de la que acababa de salir. Gregorio lo sabía. Sabía que si, en el mejor de los casos, lograba destruir su hipervitaminado cuerpo, eso no acabaría con él. Lo sabía y sonreía con una sonrisa macabra, ayudada por la falta de mandíbula inferior. Disfrutaba del momento.
          En ese instante la alarma de mi móvil sonó, y su momento se fue a la mierda.

Gregorio me miró, primero molesto por la intromisión de la estridente música, después con media mueca de sorpresa al descubrir que el sonido no provenía de mi bolsillo. Giró lentamente la cabeza hasta observar el ventanuco que daba al sótano, de donde parecía venir la canción.
          Me habría gustado contarle mi plan. No había encontrado la filacteria, la casa era demasiado grande y había demasiados muertos moviéndose por su interior para mi gusto, así que usé métodos más expeditivos.
          Las runas incandescentes grabadas en el metal de la caldera se activaron con la melodía grabada en mi móvil, que reposaba junto a ellas. En cuestión de segundos, las runas ardieron, convirtiendo el propio metal en llamas. Habría dado algo por ver la cara de Gregorio al descubrir que su filacteria, por muy inteligentemente escondida que estuviese, estaba a punto de estallar.
          Pero yo ya había llegado corriendo a las afueras del pueblo para cuando la melodía dejó de sonar, y la enorme explosión acabó con el cuerpo del liche, su joya, los zombis, la casa, la caldera y mi móvil.
          Puede que Gregorio ya estuviera muerto cuando me conoció. Pero ahora lo estaba mucho más.

El dios asesinado - Contraportada foto

II

El trabajo de detective paranormal no está contemplado en ningún epígrafe de Hacienda, por eso mi actividad profesional cubría desde estudios en profundidad de textos ocultos en lenguas muertas hasta el reparto de patadas en la boca a acólitos adoradores de Satán. Había hecho de todo en mi carrera salvo mercadear con mi cuerpo. Y eso incluía mercadear con el de otros.
          —Necesito un cuerpo, Verónica —sentenció Ramón «El Vivo».
          Yo me llevé el dedo al oído izquierdo, el cual había elegido ese momento para volver a pitarme. Según el médico, no había perdido capacidad auditiva tras haber salido corriendo a duras penas de una explosión de gas, pero aun así de vez en cuando me pitaba como si alguien estuviese hablando de mí a mis espaldas. Y a voces. Y a mi oído. Dentro.
          —Y yo te aseguro que no lo vas a tener —respondí sincera señalando a la foto de la chica que me había mostrado—. Te puedo confirmar que la chica es ahora una de las amantes del Marqués du Daurade.
          —¿El vampiro? —asentí.
          —Me temo que la única manera de que ese cadáver vuelva al ataúd del que salió es atado o en cenizas. Pero desde luego no como cadáver, los vampiros tienen esa manía de deshacerse al morir.
          —Putos vampiros, ¿sabes lo malos que son para el negocio? —ladeé la cabeza, me lo podía imaginar. Ramón El Vivo había recibido su sobrenombre en la época en la que todos los motes buscaban ser irónicos, y era el dueño de una de las funerarias más importantes de Barcelona. También era uno de mis mejores clientes.
          Se me ocurren pocos motivos por los cuales las pompas fúnebres puedan convertirse en tu vocación, pero supongo que los clientes callados y tranquilos pueden ser un buen motivo. Por eso imagino la cara de sorpresa que se le tuvo que quedar al estirado de Ramón cuando uno de los cadáveres con los que trabajaba decidió salir de su ataúd sin previo aviso e irse de marcha. Desde aquel día, hace años, El Vivo me llama para que me encargue de recuperar a los clientes tan insatisfechos con sus servicios que cruzan los límites de su existencia solo por no pasar cinco minutos más en su incómodo ataúd.
          El problema con el que nos encontrábamos ahora era que el último muerto que decidió que lo del descanso eterno no era para tanto, tras mis investigaciones, resultó ser una vampira. Y los vampiros, como bien indicaba el tipo del traje, eran malos para el negocio. Si el cadáver no volvía pronto a su sitio la familia enterraría vivo el negocio de Ramón. Y tras discutirlo con ella y después de un ojo morado y un colmillo roto, me dejó bastante claro que no volvería ni muerta. Recuperando la conversación, me encogí de hombros y chasqueé la lengua, notando mi diente mellado.
          —Necesito otro cadáver, Verónica. —Me señaló con el abrecartas metálico con el que había abierto mi informe, de manera casi amenazante.
          —Pues yo no pienso meterme en un ataúd, Ramón.
          —No hablo de eso. —Me miró con su rostro severo volviendo a posar el abrecartas, consciente por primera vez de su gesto.
          —¿Y por qué me miras? ¿Crees que soy una máquina expendedora de muertos?
          —Hay semanas en las que parece que sí.
          Otra parte de mi trato con la empresa de Ramón era que él se encargaba de hacer desaparecer el cadáver de alguna criatura demasiado extraña para caer en manos de la policía. Y hay semanas en las que he llamado más veces a su coche fúnebre que a un taxi.
          —Eso es distinto, Ramón —me defendí ante las acusaciones. A mi favor, la mayoría de criaturas que le llevaba ya estaban muertas antes de que yo las matase. Y si no, normalmente algo habían hecho—. Solo te traigo criaturas que han intentado atacarme.
          —¿Sí? Pues no te voy a engañar, no nos vendría mal una de esas ahora mismo.
          —No te preocupes —bromeé—, con mi suerte, en menos de cinco minutos alguna intentará arrancarme la cabeza.
          A los tres minutos una intentó arrancarme la cabeza.

