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Muerte contra Felurian, el homenaje a Pratchett de Patrick Rothfuss

Muerte contra Felurian - Destacada

Traducimos el relato protagonizado por Felurian, la Muerte de Neil Gaiman y Susan Sto Helit del Mundodisco.

Cada año la web Suvudu organiza su Cage Match, una especie de torneo entre personajes de literatura fantástica. Los lectores van votando y los escritores tienen la posibilidad de describir en un relato cómo creen que se desarrollaría cada combate en el que intervienen sus personajes. Este año solo participaban mujeres en el torneo y, en las semifinales, por un lado se clasificó la Muerte de Neil Gaiman (The Sandman) y por otro tenían que luchar Susan Sto Helit de Terry Pratchett y Felurian de Patrick Rothfuss. Mundodisco contra Temerant.

Terry Pratchett acababa de fallecer (hoy hace un mes exacto) y la competición a votos entre Susan y Felurian estaba muy reñida. De modo que a Patrick Rothfuss se le ocurrió una idea. Pidió ayuda a sus lectores para que Felurian ganara el combate y tener derecho así a publicar en Suvudu su propio relato de cómo podía ser la final, al que añadió un prólogo en su blog. Los dos relatos, que nos ha autorizado a traducir y publicar aquí por medio de su amabilísima asistente Amanda, son un sentido homenaje a Terry Pratchett, un autor de quien Rothfuss siempre se ha declarado fan incondicional. Os dejamos con él.

Susan Sto Helit

Susan Sto Helit, ilustración de June Jennsen.


 

I

Imaginad, si queréis, la nada. Una extensión infinita de vacío. Una franja de negrura tan inmensa y fría y hueca que embota la mente sin remedio.
          Ahora, en esta espaciosa nada, imaginad una tortuga. Se mueve por el vacío con elegante parsimonia. Es una nadadora solitaria en un mar inabarcable y moteado de estrellas.
          Sobre el vetusto caparazón picado de cráteres de cometas se alzan cuatro elefantes. Son inmensos como lunas. Sus anchos y pacientes lomos cargan con un mundo entero.
          Estas cosas existen. Son tan reales como tú y como yo. En muchos aspectos, son más reales.
          Encima de los lomos de los elefantes reposa un mundo plano y redondo como un disco. Por toda su circunferencia, los océanos vierten agua sin descanso a la vacía oscuridad del espacio.
          Es la magia la que renueva los océanos que no dejan de caer. Pero es la ciencia la que atrapa el agua perdida y la esparce. La que la divide en gotitas. La que la evapora. La que la condensa.
          Y aquí, donde la magia y la ciencia conviven hombro con hombro, es donde sucede algo cotidiano y maravilloso. La luz del sol de este improbable mundo, lenta y pesada, roza el agua que se derrama. Y este mundo, estos elefantes y esta tortuga (que se llama A’Tuin) relucen coronados de arcoíris.
          Así es como debe ser. Así es como ha sido siempre. Así es como siempre será.

 
Era de noche en la superficie del Mundodisco. Bajo las estrellas había una colina; en la colina, un claro; en el claro, una sola piedra vertical.
          La colina no tenía nada de particular, ni tampoco el claro. De la roca se podría hacer algún comentario, pero solo si ese comentario se parecía en algo a: «¿Por qué no puedo contar esa piedra si está clarísimo que es la única que hay?».
          Aparte de eso, no había nada digno de mención en aquel momento ni en aquel lugar. La luna en cuarto creciente daba una luz tenue y plateada. Pendía delgada del cielo, poco por encima del horizonte. Al menos, eso daba un poco de dramatismo a la escena. Quedaba bien, si te gustan esas cosas.
          Susan Sto Helit esperaba al borde del claro. No le gustaban esas cosas. Llevaba allí plantada casi una hora, semioculta entre las sombras. Le dolían los pies y la luna estaba sacándola cada vez más de sus casillas.
          Había decidido que era un poco demasiado delgada, un poco demasiado presagiosa. Flotaba a la distancia perfecta del horizonte. A primera vista era bonita, pero al cabo de un tiempo mirándola era imposible evitar la sensación de que estaba esforzándose un poquito demasiado.
          Era una luna ominosa. Se acercaba peligrosamente a considerarse mítica. Una luna como aquella no era de fiar…

