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El silencio de las sirenas: un relato raro, demasiado raro

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El silencio de las sirenas es una novela difícil que exige al lector un esfuerzo para navegar por sus páginas, pero que recompensa a aquel que llegue a su puerto final.

Solemos quejarnos del panorama editorial, de lo que se publica y de lo que no, pero la verdad es que hay un puñado de sellos repartidos por ahí en los que sabemos que podemos confiar, que todo lo que sacan es interesante. No todo es igual de bueno, pero sí merece la pena. Salto de Página es una de ellas. Pablo Mazo, su editor, no es un simple publicador, sino que hace eso tan raro que es editar. Y empieza seleccionando lo que publica. Desde Emilio Bueso hasta Ismael Martínez Biurrun (a quien entrevistamos aquí), pasando por Jon Bilbao o Juan Jacinto Muñoz Rengel.

El silencio de las sirenas, la ópera prima de Beatriz García Guirado, es interesante, aunque tiene un par de problemas que la lastran demasiado. Es una novela rara, difícil y poco amable con el lector, ya que aunque su prosa es elegante y fluida todo lo demás es incómodo. Empezando por la estructura temporal. No es ya que no sea lineal, planteamiento-nudo-desenlace, sino que está absolutamente dinamitada. Leemos fragmentos en los que la historia va avanzando, pero que están agrupados en tres partes, ordenadas hacia atrás. Pero dentro de esas tres partes no siempre tenemos claro el orden cronológico. La sensación general es de que van hacia delante, pero a menudo parece que no sea así.

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Claro que es normal no tenerlo claro, al fin y al cabo el narrador (¿o debería decir los narradores?) no ayuda a ello. El narrador va variando, pero los personajes secundarios confunden a uno con otro. ¿Se trata de varias personas extraordinariamente parecidas? ¿Acaso las sirenas provocan alucinaciones y por eso les confunden? ¿Es un solo personaje, un esquizofrénico? Hasta el último tercio de la novela no vamos teniendo una idea clara de quién nos cuenta la historia, lo que, unido a los vaivenes temporales de las autopistas del tiempo, crea un desasosiego y una frustración en el lector que pueden llevarle a abandonar la lectura.

Ahora, con la novela terminada, puedo decir que merece la pena, que el poso que deja es bueno y que todo cobra sentido, hasta cierto punto. Pero reconozco que si no la abandoné en su primer tercio fue porque, a fin de cuentas, son solo 150 páginas. Uno tiene que arrastrarse por esa continua frustación, ese no entender nada. Esa sobreabundancia de imágenes que suenan muy bien, pero que no parecen tener el más mínimo sentido. Si se llega al final, lo adquieren. Las ballenas muertas en Baja California, la esposa ahogada en el tsunami, los chillidos subacuáticos de las sirenas, los niños y los pájaros, las locomotoras. Pero hay que llegar al final.

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Lo curioso es que hay quien considera que ese final es el error de la novela, precisamente porque da una explicación a lo leído. A mí me parece justo al revés. Por un lado, porque una vez leído el lector se da cuenta de que se le ha ido indicando desde el principio. La cámara isobárica de las primeras páginas adquiere toda una nueva significación. Pero, por otro lado, porque sin esa explicación final la novela sería una pura y simple tomadura de pelo. Un ejercicio de estilo vacuo, intelectualoide, que tal vez ganase varios premios culturetas, y que de aquí a diez años habría caído en el más que merecido olvido de la Generación Nocilla, en el infierno estén.

¿Por qué digo que sería intelectualoide? Porque la presencia de referentes no convierte a un texto en intelectual per se, necesitan una función. Abrir con una cita del Ulises de Joyce y poner guiños a la Odisea aquí y allá no serviría de nada si El silencio de las sirenas no los justificase más allá de su título, cosa que sí que hace. Odiseo, Ulises, tanto en el texto homérico como en el del irlandés, son hombres que intentan encontrar su lugar. Volver a Ítaca, donde no era un náufrago, sino un rey, con una esposa, una familia. Era alguien. El deambular de Bloom por Dublín durante todo un día no es solo un paseo por la ciudad, es un paseo por su mente, que se convierte en un mar en el que es aún más fácil perderse que el Mediterráneo mítico. La búsqueda de las sirenas por parte de Oless, como sus encuentros con personajes a cual más extravagante, adquieren una profundidad si se ponen en relación con los otros Ulises que no tendría sin esa intertextualidad.

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A El silencio de las sirenas le cuesta arrancar, y su lectura no siempre es agradable, pero la sensación tras ella compensa con creces esa falta de facilidad. Sin embargo, no se trata de un libro para todo el mundo. La pregunta, claro, es si es un libro para ti.

Sinopsis

El silencio de las sirenas

Cinco años después de que su esposa pereciese bajo una ola gigante en la costa de Baja California, y tras el inexplicable suceso que dejó varadas miles de ballenas en las playas de todo el mundo, Oless Svalbard, teleoperador sueco aficionado al buceo, vuelve a sumergirse en las aguas violetas del Pacífico. Sin embargo, el supuesto encuentro con una sirena en su última inmersión le obliga a retrasar indefinidamente su vuelta a Estocolmo para volar a Bahía de Todos los Santos en busca del autor de un vídeo que podría confirmar la existencia de esta criatura legendaria (o quizá sólo para llevar la contraria al fantasma de su esposa que le habla a través del sumidero de la ducha).

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