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El fin de los sueños de Campbell y Cotrina

El fin de los sueños - Destacada

Una distopía juvenil onírica con vocación de cross-over.

Distopía. Ciudad Resurrección, el entorno real donde transcurre parte de El fin de los sueños, es el resultado de una guerra mundial que dejó extensas zonas del planeta pringadas de radiación residual. La ciudad se gobierna mediante un sistema de castas extraoficial según el que, cuanto más dinero y poder se tiene, más alto se vive y de más aire limpio y sol se disfruta: una auténtica jerarquía vertical. Una de las protagonistas del libro, Anna, es hija de una alta funcionaria del gobierno. Otro, Ismael, desciende de un artesano onírico clandestino —enseguida vamos con eso— de los suburbios.

Foto: Gabriella Literaria, la web de Gabriella Campbell.

Foto: Gabriella Literaria, la web de Gabriella Campbell.


Juvenil. Anna, Ismael y los demás del grupo que se ve involucrado en el argumento principal del libro son jóvenes. La longitud de la novela, su estructura de capítulos cortos y el hecho de que, a grandes rasgos, consista en una sola trama con pocas ramificaciones gritan «novela juvenil» a los cuatro vientos, aun sin saber que la editorial Plataforma Neo se especializa en juvenil romántica. Sin embargo, El fin de los sueños no se centra en los deseos amorosos, aunque sobre todo Anna e Ismael babeen considerablemente por Lydia, la chica que les pide ayuda en sueños y cuyo rescate emprenden. Hay sangre, muerte y crueldades repartidas por sus casi 400 páginas, bastante más sucias que, pongamos, en Los juegos del hambre. No da la sensación de que los autores hayan atontado su escritura con una (demasiado habitual) falta de respeto hacia la inteligencia de un público joven, y los protagonistas no son ni mucho menos perfectos, aunque algunos sí tengan los tradicionales y consabidos momentos de iluminación y superación personal. Casi se diría que Campbell y Cotrina apuntan hacia esa criatura mítica editorial llamada cross-over, hacia ese tono que supuestamente debería sumar las ventas juveniles a las adultas, aunque las ideas más atractivas para un adulto tal vez estén concentradas en el mundo real de las conspiraciones, y la juvenil un poco más en la parte…

Onírica. Porque el centro del libro, como podía intuirse por el título, son los sueños. La guerra mundial culminó con la llamada Revolución Onírica, un avance científico que permitía a los soldados pasar con solo una hora de sueño al día y que, más adelante, se extendió a la población civil. Los habitantes que así lo desean —que son la mayoría— se conectan a una nube de sueños cuidadosamente diseñados por el gobierno para proporcionar el descanso que necesita cada cerebro en un tiempo muy breve. Los sueños son el centro absoluto del libro, y los vivimos gracias a los soñadores lúcidos que lo protagonizan. Además, hay artesanos oníricos clandestinos que diseñan sueños a medida en función de los gustos y la depravación de cada cliente, y el lector no tarda en saber que la Revolución Onírica no es, ni mucho menos, tan bonita como la pinta el gobierno.

El fin de los sueños - Mariposas

Mariposas, mariposas por todas partes.
(Foto: Rachel Adams, CC BY-ND)


Bastante. El fin de los sueños tiene bastante de todo, aunque no se puede decir que haya mucho, mucho, de nada. No es del todo una distopía (que sirve de ambientación pero no se explora a fondo), ni una novela fantástica, ni una aventura de hackers oníricos, ni un thriller conspiranoico, aunque tenga características de todos ellos. La novela propone una mezcla de elementos que tal vez no colme del todo las expectativas que se va haciendo el lector —a mí me habría gustado ver mejor aprovechada la estructura alternativa del mundo onírico, por ejemplo, con Ismael atravesando barreras entre soñadores y no incorporándose a lo bestia al último tercio épico del libro—, pero sí casa bien con la trama rápida, dotada de giros bruscos y alguno muy sorprendente, que proponen los autores. Sin embargo, ese «dejar con ganas de más» siempre es un arma de doble filo, y dudo mucho que alguien haya leído el libro sin pensar que a lo mejor otras cincuenta páginas lo habrían vuelto mucho más redondo.

Recomendable. La prosa combinada de Campbell y Cotrina es bonita, brusca y funcional en los momentos en que ha de serlo, y hace olvidar las pocas costuras que se le ven al libro (los volcados de información del principio, por ejemplo, con Anna respondiendo en sueños a las preguntas de un examen sobre la Revolución Onírica) y el «bizarro» mal usado que se coló por ahí, aunque yo sea como soy y lo mencione de todos modos. Se lee sin problemas en dos sentadas largas o a grupitos de capítulos antes de dormir, y deja buen sabor de boca y ganas de que el dúo escritor explore el nuevo paradigma que se abre al final de la novela. Por lo que he leído por ahí, es muy posible que los seguidores de Cotrina la encuentren floja en términos de gore y crueldad, aunque los hay, pero a mí me ha parecido una dosis acertada. Y si la mezcla de géneros y la renuncia a explorar con detalle algunas implicaciones que se sugieren para acelerar el ritmo siempre es arriesgada, en este caso la apuesta ha salido bien.

Sinopsis

El fin de los sueños

Dormir ha pasado a la historia en Ciudad Resurrección. Gracias a un sofisticado proceso que se creó durante la guerra, ya nadie malgasta ocho horas diarias en el descanso. Pero el cerebro humano sigue necesitando soñar. Por eso, una red controlada por el Gobierno elabora sueños artificiales, según las necesidades del inconsciente de cada individuo, con el fin de poner a punto la mente en pocos minutos.

Una misteriosa joven aparece en los sueños de dos chicos muy diferentes: Ismael es el hijo de un artesano onírico clandestino de los suburbios; Anna es una privilegiada que vive en las alturas de la ciudad, hija de una importante burócrata. La joven les suplica que la salven, que la liberen de la oscuridad. Anna e Ismael se sienten inmediatamente atraídos por ella, y pronto descubren que no han sido los únicos que han recibido esas enigmáticas visitas. Pero ¿existe esa chica en el mundo real?

Solo hay una manera de averiguarlo: adentrarse en el mundo onírico, donde no sirven las leyes de la lógica y la imaginación es la única vía para sobrevivir.

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