Los cristales del enorme ventanal del despacho de Ramón estallaron en miles de pedazos y tintinearon mientras caían sobre el suelo. O al menos eso supuse, ya que tras el estridente y desgarrador grito que destrozó la ventana, mi oído volvió a pitar, quejándose por el maltrato continuado.
          Ramón me chillaba algo, pero yo aún tardé unos segundos más en poder oír nada. Miré al exterior tras la ventana rota, donde una pálida figura nos observaba. Sorprendente, ya que el despacho de Ramón era un tercer piso.
          La silueta fantasmagórica nos miraba con el rostro desencajado, con unos ojos tan llenos de melancolía que no cabían en sus cuencas y parecían salirse. Volvió a gritar, con la tristeza desgarradora de alguien que descubre que todos sus seres queridos se han matado entre ellos, y pude oír sus lamentos tras el pitido de mis oídos, que poco a poco se disipaba.
          Lo noté dentro de mi pecho. Dentro de mi corazón. De mi cabeza. A pesar del efecto mitigado gracias a mi sordera, los lloros y sollozos de la banshee me atravesaron como un témpano de frío hielo.
          La soledad.
          No la soledad que siente el último humano vivo del mundo. No. La soledad de alguien que vive rodeado de miles de seres de su misma especie y que no encuentra nada en común con ninguno de ellos. La soledad que sientes cuando vas caminando por una calle abarrotada y eres incapaz de distinguir los rostros que te rodean de objetos inanimados. La sensación de que, aun rodeada de personas, podrías caer muerta en el suelo y nadie aminoraría el paso para detenerse a ayudarte. Tu cadáver descomponiéndose mientras el resto de personas, tus seres queridos, te esquivan, mirando hacia otro lado, haciendo el esfuerzo de evitar el contacto visual con las cuencas vacías de tus ojos.
          La soledad moderna. Mi soledad. Yo sola contra el mundo. Yo contra todas las bestias del planeta, sin nadie a mi lado. Yo contra todos los humanos, que huían asustados de las criaturas que me rodeaban, confundiéndome con una de ellas. Yo en medio de todos, sola y sin nadie que acuda en mi ayuda, mientras me deshago en lloros, incapaz de hacer nada que no sea gimotear.
          Noté la lágrima resbalándome en la mejilla. No en el pozo imaginario de tristeza donde me ahogaba, sino en el mundo real. Por un momento la caricia me trajo a la realidad, y pude tener un momento de lucidez. La soledad que sentía día a día. Mi soledad. Mi rutina. Algo que me aprisionaba todas las mañanas al levantarme y, a pesar de lo cual, conseguía hacerlo.
          Lo conseguía. Esa soledad, esa tristeza opresiva, era algo contra lo que me enfrentaba a diario. Y ahora no iba a ser una excepción. Estaba sola, siempre lo estaba. Pero no me importaba una mierda. No, esa puta banshee no iba a hundirme tan fácilmente. Saqué la pistola del interior de mi chaqueta y disparé contra la figura.
          Las balas la atravesaron sin que ella se percatase siquiera. Era munición normal y, tras un breve repaso mental, caí en la cuenta de que para una banshee, como para todas las criaturas faéricas, necesitaba balas de hierro.
          Suelo tener cargadores con balas de plata, balas malditas y, en general, más de diez tipos diferentes de munición. Entre ellas las de hierro eran las más baratas aunque, teniendo en cuenta que en ese momento no llevaba ninguna encima, por la ley de la oferta y la demanda en esos momentos cada una valdría más que mi coche.
          La banshee se acercó y estalló con su melancólico grito a menos de dos palmos de mi cara. Tan cerca de ella, esta vez no podría escapar de su pozo de tristeza, en el cual noté cómo me hundía como una piedra, y, si no fuese contrario a su personaje, habría jurado que la cabrona sonreía.
          Solo me quedaba una cosa que hacer.
          Acerqué la pistola a mi sien y disparé.

