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El círculo de Dave Eggers: El futuro era esto

Una distopía terriblemente cercana, un clásico del futuro recién publicado.

Si todo el mundo pudiera echar un vistazo a lo que se te pasa por la cabeza, en todo momento, ¿qué tipo de persona serías? Probablemente, una muy paranoica, tan paranoica como un personaje de Philip K. Dick. Pero pensemos, ¿por qué eran paranoicos los personajes de Philip K. Dick? Porque su autor lo era. Creía que el FBI había sembrado de micrófonos su casa. Temía la Caza de Brujas. Se creía un tipo importante. Era escritor de ciencia ficción, por supuesto que era un tipo importante. En cualquier caso, sus personajes no temían al gobierno. Temían a los telépatas. ¿Y qué acaban siendo los protagonistas de El Círculo sino telépatas sociales? Telépatas sociales que ya están entre nosotros. Lo que me ha hecho pensar que no solo cualquier personaje de Philip K. Dick lo pasaría fatal en la última novela de Dave Eggers, sino que también se volvería loco con la clase de mundo que hemos creado.

¿Por qué? Fijémonos en los protagonistas de la excelente y adictiva y envolvente y, demonios, muy realista distopía (con tintes de novela generacional a lo Douglas Coupland) de Eggers. Fijémonos en Mae, Mae Holland, la chica que no ha salido de su pueblo pero desea formar parte del Todo, la Comunidad, pero no una cualquiera, sino la Comunidad Madre, la Matriz (el Matrix) de la sociedad: una empresa llamada El Círculo. Una empresa que tiene aspecto de campus universitario, de «paraíso», en palabras de Mae. ¿Por qué? Porque trabajar para el Círculo no es solo estar en el centro del mundo. La empresa lo controla todo, toda nuestra vida virtual, que es lo mismo que decir toda nuestra vida, porque en el mundo de Eggers no existen diversas redes sociales, o sí, pero todas forman parte de la misma, la que posee desde tu historial médico hasta lo que opinaste del restaurante en el que cenaste anoche. En otras palabras, el Círculo es el dueño de la Nube, tiene acceso a ella en todo momento y crea negocios basados únicamente en la información, en aquello que extrae directamente de nuestros cerebros.

Dave Eggers

Aquí, el creador de distopías de futuro inminente.


Así, se crean empresas como LuvLuv, que te permite saber cómo montarle la cita ideal a la chica o el chico con el que piensas salir esta noche. Porque entra en su cuenta —su cuenta única, aquella que, decíamos, almacena desde las alergias alimentarias hasta su comida favorita— y monta un juego de estadísticas que te permite ir descartando lugares y planes para esa noche. Pero ¿qué ocurre cuando en un mundo así de comunicado no contestas un correo? ¿O un mensaje de móvil? Que el que te lo ha enviado se vuelve loco. Porque estás conectado, todo el mundo lo está, en todo momento, y si no contestas es que te has muerto, o peor, que te has chivado a la empresa de cualquier cotilleo que se le hubiera escapado el otro día (o hace tres minutos) a la amiga con la que acabas de quedar. Es decir, lo que ocurre es que nos volvemos paranoicos. Como paranoica se vuelve la mejor amiga de Mae, Annie, la responsable de que Mae haya entrado en el Círculo, cuando tarda 20 minutos en contestarle. «¿Por qué no contestas? ¿No te has muerto, verdad?», le suelta, en uno de los tropecientos mil mensajes que le envía.

Mezclemos ahora esta sociedad paranoica y desquiciada con la actividad empresarial, el control de todo ese universo paralelo, y tendremos la perfecta distopía: una distopía que no se ocupa de un futuro más o menos lejano e improbable, sino de un futuro inminente y ya a la vista. El que inevitablemente nos espera si no apagamos el móvil y nos desconectamos de la red durante un buen rato cada día. Si no impedimos que el mundo, en realidad los gobiernos y las empresas a las que damos acceso libre a nuestro yo —esto es, nuestros gustos y todo lo que hacemos— sigan vendiendo precisamente eso, la información que generamos a cada minuto. Una información que quizá no valga nada de forma individual pero que puede crear el conglomerado perfecto como suma. La sociedad del futuro inmediato, la que estamos creando con cada tuit. Que nos vuelve, como vuelve a Mae Holland, piezas de un engranaje decidido a mantenernos entretenidos. Y en otro mundo. Un universo paralelo en el que supuestamente somos quienes queremos ser, pero en el que no tenemos más remedio que ser nosotros mismos.

Un holograma para el rey - Portada

La anterior novela de Eggers.


El Círculo no solo impresiona sino que asusta. Asusta porque los comportamientos de los personajes ya los hemos visto, a nuestro alrededor o incluso en nosotros mismos. Mae al principio se sorprende, pero no tarda en verse seducida por esa red de relaciones perversas, esa Comunidad que, como aquella otra, la de Orwell, tiene sus propios mantras: «LOS SECRETOS SON MENTIRAS. COMPARTIR ES QUERER. LA PRIVACIDAD ES UN ROBO». Un comunismo cibernético surgido de los tentáculos de un capitalismo moribundo. El futuro era esto. Y Dave Eggers lo ha pillado. Apuesto a que en un puñado de años se leerá como se leen hoy los clásicos de Orwell. Porque anticipaba el futuro que ya por entonces tendremos o porque señalaba lo que evitamos de milagro.

A leer se ha dicho.

Sinopsis

El Círculo

El día que Mae Holland es contratada para trabajar en el Círculo, la empresa de internet más influyente del mundo, sabe que se le ha concedido la oportunidad de su vida. A través de un innovador sistema operativo, el Círculo unifica direcciones de email, perfiles de redes sociales, operaciones bancarias y contraseñas de usuarios dando lugar a una única identidad virtual y veraz, en pos de una nueva era de civilidad y transparencia. Mae está entusiasmada con la modernidad y la actividad de la compañía, las espaciosas oficinas de diseño, las cafeterías acristaladas y las acogedoras instalaciones del campus. Cada día se celebran fiestas, conciertos al aire libre y actividades deportivas. Lo que empieza como la fascinante historia de ambición e idealismo de una mujer se convierte en una trepidante novela de suspense que plantea cuestiones tan vitales como la memoria, el pasado, la privacidad, la democracia y los límites del conocimiento humano.

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