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Volver, de Susana Vallejo

volver

Susana Vallejo nos escribe este relato para celebrar que nos acercamos a los 10000 seguidores en Twitter.

La barrera de los 10000 seguidores en Twitter se acerca mientras dejamos atrás los 20000 en facebook, y ya estamos preparando cosas para celebrarlo. Y como tenemos amigos que valen más que un Potosí, podemos ir haciendo cositas ya. Susana Vallejo, que además de ser una enorme escritora de vez en cuando ejerce de colaboradora nuestra, nos escribe este pedazo de relato de ciencia ficción. Esperamos que os guste tanto como a nosotros.

dos soles

 Volver

Volver.

Después de tanto tiempo, podía volver a la Tierra; respirar un aire que olería a pino, a eucalipto, a mar, a alga podrida… ¿Cómo demonios olía un alga podrida? Ya no podía recordarlo. Los olores se olvidan. O mejor dicho, se quedan ahí, ocultos en algún rincón oscuro del cerebro. Escondidos junto al sabor de un pollo asado, del salmón ahumado, de una fresa o de una madalena.

Volvería a vivir en medio del verde. Verdes prados y verdes colinas. En la casa del pueblo rodeada por cientos de verdes. ¿Seguiría existiendo su casa en el pueblo? Desde la ventana de la cocina se veía una hilera de álamos y detrás de ellos, allí mismo, estaba el arroyo. Agua.

Agua cristalina en movimiento atravesando el verde. Dios. Solo de pensarlo se estremecía.

Terminó de embalar las muestras. Todas ellas perfectamente etiquetadas en su propia cajita con su propio chip. La información sobre cada una se encontraba en la memoria que guardó en el mismo paquete.

Los ordenadores se quedaban allí. Pesaban demasiado y no valía la pena trasladarlos. Solo volverían ella y esa caja metálica, la valija en la que aún quedaba espacio para guardar algo más. Y en la nave llegaría su relevo: un par de chicos o chicas jóvenes, con muchas ganas de aprender, de explorar el planeta, de investigar, de comerse un nuevo mundo. Tal y cómo había sido ella hacía años. El relevo traería nuevos equipos, provisiones y quizás un nuevo módulo para reparar el que destruyó la explosión. Y ella volvería en esa misma nave a la Tierra verde. Sin saber si en su pueblo seguirían existiendo los álamos y el arroyo o si una nueva pista los habría engullido.

Volvería y Toni ya estaría muerto. Y Sara y su madre y Stacy y todas sus amigas. Porque viajar por el espacio tiene esas cosas. Ella ya lo sabía y lo aceptó cuando decidió presentarse voluntaria para explorar el planeta. Ya sabía lo que perdería, pero a cambio conocería el futuro: nuevas tecnologías, descubrimientos… Y ella contribuiría a sus avances con sus estudios sobre xenominerales. ¿Acaso hay algo mejor que la ciencia y la investigación? ¿Algo mejor que contribuir al desarrollo de la humanidad?

Volvería a la Tierra y permanecería en la Base un tiempo y luego la retirarían. Igual que hicieron con O’Brian. Ella se acordaba de aquel hombre maduro que no dejaba de contar batallitas, de hablar de su planeta y de los tiempos en los que los vehículos usaban petróleo como combustible. Los jóvenes cadetes se reían de él y de su discurso monotemático. Ahora le tocaba a ella. La jubilarían con cincuenta y dos años, o con ciento treinta y cuatro, según como se cuente. Solo ella había sobrevivido a la explosión. Y había conseguido comunicarse para decirles que seguía esperándoles. Sola. Recogiendo minerales y muestras.

Suspiró y tomó una bocanada de aire rancio mil veces reciclado. Un aire que ya no le olía a nada. Se desvistió y se lavó con el agua reutilizada por millonésima vez. Se puso los calzones desgastados y el viejo jersey de punto, el verde, el que había traído de la Tierra. El que le calentaba en las frías y solitarias noches. Ahora le quedaba demasiado justo, pero le recordaba al verde de su prado y se había convertido en lo único verde en aquel planeta. Se puso encima el traje espacial y se subió en el vehículo para dar el último paseo.

Las ruedas dejaban un rastro en el mar seco y polvoriento, y tras ella una cortina de arena fina se elevaba durante cientos de metros reflejando la luz rojiza de los dos soles.

Frenó de golpe y se volvió.

El polvo flotaba alrededor y cuando las partículas se enfrentaban a cualquiera de las dos estrellas lanzaban destellos rojos, rubíes, bermellones… Ella movió la mano y la arena bailó formando espirales.

Bajó del vehículo de un salto. Cuando tocó el suelo, nuevas nubes de polvo se unieron a la danza y brillaron con tonalidades amarillentas y doradas.

Ella miró hacia las suaves colinas del horizonte y examinó las rocas que el viento había esculpido con formas caprichosas a lo largo de milenios. Conocía todas y cada una de ellas y les había puesto nombre. Sus dobles sombras bailaban en el suelo polvoriento junto a las suyas.

Aquel era su lugar favorito. El paisaje en 360 grados no mostraba nada humano. Solo el mar seco, las colinas suaves y las rocas de formas caprichosas. Los destellos, los infinitos rojos y los amarillos y naranjas. Con el primer atardecer, el cielo empezaría a arder y se transformaría en una paleta de morados y violetas.

¿A qué olería el aire de su planeta? ¿Cómo se sentiría esa brisa en la piel?

Pulsó el botón de descompresión del traje. Y se quitó el casco.

Respiró hondo el aire dorado.

Olía a seco, a pirita, a grafito y a alfileres. A flan y a azúcar. A papel de lija y a serrín. A hierro rojo.
El aire acarició su piel con la misma suavidad de un amante, esa suavidad que había casi olvidado. Era cálido y pesado. Era rosado y metálico. La acariciaba y la penetraba por cada uno de sus poros. Despacio. Caliente. Seco.
Respiró hondo. Polvo dorado y rojo.

El aire quemaba y sabía a sangre.

Empezó a llorar y no supo si era porque su cuerpo intentaba defenderse o por el dolor de la pérdida. Y pensó en el verde de los prados y de las colinas. En los álamos y el arroyo y el agua que corría, en movimiento, como sus pensamientos que se revolvían sin poder ser aprehendidos. Y quedaba un hueco en la valija y no había embalado su jersey verde. Verde como su Tierra roja. Siempre verde.

© Susana Vallejo, 2018

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One Response to “Volver, de Susana Vallejo”

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