 
Felurian salió de detrás del menhir y caminó hacia el centro del claro. Era pálida y esbelta. Su cabello largo y oscuro caía liso como una sombra, afilado como un cuchillo.
          Podría decirse que iba vestida de cielo. Es la clase de expresión que tiende a utilizar la gente. Pero quizá sería mejor decir que estaba tan desnuda como la luna y se comportaba con el mismo pudor, o en otras palabras que parecía perfectamente cómoda donde estaba, y como estaba. Se quedó en el centro del claro como si fuese suyo, como si estuviera en su casa.
           Susan salió de las sombras del límite de la arboleda y fue hacia ella. Llevaba puesto un vestido largo y unas botas sensatas. Tenía el pelo recogido en un moño prieto. La luna hacía destellar como plata su pelo rubio claro, salvo por una veta negra. Llevaba un atizador de chimenea en una mano, cuyos vaivenes de oscuro hierro eran casi invisibles entre la oscuridad de la noche.
          Felurian hizo una respetuosa inclinación de cabeza a Susan.
          «has recibido mi mensaje», dijo. Su voz llegaba extraña, amortiguada y suave pero clara, como si hablara al oído de Susan. «y has venido. te lo agradezco.»
          —He venido —dijo Susan—, aunque no entenderé nunca que hayas escogido este sitio. Está en el quinto pino.
          Felurian le dedicó una sonrisa extraña, con la cabeza inclinada a un lado.
          «¿qué son el tiempo y el espacio para criaturas como tú y yo?».
          Susan frunció los labios al oírlo, como si quisiera ofenderse por la palabra «criatura», pero la dejó pasar con un suspiro.
          —Muy bien. Si vamos a luchar, más vale que nos pongamos a ello. Aquí fuera hace frío y mañana por la mañana tengo una clase que dar.
          Felurian hizo una suave negación con la cabeza que hizo pasar su larga melena por encima de un hombro.
          «no es eso a lo que he venido», dijo. «no es eso lo que deseo.»
          Susan soltó un bufido muy poco delicado.
          —No estoy aquí para cumplir tus deseos —replicó, con cierta aspereza en la voz.
          Se hizo el silencio en el claro. Los oscuros ojos de Felurian se entrecerraron un instante, y entonces dijo con voz lenta y mesurada:
          «he oído hablar de ti. se dice que tienes un don para ver la verdad que hay debajo de la superficie de las cosas».
          Susan alzó un poco la cabeza. No tenía una expresión de orgullo, no del todo. Pero sí había en ella algo parecido al orgullo, una certeza tan dura y práctica como… bueno, como un atizador de chimenea.
          —Lo tengo —dijo.
          «pues así es como vengo a ti», dijo Felurian, «así es como abandono la seguridad de mi claro en el bosque. me presento ante ti desarmada y sin miedo.»
          —Y desnuda.
          Felurian bajó la mirada para mirarse y luego volvió a levantarla, despreocupada.
          «aun así», dijo con educación, como si Susan hubiera hecho un comentario particularmente aburrido sobre el tiempo, «¿eso es todo lo que alcanzas a ver? ¿acaso los rumores van tan errados?».
          Susan notó que le ardía el rostro por el reproche.
          «si tienes la habilidad de ver, mírame», dijo, separando los brazos. «¿ves en mí algo chabacano? ¿ves en mí una bestia consumida solo por la lujuria? ¿ves en mí un mero brillo sin chispa debajo?».
          Susan ensombreció el semblante y se quedó quieta. No… no es que se hubiera quedado inmóvil, sino que parecía estar más presente que antes. Como si estuviera allí pero más. Como si, comparado con ella, todo lo demás no fuese real del todo.
          Se volvió para mirar a Felurian con unos ojos que eran estrellas lejanas.
          —NO —dijo en tono pensativo—. ERES MUCHO MÁS QUE ESO.
          «en efecto», respondió Felurian. Si la había incomodado en algo el cambio obrado en Susan, no lo demostró. «si fuese una mera ventaja lo que busco, hay muchas cosas que podría haber traído. podría envolverme con el mismo cielo como manto y empuñar la luna creciente como filo de hoz.»
          Susan observó mientras Felurian hablaba en tono suave y amable. Decía las palabras sin ningún énfasis concreto. Sin el menor desafío ni amenaza. En realidad, Susan habría preferido que la mujer hada pusiera un poco de trueno en la voz. Sabía cómo reaccionar cuando las criaturas míticas empezaban a darse aires. Nueve de cada diez veces, un buen porrazo en la cara con un atizador ponía las cosas en su sitio, y la mayoría del resto podían pasarse por alto sin problemas.
          «así que…» El tono de Felurian era irritante, y a Susan le costó un momento darse cuenta de por qué. Era el mismo tono que la propia Susan empleaba con sus alumnos cuando entender las cosas les costaba más de lo que debería. «¿qué ves? ¿por qué iba a venir a tu territorio como vengo, sin adornos y sin nada en las manos?».
          Susan inspiró y dejó salir el aire. Cuando se apartaba la irritación a un lado, la respuesta era evidente.
          —Porque no has venido a pelear —dijo. No añadió la segunda parte de lo que pensaba: «Y porque no me tienes miedo».
          «exacto», respondió Felurian, sonriendo.
          Susan miró el atizador de hierro que tenía en la mano, sintiendo una extraña vergüenza por haberlo llevado. Estuvo a punto de tirarlo al suelo, pero se detuvo antes de hacerlo. Había una gran diferencia entre sentirse como una tonta y serlo.
          —¿A qué has venido, entonces, si no es a pelear? —preguntó.
          «a dialogar», dijo Felurian con una sonrisa juguetona. «si tú y yo combatimos, habrá una ganadora, y esa ganadora seguirá adelante y luchará contra la dama Muerte.»
          —De la muerte sé unas cuantas cosas —comentó Susan con sorna.
          «entonces sabes que ninguna de nosotras dos puede ganar un duelo como ese sin sudar», dijo Felurian.
          Susan puso cara de querer discutir, pero al momento pareció pensárselo mejor y se limitó a asentir.
          «hay otro modo», dijo Felurian. «y cae dentro de mi especialidad.»
          Susan se mordió la lengua para no soltar la primera respuesta que le pasó por la cabeza.
          —¿Y qué especialidad es esa? —preguntó, intentando por todos los medios alejar el sarcasmo de su voz.
          Entonces Felurian sonrió por primera vez. Fue una sonrisa amplia y entusiasta. Fue blanca y afilada y delgada como la luna.
          «la unión», respondió Felurian.

