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Damas oscuras: fantasmas de un mundo que ya no existe

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La antología Damas oscuras es físicamente espectacular, como algunos de sus relatos. Susana Vallejo nos cuenta qué le ha parecido.

La editorial Impedimenta lanzó poco antes de Navidad Damas Oscuras. Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes. Todos nos congratulamos enormemente por ello: una antología de relatos de fantasmas (guau), escritos por mujeres (guau), de la época victoriana (superguau). Así que nos faltó tiempo para encender la chimenea, sentarnos en el sillón orejero y abandonarnos a la lectura de lo que prometía ser un delicioso capricho repleto de espantos de esos que tanto nos gustan.

¡Monta tu propia muñeca diabólica!

¡Monta tu propia muñeca diabólica!

Lo primero de todo, hay que hablar del libro en sí. La edición de Impedimenta es una delicia: tapa dura, una tipografía y una maquetación especialmente cuidadas, rojo y negro en las páginas, capitulares con volutas, una portada con chiquillas victorianas de mirada muerta (“La ausencia de ojos es indicativo de ceguera moral” según se dice en uno de los relatos). Y lo mejor: unas preciosas criaturitas recortables, para montar y “asustar a las visitas y atemorizar a las tías”.
Este es un magnífico ejemplo de objeto hermoso, de libro en papel que derrotará siempre a un ebook. Se puede luchar contra la piratería, por supuesto que sí, y se puede creando maravillas como este volumen de Damas Oscuras. Esta edición, tan cuidada, junto con sus “criaturitas fantasmales recortables”, merece un 10. Ninguna experiencia digital podrá igualar lo de “perforar con un punzón los extremos en cuerpo y piernas” de las muñecas recortables, y ponerles un cordel para montarlas y jugar con ellas. Vamos, que damos un 10 al continente.
Vayamos, pues, a analizar el contenido.

Las letras capitales son uno de los muchos detalles de esta edición.

Las letras capitales son uno de los muchos detalles de esta edición.