Ramón despertó al cabo de varios minutos, aún llorando, confuso por cómo una persona de su edad y fortuna estaba en el suelo gimoteando como un niño pequeño que acababa de perder a su padre favorito. Cuando levantó la mirada, me vio sentada en su mesa de caoba, observándole con una sonrisa. Giró la cabeza y dejó escapar un grito y un par de lágrimas cuando vio a la banshee derribada en el suelo, con el abrecartas de hierro clavado en el cuello.
          Ramón tardó varios segundos más en recuperar la compostura y, tras levantarse y atusarse el traje, me dijo algo.
          —¿Qué? —pregunté, señalando a mi oído. Acababa de disparar mi pistola contra el techo a menos de un palmo de mi oído y seguía sin ser capaz de oír otra cosa que el fuerte pitido que indicaba que acababa de perder la capacidad de percibir un par de frecuencias. Pero al menos era la banshee la que yacía muerta en el suelo y no yo. Lo cual me recordó otro detalle.
          Cogí la foto de la mesa y la puse al lado de la banshee, mientras Ramón me decía algo que apenas fui capaz de oír.
          —¿Qué? No, escucha. Ya tienes tu cadáver —respondí.
          Ramón asintió, intentando comprender, aún incapaz de reaccionar. Al cabo de unos segundos pareció despertar, mientras comenzaba a relatar las melancólicas y personales pesadillas que acababa de vivir, arrepentido y decidido a cambiar.
          Yo me alegré de seguir sorda.

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III

El forense encendió la grabadora y comenzó a hablar, el eco de las paredes de la morgue impregnándose en la cinta.
          —El cadáver presenta rotura de las vértebras cervicales tres y cuatro y laceraciones en el rostro debidas a impactos de cristal. Aplastamiento de la caja torácica y de diversos órganos internos. Los indicios observados apuntan a que el difunto falleció por el impacto contra el suelo, y no antes.
          —Parabellum… —dijo el muerto.
          —Ah. Y también hace eso.