Felurian

Felurian, ilustración de Lee Moyer.


 

II

El piso de Muerte era más bien tirando a pequeño, y tenía aspecto de estar amueblado sobre todo a base de tiendas de segunda mano y lo que podría describirse con generosidad como «compras de acera».
          No es que hubiera nada que estuviera del todo para el arrastre, pero tampoco había nada nuevo. El sofá, la mesita, las estanterías, los cuadros de las paredes: todo se notaba usado pero bien cuidado.
          Había libros en abundancia, que casi rebosaban de los estantes, apilados unos encima de otros y embutidos en ángulos oblicuos. Los discos estaban esparcidos por todas partes, cerca y lejos del tocadiscos. Había plantas en los alféizares y en las estanterías, compitiendo con todo lo demás por el espacio.
          La decoración no parecía ceñirse a ningún tema concreto salvo al habitual, consistente en que todo lo que había allí tenía derecho a estar porque complacía a la persona que vivía en el piso. En la pared había un póster de Mary Poppins enmarcado, en los estantes figuritas de acción, y un reloj de pie susurraba su tictac en la esquina. Un vaso a medio llenar de peniques reposaba encima de un viejo televisor con polvo en los diales.
          Sería justo calificarlo de atestado. O también se podría ser más comprensivo y llamarlo acogedor. Si se miraba con otros ojos, existían argumentos a favor de que estaba todo patas arriba.
          Quizá lo más que podría decirse del apartamento era que se había vivido en él a conciencia. Sería la mejor forma de describirlo. Parecía vivido en extremo y con entusiasmo.
          Sonó el timbre y una joven salió de la cocina. Tenía el cabello negro y alborotado como un duendecillo salvaje, y el rostro muy blanco y muy travieso. Llevaba un top negro, vaqueros rajados y un ankh de plata en un cordel de cuero. Se llamaba Muerte, y aquel era su hogar.
          Antes de abrir la puerta, Muerte fue al tocadiscos, donde los Ramones estaban cantando:

          I heard about the Easter bunny
          Presents under a Christmas tree
          It was dreaming and fantasy
          There was no—

          Levantó la aguja del disco sin tartamudeos ni la menor rascada, y luego apagó el plato.
          Al abrir la puerta encontró a una mujer que llevaba un vestido negro y riguroso, como los que cabría esperar en una maestra de escuela victoriana. Tenía el pelo casi blanco cruzado por una veta negra y llevaba un atizador de chimenea medio suelto en la mano.
          Muerte le dedicó una cálida sonrisa, separando las manos como si esperara un abrazo.
          —¡Susan! ¡Pasa, pasa! ¡Confiaba en que fueras tú la que viniera! Ya sé que no son las circunstancias más ideales, pero llevaba queriendo hablar contigo desde…
          Dejó la frase a medias cuando vio a la otra mujer en el pasillo. La segunda visitante era más baja que Susan, más delgada; tenía el cabello negro y largo y unos ojos algo perturbadores que eran de un único color, el púrpura oscuro del anochecer. También estaba, por decirlo sin rodeos, en pelotas, hecho al que no parecía dar la menor importancia.
          Muerte miró una y otra vez a Susan y a Felurian, mientras su expresión se graduaba de la incomprensión a la curiosidad.
          —Lo siento —dijo al fin—. Pasad, pasad las dos. Supongo que deberíamos hablar.