Damas Oscuras se compone de veinte cuentos escritos entre 1830 y 1900. He leído algunas críticas antes de escribir esta reseña y todo el mundo se congratula de la edición, pero pocos parecen haberse leído todos los cuentos.
Yo lo he hecho y, la verdad, se trata de una antología irregular. Hay relatos magníficos, que impresionan por la riqueza de su prosa o por la historia que cuentan al curtido lector del siglo XXI; como “La aventura de Winthrop”, de Vernon Lee; “La historia de Salomé”, de Amelia B. Edwards; o “Cecilia de Nöel”, de Lanoe Falconer.
“La aventura de Winthrop” describe la belleza de los paisajes y de los campos con una gracia singular, pero también describe lo que pocas veces he encontrado en literatura: describe la música. Y Vernon Lee consigue con palabras escribir una melodía. Casi nada.
“La historia de Salomé” no solo es una historia victoriana de fantasmas, también es tremendamente romántica; porque enamorarse de un fantasma es lo más romántico del mundo, y si encima ocurre en una Venecia perfectamente retratada desde el Lido, pues ya es el no va más del romanticismo.
“Cecilia Noël” es un relato que el lector actual puede encontrar demasiado largo. Y, sin embargo, rezuma sentido del humor, muy inglés, perfecto para acompañar una historia de fantasmas. Acomete explicaciones racionales junto a preocupaciones teológicas, y nos acerca al horror victoriano de asomarse a un mundo moderno en el que ya no existe Dios. Las descripciones de la naturaleza también son fabulosas.
Pero algunos otros relatos pueden llegar a causar carcajadas en el lector actual. Este es el caso de “Junto al fuego”, de Catherine Crowe, en el que, por ejemplo, encontramos descripciones tan pobres como “la más horrenda y espantosa de las criaturas”, o personajes que cuentan historias de miedo que pueden resumirse en “iba por un camino y se cruzó con una sombra y, ay, qué susto”. No hacía falta incluir un relato así en una antología como esta, la verdad. También tengo que mencionar “¿Realidad o delirio?” de la Sra. de Henry Wood, que no solo es una autora que no tiene nombre (tan solo es la mujer de alguien), sino que escribe como si hablara en ese siglo XIX en el que era tan importante saber de quién estamos hablando. Cuando nos retrata un personaje nos explica siempre que “la sobrina de Zutana se llamaba Mengana. Su padre, Fulano, era hermanastro de Zutanita, que se había casado con una francesa que…”. Vaya, una prosa aburrida, retorcida y vanal, que difícilmente puede ser aceptada por un lector del siglo XXI más allá de como curiosidad.
Damas oscuras
Esta prosa victoriana en un sentido negativo hoy en día nos da un poco de risa y tenemos que obligarnos a ser indulgentes y juzgar algunos relatos teniendo en cuenta su momento histórico. Porque no debemos olvidar que esta prosa es decimonónica al cien por cien: todo es “espantoso” y “espeluznante”, todo se arregla con una copa de brandy, y todos “enloquecen” a la primera de cambio. Los perros olfatean siempre el peligro, y los chuchos y los niños ven cosas que los adultos no ven. Los personajes protagonistas son de clase alta y no “gentes toscas del campo”. Son personas que viajan, hablan francés o alemán. Y al lector experimentado del siglo XXI se le pintará una sonrisa en los labios y muchas veces le parecerá demasiado inocente lo que se cuenta, algo ampuloso y poco sorprendente.
Y, sin embargo, al mismo tiempo, ahí está el encanto de esa prosa victoriana y esas descripciones de la vida diaria tan absolutamente encantadoras, y la presencia de un Dios en casi todos los relatos que empieza a ser cuestionado por la ciencia y la razón. Dios muere, los trenes y la contaminación retratan la revolución industrial que está cambiando ese mundo para siempre, y las almas de diferentes desgraciados pululan por mansiones y paisajes como un ejemplo de cuando los hombres tenían alma y existían misterios por resolver en todos los rincones del ancho mundo que cada vez se estaba haciendo más pequeño.
Por último, me gustaría destacar algunos detalles de diferentes relatos: La prosa increíblemente moderna para la época de “La última casa de la calle C”, de Dinah M. Mulock, con sus diálogos y frases cortas. Unos diálogos que destilan realismo en contraste con la prosa decimonónica y que retratan a diferentes personajes con su propia personalidad.
damas oscuras
El comienzo espectacular de “El abrazo frío” de Mary E. Braddon: “Era artista. Las cosas que a él le sucedían en ocasiones les suceden a los artistas. Era alemán. Las cosas que a él le sucedían en ocasiones les suceden a los alemanes. Era joven, apuesto, aplicado, entusiasta, metafísico, insensato, descreído, desalmado”. Bueno, hay que reconocer que como principio de un relato es maravilloso; divertido, con ritmo… Magnífico.
También me ha sorprendido el sentido del humor, muy discreto y “femenino” de Rhoda Broughton en “La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”. Las descripciones de Margaret Oliphant en “La puerta abierta”, que además, nos retratan la llegada de la contaminación a la campiña escocesa (esos arroyos mancillados por los residuos de las fábricas papeleras). Y el casi relato detectivesco en “El caso de la estación de Grover” de Willa Cather, en el que el protagonista investiga qué hizo y a qué hora y con quién su amigo asesinado, y que además retrata la importancia del ferrocarril en los Estados Unidos.
En fin, que Damas oscuras no es solo una antología de cuentos de fantasmas. Es un retrato de una época, de un mundo que la revolución industrial estaba haciendo desaparecer, y ese libro, esas historias y esos personajes, son ahora para nosotros, lectores del siglo XXI, los auténticos fantasmas: los restos brumosos de una época y un mundo que se fueron para siempre.

Sinopsis

Damas oscuras

Las veintiuna historias incluidas en este volumen abarcan el reinado de la reina Victoria y cuentan con aportaciones de autoras clásicas como Charlotte Brontë, Elizabeth Gaskell, Margaret Oliphant o Willa Cather, junto con otras no tan conocidas pero no por ello menos especialistas en lo tenebroso y lo sobrenatural. Ambientados en las montañas de Irlanda, en una villa mediterránea o en una tétrica mansión de Londres, estos relatos evidencian la fascinación victoriana por la muerte y por lo que había más allá, con atmósferas sugerentes, ingenio y mucho, mucho humor.

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