          —Dice mi nombre —pregunté, mirando al cadáver desfigurado que señalaba Antón.
          —Concretamente dice tu mote, Verónica. A veces esos detalles son importantes.
          Miré al forense, que sonreía con una boca que parecía una herida de bisturí. Me devolvía la mirada a través de unas gafillas redondas tintadas de rojo. Conocía a Antón desde hacía tiempo y, aunque nuestro trabajo había logrado que coincidiésemos en más de una ocasión, su inquietante forma de ser lo mantenía en ese limbo en el cual viven los conocidos con los que no quedas a tomar unas copas al salir del trabajo pero sí te llaman si un muerto pronuncia tu nombre.
          Me acerqué al cuerpo que reposaba en la camilla metálica y lo examiné. Un hombre de unos sesenta años, piel morena, pelo cano. Su pecho estaba desnudo de ropa y de piel, abierto en canal por el corte experto del forense. Me esforcé en no dejar escapar una arcada al observar el interior de su caja torácica en plena jornada de puertas abiertas. Podía ver los pulmones, su corazón y demás órganos que alguien con mis conocimientos médicos era incapaz de distinguir por color, posición e incluso función. Estaba acostumbrada a lidiar con muertos, pero normalmente mi trabajo era demasiado frenético como para andar fijándome en esos detalles. No podía perder mi fama de chica dura delante de Antón, que estaba más que acostumbrado a lidiar con el interior de las personas, así que contuve la mueca de asco.
          —¿Y quién es? —pregunté, mientras volví a dar un par de pasos hacia atrás. Antón me miró sorprendido.
          —¿No lo conoces? —Ahora fui yo quien le devolvió el gesto de sorpresa—. Porque él parece conocerte a ti.
          Antón clavó el bolígrafo en el hombro del difunto y pude ver cómo sus pulmones se hincharon para, al momento, deshincharse emitiendo un sonido que en otras circunstancias no me hubiera resultado tan inquietante.
          —Parabellum… —repitió el muerto.
          Sentí un escalofrío. Debería estar acostumbrada a este tipo de situaciones, pero lo habitual era que los muertos reposasen en sus tumbas, o me persiguiesen intentando arrancarme la cabeza. Que se mantuviesen quietos simplemente pronunciando mi nombre era tan poco habitual como inquietante.
          —No lo he visto en mi vida —respondí quedándome con la boca abierta el tiempo suficiente como para que el olor a cadáver entrase en ella. Contuve otra mueca de asco, que se apiló junto a la anterior.
          —Sinceramente, creía que era cosa tuya, no sería el primero que me mandas que no está bien hecho —se permitió bromear—. Aunque eso me tranquiliza en parte.
          —¿En serio? ¿Qué te puede tranquilizar de todo esto?
          —Pues que sería el primer humano que me mandas. Y que tú empezases a dedicarte a cargarte humanos no sería bueno para el negocio.
          —¿Quieres decir que no es un zombi?
          —No sé qué es ahora. Sé que hasta hace menos de un par de horas este tipo estaba fumando un cigarrillo asomado al balcón de su terraza, vivito y coleando, tan tranquilo, hasta que la barandilla de su balcón cedió.
          Volví a dar un par de pasos adelante, haciendo de tripas corazón para examinar con detenimiento las tripas y el corazón que reposaban al aire frente a mí. Otra arcada contenida en la pila de arcadas contenidas.
          —¿Y nadie ha hecho nada raro con el cuerpo?
          —Por lo poco que sé hace falta algún ritual para traer de vuelta a alguien del más allá, y yo he estado delante del cuerpo desde que nos avisó la policía. No creo que nadie tuviese tiempo.
          Antón se encogió de hombros, yo hice acopio de fuerzas para tocar el cuerpo con el dedo, pero antes de llegar a hacerlo volvió a repetir mi nombre usando unos pulmones que ya no respiraban.
          —Parabellum…
          Volví a dar un paso atrás, instintivamente.
          —¿La gran Parabellum tiene miedo a un muerto viviente? —broméo Antón.
          Refunfuñé, pero fui incapaz de replicarle. No era el cadáver lo que me asustaba. Era el hecho de no saber qué estaba pasando. Llevaba años estudiando y trabajando con todo tipo de muertos vivientes, me había encontrado con todo tipo de casos, pero esto era algo nuevo hasta para mí. Miré al forense.
          —¿No hay nada raro en el cuerpo? ¿Alguna marca ritual, un tatuaje…?
          Antón se encogió de hombros.
          —Es un cuerpo normal, un humano que ha tenido el peor día de su vida, nada más. —Antón frunció el ceño tras sus gafitas. A pesar del tono socarrón, noté cómo a él también le comía por dentro no saber lo que pasaba—. Creo que si ocurre algo debe ser en el plano espiritual, y sabes que ese no es mi terreno.
          Me apoyé en la pared, cansada y confusa.
          —Creo que puedo llamar a alguien que sabría ayudarnos, pero es muy tarde, quizás deberíamos esperar a…
          —Parabellum —dijo una voz cavernosa a mis espaldas. De un salto me giré, y casi tenía la mano en la pistola cuando me di cuenta de que me había apoyado en uno de los armarios que contenían los cadáveres. Uno de ellos me estaba llamando, desde dentro. Mi nombre estaba en boca de todos.
          —Será mejor que la llame —decidí, tras recuperar el aliento.
          —Será mejor que la llames.