 
Felurian se sentó en el sofá, cómoda como una gata. Susan apoyó el atizador contra la pared, se dejó caer en un sillón demasiado relleno e intentó que no se le notara el susto por lo mucho que se hundió en el tapizado.
          —¿Te traigo una taza de chocolate? —preguntó Muerte a Susan.          
          —Me encantaría.
          Entonces Muerte se volvió hacia Felurian.
          —¿Y tú quieres… alguna cosa?
          Felurian le sonrió.
          «a mí también me gustaría un chocolate.»
          —Chocolate para todas, pues —dijo Muerte, de camino a la cocina.
          Felurian recogió un osito de peluche que estaba sentado a su lado en el sofá y lo alzó para mirarle los ojos.
          —Se llama Cavendish —dijo Muerte desde la habitación contigua.
          «hola, Cavendish», saludó Felurian al osito. Luego, al no recibir respuesta, se lo puso en el regazo y le pasó los brazos alrededor con ademán relajado.
          Apenas transcurrió un minuto antes de que Muerte regresara con tazas para las tres. A Felurian le tocó una con un corazón rojo, como de dibujos animados. La taza de Susan tenía un pitufo. La de Muerte tenía la palabra «Martes» impresa en letras gruesas, sin motivo aparente.
          —No es que no agradezca las visitas —dijo Muerte mientras se acomodaba en una mecedora—, pero ¿no se supone que vosotras dos habíais…? Ya sabéis. —Hizo unos gestos indefinidos con los dedos.
          —¿Luchado hasta la muerte? —respondió Susan con aspereza—. Ya, creo que en teoría teníamos que hacerlo. Tanto en sentido literal como figurado.
          Felurian dejó escapar una risa aguda y alborozada. Fue un sonido agradable que resultaba casi, pero no del todo, humano.
          «teníamos que luchar entre nosotras para diversión de ellos», dijo. «esas cosas me importan poco.» Sosteniendo la taza con las dos manos, Felurian dio un sorbo de chocolate, se lamió los labios y sonrió. «me importa mi propia diversión.»
          —Sí, bueno, estoy segura de que a todas nos importa nuestra propia diversión —replicó Susan, con un atisbo de dureza en la voz.
          «no», dijo Felurian, «a ti no. a ti te importa mucho lo que es correcto.» Miró a Muerte. «y a ti te importa muchísimo tu deber.» Dio otro sorbo al chocolate y pasó la mirada de una a la otra. «llevo un tiempo pensando en esto y creo que se me ha ocurrido la forma de que todas podamos tener lo que deseamos.»
          Muerte entrecerró un poco los ojos.
          —El deseo no es la senda más sabia de todas, y sé de lo que hablo.
          Felurian echó la cabeza un momento a un lado y luego volvió a sonreír.
          «ah. por supuesto. te aseguro que no soy una criatura de tu hermana. soy del todo mía. no soporto el control.»
          —Sea como sea —dijo Susan—, ¿esto está permitido? ¿Se supone que podemos hablar del tema, siquiera?
          Felurian volvió a reír.
          «muéstrame las normas», dijo, buscando con una mano en el aire vacío de alrededor. «y si puedes hacerlo, entonces muéstrame un solo motivo para que las cumpla.»
          Susan abrió la boca, pero antes de que pudiera responder hubo un repentino y atronador sonido de cascos de caballo. Un borrón de movimiento, todo en blanco y negro. Un choque estrepitoso.
          La mecedora de Muerte estuvo a punto de volcar y la hizo girar en redondo, con el contenido de su taza volando en arco por el aire y la otra mano agarrada al respaldo.
          Susan intentó levantarse de un salto, pero los profundos cojines del sillón abatible la atraparon y pasó un segundo dando manotazos desesperados, intentando liberarse.
          En medio latido del corazón, Felurian se había puesto de pie sobre el sofá. Aún tenía un brazo alrededor de Cavendish, pero su cuerpo estaba erguido y tenso y furioso. Alzó una mano amenazante y su rostro adoptó una expresión terrible. Estaba inhalando, y a su alrededor se hizo el silencio muerto y pesado que llena el aire cuando está a punto de llegar el primer trueno.
          Pero antes de que Felurian terminara de llenarse los pulmones, la voz de Susan espetó, iracunda:
          —¡Abuelo!
          En el centro de la sala de estar había un caballo blanco, que llevaba a lomos un jinete con túnica negra y una guadaña en la mano. Era un caballo grande. En sentido metafísico era enorme, capaz de transportar multitudes.
          Pero también era grande en el sentido físico de toda la vida. Cualquier caballo ya es un animal aparatoso. Y aquel había entrado, como decíamos, en un piso pequeño. El caballo estaba encajado con bastantes estrecheces entre la esquina de la puerta y una estantería. Su casco trasero izquierdo había aplastado el tiesto de un helecho, y el pobre parecía bastante avergonzado por ello.
