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La armadura de la luz, fantasía desde los dados

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Javier Miró nos presenta a Jax e Iviqi, una pareja de aventureros en un universo que encantará a los viejos —y nuevos— roleros.

Al principio, eso de aplazar partidas se hace solo por fuerza mayor. Las temporadas de exámenes, las vacaciones con la familia… Los fines de semana sin resolver entuertos en otros mundos a base de tiradas de dados se hacen eternos, pero por suerte son excepcionales. Hasta que los años van pasando y las obligaciones se multiplican, por obra de quién sabe qué conjuro. Hay que pasar tiempo con otras personas, en otros quehaceres. Las responsabilidades laborales reclaman otro tipo de descanso, las familiares se amplían poco a poco. Y al final, lo excepcional viene a ser encontrar un fin de semana cada varios meses para retomar las partidas de rol con nuestra mesa, si es que esta no se ha disgregado del todo.

¿Qué hacemos con todas esas aventuras que jamás serán jugadas, los mapas esbozados con esmero que nunca serán recorridos? ¿Con todos esos personajes secundarios que se quedan agazapados entre los arbustos, esperando un turno que ya nunca llegará? Muchos directores de juego deciden tomar un mismo camino: convertir esas historias en una novela. Es la idea que germinó en la mente del sevillano Javier Miró a la hora de dar vida a La armadura de la luz, como nos confesó en la presentación que tuvo lugar en el pasado Celsius 232. Aunque no fue más que la confirmación de algo que se advierte cuando apenas llevamos una decena de páginas de lectura. La novela, publicada por Minotauro, no esconde en ningún momento su homenaje a las historias de aventuras que nos atraparon en nuestra adolescencia, tanto en las páginas como en las mesas de juego.

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Los protagonistas tienen mucho de Fafhrd y el Ratonero Gris, dos nombres inevitables cuando hablamos de novelas de este corte. En La armadura de la luz, el mercenario grandullón, de vuelta de todo, es Jax, quien por azares del destino acaba conociendo a Iviqi, una acróbata reconvertida en ladrona cuyo carácter despreocupado e irrefrenable no tiene nada que ver con el suyo. La necesidad de llevarse algo a la boca cada día acaba por hacer que el equipo de pillos funcione como debe. Jax está convencido de que Iviqi necesita que la protejan de sí misma, con esa facilidad que tiene para meterse en líos y buscarse malas compañías. Pero la muchacha no está del todo contenta con ese paternalismo y no pierde ocasión de demostrar que no es una chiquilla desvalida. Las cosas empiezan a torcerse después de asaltar el campamento de un noble en medio del bosque: además de oro, Iviqi se agencia una espada de tiempos antiguos, lo que desata la ira de su dueño. Este se lanza en su búsqueda, una persecución de la que los dos aventureros no son conscientes hasta llegar a la ciudad portuaria de Melay, donde numerosos hilos empezarán a confluir. El torneo que está a punto de celebrarse allí, cuyo premio es un legendario objeto conocido como La armadura de la luz, ha atraído a toda clase de estudiosos, magos y guerreros. Y algunos de ellos tienen un interés bastante personal en Iviqi y en habilidades que ella misma desconoce poseer.

Sin engañar a nadie en cuanto a sus pretensiones —hacernos pasar un buen rato con una narración ágil, plagada de acción y de arquetipos aventureros—, Miró se permite introducir varios giros en la trama que brillan con luz propia, especialmente en la resolución del torneo. De un modo que no vamos a desvelar, la historia adquiere en ese punto un ingenioso toque metanarrativo que nos deja con una sonrisa en los labios. Precisamente el momento del torneo y su conclusión marcan lo que se puede considerar la primera parte de la novela y sin duda la más redonda, la que pone todas las piezas sobre el complejo tablero que es Melay. Desde ese momento hasta el final, las facciones que habían sido presentadas en la historia cobran mayor protagonismo y se enfrentan con una misma meta: Jax e Iviqi se verán arrastrados por los acontecimientos y obligados a tomar partido en una u otra, a confiar en individuos a cada cual más sospechoso. No solo para sobrevivir, sino para evitar en la medida de sus posibilidades desastres que pueden afectar al mundo tal como lo conocen.

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La armadura de la luz tiene su clave en la fuerza de los dos protagonistas, no tan antagónicos como ellos mismos piensan. La voz de la experiencia de un cansado Jax y el vitalismo de la joven Iviqi nos presentan el entorno que les rodea desde dos perspectivas distintas: el mercenario nos muestra lo agreste y lo mundano, mientras que de la mano de la muchacha, ilusionada con el futuro y entusiasmada con la magia, conocemos en profundidad el trasfondo mitológico y exótico del universo creado por Miró. Cuando su misión se divide en derroteros distintos, empiezan a orbitar a su alrededor toda una cohorte de secundarios que en ocasiones resultan mucho más grises y hacen que la historia pierda algo de brillo. Lo mismo sucede con otras dos líneas argumentales que se desarrollan sobre todo en esta segunda parte, la de Haslor, el noble empeñado en cazar a Iviqi y recuperar su espada, y su prometida, Adaveia. Aun siendo personajes con bastante potencial, especialmente el primero, uno de esos malvados «a los que nos encanta odiar» —acertada definición de Gabriella Campbell durante la presentación en el Celsius—, dan la sensación de quedarse un tanto desaprovechados al final. Acaban siendo zarandeados por las circunstancias, sin llegar a verse involucrados realmente en lo que sucede a su alrededor, y esto desdibuja las posibilidades de su retrato, muy bien trazado al inicio.

Por suerte, es muy posible que estos flecos que quedan sueltos terminen por arreglarse en una futura continuación, que Miró no aseguró en el Celsius pero a la que sí se encuentra abierto. Siempre que Minotauro quiera, aclaró. El final de la novela, la ultimísima página, de hecho, deja el camino preparado para una continuación inmediata. De nuevo, dejando claro que no hay por qué detenerse ni un instante, como nos demuestra la prosa incansable del autor. Y desde luego que hay mucho que explorar todavía: las luces y sombras de la relación entre Jax e Iviqi, el pasado de esta o el tapiz del mundo de Umheim, donde nuevas tecnologías se insinúan en países lejanos. La aventura de Melay sabe a prólogo, al inicio de una campaña: queda un vasto universo y numerosas tiradas de dados, con sus éxitos y sus pifias, aguardando a los compañeros.

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Sinopsis

La armadura de la luz

Por un giro del destino, Iviqi y Jax, dos aventureros de poca monta, llegan a la importante ciudad portuaria de Melay, donde va a tener lugar un torneo de Jhassai, el ancestral arte de la lucha. Sin pretenderlo, Iviqi y Jax se verán envueltos en las intrigas de los distintos y misteriosos bandos que conspiran por hacerse a cualquier precio con el premio del torneo: la legendaria Armadura de la Luz, un artefacto del que se dice que puede otorgar a su poseedor el poder de un dios. Lo que tal vez nadie sospecha es la espantosa maldición que esta armadura arrastra consigo, y que podría significar el fin del mundo.

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