          —Su espíritu sigue dentro —respondió Arancha tras varios minutos de examen. Antón volvió de su despacho, con una camisa de forense sin manchas de sangre. En todos los años que llevaba trabajando con él, era la primera vez que le veía tener esa deferencia con alguien. Arancha solía producir ese efecto.
          Doña Lola de María, menos conocida como Arancha, experta médium y una de mis mejores amigas, era físicamente lo contrario a mí: alta, morena y con curvas ahí pero no allá. Incluso con el jersey gris y la falda larga que tenían aspecto de haber sido recogidos del suelo, y unos pelos que aún creían que seguían en la almohada, había conseguido que Antón se pusiese una camisa limpia por primera vez en su puta vida.
          Pero Arancha era mucho más que una cara bonita, y su capacidad para ver y comunicarse con los espíritus era la razón por la que la había llamado.
          —Como los zombies ¿no?
          —Tengo la suerte de no saber cómo funciona un zombi, Vero. Pero no… —Arancha examinaba algo cerca del cuerpo que ni Antón ni yo podíamos ver, tan concentrada que ni siquiera se percataba de los órganos internos que reposaban a menos de un palmo de su cara—. Esto no parece algo hecho a propósito, parece más bien… un accidente.
          —¿Un accidente? —preguntó Antón.
          —Sí, como si se hubiera enganchado con algo. Es difícil de explicar. ¿Podéis hacer que vuelva a hablar?
          Asentí, volviendo a acercarme. Con respeto, pero intentando ocultar mi tensión ante mis compañeros, toqué con la punta de mi dedo índice el hombro del cadáver, y antes de sentir el chispazo eléctrico me di cuenta de un detalle: era la primera vez que yo lo tocaba.
          El cadáver abrió los ojos y empezó a repetir mi nombre, sin pararse siquiera a coger aire con los pulmones, que reposaban macabramente inertes.
          —Parabellumparabellumparabellum…
          Incapaz de reaccionar, y con el corazón latiendo a la misma frenética velocidad con la que el muerto repetía mi nombre, tardé en darme cuenta de que un coro de muertos había empezado a acompañarle. Mi nombre sonaba por toda la morgue, mientras las luces parpadeaban. Arancha me escudriñaba con sus ojos de médium tan abiertos como lo estaba su boca. Pero esos ojos no me miraban, miraban algo más allá, perforándome para buscar en lo más profundo de mí. También parecían asustados de lo que veían.
          —PARABELLUMPARABELLUMPARABELLUM. —El cadáver empezó a gritar, aún sin levantarse del sitio, con los ojos abiertos, mirando al techo.
          Aprisionada entre las paredes que contenían muertos y el hombre abierto en canal que me llamaba desde la mesa del forense, sentí miedo. No me avergüenza decirlo. A pesar de ser una dura detective paranormal, que una decena de cadáveres canten a coro tu nombre en una morgue es suficiente como para que el más frío de los corazones tiemble. Y el mío ahora mismo estaba del tiempo.
          —¡PARABELLUM!
          —¡¿Qué?! —grité, dejando escapar una lágrima, mientras me acercaba al hombre muerto—. ¡¿Qué cojones quieres?!
          El hombre se levantó, sonrió y me levantó por el cuello.
          —MUERE.