          El jinete también era imponente, con sus dos metros diez de altura y la ondeante túnica negra. Una mano de esqueleto empuñaba la vara de la guadaña, y la calavera que miraba desde las profundidades de una voluminosa capucha tenía lucecitas azules por ojos, pequeñas como cabezas de alfiler y brillantes como estrellas frías e ignotas. Se lo conocía por muchos nombres: el Segador Oscuro, Mort, el Jinete Pálido, el Ángel de la Muerte…
          —¡Abuelo! —volvió a exclamar Susan, enfadada. Consiguió liberarse por fin del sillón, fue hacia él a zancadas y levantó la mirada, furiosa—. ¿Qué haces tú aquí?
          ESTO…, dijo él, con toda la docilidad que podía expresar un esqueleto de dos metros diez. BUENO, VERÁS, HABÍA OÍDO… Carraspeó nervioso, y el sonido fue como el de un ladrillo de plomo cayendo en una lápida. CORRÍA EL RUMOR DE QUE QUIZÁ TUVIERAS ALGÚN PROBLEMILLA.
          El cráneo giró de un lado a otro, barriendo la habitación con la mirada y reparando en la ausencia de cualquier cosa ni remotamente parecida a una masacre.
          ¿LLEGO EN MALA HORA?
          Desde su mecedora, Muerte soltó una risita y enseguida cerró la boca al ver que Susan le lanzaba una mirada asesina.
          —Perdón —dijo—. Creía que estaba haciendo un chiste. Ya sabéis, en mala hora.
          Susan se volvió de nuevo hacia la silueta de la túnica negra.
          —¿Así que has pensado que lo mejor era presentarte al galope y resolver la situación?
          ¿SÍ?
          Susan le sostuvo la mirada un momento más y luego dejó escapar un largo suspiro.
          —Estoy bien.
          ¿NECESITAS ALGUNA COSA?, preguntó el recién llegado. PODRÍA PASAR SIN LA ESPADA DURANTE UNOS
          —No.
          En la blanquecina calavera, dos diminutos puntos de fuego azul se movieron entre Felurian y Muerte, que seguía sentada.
          PODRÍA HABLAR CON ELLA SI QUIERES, dijo. COMO, YA SABES… COMO DE COLEGA A COLEGA. EN REALIDAD TENEMOS UN PARENTESCO LEJANO
          —Estoy. Bien. —Susan ladró las palabras—. Todo va bien. Solo estamos hablando.
          Los alfileres de luz del cráneo se atenuaron un poco.
          PODRÍAS VISITARME ALGUNA VEZ, ¿SABES?, dijo en voz más baja, aunque con toda seguridad podría haberse oído desde detrás de una gruesa puerta de acero a treinta metros. Era una voz que, a pesar de su naturaleza profunda y sepulcral, de algún modo se las ingeniaba para sonar algo molesta.
          Susan se suavizó un poco.
          —Lo haré. Lo prometo. Pero… ahora no es buen momento. ¿De acuerdo?
          La calavera encapuchada asintió, y logró transmitir con los hombros caídos una profunda sensación de abatimiento. Una mano huesuda tiró de las riendas mientras el caballo intentaba en vano sacar la pezuña del helecho sin provocarle más daños.
          Tras un incómodo minuto, el caballo se desencajó y logró situarse tan en dirección a la puerta como le permitía el angosto espacio. La calavera encapuchada se volvió hacia la sonriente mujer de la mecedora.
          LAMENTO MUCHÍSIMO LAS MOLESTIAS.
          —No te preocupes —respondió ella como si nada.
          SUELO COMPORTARME CON MUCHA MÁS PROFESIONALIDAD.
          —Por supuesto.
          ES SOLO QUE… YA SABES. La figura de la túnica negra hizo un gesto inarticulado con su mano huesuda. ES COSA DE FAMILIA. SIEMPRE… SE COMPLICA.
          Muerte puso los ojos en blanco, comprensiva.
          —Ah, lo sé. A mí me lo dices.
          ¿ESO ES CHOCOLATE?
          —¡Largo! —gritó Susan.
          Con un destello y un coletazo blanco, desapareció.
          Muerte volvió a colocar su mecedora en el sitio. Felurian se sentó en el sofá y devolvió a Cavendish a su anterior lugar en el regazo.
          Susan dio media vuelta y volvió al otro lado de la mesita. Recogió su chocolate y se sentó. Respiró hondo varias veces antes de poder relajarse.
          —Tiene buena intención.
          —Estoy segura de que sí —dijo Muerte con amabilidad.
          —Tiene el corazón en su sitio —añadió Susan—. Bueno, o lo tendría si tuviera. Pero siempre que se involucra, monta un montón de jaleo con carreras de aquí para allá y con espadas y con el destino y… con historias.
          Felurian asintió.
          «es la senda que siguen. lucha y discordia. conflicto.»
          Susan siguió hablando como si ni siquiera lo hubiera oído.
          —Es solo que no termina de entender cómo funciona de verdad el mundo.
          —Mantenerse al día es complicado —dijo Muerte con la voz llena la comprensión—. Yo tengo que ponerme un poco en modo cursillo cada siglo o así.
          Susan dio un sorbo de chocolate, volvió a inspirar profundamente y dejó salir el aire. Entonces miró a Felurian.
          —Bien —dijo—, cuéntame ese plan que tienes.

 
El mundo se inmiscuyó en sus planes durante un tiempo, como ocurre siempre. Limpiaron el chocolate derramado e hicieron lo que pudieron para salvar el helecho pisoteado. Hubo ofertas de más chocolate y Muerte volvió a poner el hervidor antes de indicarles dónde estaba el lavabo. Felurian lo encontró fascinante y tiró de la cadena una docena de veces, antes de que la atrajera de vuelta el crujido de un paquete de galletas Oreo que Muerte había puesto en el centro de la mesita.
          —Venga —dijo Susan—. Dime. Tengo una curiosidad terrible.
          «es bastante sencillo», dijo Felurian, de nuevo con los brazos en torno a Cavendish sobre sus piernas. «somos las últimas tres que quedan, pero no hay ninguna rivalidad candente entre nosotras. la violencia no es necesaria. decidamos entre las tres quién saldrá victoriosa.»
          —Entonces, ¿qué? —preguntó Susan—. ¿Nos lo jugamos a la pajita más corta?
          —Tengo el Enredos en el armario —dijo Muerte.
          «creo que disfrutaría emprendiendo el juego del Enredos», dijo Felurian con voz suave y grave. Puso una sonrisa lenta y pícara.
          Susan miró a Muerte de reojo.
          —Eso, tú dale excusas.
          Felurian suspiró y cogió una Oreo con delicadeza.
          «no hay motivo para que no podamos decidirlo entre nosotras. una simple conversación. de ese modo, no solo evitamos hacernos un daño innecesario, sino además garantizamos que gane la persona adecuada, en lugar de dejarlo a los volubles giros de la suerte o los antojos del destino.»
          —Pues ganaría ella, por supuesto —dijo Susan, señalando a Muerte—. Es evidente que es la más fuerte de las tres.
          Felurian tenía una desacostumbrada ausencia de expresión en el rostro.
          «¿qué importa la fuerza en todo esto?».
          Susan negó con la cabeza, a todas luces molesta.
          —No te me pongas en plan taoísta. Ya tuve bastante de eso en el último libro. —Intentó respirar hondo para calmarse, pero salió como un suspiro furibundo—. ¿Para qué me has traído, si la cosa iba a quedar así?
          «te he traído porque la vencedora eres tú», dijo Felurian sin ningún matiz particular. «de hecho, ahora que estamos hablando las tres, es el único final razonable que puede tener esto.» Empezó a comerse la Oreo a mordisquitos.
          Muerte miró a Felurian por encima de su taza de chocolate.
          —Suenas bastante convencida.
          —Pero a ver —saltó Susan, señalando a la mujer de la mecedora—. Es Muerte. Una de los Eternos. Literalmente es infinita. —Y añadió, un poco entre dientes—: Y créeme si te digo que las personificaciones antropomórficas cuestan horrores de vencer en combate abierto.
          Felurian levantó un dedo mientras terminaba de masticar la galleta. Tragó.
          «siendo estrictos, ella en sí misma no es infinita. nuestra encantadora anfitriona es Muerte en estos momentos. pero si ella cayera, alguien se alzaría para ocupar el puesto.» Felurian miró directa a los ojos de Muerte. «ya ha ocurrido a otros de los Eternos, si no me equivoco.»
          Muerte seguía mirando a sus dos invitadas con expresión curiosa, por encima del borde de la taza.
          —Es verdad —dijo—. Ha ocurrido. No a mí, pero ha ocurrido.
          «más de una vez», dijo Felurian.
          —Sí —respondió Muerte, con la voz quebrada—. Más de una vez.
          —Eso no cambia el hecho de que sea, casi literalmente, la Muerte encarnada —insistió Susan—. Es inmortal.
          «aquí todas somos inmortales», dijo Felurian, desdeñosa. «lo importante es comprender que existen muchos tipos distintos de inmortalidad. y el de ella es de un tipo muy peligroso.»
          Sus palabras llevaron un silencio a la sala.
          —¿A qué te refieres con eso? —preguntó Muerte al poco, con una extraña mezcla de curiosidad y cautela en la voz.
          «mi inmortalidad es del tipo más sencillo», dijo Felurian. «estoy en florecimiento eterno. no me marchito ni me pudro. vivo siempre luminosa y grácil hasta que muera. y entonces tengo un final.» Lo dijo con liviandad, como si la perspectiva fuera la última de sus preocupaciones.
          «en cambio, tú…» Felurian miró a Muerte y negó con la cabeza. «tú eres un engranaje que rueda en el corazón del mundo. tan poderosa. tan atada. ¿matar a alguien como tú?» Felurian cerró los ojos y meneó la cabeza como si solo pensarlo la agotara. «no. jamás esperaría poder llevarlo a cabo.»
          La muerte asintió con sobriedad, aceptando el argumento. En su expresión no había ni rastro de suficiencia, ni un ápice de engreimiento. Algunos seres eran demasiado poderosos para el orgullo.
          «pero podría hacerte daño», continuó Felurian, mirando a Muerte a los ojos con una expresión sobria y vacía de orgullo, casi reflejando la de ella. «si tú y yo llegáramos a las manos, la herida que te dejaría nunca podría sanar. y tú, tan terrible y poderosa y atada, cargarías con esa herida. por siempre. y cada día estaría en tu interior como una espina. por siempre. y cada día te pincharía un poco más…»