Deberle la vida a Antón era algo que el forense no iba a dejar pasar fácilmente, pero aun así lo agradecí. Un golpe con la bandeja de instrumental y una fuerza sobrenatural que me recordaba que Arancha no era la única que olía a paranormal en aquel sótano hicieron que el cuerpo no solo me soltase, sino que dejase de repetir mi nombre, acompañado en su silencio por el orfeón cadavérico que dejó de gritar desde el interior de las paredes.
          —Gracias… —me costó decir, no sólo porque aún me era difícil respirar, sino porque veía en los ojos del forense que sacaría provecho de ese agradecimiento—. ¿Qué ha sido eso, Arancha? ¿Qué has visto?
          —Eres tú —dijo la médium, que a pesar del moreno de su piel dejó ver la palidez en el rostro—. Sus espíritus están enganchados con el tuyo.
          El silencio inundó la morgue, mientras yo intentaba comprender lo que eso significa. Solo Antón se atrevió a romperlo:
          —A ver cómo explico yo el bandejazo post mortem en el informe.

El dios asesinado en el servicio de caballeros - Faja

IV

          —¿Se te ocurre algo reciente que pueda provocar que tu espíritu atraiga a los muertos? —preguntó Arancha, mientras se sentaba en su silla—. ¿Algún asunto turbio con algún zombi, fantasma…?
          —Puede ser el liche, o la banshee que me he cargado. O la movida que he tenido en el Rainbow’s Arse con un par de satánicos. Al menos esta semana, si vamos más atrás…
          Arancha resopló y se dejó caer en su sillón de cuero repleto de cojines adornados con bordados que parecían moverse en la penumbra de la habitación.
          —Va a ser una noche muy larga…

El Consultorio Astrológico de Doña Lola de María no solía recibir clientes a esas horas de la noche, pero mi amiga, con sus ropas de andar por casa, sin el acento exótico fingido y mirándome con ojos de sueño mientras se preparaba un café, no era Doña Lola de María, era Arancha.
          Por dentro la habitación tenía un aspecto sobrenatural muy logrado, e incluso las luces eléctricas que la médium había encendido en lugar de sus habituales velas eran lo suficientemente débiles para no quitarle el aspecto esotérico al lugar. Solo la luz fluorescente de la neverita que Arancha acababa de cerrar, oculta en uno de los tallados muebles de madera de donde sacó un brick de leche, rompía la atmósfera de la habitación que yo observaba casi sin fijarme, mientras garabateaba con mi bolígrafo.
          Arancha esperó a que yo acabase de colocar los posavasos de marfil en el morado mantel de seda, que parecía más caro que cualquier vestido que yo pudiera tener en casa, y puso un par de cafés en la mesa de madera tallada. El negocio le iba muy bien a mi amiga por lo que podía observar en su mobiliario, tan diferente al estilo ecléctico-reciclado de mi despacho.
          —Bueno, ¿estás preparada? —comenzó.
          Asentí, no muy convencida. Aunque estaba más que acostumbrada a ver todo tipo de fenómenos paranormales a mi alrededor, no me gustaba cuando yo era el centro de estos. Pero era consciente de que si quería averiguar por qué los espíritus venían a por mí, la única solución era un examen profundo por mi espiritista de cabecera.
          —Bien, coloca las manos en la mesa.
          Obedecí, poniéndolas boca arriba. Arancha me las cogió. Le había visto hacer el mismo procedimiento en alguna ocasión, y normalmente sus gestos eran medidos y armoniosos, como siguiendo algún tipo de ritual. Ahora, así como no se molestaba en intentar ocultar su acento vasco conmigo, los movimientos también eran sinceros, directos. Los rituales eran para gente a la que había que convencer de que Doña Lola de María estaba hablando realmente con los muertos. Conmigo no hacía falta, sabía perfectamente que era capaz. Hasta mi propia abuela me lo había dicho, y la pobre llevaba muerta más de quince años.
          —Voy a examinar a fondo tu aura, Vero, a ver si encuentro qué es lo que est…
          La misma sensación de chispazo eléctrico que sentí al tocar el cadáver de la morgue pero aumentada un par de amperios más recorrió mis manos, mordiendo las de Arancha. Mi amiga salió disparada hacia atrás, dejando escapar un grito acallado a la mitad e incrustándose en el acolchado sillón.
          No sabía si esto era lo habitual, pero al menos entendí por qué el sillón necesitaba tantos cojines.