          Los rasgos de Susan se habían ido crispando a medida que hablaba Felurian. Sus ojos pasaron alarmados de una mujer a la otra, pero Felurian siguió hablando en tono comedido.
          «eres una de las pocas desafortunadas que entienden de verdad lo que significa “por siempre”. y por siempre permanecerías. infinita. herida y rota. por siempre. hasta que las estrellas ennegrezcan y el Aleu se desprenda, innombrable, del cielo.»
          Muerte miró el techo, pensativa.
          —Y eso me resultaría intolerable, dices.
          «a todos los efectos», contestó Felurian. «tu deber te pesa demasiado en los hombros. un dolor interminable y sin esperanza de mejora te impediría rendir tan bien como deseas.»
          Muerte asintió para sí misma, con la mirada perdida.
          «por lo que, a su debido momento, te retirarías», dijo Felurian. «despejarías el tablero por el bien de todos y dejarías que otro se alzara para ocupar tu lugar como Muerte.»
          Susan miró a Felurian, horrorizada.
          —¡No serías capaz!
          Felurian se volvió hacia ella, sorprendida por el estallido.
          «no hace ninguna falta», dijo con tranquilidad, extendiendo el brazo para coger otra Oreo. «nuestra anfitriona es sabia. ha entendido que todo lo que digo es verdad. y en consecuencia, ha entendido que el riesgo de que ocurra lo que describo es con mucho demasiado alto. cederá su posición.» Inclinó la cabeza hacia Muerte. «¿no es cierto?».
          —Está claro que tus argumentos son convincentes —dijo Muerte, con una leve sonrisa en una comisura de los labios.
          «me limito a decir la verdad», respondió Felurian encogiéndose un poco de hombros. «y tampoco es que sea una verdad muy compleja ni enrevesada, por cierto.»
          Susan no había apartado la mirada de Felurian.
          —¿Quién puede pensar así?
          Felurian le dedicó una sonrisa de genuina calidez.
          «nunca vengas a la tierra de las hadas, niña. vivimos mucho tiempo y, pese a lo que puedas creer, nuestras diversiones van mucho más allá de entrar en celo, retozar y algún Enredos de vez en cuando.» Hizo rodar la Oreo con destreza para separarla en dos partes. «así que, como amiga, te recomiendo que no vengas a la tierra de las hadas. en dos semanas solo quedarían de ti cuatro huesos esparcidos entre los tojos.»
          —¿Por qué Susan? —preguntó Muerte de pronto—. ¿Por qué no tú misma?
          «porque yo deseo que gane ella», dijo simplemente Felurian, «y con eso basta».
          Muerte negó despacio con la cabeza, entrecerrando los párpados.
          —No. Todo lo que has dicho hasta ahora es cierto. Y convincente, como te decía. Pero hay algo que no nos estás contando. No me dejaré convencer por medias verdades.
          Felurian miró furiosa a Muerte y lamió el interior de la Oreo con deliberada lentitud. Pero la muerte tiene paciencia, de modo que al final Felurian cedió y dijo:
          «también hay un asunto de herencia.»
          —¿Tu herencia? —preguntó Muerte.
          «la de ella.» Felurian inclinó la cabeza hacia Susan.
          Susan frunció el ceño.
          —Ni siquiera es mi abuelo de verdad, ¿sabéis? Tengo sangre mortal.
          «mi niña mortal», dijo Felurian con amabilidad, «aquí estamos hablando de familia. la sangre no tiene ninguna importancia.»
          —Como vuelvas a llamarme niña —dijo Susan, erizada—, te enseñaré cuatro cosas sobre la sangre.
          Felurian respondió con una sonrisa. Una sonrisa amplia y jubilosa. Inclinó la cabeza.
          «entendido, mi más valiosa adversaria. entendido y aceptado. bien dicho.»
          Susan se relajó un poco.
          —Bien. Pero deberíais saber que mi abuelo no tiene nada que ver con esto.
          «él no», dijo Felurian con ternura. «alguien más atrás. alguien a quien, a falta de una palabra mejor, podríamos llamar tu tatarabuelo.»
          Susan pareció un poco desconcertada.
          «alguien a quien perdimos hace poco», casi susurró Felurian, «a quien se llevaron.» Se volvió para lanzar a Muerte una mirada cargada de intención. «alguien que se fue demasiado pronto.»
          —Ah —dijo Muerte, bajando los ojos al suelo—. Sí.
          La comprensión inundó los rasgos de Susan y le provocó una mueca.
          —Te refieres a…
          Felurian asintió, sin apartar la mirada de Muerte sentada en su mecedora.
          «hay mucha gente enfadada. hay quienes creen que se les debe algo.»
          Muerte se llevó las rodillas al pecho y las rodeó con los brazos. El gesto la volvió muy pequeña de repente. Apartó la mirada a un lado para no cruzarla con la de Felurian.
          —Si sirve de algo, no quería —dijo—. Si hubiera habido algo que pudiera hacer, cualquier cosa… la habría hecho. Pero…
          «pero estás atada», dijo Felurian en voz baja. «todopoderosa y atada. por siempre. no querría ser tú ni a cambio del mundo entero.»
          Hubo un momento de silencio. Duró solo unos pocos segundos. Lo sintieron como si hubiera pasado todo un mundo.

 
Al final, Muerte habló.
          —Sí. Concedo mi posición. A Susan.
          Felurian asintió una vez.
          «yo también.»
          —No sé si quiero ganar de esta manera —dijo Susan—. Pero reconozco que es mejor que liarnos las tres a bofetadas. —Calló un momento—. Debería ir volviendo. Tengo exámenes que puntuar.
          —Todas tenemos trabajo, supongo —dijo Muerte.
          Felurian sonrió, pero no dijo nada.
          Las tres se levantaron y empezaron a caminar hacia la puerta del apartamento de Muerte.
          Susan parecía inquieta.
          —No acaba de convencerme este asunto de…
          Felurian le sonrió con simpatía.
          «este es el campo en que se libra la batalla. no puede cambiarse y llorar no sirve de nada. lo único que queda es aprovechar el terreno tan bien como se pueda.» Rozó el brazo de Susan y dijo: «y la victoria es la victoria. eso no puede negarse.»
          Susan se llevó los dedos a los labios y dio un fuerte silbido, y al abrir Muerte la puerta había un caballo blanco y sin jinete en el pasillo. Olisqueó la mano de Susan con aire amistoso.
          Susan se despidió. Resultó que Muerte era de las que daban abrazos. También Felurian, aunque las dos experiencias no pudieron ser más diferentes. Después Susan montó con destreza a lomos del caballo blanco, tomó las riendas y de repente ya no estaba.
          Felurian y Muerte se quedaron allí un momento. Podría haber sido un momento incómodo, pero no lo fue.
          —Lo reconozco —dijo Muerte—. Esto no ha salido ni de lejos como había esperado. Creía que estarías más interesada en ganar tú.
          «ganar», dijo Felurian con desprecio. Hizo gestos como si rasgara algo en pedacitos y lo tirara por ahí. «¿qué me importan a mí esas cosas? ¿quién gana un baile? ¿quién gana un beso?».
          Muerte puso una sonrisa astuta y secreta.
          —Ahí tienes razón —respondió—. Pero cuando una se para a mirar las cosas más de lejos, a veces puede pensar en ellas de otra manera. ¿Quién es más poderoso, el ganador o quien elige al ganador?
          Felurian devolvió a Muerte una sonrisa parecida. Allí de pie juntas, no eran distintas del todo. Las dos jóvenes. Las dos inmortales. Las dos pálidas y oscuras en los mismos lugares. Las dos luciendo sonrisas curvas y cómplices.
          Sin embargo, también eran distintas. Estando tan cerca, se apreciaba que la palidez de Felurian era casi rosada en comparación con la de Muerte. Felurian era toda prestancia y coqueteo, mientras el lenguaje corporal de Muerte hablaba más relajado, más juguetón.
          Felurian sonrió a la otra mujer.
          «yo, por mi parte, también me he sorprendido. hay gentileza en ti. y dulzura. había pensado que serías una solitaria, pero no lo eres. o al menos no hasta el punto que habría creído.» Felurian extendió un brazo y posó la mano sobre el corazón de Muerte. Fue un gesto desenvuelto, amistoso. «si vinieras a visitarme, serías bien recibida.»
          Muerte la imitó y puso la mano sobre el corazón de Felurian.
          —Quizá —dijo con voz queda—. Me verás por lo menos otra vez.
          Un mortal podría haberse quedado sin color al oír aquello, pero Felurian no.
          «ven más de una vez», insistió. «y ven pronto. hablaremos de temas que solo comprendemos quienes somos longevos y te enseñaré cosas que te distraigan de tu infinito deber.»
          Muerte puso los ojos en blanco, sin dejar de sonreír con aprecio, y abrió la puerta.
          —Quizá —volvió a decir.
          Felurian salió con pasos leves y se volvió para dedicar una mirada lasciva a Muerte.
          «tráete el Enredos
          —Quizá —dijo Muerte, riendo a la vez que hablaba, y cerró la puerta.

© Patrick Rothfuss, 2015
Traducción: Manu Viciano
Textos originales: 1 · 2

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3 Responses to “Muerte contra Felurian, el homenaje a Pratchett de Patrick Rothfuss”

  1. […] -Muerte contra Felurian- el homenaje a Pratchett de Patrick Rothfuss | Fantífica […]

  2. La dice:

    Me ha dejado con lágrimas en los ojos.

  3. […] Rothfuss escribió un relato protagonizado por su Felurian y la Muerte de Pratchett que os dejo en este enlace. Pero son quizá las palabras de su amigo Neil Gaiman las que más emocionan. En su blog personal […]