          —¿Ari? —pregunté, sin moverme del sitio, asustada por la idea de que mi amiga sufriese por las putadas que normalmente la vida tenía reservadas para mí, colocadas en una estantería con mi nombre y varios signos de exclamación—. Arancha. ¿Estás bien?
          La médium abrió los ojos levantándose del sitio en el momento. Sus movimientos, habitualmente más suaves, y la expresión de sus ojos, habitualmente menos psicópata, me anunciaba algo inquietante.
          —Arancha no está en casa —dijo Arancha.
          En la misma mesa donde nos encontrábamos, había ganado y sobre todo había perdido varias timbas de póker, hasta que descubrí que es mala idea jugar a las cartas con alguien capaz de ver tu aura. Por eso la cara de póker que mantuve en ese momento no me costó esfuerzo alguno. También ayudaba que, si bien la situación de la morgue era espeluznantemente inusual, ver a mi amiga poseída por un espíritu ocurría varias veces por semana, algunas veces solo por reírnos un rato. Incluso había visto a Arancha dejar entrar a un espíritu en su cuerpo tras intentar contar un chiste solo «porque él era mucho más gracioso contándolo».
          Por eso pude ver cómo el espíritu que habitaba el interior del cuerpo de mi amiga se sintió molesto por no ser capaz de arrancar de mí la expresión de terror buscada. Por eso quizá también se apresuró en seguir hablando, para intentar demostrar que era el que tenía la situación controlada.
          —No me has matado del todo, Parabellum…
          —Ya veo, ya… —respondí.
          —Admítelo, en el fondo sabías que ibas a volver a verme.
          Logré poner el mismo gesto que dedicas a esas señoras mayores amigas de tus padres que te saludan y recuerdan cosas que hacías cuando eras niña, a las que devuelves el saludo con cortesía pero claramente no tienes ni puta idea de quién son, de qué te conocen o si realmente lo hacen o te están confundiendo con la Puri, la hija del charcutero que se fue a estudiar fuera. El espíritu me miró molesto a través de los ojos de Arancha.
          —¡Soy Gregorio Negro! ¡Intentaste matarme y fracasaste miserablemente, ínfima mortal!
          Arqueé una ceja, invitándole a seguir explicándose. Por supuesto que sabía quién era, el liche que hacía una semana había intentado liquidar en Teruel, pero disfruto enormemente de privarle de atención a la gente o criaturas que más lo exigen.
          —¿Eres la banshee?
          —¿Qué? ¡No! La banshee no era más que una de mis enviadas para… —El liche se detuvo, notando cómo yo contenía una risa de satisfacción—. ¿Te hace gracia? ¿No te das cuenta de lo que he hecho?
          Negué con la cabeza.
          —He ligado mi espíritu al tuyo. ¿Creías que destruir mi filacteria era suficiente para acabar conmigo? Sabía que sería cuestión de tiempo volver a vernos. Que si ninguno de mis enviados te liquidaba y te enviaba al infierno donde te esperaba, yo mismo volvería de él para terminar el trabajo…
          Su último comentario logró que una de mis cejas se arquease, con un deje de sincera preocupación.
          —¿El infierno? ¿Has vuelto del infierno? ¿Cómo?
          —Ah, Parabellum, hay gente que tiene amigos en el mismo infierno, pero tú eres la primera persona que veo que tiene enemigos. Hay gente abajo que tiene más interés en verte que yo… Y gracias a su ayuda, podré llevarte conmigo hasta el fondo de…
          Agarré la taza de café y arrojé su contenido a la cara poseída de mi amiga. El liche se sorprendió, primero por mi reacción, que atribuyó a un pronto repentino, luego por el efecto que este hacía en su piel.
          Ardía. Ardía como el infierno del que decía venir. Y lo curioso es que estaba rebajado con leche fría de la nevera. Cuando hablamos de esta parte del plan, las dos estábamos de acuerdo en que era mala idea escaldar la bonita cara de mi amiga. Pero el agua bendita en la que habíamos disuelto el café lograba que el único que notase el dolor fuese el espíritu del liche, cuyo control sobre el cuerpo de la médium se debilitaba.
          Aprovechando ese momento, golpeé con el posavasos —y de esto la pobre Arancha no se podía librar por mucho que lo hablásemos— en la cabeza de mi amiga. El símbolo que había garabateado con bolígrafo en el marfil hizo su efecto, potenciado por el hueso de muerto del que estaba hecho el posavasos. El espíritu del liche salió del cuerpo de mi amiga, y se vio absorbido por la trampa para espíritus que habíamos preparado antes del ritual.
          El posavasos tembló y ardió, mientras la energía del espíritu era contenida. Lo posé rápidamente en el centro de la mesa, cuya madera tenía grabados tantos símbolos espirituales bajo el mantel que parecía el mapa de metro de Tokio tallado por un pájaro carpintero puesto de LSD. La energía comenzó a disiparse a medida que el espíritu maligno del liche era consumido.
          El posavasos dejó de temblar mientras dejaba de prestarle atención y comenzaba a prestársela a mi amiga, que despertaba del trance.
          —¿Ha salido bien? —preguntó, cuando logró abrir los ojos y darse cuenta de dónde estaba.
          —Como siempre —respondí—. ¿Qué hago con la trampa?
          —Ah. Ponla donde las otras.
          Cogí con cuidado el posavasos de hueso tallado, que aún estaba caliente, y lo coloqué en uno de los armarios, donde otros cinco posavasos reposaban, uno de ellos ennegrecido y medio quemado.
          —¿Qué tal ha ido? —preguntó Arancha mientras se frotaba el chichón en la frente—. Has tenido que golpearme ¿verdad?
          —Era de los pesados, Ari, lo siento. —Cerré el armarito y le di una vuelta de llave. Dejé escapar un suspiro.
          —He visto su línea espiritual, Vero. —Asentí, sin atrever a mirarla de nuevo, sabía qué iba a decirme—. Venía del infierno ¿verdad?
          Asentí de nuevo, agachando la cabeza, como un perrito que no deja de morder los cojines a pesar de recibir su enésima regañina.
          —Tienes que hacer algo con eso, Vero —me dijo con sincero tono de preocupación mi mejor amiga. Asentí suspirando—. Tienes que solucionar las cosas con tu ex.


© Sergio S. Morán, 2016
El dios asesinado en el servicio de caballeros a la venta el 12 de mayo de 2016.

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4 Responses to “Los muertos me quieren (muerta), un relato de Sergio S. Morán”

  1. […] S. Morán publicó en Fantifica un relato corto también protagonizado por Parabellum titulado ‘Los muertos me quieren (muerta)’, una excelente historia formada por cuatro capítulos que se puede leer tanto antes como después […]

  2. […] si queréis probar un poco su estilo antes de decidiros, hay colgado un relato inédito en Fantífica: Los muertos me quieren (muerta). No dudéis en pasaros también por sus webcómics, o incluso comprarlos. Así lo alimentamos para […]

  3. […] libro, en un principio, no me llamó mucho la atención pero después de haber leído el relato Los Muertos me Quieren (Muerta), un relato autoconclusivo protagonizado por Parabellum, necesitaba conocer más a esta detective […]

  4. […] Espero que El dios asesinado en el servicio de caballeros solo sea la primera de muchas más novelas llenas de mala hostia y hostias de verdad, mediante las cuales podamos descubrir más seres mágicos y paranormales campando por Barcelona o por el resto de España, y más sobre esa protagonista que tanto le queda por dar. Mientras esperamos a que se haga realidad, nos tendremos que contentar con el relato que publicó Fantifica: Los muertos me quieren (muerta). […]